La increíble historia de las personas invisibles

De repente me siento incómodo. Un ligero malestar se apodera de mi cuerpo. Estoy sudando. Un sudor frío. Me sorprendo al mirar al suelo. Estoy descalzo y mis pies son enormes. Llevo colgado del cuello un anillo y a mi lado, Sam Sagaz, me susurra que, mientras lo lleve puesto seré invisible. Me fijo mejor y constato que nos encontramos en un colegio electoral, donde me dispongo a coger mi papeleta, con mucha cautela, para ejercer el derecho al voto. De repente, tres orcos separatistas, que custodian la mesa, se inquietan:

-¿Qué es eso?, dice uno

-¿El qué? ¿Qué has visto?, replica otro.

-El caso es que no he visto nada, pero noto algo. Huelo a charnego unionista o quizás a botifler con apellido catalán de toda la vida…

-Sal a dar una vuelta y, si lo localizas, le das una ración doble de TV3. Que n’aprengui!

Ahí es donde me acojono tanto que me despierto empapado en sudor… Es lo que tiene el monotema, que te acaba obsesionando y la noche electoral hasta se cuela en tus sueños más íntimos. Claro que lo que soñamos suele estar directamente relacionado con lo que vivimos despiertos. Que algunos se sintieron incómodos a la hora de votar se demuestra con los bandos en la puerta del colegio, a favor de la independencia, como el de Sant Antoni de Vilamajor. Quien avisa no es traidor…sant_antoni_vilamajor_27_S

Respecto a la invisibilidad, pues qué quieren que les diga. Cuando uno ha nacido o vive en un lugar donde los que gobiernan te ignoran por completo, acabas teniendo la sensación de ser invisible, de ser un ciudadano de segunda, de vivir en la película Los Otros de Amenábar. Sin ir más lejos, Artur Mas lo volvió a decir nada más conocerse los resultados: “Hemos ganado. Cataluña ha ganado”. Eso quiere decir dos cosas: que más de la mitad de la población es invisible para nuestro president y que esa mitad no es digna de ser llamada “pueblo catalán”. Como que lo diga sólo el Molt Honorable puede que no sea suficiente, ya nos hemos encargado de copar en las últimas décadas toda la burocracia y todos los medios de comunicación TERRIBASautonómicos con nuestro mensaje. Mónica Terribas cobra un muy buen sueldo que pagan todos los catalanes, pero en su programa matinal de la radio pública ha dicho que “el futuro quiere la independencia y ayer obtuvo en las urnas la legitimidad y el mandato claro democrático y nítido de conseguirla. Porque vosotros lo habéis decidido”. Otra que no ve a la mitad de los catalanes, ni con unas gafas de Mortadelo, y que ni disimula que sólo habla para los suyos.

Sin embargo, hay que reconocer que algo visibles sí nos hemos vuelto últimamente. Mira que la Generalitat se ha limpiado el escroto con las sentencias del Supremo que pedían dar un 25% de clases en castellano (sólo una cuartita parte, oiga, no pedimos más), mira que se ha multado a los comerciantes que se empeñaban en tener el rótulo sólo en castellano…, pues ha sido llegar el “procés” y aparecer algún que otro cartelito en castellano (al más puro estilo del régimen cubano) para pedir el voto a los “indígenas” del cinturón industrial que todavía no se han convertido a la fe verdadera.captura-de-pantalla-2015-09-14-a-las-0-56-06 ¡Hasta nos hemos acordado de los gitanos que viven entre nosotros desde hace siglos y cultivan la noble rumba catalana! No me dirán que no tiene mérito para un mundillo donde Marta Ferrusola no dejaba a sus hijos jugar en el patio con los niños castellanohablantes o donde Quico Homs presume, a día de hoy, de no dejar ver a sus hijas las teles en español.

El nacionalismo, sobre todo el catalanismo más constructivo, pudo pasar durante muchos años como un movimiento legítimo para recuperar lo que la dictadura nunca tuvo que haber arrebatado. Pero los años lo han cargado de cinismo y tics totalitarios, por mucha sonrisa que quieran meterle a sus manifestaciones (dime de qué presumes…). Ya no sólo porque tiende a marginar a quien se queda fuera, sino porque supone la parálisis de la sociedad por lo obsesivo del debate identitario. Cuanta más obsesión, menos reflexión. Por eso, no sólo los separatistas, sino también los no nacionalistas con síndrome de Estocolmo, tienden a echar la culpa a Madrid de todo como acto reflejo. Pero hay algo que no cuadra: ¿Por qué cuanto más dinero tenemos en nuestro presupuesto y más autogobierno para decidir cuánto y en qué lo gastamos, peor nos va a los catalanes de a pie? Se diría que a la idea de “Cataluña” cada vez le va mejor, pero a “los catalanes”, cada vez peor. ¿Cómo puede tener Madrid cada vez la culpa de más cosas, si cada vez mete menos cuchara en las competencias?

La respuesta es que la cabezonería y la mediocridad suelen ir de la mano. En la Cataluña actual sería improbable una figura como la difunta Carme Balcells, y los jóvenes Vargas Llosa y García Márquez se lo pensarían más a la hora de asentarse en Barcelona. Como lo hizo el estudiante mexicano que se sentaba a mi lado en la UAB y tuvo que irse al turno de tarde porque la mayoría de la clase se negó a dar una asignatura en castellano para que la entendieran los Erasmus. Lo que sí tenemos es una prensa y clase política servil que, sabiendo que en la calle Ganduxer de Barcelona había un piso donde los empresarios abonaban el 3%, no dijo nada por el bien de “Cataluña”. Había que preservar el «oasis» con el que mirábamos por encima del hombro a los cutres españoles. Los que votaron ayer la lista de Junts Pel Sí han avalado indirectamente esa política de mordidas y han apoyado una lista encabezada por un tipo cuyo gran trabajo como eurodiputado fue exigir a la Comisión Europea (la de los refugiados, Siria, Grecia, etc..) que se pronunciase sobre un pisotón de Pepe a Messi. Sí, ese es el nivel de la Cataluña culta y moderna que algunos quieren parir con forces.

