Sólo nos quieren para el Orgasmus

Le gustaba el surf y se desilusionó un poco cuando le contaron que las olas de Barcelona eran como un pedo de vieja. De tiburones blancos, ni hablamos. Si acaso, alguna tintorera que, con un poco de suerte, te pueda agarrar un dedo del pie. Al estudiante de intercambio australiano que conocí/sufrí durante mis años universitarios se le notaba la cachaza en la cara. Hay guiris que miran el mundo como las vacas al tren, pero sólo porque no se enteran de lo que dice el personal en un idioma que no controlan. La cara de éste, en cambio, reflejaba que lo que pasara en las aulas le resbalaba. Se pasaba el día preguntando por los locales de moda o por la comida típica del lugar. Un día le gastamos una broma y le dijimos que le habían suspendido uno de esos trabajos colectivos en los que parasitaba el esfuerzo de sus compañeros. “Already?”, fue su respuesta lacónica, como el que da por hecho que va a catear y sólo se sorprende de la premura con la que los profesores han cumplido el trámite.

Mi querido aussie ha regresado a mi memoria al conocer los resultados de la “Comparación internacional del sistema universitario español”. Resulta que España es el país europeo que más solicitudes recibe para acoger estudiantes de Erasmus, pero el que menos extranjeros licencia. Es decir, los extranjeros parecen tener una idea muy clara: la universidad española está muy bien para entretenerme un añito, pero no para expedir el documento que me debe ayudar a ganarme la vida. Consecuencia: España sólo tiene un 2’8% de alumnos extranjeros en sus universidades. Hasta Grecia llega al 5, y el Reino Unido tiene más del 17%.

universidadEsto es demoledor, porque implica que no nos ven como una sociedad prestigiosa en el ámbito del conocimiento. Les caemos genial; les encanta nuestro clima, nuestra comida, nuestras mujeres y hombres para tener un amor de verano… pero no nos ven competitivos. Así las cosas, los vagos y los fiesteros vienen y van para dar color a Salamanca y Granada. Pero los que merecen la pena, los líderes del futuro, van a licenciarse a otro lado. Dicen los expertos que es una pena porque la vinculación emocional con el país en el que has estudiado es evidente. Un tipo importante, en una empresa o un gobierno importante, siempre mirará con complicidad la nación donde se formó. A nosotros de ese tipo de simpatía productiva nos cae poco.

Ahora bien, aquí viene la pregunta: ¿Qué nos vean así los estudiantes extranjeros es injusto o se ajusta a la realidad? Lo cierto es que los guiris nos tienen bastante calados. Critican la burocratización de nuestro sistema educativo, la falta de becas y las pocas licenciaturas en inglés. Salen mucho de fiesta, pero parece que el tiempo les alcanza para fijarse en las momias que ocupan nuestros decanatos y rectorías. Personajes más ocupados en hacer de la universidad un coto cerrado, donde blindar su sueldo y su manera de organizarse, aunque apenas dediquen tiempo a investigar en su materia y aunque la realidad del mercado laboral esté a años luz de lo que ellos ofrecen, que en construir una universidad de calidad. Tipos siniestros que imitan al Guadiana: aparecen en primero de carrera con una asignatura y desaparecen hasta dos o tres años más tarde para impartir una asignatura con nombre diferente, pero sospechosamente parecida a la que ya impartieron… Maestros del proselitismo, que se olvidan del programa, si es que existe, para impartir doctrina o secuestrar a los alumnos durante más de una hora en su particular diván…

La universidad española podría propulsarse en el valor del idioma castellano, hablado por más de 400 millones de personas en el mundo. Sin embargo, hay poquísima voluntad de promocionar nuestra universidad en el extranjero. Renunciamos a importar talento. Hay zonas del país en las que directamente casi se agradece que no venga nadie exigiendo que se dé la clase en castellano o en inglés, no vaya a ser que eso reste horas de clase en nuestro idioma autonómico. Y, en general, estamos más ocupados en mirarnos de puertas hacia dentro. En las últimas décadas, la casta universitaria, con la complicidad de los políticos, ha dedicado sus esfuerzos a blindar su propia autonomía de cualquier intento reformador y a colocar un campus en prácticamente cada capital de provincia. El resultado está a la vista de todos: uno se puede licenciar en Historia o Filología del Arameo al lado de casa, sin dejar el nido de los papis, a cambio de darse de bruces con el paro.

Como hay mucha demagogia, a los que piden menos campus pero de más calidad, se les acusa de elitistas. “Obligar a estudiar lejos de casa beneficia a los que tienen más recursos”, aseguran. Eso no debería ser así, si todo el dineral invertido en campus de baja calidad se destinase a becas realmente potentes para los mejores estudiantes. Subrayo lo de “mejores” porque muchos se ponen muy nerviosos cuando los expertos piden reservar las becas a los que saquen buenas notas. Las becas deben ser para todos al comienzo de los estudios, para garantizar la igualdad en el acceso a la formación, pero luego cada cual debería ganarse su mantenimiento a base de esfuerzo y talento. No tiene sentido dar becas (dinero público que alguien paga con su esfuerzo y que deja de invertirse en otra cosa positiva para la sociedad) a alguien que se pasa el día en la cafetería de la facultad o que sencillamente no vale para estudiar. Y es que, esa es otra, parece un deshonor no ir a la universidad, como si los que fueran a Formación Profesional fuesen unos parias. Eso sí que es elitista y alejado de la realidad. Sólo hay que ver el prestigio que tiene esa rama formativa en Alemania o Escandinavia.

