El momento de dejar de predicar y comenzar a dar trigo

A las cinco de la mañana todavía se dejaban ver por los aledaños del parque del Retiro de Madrid. Esa noche la fiesta en la cuesta de Moyano había sido morrocotuda, pero, hasta para los más entusiastas, tocaba recogerse. No deben seguir un reglamento escrito, pero casi todos marchan con la capucha puesta para resguardarse del biruji que hace a esa hora. Andan con paso tranquilo, como mascullando pensamientos. ¿Y ahora qué? ¿Ya hemos conquistado el cielo? ¿La felicidad era esto? ¿En realidad, todo comienza ahora? ¿Y yo cuándo lo notaré?

Pasaron las elecciones locales y autonómicas, y podemos decir que ya estamos todos. Esa amalgama de gente enfada, de jóvenes frustrados y de “rojos de toda la vida” que han encontrado en Podemos el caballo ganador que no encontraron en Izquierda Unida ha irrumpido con fuerza en el tablero político español. En el pimpampún de las votaciones se han cobrado dos premios importantes: las alcaldías de Madrid y Barcelona.

Ya desde primera hora se olía en el colegio electoral que algo iba a pasar. Mucho chaval imberbe con camiseta del Estudiantes y el voto preparado de casa, parejas de tribus urbanas a las que no se veía en un votación “burguesa” desde ni se sabe o camareros jovencitos recordando a los clientes de su quinta que “hoy hay que votar para limpiar esto de una vez”. Cuando la izquierda consigue movilizar a toda su gente y la derecha se queda en casa por enfado o desidia o se va de picos pardos con otra opciones, el resultado suele ser el mismo: todos contra el PP=el PP a dos velas, aunque sea el más votado.

Los de la cuesta de Moyano se ilusionan y los amantes de la tranquilidad se asustan: “me subirán los impuestos, darán ayudas a los que no pegan ni chapa mientras yo me mato a trabajar, aumentarán la deuda ahora que comenzábamos a levantar cabeza…”.  Lo cierto es que la democracia también es esto. Dejar que ocurra lo inevitable para que aquellos que cabalgan a lomos del discurso fácil tengan que contrastar su argumentario con la realidad. Lo bueno de este sistema, que otorga el mismo poder al voto de alguien reflexivo y dispuesto a dudar que al voto de quien vota sin abrir un libro y cautivo de las etiquetas ideológicas, es que acota el destrozo o el acierto a cuatro años.  La democracia garantiza que no tengamos mejor gobierno que el que nos merecemos. Ahora y en los años precedentes.

De momento, hemos aprendido que eso de que el sistema era pernicioso y no permitía romper con el bipartidismo no era del todo cierto.  Pero lo más importante es que ahora tenemos mucho tiempo por delante para que Podemos nos enseñe cómo es eso de pactar con los que hasta ahora llamaba “casta”; para que el PSOE nos muestre cómo se acuerda con el “populismo” con el que prometió no pactar; para que el PP comprenda que con una cara nueva consigue mejor resultados que con una cara gastada o que el electorado de centro derecha, aunque también le cueste un mundo, es más sensible a la corrupción que el electorado de izquierdas; o para que Izquierda Unida comprenda que la política es un juego darwinista y que al electorado hay que respetarlo.

Digo esto porque la reacción de la candidata a la alcaldía de Madrid llamando ingrata a la clase obrera por no haberle votado, después de 30 años cocinando el pastel que ahora se va a comer Podemos, fue sencillamente patético. Es un ejemplo de la adolescencia mental que padece nuestra clase política. Ahora queda que la ciudadanía también se desprenda de ese mismo mal. Este 25 de mayo ha comenzado una nueva etapa en la que toda una generación de jóvenes españoles va a comprender que eso de tener los mejores hospitales, los mejores colegios, plazas de funcionarios para todos, buenos sueldos, buenas pensiones y un Estado que lo regule prácticamente todo está muy bien sobre el papel, pero en la práctica es imposible. No lo consiguieron los comunistas que acabaron sepultados en los escombros del muro de Berlín, no lo ha conseguido la Venezuela de Chaves, donde la gente no tiene ni papel para limpiarse el culo, ni la Syriza de Grecia, que anda estos días haciendo el ridículo por las cancillerías europeas. Muchos de ellos no habían nacido cuando cayó el muro en el 89, pero de Venezuela y Grecia sí estaban advertidos. Con algo de suerte, puede que su entusiasmo inicial sirva para adecentar algunas podredumbres de nuestro sistema, antes de que la arrogancia con la que hablan estos días les conduzca al choque con la realidad y el sentido común. Lo dicho, todos vamos a aprender mucho, los unos, y a purgar penas, los otros. Nadie se irá con las manos vacías. Así es la democracia.

El que resiste siempre gana

Cuando caes, te quedas jodido. Pero a poco que tengas un mínimo de carácter, lo vuelves a intentar. El problema viene cuando vuelven a romperte los morros una segunda vez, cuando creías que ya te habías repuesto del primer golpe. Ahí, llegados a esa frontera, la mayoría de los mortales se sienten como Sísifo, aquel mito griego condenado a empujar una enorme piedra hacia la cima de una montaña para que siempre, irremediablemente, la roca se le escapase de las manos para salir rodando cuesta abajo, cuando estaba a punto de coronar la cima. Pocos son los sísifos de carne y hueso capaces de ir a por la piedra una y otra vez sin tirar la toalla.

