Cuando la maldad golpea y las leyes no ayudan

Durante dos años de mi vida estuve viviendo en la calle Antonio Arias de Madrid. Ya hacía tiempo que residía en el barrio, pero buscaba un lugar que me liberase de esa tortura que pueden llegar a ser los pisos compartidos. Demasiado harto de aquella compañera reñida con la higiene o con el trasiego de invitados de unos y otros que hacía imposible que uno disfrutase de la intimidad que necesitamos los que somos patológicamente tímidos.

En aquel pequeño piso gané tranquilidad. La calle Antonio Arias es perpendicular a los bulevares de Ibiza y Alcalde Sainz de Baranda. Es una calle corta y sin salida porque en uno de sus extremos se topa con una Iglesia que obliga a los coches a girar a la derecha rumbo a Doctor Esquerdo.  Dos años saliendo de madrugada de aquel portal y recorriendo aquella acera, sin barruntar la terrible historia que allí sucedió una mañana de junio de 1994.

Una mañana cualquiera, el general de Infantería Juan José Hernández Rovira, de 58 años, fue asesinado de cinco disparos cuando salía de su domicilio en Antonio Arias. Un etarra, alto y vestido de azul, le esperaba para acribillarle antes de que el militar de carrera se metiese en el coche blindado que le conducía habitualmente al trabajo.  Era viudo y tenía siete hijos. El pistolero y los otros terroristas que le esperaban en un coche robado giraron a la derecha, bajaron Doctor Esquerdo y abandonaron el vehículo en una colonia llena de guarderías y colegios. Hicieron explotar el coche desde la distancia, sin ningún miramiento por los críos que había en la zona, aunque afortunadamente no hubo que lamentar más muertes aquel día. Dice la hemeroteca que, a las pocas horas de aquello, una administrativa del hospital Gregorio Marañón habló para El País. “Vi cómo disparaban al general y después huían. Me acerqué a él y le acaricié la cara. Todavía se movía”.

En el 94 yo era todavía un adolescente despreocupado que vivía en Barcelona y cuyo gran dilema era decidir si quería ser periodista o profesor de historia.  Aquella mañana de junio en la calle Antonio Arias de Madrid me cayó demasiado lejana como para retenerla en la retina. Conocí los pormenores del asesinato muchos años después, cuando ya ni siquiera vivía en aquella calle. Una extraña sensación me invadió cuando cerré los ojos e imaginé el charco de sangre en el que debió agonizar Juan José.  A buen seguro yo había caminado sobre ese mismo punto, ajeno a la tragedia de aquel buen hombre al que sus vecinos ya le habían advertido en alguna ocasión de la presencia de gente sospechosa que merodeaba por la calle. Ninguna placa, ninguna señal… Ese rincón de Madrid no muestra ningún síntoma de lo que allí ocurrió. Me pareció terrible. Sentí una pena, una desazón difícil de explicar. Una especie de sentimiento de culpa por haber pisado aquellos adoquines sin ningún miramiento.

Por aquel entonces yo ya vivía en otro piso. Otro salto a mejor. Ya estaba en la fase de preparar mi vida de casado. Lo malo de los pisos nuevos es que te cuesta cogerles la medida. Un día se me escurrió una toalla que acabó posándose en el tendedero de dos pisos más abajo. Fue también un comentario casual el que me puso en la pista de que en aquella vivienda de más abajo vivía otro hombre con una cicatriz oculta. Unos años atrás, un atentado de ETA se llevó por delante la vida de su hermano. Desde aquel día, ese hombre discreto, con el que me topaba muchas mañanas en la escalera, se juró a si mismo cuidar de sus sobrinas como si fuesen sus hijas.

Todavía con la toalla recién recuperada en la mano, me quedé pensando en lo cerca, lo terriblemente cerca, que están las víctimas del terrorismo.  Si agudizamos un poco los sentidos descubriremos que viven entre nosotros y que muchas, a simple vista, pueden pasar desapercibidas.  Sin embargo hace tiempo que viven a otra velocidad; sus vidas quedaron ancladas a aquel día en el que su padre salió de casa para no volver, aquel día en el que fueron a comprarse unos pantalones y, de repente, se escuchó una explosión y todo en el centro comercial fueron gritos de dolor y sangre…

Hace unos meses conté la anécdota de la toalla en La Mañana de COPE, ante la presencia de María San Gil y los amigos de la Fundación Villacisneros que presentaban el libro “Cuando la maldad golpea”, el relato más íntimo que jamás hayan escrito las víctimas del terrorismo. En ese libro muestran con una sinceridad desgarradora esa cicatriz que todos llevan encima. Unos en forma de mutilación; otros de forma oculta en el alma. Eso mismo le sucede también a Teresa Jiménez Becerril, otra valiente con la que también he tenido la suerte de coincidir y que ha velado por sus sobrinos todos estos años, después de que los terroristas matasen a su hermano y su cuñada por el simple hecho de estar vinculados a un partido político que no es del agrado de los pistoleros.  Hasta Sevilla se desplazaron para matar al matrimonio. De Juana Chaos llegó a escribir una carta en la que se reía del llanto de los pequeños huérfanos.

Por eso la risa de Inés del Río al salir de la cárcel esta semana abre las carnes de cualquiera que tenga un poco de dignidad y sentido de la justicia. Inés del Río participó en el asesinato de 24 personas. Ha estado en la cárcel 26 años y tres meses.  11 meses por cada asesinato. El Reino Unido ya ha decretado la libertad de Antón Troitiño, también implicado en 22 asesinatos a sangre fría. El viernes podrían salir dos etarras más, entre ellos, Josefa Mercedes Ernaga, condenada por el atentado de Hipercor…

Son las consecuencias de esas siete páginas que se han cargado todo.  Las siete páginas del escrito del Tribunal de Estrasburgo que ha tumbado la doctrina Parot. No podemos culpar a los jueces de la Audiencia Nacional porque se limitan a cumplir lo que dice Estrasburgo. Y puede incluso que ni siquiera podamos criticar a la Corte de Estrasburgo porque está visto que las togas europeas no entienden de dignidad, sólo entienden de leyes.  Puede que la doctrina Parot sólo fuera un remiendo desesperado con el que tratar de solucionar el verdadero problema: un código penal demasiado benevolente en su momento con los asesinos, con los fanáticos capaces de matar por una puta bandera o una patria imaginaria.

