Fogonazos de lucidez

A veces lo importante está en los detalles. Para los que nos dedicamos a la información resulta descorazonador comprobar que, tras pelear durante días y días con las noticias propias del politiqueo y las penas económicas, con lo que se queda la gente es con esa anécdota, ese detalle, que entró en el informativo o se coló en los titulares de pura chiripa.  Descorazonador, por la sensación de que muchas veces los periodistas erramos el tiro, pero inspirador a la hora de reflexionar sobre nuestra profesión.

Después de la vorágine que supone una jornada de radio, en ese rato de tranquilidad que te queda antes de recoger los bártulos o en el trayecto a casa tengo la costumbre de leer la contra de La Vanguardia. Es una de esas joyas que todavía quedan en el panorama de la prensa, un reducto que reivindica el arte de la entrevista.

hartmut_rosaLa conversación que mantuvieron los compañeros de ese diario el martes 3 de mayo con Hartmut Rosa es de lo mejorcito que he encontrado en los últimos tiempos. Verdades como puños, obviedades que hacen sonrojar de tan evidentes y, a la vez, tan ocultas a la mirada cotidiana de los que habitamos eso que llaman el mundo moderno. Hartmut Rosa es un catedrático de Sociología de la Universidad alemana de Jena. Viene a decir que todos los que estamos envueltos por la globalización somos como hámsters en una gran rueda. Nos hemos metido en una dinámica en la que para que la economía no entre en crisis debe crecer y crecer sin parar. No hay un escalón que nos brinde una tregua, ningún lugar donde decir “tengo suficiente”. Si te quedas quieto, pierdes tu estatus. La tecnología, que se suponía nos iba a facilitar las cosas, ayudarnos a despachar en tiempo récord la tediosa intendencia del día a día, sólo está sirviendo para que cada vez vayamos más atacados. Cuanto más desarrollada es una ciudad, más rápido va la gente por la calle. Menos tiempo para las relaciones interpersonales, más caras serias en el metro, ese lugar que concebimos como un tránsito engorroso entre un objetivo y otro. Nos hemos olvidado de disfrutar del camino. En el mundo desarrollado proclamamos ser los más felices en las encuestas, pero lo cierto es que en África o el sudeste asiático sonríen muchísimo más que nosotros. Los que se hayan dado una vuelta por el continente negro o por países como Tailandia o Vietnam sabrán perfectamente de lo que hablo.

Dice Rosa que el problema radica, principalmente, en nuestra manía de confundir felicidad con posesión material. Y ahí está la trampa. El consumismo consiste en jugar con nuestra psicología de manera que nunca alcancemos la satisfacción plena. Para cambiar ese teléfono móvil que todavía nos da el apaño por el modelo superior que acaba de salir, “hemos de sentirnos lo suficientemente decepcionados para no estar satisfechos, pero no lo suficiente como para  dejar de comprar”. Mete eso en una coctelera con un mundo hipercompetitivo en el que la publicidad nos marca qué tipo de vida deberíamos llevar para ser “cool” o “triunfadores” y entenderás porque triunfan fenómenos como Bridget Jones o el coaching. Cuando más fácil debería ser la vida, más nos comemos la cabeza y más buscamos un rumbo a seguir.

El problema de levantar la mirada un buen día, de tener un fogonazo de lucidez, es que algunos pueden tener la tentación de hacer una enmienda a la totalidad. Los discursos antiliberales de corte anarquista o pseudocomunistas no son la solución. Echar por tierra la cultura de la meritocracia y la sana aspiración a mejorar en la vida en base al trabajo bien hecho sería un dislate. A pesar de los pesares, nunca la mayor parte de la Humanidad estuvo mejor. Las mujeres, los niños, los negros, los homosexuales… no cambiarían esta época de la Historia para vivir en otra del pasado. El mérito es de la democracia liberal y la economía de mercado, guste o no. El secreto para mejorar lo que hay radicaría en un cambio de mentalidad que nos haga valorar más lo que tenemos, desarrollando una mirada crítica sobre la sociedad de usar y tirar en la que estamos. “Menos es más” debería ser un lema presente en el día a día de todas las escuelas. Deberíamos desacelerar esa enorme rueda de hámster en la que estamos instalados, sin renunciar a los avances que hemos conseguido en muchos aspectos.

Claro que para eso habría que cambiar el enfoque de nuestro sistema educativo y nuestra escala de valores. Fomentar la solidaridad y la inteligencia emocional. El problema es que, por estos lares, la educación es uno de esos puntos en los que menos voluntad hay de transigir. Mientras no cambiemos lo que se aprende en la escuela, no estaremos en disposición de entender que hay otra manera de funcionar y que nuestra felicidad no depende de lo que diga un anuncio de televisión o de la intervención mesiánica de ningún dirigente político. Me apuesto lo que sea a que en la campaña electoral con la que nos van a castigar nuestros políticos se hablará de cualquier cosa menos de esto.

Un mundo sin dinero

Se está cociendo algo que nos cambiará la vida a todos. Nunca se sabe si va va primero el huevo o la gallina. Si fueron nuestros hábitos los que hicieron mover el culo a los bancos, o si los bancos están llevándonos por un nuevo redil. Lo más probable es que se trate de una mezcla de ambos factores. El caso es que, a la chita callando, estamos enfilando el camino hacia un mundo sin dinero en efectivo o, cuando menos, con una presencia testimonial de los billetes y las monedas. La profundidad del cambio y el tiempo que nos lleve es lo que está por determinar.