Algunos repiten como mantra que la “titulitis” universitaria por lo menos tiene la ventaja de haber elevado el nivel cultural de los españoles. En realidad, el nivel cultural de una sociedad se juega en el sistema secundario. Un sistema público y de calidad. Ahí es donde hay que impartir filosofía a todos los alumnos, en lugar de garantizar que el ciclo superior vomite a centenares de licenciados en Filosofía cada año. Gastando menos en universidades de pacotilla, racionalizando el reparto de becas y a poco que aumentemos el penoso 0’11% del PIB que dedicamos a educación, nuestra universidad sería mejor. Y, posiblemente, quienes más lo notarían para bien serían los hijos de las familias menos pudientes, con talento y capacidad de esfuerzo. Hasta que no cambiemos nuestra mentalidad en el ámbito educativo no nos irá bien. Y los guiris, que son guiris pero no tontos, lo tendrán claro: España para la fiesta, pero no para lo serio.

El peligro acecha en la cocina

Al animalico se le ven hasta los pelos del bigote. Algo que, bien pensado, tiene su mérito porque se supone que la carne de las hamburguesas pasa por unas potentes trituradoras que se lo ponen francamente difícil a los huesos y tendones. El caso es que una de las últimas noticias virales nos sitúa en México, donde han tenido que cerrar un McDonalds, después de que un cliente denunciara, con foto incluida, que en su hamburguesa iba de regalo una cabeza de rata. Así, tal cual.

rata_mcdonals_mexicoLa noticia, además de mucho asco, da que pensar. La primera reflexión tiene que ver con el poder de las redes sociales. Hoy en día, cualquier ciudadano tiene en su bolsillo una herramienta capaz de ensalzar o, sobre toto, hundir cualquier negocio. Una foto, un comentario de denuncia… y la conexión a Internet se encarga del resto. Eso tiene su parte buena y su parte mala ¿Y si al personaje en cuestión le dio por poner la cabeza del roedor en el plato? ¿Cómo se puede demostrar que no fue un intento de extorsión, como denuncia la cadena de comida rápida? El impacto de estas noticias es brutal, ya sea justa o injustamente.

La segunda reflexión tiene que ver con los comentarios que ha generado semejante historia ya en la misma redacción. Uno sabe que una historia es buena cuando los propios periodistas se ponen a debatir entre ellos acaloradamente antes incluso de llevar el asunto a antena. Posteriormente, la rata del McDonalds ha dado para una hora simpática en los Fosforos de Herrera en Cope (http://goo.gl/ALKfCO), donde algunos compañeros y oyentes se han enzarzado en una madeja de recuerdos asquerosos y vivencias traumáticas relacionadas con la comida. El ratoncito naranja en la bolsa de gusanitos igualmente naranja rivaliza con la cucaracha en el yogur natural.

El caso es que tanto entusiasmo por recordar y compartir experiencias asquerosas confirma otra teoría: a la audiencia lo que le gustan son las guarrerías. Pero las guarrerías de cualquier tipo. Te puedes rebanar los sesos para desarrollar los temas más trascendentes de la política y la economía, que al final lo que estará en lo alto de lo más visto de los digitales son las guarrerías del comer, del gozar o, en su defecto, las situaciones que ridiculizan al prójimo. En lo que escribo estas líneas veo cosas como “soy puta porque me encanta”, “Lluis Llach se equivoca a la hora de votar” o “No es porno, es la realidad”.

Con esas mentes calenturientas por el mundo, a uno lo que le pide el cuerpo es prudencia. Mi estancia en Dublín, trabajando como camarero en el típico lugar repleto de jóvenes sin vocación en el sector hostelero, con la única intención de aprender inglés y pasar la jornada laboral lo más rápido posible tras la resaca de la fiesta de la noche anterior, me enseñó que la guarrería acecha permanentemente. Es tan fácil que un camarero cabrón sople lo que se le ha caído al suelo y lo vuelva a colocar en el plato o que camufle convenientemente un salivazo en una hamburguesa, que lo mejor es no quejarse demasiado. Los hay que optan por la escuela siciliana: ponerse como un basilisco para que los camareros y cocineros sientan para el resto de su vida que te deben la vida. Sin embargo, algunos siempre optaremos por la opción asiática: sufrir en silencio el asco y cobrarnos venganza con no volver jamás. Por si acaso.

El futuro que nos espera

Me lo comentó un profesor de una de las escuelas de negocios más prestigiosas de España y Europa. Uno de esos tipos que han llegado a asesorar al mismísimo presidente del gobierno de turno. Pero como es muy de moverse en bici por la ciudad (los tipos que vamos en bici a trabajar no somos de fiar), estábamos de copas y acabó derramando sobre mi camisa un vaso de agua, mientras hacía aspavientos para quejarse de que en pocos minutos debía ponerse una corbata para ir a dar clase, un poquito cocido, a niños de papá obsesionados con ganar dinero, no le tomé muy en serio.