Hace un año, un tipo de Vitoria, un tipo normal sin glamur ni marketing, al que basurearon hasta decir basta antes de contratarlo (“era un don nadie”) y a la hora de contratarlo (“lo traemos porque no queremos gastarnos dinero en uno mejor”) apareció con los ojos enrojecidos en una sala de prensa. El Real Madrid de baloncesto había perdido por segunda vez consecutiva la final de la Copa de Europa. La entidad llevaba dos décadas intentando conseguir el título y cada vez que caes en ese deporte da la sensación de que el perdedor deberá esperar muchos años hasta volver a tener la oportunidad de redimirse. Pablo Laso no podía ocultar la rabia que sentía y era consciente de que trabajaba en un club que usa a las personas como si fueran pañuelos de papel. Sin embargo, Laso se marcó una machada. Miró a los periodistas que tenía enfrente y dijo: “que nadie dude que este equipo volverá a estar en esta final el año que viene… y que la ganará”.

Esas palabras, que en el momento de ser pronunciadas sonaban a locura, a deseo desesperado más que a posible realidad, son lo primero que he recordado al ver al Real Madrid de Pablo Laso levantar la Copa de Europa de  baloncesto. Puede que no te guste el baloncesto y puede que no te alegres de los triunfos madridistas, pero de esa hazaña deportiva pueden extraerse muchas conclusiones positivas y, sobre todo, inspiradoras para el día a día de los paisanos que transitamos por este mundo de locos.

¿Quién no ha sido ninguneado o no valorado convenientemente alguna vez en el trabajo o cualquier otro ámbito de la vida? El ejemplo de Pablo Laso demuestra que quien resiste gana. El que vale sólo tiene que seguir apretando y esperar su momento.

El momento… ¿Cuántas veces no hemos escuchado eso de “se te pasó el arroz” o “ya es tarde para cambiar”? Si eso fuera cierto al “Chapu” Nocioni no se le hubiese ocurrido enrolarse en un equipo que ya había perdido dos finales para, a sus 35 tacos, jugarse el todo por el todo para conseguir la Euroliga antes de retirarse. Su ardor guerrero y la confianza en sí mismo son una guía para cualquiera que esté pensando en dar un giro al timón de su vida mientras el resto se empeña en llamarle viejo.

Eso sí, cuidado con darle al timón tan fuerte que se descontrole o que acabe dando una vuelta completa, de manera que acabes en el mismo sitio que comenzaste. A diferencia del fútbol, Florentino Pérez no mete tanta baza en la sección de baloncesto y deja hacer a los que saben. La continuidad del técnico, del grupo y la política de fichajes adecuada han obrado, oh sorpresa, el milagro del éxito.

Lo de Pablo Laso y sus muchachos nos recuerda que en la vida los giros drásticos deben ser de 180° y no de 360, como se escucha decir cada vez a más informadores de los que hablan antes de pensar. Puede que no te guste el basket y puede que no te caiga bien el Madrid, pero hay historias que son un soplo de esperanza. Ejemplos que reconfortan, si los sabemos observar con los ojos adecuados. Y si encima sus protagonistas son gente sana, que no va a comprar el pan en un Lamborghini, ni siente la necesidad de mostrar sus abdominales cada vez que meten una triple, miel sobre hojuelas.

Leer entre líneas para vacunarse de cinismo

No hay asunto más complicado de entender que el que no quiere dejarse explicar. Alguien me dijo cuando empezaba en esto que lo más importante era leer entre líneas y saber deconstruir lo que se dice por ahí. ¿Tenemos que indignarnos o no con los futbolistas de élite, los que se pasean delante de nuestras narices con deportivos de 200.000 euros, por haber convocado una huelga para defender “sus derechos”?

Los estudiantes de periodismo y los ciudadanos que quieran entender qué hay detrás de lo que les cuentan tienen otro ejemplo de libro para atisbar lo complicado que es esto. Periodistas que atacan la huelga porque tienen cuentas pendientes con el presidente de la Federación Española de Fútbol, el oscuro Ángel María Villar; informadores que defienden la huelga y a los jugadores que la secundan porque viven de conocer y contar antes que nadie qué pasa en los vestuarios y para ello necesitan la colaboración de unos jugadores a los que no pueden enfadar con una crítica en público… a veces no es lo que se dice o defiende, sino el por qué se defiende.

Lo cierto es que, como en tantas otras cosas de la vida, aquí nadie tiene la razón absoluta. Y este tampoco es el caso más extremo de intoxicación informativa. La famosa guerra del fútbol, con clubes que no dejaban entrar las cámaras de determinados operadores a sus estadios, sólo era la punta del iceberg de la lucha intestina entre dos grupos mediáticos que pugnaban por ser el amigo más amigo del PSOE de Zapatero, sin que eso se llegara a explicar claramente para que lo entendieran la mayoría de los ciudadanos.

Que Villar es un tipo poco recomendable que lleva demasiado tiempo enredando con el dinero público que le llega al fútbol parece fuera de toda duda. Que al gobierno y la patronal de los clubes (la Liga Profesional) se les ha ido la mano en el ninguneo a la federación y al sindicato de los jugadores, con tal de comenzar a poner coto a determinadas prácticas, también parece obvio. Como lo es que los jugadores modestos tengan derecho a defender sus intereses y que los clubes digan, con razón, que el decreto que redistribuye los derechos televisivos es esencialmente razonable.  Otra cosa es la actuación de los futbolistas de élite en todo este sarao.