Queda la duda de si el Estado podría haber hecho más;  si había margen para la ingeniería jurídica, para presionar en Estrasburgo… pero el caso es que las alimañas suelen tener suerte. 11 meses de cárcel por un asesinato es poco, como también son ridículas las condenas por corrupción en este país. El Estado de Derecho debe aprender la lección y endurecer las penas hasta que la ciudadanía perciba que realmente el que la hace, la paga. De cara al presente, el único consuelo que nos queda es batallar para minimizar al máximo el número de beneficiados por el fallo de Estrasburgo y garantizar que los asesinos que ahora se ríen no vean ni un duro en concepto de indemnizaciones cuando todavía no han abonado lo que deben a sus víctimas.

Víctimas que, ahora más que nunca, necesitan nuestro apoyo y nuestro cariño.  Porque es muy duro llevar esa cicatriz oculta encima y observar la risa de Inés del Río, mientras tu padre sigue sin volver a casa, mientras tus sobrinas se hacen mujeres.  Nos queda el consuelo de que, en el fondo, las alimañas no se salieron con la suya. Lo vestirán como quieran, pero tuvieron que aflojar el pistón porque no pudieron con nosotros. La democracia sigue en pie y ahora lo que tenemos que garantizar es que nuestras víctimas ocupen el lugar que se merecen. Para que no haya cicatrices ocultas, para que nadie se olvide de los lugares donde muchos dieron la vida por la libertad, para que la risa de los terroristas no se escuche por encima de nosotros. Honor y memoria para nuestras víctimas.

La vida es un regalo…. y hay que aprovecharlo

Los que trabajamos por la noche somos seres extraños. Bueno, no es que seamos extraños; la mayoría somos bastante normales. Es más bien nuestro ritmo el que se sale de lo común. Y ya se sabe que, en este mundo, lo que se sale de lo común suele ser sospechoso. Sin ir más lejos, la vecina de enfrente me sigue mirando raro cuando me ve cocinar a la hora a la que la mayoría de los mortales desayuna. Mientras limpia las ventanas de su piso, me va soltando miradas furtivas como diciendo “¿Diez de la mañana y estás batiendo huevos para zamparte una tortilla de patatas? Ocultas algo”. Tengo para mí que, si pudiera, me aplicaría la ley antiterrorista… Claro que tampoco está mal cuando apareces por el gimnasio a eso de las siete de la tarde, look deportivo, toallita y botella de agua en mano, con los ojos de sapo y cara de empanado. Cuando se topan con tu cara de recién levantado,  algunos te miran con pena y otros con recelo. Los primeros deben pensar que estás en el paro y que eso te empuja a sobrellevar el día entre la cama y el gimnasio. Los segundos sencillamente están convencidos de que eres un vago.

En fin, son las hipotecas que uno debe pagar por ir a contracorriente.  Aunque a mí, personalmente, de todas las rarezas la que más me gusta es la de recogerme cuando la ciudad despierta. Los que salen de sus casas a primera hora de la mañana van a protagonizar el nuevo día. ¿Quién sabe cuántos participarán de las noticias que sucederán esa jornada? Pocos salen a la calle pensando en formar parte de la actualidad, pero algunos lo consiguen sin querer. Algunos encontrarán trabajo, otros lo perderán; tampoco faltarán los que estén cerca del suceso que marcará ese día… Sea como sea, si hay un rasgo común entre los que van, mientras los noctámbulos volvemos, son las prisas. Esa cara seria, ese paso acelerado, ese claxon que suena en cuanto el coche de delante tarde medio segundo en reaccionar al semáforo verde… En esta sociedad del usar y tirar, la ciudad se dispone a usar otro día, a consumirlo y desecharlo hasta la mañana siguiente.   Son pocos los que se resisten con una sonrisa a esa pulsión que consiste en ponerse la coraza de puertas hacia fuera.

Vivimos muy deprisa y tenemos poco tiempo para digerir lo que pasa a nuestro alrededor. Ya ha comenzado una nueva semana y la tragedia de Lampedusa, por la que tanto nos rasgamos las vestiduras durante unas horas, parece ya muy lejana. Pero es que la velocidad de vértigo aleja de nuestra memoria algo que sucedió hace tan sólo tres días. El pasado viernes llegó a la redacción una noticia que nos dejó llamativamente tocados. María de Villota había muerto de forma repentina en un hotel de Sevilla.

Nos dejó tocados porque María era especial. María hizo lo que muchos serían incapaces de hacer: sonreír y quedarse con el lado bueno de haber visto como la rampa trasera de un camión le golpeaba el cráneo como una cuchilla que se llevó por delante un ojo y su pasión por la Fórmula Uno.  Las carreras eran su vida pero ella no dejó que su vida se acabara allí.  María se propuso ser feliz, por sus bemoles, con parche o sin él. El año y medio que la vida le dio de prórroga fue suficiente para que irradiara más vida, con un solo ojo, de la que jamás podrá irradiar con la mirada muchísima gente a la que las circunstancias nunca pondrán en semejante tesitura. Duele pensar que, al final, alguien así se haya ido. Duele porque María era una mina. María era el testimonio de que la vida, a veces, puede parecer una mierda. Una mierda tan breve, tan frágil, que, precisamente por eso, acaba siendo maravillosa. Es tan maravillosa que no se puede desperdiciar ni un solo día sin ser feliz, sin decir te quiero a los tuyos, sin dar lo mejor de nosotros mismos en nuestro trabajo, en nuestros quehaceres cotidianos…

Uno vuelve a casa después de una noche de radio y se cruza con los que afrontan una nueva jornada con la coraza a cuestas.  Es en ese momento cuando te asalta la duda de si vivimos demasiado deprisa como para interiorizar las grandes lecciones que nos dan personajes como María de Villota.  Consumimos y desechamos con una facilidad que espanta, pero afortunadamente todavía tenemos el papel y la tinta. Los libros nos invitan a pararnos en el arcén para a reflexionar y mirar a nuestro alrededor. María tenía previsto presentar hoy un libro que debería ser de lectura obligatoria en los colegios. Se titula La vida es un regalo. Ha salido ya a la venta y echarle un vistazo es una de las mejores inversiones que podemos hacer en este mundo de locos.

España: paro, corrupción y jamones que van y vienen

Cualquiera que tenga un espíritu observador y que lleve el tiempo suficiente en el mundo laboral se habrá percatado que por estas latitudes el cargo de “ayudante”, “segundo”, “persona de confianza” o como se le quiera llamar suele ser ocupado con excesiva frecuencia por gente que destaca más por su fidelidad inquebrantable que por su talento.

