El peligro acecha en la cocina

Al animalico se le ven hasta los pelos del bigote. Algo que, bien pensado, tiene su mérito porque se supone que la carne de las hamburguesas pasa por unas potentes trituradoras que se lo ponen francamente difícil a los huesos y tendones. El caso es que una de las últimas noticias virales nos sitúa en México, donde han tenido que cerrar un McDonalds, después de que un cliente denunciara, con foto incluida, que en su hamburguesa iba de regalo una cabeza de rata. Así, tal cual.

rata_mcdonals_mexicoLa noticia, además de mucho asco, da que pensar. La primera reflexión tiene que ver con el poder de las redes sociales. Hoy en día, cualquier ciudadano tiene en su bolsillo una herramienta capaz de ensalzar o, sobre toto, hundir cualquier negocio. Una foto, un comentario de denuncia… y la conexión a Internet se encarga del resto. Eso tiene su parte buena y su parte mala ¿Y si al personaje en cuestión le dio por poner la cabeza del roedor en el plato? ¿Cómo se puede demostrar que no fue un intento de extorsión, como denuncia la cadena de comida rápida? El impacto de estas noticias es brutal, ya sea justa o injustamente.

La segunda reflexión tiene que ver con los comentarios que ha generado semejante historia ya en la misma redacción. Uno sabe que una historia es buena cuando los propios periodistas se ponen a debatir entre ellos acaloradamente antes incluso de llevar el asunto a antena. Posteriormente, la rata del McDonalds ha dado para una hora simpática en los Fosforos de Herrera en Cope (http://goo.gl/ALKfCO), donde algunos compañeros y oyentes se han enzarzado en una madeja de recuerdos asquerosos y vivencias traumáticas relacionadas con la comida. El ratoncito naranja en la bolsa de gusanitos igualmente naranja rivaliza con la cucaracha en el yogur natural.

El caso es que tanto entusiasmo por recordar y compartir experiencias asquerosas confirma otra teoría: a la audiencia lo que le gustan son las guarrerías. Pero las guarrerías de cualquier tipo. Te puedes rebanar los sesos para desarrollar los temas más trascendentes de la política y la economía, que al final lo que estará en lo alto de lo más visto de los digitales son las guarrerías del comer, del gozar o, en su defecto, las situaciones que ridiculizan al prójimo. En lo que escribo estas líneas veo cosas como “soy puta porque me encanta”, “Lluis Llach se equivoca a la hora de votar” o “No es porno, es la realidad”.

Con esas mentes calenturientas por el mundo, a uno lo que le pide el cuerpo es prudencia. Mi estancia en Dublín, trabajando como camarero en el típico lugar repleto de jóvenes sin vocación en el sector hostelero, con la única intención de aprender inglés y pasar la jornada laboral lo más rápido posible tras la resaca de la fiesta de la noche anterior, me enseñó que la guarrería acecha permanentemente. Es tan fácil que un camarero cabrón sople lo que se le ha caído al suelo y lo vuelva a colocar en el plato o que camufle convenientemente un salivazo en una hamburguesa, que lo mejor es no quejarse demasiado. Los hay que optan por la escuela siciliana: ponerse como un basilisco para que los camareros y cocineros sientan para el resto de su vida que te deben la vida. Sin embargo, algunos siempre optaremos por la opción asiática: sufrir en silencio el asco y cobrarnos venganza con no volver jamás. Por si acaso.