Hubo un tiempo en el que pude haberme dedicado al periodismo deportivo y acabé desechando la idea porque, cuando conoces de cerca la vida de los futbolistas, te das cuenta del poco nivel intelectual que tienen, de la banalidad que rodea a ese mundo, de lo ridículamente pretenciosa que es la importancia que, entre todos, le damos a ese circo de la pelota. Luego me dediqué al periodismo parlamentario y comprobé que conocer de cerca a los políticos tampoco es edificante. Sin embargo, ya se me hacía más tarde para cambiar de rumbo… El caso es que el instinto primario nos lleva a indignarnos con unos tipos que cobran un pastizal y que normalmente no han movido un dedo por los compañeros modestos que se quedaban sin cobrar en sus clubes igualmente modestos.

Las “estrellas” se mueven ahora y sólo ahora porque Hacienda se ha puesto seria con las empresas que utilizan para pagar menos por sus derechos de imagen o el pago que hacen a sus representantes. Estaban acostumbrados a que eso formara parte “del acuerdo”, pero las cosas están cambiando para todos. Los políticos están que no les llega la camisa al cuerpo, los pequeños empresarios que tienen una pyme, los autónomos y los trabajadores por cuenta ajena hace tiempo que saben que no se les puede escapar una coma porque les crujen. ¿Entonces por qué ellos pretenden tener el privilegio de que no se les atosigue?

En este país hay una ley vergonzosa que permite a las estrellas del fútbol pagar menos, con la excusa de “atraer el talento de fuera”. Que los investigadores y los profesionales con talento en otros campos verdaderamente importantes para la sociedad tengan que coger la maleta sin que se les haga a ellos una ley así, que a los autónomos se les obligue a pagar la cuota por una actividad que no saben si funcionará, mientras aquí llegan los Messis y Cristianos a cobrar barbaridades de clubes que no están al día con Hacienda, como sí tenemos que estar el resto de mortales, es una jodida vergüenza. Aquí y en Pernambuco. Las estrellas que ayer se sentaron detrás de Rubiales, otro personaje oscuro del fútbol, de los que van vociferando con el móvil por los aeropuertos dándose importancia, nos dirán que eso no es así y que sólo miran por el interés de sus “colegas más modestos”. Como frase está muy bien, pero en esto, como en todo, hay que saber leer entre líneas.

Saturados de muerte e indiferencia

Una amiga me comentó, en una ocasión, que no podía soportar las conversaciones de sus padres a la hora de la cena. Los dos eran médicos y ambos se contaban las cosas más desagradables que habían visto ese día o las desgracias que habían tenido que contemplar en el hospital. Lo peor, decía, no era el contenido de esas charlas, sino el tono. Tanto el padre como la madre se lo tomaban con un sentido del humor bastante negro, entre irónico y caustico. El día que ya no pudo más y les recriminó su comportamiento, los dos se la quedaron mirando con cara de perplejidad. Luego se miraron entre ellos y cambiaron a un registro más pedagógico para explicar a su hija que aquello era un mecanismo de autodefensa psicológica. Si no ponían cierta distancia de por medio, no podrían volver al día siguiente a su trabajo sin derrumbarse o cogerle asco.

Parece una paradoja, pero es así. Cuanto más sensible eres, más riesgo corres de volverte un mojón de la carretera, que ni siente ni padece. De ahí que profesiones como médicos, enfermeros, abogados o periodistas estén plagadas de psicópatas. Afortunadamente, psicópata no tiene por qué ser sinónimo de asesino en serie, como se imagina mucha gente cuando escucha esa palabra. Un psicópata puede ser alguien que haga una vida normal, pero que tenga la incapacidad, entrenada o innata, de empatizar con el prójimo o sufrir con el mal ajeno.

Sin ir más lejos, los periodistas llevamos unos días que estamos saturados de muertos. Todavía no has dejado de informar sobre los 900 ahogados en Sicilia y ya te metes de lleno a contar cadáveres entre los cascotes del Nepal. Cuando el micrófono, la cámara o la imprenta te meten prisa no hay tiempo para reparar en esa niña con su camiseta rosa flotando inerte en el agua. Pocas cosas pueden helar más la sangre que ver a un crío, llamado a estar lleno de vida, inmóvil y a merced del vaivén del mar. ¿Qué hacemos los que tenemos por profesión contar estas penas un día sí y otro también?  Pues, quieras o no, te acaba saliendo callo. La clave está en no perder la perspectiva cuando sales de la redacción.

El problema es que todos, tengamos o no una profesión que incite a la psicopatía, estamos cultivando demasiado el callo de la indiferencia. Hasta el punto que estamos dando por buenos planteamientos que son una miseria desde el simple punto de vista conceptual. Que la Unión Europea se plantea una operación militar para destruir los barcos de las mafias que trafican con los inmigrantes en Libia, nos parece perfecto. Así los pobrecitos no serán enviados al mar a jugarse la vida. Sorprende la poca gente que se plantea que eso es cinismo en estado puro. Nos molesta que se haya abierto una brecha en Libia que nos traiga a los africanos a nuestras costas y procuramos poner un tapón. Lo que suceda de la costa africana para abajo nos da igual, con tal de no verlo.