Esta misma semana la fundación Francisco Giner de los Ríos ha acogido un foro bajo el título “No Money: el fin del dinero en efectivo”.  Sólo hay que seguir un poco por encima las noticias de los periódicos o los telediarios para darse cuenta de que los bancos llevan tiempo con el trasero apretado. Sobre todo cuando se les nombra a las nuevas empresas tecnológicas. La posibilidad de que Google o Facebook decidan prestar dinero o facilitar que sus clientes transfieran dinero entre ellos les aterra. De momento, las tecnológicas se han conformado con manejar el big data: nos dejan ser sus usuarios gratuitamente a cambio de que les cedamos los datos de nuestra intimidad. Los publicistas y las compañías que producen todo lo que consumimos pagan lo que sea por esa información que les permite saber cómo vendernos la moto de manera efectiva. Pero la tentación de meter la cuchara en el negociado de la banca está ahí. Tienen la tecnología para hacerlo y las nuevas generaciones les veneran.

descargaEso es precisamente lo que más temen los bancos. Los chicos menores de 25 años sólo entran en una oficina bancaria una vez al año. No se fían de los bancos y, en cambio, no tienen miedo a realizar operaciones en la red. Caixabank ya se ha resignado y lo ha anunciado a los cuatro vientos con una gran campaña publicitaria para hacer saber a sus clientes que el nuevo &banco& es el banco del parque en el que te sientas a tomar el aire. El BBVA, cuyo presidente fue un visionario al anunciar la necesidad de digitalizar la banca, también saca pecho con sus aplicaciones móviles para pagar la botella de agua cuando sales a correr sin tener que llevar dinero encima. La puntilla para el &dinero de bolsillo& la pueden dar aplicaciones como Twyp, ideada por ING para que los amigos se transfieran a través de los móviles esos 7 eurillos que nos dejaron el otro día que estábamos sin blanca para hacer la compra en la panadería.

La depresión de las acciones de los bancos en bolsa demuestra que las cavilaciones de los banqueros no son infundadas; los inversores no tienen muy claro si eso de la banca tradicional es un negocio con el futuro necesario como para apostar por ella. Por tanto, algo algo hay que hacer. Y la consecuencia de la migración al mundo digital está clara: Santander ha anunciado en las últimas semanas una reducción de su plantilla y una reestructuración de sus oficinas. Sobran esas lugares físicos en los que se realizaban operaciones. Los expertos aseguran que no desaparecerán por completo porque el contacto físico será siempre necesario, aunque se orientarán hacia el concepto de &lugar de encuentro&.

Los más entusiastas miran con curiosidad lo que ya sucede en países como Dinamarca, donde el 75% de los usuarios usan formas de pago alternativas. ¿Por qué Dinamarca? Seguramente ese comportamiento de los daneses está ligado a que su país es el que menos dinero negro maneja de toda Europa. Si no hay nada que ocultar y hay confianza en el sistema bancario del país, la desaparición del dinero físico es más sencilla.

Esa reflexión nos lleva a pensar en el caso concreto de España. Será interesante descubrir cómo evoluciona la digitalización del dinero en el país de la Unión Europea en el que más billetes de 500 euros circulan y en el que, para estupefacción de varios premios Nobel de Economía, no hay ningún estallido anárquico (más allá del folclore podemita), a pesar de que sufrimos una tasa de paro superior al 20%. En España se comprobará si pueden más las costumbres arraigadas en la población, en este caso el uso sistemático de dinero negro, o la ingeniería social de las compañías que nos inducen a cambios de usos y mentalidad.

Algunos dirán que si la digitalización monetaria sirve para poner las cosas más difíciles a la economía sumergida, bienvenida sea. Aunque tampoco faltan los que señalan que mucha gente de bien pudo sobrevivir a los corralitos y desmanes provocados por los bancos gracias al dinero que guardaron a tiempo debajo del colchón. Dicen las malas lenguas que acabar con los billetes en casa sería el golpe definitivo para tener controlada (y atemorizada) a la sociedad. El dinero virtual no deja de ser un valor en una pantalla. Si la pantalla funde a negro, no tienes nada, por mucho que despotriques. De ahí las dudas sobre el bitcoin y los nuevos proyectos de moneda virtual. De ahí que todavía tengamos tantas dudas y tantas cosas de las que estar pendientes en los próximos años. El futuro está lleno de oportunidades, pero también de riesgos que nos podrían hacer más vulnerables. Ojo a lo que nos cuentan los medios de pasada en la sección económica, mientras nos marean con el último resultado de la Liga o las peleas infantiles de nuestros políticos costumbristas.

Los Papeles de Panamá

Si uno quiere saber realmente qué significa el concepto “variopinto”, sólo tiene que coger un avión que conecte España con Ciudad de Panamá. A los oriundos de aquel país se suman los tradicionales turistas españoles, deseosos de conocer el Canal, Portobello, las playas del Pacífico… Hasta ahí, todo normal. Lo curioso comienza al observarse que en el avión suelen viajar otros personajes llamativos. Un grupo curioso son los miembros de la comunidad judía, ya sea de civil o con los tirabuzones y sombreros propios de los ortodoxos. Un taxista me comentó un día que en Panamá hay barrios, sobre todo los de los grandes rascacielos, que son “puro judío”. El otro colectivo llamativo corresponde al europeo, que sin ir con traje y corbata, deja claro en los andares que no se trata de un mero turista.

¿Y qué tiene Panamá para traer y llevar semejante trasiego de personas variopintas? Pues en Ciudad de Panamá, entre guayaberas y sombreros de paja-toquilla, en medio de un tráfico infernal, hay lugares como el despacho Mossack-Fonseca. Un edificio de cristal espejado en cuyo frontispicio bien podría rezar la leyenda: “expertos en hacer cosas chungas con estilo y discreción”.

