La paradoja del mono y el serrucho

Los que llevan lentillas habitualmente, las que no saben salir de casa sin maquillaje, los que lucen una barba recóndita o los que se tapan las orejas de soplillo con el pelo saben de qué se trata. Cuando acostumbras al respetable a un look determinado, cambiar puede ser dramático. Nunca ves el día para llenarte de coraje y lanzarte al vacío. Cuenta la leyenda que el nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, luce su peculiar corte de pelo, a caballo entre El Puma y Calimero, debido a unas cicatrices que un día decidió ocultar.

Carles-PuigdemontAl margen de esa concesión a la timidez o al complejo, Puigdemont es un tipo que no se muerde la lengua. Responde al perfil de nacionalista catalán que siempre ha visto con displicencia a la inmigración que un día llegó a Cataluña, a los que se empeñan en seguir hablando castellano, alegrarse con los éxitos de la Selección o ver los canales televisivos de ámbito “estatal”. Suya es la frase de “echaremos a los invasores de Cataluña”, entendiendo como invasores a todos los que no responden a su perfil ideológico. La frase va en consonancia con otras barbaridades que se han dicho en los últimos tiempos. Josep Maria Reniu, miembro del llamado “Consejo Asesor para la Transición Nacional” de Cataluña llegó a decir en una radio, sin que se le cayera la cara de vergüenza, que quienes no pagasen a la nueva Hacienda catalana “deberían marcharse de Cataluña”. No especificó cómo se “echaría” a esos catalanes de sus hogares, en caso de que no estuviesen dispuestos, ni a incumplir la ley, ni a marcharse de su tierra. Claro que la palma se la llevó la actual presidenta del Parlament de Catalunya, Carme Forcadell, cuando aseguró que quienes votaban a Ciudadanos o al Partido Popular no eran catalanes, no formaban parte del pueblo catalán. Desde la Segunda Guerra Mundial nadie con semejante proyección pública se había atrevido, en Europa Occidental, a decir que un determinado colectivo no pertenecía a un territorio determinado, por mucho que hubiese nacido o vivido largamente en él, en base a su orientación política.

Pues estos tipos no son cuatro iluminados. Ahora mismo, ocupan cargos vitales de las instituciones públicas y están dispuestos a utilizarlos para llevar adelante su paranoia. Cómo será la cosa que el presidente saliente, Artur Mas, tampoco se ha puesto colorado al señalar que “lo que no nos dieron las urnas, lo hemos conseguido mediante la negociación” en los despachos. Pedían urnas a todas horas, pero cuando han visto que unas nuevas elecciones podrían destruir definitivamente a Convergència y restar fuerza al bloque secesionista, han tragado con el acuerdo político que les exigían los anarquistas de la CUP. Anarquistas que, por cierto, ya no podrán negar que se han convertido en una copia bis de la acomodada Esquerra Republicana. Adiós, Bakunin.

CUP_PuigdemontNo se dejen confundir. Les escucharán decir que ganaron “el plebiscito”, que son más demócratas que nadie, que a progresismo no les gana ni el más progresista, que lo suyo es la “revolución de las sonrisas”… pero no es verdad. Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Actúan como actúan porque no son demócratas. Su autismo social, su insistencia en ignorar al 52% de la población que se opone a la independencia como si fueran los muertos de la película “Los Otros” (se cruzan con ellos a diario, pero no les ven) se debe a un desprecio total y absoluto. No les consideran catalanes o, al menos, buenos catalanes, por lo que su opinión no cuenta. Anhelan un país homogéneo, donde esté bien definido qué es ser un buen patriota. A eso se le llama totalitarismo. También hablan de progreso, pero lo que buscan, a fin de cuentas, es reducir la “demos”, la gente con capacidad de votar sobre lo que sucede en una sociedad. Eso, en pleno siglo XXI, después de siglos intentando ganar derechos para la mujer, para los inmigrantes, para quienes profesan otra religión o tienen otro color de piel no es progreso, es recesión. La recesión de querer acotar los límites estatales a los límites lingüísticos. Su interés por adoptar a un par de castellanohablantes como mascotas electorales no hace más que confirmarlo.  De nuevo, dime de qué presumes…