Ahora también nos hemos enzarzado con lo de si hay que obligar a los vagabundos a dormir en un albergue o no. Los que defienden la medida argumentan que eso perjudica al turismo y a la imagen de la ciudad. Pero es que los hay que se conforman con dejarles dormir donde quieran, que para eso somos muy guays y respetamos sus derechos. Si quieres respetar sus derechos o si te molesta la imagen que puedan dar, hay que solucionar el problema de raíz y reconocer que la simple existencia de vagabundos es un fracaso de todos como sociedad.

Cada vez que pasamos por delante de ellos como si no existieran, fracasamos como individuos. Cada vez que orillamos los problemas que claman al cielo con simples medidas estéticas para no verles, aunque existan, fracasamos. El problema es que cada vez nos parecen más acertadas esas soluciones de cartón piedra. Cada día nos reconfortamos con menos. Cada día somos, tal vez, una sociedad más psicópata. Y lo peor es que ni nos damos cuenta.

Siempre lloro en las bodas

Sí, lo reconozco. Siempre lloro en las bodas, ¿qué pasa? Bueno, no es que llore a moco tendido, pero siempre se me humedecen los ojos en algún momento, lo que me obliga a llevarme el dedo a la cara, como el que no quiere la cosa, para fingir que me pica el lagrimal. Cuando los novios te tocan muy de cerca, supongo que es normal. Lo preocupante es cuando tampoco puedes evitarlo, a pesar de que al novio prácticamente sólo le conozcas de haber coincidido 40 minutos en un restaurante y de que haya dado un discurso surrealista en tu propia boda (sí, a veces esas cosas pasan). Todas esas referencias al amor de verdad, a la solidaridad, al recuerdo de los que ya se fueron o a la esperanza en lo que está por venir acaban tocando la fibra a los que somos de espíritu sensible y demasiado mundo interior.

La verdad es que, bien pensado, toda la gente debería asistir a una boda, por lo menos una vez al año. En un casamiento, muy mal se tiene que dar la cosa para que no te lo pases mínimamente bien. Que eso implique acabar cocido como un piojo, ya va a gusto del consumidor. Pero es que, además, en las bodas se aprende mucho. A mí siempre me ha fascinado la actitud de los invitados en las bodas urbanas, esas en las que la mitad de la gente ni se conoce ni, probablemente, vuelva a verse jamás. Salvo en aquella boda en el País Vasco, donde españolistas y abertzales acabaron a puñetazo limpio, lo normal es que la gente vaya de buen rollo. La conversación para romper el hielo que no iniciarías en el metro, comienza sin más. El pisotón o la maniobra barriobajera para arrebatarte el último canapé, que no perdonarías en la calle, se torna sonrisa cómplice… En realidad, una boda tiene algo de terapéutico. Si todo el mundo se pusiera de acuerdo para comenzar un lunes en “modo boda”, este planeta sería bastante más habitable.

Cuando sales de casa con la mente abierta y dispuesto a dar la mejor versión de ti mismo, de repente, suceden cosas. La persona de rictus serio, que parecía inaccesible, se convierte en protagonista de una charla deliciosa. Aprendes que en Toledo utilizan la palabra “bolo” para todo, que hay padres dispuestos a repetir paternidad aunque a su primer hijo sólo le guste el pescado y les arrastre a comerlo cada día, que hay adultos pasadas las doce de la noche capaces de traumatizar a un niño con su baile espasmódico y sus carantoñas asesinas, que a los oyentes de radio no les gusta que les cuenten penas, ni que les detallen un drama de forma truculenta y, mucho menos, que se metan demasiado con su equipo de fútbol. Eso sí, les encanta hablar de la radio cuando se enteran que trabajas en ella. Ciertamente, los directores de programas y los que nos dedicamos al oficio de narrar historias sobre personas para personas deberíamos acudir más a ese tipo de celebraciones en las que la gente se muestra tal y como es, sin cobrarte por darte su opinión. Escuchar con humildad y observar con atención. Sólo así, leyendo entre líneas al ser humano, comprobarás que hay novios serios, que pueden tener más retranca que el más célebre de los cómicos, y novias entrañablemente cuadriculadas que tienen recompensa. La vida está ahí para ser contada, para ser vivida y, por qué no, para ser llorada, aunque mucho mejor si conseguimos que sea de alegría.

Cuando di una segunda oportunidad a un enano obseso que se negaba a crecer

Definitivamente, Carmina va a tener razón. Como diría la madre de Paco León, se está muriendo gente que no se había muerto nunca. Lo malo es que algunos no deberían morir nunca. Su cerebro tendría que ser conservado en formol y su experiencia vital debería poder sacarse en un pen drive para luego metérsela en la cabeza a cualquiera que pretenda circular por este mundo.

A muchos la muerte de Günter Grass no les dirá mucho. Un premio Nobel más que se va al otro barrio, tras una vida larga y vivida como pocas. Para mí siempre será el autor del único libro que se me atragantó durante años. Y mira que mi cabezonería me ha hecho terminar libros que no se comerían ni los lobos. Pues un verano de los 90, con apenas 16 años, se me ocurrió atacar la lectura de El Tambor de Hojalata. En la página 43 tuvo que dejarlo. Lo del crío que piensa como un adulto desde el vientre de su madre y que decide no crecer más el día que cumple tres años, con una abuela que pelaba cebollas, que olía a mantequilla rancia y que siempre llevaba puestas cuatro faldas al mismo tiempo me pareció droga dura. 747 páginas en ese plan se me antojaron un castigo demasiado grande, incluso para mi vergüenza torera. Sin embargo, pasaron más de diez años y aquel libro puesto en la estantería con el cordel de separación en la página 43 siempre pareció retarme. Los libros susurran y aquel parecía decirme “Soy el único libro que no has tenido bemoles de leer”.