Entre copas, cervezas y cafés me aseguró que en el futuro se acabarán los atascos y los problemas para aparcar. “Claro, porque los coches volarán”, le dijo yo, que tampoco iba muy fino. “Nooooo”, contestó golpeando suavemente su vaso de chupito contra la mesa, con el gesto de satisfacción de quien ha conseguido llevar la conversación donde quería: “Se acabaron los problemas de aparcar porque nadie tendrá coche”. Según mi ilustre interlocutor lo que están haciendo empresas como Google, Apple o Tesla va muy en serio. El futuro del coche pasa por el vehículo autónomo que conduce solo. Todo son ventajas. No hay accidentes porque ellos mismos calculan la distancia con el resto del tráfico, no pierden el tiempo porque nadie se queda empanado en los primeros segundos del semáforo en verde, no contaminan porque son eléctricos y no hay que aparcarlos.

“¿No hay que aparcarlos?”, repliqué yo escéptico. “Una cosa es que no haya que conducirlos, y otra que se evaporen al llegar a casa”, añadí. Pues según el profesor ciclista los coches dormirán en grandes cocheras a las afuera de la ciudad y no serán de nuestra propiedad. Serán más bien como los taxis que acuden a nuestro punto de recogida y nos llevan a nuestro destino para luego irse con la música a otra parte. En esas cocheras, cuando estén estacionados, aprovecharán para cargar sus baterías. La idea me pareció plausible hasta que pensé en toda la industria del automóvil y, sobre todo, en toda la industria de la publicidad. Hay demasiada gente viviendo de vender coches a través de los sentimientos y las pasiones, potenciando la irracionalidad, el placer que provoca llevar un BMW, como para que ahora todos aceptemos llevar un huevo impersonal, igual a todos los demás. Uno de los éxitos de la industria automovilística ha sido inculcarnos que el coche es una extensión de nuestro espacio privado, una prolongación de nuestra casa.

Aquella charla quedó en el baúl de los recuerdos hasta que me he topado con una entrevista a Ryan chin, director del ‘City Science Initiative’ del MIT, en la que dice, un poco más sobrio pero igual de convencido, lo mismo que el prestigioso profesor con el que tuve la suerte de tomarme unas copas de manera distendida. Si las mentes brillantes comienza a dibujar ese escenario, puede que sea verdad que estemos a la puertas de una nueva era en la que nos volvamos mucho más racionales y dejemos de gastarnos 27.000 en una cosa que, se devalúa a la velocidad de la luz, que muchos sólo usan los fines de semana y que cuesta una ruina en mantenimiento, seguros, permisos y combustible.

Entre tanto, los europeos deberemos asistir abochornados a nuestra mediocridad. Cuando los asiáticos y norteamericanos comenzaron a experimentar con los motores limpios del futuro, nosotros decimos apostar por lo fácil: intentar que el diésel, el motor más sucio y ruidoso, contamine un poquito menos. Como eso cuesta mucho esfuerzo en tiempo, ingenio y dinero, Volkswagen decidió hacer trampas. La mediocridad lleva a la miseria. Esa es otra de las cosas que me dijo el profesor aquella tarde de copas: “los europeos estamos listos de papeles, nos hemos acostumbrado a no ser la vanguardia del mundo; los chinos nos van a comer por los pies”. ¿Acabaré dándole la razón? Yo, por si acaso, si vuelvo a coincidir con él en una sobremesa, le escucharé con igual o mayor atención.

Un futuro de abuelos tatuados y solitarios

Va a ser verdad que comer pescado y arroz es bueno para la salud. Por primera vez en la historia, los ancianos japoneses de más de 80 años han superado la cifra de 10 millones de personas. Para que te hagas una idea, hay más japoneses octogenarios que gente de todas las edades viviendo en Andalucía, Cataluña o Madrid. Vale que los japos son siempre un caso extremo para todo, pero, en esta ocasión, nos están anunciando fielmente lo que se nos viene encima en las sociedades avanzadas.

Drauzio_Varella_fraseMientras nos enredamos con independizar pequeñas regiones para replicar en nuevos estados las mismas estructuras que no nos gustan de los actuales, mientras debatimos si cerrar o no las puertas a los refugiados que necesitan nuestra ayuda en un momento puntual, nos estamos olvidando de lo que realmente nos hará perder nuestro nivel de vida. Lo que de verdad nos va a hacer pupa a la vuelta de la esquina. Una sociedad de ancianos, a mantener por una minoría de jóvenes, es inviable. Los jóvenes quedarán asfixiados por los impuestos destinados a mantener las pensiones y servicios sociales requeridos por sus compatriotas de mayor edad. Y los ancianos, que obligarán a los jóvenes a seguir pagando a través de la fuerza tan demográfica como democrática de sus votos, comprobarán irremediablemente que esos impuestos nunca serán suficientes para cubrir de forma digna sus crecientes necesidades. Si ya no entendemos esto, que es la pura cuenta de la vieja, si no dedicamos tiempo en el Congreso de los Diputados o los medios de comunicación al fomento de la natalidad, difícilmente nos vamos a poner exquisitos para entender que la calidad de vida de los ancianos del futuro será igualmente un tema capital dentro de muy poco.

Sin ir más lejos, hoy es el día internacional contra el Alzheimer, una de esas pintiparadas ocasiones para que los periodistas nos pongamos estupendos. Hablamos, entrevistamos, ¿profundizamos? sobre una cuestión con la que nos podemos dramáticos para, al día siguiente, olvidarnos de ella. Parece una paradoja o un juego de palabras, pero es la realidad: nos olvidamos del Alzheimer. Cualquiera que tenga a una persona mayor a su cargo o en su entorno familiar sabe que los abuelos se vuelven inseguros y suelen refugiarse en la rutina para pasar el día. Pues, precisamente, los investigadores aseguran que una de las claves para mantener sana una mente y retrasar enfermedades neurodegenerativas consiste en fomentar una mente activa y cultivar una filosofía vital que nos lleve a salir continuamente de nuestra zona de confort. ¿Estamos trabajando lo suficiente en esa línea?