De hecho, muchos “jefes”, los que mandan en algún estamento de una empresa u organización, suelen tener miedo a que el segundo sea más listo o talentoso que ellos, así que tienden a buscarse como muleta a alguien cuya cabeza no tenga más prestaciones de las imprescindibles. El problema es tan acuciante que, ahora que se ha puesto de moda lo de emprender, los expertos (los coaches, que dicen los modernos) no se cansan de aconsejar a los que cortan el bacalao que no tengan miedo de rodearse de gente con talento y coeficiente intelectual. Sin embargo, la tendencia (a excepción de los jefes que abusan de lo contrario, los que se buscan a una persona solvente para delegar en ella todas sus funciones y así poder ellos tirarse a la bartola) sigue siendo la contraria en la mayoría de sectores. El fenómeno, cómo no, es especialmente sangrante en ese mundo tan endogámico que es la política… El problema de esa manera de funcionar es que tarde o temprano el que manda se ve condenado a mirar a su colaborador con una gota de sudor cayéndole por la frente mientras le pregunta: “pero tú, macho, ¿hacia qué portería disparas?”.

Pues eso mismo le ha sucedido al líder de Izquierda Unida en Andalucía y vicepresidente de la Junta.  Diego Valderas tiene un jefe de prensa al que no se le ha ocurrido otra cosa que decir en un pleno que sí, que a su jefe se le conoce en Bollullos del Condado como el Emperador, que mucha gente le ha rendido pleitesía cuando era alcalde de ese municipio y, ¡atención, no se lo pierdan!,  que recibía jamones a cambio de colocar a gente…

La criatura autora de este desliz/confesión se llama Juan Félix Camacho, es concejal de Izquierda Unida en el ayuntamiento de Bollullos y se le calentó la boca en un pleno celebrado a finales de septiembre.  Se le calentó el hocico porque otro concejal de una formación que partió peras con Izquierda Unida le acusó de estar ahí simplemente por ser leal a su jefe.

Ahí fue cuando al bueno de José Félix, llevado por su fidelidad a Valderas, se le ocurrió contraatacar asegurando que el concejal criticón tenía mucho que ocultar en cuestiones de pleitesía porque sus padres, cuando todavía formaba parte de Izquierda Unida, bien que habían regalado jamones al propio Valderas para que colocara a su hermano en la Mancomunidad.  ¿Problema?   Pues que, efectivamente, el concejal en cuestión tiene un hermano trabajando en la Mancomunidad, lo cual vendría a demostrar que regalar jamones a Valderas tiene o tenía premio. Ahora José Félix se ha retractado de sus palabras y ha pedido perdón a su jefe, pero lo cierto es que le ha acusado de cohecho tan ricamente.

La anécdota de Bollullos casi daría la risa, si no fuera porque el CIS nos recuerda que la corrupción sigue siendo la segunda gran preocupación de los españoles. Y el panorama es desolador porque el macroproceso del caso Malaya ha terminado con microcondenas ridículas.  El testaferro de Marbella, Juan Antonio Roca, el que tenía tanto dinero que hasta se puso un Miró delante de la trona para deleitarse mientras se aliviaba, ha sido condenado a once años de cárcel.

Así las cosas, el millón de euros estafado sale en España a 20 días de cárcel. Lo que consiguen ocultar, aún ingresando en la cárcel, continúa siendo demasiado goloso. Piénsenlo: tres meses de tu vida en una celda, a cambio de encontrarte cinco millones de euros debajo del colchón al salir de la trena. ¿Cuántos no estarían dispuestos?

La corrupción sale muy barata y encontrar trabajo sigue estando demasiado caro. Si hacemos caso al CIS, el 77’3% de la tropa piensa que la falta de empleo es su principal dolor de cabeza.  Lo es para los que ya están en el paro y para los que pueden estarlo próximamente.  En ese grupo están los trabajadores de la limpieza de Madrid a los que ya les han dicho que o se bajan el sueldo o 1.400 de ellos no tendrán que volver a coger la escoba.  También lo tienen feo los 28 empleados fijos y los 36 temporales del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas a los que van a echar para ahorrarse en nóminas dos millones y medio de euros…    Escatimamos 2’5 millones de euros en el sueldo de los que investigan contra el cáncer, mientras nos seguimos gastando cada año 53 millones en mantener un Senado que, en la práctica, no sirve para nada.

Afortunadamente, nos queda el consuelo de saber que ya han ofrecido trabajo a la chica que colgó en Internet el baile con el que se despidió de ese jefe que no valoraba su trabajo. A los demás, les aconsejo que regalen un jamón al vicepresidente de la Junta de Andalucía. ¿Quién sabe? Si cuela, cuela…

Enfermedad grave y copago hospitalario, dilema inevitable

Dos días sin poder probar bocado. Apenas toleras los líquidos. El termómetro ya marca más de 39 grados. Tu cuerpo arde y tu cabeza da vueltas, mientras escuchas la voz de tu mujer diciendo “vamos a urgencias para que te pongan suero o algo; no puedes seguir así…”  Tú, en ese momento, no eres el ser más racional del mundo, pero la neurona todavía te da para hacerte la pregunta del millón: “¿a qué urgencias? ¿al hospital público que me corresponde o a la clínica más cercana que trabaje con mi seguro privado?

La opción “clínica privada” tiene varios puntos en contra: el primero, que palmas pasta porque el tuyo es un seguro básico y, siempre que sacas a pasear la tarjetita, algo pierdes en el recibo del mes siguiente. Además todavía te acuerdas de cuando, en dos ocasiones, no fueron capaces de detectarte una patología que, en cambio, la doctora del ambulatorio diagnosticó, sin exagerar, en 40 segundos de reloj…

Claro que tus experiencias en las urgencias de “lo público” también son gloriosas. La más grande, cuando te presentaste con tu documento de “desplazado” en las urgencias del Gregorio Marañón con un cólico biliar que te desgarraba por dentro. El trato de los médicos y las enfermeras fue excelente, pero el ambiente de aquellas urgencias “públicas”, una vez deciden dejarte ingresado en observación, podrían servir para rodar algún episodio de Callejeros… Agentes de policía custodiando a enfermos/detenidos, una enfermera procurando que un enfermo con síntomas de senilidad no se arrancase las vías a las bravas y, sobre todo, aquel búlgaro que colocaron a tu lado, más muerto que vivo, porque había intentado suicidarse a base de pastillas.

Aquella noche fue complicada y te despertaste en tres ocasiones. La primera, el búlgaro te miraba fijamente sin decir nada;  la segunda, una mujer mayor sollozaba a medio metro de ti y acariciaba al búlgaro como sólo lo hace una madre; y la tercera, dos enfermeras comentaban que el laxante suministrado al frustrado suicida había surtido efecto: “puf, está perdidito, habrá que cambiarle“.  Ahí te diste la vuelta, comenzaste a respirar por la boca y cruzaste los dedos para que a la mañana siguiente te diesen el alta…

Con esa mochila de recuerdos a la espalda y con la sospecha de que los recortes no pueden haber mejorado el panorama,  te incorporas como puedes y con los ojos vidriosos le dices a tu mujer: “vamos a la clínica privada”.