Todavía no recuerdo cómo fue aquel día que lo tomé por el lomo para darle otra oportunidad. De repente, se hizo el milagro. Las metáforas cuadraban y el contexto histórico era fascinante. Nadie ha contado como Günter Grass cómo pudo ser que un país culto y refinado como Alemania acabase sucumbiendo a la ideología más salvaje que ha dado Europa. El Tambor de Hojalata te mete de lleno en la piel de quienes vivían en Danzig a comienzos del siglo XX cuando esa ciudad que era un puerto libre, donde alemanes y polacos convivían tras siglos en los que su soberanía había cambiado de manos como una pelota de ping pong. A veces sólo hace falta la miseria económica para sentirse fascinado por un mesías que te martillea a través de la radio. Otras veces sólo es necesario observar como los jóvenes de la ciudad se van colocando la camisa parda como algo “cool” para que el animal gregario que llevas dentro nos haga apuntarnos al carro para no sentirnos diferentes. Y en otras ocasiones sólo hay que dejar brotar la envidia hacia el vecino al que le va mejor para odiarle por las razones más estúpidas como su idioma materno, el origen de su apellido o su confesión religiosa.

Lo escalofriante de El Tambor de Hojalata es comprobar con qué sutileza se va metiendo en el cerebro de la gente la ideología nazi. Los pocos que se hacían preguntas incómodas eran puestos en solfa y cuando los sentimientos y la euforia están en todo lo alto, ya es demasiado tarde. La gente mira hacia otro lado, mientras el vecino judío desaparece para siempre o el colegio de niños con discapacidad es cerrado sin que se sepa a dónde fueron los niños. Precisamente, lo que quiso explicar Günther Grass con su realismo mágico a la alemana era tan complicado de asimilar que tuvo que inventarse la figura de un crío de tres años que se ha negado a crecer físicamente, pero que tiene la lucidez que le falta a los adultos que le rodean.

Sin duda, lo que atormentó a Grass, hasta que una neumonía se lo llevó este lunes, fue el no haber tenido la lucidez del pequeño Óscar Matzerath. Incluso él, un referente moral en Alemania, crítico como pocos con el totalitarismo, tuvo que reconocer que de joven fue seducido por Hitler. “Creer en él no cansaba”, llegó a confesar en una autobiografía que le valió las críticas de mucha gente por haberse alistado a las temidas SS Waffen dirigidas por Himmler.

Algunos quisieron desautorizar para siempre a Grass por haber tenido un pasado nazi y no haberlo explicado con detalle hasta 2006, después de muchos años de presentarse como azote de quienes quitaban hierro al pasado hitleriano. Yo, en cambio, creo que Günter Grass era una mina tanto por su lucidez, como por sus propias contradicciones personales. El ejemplo viviente de lo contradictorios y peligrosos que podemos llegar a ser y de la cautela que debemos tener siempre con los que nos invitan a sumarnos a las ideologías que buscan tratarnos a todos como una masa indignada.

Grass escribía en una vieja Olivetti de color verde, rodeado de dibujos de Goya, al que admiraba por plasmar con maestría la miseria moral del ser humano. En los últimos años estaba preocupado por el poco futuro de la juventud en Europa y por cómo le recordaba la situación actual a la juventud que él vivió. Llegó a decir que estábamos camino de una tercera guerra mundial. Ojalá estuviese equivocado. Ojalá seamos capaces de dar siempre una segunda oportunidad a los libros y de mantener encendida la llama de la lucidez y la autocrítica.

Las bromas de los “anti” que sólo dan pena

Hay muchas maneras de matar a una persona indefensa. Pero algunas son especialmente crueles. Obligar a la víctima, arrodillada, sudorosa, aterrorizada, a coger el teléfono para llamar a sus padres es una de ellas. Forzarle a decir “voy a morir” y, a continuación, pegarle el tiro en la cabeza para que lo oiga su familia al otro lado del teléfono ya es para nota.

Ha sucedido en Kenia, donde los islamistas entraron en la universidad y obligaron a recitar el Corán a los alumnos. A los musulmanes los dejaron marchar. A los cristianos los masacraron. ¿Habrá una historia más potente que contar desde el punto de vista periodístico? Pues conozco a bastantes compañeros de profesión que no abrirían un informativo con esa noticia porque lo ven como algo “lejano” o porque reconocen que la muerte de cristianos no “vende” tanto como los atentados contra judíos o los hechos discriminatorios contra la comunidad negra o el colectivo gay. Ponerse a hacer campaña para denunciar que, ahora mismo, están masacrando a cristianos indefensos en muchos puntos del planeta “da pereza”. No vaya a ser que piensen que eres un “capillitas”.

Actualmente está en marcha una auténtica limpieza étnica contra las comunidades cristianas más antiguas del planeta, las primeras que recogieron las enseñanzas de aquel personaje extraordinario que fue Jesús de Nazaret, y el mundo mira hacia otro lado. Sólo hay que ver el lugar que ocupan esas noticias en la escaleta de los medios de comunicación y compararlo con las historias mucho más insustanciales con las que abren la mayor parte del tiempo. Aquí, sin embargo, lejos de sensibilizarnos por lo que está pasando, estamos a otra cosa.