Desgraciadamente, por mucho que la gente haga más deporte que antes o esté más concienciada con la alimentación, seguimos sin estar mentalizados de cara a la sociedad que nos espera. Pero lo peor es que ni siquiera nos molestamos en invertir lo suficiente para paliar las enfermedades que, aunque sólo sea por el número de personas al que afectará, van a convertirse en cuestión de Estado. Nos espera un futuro nunca visto de abuelos tatuados, divorciados, criados plenamente en una sociedad consumista, donde la frustración aparejada a la senectud y la soledad será un problema de primer orden. El que mejor lo expresó fue el oncólogo brasileño y premio Nobel de Medicina Drauzio Varella: “En el mundo actual se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres que en la cura del Alzheimer. De aquí a algunos años, tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para que sirven”.

Sólo la mente privilegiada de un premio Nobel podría expresar algo tan serio de una forma tan llana. Desgraciadamente, tampoco somos de prestar demasiada atención a lo que dicen los premios Nobel. De vez en cuando un viral recupera sus frases míticas para que las leamos en el móvil y pasemos inmediatamente a otra cosa. Demasiadas prisas y demasiado olvido.

Cuando el jefe se va contigo al chiringuito

Que somos un país de envidiosillos lo sabíamos desde hace tiempo. Ya sabes, eso de criticar al que se compra un coche caro o alegrarse cuando ese negocio que abrió el vecino tuvo que cerrar: “lo ves, cariño, como era una locura abrir una cafetería en esa esquina, lo mejor es no hacer nada como hacemos nosotros…”. Hay demasiada gente que necesita que a los demás no les vaya bien para sentirse conformes con su propia mediocridad. El problema es que las nuevas tecnologías han venido a ponérselo un poco más difícil a esos envidiosos.

playa_caribeUn estudio titulado “Envidia en Facebook: una amenaza escondida para los usuarios” asegura que la primera causa de envida entre los españoles que emplean las redes sociales son las vacaciones del prójimo. ¡Nos jode que los demás enseñen sus fotos en una playa del Caribe demostrando lo felices que son y lo bien que se lo montan! El problema, dicen los responsables del estudio, no es que no seamos felices; es que nos empeñamos en ser más felices que los demás. Y la cosa se complica cuando somos incapaces de entender que, en realidad, la gente que cuelga sus fotos en Facebook suele proyectar una imagen de felicidad superior a la que realmente disfruta. Vamos, que aquí todo el mundo exagera algo de cara a la galería, en una especie de competición freudiana, para sentirse bien consigo mismo. Algo así como los programas tipo Madrileños por el Mundo, donde sólo salen aquellos que están encantados de haber hecho la maleta, y nunca el que se caga en las muelas pardas de su país de acogida y en la mala hora en que dejó su casa.  A todo esto, los encargados de este peculiar estudio también alertan del pernicioso efecto que sufre la otra parte implicada en la ecuación. Las redes sociales se han convertido en un escaparate para potenciar el ego y el narcisismo de los que publican sin mesura hasta límites poco compatibles con el equilibrio mental.

Y es que esto de la era digital siempre tiene su parte buena y su parte mala. Sin ir más lejos, hablando de vacaciones, en Estados Unidos se está poniendo de moda una tendencia que aquí algunos han venido a traducir como “trabacaciones”. La cosa consiste en que la empresa te permite desplazarte a una zona de ocio con tu familia, sin que gastes días de vacaciones, a cambio de que realices allí tu trabajo, mientras los niños se bañan en la playa. No dejas de currar, pero lo haces en un entorno diferente. A muchos la idea les puede sonar a chino, pero lo cierto es que esa barrera entre la vida privada y la profesional se está difuminando cada vez más entre las profesiones que no requieren presencialismo en una oficina. Tanto, que ya se habla del “efecto Blurring” o “difuminado”.  El 41% de los españoles asegura sufrir el blurring entre su vida personal y laboral: no saben dónde empieza una y termina otra, con el consiguiente aumento del estrés y la ansiedad. Además, según el barómetro Bienestar y Motivación de los empleados en Europa 2015, el 65% de los españoles siente presión fuera de su horario laboral. En Francia se han tomado tan en serio el asunto que, hace apenas un año, los sindicatos forzaron un acuerdo para prohibir a determinados perfiles profesionales, muy vinculados con las nuevas tecnologías, a coger el móvil del trabajo durante sus horas libres.

Pocas aplicaciones representarán mejor los nuevos tiempos que se están imponiendo como el WhatsApp. La popular aplicación de mensajería móvil se ha convertido en un invento del diablo que lo mismo nos hace recibir un inesperado mensaje cariñoso de nuestra pareja, que una petición incómoda y urgente de nuestro jefe, justo cuando le estamos quitando la cabeza a un langostino en el chiringuito de la playa. Lo cierto es que habrá que estar al loro para que no nos la metan doblada con esto de las chucherías tecnológicas.  Los wearables, por ejemplo, tienen mucho peligro como potencial caballo de Troya. En empresas como Profusion ya han colocado un fitbit a sus empleados en la muñeca para medir sus parámetros fisiológicos. Con ese aparato se puede medir la frecuencia cardiaca o las horas de sueño de un trabajador. La compañía se pone simpática y te explica que así se preocupa por tu salud, aunque no te comenta que también recabará detalles íntimos, como si esa noche has trasnochado un poco porque te fuiste a cenar con los amigos. Claro que los empleados de Profusion siempre podrán decir que, al menos, ven la cara a su jefe. En Estocolmo los comerciales de Universal Avenue nunca han visto el careto a su jefe ni se lo verán porque se trata de una fría aplicación que se dedica a analizar su comportamiento para decidir a través de fríos mensajes qué encargos le hace, en qué momento y a qué clientes.