Hasta “Coleta Morada” se ha ido con la ídem entre las piernas al comprobar que el nacionalismo es tan retorcido que cuando preguntas a la clase obrera si quiere conciencia de clase o bandera, prefiere bandera. A lo mejor la izquierda empieza a darse cuenta de que la igualdad es incompatible con el nacionalismo diferenciador. Más vale tarde que nunca. A lo mejor, hasta la derecha entiende que no se puede tener una visión de España exclusivamente castellana y que el relato y los gestos de empatía tienen más fuerza que las advertencias económicas o jurídicas. De momento, cada vez son más los que comienzan a hacerse preguntas que antes no se planteaban. Algo es algo. Me quedo con Jordi Ébole, nada sospechoso de fascismo opresor españolista, el día después en El Periódico: “¿Independencia? ¿Lo han manifestado de una manera rotunda? ¿De verdad que se puede hacer esa lectura de estos resultados? Yo creo que no. Y lo peor: seguiremos ahí estancados, con el monotema, mientras ningún gobierno hará nada para solucionar los problemas de la población”. Tampoco está mal lo que apunta una catalana por los cuatro costados como Anna Grau: «Mala utopía la que empieza tirando por la borda a la mitad de sus posibles futuros habitantes». Pues eso, que podremos ser invisibles, pero todavía no estamos locos ni vemos visiones.

Un futuro de abuelos tatuados y solitarios

Va a ser verdad que comer pescado y arroz es bueno para la salud. Por primera vez en la historia, los ancianos japoneses de más de 80 años han superado la cifra de 10 millones de personas. Para que te hagas una idea, hay más japoneses octogenarios que gente de todas las edades viviendo en Andalucía, Cataluña o Madrid. Vale que los japos son siempre un caso extremo para todo, pero, en esta ocasión, nos están anunciando fielmente lo que se nos viene encima en las sociedades avanzadas.

Drauzio_Varella_fraseMientras nos enredamos con independizar pequeñas regiones para replicar en nuevos estados las mismas estructuras que no nos gustan de los actuales, mientras debatimos si cerrar o no las puertas a los refugiados que necesitan nuestra ayuda en un momento puntual, nos estamos olvidando de lo que realmente nos hará perder nuestro nivel de vida. Lo que de verdad nos va a hacer pupa a la vuelta de la esquina. Una sociedad de ancianos, a mantener por una minoría de jóvenes, es inviable. Los jóvenes quedarán asfixiados por los impuestos destinados a mantener las pensiones y servicios sociales requeridos por sus compatriotas de mayor edad. Y los ancianos, que obligarán a los jóvenes a seguir pagando a través de la fuerza tan demográfica como democrática de sus votos, comprobarán irremediablemente que esos impuestos nunca serán suficientes para cubrir de forma digna sus crecientes necesidades. Si ya no entendemos esto, que es la pura cuenta de la vieja, si no dedicamos tiempo en el Congreso de los Diputados o los medios de comunicación al fomento de la natalidad, difícilmente nos vamos a poner exquisitos para entender que la calidad de vida de los ancianos del futuro será igualmente un tema capital dentro de muy poco.

Sin ir más lejos, hoy es el día internacional contra el Alzheimer, una de esas pintiparadas ocasiones para que los periodistas nos pongamos estupendos. Hablamos, entrevistamos, ¿profundizamos? sobre una cuestión con la que nos podemos dramáticos para, al día siguiente, olvidarnos de ella. Parece una paradoja o un juego de palabras, pero es la realidad: nos olvidamos del Alzheimer. Cualquiera que tenga a una persona mayor a su cargo o en su entorno familiar sabe que los abuelos se vuelven inseguros y suelen refugiarse en la rutina para pasar el día. Pues, precisamente, los investigadores aseguran que una de las claves para mantener sana una mente y retrasar enfermedades neurodegenerativas consiste en fomentar una mente activa y cultivar una filosofía vital que nos lleve a salir continuamente de nuestra zona de confort. ¿Estamos trabajando lo suficiente en esa línea?

Desgraciadamente, por mucho que la gente haga más deporte que antes o esté más concienciada con la alimentación, seguimos sin estar mentalizados de cara a la sociedad que nos espera. Pero lo peor es que ni siquiera nos molestamos en invertir lo suficiente para paliar las enfermedades que, aunque sólo sea por el número de personas al que afectará, van a convertirse en cuestión de Estado. Nos espera un futuro nunca visto de abuelos tatuados, divorciados, criados plenamente en una sociedad consumista, donde la frustración aparejada a la senectud y la soledad será un problema de primer orden. El que mejor lo expresó fue el oncólogo brasileño y premio Nobel de Medicina Drauzio Varella: “En el mundo actual se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres que en la cura del Alzheimer. De aquí a algunos años, tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para que sirven”.

Sólo la mente privilegiada de un premio Nobel podría expresar algo tan serio de una forma tan llana. Desgraciadamente, tampoco somos de prestar demasiada atención a lo que dicen los premios Nobel. De vez en cuando un viral recupera sus frases míticas para que las leamos en el móvil y pasemos inmediatamente a otra cosa. Demasiadas prisas y demasiado olvido.

