La sociedad low cost

No sé cómo andarán las facultades de periodismo, ahora que se lleva la espectacularización de la información (esos “chan, chan” que suenan mientras el presentador habla de la subida de la prima de riesgo o el último desahucio), pero en mis tiempos nos decían que lo primero al leer un informe era saber quién lo había escrito y qué motivos podía tener para darle un determinado enfoque. low costEstos días anda circulando un estudio que alerta a los conductores de lo mala malísima que es la gasolina de las estaciones low cost. El combustible tiene menos fuerza, el motor se ensucia más y el coche suele tener más averías. El informe lo firma una de las grandes petroleras que han visto con pavor cómo las gasolineras de bajo coste, levantadas básicamente por los hipermercados, se han hecho ya con el 34% del mercado. Al principio, las grandes distribuidoras se tomaron a chufla lo de los centros comerciales que daban gasolina barata. “Cosa de la crisis”, pensaron. Pero el consumo está repuntando y el personal sigue yendo a repostar a los nuevos surtidores, cómodos porque repostas aprovechando el viaje de la compra y con descuentos agresivos combinados hábilmente con ofertas del súper.

Ahora los distribuidores de toda la vida le han visto las orejas del lobo y quieren reaccionar metiendo miedo a la gente. Lo que pasa es que será complicado asustar a quien, entre tanto, se ha comprado un coche de una marca de bajo coste, de esas que utilizan tecnología que las grandes marcas usaban hace 5 o 10 años pero que ya se les ha quedado desfasada para los modelos más punteros. Si andas mal de pasta y coges poco el coche, no te quita el sueño que usar gasolina low cost acorte la vida del vehículo. Y si lo usas mucho, lo que te ahorras al año te compensa el desgaste que pueda sufrir tu coche barato.

Y es que estamos ante un nuevo paradigma. Al comienzo, el low cost fue una necesidad, pero se ha acabado convirtiendo en unos nuevos hábitos. Los sociólogos ya hablan de la “sociedad low cost” como una sociedad en la que eso de comprar barato ha encajado como anillo al dedo con el concepto de “usar y tirar” al que nos hemos acostumbrado. Ya no es que tengamos el tic de usar y tirar, ¡es que nos gusta! Los que entienden de moda, los fashion victims, nos cuentan con paciencia a los catetos o monótonos en el vestir (además te lo dicen con displicencia) que ellos se pueden permitir ser early adopters porque compran barato. El low cost ha democratizado eso de estar a la última gracias a las camisetas de 5 euros.

Pero es que con los muebles nos pasa lo mismo. Asumimos con paciencia cristiana el montaje en casa de los muebles, a cambio de un precio competitivo. Los dormitorios suelen durar menos que los de antaño, pero, como costaron poco, te da menos pena tenerlos que tirar, lo cual, de paso, te brinda la oportunidad de renovar la decoración (argumento cada vez más explotado por la publicidad). Y así un sinfín de sectores, encabezados por las aerolíneas. El día que perdimos el miedo a volar en aviones que pedían poco dinero por los billetes, perdimos el miedo a la gasolina o los pantalones baratos.

Ahora bien, todo esto no es gratuito. Estos cambios de hábitos de consumo, efectivamente, están comportando un nuevo tipo de sociedad. Todo se vuelve low cost a nuestro alrededor. ¡Hasta los políticos! El mundo se adapta a los sueldos mileuristas y al grueso de la población le da la sensación de que, más o menos, sigue gozando de los mismos privilegios consumistas. Total, si puedes hacer una escapadita a Londres, es que todo va bien. Pero, ¿podrías afrontar un tratamiento  médico caro si no te lo financiara la seguridad social? El mundo low cost implica que los contribuyentes también son de bajo coste, por lo que el estado del bienestar hay que redimensionarlo. Si ya no hay una sanidad pública que te cubra según qué cosas, es que te han dado gato por liebre. Bienvenido a la realidad: la mayoría estamos cayendo de clase social y nivel de vida.

En realidad, la sociedad low cost trae aparejado un desclasamiento generalizado. Las clases obrera y media se difuminan y entremezclan, mientras el sector privilegiado de la sociedad queda más diferenciado, si cabe. Muchos que han perdido su trabajo o su casa tienen claro que han dejado de ser clase media, pero es que muchos que han conservado el trabajo a trancas y barrancas, aunque crean que siguen igual, han caído en la escalera. Muchos sociólogos ven la futura sociedad en estos términos, aunque aún quedan algunas dudas. Unos aseguran que esa gran masa consumista será poco exigente y con pocos referentes sociales y culturales. Otros, en cambio, creen que el low cost se volverá exigente y que el consumidor exigirá pagar únicamente por lo que consume, sin los desperdicios y extravagancias del pasado. Puede que los cambios no sean ni buenos ni malos, simplemente cambios. Pero no está demás reflexionar sobre lo que está pasando y tener claro que, cada vez que compras una barra de pan a 50 céntimos, estás contribuyendo a rebajar tu propio sueldo. Y de los sueldos salen los impuestos. Y de los impuestos los servicios sociales a los que nos habíamos acostumbrado y que ahora tanto reclamamos a nuestros políticos low cost.