Llegas a la clínica privada, enseñas tu tarjeta de asegurado y te llevas la primera sorpresa: la sala de espera está hasta la bandera y las enfermeras comentan que el médico de guardia no da abasto. La enfermera actúa rápido y en cuestión de minutos tienes tu vía colocada, con tu suero y tu antibiótico que te caen como gloria bendita…   El médico aparece más tarde con cara de cansancio y maldiciendo su suerte. “Me equivocado de especialidad” te suelta irónicamente tras confirmarte que sobrevivirás a ésta. Tres horas más tarde, al darte el alta, comentará a la enfermera que tiene que irse rápido porque en una hora comienza otra guardia, curiosamente, en un hospital público.

El caso es que, en esta ocasión, no me he topado con aquel búlgaro que acabó en las urgencias de un hospital público de Madrid porque su mujer le había abandonado.  Aquí he visto (con más dificultad porque los boxes preservaban mejor la intimidad) a un hombre maduro al que no le llegaba el aire a los pulmones y a una anciana de la vieja escuela, de esas que se despiden de los muchachos de la ambulancia como si fuesen sus nietos porque le han traído a la clínica como a una reina. Diferentes momentos y diferentes escenarios, pero algo en común: en mayor o menor medida todos estábamos fastidiados, y lo único que nos importaba en ese momento era ponernos bien.

Yo me quedo con eso. Sobre todo teniendo en cuenta que este 1 de octubre entra en vigor el copago de medicamentos en los hospitales. Una nueva vuelta de tuerca, otra línea roja que se lleva por delante el tsunami de la crisis.

De momento, la polémica será menor de lo esperado porque ocho comunidades han decidido no aplicar esa medida que, según algunas fuentes, viene impuesta directamente por los famosos hombres de negro. Bruselas propone y el gobierno dispone. La idea es que enfermos de patologías graves o crónicas paguen el 10 por ciento de  54 fármacos que se salvaron de la primera oleada de copago.

Las cosas como son… en este país hay mucho hipocondríaco, especialmente entre los pensionistas, que hasta hace poco se pasaba el día en el médico o acaparando arsenales de medicamentos que luego no gastaba… El primer copago, aún haciendo la puñeta, ha tenido un efecto disuasorio que no ha venido nada mal para controlar el gasto innecesario y abusivo. El gobierno lo valora en unos dos mil millones de euros.

Ahora bien, cuando estamos hablando de cáncer de hígado, de riñón, de mama, tumores cerebrales, leucemias mieloides, hepatitis C crónicas, degeneraciones maculares, artritis… pedirle a uno que saque la cartera cuando ha pagado todos sus impuestos, cuando todavía hay donde recortar de lo superfluo, parece demasiado duro.

El argumento del ahorro y la disuasión, que nos pudieron convencer en la primera tanda de copago, no sirve para esto. Una persona que tiene una enfermedad grave o crónica no va a dejar de comprar el medicamento porque le apliquen el copago. Es verdad que ese copago hospitalario tendrá un tope de 4’20 euros por caja, pero con tanta gente hasta el cuello, con tanta gente que tiene dificultades hasta para pagar el transporte público, el hecho de obligarles a apoquinar para tratarse del cáncer puede ser sangrante.

La cosa está muy mal y el gobierno está en la obligación de recortar de muchos sitios, algunos tan dolorosos como imprescindibles, pero sigue habiendo límites que sería mejor no traspasar. Aunque sólo sea por estética y por higiene mental.

El Rey y el Príncipe, cuestión de miedos y confianzas

Pues sí, al Rey le van a operar otra vez. Ni siquiera cuando eres el Jefe de Estado, te traen a los mejores médicos y reservan para ti toda una planta de un hospital te libras de que algo salga mal.

El caso es que volvemos a estar metidos en esa polémica, cada vez más recurrente, de si Juan Carlos I debe abdicar a favor del Príncipe o aguantar al pie del cañón hasta el final de sus días.

Tremendo dilema del que, en los últimos tiempos, recuerden, no se libró ni el Vaticano.  La Iglesia nos mostró hace unos años la determinación de Juan Pablo II de ejercer el ministerio de Pedro hasta el último momento. Lo hizo alegando, entre otras cosas, que era una manera de dignificar a los ancianos en esta sociedad del usar y tirar, en la que a los viejecitos y los enfermos se les esconde en un rincón como si ya no fueran agradables a la vista. A muchos católicos y ciudadanos del mundo aquella reflexión del Papa polaco nos pareció tremendamente enriquecedora.  Sin embargo, luego llegó Benedicto XIV y, con argumentos igualmente sólidos y respetables, decidió renunciar en un gesto casi sin precedentes.  Esgrimió el Papa alemán que su avanzada edad le impedía ejercer su ministerio con la intensidad que requería y que, tras mucho pensarlo y consultarlo con Dios, había decidido hacer un ejercicio de honestidad.

¿Quién tenía la razón?  Pues posiblemente los dos a su manera, sobre todo, porque la Silla de Pedro es un cargo muy especial rodeado de una espiritualidad que no tiene ninguna jefatura de Estado al uso.  Pero, entonces… ¿qué pasa con el Rey de España? ¿Debe Juan Carlos apuntarse al estilo Wojtyla o al estilo Ratzinger?

El Rey no es ni polaco, ni alemán y tampoco es el líder de una comunidad de creyentes.  Lo suyo es ejercer como Jefe de Estado de una monarquía parlamentaria. Una monarquía curiosamente como Holanda, donde la Reina Beatriz no ha tenido ningún problema en decir algo así como “yo ya estoy mayor, me merezco descansar un poco y mi hijo, que se ha estado preparando desde que nació y que ya no es ningún chaval, se merece un poco de confianza”. Paradójicamente, los dos monarcas, el holandés joven y el español veterano, coincidieron la semana pasada en La Zarzuela.

Pues dicen desde la Casa del Rey que don Juan Carlos es de los que piensan ejercer hasta el último día. Los que defienden esta opción utilizan varios argumentos. El más convincente es que justo ahora, precisamente ahora, no es el mejor momento para que un país con una crisis económica, territorial e institucional como sufre España se meta en el jaleo de cambiar de Jefe de Estado. El otro argumento da por hecho que los sectores republicanos/antimonárquicos/separatistas aprovecharían el relevo para intentar desestabilizar el edificio constitucional para acabar desembocando en una idea: Felipe de Borbón todavía no está preparado para ese envite. O como dicen algunos: “Todavía no es su momento”. Pues eso es harto discutible. Más que nada porque cuesta creer que un señor que tiene 45 años, que se ha pasado la vida formándose para ser Rey, que colecciona idiomas y licenciaturas, y que, por saber, hasta pilota aviones de combate no esté preparado para ejercer el oficio.