PanamaEstamos hablando del bufete que, durante cuatro décadas, ha ayudado a cientos de personas a evadir impuestos. El que se crea que en el despacho de Mossack-Fonseca en Panamá hay una gran lavadora para blanquear el dinero, se va a llevar un chasco. En realidad, allí, por lo que se ve y se lee, son artistas en la creación de sociedades pantalla que suelen traer de serie un propio que ejerce como testaferro. Muchas veces el propio es un señor anónimo o hasta un muerto que ni pincha ni corta. El caso es que esa sociedad pantalla y ese testaferro sirven para despistar; para que no se sepa que el señor que ha cogido el avión desde España o que ha mandado a su representante legal es quien está realmente detrás del artefacto. Una vez se ha tejido la trama opaca ya es cuestión de buscar los paraísos fiscales que permitan guardar el dinero haciendo una bonita peineta a la Hacienda de tu país. Que tu gobierno sospecha y le pregunta al paraíso fiscal que de quién es esa empresa pantalla, el paraíso se encoge de hombros y señala al testaferro. Curiosamente, para rematar la faena, Mossack-Fonseca tiene una red de delegaciones en los principales paraísos off-shore, “costa afuera”, más allá de tu gobierno, es decir, a salvo del palo que te pueda dar tu Montoro particular.

Lo bueno es que va a ser que sí. Va a ser verdad que estamos en la era de las grandes filtraciones vía pirateo informático. Julian Assange, Edward Snowden, Hervé Falciani… y ahora un consorcio internacional de periodistas. Los “Papeles de Panamá” han destapado los secretos de ese bufete de abogados, los nombres de quienes están o han estado detrás de esas sociedades pantalla. La prensa ha destacado los nombres de Pilar de Borbón, Pedro Almodóvar, Leo Messi, Vladimir Putin… Como en botica, hay de todo. Muchos de los aludidos ya han salido al paso para destacar que sus sociedades están “inactivas”. Vamos, que tienen una cabeza nuclear, pero que ahora mismo no la están usando.

Los Papeles de Panamá mueven a dos reflexiones. La primera tiene que ver con la doble moral de personajes públicos que van criticando los recortes y pidiendo más gasto público, pero que luego no colaboran con ese gasto al llevarse su dinero a paraísos fiscales. O deportistas que se nos presentan como ejemplos sociales y que, no sólo delinquen, sino que al día siguiente de ser pillados ya están montando otra trama para seguir en las mismas.

La segunda reflexión tiene que ver con el mundo en el que vivimos. Entre los clientes de Mossak-Fonseca hay políticos de decenas de países. La élite, el que tiene resortes económicos y jurídicos a su alcance, suele defraudar. Lo han hecho y lo seguirán haciendo de una u otra manera, porque tienen la posibilidad a su alcance. Forma parte de la condición humana. Es sano y gratificante conocer los nombres de los defraudadores, pero, desgraciadamente, será imposible cortar esas actitudes de raíz. Por eso, los que prometen en plan quijotesco, en clave ridículamente local, que van a “subir los impuestos a los ricos” deberían pensar si, en realidad, no acabarán perjudicando a los de siempre: a la pobre clase media que, si alguna vez coge un avión a Panamá, será únicamente con la inofensiva intención de ver las exclusas del Canal. Los que juegan otra liga, con un ejército de abogados a su servicio, se ríen de los simples mortales. Bien está que, de vez en cuando, vislumbremos su cínica sonrisa.

Enemigo a las puertas

Otra vez la rutina de un día cualquiera, con su molicie y su dejarse llevar, salta por los aires. Otra vez los flashes de apenas una línea transmutan vertiginosamente en fotografías, vídeos y testimonios que confirman lo peor. De nuevo seres humanos corriendo como conejos indefensos. Una vez más, la sensación de que nuestro último día puede estar en una terraza o en el mostrador de un aeropuerto. Y todo, tal vez, sin haber dicho ese último te quiero o ese conveniente gracias a quien siempre se lo mereció. La sensación de vulnerabilidad de quienes viven en las grandes ciudades se está volviendo casi pornográfica.

El caso es que a veces el periodismo te permite ser testigo de la trastienda de las altas instancias de este teatrillo que es el mundo. Al ver la resignación con la que el ministro Margallo, presente en el estudio de Herrera en Cope la mañana de los atentados de Bruselas, recibe la noticia de las explosiones, a uno le impregna una sensación terrible: los que saben de esto, los que manejan información, dan por hecho que habrá más zarpazos y que no habrá lugar en Europa donde estar realmente seguros.

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El yihadismo llegó para quedarse y el reto que enfrentamos es colosal. Estamos ante una enmienda a la totalidad de todo lo que conocemos. No estamos hablando de una cuestión meramente religiosa, no se trata de si debemos dejar que alguien entre o no en un edificio público con el rostro completamente tapado, ni siquiera de si debemos cohabitar con una cultura que reserva un papel de comparsa a la mujer. El islamismo radical es el fascismo del siglo XXI y sólo podrá ser combatido con la determinación  con la que se encaró la lucha contra el nazismo o el estalinismo. Cuando las primeras bombas cayeron sobre Inglaterra, Churchill no pudo prometer a los británicos más que sangre, sudor y lágrimas. El mensaje fue claro: lo que esperaba a los suyos era terrible, pero no cabía pensar en otra cosa que no fuese la victoria previo sacrificio brutal, pues lo contrario suponía la aniquilación del Reino Unido tal y como se le conocía. Aquel discurso pronunciado en un estudio de la BBC para toda la nación todavía es estudiado como ejemplo de motivación colectiva.