Vienen tiempos diferentes con sus cosas buenas y sus cosas malas, y a todas deberemos acostumbrarnos. Es verdad que, entre el narcisista que se empeña en recordarte por Facebook que es más feliz que tú y el jefe que te da la brasa por el Whatsapp , será complicado desconectar unos días antes de volver a la batalla, pero habrá que intentarlo, aunque sólo sea por salud mental y por dedicar un tiempo a los nuestros. Al fin y al cabo, eso es lo que nos llevaremos puesto de este mundo. Feliz verano a todos.

La manía de engañarnos a nosotros mismos

Los hombres estamos hechos de materia contradictoria. Uno, al que de pequeñito le enseñaron las fábulas de Esopo, aprendió pronto a simpatizar con la hormiga y a repudiar a la cigarra holgazana y caradura. Cuando te dicen que cada español, incluyendo en esa media a niños y abuelos, hemos soltado ya 538 euros por barba para financiar a los griegos, que llevan años jubilándose antes y cobrando igual o más que nosotros, y que muchos griegos, no sólo pasan de pagar, sino que quieren seguir recibiendo ayudas sin cambiar su sistema (im)productivo, te dan ganas de hacerte ultra de la troika. No tienen catastro para hacer seguimiento de los impuestos que paga cada casa, los peluqueros se jubilan a los 45 años porque consideran que los tintes suponen un peligro laboral por su toxicidad, algunos presentadores de televisión también hacen lo mismo esgrimiendo el riesgo que implican los microbios de los micrófonos, su sector industrial es un desierto en el que apenas destacan las empresas dedicadas al queso, pero no quieren cambiar su “modo de vida” por “orgullo nacional”…

votacion_greciaNadie les obligó a entrar en la Unión Europea y ellos mismos falsearon sus cuentas para poder entrar, por lo que los motivos para que te salga el liberal luterano implacable cuando te mientan a los griegos son numerosos. Pero en ésas aparece el pobre Vasilis Metaxas, modesto jubilado ateniense de 70 años, y se te cae el alma al suelo. El gobierno de Tsipras y Varufakis anunció el domingo por la noche, y sólo a través de Internet, que los pensionistas que podrían sacar dinero del cajero en las primeras horas serían aquellos cuyos apellidos estuvieran, por orden alfabético, entre la letra A y la I. Vasilis pertenecía a la M, pero como buen abuelo analógico no se enteró de la medida.  Al día siguiente hizo cola en medio del caos y el calor ateniense de julio para nada. El sofocón de Vasilis es el sofocón del pueblo llano que siempre sufre las cagadas y miserias de los que mandan. Ya sea en Bruselas o en Atenas.

Dejar de hacer el gilipollas pagafantas o seguir siendo solidario para no dar bazas a quienes quieren destruir el proyecto de paz y prosperidad más importante que ha tenido Europa en toda su historia. Difícil tomar partido por alguna de las partes en un asunto donde la contradicción y el cinismo reinan por doquier. Syriza habla de democracia al convocar un referéndum, cuando no deja de ser una medida cobarde con la que pasar el muerto al pueblo. El gobierno alemán se erige como guardián de la ética de esfuerzo, sin reconocer que fueron sus bancos los que prestaron a los griegos sin sentido crítico y que su interés inicial por no dejar caer a Grecia escondía el miedo a perder lo invertido. Por buscar contradicciones, las encontramos incluso dentro de casa. El ayuntamiento de Zaragoza ha colocado una bandera griega en el balcón como muestra de solidaridad con el pueblo griego. No le quisieron dar agua a los murcianos, argumentando que la ecología estaba por encima de la solidaridad, pero ahora algunos están dispuestos a que las familias españolas, muchas con problemas para llegar a final de mes, regalen dinero a los griegos en nombre de la solidaridad. Eso por no hablar de un gobierno que ha defendido la austeridad y ahora, a pocos meses de las generales, se acuerda de bajar los impuestos. Tan getas como los ladradores que llevan cinco años criticando la austeridad y ahora se acuerdan de la importancia de mantener el control del déficit. Con ejemplos así, podríamos estar hasta mañana.

Tal y como está el patio, que te salga de las entrañas pensar una cosa y al cabo de un rato otra diferente, que te den ganas de mandar a unos a paseo y luego ayudarles, votar a unos y luego castigarles, no es motivo para preocuparse. La duda, lejos de indicar esquizofrenia, demuestra que todavía tenemos margen para identificar los matices y para caer en la cuenta de que Albert Camus tenía razón: la vida tiende al absurdo y es nuestra responsabilidad darle sentido con nuestra actitud. Otro pensador avispado como era Jorge Luis Borges dejó dicho: “Como ser humano soy una especie de antología de contradicciones, de errores, pero tengo sentido ético”.  Los seres humanos somos contradictorios, pero nos puede salvar la autocrítica. Precisamente de lo que andan escasos los que parten el bacalao, los que convocan referéndums suicidas y los se pasan el día dando la brasa con sus símbolos en los balcones públicos de todos o haciendo proselitismo con sus homilías tertulianas para decirnos qué tenemos que votar. Lo difícil no es la economía. Lo difícil es ser honestos. Con los demás y con nosotros mismos.