En el fondo, tanto miedo al cambio sólo sirve para dañar la imagen de España como país y de la Monarquía como institución. Hace daño porque denota miedo y falta de confianza, cuando lo que se necesita ahora mismo es confianza. Confianza y compromiso con el futuro. En el fondo, uno de los factores que subyacen aquí tiene que ver con la manía de todas las generaciones de creerse indispensables. Y, precisamente, si hay una generación a la que le está costando horrores pasar el testigo, aunque sea de forma gradual, esa es la generación del Rey. Los que nacieron en la dictadura, protagonizaron la Transición y diseñaron la España del café para todos, que disfrutamos/padecemos hoy en día, no acaban de confiar en sus hijos.

“Vosotros no sabéis de dónde veníamos y lo que costó conseguir lo que tenemos”. Con esa frase lapidaria muchos padres han querido zanjar más de una discusión con sus hijos nacidos y criados en Democracia. La generación nacida en los 70 y comienzos de los 80, a lo tonto a lo tonto, se ha plantado en la edad adulta, tiene hijos y lleva años ocupando cargos de responsabilidad en el mundo laboral.  Esa generación, a diferencia de sus padres, no entiende que el sistema judicial de este país esté controlado de facto por el poder legislativo, que la Democracia en mayúsculas haya degenerado en una partitocracia donde destacan los enchufados y mediocres o que aquí nadie dimita por corrupto. No lo entiende porque ha nacido en democracia y no arrastra ningún complejo de la dictadura. Ha viajado al extranjero con y sin becas Erasmus, ha convivido, competido y ganado a sus colegas de otros países y de tonta no tiene un pelo porque ha recibido una formación académica como no ha habido otra.

El abismo generacional que empieza a percibirse ha vivido un episodio curioso con el reciente debate de las pensiones.  La generación del Baby Boom, instalada en una cierta autocomplacencia autista, permitió hace años que sus hijos cobraran menos que ellos. Pero no contenta con eso, pretendió que ese ejército condenado al mileurismo les pagase durante las próximas décadas sus pensiones de 2.000 euros. La reforma de la jubilación ha empezado a despertarles de su Arcadia feliz…

La cuestión es que hay conocidos monárquicos como Luis María Ansón (nada sospechoso de querer cargarse la Corona) que en los últimos tiempos han hablado de la necesidad de un cambio generacional; la necesidad de que los jóvenes hablen y participen de cualquier reforma constitucional que pueda vivir este país y de cualquier debate que pueda surgir en torno a la Monarquía.  Ambas, si realmente quieren tener futuro, deberán tenerlo de la mano de esa primera generación que ha parido la democracia.

La España de las Autonomías fue un gran logro y ha tenido más cosas buenas que malas. Pero nadie puede negar que le han salido grietas. Y esas grietas no las pueden tapar (por lo menos, no en solitario) los que sienten que el simple hecho de hablar de grietas supone cuestionar todo su esfuerzo vital por construir el edificio.

Posiblemente, el relevo entre el Rey y el Príncipe simbolizará el abrazo entre dos generaciones: la que inició algo grande y la que está llamada a completar la obra y llevarla a su plenitud.

Los que no tuvimos que sufrir la dictadura no debemos olvidar el 23F ni la lección que nos dio Wojtyla. No debemos caer en el error de denigrar a Juan Carlos I y tirarle a la basura simplemente porque tenga problemas de salud.  El sentido común dice que,  hasta que no se aclare el caso Noos y el problema catalán, lo mejor es que pase otra vez por el taller y aguante el tirón.  Pero si de momento no se produce su relevo, que sea, efectivamente, porque justo ahora no está el horno para bollos. Pero, por favor, que nadie diga que el Príncipe no está preparado.

Y si en este país no hay cambios para mejorar, que sea porque hay una generación que, habiendo tenido muchos aciertos, sigue sin querer reconocer sus errores. Pero, por favor, que no digan que no hay una generación de españoles ahí fuera preparada y dispuesta a tirar del carro y mejorar lo que tenemos.  En definitiva, tanto en Zarzuela como el conjunto de España, hace falta menos miedo y más confianza.

Carta a mi primo ex precario

Querido primo:

Ya me refirió madre con pelos y señales la visita que te hizo la tía la semana pasada allá por Alemania. Sintió la pobre mujer no haberte podido llevar más chorizo y jamón envasado, pero las maletas dan lo que dan de sí.   Por suerte, tu madre volvió más tranquila, tras comprobar que te apañas razonablemente bien en ese pueblo.   Por lo que me contaron, lo peor con diferencia, el frío y el idioma.  Es que una cosa es tener el B2 y otra, hacerte con el habla que usa la gente en el laboratorio, y ya no te digo en la calle…

Fíjate, aquí el personal anduvo toda la semana de cachondeo con la alcaldesa de Madrid precisamente por lo mal que se maneja la moza en inglés. Menudo castañazo nos dimos con eso de los Juegos… Dios quiso que, para paliar semejante amargura, los responsables de la televisión pública tuviesen la lucidez aquella noche de alegrarnos los corazones con la película «Desde que amanece, apetece», del gran Arturo Fernández. Ya sabes, primo, que aquí las penas con pechos y traseros son menos penas…

El caso es que a los pocos días salió un gañán diciendo que la ocurrencia de la relaxing cup fue suya y no de la alcaldesa…. Pero aquí, primo, ni el gañán devuelve la guita que se cobró por mal asesorar ni los que mandan aprenden idiomas…

De lo que también seguimos fritos, primillo mío, es de Historia… ¿Puedes creerte que un paleta tapó el otro día los agujeros del techo del Congreso?  Sí, los que hizo Tejero la noche aquella que al abuelo se le pusieron de corbata porque pensaba que volvíamos a la trinchera del 36. Ya se sabe que el español, agujero que ve, agujero que tapa… Pero, hombre, alguien debería haber advertido al obrero que aquello era parte de la Historia…  Que fuese joven el zagal, y le pillase la ESO en sus años de escolar, no es excusa…

Ahora, te digo una cosa…  para líos con la Historia los que nos traemos con Cataluña…   El otro día salió a la calle un montón de gente con camisetas amarillas para pedir la Independencia. ¡Qué no quieren ser españoles, primo!  Habrase visto…