El problema del yihadismo es que la cadencia de sus ataques es menor al de las bombas de la Luftwaffe. Corremos el riesgo de pensar que Europa es muy grande y que, con un poco de suerte, a nosotros no nos tocará. No nos tocará en casa, ni tampoco en el extranjero cuando viajemos por trabajo o placer. Hasta que un día toca… El peligro sordo de esta amenaza es que nos coge con la guardia muy baja. La democracia liberal derrotó al fascismo, primero, y al comunismo, después, porque hizo un ejercicio de autoestima fundamental. La Europa ilustrada y humanista tuvo claro que representaba a los buenos y que la justicia estaba de su parte. Ahora, en cambio, el relativismo nos ha calado como un caballo de Troya. Abundan los políticos, tertulianos y ciudadanos de a pie que tratan de buscar una justificación a los ataques recibidos, pasando por el colonialismo y terminando por la falta de oportunidades de los musulmanes nacidos en Europa. Siendo ciertos nuestros defectos y pecados, seguimos siendo mejores que el modelo totalitario que se nos propone como alternativa. Los británicos salvaron el Reino Unido porque tenían claro que su patria y su cultura valían la pena. ¿Tenemos claro ahora que Europa es digna de ser defendida? ¿Tenemos claro que lo que somos y donde estamos es fruto de algo más que un consumismo y posmodernismo insustancial?  ¿Estamos dispuestos a sacrificarnos por nuestro modo de vida? ¿Tendremos la grandeza de luchar sin emponzoñar nuestra alma contra los musulmanes de buena fe que viven entre nosotros o que nos piden refugio desesperadamente? Estaría bien que fueramos respondiendo a esas preguntas porque los bárbaros ya están trepando la muralla, mientras intramuros seguimos con nuestra molicie y nuestras discusiones bizantinas.

Empacho de voluntarismo

En caso de duda, consulta la RAE, porque la RAE casi nunca engaña. Voluntarismo: “dícese de la teoría filosófica que da preeminencia a la voluntad sobre el entendimiento”. Pues en esas estamos. De un tiempo a esta parte esos que siempre habían sido los “prohombres” de una sociedad, los hombres y mujeres que se suponen más sólidos intelectualmente y con capacidad de liderazgo, se han apuntado al “voluntarismo”. Lo importante no es la realidad, sino lo que yo deseo. Si lo deseo con mucha fuerza, se cumplirá. O, al menos, así queremos pensarlo. Es verdad que hasta que las mujeres no soñaron que podían luchar por la igualdad, no empezaron a cambiar las cosas. Lo mismo se podría decir de las minorías raciales o de la gente más desfavorecida. A veces, ciertamente, son las voluntades firmes las que cambian los marcos mentales. Lo malo es que, últimamente, con esto del voluntarismo se nos está yendo un poco la pinza.

congreso_diputadosLo vimos en Cataluña, donde una minoría soberanista se convenció a sí misma de que era mayoritaria, aunque las urnas se lo negaran. Ahora andamos en un impasse impuesto por la fuerza de la realidad. Pero como el jaleo catalán no era suficiente, la política nacional se ha visto invadida por otro exceso de voluntarismo que sobrepasa lo kafkiano. Un partido de gobierno que no entiende que no basta con ser la lista más votada. Un partido populista que identifica su tercera posición como “la voluntad de la gente”, como si sólo fueran «gente» los que les votan a ellos y el resto debiesen vivir en un limbo social. Y un segundo partido que llega a un acuerdo parcial con la cuarta formación y, aunque no llega a la mayoría absoluta, se convence de que puede gobernar. Y, en medio, esa cuarta formación con voluntad centrista, que empieza a naufragar en un panorama de extremos cainitas. Empacho de voluntarismo.

Vivimos inmersos en una encrucijada de la historia que supera al tablero meramente español. El Estado del Bienestar que nació tras la Segunda Guerra Mundial, impulsado por la reconstrucción y alargado con el endeudamiento, no da más de sí. Europa ya no es la región mundial que fabrica más barato y está dejando de ser la que ofrece las mayores innovaciones. Aumentar el gasto en base a una mayor deuda para mantener nuestra ficción de bienestar nos llevará al caos. Hay que entender eso y dar la batalla por salvar los muebles que se puedan salvar en materia social, sanitaria y educativa, asegurando que lo podamos financiar con un cambio del modelo productivo que nos haga entrar definitivamente en el siglo XXI. Todo, desde el sentido común. Abandonarse al neoliberalismo salvaje sería un error. Pretender que todo el mundo en edad de trabajar sea funcionario y a los demás que les llegue una buena pensión a casa es tan inviable como infantil. Si un franquista como Fraga se entendió con un comunista como Carrillo para garantizar la estabilidad política y económica para toda una generación, la falta de acuerdo en estos días sería imperdonable. Es hora de un acuerdo de mínimos para reformar el sistema, donde nadie imponga su programa y nadie se sienta totalmente al margen. El tiempo sigue corriendo.

Se coge antes a un populista que a un cojo

Una profesión que jamás envidiaré es la de conductor de metro. Y es que la cosa en sí es bastante ingrata. Tiene su mérito, pero no te lo suelen reconocer. Más allá de pasarte la vida bajo tierra, para los demás no eres más que el tipo que llega tarde o que no abre la puerta a partir de un momento determinado. Los conductores de metro suelen cobrar más que los de autobús por la peligrosidad que supone para la salud el estar expuesto a las irradiaciones del entramado eléctrico de la red suburbana. Y suelen tener una tasa de bajas laborales vinculadas a las depresiones bastante alta. Aunque en los medios de comunicación no se quiera dar mucha bola al asunto, por aquello del efecto imitación, en el metro se registran bastantes suicidios. Hay que ponerse en la piel del que entra con un convoy en una estación con decenas de personas al filo del andén, con la sensación de que, si a alguno le da por tirarse a traición, no tendrás tiempo de frenar. Al que le ha pasado, o conoce a algún compañero que le ha pasado, se le hace muy duro.