Lo que te puede pasar si te roban la tarjeta de débito

tarjetas_debitoLos hay a los que les encanta reclamar y montar el pollo. Los conocerás porque suelen tener en la boca eso de “me van a oír”. Yo en el fondo les envidio, aunque en el paroxismo de sus actuaciones me hagan experimentar vergüenza ajena. Y es que pertenezco a ese grupo de tímidos empedernidos que prefieren no volver a un restaurante donde no les sirven bien, antes que exigir en plan borde que les traigan otro plato. Ya sabes, los que se mueven de sitio resignados, en lugar de pedir al que les está ahumando que se meta el cigarrillo por donde no brilla el sol. A los que somos así nos tienen que tocar mucho la moral para que saltemos, para levantar la voz en público rodeados de desconocidos. Bueno, ni que decir tiene que un servidor en su vida había pedido una hoja de reclamación, esa versión burocrática del inútil derecho al pataleo. Pero hete aquí que, hace pocos días, nueve tipos y tipas que trabajan para el principal operador ferroviario de este país obraron el milagro.

Veamos: que te pispen la cartera durante las vacaciones y tengas que anular las tarjetas de débito, no pasa cada día, pero tampoco es imposible, ¿cierto? Que debas adelantar unas horas tu regreso de vacaciones por motivos laborales o personales tampoco es algo imposible, ¿verdad? Pues reza para que no te pasen esas dos circunstancias al mismo tiempo.

La odisea comienza cuando la página web te exige meter la tarjeta con la que compraste los billetes para hacer el cambio de la vuelta. ¡Ah, claro, es un sistema informático, no entiende que no le puedo dar el número de una tarjeta que ya no existe! Llamas al teléfono de atención al cliente. La señorita te pide el número de la tarjeta que ya no existe.

–Pero es que ya no existe, no me puede cobrar con ella.

-Claro, entiendo.

-Le doy mi tarjeta nueva. Es de la misma entidad, asociada a la misma cuenta que la anterior, con el mismo titular, que soy yo, cosa que puedo acreditar con este DNI, este número de móvil y este correo electrónico que Dios me ha dado, y que coinciden con los que les di en su momento.

-Ya, pero con la nueva no puedo

-¿Entonces?

-Deme el número antiguo.

-Pero no le va servir de nada. Me van a echar atrás el cobro y voy a seguir sin billete para el día que necesito…

-Ya. Entiendo

-¿Entonces?

-Deme el número antiguo…

A la quinta vez que la señora te dice lo mismo, se le enciende la bombilla y te dice que, a lo mejor, deberías pasarte por la ventanilla de atención al cliente de la estación de Sants en Barcelona. A tomar por saco las nuevas tecnologías y el siglo XXI. Coges el coche, gastas tiempo y gasolina, y en atención al cliente de RENFE te dicen que es en atención al cliente del AVE. Allí, te mandan a la cola de las taquillas. Allí, a su vez, y tras la tercera cola de la mañana, te dicen que eso, mejor en la otra fila, que es para cambios de billetes, aunque no lo ponga claro en ningún sitio. Tras la cuarta cola, un señor de gran barriga te dice que el sistema no le deja hacer el cambio. ¿Entonces? Se encoje de hombros y te recomienda que vuelvas a Atención del AVE… o a Atención de RENFE. En fin, que no sabe.

Cuando, al cabo de la sexta cola de la mañana, te vuelven a recomendar que vayas a taquillas, saltas como un mono aullador de la Costa Rica más profunda. Entonces, se inquietan y llaman a un tipo con pinta de encargado. Va de un lado para otro, se reúne con unos, charla con otros y al cabo de seis horas te dice que ya tienen fumata blanca: debes venir con un documento del banco donde acredite que tú eres el dueño de la antigua y la nueva tarjeta. ¿No me podríais haber dicho esto antes de hacerme desplazar hasta aquí? ¿Soy el primer cliente en la Historia de la Humanidad que pretende modificar una vuelta tras un robo de tarjeta?

Fueron nueve personas. Nueve profesionales, más el servicio online. Nadie fue capaz de darme una solución durante demasiado tiempo. Grave es que gente que lleva años trabajando en esto no conociera el protocolo a seguir en un caso como el mío. Pero más grave es que nadie pensara como un ser humano y todos se limitaran a actuar como estúpidas aplicaciones informáticas, que no saben sortear la casuística y las vicisitudes que pueden darse en la vida real.

Es curioso porque hace unas semanas murió el neuroinvestigador Oliver Sacks. Él nos enseñó que los ordenadores nunca serán más inteligentes que nosotros porque el cerebro es un prodigio capaz de adaptarse a cualquier circunstancia. Lo que siempre nos hará mejores que las máquinas es nuestra capacidad de improvisar cuando lo previsible no sucede. Claro que el día que nos neguemos a ser mejores que un sistema informático, estaremos bien jodidos como civilización.

Trabajando con Herrera

Hay cosas que no se pueden explicar. Simplemente hay que vivirlas para saber lo que son. Y hay cosas que no se compran ni se venden. O las tienes o no las tienes. ¿Cómo explicar lo que siente uno la mañana que comienza a trabajar para el tipo al que lleva escuchando desde el instituto, casi a escondidas, mientras otros se dedicaban a jugar a fútbol? ¿Cómo explicar la perplejidad que te embarga cuando ves a alguien capaz de, a partir de un mismo texto escrito, improvisar cuatro arranques diferentes, cada uno con su toque y su temple.

Te podrá gustar más o menos, te hará gracia su deje andaluz o estarás más hecho a la sobriedad norteña, coincidirás con su lectura de los asuntos políticos o estarás instalado en otros matices, pero lo que nadie puede negar es que ver trabajar a Carlos Herrera en directo es un espectáculo y una escuela de radio. Los hay que se ponen delante de un micrófono como algo excepcional, también los hay que se sientan delante con la frialdad del que está en una cadena de montaje, y luego los hay que llevan tantas horas de vuelo, que parecen relajarse y encontrar la cotidianidad cuando el piloto rojo se enciende. Es a partir de ese momento que empieza la magia.

herrera_primerprogramaTodo nace y se propaga desde la estudiada penumbra del estudio para empapar a los presentes de una atmósfera íntima, casi de mesa camilla. Afuera, en la redacción, donde la luz sí ilumina sin miramientos, un equipo de profesionales, curtidos en mil batallas, se pelea a machetazos con teletipos y titulares, con la ilusión del principiante y la tranquilidad de comprobar que el radiofonista relojero va gestionando y limando el carbón que le llega a la sala de máquinas sin que se atisbe ninguna hipotética contrariedad. Entre tanto, van llegando al estudio, medio tímidos, como pidiendo permiso, compañeros que ese día madrugan voluntariamente porque, pudiendo escuchar por la radio lo que va a suceder, prefieren verlo con sus propios ojos.