Que haya gente que, porque tiene el catalán como idioma materno, considere que la única manera de preservar su lengua en plena globalización es autodeterminarse como hicieron los africanos en el siglo XX es cuestionable, aunque respetable…  Para ideas y gustos, los colores…

Lo que me da más pena es toda esa gente, que sin haber sido independentistas hasta ahora, andan por ahí haciendo cadenas y mosaicos a lo Corea del Norte porque les han prometido que con la independencia van a tener pensiones como las de Luxemburgo y una tasa de empleo como la de Suiza… A esos, primo, me parece que les están dando gato por liebre…  El mismo gato que les dieron con la compra de Spanair o los cercanías de RENFE…  Claro que si no son capaces de ver que lo que les quitan en educación y sanidad se lo gastan en helicópteros y dispositivos propagandísticos, a lo mejor, primo, es que, efectivamente, se merecen la independencia…

Sea como sea, a mí eso de las banderas, del frenesí por darse las manos y levantar una cartulina al unísono, el placer de renunciar a tu condición de individuo para convertirte en masa nunca me ha gustado…    Me recuerda a la Plaza de Oriente y a los ultras que entraron el otro día en la sede de la Generalitat en Madrid a agredir a los presentes…  Cómo se reían, primo….  Con esa sonrisa de la arrogancia ignorante… Y es que la masa puede ser muy cafre.

¡Que se lo digan al pobre Isaac Peral!  Esta semana se han cumplido 125 años del día en el que ese buen hombre intentó explicar a sus compatriotas que había inventado el submarino torpedero.  Ni puñetero caso le hicieron, primo…  El día de la presentación algunos miembros de la Armada y los paisanos congregados en la Bahía de Cádiz se descojonaron en su cara (siempre esa sonrisa de la arrogancia ignorante) e hicieron apuestas sobre lo que tardaría en hundirse aquel cacharro. Peral murió joven e ignorado en Berlín, y su país desaprovechó la ocasión de contar con un avance tecnológico con el que hubiese podido fortalecer su posición en el mundo.

No se le hizo ni caso… Ni entonces, ni ahora. Aquí casi nadie se ha acordado de conmemorar aquel acontecimiento y la semana ha transcurrido bajo el tedio de la ignorancia y el embrutecimiento…    De lo poco que se salva, primo, me gustaría referirte el avance científico del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas.  Un grupo de investigadores españoles ha conseguido rejuvenecer células adultas de un organismo vivo hacia un estado embrionario.  Dicen que eso podría ayudar en el futuro a regenerar tejidos y combatir determinadas enfermedades.

Pues eso lo ha hecho un grupo de valientes, de los que siguen aquí dando el callo, a pesar de los recortes, a pesar de no llevar vida con los contratos que se acaban cada tres años, a pesar de los fines de semana en el laboratorio para que no se fastidie el experimento, a pesar de la falta de reconocimiento…

Otros comenzáis a sentir ese reconocimiento social y laboral, habéis dejado de ser un becario treintañero, pero a costa de haberos marchado al extranjero.  Y eso es muy fastiao’, primo, porque esta tierra nuestra es muy cabrona, pero se hace querer… Así que para combatir la morriña te he escrito estas líneas para que no pierdas ripio de lo que sucede en este país que también es el tuyo. En fin, primo, que te quiero mucho y que vuelvas pronto a España. O no…

MADRID 2020: ¿Por qué, por qué, por qué?

-Doctor, ¿es grave?
-Hombre, el golpe ha sido duro y, sobre todo, le pilló en una muy mala postura porque no lo vio venir ni por asomo…
-Pero, ¿sobrevivirá?
-Sí, yo creo que sí. Pero va a necesitar reposo y cambiar algunas cosas en su vida…

Madrid y buena parte de España se levantan este domingo con el resacón de Buenos Aires… Durante unas horas has conseguido dormir y te has olvidado de todo, pero al abrir el ojo en seguida te vienen a la cabeza los fogonazos de uno de los palos sentimentales más grandes que se ha llevado este país en los últimos tiempos. El apagón que no dejó ver una parte de la presentación de la candidatura española, las dichosas preguntas sobre el dopaje, el anuncio del empate con Estambul y, lo peor de todo, la confirmación de que a los señores del COI, entre Madrid y una ciudad con tensiones sociales en las calles y con la mayoría de las infraestructuras por hacer…. ¡se quedan con lo segundo!

Palazo monumental, bajonazo en la Puerta de Alcalá y las redes sociales echando humo sobre “la manía que nos tienen a los españoles porque somos los mejores”, lo corrupto que es el Comité Olímpico Internacional, las tres cabezas y los cincos ojos que le van a salir a los que vayan a Tokio por culpa de la radiactividad (“¡que se jodan!», clamaban algunos), llamamientos para boicotear todos los kebabs que haya en España (“¡les va a hacer negocio su p— madre!”, apostillaban otros)…

Yo no sé ustedes qué pensarán, pero a mí me encanta ser español. Me encanta por muchas cosas, pero una de ellas es por lo entrañables que somos. Entrañables en lo bueno, cuando nos dejamos el corazón en una buena causa y demostramos la solidaridad y el coraje que llevamos dentro. Y entrañables en lo malo, cuando rozamos lo cómico en cuanto sale rana algún asunto con lo que nos habíamos ilusionado en exceso.

Los que vivimos entre Francia y Portugal no tenemos ni más virtudes ni más defectos que otros pueblos, pero sí es verdad que somos especialistas en pasar de un lado a otro de la balanza con una velocidad que despeinaría al mismísimo Felix Baumgartner, el que saltó de la estratosfera.

Veamos: ¿de dónde salió eso de que éramos favoritos? Cualquiera que echase un vistazo a la prensa internacional hubiese visto que en países como Estados Unidos (donde no dan puntada sin hilo) siempre situaban a España como la tercera opción. Sin embargo, aquí hemos alimentado la teoría de que lo teníamos caso hecho. Tanto caló esa teoría que esta vez no nos hemos dejado nada en el tintero y nuestra delegación en Buenos Aires ha sido la más numerosa de todas las ocasiones en las que hemos optado a los Juegos. Nadie, ni en la esfera política, diplomática o deportiva, se olió el castañazo que nos íbamos a dar… Incluido el Príncipe, que, por otro lado, hizo un gran alegato. Junto a Pau Gasol, lo mejorcito que tenemos cuando vamos a este tipo de saraos.