Pues a muchos de esos currantes del metro, por ejercer su cometido, les pagan unos 33.000 euros brutos al año. Convendremos que no es ninguna fortuna, teniendo en cuenta los riesgos para la salud y los sinsabores del cometido. Sin embargo, a la alcaldesa de Barcelona sí le parece que son unos potentados. Tanto es así que, para desacreditarles, Ada Colau ha decidido airear públicamente sus sueldos. Como diciendo: “mirad qué sinvergüenzas; con lo que cobran, y ¡todavía se ponen de huelga!”.

No es la primera vez que eso sucede. Otros ayuntamientos y otros políticos han empleado métodos similares o idénticos para desacreditar a los trabajadores que amenazaban con ir a la huelga. Lo curioso del caso es que ahora lo hace quien criticaba esas actitudes, quien defendía a ultranza el derecho a huelga y quien se mostraba, y se muestra, comprensiva con okupas y demás colectivos que pretenden vivir sin aportar un duro y a costa del esfuerzo de sus paisanos.

ada_colauCuando Ada Colau iba de activista por la vida, todo lo que hiciera “la gente normal”, la gente “currante” o la gente “desamparada” le parecía bien. Ahora que es alcaldesa, y que la huelga puede fastidiarle el Congreso Mundial de Móviles en Barcelona, ya no lo ve tan claro. De hecho, ha actuado tal y como hizo su odiada Esperanza Aguirre en Madrid a cuenta de otra huelga: airear los sueldos de los huelguistas. No es la primera ni la última vez que vemos caer a la alcaldesa populista de Barcelona en una contradicción lacerante.

Colau es capaz de defender a los titiriteros que, en una actuación infantil, se mofan de las víctimas de ETA (yo conozco a gente que todavía llora a su hermano asesinado o que todavía recuerda cómo sacó a su hijo de tres años de los escombros mientras su cuerpecito se despedazaba) o escenifican la violación de una monja o el ahorcamiento de un juez. Vamos de defensores de la mujer, ponemos el grito en el cielo si en un anuncio de televisión sale una señora poniendo una lavadora y nos manifestamos contra la violencia machista con cara de pena… pero si la que se viola gratuitamente, delante de niños, es la figura de una monja eso es, según el Twitter de Colau, #libertad_de_expresión. Resulta empalagoso, cuando no vomitivo, que alegue “libertad de expresión” alguien que no hace mucho prohibió un cartel artístico de Morante de la Puebla en actitud daliniana, simplemente porque ella está en contra de los toros.

Son tiempos contradictorios y de vergüenza ajena. Porque eso es lo que siente uno al escuchar al concejal de Seguridad de Madrid, que suprimió los antidisturbios de la policía local, pidiendo la actuación de los antidisturbios para defenderle de un escrache. Escrache que antes defendía como “jarabe democrático” y ahora califica de “delito de odio contra una autoridad pública”. Manda cojones…

El tiempo pone a cada uno en su sitio, y algunos están quedando retratados como lo que son. Demócratas de boquilla, que en realidad no creen en la democracia ni en el respeto a quien piensa diferente. En el centro y norte de Europa están soportando populismos de derechas, y en el sur nos han tocado los populismos de izquierda. Al fin y al cabo, populismos. Una ideología que puede ser de un extremo u otro porque lo único que le interesa es llegar al poder. Y para eso utiliza el análisis de trazo grueso. Demagogia para denunciar los problemas obvios, sin propuestas sensatas para solucionarlos. En esas estamos. Podemos mirar para otro lado, podemos reírles las gracias, podemos pensar ilusamente que si les votamos “algo nos caerá” o podemos empezar a denunciar a quienes están demostrando tener más cara que espalda. Los malos ganan, cuando los buenos no hacen nada.

Las cuentas del ladrillo

Espero que me puedan perdonar, pero hay dos especies urbanas de las que nunca he podido acabar de fiarme. No digo que sean mala gente, ni que todos sean iguales, pero la experiencia me ha llevado a practicar con ellos una desconfianza de baja intensidad. No se me nota en la cara, ni en la voz, pero nunca les quito el ojo de encima, y tampoco me acabo de creer todo lo que dicen. Unos son los taxistas. Muchos son excelentes profesionales, pero la tentación de llevarte por el recorrido que más les conviene es muy grande, y cuando levantas la mano nunca sabes si te subes con el honesto o el pillo. Los otros son los agentes inmobiliarios.

Un agente inmobiliario es un señor o una señora que, de entrada, tiene una sonrisa dibujada en la cara. Una sonrisa de esas intensas, estudiadas, de las que marcan los tiempos. Luego está el apretón de manos, muy decidido, para inducir confianza. Y finalmente, el gesto cortés, calculadamente exagerado, con el que te cede el paso en la puerta o el ascensor. En el fondo no deja de ser alguien que conoce las ventajas y las desventajas del piso. Pero su trabajo, si está realmente interesado en quitarse esa vivienda de encima, es que no veas demasiado las pegas. Mientras existe la duda de si te la quedas o no, las ventajas salen de su boca a borbotones. Una vez en la calle, cuando le confiesas que no te ha gustado, entonces sí, entonces el agente, en un ejercicio de súbita complicidad, reconoce los defectos, frunce el ceño y analiza mentalmente si tiene algún otro piso en cartera que te pueda interesar.

se_vende_viviendaEsta semana uno de ellos me comentaba muy ufano que el mercado inmobiliario se está reactivando. “Lo dicen las noticias”, me soltó no sin razón. Efectivamente, la compraventa de viviendas creció en 2015 un 11%, lo que supone el ritmo más elevado de los últimos ocho años. Una de las características del agente inmobiliario es que se tiene muy estudiados todos los datos de la actualidad que le puedan ayudar a inocular ansiedad en su posible cliente. Estos días el argumento de moda entre el gremio es la caída de la bolsa: “la bolsa está cayendo en todo el mundo, así que los que tienen mucho dinero… ¿dónde crees que lo están invirtiendo?”. Ahí es donde el cliente potencial, a poco que sea avezado, contesta con aire resignado: “en el ladrillo”. “¡Efectivamente!”, suelta el agente en un gesto de alivio, casi de rabia liberada, tras casi una década de pasar más penurias que un caracol en un cristal.