La sociedad low cost

No sé cómo andarán las facultades de periodismo, ahora que se lleva la espectacularización de la información (esos “chan, chan” que suenan mientras el presentador habla de la subida de la prima de riesgo o el último desahucio), pero en mis tiempos nos decían que lo primero al leer un informe era saber quién lo había escrito y qué motivos podía tener para darle un determinado enfoque. low costEstos días anda circulando un estudio que alerta a los conductores de lo mala malísima que es la gasolina de las estaciones low cost. El combustible tiene menos fuerza, el motor se ensucia más y el coche suele tener más averías. El informe lo firma una de las grandes petroleras que han visto con pavor cómo las gasolineras de bajo coste, levantadas básicamente por los hipermercados, se han hecho ya con el 34% del mercado. Al principio, las grandes distribuidoras se tomaron a chufla lo de los centros comerciales que daban gasolina barata. “Cosa de la crisis”, pensaron. Pero el consumo está repuntando y el personal sigue yendo a repostar a los nuevos surtidores, cómodos porque repostas aprovechando el viaje de la compra y con descuentos agresivos combinados hábilmente con ofertas del súper.

Ahora los distribuidores de toda la vida le han visto las orejas del lobo y quieren reaccionar metiendo miedo a la gente. Lo que pasa es que será complicado asustar a quien, entre tanto, se ha comprado un coche de una marca de bajo coste, de esas que utilizan tecnología que las grandes marcas usaban hace 5 o 10 años pero que ya se les ha quedado desfasada para los modelos más punteros. Si andas mal de pasta y coges poco el coche, no te quita el sueño que usar gasolina low cost acorte la vida del vehículo. Y si lo usas mucho, lo que te ahorras al año te compensa el desgaste que pueda sufrir tu coche barato.

Y es que estamos ante un nuevo paradigma. Al comienzo, el low cost fue una necesidad, pero se ha acabado convirtiendo en unos nuevos hábitos. Los sociólogos ya hablan de la “sociedad low cost” como una sociedad en la que eso de comprar barato ha encajado como anillo al dedo con el concepto de “usar y tirar” al que nos hemos acostumbrado. Ya no es que tengamos el tic de usar y tirar, ¡es que nos gusta! Los que entienden de moda, los fashion victims, nos cuentan con paciencia a los catetos o monótonos en el vestir (además te lo dicen con displicencia) que ellos se pueden permitir ser early adopters porque compran barato. El low cost ha democratizado eso de estar a la última gracias a las camisetas de 5 euros.

Pero es que con los muebles nos pasa lo mismo. Asumimos con paciencia cristiana el montaje en casa de los muebles, a cambio de un precio competitivo. Los dormitorios suelen durar menos que los de antaño, pero, como costaron poco, te da menos pena tenerlos que tirar, lo cual, de paso, te brinda la oportunidad de renovar la decoración (argumento cada vez más explotado por la publicidad). Y así un sinfín de sectores, encabezados por las aerolíneas. El día que perdimos el miedo a volar en aviones que pedían poco dinero por los billetes, perdimos el miedo a la gasolina o los pantalones baratos.

Ahora bien, todo esto no es gratuito. Estos cambios de hábitos de consumo, efectivamente, están comportando un nuevo tipo de sociedad. Todo se vuelve low cost a nuestro alrededor. ¡Hasta los políticos! El mundo se adapta a los sueldos mileuristas y al grueso de la población le da la sensación de que, más o menos, sigue gozando de los mismos privilegios consumistas. Total, si puedes hacer una escapadita a Londres, es que todo va bien. Pero, ¿podrías afrontar un tratamiento  médico caro si no te lo financiara la seguridad social? El mundo low cost implica que los contribuyentes también son de bajo coste, por lo que el estado del bienestar hay que redimensionarlo. Si ya no hay una sanidad pública que te cubra según qué cosas, es que te han dado gato por liebre. Bienvenido a la realidad: la mayoría estamos cayendo de clase social y nivel de vida.

En realidad, la sociedad low cost trae aparejado un desclasamiento generalizado. Las clases obrera y media se difuminan y entremezclan, mientras el sector privilegiado de la sociedad queda más diferenciado, si cabe. Muchos que han perdido su trabajo o su casa tienen claro que han dejado de ser clase media, pero es que muchos que han conservado el trabajo a trancas y barrancas, aunque crean que siguen igual, han caído en la escalera. Muchos sociólogos ven la futura sociedad en estos términos, aunque aún quedan algunas dudas. Unos aseguran que esa gran masa consumista será poco exigente y con pocos referentes sociales y culturales. Otros, en cambio, creen que el low cost se volverá exigente y que el consumidor exigirá pagar únicamente por lo que consume, sin los desperdicios y extravagancias del pasado. Puede que los cambios no sean ni buenos ni malos, simplemente cambios. Pero no está demás reflexionar sobre lo que está pasando y tener claro que, cada vez que compras una barra de pan a 50 céntimos, estás contribuyendo a rebajar tu propio sueldo. Y de los sueldos salen los impuestos. Y de los impuestos los servicios sociales a los que nos habíamos acostumbrado y que ahora tanto reclamamos a nuestros políticos low cost.