Dicho esto, al margen de lo realistas o soñadores que podamos ser, queda por saber qué ha pasado sobre el terreno en Buenos Aires y, sobre todo, en estos meses de verano. Porque fue en junio, tras la última ronda, cuando a la candidatura de Madrid le hicieron creer que tenía serias opciones. Pues aquí parece que hemos vuelto a pecar de pardillos. La asamblea del COI que decide la sede de los Juegos Olímpicos es lo más parecido a la cueva de Alí Babá…. Les gusta vivir bien, viajar en business y siempre están dispuestos a “escuchar” las “observaciones” de la “diplomacia”…. Y en esto de la diplomacia hay países que nos dan pal’ pelo siempre que quieren… Nos pasó con los británicos cuando se llevaron el gato a Londres y, dicen las malas lenguas, que nos puede haber pasado ahora con los franceses.  ¿Los franceses? Pero si nos prometieron el voto… Pues ahí está el problema: en esto del COI, una cosa son promesas y otra, votos. París quiere las olimpiadas de 2024 y, para conseguirlas, necesitaba que las del año 20 no fuesen en Europa. ¿Habrá movido ficha Francia bajo cuerda para que no se votase a Madrid? Piensa mal y acertarás…

Sin embargo, seguramente todo esto no se explica con lo cabroncetes que son casi siempre los franceses con nosotros. Seguramente el principal lastre que hemos tenido, por encima de la polémica del dopaje (los turcos están peor que nosotros en esa cuestión y nos ganaron en el desempate), sigue siendo nuestra crisis económica.

Por mucho que los datos macro estén mejorando y que estemos haciendo un gran esfuerzo en la búsqueda de brotes verdes, lo cierto es que fuera nos continúan viendo, básica y fundamentalmente, como un país arruinado. Te pongas como te pongas, es metafísicamente imposible convencer a un alemán o a un estadounidense de que lo que necesita un país con seis millones de parados y que ha tenido que pedir 60.000 millones para apuntalar sus bancos es echarse entre pecho y espalda la organización del mayor fiestón internacional que se puede organizar en el mundo.

Encima, para acabarlo de rematar, no hemos estado finos en el mensaje final. “Madrid makes sense” es un lema estupendo. Pero eso de “Madrid necesita los juegos” sobra…. Sobra porque el COI quiere un mensaje como el que dimos en Barcelona: “tenemos pasta y nos la vamos a fundir a la salud de ustedes; luego ya la depresión del 93 será cosa nuestra”… Aquí el mensaje ha sido el contrario: “Madrid está mal y necesitamos los Juegos desesperadamente para salir a flote”. Nos han olido la desesperación y eso no ha ayudado.

Tampoco hay que olvidar que ya no tenemos a Juan Antonio Samaranch. Su figura fue clave para conseguir los Juegos de Barcelona, mientras que ahora no tenemos a ningún padrino dentro del COI. Llama la atención que, en un país como España donde demasiada gente vive del arte del peloteo y el enchufismo, pretendamos llamar a la ventanilla del COI sin padrino y con la esperanza de que nos darán las Olimpiadas porque, a nuestro juicio, somos los mejores. En eso también pareciera que somos sorprendentemente pardillos.

A todo esto, para la próxima vez (si hay próxima vez) tampoco estaría mal que a los amigos de la propaganda no se les vaya la mano con las encuestas. Un 75 por ciento de apoyo popular está más que bien y es realista en un país que ama el deporte. Un 91 por ciento es pasarse tres pueblos, porque sólo con los que no querían Juegos mientras en España no haya dinero para otras cosas más importantes (postura ésta respetable donde las haya) y los simpáticos nacionalistas, que esta mañana se han levantado contentos porque los madrileños están tristes, ya suman más del 9 por ciento de la población.

El caso es que yo lo siento. Lo siento por todo lo que esto tiene de desilusión colectiva en una nación que no anda sobrada de alegrías. Lo siento por nuestros deportistas que seguirán luchando sin que les lleguen las becas. Y lo siento por los niños; por los críos que no sentirán la magia que yo sentí con 12 años cuando Rebollo encendió con su flecha el pebetero de Montjuïc.

Entonces, un servidor de ustedes era un crío barcelonés. Ahora soy un adulto que vive en Madrid y estoy convencido de que, a pesar de nuestros problemas y defectos, el día que nos pongamos a organizar los Juegos, volverán a ser los mejores de la historia. Lo haremos porque entre lo entrañable y lo cómico albergamos algo de genialidad que nos hace dar la talla cuando es necesario. Entre tanto, ellos se lo pierden y nosotros nos lo ahorramos…

Una leve sonrisa en un día de radio

Esta semana volvió a suceder. Se volvió a encender el piloto rojo. La sintonía del programa comenzó a sonar y, de repente, nos pusimos en marcha. El ritual de siempre, pero con esa sensación de novedad que impregna el estudio. La sensación de que justo en ese preciso instante está naciendo un nuevo curso radiofónico.

Esa otra familia que tenemos los que trabajamos en La Mañana de COPE, la familia de la noche, con la que debates qué es noticia y qué no, qué tema se destaca, qué breve se redacta, la familia con la que compartes un café de máquina a las tres de la madrugada, mientras te pones al día de las penas y alegrías de cada uno, vuelve a estar ahí.

A los oyentes no les puedes ver, pero también notas su presencia. Es imposible pergeñar un programa o una simple sección sin pensar en ellos. Sin pensar en ese paisano o paisana que decidirá sintonizar el programa en las horas que están por llegar. ¿Qué le lleva a compartir un momento de su día con nosotros? ¿Cuánto tiempo está al otro lado? ¿Qué le gustará más? ¿Qué le gustará menos? Las redes sociales nos dan muchas pistas para contestar esas preguntas, pero lo cierto es que esto de la radio sigue siendo un misterio insondable con una pizca de magia.

No me hagan mucho caso pero uno siempre ha tenido la sospecha de que, más allá de los grandes temas, más allá de Bárcenas, de Siria, de los dimes y diretes de nuestros políticos, el paisano o la paisana se queda con los pequeños detalles y las historias del día a día. Historias como que la gente lee en España más de lo que muchos se piensan. Otra cosa es que anden flojos de memoria, porque el personal sigue dejándose olvidados miles de libros cada año en los hoteles de nuestro país. Y resulta que el libro más olvidado es el best seller de E. L. James Cincuenta Sombras de Grey. Un libro erótico/picarón que está haciendo furor, sobre todo, entre las mujeres. La que se lo deja olvidado, normalmente, no suele volver preguntando por él…

Nunca sabremos, por cierto, si el gran Salvador Dalí hubiese disfrutado leyendo Cincuenta Sombras de Grey. Desde luego mente calenturienta no le faltaba. Ni eso, ni confianza en su propio talento. El genio de Cadaqués se dio pisto en vida cuando pronosticó aquello de “seré un genio y el mundo me admirará”, y la verdad es que no andaba muy desencaminado. 730.000 personas han pasado por el Museo Reina Sofía de Madrid durante los últimos cuatro meses para ver la exposición retrospectiva de su obra. Eso vienen a ser unas 7.000 personas cada día. Miles de españolitos haciendo cola, no para ver a Justin Bieber o a los famosillos nacidos del último reality de turno, sino para disfrutar de la pintura surrealista. La cultura sobrevive como puede en España, a pesar de la subida del IVA, a pesar de la ESO y a pesar de esta sociedad tan canalla que sigue empeñada en dividir y etiquetar a su gente en función de ideologías y proselitismos.