La noche de la última huelga general, un holandés salió a mi encuentro al comprobar que era periodista. Me comentó que no entendía cómo un país como España podía tener tantos problemas sociales y territoriales. Los holandeses, me explicó, habían pasado del europeísmo al escepticismo por el miedo que les provoca ser un país demasiado pequeño. Desde Amsterdam ven con envidia el peso territorial y demográfico de España. Nada como vivir la globalización desde un estado pequeño para darte cuenta de lo importante que es crecer, buscar alianzas y difuminar fronteras en la región europea. Aquí en cambio, estamos por “una lengua, un Estado”. Los mercados, los fondos buitre, se relamen pensando en pequeños reinos de taifa endeudados hasta las trancas completamente a su merced.

Ante este panorama, resulta curiosa la empanada de determinados sectores de la izquierda. ¿Qué fue de aquella izquierda internacionalista que tenía claro que lo importante eran los trabajadores y la gente humilde sin distinguir si eran de aquí o de allí? ¿Cuándo se nos jodió la izquierda? Posiblemente, cuando se empeñó en dar derechos a los territorios y quitárselos a los ciudadanos. Ahora algunos trabajan para que haya referéndum y garantizar que, si no es a la primera, a la segunda o la tercera venzan los nacionalistas. Entonces ya no habría capacidad para repetir otro referéndum con el que deshacer la independencia. El penalti se tiraría hasta que yo meta gol y, después, lo que se da no se quita. Tal vez entonces algunos izquierdistas que presumen de no tener bicho viviente a su izquierda se darían cuenta de que, sin Cataluña, lo que quedase de España sería un país donde el centro derecha ganaría la mayoría de las elecciones. Resten el chute de voto socialista que  dio Cataluña a Zapatero o el chute podemita de las últimas elecciones, a ver qué resultado les sale. Van de intelectuales y visionarios, pero son como el mono que se esfuerza denodadamente para cortar con un serrucho la rama del árbol en que se sientan. Cuánta ignorancia y cuánta miopía travestidas de progresismo y lucidez, que, en realidad, no lo son ni por asomo. Agotador.

Ni contigo, ni sin ti

Una vez me topé con un economista tan sincero como honesto. “Los economistas no tenemos ni puta idea de qué va a pasar con la economía”, así de claro me lo soltó. “¿No te has parado a pensar que, si lo supiéramos, estaríamos todos forrados?”, remató para acabar de convencerme. El caso es que la economía es una ciencia social (una ciencia, por tanto, no exacta) que intenta barruntar qué hará la gente con su dinero si sucede ésta o aquella otra cosa. Cuando te metes en esas lides, lo mismo aciertas, que te equivocas. Y es que el ser humano es un misterio insondable. Por esa misma razón me permito daros un buen consejo: no perdáis el tiempo preguntando a un periodista qué puede pasar a partir de ahora con los resultados electorales que ha arrojado el 20-D.

elecciones_2015Lo cierto es que no lo sabemos, y puede que ni los políticos protagonistas del embrollo lo tengan muy claro ahora mismo. Para empezar la gente a veces es caprichosa y  otras tremendamente calculadora. Sólo hay que ver cómo un número importante de gente que votó a Ciudadanos en las autonómicas de Cataluña, porque se votaba en clave identitaria, en las generales se ha pasado a Podemos porque la clave era más social, asentada en el eje derecha-izquierda. Los que no querían más bipartidismo, pero soñaban con una regeneración sensata y que fortaleciera la unidad de España andan cabizbajos porque a Ciudadanos no le han salido las cuentas. En un país cainita, el centro se lo tiene que currar mucho para hacerse hueco. Si no le dejas claro a los “ex” del PP que no vas a pactar con la izquierda, malo. Si dejas que te coloquen la etiqueta de “nueva derecha”, no cuentes con los “ex” del PSOE. Y si entras al juego de ir a los platós a compartir tertulia con Pablo Iglesias, corres el riesgo de fortalecer a quien buscaba pasar por alguien más moderado para comerte la tostada en el nicho de la regeneración. Esos han sido algunos de los errores de Albert Rivera.