Esto acaba en tragedia griega

Los griegos, pero no los de ahora, más bien los que iban en túnica y levantaban templos de mármol, le daban mucho a la cabeza. Tanto que llegaron a desentrañar los vericuetos de la mente humana miles de años antes de que el primero de los psicólogos asomara los hocicos por este mundo. Uno de sus conceptos más curiosos era el Pathei Mathos, según el cual el ser humano es incapaz de aprender, si no es a través del sufrimiento. Después de mucho observar, los helenos se convencieron de que nuestra especie es incapaz de adquirir conocimientos o interiorizar moralejas por la experiencia que viven los demás. Al final, en las cosas importantes, tenemos que tocar el fuego por nosotros mismos para convencernos de que quema. Sólo así escarmentamos.

La verdad es que es sorprendente lo que llegaron a acertar en la diana aquellos señores que habitaron el Peloponeso hace tanto tiempo. Han pasado más de dos mil años y, en los conceptos fundamentales, poco más hemos podido añadir hombres y mujeres sobre nuestra propia naturaleza. Por eso, a día de hoy, tragedias como Antígona siguen siendo tan actuales y nos sentimos tan interpelados por ellas, aunque los personajes y los reinos de las tramas tengan nombres exóticos.

Estos días, sin ir más lejos, nos ha surgido una aspirante a Antígona en los aledaños del ayuntamiento de Barcelona. Ada Colau ha cogido carrerilla y ha dicho del tirón, y sin despeinarse, que piensa incumplir todas las leyes que le parezcan injustas. Así dicho, suena bien. Nadie en su sano juicio querría apoyar leyes que consagren “la injusticia”. El problema es qué se entiende por “injusto” y, sobre todo, el método que se emplea para deshacer la injusticia. Si nos saltamos una ley a la torera, sin intentar cambiarla por el procedimiento establecido, ¿cómo impediremos que nuestros adversarios hagan lo mismo en cuanto tengan ocasión? Otro genio que supo leer el alma humana con tanta lucidez como los antiguos griegos, William Shakespeare, nos hizo ver en Hamlet o Machbet que el odio, la codicia y el revanchismo se dan por descontados cuando hablamos de los seres humanos, y más cuando éstos sienten que han sido previamente víctimas de esos comportamientos.

Los políticos que hemos tenido hasta ahora, y que se han empeñado en hacer oídos sordos, y las nuevas aspirantes a Antígona deberían recordar que la tragedia de Sófocles termina como el rosario de la aurora. Todos muertos o turuletas, en un final a lo Very Bad Things. Igualmente, todos nosotros, votantes y políticos, deberíamos recordar que lo que está pasando estos últimos días suena mucho a lo que se ha venido criticando por activa y por pasiva.

¿Lo de pactar contra un partido político para aislar a todos los ciudadanos que lo han apoyado y acallar su voz sistemáticamente y sine die es apoyar la “democracia real”? ¿Lo de decir que no vas a pactar con la casta o con los populismos y luego sí hacerlo, no es mercadear con el voto? ¿Eso de decir “el ayuntamiento para mí y la comunidad para ti”, no es repartirse los sillones?

Por mucha primavera democrática que nos anuncien, el desencanto está en marcha. Sólo es cuestión de tiempo que los “frescos” parezcan “lo mismo” y que los “valientes” se conviertan en “irresponsables”. No es la primera vez que ocurre ni en España ni en la historia de la humanidad, pero está visto que leemos poco a los clásicos y que nos empeñamos en aprender a base de golpes. Lo dicho, Pathei Mathos.

Saturados de muerte e indiferencia

Una amiga me comentó, en una ocasión, que no podía soportar las conversaciones de sus padres a la hora de la cena. Los dos eran médicos y ambos se contaban las cosas más desagradables que habían visto ese día o las desgracias que habían tenido que contemplar en el hospital. Lo peor, decía, no era el contenido de esas charlas, sino el tono. Tanto el padre como la madre se lo tomaban con un sentido del humor bastante negro, entre irónico y caustico. El día que ya no pudo más y les recriminó su comportamiento, los dos se la quedaron mirando con cara de perplejidad. Luego se miraron entre ellos y cambiaron a un registro más pedagógico para explicar a su hija que aquello era un mecanismo de autodefensa psicológica. Si no ponían cierta distancia de por medio, no podrían volver al día siguiente a su trabajo sin derrumbarse o cogerle asco.

Parece una paradoja, pero es así. Cuanto más sensible eres, más riesgo corres de volverte un mojón de la carretera, que ni siente ni padece. De ahí que profesiones como médicos, enfermeros, abogados o periodistas estén plagadas de psicópatas. Afortunadamente, psicópata no tiene por qué ser sinónimo de asesino en serie, como se imagina mucha gente cuando escucha esa palabra. Un psicópata puede ser alguien que haga una vida normal, pero que tenga la incapacidad, entrenada o innata, de empatizar con el prójimo o sufrir con el mal ajeno.