Hay algo de posmodernismo en la actitud de los agentes inmobiliarios. Como si todos ellos hubiesen sacado su propio compendio de conclusiones sectoriales tras lecturas que irían desde la Rebelión de las Masas de Ortega y Gasset a La Sociedad del Espectáculo de Guy Debord. El caso es que el agente inmobiliario es consciente del poder encerrado en un titular de prensa. El titular hace el estado de ánimo y el estado de ánimo hace la realidad. No importa que sigamos con un paro superior al 20% y que la recuperación económica sea débil y esté en el alero por la inestabilidad política. Lo importante es que se ha reanimado la compra y que esa idea está calando entre los que están que si sí, que si no.

Los carteles de las oficinas bancarias siempre son el termómetro de por dónde quieren conducir nuestra realidad. De las hipotecas pasamos a los depósitos. Y de los depósitos hemos vuelto a las hipotecas. Ahora toca enseñar el capote para que la gente entre al gasto más que al ahorro. Los bancos se adaptan a los nuevos escenarios de tipos bajos, que les dificultan la ganancia, para ofrecer hipotecas que mezclan un periodo fijo con otro variable. Y siempre está la letra pequeña, ahora centrada en pegar un buen palo al que tenga la suerte de poder amortizar la hipoteca antes de tiempo. El banco no te perdona que acortes el periodo pactado para que te desangre.

El tiempo dirá si se reactiva el mercado inmobiliario definitivamente, y si lo hace de una manera sana o artificial. Lo que sí está claro es que, pasado lo peor del estallido de la burbuja, el tan cacareado cambio de modelo productivo ni está ni se le espera. El presupuesto público para la formación de científicos ha vuelto a reducirse este año en 218.000 euros, que se suman a los 360 millones de recortes desde 2009. Nuestro sector servicios sigue siendo de baja calidad (mucho camarero, mucha peluquera), la industria continúa teniendo la losa de una factura energética de locos y, para bien o para mal, el turismo de sol y playa es la niña bonita. Ahora algunos leen que el ladrillo revive y sonríen por lo bajini. Lo mismo se equivoca y esta vez no lo consigue, pero este país tiene unas ganas locas de repetir los mismos errores de siempre.

Primer día sin Blanca

La primera vez que hablamos cara a cara, ella estaba perpleja y a mí me temblaban las canillas. Yo era un becario recién salido de la universidad y ella toda una directora de informativos, mi primera directora de informativos. Me sobraban dudas y timidez, pero el esfuerzo económico que me suponía hacer el máster y mantenerme en Madrid me empujaba a tener una determinación impropia en mí por aquellos tiempos. El caso es que, cuando me quise dar cuenta, estaba en su despacho, abortando su intención de descolgar el teléfono para hacer una llamada a alguien a buen seguro más importante que yo. Le dije que, estando encuadrado en el fin de semana, tan sólo tenía algo que hacer los sábados y domingos. Los jueves y viernes eran una pérdida de tiempo, y yo lo que quería era aprovechar mi estancia en COPE todo lo posible para aprender, sin importarme hacer horas de más… Cuando haces ese tipo de cosas, te la juegas. Cuando eres becario, dormitar en tu silla a la espera de una oportunidad sin importunar a los veteranos puede ser el camino más corto para salir por la puerta de atrás sin pena ni gloria. Sin embargo, importunar demasiado, parecer osado en exceso, tampoco es recomendable. Así que estaba en sus manos.

blanca_maria_polBlanca María Pol arqueó las cejas durante dos segundos interminables y, finalmente, sonrió. Salió del despacho y le dio una voz a una redactora. “Mamen, llévate a este chico al Congreso, que aquí se aburre. Déjale que te ayude; tiene buena disposición”. Aquellas palabras me sonaron a gloria y aquella mañana, por primera vez en mi vida, entré en directo en cadena desde la sede la soberanía nacional. Desde entonces, siempre le estuve agradecido y ella me puso cara, aunque no volví a entrar en su despacho. Desde mi puesto de redactor junior en el fin de semana me llegaron los ecos de su determinación a la hora de frenar las presiones políticas en uno de los momentos más convulsos de la historia reciente de España. Poco después dejó de ser directora de informativos, y el día que todo el mundo le daba el pésame Blanca soltó cerca de mi puesto una frase que nunca olvidaré: “esta profesión es como una escalera: a veces estás un escalón más arriba y otros, un escalón más abajo. No hay que dramatizar”. Consciente de que yo había captado la conversación, me miró lanzando una mirada cómplice, como diciendo: “es lo que hay”.

Andando el tiempo, tras mi etapa en Barcelona, mi vuelta a Madrid me descubrió a una Blanca que desempeñaba su cargo de responsable de Internacional con la misma seriedad con la que ejerció de jefa de Informativos. En ésas, asistimos a algunas de sus idas y venidas médicas. Lo suyo era una frágil salud de hierro. Siempre se iba, pero siempre volvía. Mis últimos recuerdos de Blanca están en las antípodas de aquella lejana conversación en el despacho de informativos. Ahora era ella la que me buscaba para preguntarme por mi peque. Le asombraba el transcurrir de la vida, constatar que los becarios del ayer ya eran padres de familia en el atropellado hoy.