Curiosamente, al mismo tiempo que el Reina Sofía apuraba sus últimas horas con Dalí, el Bernabéu reunía a 30.000 forofos para dar la bienvenida a Gareth Bale. Lo hemos intentado durante el Tema del Día, pero esta mañana no ha habido forma humana de que Buruaga, Lama, Alcalá, del Val y compañía se pusiesen de acuerdo sobre si es ético o rentable pagar 100 millones de euros por un futbolista.

Probablemente, si un club tiene la guita, está en paz con Hacienda y se las apaña para rentabilizar la inversión, esté en su derecho de gastárselo. Otra cosa es que a los humanos que vivimos a la caza del cupón descuento para ir al supermercado nos choque que un chaval que da patadas a un balón anime a nadie a desembolsar lo que serviría para financiar 33 kilómetros de AVE o 1.600 comedores sociales. Hay comparaciones que duelen…

Por lo menos nos queda el consuelo de que a lo largo de agosto 31 personas han encontrado trabajo. Sí, 31. La cifra puede parecer ridícula, pero es la primera vez desde 2000 que no se destruye empleo a finales de verano. Agosto se venía cobrando en los últimos años una media de 50.000 despidos. Si uno piensa en esas 50.000 personas que han esquivado la guadaña, sumado a las 31 que han visto el cielo abierto tras muchos lunes al sol… multiplicado por la alegría exponencial de sus 31 familias…. en la calculadora de las noticias te sale como resultado un leve sonrisa de esperanza.

Acaba de empezar un nuevo curso radiofónico. Ojalá podamos contar en las noches y mañanas venideras historias de esas que, por pequeñas o cotidianas que sean, invitan a sonreír.

Llega septiembre, continúa la pelea

El local es pequeño y tiene dos entradas paralelas.  La menos transitada lleva al mostrador de la mercería, donde la dependienta acude sólo cuando llega algún cliente. Lo hace directa al grano, sin entretenerse demasiado. Y es que para atender ese mostrador se ve obligada a dejar desamparada la otra cola, la de la puerta de la derecha, destinada a la venta de lotería.

Muchos que pasean por Islantilla se paran a observar con asombro la enorme fila que se forma en la mercería Piscis para comprar lotería. Unas cuantas decenas de personas guardan la vez, a veces bajo un sol de justicia, para tentar a la suerte.  Una señora se lo toma a guasa cuando comenta que hace cola “para ver si podemos quedarnos aquí todo el año y no tener que volver a trabajar”.

Precisamente en eso están la mayoría de los veraneantes: en recoger vela y volver a sus ciudades, donde les esperan el pico y la pala de lo cotidiano. Ya se va notando que la gente se marcha. El verano termina y los primeros que lo lamentan son los que viven de dar un gran pellizco a los meses de calor para pasar el invierno con lo ahorrado.

Si no, que se lo digan a los vendedores ambulantes, los mismos que se sacan unas perras gritando por la arena con peculiar desparpajo “vamos con er coca-cola lai, vamos con er coca-cola sero”. Cada vez tienen más momentos de descanso forzado porque el cielo nublado les deja progresivamente sin potenciales clientes. Hoy han comenzado el día sentados junto a sus carretillas, con aire taciturno.

Unos metros más allá, en primera línea de playa, los chiringuitos tuercen el morro cuando cuentan que este año han vendido un 40 por ciento menos que el año pasado:  “Mucha nevera y mucha tortilla de patatas cocinada en casa para pisar el chiringuito lo menos posible”.

Ya en una de las urbanizaciones de la zona, un responsable de mantenimiento cuenta que se ha cruzado con varias familias que se marchan maleta en mano después de haber pasado allí, por lo general, no más de una semana: “¡No me han dado ni los buenos días del cabreo que llevaban!”, suelta el hombre con ironía burlona.

Como buen lepero, marca las zetas cuando explica que este año ha visto en la urbanización muchas caras extrañas: familias forasteras que han alquilado los apartamentos a los dueños. Propietarios que este año han preferido renunciar al chalé a cambio de sacar un dinero extra que tape o, al menos, alivie agujeros.

La costa de Huelva es un microcosmos trasladable a otros muchos puntos de España. Septiembre se nos ha echado encima y supondrá el aldabonazo que marca el comienzo de una nueva pelea. La pelea del que vuelve a ese empleo con sueldo recortado; la pelea del que barrunta que cualquier día un ERE le roba el sustento; la pelea del que busca y busca sin acabar de encontrar; la pelea interior del que no sabe si seguir investigando en precario o marcharse al extranjero…

Muchas peleas individuales, mientras nos cuentan que los indicadores macroeconómicos marchan mejor de lo que cabría pensar. Llevamos cinco meses consecutivos sin destrucción de empleo, las exportaciones han batido récord en el primer semestre y hemos reducido el déficit de la balanza comercial un 69 por ciento respecto a 2012.

Lo cierto es que todo es cuestión de ver la botella medio llena o medio vacía.  Sólo un necio podría negar que algo está mejorando a base de mucho esfuerzo, pero sólo un ignorante podría obviar que esos datos esconden algo de trampa. La trampa de la estacionalidad o la falta de consumo interno.

Y es que España continúa estando como la mayoría de los españoles: en la pelea.  Comienza septiembre y, tras esta pequeña tregua estival, sólo nos queda apretar los dientes y dar lo mejor de cada uno de nosotros para sacar esto adelante. Dicen que el trabajo y la tenacidad suelen tener recompensa.  Según los expertos menos tendenciosos, los que ni desean masacrar al gobierno ni tampoco elevarlo a los altares, todavía nos quedan, por lo menos, dos años malos. Dos años hasta que el bolsillo del grueso de la gente lo note. Dos años hasta que volvamos a tener un verano sin tantos síntomas de que el personal anda pelado.

Hasta que llegue ese momento, sólo queda luchar, cultivar la paciencia, redefinir nuestras prioridades y, por si acaso, ¡quién sabe!, tentar a la suerte… por si nos toca la lotería.