La mañana avanza y una productora nómada llora discretamente cuando escucha la sintonía original de la casa, recuperada tras muchos años de periplo por otras radios. El primer día siempre debe dejar huella y, de pronto, todo el equipo se queda con la boca abierta porque los que manejan la barca se han callado hasta el último segundo, traviesos, una entrevista pactada con el Rey Juan Carlos, en la que el monarca se relaja y habla como lo haría cualquiera de nosotros. Un Rey hablando prácticamente como un fósforo, legión de locos por la radio que revientan el streaming, mientras la agenda se llena de políticos y personajes de la vida pública que se ofrecen para entrar en ese pequeño universo radiofónico que ha echado a andar un primer día de septiembre tras una larga cuenta atrás. El año será largo, pero nos ofrecerá enseñanzas y experiencias como nunca. El que quiera apuntarse será bienvenido. Herrera ya está en COPE y algunos privilegiados vamos enrolados en el barco. Esto promete.

Cuando el jefe se va contigo al chiringuito

Que somos un país de envidiosillos lo sabíamos desde hace tiempo. Ya sabes, eso de criticar al que se compra un coche caro o alegrarse cuando ese negocio que abrió el vecino tuvo que cerrar: “lo ves, cariño, como era una locura abrir una cafetería en esa esquina, lo mejor es no hacer nada como hacemos nosotros…”. Hay demasiada gente que necesita que a los demás no les vaya bien para sentirse conformes con su propia mediocridad. El problema es que las nuevas tecnologías han venido a ponérselo un poco más difícil a esos envidiosos.

playa_caribeUn estudio titulado “Envidia en Facebook: una amenaza escondida para los usuarios” asegura que la primera causa de envida entre los españoles que emplean las redes sociales son las vacaciones del prójimo. ¡Nos jode que los demás enseñen sus fotos en una playa del Caribe demostrando lo felices que son y lo bien que se lo montan! El problema, dicen los responsables del estudio, no es que no seamos felices; es que nos empeñamos en ser más felices que los demás. Y la cosa se complica cuando somos incapaces de entender que, en realidad, la gente que cuelga sus fotos en Facebook suele proyectar una imagen de felicidad superior a la que realmente disfruta. Vamos, que aquí todo el mundo exagera algo de cara a la galería, en una especie de competición freudiana, para sentirse bien consigo mismo. Algo así como los programas tipo Madrileños por el Mundo, donde sólo salen aquellos que están encantados de haber hecho la maleta, y nunca el que se caga en las muelas pardas de su país de acogida y en la mala hora en que dejó su casa.  A todo esto, los encargados de este peculiar estudio también alertan del pernicioso efecto que sufre la otra parte implicada en la ecuación. Las redes sociales se han convertido en un escaparate para potenciar el ego y el narcisismo de los que publican sin mesura hasta límites poco compatibles con el equilibrio mental.

Y es que esto de la era digital siempre tiene su parte buena y su parte mala. Sin ir más lejos, hablando de vacaciones, en Estados Unidos se está poniendo de moda una tendencia que aquí algunos han venido a traducir como “trabacaciones”. La cosa consiste en que la empresa te permite desplazarte a una zona de ocio con tu familia, sin que gastes días de vacaciones, a cambio de que realices allí tu trabajo, mientras los niños se bañan en la playa. No dejas de currar, pero lo haces en un entorno diferente. A muchos la idea les puede sonar a chino, pero lo cierto es que esa barrera entre la vida privada y la profesional se está difuminando cada vez más entre las profesiones que no requieren presencialismo en una oficina. Tanto, que ya se habla del “efecto Blurring” o “difuminado”.  El 41% de los españoles asegura sufrir el blurring entre su vida personal y laboral: no saben dónde empieza una y termina otra, con el consiguiente aumento del estrés y la ansiedad. Además, según el barómetro Bienestar y Motivación de los empleados en Europa 2015, el 65% de los españoles siente presión fuera de su horario laboral. En Francia se han tomado tan en serio el asunto que, hace apenas un año, los sindicatos forzaron un acuerdo para prohibir a determinados perfiles profesionales, muy vinculados con las nuevas tecnologías, a coger el móvil del trabajo durante sus horas libres.

Pocas aplicaciones representarán mejor los nuevos tiempos que se están imponiendo como el WhatsApp. La popular aplicación de mensajería móvil se ha convertido en un invento del diablo que lo mismo nos hace recibir un inesperado mensaje cariñoso de nuestra pareja, que una petición incómoda y urgente de nuestro jefe, justo cuando le estamos quitando la cabeza a un langostino en el chiringuito de la playa. Lo cierto es que habrá que estar al loro para que no nos la metan doblada con esto de las chucherías tecnológicas.  Los wearables, por ejemplo, tienen mucho peligro como potencial caballo de Troya. En empresas como Profusion ya han colocado un fitbit a sus empleados en la muñeca para medir sus parámetros fisiológicos. Con ese aparato se puede medir la frecuencia cardiaca o las horas de sueño de un trabajador. La compañía se pone simpática y te explica que así se preocupa por tu salud, aunque no te comenta que también recabará detalles íntimos, como si esa noche has trasnochado un poco porque te fuiste a cenar con los amigos. Claro que los empleados de Profusion siempre podrán decir que, al menos, ven la cara a su jefe. En Estocolmo los comerciales de Universal Avenue nunca han visto el careto a su jefe ni se lo verán porque se trata de una fría aplicación que se dedica a analizar su comportamiento para decidir a través de fríos mensajes qué encargos le hace, en qué momento y a qué clientes.