Hay algo que me incomoda, que se me queda corto, cuando oigo que Blanca era “la mejor voz de la radio”. Eso era verdad, pero se queda corto porque depende de la genética. Lo llamativo en Blanca era la serenidad con la que afrontaba la puesta en escena, la claridad con la que presentaba el cuadro de la actualidad. Cuando se hable de Blanca que no se hable sólo de su buena voz, sino de una profesional que recibió la oferta de su vida en la emisora más escuchada del país y la rechazó porque le daban la mitad del guión precocinado. A Blanca el achuchón final le sobrevino en la redacción, confirmando en una parábola poética que su vida estuvo ligada a la radio y a esta casa. Ahora se ha ido para no volver. La redacción se ha quedado tocada, recordándonos que un medio de comunicación no es nada sin su componente humano, sin el talento de sus profesionales, sin las complicidades entre compañeros, sin las risas, los llantos y los cabreos que metabolizamos entre micrófonos y ordenadores. Que el frenesí del día a día no nos haga olvidarlo nunca. Descanse en paz.

La valentía de dudar

Decía Julio Cortázar que la contradicción es el principal material del que está hecho el ser humano. A tenor de la fauna y flora que nos rodea, se diría que el autor de “Rayuela”, la gran antinovela en lengua castellana que juega con la subjetividad y el surrealismo, no andaba muy desencaminado. Somos humanos y contamos la feria según nos va. Es normal. El problema es cuando no nos damos cuenta de lo contradictorios y, en ocasiones, ridículos que podemos llegar a ser.

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La tormenta mediática que ha generado la foto de Fran Rivera toreando una vaquilla con su hija en brazos es un ejemplo ilustrativo. Resulta curioso ver cómo una parte de eso que se considera “gente conservadora”, que no hace mucho criticó (y con bastante razón) el postureo de una diputada progre con su hija en el escaño, intenta ahora justificar la libertad del diestro para llevarse a su pequeña “al trabajo”. El acto reflejo de defender la Fiesta Nacional no puede llevarnos a justificar un gesto completamente prescindible y que expone a una cría tan pequeña a un peligro innecesario.

Igualmente, los golpes de pecho y la desquiciada sobreactuación de un sector de eso que se llama “gente progresista”, trasmutada en jauría tuitera, resultan conmovedores. No podemos disponer de estadísticas precisas, pero a buen seguro entre los numerosos defensores de la infancia que han surgido en las últimas horas hay más de un defensor del aborto libre. Es decir, hay gente, muchos o pocos, que esta semana se ha indignado por el peligro que ha corrido la integridad física de la pequeña Carmencita, de cinco meses, pero que hace menos de un año hubiese apoyado a la madre, si ésta hubiese decidido succionar y despedazar el cuerpo de esa niña por el simple hecho de no haber visto todavía la luz, a pesar de tener ya un corazón que late y una forma humanoide. Unos meses antes, la madre tiene derecho a dictaminar el final de esa vida. Apenas unos meses después, tenemos clarísimo que el padre no puede correr el riesgo de hacerle daño. El haber tomado o no la primera bocanada de aire en el exterior es la frontera que marca tan dramática diferencia de trato. Independientemente de lo que a cada uno le dicte la conciencia, habrá que convenir que hay algo que no encaja del todo en ese planteamiento ¿filosófico?

Admitámoslo, somos contradicción. No hay nada malo en reconocerlo. De hecho, tiene algo de taumatúrgico. Lo malo es no darse cuenta. Lo malo es empeñarse en coger un paquete ideológico como el que contrata el combo de Movistar con fibra óptica, fijo y móvil, aunque alguno de esos servicios no te sean de utilidad. La gente que no duda, la gente que vomita sus ideas y su argumentario con el traqueteo de una metralleta es una bomba andante. No se detienen mentalmente ante nada y, así, son capaces de cometer infinidad de errores, que van desde los patéticos a los más graves.

El mundo avanza y nosotros parecemos empeñados en volver a la primera mitad del siglo XX. Tenemos a conciudadanos, muchos o pocos, que dan limosna al pobre que se aposta a la entrada de una iglesia, mientras piden políticas expeditivas contra los refugiados de Oriente Próximo. Líderes políticos que hacen la conga en las fiestas de Chueca, mientras su móvil y su canal de televisión lo financia el régimen iraní que cuelga públicamente a los homosexuales por el simple hecho de serlo. Periodistas feministas que sueltan una carcajada miserable cuando un portavoz parlamentario ridiculiza a una compañera por llevar un abrigo de piel, como si algunas mujeres no tuviesen derecho a ponerse lo que les salga del mismísimo.

El problema no es contradecirse. El problema es no tener el arrojo de dar cabida en tu cabeza a la duda. El bloqueo político que vive España a cuenta de las ideologías y la demonización sistemática que se hace del adversario es otro ejemplo palmario. En España no hay espacio para la duda. Para dudar hace falta mucha valentía y bastante humildad. Si dudásemos más, cada uno en su pequeño espacio individual; si de vez en cuando nos detuviésemos ante nuestras propias contradicciones para auscultar nuestro comportamiento, en lugar de regalar moralina en Twitter, tal vez comenzaríamos a dudar menos como colectivo y avanzaríamos más como país.

 

Sólo nos quieren para el Orgasmus

Le gustaba el surf y se desilusionó un poco cuando le contaron que las olas de Barcelona eran como un pedo de vieja. De tiburones blancos, ni hablamos. Si acaso, alguna tintorera que, con un poco de suerte, te pueda agarrar un dedo del pie. Al estudiante de intercambio australiano que conocí/sufrí durante mis años universitarios se le notaba la cachaza en la cara. Hay guiris que miran el mundo como las vacas al tren, pero sólo porque no se enteran de lo que dice el personal en un idioma que no controlan. La cara de éste, en cambio, reflejaba que lo que pasara en las aulas le resbalaba. Se pasaba el día preguntando por los locales de moda o por la comida típica del lugar. Un día le gastamos una broma y le dijimos que le habían suspendido uno de esos trabajos colectivos en los que parasitaba el esfuerzo de sus compañeros. “Already?”, fue su respuesta lacónica, como el que da por hecho que va a catear y sólo se sorprende de la premura con la que los profesores han cumplido el trámite.