Semana Santa en algún lugar de España. En un monitor de televisión rompe a sonar el himno nacional. La imagen muestra la salida de una talla de la Virgen a hombros de los esforzados costaleros. La gente que se ve alrededor del paso está emocionada y aplaude con devoción. En cambio, bajo techo, en el lugar de Madrid donde me encuentro, esa pasión y ese rugido del himno irrumpen sin pedir permiso, cogiendo con el pie cambiado a más de uno.

No obstante, los hay con cintura necesaria como para tirar de reacción prefabricada, con el automatismo propio del comercial que saca su tarjeta de visita del bolsillo interior de la chaqueta. No faltan bromas sobre el himno: “espérate, que me levanto y me llevo la mano al corazón”. Tampoco burlas o comentarios irónicos hacia los que se emocionan ante la imagen de la Virgen: “Mira como lloran los pobres, que alguien les dé un pañuelo…”.

El himno de España lo he escuchado muchas veces. Procesiones he visto unas cuantas. Y a los de las bromas también los tengo más vistos que los pianillos de la feria. Forman parte de la fauna hispana. Se movilizan porque van talar unos árboles aquí, recogen firmas porque un animal está en peligro de extinción allá o se concentran para impedir que cierren el casal cultural del barrio. Todo eso es loable y les honra, pero cuando detectan que algo toca de forma tangencial el cristianismo o la bandera de España se lavan las manos como Pilatos, por muy justa que sea la causa. Y no me refiero a quien no es religioso o pasa de banderas sin más, lo cual es totalmente respetable. Me refiero más bien a los que tienen que estar todo el día con sus sarcasmos, a los que necesitan demostrar continuamente que son “anti” para sentirse realizados. Lo hacen con ese barniz de supuesta superioridad moral del que pone la etiqueta de “casposo” a todo lo que no le gusta. De igual manera que José Arcadio Buendía cogió aquel hisopo entintado para llenar Macondo de etiquetas con el nombre de todos los objetos, estos supuestos guardianes de la progresía etiquetan mentalmente a todos los que son víctimas, a su juicio, de las tradiciones y corrientes más rancias.

En el pueblo donde transcurre Cien años de Soledad tuvieron la suerte de vencer la enfermedad del sueño, pero aquí vamos camino de sucumbir a la estulticia de otra enfermedad: la del laicismo más asilvestrado y cada vez menos armado intelectualmente, que no sabe hacia dónde va y, lo que es peor, tampoco le importa. Sólo alguien que viva en la indigencia intelectual puede pretender que un país o un continente entero renuncie a sus raíces culturales para embarcarse en no se sabe bien qué tipo de sociedad posmoderna, donde el relativismo y la indiferencia sean las únicas referencias, sin que eso tenga consecuencias.

Relativismo e indiferencia. Indiferencia e incongruencia. Que los estadounidenses arrestan a quien se mofe de su bandera, lo vemos normal porque “esos tíos si saben hacerse respetar”; que los franceses paran un partido porque se pite el himno, la mayoría entiende que hay que respetar La Marsella y los valores de Libertad, Igualdad y Fraternidad que representa. Ahora bien, aquí un club se niega a ceder su estadio porque no quiere que se pite el himno de su país en su propia casa, por la carga de oído que eso supone, y ponemos a caldo a ese club y a quienes sugieren que debería suspenderse la final de Copa. Los que dicen que pitar el himno de España es “libertad de expresión” son los mismos que se harían las víctimas indignadísimas si se procediese igualmente con sus símbolos.

Pues digo yo que entre el “Dios, patria y Rey” y esta sociedad nihilista y contradictoria en la que nos están metiendo los de las etiquetas y las gracietas pseudoprogres habrá algún término medio. Una sociedad en la que no hubiese que humillar ni reírse de nadie por sus creencias, en las abrazásemos las causas justas, sin distinciones, y en la que superásemos de una puñetera vez “la falta de autoestima” que nos carcome. Luis Goytisolo explica en El País (http://goo.gl/uLcoVg) como esa “falta de autoestima” hace que, como sociedad, nos metamos continuamente autogoles de lo más ridículos. Y es que, siempre hemos sido campeones del mundo en echar mierda sobre nosotros mismos, en bromear con lo que no toca y en presumir de ser “anti”. Pero lo “anti” sólo sirve para destruir, no para construir, que es de lo que verdaderamente se trata.

El arte de improvisar

Nunca se puede generalizar, pero es cierto que a veces la mera observación empírica te ofrece pautas que tienden a repetirse. El latino suele improvisar, al anglosajón no le gusta y el alemán, directamente, no sabe hacerlo. Sólo hay que echar un vistazo al vodevil de Bruselas con los alemanes señalando lo firmado como si fueran las tablas de Moisés y los griegos moviendo deprisa los cubiletes exigiendo una “solución imaginativa”.

Claro que si hay un lugar latino por antonomasia ese es Nápoles. La última vez que estuve allí la mafia acababa de cargarse a un comerciante que se había negado a pagar el pizzo. Estuvo como una década con guardaespaldas, pero cuando creyó que ya se habían olvidado prescindió de sus servicios. A la semana le pegaron cuatro tiros. Los napolitanos tienen buena memoria, una facilidad innata para hacer pizzas y una devoción brutal por Maradona y San Jenaro.