El error de Pablo Iglesias, en cambio, todavía no se ha visto. El pecado, más bien, lo llevará en la penitencia. Podemos, si consigue formar parte de una fórmula de gobierno, sufrirá cuando llegue la hora de materializar lo que ha permitido su éxito en Cataluña y sumar como propios los votos de hasta 10 partidos/movimientos periféricos: el compromiso de celebrar un referéndum de autodeterminación en Cataluña y donde sea menester. Eso es sencillamente ilegal con la actual legislación y Podemos no está en disposición de cambiarla por su cuenta y riesgo. El ahínco con el que insistió tras la victoria en que España es una “país plurinacional” demuestra hasta qué punto es rehén de sus compañeros de viaje. Además, si algún día llega la hora de cumplir todas sus promesas de índole social también se le verá el cartón: o no las cumplirá o desequilibrará las cuentas de tal manera que la situación económica acabará repercutiendo negativamente en la vida del conjunto de la sociedad, incluidos sus votantes, como le ocurrió a Zapatero. No olvidemos que son los tipos que fueron a asesorar al gobierno de Venezuela y qué frutos han dado allí esos consejos.

El PSOE también tiene un dilema tremendo. Como hemos visto, quien se acerca a Pablo Iglesias acaba perjudicado, cuando no fagocitado. Si no se atreve a dar el paso, malo porque le acusarán de haber permitido que continúe la derecha. Y si tira por la calle de en medio, puede olvidarse de recoger la bandera de la moderación definitivamente. En su seno hay voces que presionarán para hacer una gran coalición con el PP, antes que echarse en manos de los nacionalistas y la izquierda anticapitalista. La división interna puede ser tremenda.

¿Y qué decir del PP? Tuvo la oportunidad de darle la vuelta a este país para regenerarlo de verdad, aunque eso le costase inmolarse. Controló durante tres años el poder local, autonómico y nacional, además del poder ejecutivo, legislativo e incluso judicial para acometer una poda de los numerosos e innecesarios niveles administrativos cuyo sostenimiento ahoga a los contribuyentes. Pero no se atrevió y prefirió recortar y subir impuestos, que la clase media trabajadora no le ha perdonado. La corrupción ha hecho el resto.

En otros países, donde no tienen la costumbre de refregarse los muertos de una guerra civil que sucedió hace 80 años, donde no se vota pensando en un partido como si fuera tu equipo de fútbol, lo mismo había una salida. Lo mismo se podía pensar en una gran coalición PP-PSOE, como en Alemania, para demostrar a la ciudadanía que los partidos tradicionales también saben pactar y pensar en lo que une, más que en lo que separa, cuando la aritmética no permite otra salida. Lo mismo hasta se podía pensar en colocar de presidente al candidato del nuevo partido de centro, apoyado y fiscalizado por la derecha y la izquierda más moderadas, con un programa mínimo común de regeneración de las instituciones, reforma de nuestro modelo productivo e impulso de un plan social para quienes lo están pasando peor por la crisis. Y ya la leche sería que fuéramos capaces de dejar gobernar en minoría a la lista más votada, sea cual sea, obligándola a pactar cada ley con los diferentes partidos. Sin rodillo de uno, pero sin boicot sistemático de los demás. Pero estamos en España y aquí todo es blanco o negro, aunque la situación del país siga siendo crítica y ninguna receta en solitario pueda dar con la solución. Puede que nos esperen meses de negociaciones infructuosas y más empacho político. Ya no sabemos apañarnos con el bipartidismo, pero tampoco sin él. Será mejor coger fuerzas al calor de la familia. Feliz Navidad.