Vienen tiempos diferentes con sus cosas buenas y sus cosas malas, y a todas deberemos acostumbrarnos. Es verdad que, entre el narcisista que se empeña en recordarte por Facebook que es más feliz que tú y el jefe que te da la brasa por el Whatsapp , será complicado desconectar unos días antes de volver a la batalla, pero habrá que intentarlo, aunque sólo sea por salud mental y por dedicar un tiempo a los nuestros. Al fin y al cabo, eso es lo que nos llevaremos puesto de este mundo. Feliz verano a todos.

La manía de engañarnos a nosotros mismos

Los hombres estamos hechos de materia contradictoria. Uno, al que de pequeñito le enseñaron las fábulas de Esopo, aprendió pronto a simpatizar con la hormiga y a repudiar a la cigarra holgazana y caradura. Cuando te dicen que cada español, incluyendo en esa media a niños y abuelos, hemos soltado ya 538 euros por barba para financiar a los griegos, que llevan años jubilándose antes y cobrando igual o más que nosotros, y que muchos griegos, no sólo pasan de pagar, sino que quieren seguir recibiendo ayudas sin cambiar su sistema (im)productivo, te dan ganas de hacerte ultra de la troika. No tienen catastro para hacer seguimiento de los impuestos que paga cada casa, los peluqueros se jubilan a los 45 años porque consideran que los tintes suponen un peligro laboral por su toxicidad, algunos presentadores de televisión también hacen lo mismo esgrimiendo el riesgo que implican los microbios de los micrófonos, su sector industrial es un desierto en el que apenas destacan las empresas dedicadas al queso, pero no quieren cambiar su “modo de vida” por “orgullo nacional”…

votacion_greciaNadie les obligó a entrar en la Unión Europea y ellos mismos falsearon sus cuentas para poder entrar, por lo que los motivos para que te salga el liberal luterano implacable cuando te mientan a los griegos son numerosos. Pero en ésas aparece el pobre Vasilis Metaxas, modesto jubilado ateniense de 70 años, y se te cae el alma al suelo. El gobierno de Tsipras y Varufakis anunció el domingo por la noche, y sólo a través de Internet, que los pensionistas que podrían sacar dinero del cajero en las primeras horas serían aquellos cuyos apellidos estuvieran, por orden alfabético, entre la letra A y la I. Vasilis pertenecía a la M, pero como buen abuelo analógico no se enteró de la medida.  Al día siguiente hizo cola en medio del caos y el calor ateniense de julio para nada. El sofocón de Vasilis es el sofocón del pueblo llano que siempre sufre las cagadas y miserias de los que mandan. Ya sea en Bruselas o en Atenas.

Dejar de hacer el gilipollas pagafantas o seguir siendo solidario para no dar bazas a quienes quieren destruir el proyecto de paz y prosperidad más importante que ha tenido Europa en toda su historia. Difícil tomar partido por alguna de las partes en un asunto donde la contradicción y el cinismo reinan por doquier. Syriza habla de democracia al convocar un referéndum, cuando no deja de ser una medida cobarde con la que pasar el muerto al pueblo. El gobierno alemán se erige como guardián de la ética de esfuerzo, sin reconocer que fueron sus bancos los que prestaron a los griegos sin sentido crítico y que su interés inicial por no dejar caer a Grecia escondía el miedo a perder lo invertido. Por buscar contradicciones, las encontramos incluso dentro de casa. El ayuntamiento de Zaragoza ha colocado una bandera griega en el balcón como muestra de solidaridad con el pueblo griego. No le quisieron dar agua a los murcianos, argumentando que la ecología estaba por encima de la solidaridad, pero ahora algunos están dispuestos a que las familias españolas, muchas con problemas para llegar a final de mes, regalen dinero a los griegos en nombre de la solidaridad. Eso por no hablar de un gobierno que ha defendido la austeridad y ahora, a pocos meses de las generales, se acuerda de bajar los impuestos. Tan getas como los ladradores que llevan cinco años criticando la austeridad y ahora se acuerdan de la importancia de mantener el control del déficit. Con ejemplos así, podríamos estar hasta mañana.

Tal y como está el patio, que te salga de las entrañas pensar una cosa y al cabo de un rato otra diferente, que te den ganas de mandar a unos a paseo y luego ayudarles, votar a unos y luego castigarles, no es motivo para preocuparse. La duda, lejos de indicar esquizofrenia, demuestra que todavía tenemos margen para identificar los matices y para caer en la cuenta de que Albert Camus tenía razón: la vida tiende al absurdo y es nuestra responsabilidad darle sentido con nuestra actitud. Otro pensador avispado como era Jorge Luis Borges dejó dicho: “Como ser humano soy una especie de antología de contradicciones, de errores, pero tengo sentido ético”.  Los seres humanos somos contradictorios, pero nos puede salvar la autocrítica. Precisamente de lo que andan escasos los que parten el bacalao, los que convocan referéndums suicidas y los se pasan el día dando la brasa con sus símbolos en los balcones públicos de todos o haciendo proselitismo con sus homilías tertulianas para decirnos qué tenemos que votar. Lo difícil no es la economía. Lo difícil es ser honestos. Con los demás y con nosotros mismos.