El astro argentino anda estos días de capa caída después de que una operación estética le haya dejado unos labios similares a los de Carmen de Mairena. En cambio, el obispo martirizado en el año 305 ha vuelto a ser noticia para júbilo de los napolitanos. Estos tienen por probado que cuando la sangre de las reliquias del santo se licúan el primer domingo de mayo, el 19 de septiembre y el 16 de diciembre las cosas irán bien. En cambio, si en esas fechas la sangre se apelmaza, los napolitanos se hacen cruces, convencidos de que algo malo ha de suceder.

Con lo que no contaban los napolitanos es que, fuera de esas tres fechas señaladas, la sangre también se licuara con motivo de la visita del Papa. Según la interpretación napolitana, eso es una señal de buen augurio que no ocurría desde 1848. ¿Qué ha dicho el Papa Francisco ante semejante sorpresa? ¿Restarle importancia y defraudar el fervor napolitano? ¿Sobreactuar y mostrar un excesivo entusiasmo por un fenómeno que la Iglesia no califica de milagro, sino simplemente de “prodigio”? Pues el Santo Padre argentino y, por tanto, latino, ha aprovechado que sólo la mitad de la sangre se ha licuado para decir “Se ve que el santo nos quiere sólo a medias. Tenemos que convertirnos más”. Lo bueno de ser latino es que la naturaleza te predispone a tener la cintura idónea para salir de atolladeros con frases o gestos ingeniosos, de esos que inspiran cercanía y empatía. ¿Será ése, saber improvisar, uno de los secretos del actual Papa?

Curiosamente, en el primer capítulo de la serie El Ministerio del Tiempo, el director del fantasioso ministerio se encoje de hombros ante las dudas que genera en los protagonistas su primera misión: “Improvisen, para eso somos españoles”. No sabemos si ese será también el secreto de su éxito, pero lo cierto es que esta serie está arrasando en audiencia y en movimiento en las redes sociales. TVE reconoce que se ha generado un fenómeno fan como no se recordaba en mucho tiempo.

De repente, muchos españoles descubren que la ficción española puede ser ingeniosa y de calidad, y de paso descubren también que nuestra Historia está preñada de azañas, miserias, héroes y villanos como para hacer mil producciones de Hollywood. Ya quisieran semejante material los estadounidenses que llevan exprimiendo sus 200 añitos de historia para tirarse el pisto como los más guays del mundo mundial. De momento, los nacionalistas han comenzado a mostrar su descontento con la serie porque muestra a España como un país interesante y con un patrimonio común como proyecto histórico. Y eso que los responsables del proyecto se han cuidado mucho de que la serie no cojee de ninguna pata política. No es mala señal. Ya sólo falta que series como ésta sirvan para que nos conozcamos y nos queramos un poquito más, amén de aprender de los aciertos y errores de nuestro pasado. Eso sí sería un verdadero milagro a la altura del mismísimo San Jenaro.

A una boda hay que ir con el reloj en hora y los calzoncillos limpios

Dices tú de pragmatismo… Pues en La India no se andan con tonterías. Una boda celebrada en Uttar Pradesh nos ha venido a recordar una de las reglas de oro de esta vida: a las bodas hay que ir con los calzoncillos limpios, aunque vayas de invitado de segunda fila, por lo que pueda pasar. Cuando el novio encaraba el altar y consumía sus últimos segundos como soltero, le dio de repente un apechusque y se desmayó. Pasados unos minutos de confusión, la familia del muchacho confesó que padecía epilepsia y que no se lo habían querido confesar a la novia por si decidía no casarse con él.

¿Qué hizo la novia? Darle la razón a los familiares: “efectivamente, yo no me caso con un epiléptico, pero ya que hemos pagado el convite, yo de aquí salgo casada”, vino a decir la pragmática joven que, ni corta ni perezosa, mandó llamar a un convidado a la ceremonia y le propuso casarse con ella hic et nunc, que dirían los romanos. Ríete tú de los realities que hacen ahora en España…

Claro que en La India también es recomendable ir con las tablas de multiplicar aprendidas. Otra novia que iba a casarse en Rasulabad, para más señas, se quedó con todo al mundo al hacer al novio una pregunta en alto que no venía al caso: “¿Cuántas son 15 más 6?” El muchacho, que debía ser de la versión india de Mujeres, Hombres y Viceversa, frunció el entrecejo y dijo: “17”. La novia se giró hacia los invitados y explicó que ella no iba a casarse con alguien que no era capaz de hacer una suma mental tan sencilla. Así que se recogió el vestido y se piró, con la parsimonia de quien toca una canción de Anni B Sweet con el banjo.

Si en España fuésemos tan exquisitos como esa novia de La India, aquí no se casaba ni el Tato. Hace años que el sistema educativo y el uso de las calculadoras acabaron de atrofiar la mayoría de las mentes. Para qué hacer el esfuerzo de calcular, si tienes una maquinita que lo hace por ti. Pero, ¿y si no tienes la maquinita a mano? ¿y si se le acaban las pilas?  “Eso es imposible”, suelen contestarte.  Vivimos rodeados de tecnología y cuando no tengas la calculadora a mano, tendrás el móvil, que también tiene calculadora.