Mi querido aussie ha regresado a mi memoria al conocer los resultados de la “Comparación internacional del sistema universitario español”. Resulta que España es el país europeo que más solicitudes recibe para acoger estudiantes de Erasmus, pero el que menos extranjeros licencia. Es decir, los extranjeros parecen tener una idea muy clara: la universidad española está muy bien para entretenerme un añito, pero no para expedir el documento que me debe ayudar a ganarme la vida. Consecuencia: España sólo tiene un 2’8% de alumnos extranjeros en sus universidades. Hasta Grecia llega al 5, y el Reino Unido tiene más del 17%.

universidadEsto es demoledor, porque implica que no nos ven como una sociedad prestigiosa en el ámbito del conocimiento. Les caemos genial; les encanta nuestro clima, nuestra comida, nuestras mujeres y hombres para tener un amor de verano… pero no nos ven competitivos. Así las cosas, los vagos y los fiesteros vienen y van para dar color a Salamanca y Granada. Pero los que merecen la pena, los líderes del futuro, van a licenciarse a otro lado. Dicen los expertos que es una pena porque la vinculación emocional con el país en el que has estudiado es evidente. Un tipo importante, en una empresa o un gobierno importante, siempre mirará con complicidad la nación donde se formó. A nosotros de ese tipo de simpatía productiva nos cae poco.

Ahora bien, aquí viene la pregunta: ¿Qué nos vean así los estudiantes extranjeros es injusto o se ajusta a la realidad? Lo cierto es que los guiris nos tienen bastante calados. Critican la burocratización de nuestro sistema educativo, la falta de becas y las pocas licenciaturas en inglés. Salen mucho de fiesta, pero parece que el tiempo les alcanza para fijarse en las momias que ocupan nuestros decanatos y rectorías. Personajes más ocupados en hacer de la universidad un coto cerrado, donde blindar su sueldo y su manera de organizarse, aunque apenas dediquen tiempo a investigar en su materia y aunque la realidad del mercado laboral esté a años luz de lo que ellos ofrecen, que en construir una universidad de calidad. Tipos siniestros que imitan al Guadiana: aparecen en primero de carrera con una asignatura y desaparecen hasta dos o tres años más tarde para impartir una asignatura con nombre diferente, pero sospechosamente parecida a la que ya impartieron… Maestros del proselitismo, que se olvidan del programa, si es que existe, para impartir doctrina o secuestrar a los alumnos durante más de una hora en su particular diván…

La universidad española podría propulsarse en el valor del idioma castellano, hablado por más de 400 millones de personas en el mundo. Sin embargo, hay poquísima voluntad de promocionar nuestra universidad en el extranjero. Renunciamos a importar talento. Hay zonas del país en las que directamente casi se agradece que no venga nadie exigiendo que se dé la clase en castellano o en inglés, no vaya a ser que eso reste horas de clase en nuestro idioma autonómico. Y, en general, estamos más ocupados en mirarnos de puertas hacia dentro. En las últimas décadas, la casta universitaria, con la complicidad de los políticos, ha dedicado sus esfuerzos a blindar su propia autonomía de cualquier intento reformador y a colocar un campus en prácticamente cada capital de provincia. El resultado está a la vista de todos: uno se puede licenciar en Historia o Filología del Arameo al lado de casa, sin dejar el nido de los papis, a cambio de darse de bruces con el paro.

Como hay mucha demagogia, a los que piden menos campus pero de más calidad, se les acusa de elitistas. “Obligar a estudiar lejos de casa beneficia a los que tienen más recursos”, aseguran. Eso no debería ser así, si todo el dineral invertido en campus de baja calidad se destinase a becas realmente potentes para los mejores estudiantes. Subrayo lo de “mejores” porque muchos se ponen muy nerviosos cuando los expertos piden reservar las becas a los que saquen buenas notas. Las becas deben ser para todos al comienzo de los estudios, para garantizar la igualdad en el acceso a la formación, pero luego cada cual debería ganarse su mantenimiento a base de esfuerzo y talento. No tiene sentido dar becas (dinero público que alguien paga con su esfuerzo y que deja de invertirse en otra cosa positiva para la sociedad) a alguien que se pasa el día en la cafetería de la facultad o que sencillamente no vale para estudiar. Y es que, esa es otra, parece un deshonor no ir a la universidad, como si los que fueran a Formación Profesional fuesen unos parias. Eso sí que es elitista y alejado de la realidad. Sólo hay que ver el prestigio que tiene esa rama formativa en Alemania o Escandinavia.

Algunos repiten como mantra que la “titulitis” universitaria por lo menos tiene la ventaja de haber elevado el nivel cultural de los españoles. En realidad, el nivel cultural de una sociedad se juega en el sistema secundario. Un sistema público y de calidad. Ahí es donde hay que impartir filosofía a todos los alumnos, en lugar de garantizar que el ciclo superior vomite a centenares de licenciados en Filosofía cada año. Gastando menos en universidades de pacotilla, racionalizando el reparto de becas y a poco que aumentemos el penoso 0’11% del PIB que dedicamos a educación, nuestra universidad sería mejor. Y, posiblemente, quienes más lo notarían para bien serían los hijos de las familias menos pudientes, con talento y capacidad de esfuerzo. Hasta que no cambiemos nuestra mentalidad en el ámbito educativo no nos irá bien. Y los guiris, que son guiris pero no tontos, lo tendrán claro: España para la fiesta, pero no para lo serio.