La sociedad low cost

No sé cómo andarán las facultades de periodismo, ahora que se lleva la espectacularización de la información (esos “chan, chan” que suenan mientras el presentador habla de la subida de la prima de riesgo o el último desahucio), pero en mis tiempos nos decían que lo primero al leer un informe era saber quién lo había escrito y qué motivos podía tener para darle un determinado enfoque. low costEstos días anda circulando un estudio que alerta a los conductores de lo mala malísima que es la gasolina de las estaciones low cost. El combustible tiene menos fuerza, el motor se ensucia más y el coche suele tener más averías. El informe lo firma una de las grandes petroleras que han visto con pavor cómo las gasolineras de bajo coste, levantadas básicamente por los hipermercados, se han hecho ya con el 34% del mercado. Al principio, las grandes distribuidoras se tomaron a chufla lo de los centros comerciales que daban gasolina barata. “Cosa de la crisis”, pensaron. Pero el consumo está repuntando y el personal sigue yendo a repostar a los nuevos surtidores, cómodos porque repostas aprovechando el viaje de la compra y con descuentos agresivos combinados hábilmente con ofertas del súper.

Ahora los distribuidores de toda la vida le han visto las orejas del lobo y quieren reaccionar metiendo miedo a la gente. Lo que pasa es que será complicado asustar a quien, entre tanto, se ha comprado un coche de una marca de bajo coste, de esas que utilizan tecnología que las grandes marcas usaban hace 5 o 10 años pero que ya se les ha quedado desfasada para los modelos más punteros. Si andas mal de pasta y coges poco el coche, no te quita el sueño que usar gasolina low cost acorte la vida del vehículo. Y si lo usas mucho, lo que te ahorras al año te compensa el desgaste que pueda sufrir tu coche barato.

Y es que estamos ante un nuevo paradigma. Al comienzo, el low cost fue una necesidad, pero se ha acabado convirtiendo en unos nuevos hábitos. Los sociólogos ya hablan de la “sociedad low cost” como una sociedad en la que eso de comprar barato ha encajado como anillo al dedo con el concepto de “usar y tirar” al que nos hemos acostumbrado. Ya no es que tengamos el tic de usar y tirar, ¡es que nos gusta! Los que entienden de moda, los fashion victims, nos cuentan con paciencia a los catetos o monótonos en el vestir (además te lo dicen con displicencia) que ellos se pueden permitir ser early adopters porque compran barato. El low cost ha democratizado eso de estar a la última gracias a las camisetas de 5 euros.

Pero es que con los muebles nos pasa lo mismo. Asumimos con paciencia cristiana el montaje en casa de los muebles, a cambio de un precio competitivo. Los dormitorios suelen durar menos que los de antaño, pero, como costaron poco, te da menos pena tenerlos que tirar, lo cual, de paso, te brinda la oportunidad de renovar la decoración (argumento cada vez más explotado por la publicidad). Y así un sinfín de sectores, encabezados por las aerolíneas. El día que perdimos el miedo a volar en aviones que pedían poco dinero por los billetes, perdimos el miedo a la gasolina o los pantalones baratos.

Ahora bien, todo esto no es gratuito. Estos cambios de hábitos de consumo, efectivamente, están comportando un nuevo tipo de sociedad. Todo se vuelve low cost a nuestro alrededor. ¡Hasta los políticos! El mundo se adapta a los sueldos mileuristas y al grueso de la población le da la sensación de que, más o menos, sigue gozando de los mismos privilegios consumistas. Total, si puedes hacer una escapadita a Londres, es que todo va bien. Pero, ¿podrías afrontar un tratamiento  médico caro si no te lo financiara la seguridad social? El mundo low cost implica que los contribuyentes también son de bajo coste, por lo que el estado del bienestar hay que redimensionarlo. Si ya no hay una sanidad pública que te cubra según qué cosas, es que te han dado gato por liebre. Bienvenido a la realidad: la mayoría estamos cayendo de clase social y nivel de vida.

En realidad, la sociedad low cost trae aparejado un desclasamiento generalizado. Las clases obrera y media se difuminan y entremezclan, mientras el sector privilegiado de la sociedad queda más diferenciado, si cabe. Muchos que han perdido su trabajo o su casa tienen claro que han dejado de ser clase media, pero es que muchos que han conservado el trabajo a trancas y barrancas, aunque crean que siguen igual, han caído en la escalera. Muchos sociólogos ven la futura sociedad en estos términos, aunque aún quedan algunas dudas. Unos aseguran que esa gran masa consumista será poco exigente y con pocos referentes sociales y culturales. Otros, en cambio, creen que el low cost se volverá exigente y que el consumidor exigirá pagar únicamente por lo que consume, sin los desperdicios y extravagancias del pasado. Puede que los cambios no sean ni buenos ni malos, simplemente cambios. Pero no está demás reflexionar sobre lo que está pasando y tener claro que, cada vez que compras una barra de pan a 50 céntimos, estás contribuyendo a rebajar tu propio sueldo. Y de los sueldos salen los impuestos. Y de los impuestos los servicios sociales a los que nos habíamos acostumbrado y que ahora tanto reclamamos a nuestros políticos low cost.

Ruido, mucho ruido

Este país está pidiendo a gritos una semana en una casa rural sin wifi ni cobertura móvil. Hay inputs, qué quieres que te diga, para los que el cuerpo humano no está preparado. Que Jerez, ciudad estilosa a cuyos bigotes señoriales cantaron Los Delincuentes, tenga una alcaldesa que se pasea, bastón de mando en mano, con los dedos pequeños de los pies por fuera de la sandalia, como si de dos cuernecillos se tratara, debe significar algo.

dedos-alcaldesa.jerez(1)Los pies de doña Mamen Sánchez deben ser el anuncio de algo diabólico, algo chungo de verdad a lo que apenas sí comenzamos a ver los hocicos. O puede que no, puede que se nos esté yendo la mano. Bien pensado, doña Mamen es una política pragmática y sin complejos que demostró saberse adaptar a las circunstancias: “que no me caben los dedos, por mucho que los apretuje… ¿ahora voy a andar yo cambiando de ropa o de calzado? A tomar por el chirri… uno por aquí, el otro por allá, y ya está… Ahora sólo tengo que vigilar de no tropezarme con la pata de una mesa o una silla…”.

