Siempre lloro en las bodas

Sí, lo reconozco. Siempre lloro en las bodas, ¿qué pasa? Bueno, no es que llore a moco tendido, pero siempre se me humedecen los ojos en algún momento, lo que me obliga a llevarme el dedo a la cara, como el que no quiere la cosa, para fingir que me pica el lagrimal. Cuando los novios te tocan muy de cerca, supongo que es normal. Lo preocupante es cuando tampoco puedes evitarlo, a pesar de que al novio prácticamente sólo le conozcas de haber coincidido 40 minutos en un restaurante y de que haya dado un discurso surrealista en tu propia boda (sí, a veces esas cosas pasan). Todas esas referencias al amor de verdad, a la solidaridad, al recuerdo de los que ya se fueron o a la esperanza en lo que está por venir acaban tocando la fibra a los que somos de espíritu sensible y demasiado mundo interior.

La verdad es que, bien pensado, toda la gente debería asistir a una boda, por lo menos una vez al año. En un casamiento, muy mal se tiene que dar la cosa para que no te lo pases mínimamente bien. Que eso implique acabar cocido como un piojo, ya va a gusto del consumidor. Pero es que, además, en las bodas se aprende mucho. A mí siempre me ha fascinado la actitud de los invitados en las bodas urbanas, esas en las que la mitad de la gente ni se conoce ni, probablemente, vuelva a verse jamás. Salvo en aquella boda en el País Vasco, donde españolistas y abertzales acabaron a puñetazo limpio, lo normal es que la gente vaya de buen rollo. La conversación para romper el hielo que no iniciarías en el metro, comienza sin más. El pisotón o la maniobra barriobajera para arrebatarte el último canapé, que no perdonarías en la calle, se torna sonrisa cómplice… En realidad, una boda tiene algo de terapéutico. Si todo el mundo se pusiera de acuerdo para comenzar un lunes en “modo boda”, este planeta sería bastante más habitable.

Cuando sales de casa con la mente abierta y dispuesto a dar la mejor versión de ti mismo, de repente, suceden cosas. La persona de rictus serio, que parecía inaccesible, se convierte en protagonista de una charla deliciosa. Aprendes que en Toledo utilizan la palabra “bolo” para todo, que hay padres dispuestos a repetir paternidad aunque a su primer hijo sólo le guste el pescado y les arrastre a comerlo cada día, que hay adultos pasadas las doce de la noche capaces de traumatizar a un niño con su baile espasmódico y sus carantoñas asesinas, que a los oyentes de radio no les gusta que les cuenten penas, ni que les detallen un drama de forma truculenta y, mucho menos, que se metan demasiado con su equipo de fútbol. Eso sí, les encanta hablar de la radio cuando se enteran que trabajas en ella. Ciertamente, los directores de programas y los que nos dedicamos al oficio de narrar historias sobre personas para personas deberíamos acudir más a ese tipo de celebraciones en las que la gente se muestra tal y como es, sin cobrarte por darte su opinión. Escuchar con humildad y observar con atención. Sólo así, leyendo entre líneas al ser humano, comprobarás que hay novios serios, que pueden tener más retranca que el más célebre de los cómicos, y novias entrañablemente cuadriculadas que tienen recompensa. La vida está ahí para ser contada, para ser vivida y, por qué no, para ser llorada, aunque mucho mejor si conseguimos que sea de alegría.

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