Sin ir más lejos, los periodistas llevamos unos días que estamos saturados de muertos. Todavía no has dejado de informar sobre los 900 ahogados en Sicilia y ya te metes de lleno a contar cadáveres entre los cascotes del Nepal. Cuando el micrófono, la cámara o la imprenta te meten prisa no hay tiempo para reparar en esa niña con su camiseta rosa flotando inerte en el agua. Pocas cosas pueden helar más la sangre que ver a un crío, llamado a estar lleno de vida, inmóvil y a merced del vaivén del mar. ¿Qué hacemos los que tenemos por profesión contar estas penas un día sí y otro también?  Pues, quieras o no, te acaba saliendo callo. La clave está en no perder la perspectiva cuando sales de la redacción.

El problema es que todos, tengamos o no una profesión que incite a la psicopatía, estamos cultivando demasiado el callo de la indiferencia. Hasta el punto que estamos dando por buenos planteamientos que son una miseria desde el simple punto de vista conceptual. Que la Unión Europea se plantea una operación militar para destruir los barcos de las mafias que trafican con los inmigrantes en Libia, nos parece perfecto. Así los pobrecitos no serán enviados al mar a jugarse la vida. Sorprende la poca gente que se plantea que eso es cinismo en estado puro. Nos molesta que se haya abierto una brecha en Libia que nos traiga a los africanos a nuestras costas y procuramos poner un tapón. Lo que suceda de la costa africana para abajo nos da igual, con tal de no verlo.

Ahora también nos hemos enzarzado con lo de si hay que obligar a los vagabundos a dormir en un albergue o no. Los que defienden la medida argumentan que eso perjudica al turismo y a la imagen de la ciudad. Pero es que los hay que se conforman con dejarles dormir donde quieran, que para eso somos muy guays y respetamos sus derechos. Si quieres respetar sus derechos o si te molesta la imagen que puedan dar, hay que solucionar el problema de raíz y reconocer que la simple existencia de vagabundos es un fracaso de todos como sociedad.

Cada vez que pasamos por delante de ellos como si no existieran, fracasamos como individuos. Cada vez que orillamos los problemas que claman al cielo con simples medidas estéticas para no verles, aunque existan, fracasamos. El problema es que cada vez nos parecen más acertadas esas soluciones de cartón piedra. Cada día nos reconfortamos con menos. Cada día somos, tal vez, una sociedad más psicópata. Y lo peor es que ni nos damos cuenta.

Siempre lloro en las bodas

Sí, lo reconozco. Siempre lloro en las bodas, ¿qué pasa? Bueno, no es que llore a moco tendido, pero siempre se me humedecen los ojos en algún momento, lo que me obliga a llevarme el dedo a la cara, como el que no quiere la cosa, para fingir que me pica el lagrimal. Cuando los novios te tocan muy de cerca, supongo que es normal. Lo preocupante es cuando tampoco puedes evitarlo, a pesar de que al novio prácticamente sólo le conozcas de haber coincidido 40 minutos en un restaurante y de que haya dado un discurso surrealista en tu propia boda (sí, a veces esas cosas pasan). Todas esas referencias al amor de verdad, a la solidaridad, al recuerdo de los que ya se fueron o a la esperanza en lo que está por venir acaban tocando la fibra a los que somos de espíritu sensible y demasiado mundo interior.

La verdad es que, bien pensado, toda la gente debería asistir a una boda, por lo menos una vez al año. En un casamiento, muy mal se tiene que dar la cosa para que no te lo pases mínimamente bien. Que eso implique acabar cocido como un piojo, ya va a gusto del consumidor. Pero es que, además, en las bodas se aprende mucho. A mí siempre me ha fascinado la actitud de los invitados en las bodas urbanas, esas en las que la mitad de la gente ni se conoce ni, probablemente, vuelva a verse jamás. Salvo en aquella boda en el País Vasco, donde españolistas y abertzales acabaron a puñetazo limpio, lo normal es que la gente vaya de buen rollo. La conversación para romper el hielo que no iniciarías en el metro, comienza sin más. El pisotón o la maniobra barriobajera para arrebatarte el último canapé, que no perdonarías en la calle, se torna sonrisa cómplice… En realidad, una boda tiene algo de terapéutico. Si todo el mundo se pusiera de acuerdo para comenzar un lunes en “modo boda”, este planeta sería bastante más habitable.

Cuando sales de casa con la mente abierta y dispuesto a dar la mejor versión de ti mismo, de repente, suceden cosas. La persona de rictus serio, que parecía inaccesible, se convierte en protagonista de una charla deliciosa. Aprendes que en Toledo utilizan la palabra “bolo” para todo, que hay padres dispuestos a repetir paternidad aunque a su primer hijo sólo le guste el pescado y les arrastre a comerlo cada día, que hay adultos pasadas las doce de la noche capaces de traumatizar a un niño con su baile espasmódico y sus carantoñas asesinas, que a los oyentes de radio no les gusta que les cuenten penas, ni que les detallen un drama de forma truculenta y, mucho menos, que se metan demasiado con su equipo de fútbol. Eso sí, les encanta hablar de la radio cuando se enteran que trabajas en ella. Ciertamente, los directores de programas y los que nos dedicamos al oficio de narrar historias sobre personas para personas deberíamos acudir más a ese tipo de celebraciones en las que la gente se muestra tal y como es, sin cobrarte por darte su opinión. Escuchar con humildad y observar con atención. Sólo así, leyendo entre líneas al ser humano, comprobarás que hay novios serios, que pueden tener más retranca que el más célebre de los cómicos, y novias entrañablemente cuadriculadas que tienen recompensa. La vida está ahí para ser contada, para ser vivida y, por qué no, para ser llorada, aunque mucho mejor si conseguimos que sea de alegría.