Vivimos en una sociedad crecientemente desinhibida, donde la falta de pudor es un punto a favor. La chonización del vestir es un proceso que viene de lejos. Las lorzas, las rajillas del culo a la mínima que uno se agacha y las camisetas con mensajes picarones en inglés, portadas por señoras maduras que no saben inglés, ya son un clásico costumbrista. En esto, especialmente, el verano hace estragos… Claro que nos hemos acostumbrado. A fin de cuentas, estamos en democracia y cada uno con su cuerpo hace lo que quiere. Además, existe el miedo a que te llaman remilgado, pijo o elitista… Así que, con no mirar, se acaba el problema.

Lo fastidiado es cuando la falta de pudor llega al cerebro, a cómo interpretamos la realidad como cosa colectiva. Hay muchachos desinhibidos que jamás pensaron ocupar un cargo público y, con esa mala leche que les han inoculado de pequeños, se han convertido en cinturón negro de sectarismo. Que estoy a favor de los palestinos, me río de los judíos que fueron asesinados en el Holocausto, remarcando que todos cabrían en el cenicero de un Seat Seiscientos; que me hace tilín ETA porque mataba a Guardias Civiles, me descojono de las mutilaciones que sufrió Irene Villa cuando era una cría, pero si lo hago riéndome de paso de las niñas de Alcàsser a las que arrancaron los pezones con alicates antes de morir, mejor todavía.

La desinhibición mental ha encontrado en las redes sociales un altavoz para el ruido, para que las gilipolleces que antiguamente decía un payaso ante su coro de palmeros, lleguen ahora a las cuatro esquinas del planeta y acaben saliendo a nuestro paso, aunque no queramos, agrediéndonos como ciudadanos. Agrede Guillermo Zapata ocupando el cargo de concejal de “Cultura” de Madrid, habiendo dicho las barbaridades que ha dicho. Y agrede Pablo Soto ocupando otro cargo de concejal tras haber propuesto el asesinato de Gallardón, siguiendo la metodología del asesinato de José Calvo Sotelo. Para los analfabetos funcionales que se lanzan a Twitter sin haber abierto un sólo libro en su vida que no confirmase previamente sus tesis sectarias, Calvo Sotelo fue el líder de la oposición asesinado a sangre fría por la mismísima policía de la República, provocando el comienzo de la Guerra Civil. Bromear con eso es impropio de alguien que pretenda ocupar un cargo público.  Ahora ha dicho el señor concejal que siente haber propuesto aquel asesinato en un tuit, que “a aprender y a seguir para adelante”. Pues no, chato, a cobrar un sueldo público se viene ya aprendido. El máster te lo pagas tú, si no te importa…

Muchos ciudadanos seguimos trabajando por un sueldo modesto, sin insultar a nadie y sin esperar que nadie nos saque las castañas del fuego. Ni los chorizos que había antes, ni los asilvestrados de ahora. La gente corriente, la gente que mantiene este chiringuito a base de madrugones e impuestos, se ríe por no llorar de quienes aseguran que hemos cambiado a unos sinvergüenzas por unos santos impolutos. Aquí sigue habiendo lo mismo de siempre. Es el sino de esta España nuestra. Mucho ruido, mucha gilipollez, mucho doble rasero y mucha miseria moral. Bien nos vendría a todos un buen descanso, porque los de arriba, lleven la camiseta que lleven, nos van a seguir jodiendo. Afortunadamente, ya queda poco para el verano para desconectar, ni que sea por unas semanas, de tanto ruido.

¿Renovarse o morir?

Comprarte un teclado para la tableta en la era de la globalización no es tan fácil como parece. Veamos: tienes una tableta a la que le vendría bien un teclado; teclado no tienes, pero sí una estupenda conexión de fibra óptica… pues vamos a meternos en Amazon, Rakuten o cualquiera de esas tiendas online que amenazan cualquier día con traernos los pedidos a casa en un dron, como ése que casi deja manco a Enrique Iglesias. El problema de salir a navegar al mar de la globalización, que dirían los cursis, es descubrir que todavía hay particularidades regionales que nos diferencian para lo bueno y para lo malo.

Para empezar, no es lo mismo un teclado qwerty, que uno qwertz… Algunos despistados se las prometen muy felices al encontrar un teclado muy barato, pero en cuanto llega el pedido a casa descubren que lo que han comprado barato es un teclado alemán, con la “z” donde debería estar la “y”, y viceversa. Aunque ahí no terminan los inconvenientes. La frustración más grande para el comprador despistado viene con la siguiente pregunta: ¡¿dónde está la ñ?!

Que tu idioma tenga una grafía exclusiva tiene su puntito de glamur y su dosis de engorro. Precisamente a los alemanes les pasó algo aparecido con la β. No hace mucho, para los germanohablantes era un símbolo tan habitual e innegociable como para nosotros la ñ. El problema es que, hartos de que los teclados fabricados fuera de su ámbito lingüístico no tuvieran la letra en cuestión, decidieron dar libertad a quienes escribiesen en ordenador. La β es una especie de “s”, así que los pragmáticos alemanes dejaron que fuera la gente la que eligiese usar (por gusto o necesidad) el símbolo de toda la vida o escribir una “ss”, como ya venían haciendo los suizos de habla alemana. Aquí en España algunos ya han dejado caer que debería poder utilizarse una combinación de letras para señalar la “ñ” castellana: unos proponen copiar al portugués (Espanha), mientras otros creen que la solución está en el catalán: Espanya. Lo malo es que eso plantearía otro dilema: decidir si la “ñ” podría convivir con la “ny” o la “nh”, en una especie de bufet libre, o debería ejecutarse el traumático asesinato de nuestra “ñ” de toda la vida con su entrañable rabito.

