El momento de dejar de predicar y comenzar a dar trigo

A las cinco de la mañana todavía se dejaban ver por los aledaños del parque del Retiro de Madrid. Esa noche la fiesta en la cuesta de Moyano había sido morrocotuda, pero, hasta para los más entusiastas, tocaba recogerse. No deben seguir un reglamento escrito, pero casi todos marchan con la capucha puesta para resguardarse del biruji que hace a esa hora. Andan con paso tranquilo, como mascullando pensamientos. ¿Y ahora qué? ¿Ya hemos conquistado el cielo? ¿La felicidad era esto? ¿En realidad, todo comienza ahora? ¿Y yo cuándo lo notaré?

Pasaron las elecciones locales y autonómicas, y podemos decir que ya estamos todos. Esa amalgama de gente enfada, de jóvenes frustrados y de “rojos de toda la vida” que han encontrado en Podemos el caballo ganador que no encontraron en Izquierda Unida ha irrumpido con fuerza en el tablero político español. En el pimpampún de las votaciones se han cobrado dos premios importantes: las alcaldías de Madrid y Barcelona.

Ya desde primera hora se olía en el colegio electoral que algo iba a pasar. Mucho chaval imberbe con camiseta del Estudiantes y el voto preparado de casa, parejas de tribus urbanas a las que no se veía en un votación “burguesa” desde ni se sabe o camareros jovencitos recordando a los clientes de su quinta que “hoy hay que votar para limpiar esto de una vez”. Cuando la izquierda consigue movilizar a toda su gente y la derecha se queda en casa por enfado o desidia o se va de picos pardos con otra opciones, el resultado suele ser el mismo: todos contra el PP=el PP a dos velas, aunque sea el más votado.

Los de la cuesta de Moyano se ilusionan y los amantes de la tranquilidad se asustan: “me subirán los impuestos, darán ayudas a los que no pegan ni chapa mientras yo me mato a trabajar, aumentarán la deuda ahora que comenzábamos a levantar cabeza…”.  Lo cierto es que la democracia también es esto. Dejar que ocurra lo inevitable para que aquellos que cabalgan a lomos del discurso fácil tengan que contrastar su argumentario con la realidad. Lo bueno de este sistema, que otorga el mismo poder al voto de alguien reflexivo y dispuesto a dudar que al voto de quien vota sin abrir un libro y cautivo de las etiquetas ideológicas, es que acota el destrozo o el acierto a cuatro años.  La democracia garantiza que no tengamos mejor gobierno que el que nos merecemos. Ahora y en los años precedentes.

De momento, hemos aprendido que eso de que el sistema era pernicioso y no permitía romper con el bipartidismo no era del todo cierto.  Pero lo más importante es que ahora tenemos mucho tiempo por delante para que Podemos nos enseñe cómo es eso de pactar con los que hasta ahora llamaba “casta”; para que el PSOE nos muestre cómo se acuerda con el “populismo” con el que prometió no pactar; para que el PP comprenda que con una cara nueva consigue mejor resultados que con una cara gastada o que el electorado de centro derecha, aunque también le cueste un mundo, es más sensible a la corrupción que el electorado de izquierdas; o para que Izquierda Unida comprenda que la política es un juego darwinista y que al electorado hay que respetarlo.

Digo esto porque la reacción de la candidata a la alcaldía de Madrid llamando ingrata a la clase obrera por no haberle votado, después de 30 años cocinando el pastel que ahora se va a comer Podemos, fue sencillamente patético. Es un ejemplo de la adolescencia mental que padece nuestra clase política. Ahora queda que la ciudadanía también se desprenda de ese mismo mal. Este 25 de mayo ha comenzado una nueva etapa en la que toda una generación de jóvenes españoles va a comprender que eso de tener los mejores hospitales, los mejores colegios, plazas de funcionarios para todos, buenos sueldos, buenas pensiones y un Estado que lo regule prácticamente todo está muy bien sobre el papel, pero en la práctica es imposible. No lo consiguieron los comunistas que acabaron sepultados en los escombros del muro de Berlín, no lo ha conseguido la Venezuela de Chaves, donde la gente no tiene ni papel para limpiarse el culo, ni la Syriza de Grecia, que anda estos días haciendo el ridículo por las cancillerías europeas. Muchos de ellos no habían nacido cuando cayó el muro en el 89, pero de Venezuela y Grecia sí estaban advertidos. Con algo de suerte, puede que su entusiasmo inicial sirva para adecentar algunas podredumbres de nuestro sistema, antes de que la arrogancia con la que hablan estos días les conduzca al choque con la realidad y el sentido común. Lo dicho, todos vamos a aprender mucho, los unos, y a purgar penas, los otros. Nadie se irá con las manos vacías. Así es la democracia.

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