Somos una sociedad tecnificada y no miramos atrás. Sin embargo, paradójicamente, cada vez miramos más a los lados. Pedagogos y psicólogos insisten en el creciente déficit de atención que nos aflige. Recibimos tantos inputs, que si el Twitter, que si el Facebook, que si los anuncios interactivos, que si la bandeja de entrada del correo electrónico… Nuestro entorno nos obliga a mirar cada vez a más lugares cada pocos segundos, de manera que, si la calculadora atrofió nuestro calculo mental, las nuevas tecnologías de la información están atrofiando nuestra capacidad de concentración.

La verdad es que la mayoría tienen una fe ciega en la tecnología, aunque a algunos nos sorprenden algunas paradojas. Esta semana Apple ha presentado su Apple Watch. Un reloj de la leche, con todas las aplicaciones de un smartphone y más. Y, como diría el chiste, hasta da la hora. Eso sí, en modo normal sólo funciona 18 horas, por lo que hay que recargarlo. Así que tenemos un reloj que sólo le falta hacerte unas lentejas con chorizo, pero al que le cuesta darte la hora como no le des  “cuerda”.  ¿Será una metáfora de los tiempos que corren?

Una de tipejos y primates bípedos

Un día cualquiera. El semáforo se pone en verde para los peatones y reanudas la marcha. Te diriges a uno de esos sitios que te obligan a madrugar, que te cuestan dinero, pero que te permiten crecer como profesional con un poco de suerte. En la radio están hablando de un tema que te interesa. Ves como un gitano rumano te ofrece un paquete de pañuelos y declinas su ofrecimiento con una sonrisa, sin que los auriculares te permitan escuchar sus palabras. Le sobrepasas y, de repente, notas el impacto en el pecho.

¿Qué ha pasado? Te llevas la mano al pecho y sientes dolor en el esternón. Después de un par de segundos, tu cerebro hace la moviola. Un abrigo gris que pasa a tu lado como una flecha y suelta un brazo de forma premeditada e innecesaria para impactar contra tu pecho. Te quitas el auricular de la oreja derecha y compruebas como todo el mundo que iba con prisa se ha detenido haciendo un corrillo. A tu derecha, una pareja joven con cara de estupefacción. Parecen tan sorprendidos como tú. Sea lo que sea lo que ha pasado, a ellos también les ha golpeado. Mientras algunos transeúntes retoman la marcha para evitar problemas se aclara el corrillo y se descubre el pastel. Abrigo gris, mochila de camuflaje militar, cabeza rapada y rostro adusto.

Un tipejo con cara de pocos amigos se ha plantado a un par de metros esperando que le mire para dar pleno sentido a su hazaña. “A ver si miras por dónde vas”, me suelta. Yo sé, como lo sabe la pareja que está a mi lado,  como lo sabe el propio tipejo, que había espacio más que suficiente para que pasáramos todos. Pero él es una especie de macho alfa que exige ir en línea recta por la calle y que la gente se aparte a su paso. “¡Qué coño miras! ¿Quieres que te parta la boca?”, insiste mientras el corrillo empieza a despejarse por prudencia. En una época de mi vida, más infantil, me hubiera asustado. En otra época, más impulsiva, me hubiera enzarzado a golpes en el momento que comienza a insultar a mis difuntos. Sin embargo, ahora simplemente me quedo mirándolo. Él se excita e incrementa sus gritos porque lo considera un desafío, pero yo no le miro desafiante. Más bien le miro curioso, intentado diseminar toda una vida en un par de segundos.

¿Falta de cariño materno o paterno? ¿Falta de recursos para estudiar? ¿Estrecheces económicas? ¿Problema con las drogas? El caso es que se trata de un auténtico animal, de alguien que, voluntaria o involuntariamente, ha abandonado su condición de ser humano. Me coloco el auricular, me doy media vuelta y retomo mi marcha sin acelerar el paso para no darle una satisfacción, mientras prosiguen sus improperios. La pareja hace lo mismo y el chico le dice a la chica “con esta gente lo mejor es pasar”.

Tal vez eso es lo que pensó también la joven de la Diagonal de Barcelona que tardó una semana en denunciar la patada que le dio por detrás un imbécil que estaba de bromas con los amigos. A este cabestro no le puede salvar la excusa de una infancia incompleta o una vida dura. Se trata de un niño de papá, natural de Talavera de la Reina, que quería hacerse popular en las redes sociales. Ahora asegura estar arrepentido, pero lo cierto es que intentó borrar el rastro de su vídeo en Internet y no se entregó hasta se supo identificado. Cobarde en atacar a una mujer por detrás, dejándole un esguince de tobillo y la humillación de verse tirada por el suelo y vejada en Internet, y cobarde a la hora de asumir las consecuencias de sus actos.

Cuando nos topamos con animales bípedos, solemos pasar de largo, bien sea por miedo o por sentido común. Sin embargo, eso fomenta la impunidad de los muchos primates que nos rodean. Y de los gilipollas que les ayudan a grabar sus payasadas, que les ríen las gracias y que las comparten en Internet en clave jocosa. Dice su padre que le están tratando como un asesino por haber hecho una tontería con dos copas de más.

Querido señor empresario de Talavera, con un hijo gilipollas y malcriado, cuando uno se toma dos copas de más se pone a contar unos chistes o se pone a dormir la mona, pero no humilla a otro ser humano a traición para hacerse el machote. Tal vez el juicio mediático sea tremendo para su hijo, pero no menos que la repercusión de lo que hizo. Son las reglas de este nuevo mundo 2.0. Así que cada palo aguante su vela y que los miserables se hundan en su miseria. Está claro que algunos primates no entienden otro lenguaje.