El debate entre románticos y rupturistas estaría servido si aquí la RAE planteara una reforma como la de Alemania o incluso la de Italia, donde los italianos, aburridos de cometer faltas de ortografía, mandaron a tomar por saco la “h”, argumentando que lo que no suena molesta. A los que esto último les parezca demasiado drástico, tan sólo recordar que hace un par de años en España aprobamos una reforma gramatical para que olvidarse de la tilde en palabras como “sólo” o “éste” no fuera falta de ortografía. Para algunos fue un alivio, pero para muchos otros resultó una claudicación ante la mediocridad de quienes son incapaces de meterse las reglas de acentuación en la cabeza.

Pues en medio de estas reflexiones, Andrés Trapiello ha venido a agitar aún más el cotarro lingüístico con una versión del Quijote en “castellano actual”. Así, donde Cervantes dijo “lanza en astillero”, Trapiello dice “lanza olvidada” y donde siempre se ha leído “adarga antigua”, ahora se leería “escudo antiguo”. Argumenta Trapiello que si el Quijote triunfa tanto en el extranjero es porque allí leen versiones actualizadas, y que si aquí se le atraganta a la juventud es porque el castellano del siglo XVII se hace indigesto. De nuevo, el debate entre exigir un nivel o rebajar el listón…

Dejar de lado la escritura original de nuestra obra literaria más importante, con el agravante de que el castellano tampoco ha evolucionado tanto durante estos siglos como sí han hecho otros idiomas de nuestro entorno, resultaría muy doloroso y plantearía dudas sobre la banalización de nuestras exigencias culturales. Pero, por otro lado, creer que esos jóvenes nativos digitales, acostumbrados a leer en diagonal y con un déficit de atención brutal, vayan a tragarse una obra que necesita 5.000 notas a pie de página para ser entendida, es mucho creer.

Unos hablan de herejía y otros de pragmatismo. Lo cierto es que a Trapiello ya le han quitado de las manos la primera edición de su Quijote actualizado en colegios e instituciones educativas. Vivimos tiempos cambiantes y el dilema de hasta qué punto adaptarse a lo nuevo y dónde mantenerse firme para no perder lo que se ha forjado durante siglos se antoja apasionante. Si no, que se lo pregunten a los señores de la RAE.

Esto acaba en tragedia griega

Los griegos, pero no los de ahora, más bien los que iban en túnica y levantaban templos de mármol, le daban mucho a la cabeza. Tanto que llegaron a desentrañar los vericuetos de la mente humana miles de años antes de que el primero de los psicólogos asomara los hocicos por este mundo. Uno de sus conceptos más curiosos era el Pathei Mathos, según el cual el ser humano es incapaz de aprender, si no es a través del sufrimiento. Después de mucho observar, los helenos se convencieron de que nuestra especie es incapaz de adquirir conocimientos o interiorizar moralejas por la experiencia que viven los demás. Al final, en las cosas importantes, tenemos que tocar el fuego por nosotros mismos para convencernos de que quema. Sólo así escarmentamos.

La verdad es que es sorprendente lo que llegaron a acertar en la diana aquellos señores que habitaron el Peloponeso hace tanto tiempo. Han pasado más de dos mil años y, en los conceptos fundamentales, poco más hemos podido añadir hombres y mujeres sobre nuestra propia naturaleza. Por eso, a día de hoy, tragedias como Antígona siguen siendo tan actuales y nos sentimos tan interpelados por ellas, aunque los personajes y los reinos de las tramas tengan nombres exóticos.

Estos días, sin ir más lejos, nos ha surgido una aspirante a Antígona en los aledaños del ayuntamiento de Barcelona. Ada Colau ha cogido carrerilla y ha dicho del tirón, y sin despeinarse, que piensa incumplir todas las leyes que le parezcan injustas. Así dicho, suena bien. Nadie en su sano juicio querría apoyar leyes que consagren “la injusticia”. El problema es qué se entiende por “injusto” y, sobre todo, el método que se emplea para deshacer la injusticia. Si nos saltamos una ley a la torera, sin intentar cambiarla por el procedimiento establecido, ¿cómo impediremos que nuestros adversarios hagan lo mismo en cuanto tengan ocasión? Otro genio que supo leer el alma humana con tanta lucidez como los antiguos griegos, William Shakespeare, nos hizo ver en Hamlet o Machbet que el odio, la codicia y el revanchismo se dan por descontados cuando hablamos de los seres humanos, y más cuando éstos sienten que han sido previamente víctimas de esos comportamientos.

Los políticos que hemos tenido hasta ahora, y que se han empeñado en hacer oídos sordos, y las nuevas aspirantes a Antígona deberían recordar que la tragedia de Sófocles termina como el rosario de la aurora. Todos muertos o turuletas, en un final a lo Very Bad Things. Igualmente, todos nosotros, votantes y políticos, deberíamos recordar que lo que está pasando estos últimos días suena mucho a lo que se ha venido criticando por activa y por pasiva.

¿Lo de pactar contra un partido político para aislar a todos los ciudadanos que lo han apoyado y acallar su voz sistemáticamente y sine die es apoyar la “democracia real”? ¿Lo de decir que no vas a pactar con la casta o con los populismos y luego sí hacerlo, no es mercadear con el voto? ¿Eso de decir “el ayuntamiento para mí y la comunidad para ti”, no es repartirse los sillones?

Por mucha primavera democrática que nos anuncien, el desencanto está en marcha. Sólo es cuestión de tiempo que los “frescos” parezcan “lo mismo” y que los “valientes” se conviertan en “irresponsables”. No es la primera vez que ocurre ni en España ni en la historia de la humanidad, pero está visto que leemos poco a los clásicos y que nos empeñamos en aprender a base de golpes. Lo dicho, Pathei Mathos.