La valentía de dudar

Decía Julio Cortázar que la contradicción es el principal material del que está hecho el ser humano. A tenor de la fauna y flora que nos rodea, se diría que el autor de “Rayuela”, la gran antinovela en lengua castellana que juega con la subjetividad y el surrealismo, no andaba muy desencaminado. Somos humanos y contamos la feria según nos va. Es normal. El problema es cuando no nos damos cuenta de lo contradictorios y, en ocasiones, ridículos que podemos llegar a ser.

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La tormenta mediática que ha generado la foto de Fran Rivera toreando una vaquilla con su hija en brazos es un ejemplo ilustrativo. Resulta curioso ver cómo una parte de eso que se considera “gente conservadora”, que no hace mucho criticó (y con bastante razón) el postureo de una diputada progre con su hija en el escaño, intenta ahora justificar la libertad del diestro para llevarse a su pequeña “al trabajo”. El acto reflejo de defender la Fiesta Nacional no puede llevarnos a justificar un gesto completamente prescindible y que expone a una cría tan pequeña a un peligro innecesario.

Igualmente, los golpes de pecho y la desquiciada sobreactuación de un sector de eso que se llama “gente progresista”, trasmutada en jauría tuitera, resultan conmovedores. No podemos disponer de estadísticas precisas, pero a buen seguro entre los numerosos defensores de la infancia que han surgido en las últimas horas hay más de un defensor del aborto libre. Es decir, hay gente, muchos o pocos, que esta semana se ha indignado por el peligro que ha corrido la integridad física de la pequeña Carmencita, de cinco meses, pero que hace menos de un año hubiese apoyado a la madre, si ésta hubiese decidido succionar y despedazar el cuerpo de esa niña por el simple hecho de no haber visto todavía la luz, a pesar de tener ya un corazón que late y una forma humanoide. Unos meses antes, la madre tiene derecho a dictaminar el final de esa vida. Apenas unos meses después, tenemos clarísimo que el padre no puede correr el riesgo de hacerle daño. El haber tomado o no la primera bocanada de aire en el exterior es la frontera que marca tan dramática diferencia de trato. Independientemente de lo que a cada uno le dicte la conciencia, habrá que convenir que hay algo que no encaja del todo en ese planteamiento ¿filosófico?

Admitámoslo, somos contradicción. No hay nada malo en reconocerlo. De hecho, tiene algo de taumatúrgico. Lo malo es no darse cuenta. Lo malo es empeñarse en coger un paquete ideológico como el que contrata el combo de Movistar con fibra óptica, fijo y móvil, aunque alguno de esos servicios no te sean de utilidad. La gente que no duda, la gente que vomita sus ideas y su argumentario con el traqueteo de una metralleta es una bomba andante. No se detienen mentalmente ante nada y, así, son capaces de cometer infinidad de errores, que van desde los patéticos a los más graves.

El mundo avanza y nosotros parecemos empeñados en volver a la primera mitad del siglo XX. Tenemos a conciudadanos, muchos o pocos, que dan limosna al pobre que se aposta a la entrada de una iglesia, mientras piden políticas expeditivas contra los refugiados de Oriente Próximo. Líderes políticos que hacen la conga en las fiestas de Chueca, mientras su móvil y su canal de televisión lo financia el régimen iraní que cuelga públicamente a los homosexuales por el simple hecho de serlo. Periodistas feministas que sueltan una carcajada miserable cuando un portavoz parlamentario ridiculiza a una compañera por llevar un abrigo de piel, como si algunas mujeres no tuviesen derecho a ponerse lo que les salga del mismísimo.

El problema no es contradecirse. El problema es no tener el arrojo de dar cabida en tu cabeza a la duda. El bloqueo político que vive España a cuenta de las ideologías y la demonización sistemática que se hace del adversario es otro ejemplo palmario. En España no hay espacio para la duda. Para dudar hace falta mucha valentía y bastante humildad. Si dudásemos más, cada uno en su pequeño espacio individual; si de vez en cuando nos detuviésemos ante nuestras propias contradicciones para auscultar nuestro comportamiento, en lugar de regalar moralina en Twitter, tal vez comenzaríamos a dudar menos como colectivo y avanzaríamos más como país.