La campaña del cambio generacional

Una mañana cualquiera, en un semáforo de una calle cualquiera de Madrid. Dos hombres en una edad indefinida superior a los 50 años esperan a que el muñequito de los peatones se ponga en verde. Uno le dice al otro: “pues no que dicen que el debate lo ganó el que mandó más ‘tuis’. ¿Qué pasa, que el que no tiene twitter de ese no cuenta? “Oiga, yo también tendré algo que decir…” Su compadre asiente como el que piensa: “qué razón tienes”. Ciertamente, los tiempos están avanzando muy deprisa. Ha sido tal el tapón de la generación de los Baby Boomers, que ahora los nacidos en democracia han tomado los cuarteles de la cosa pública con el ansia de quien quiere ponerse al día en dos minutos. En parte es comprensible esa pulsión por tomar las riendas negadas durante tanto tiempo, como también lo es el vértigo que está experimentando una parte de la población con más edad.

Y es que el cuento ha cambiado mucho en apenas 20 años. Ya casi nadie se acuerda de aquel grito de “¡qué viene la derecha, que os quita las pensiones!”. Alfonso Guerra intentaba asustar a los jubilados para que no votasen a un señor muy serio con bigote, que amenazaba con llevar a la derecha al poder por primera vez tras la Transición. Dos décadas después, dicen que el PP puede ganar las elecciones, a pesar de los pesares, precisamente porque los mayores de 65 tienen clarísimo que lo suyo es votar a los que prometen estabilidad y pocos experimentos. Como giro copernicano, no está nada mal. Entre tanto, los partidos tradicionales no saben qué hacer para convencer a los menores de 40 años. Esa franja de edad parece un coto privado de los “partidos emergentes”, básicamente, Ciudadanos y Podemos.

campaña_electoralEso es tan así que las terminales biempensantes del bipartidismo, tanto su versión conservadora como progresista, han movido ficha bajo cuerda para dar de lo lindo a los que amenazan con cambiar el panorama político. Fijaos en la intensidad que han experimentado las críticas a Ciudadanos. Albert Rivera ha pasado de ser el yerno ideal a un tipo que “se pone demasiado nervioso en los debates”, que se está “desfondado” o incluso “machista”, por haber propuesto que a las mujeres que maltraten a sus maridos les caiga el mismo castigo que a los hombres maltratadores. Como será la cosa, que El País, que llegó a poner por las nubes al nuevo partido de centro nacido en Barcelona, ahora sale en un editorial con que Ciudadanos es la nueva derecha. Lo que hay en el fondo de todo esto es el miedo al desfondamiento del PSOE. Las encuestas que manejan los que mandan apuntan a que el partido que más ha gobernado en democracia realmente se va a quedar lejos de los 100 escaños. Hay mucho miedo a lo desconocido. Los poderes de siempre están en su semáforo particular mascullando contra “lo nuevo”.

Y ciertamente lo nuevo no tiene por qué ser mucho mejor que lo conocido hasta ahora. En la naturaleza humana está prometer mucho desde la barrera para luego acomodarse en cuanto se pisa el coso. La Historia está llena de ejemplos. No haber hecho nada hasta ahora no es un mérito por sí mismo. El que venda esa idea, que los hay, es un ignorante o un cínico. Pero tampoco se puede despreciar a los nuevos por no haber sido concejales. ¿Qué experiencia tenían los Felipe González y compañía cuando se echaron este país a la espalda con treinta añitos recién cumplidos? ¿No habíamos quedado en que uno de nuestros cánceres es que estamos dirigidos por políticos profesionales que no han hecho otra cosa que política y que no han visto el sector privado ni por asomo?

Lo desolador es que, tanto unos como otros, siguen en el trazo grueso. Esta campaña tiene mucha tele y mucha espectacularización de la política (las fan zones previas al debate a cuatro y el momento Gran Hermano de cómo iban en coche los candidatos al plató te dejan sin palabras), pero en lo básico sigue siendo igual que las otras. No se puede proponer en serio porque los demás se echan encima como hienas, aunque sea sin razón, o aunque en el fondo estén bastante cerca de lo que dices. Y en medio de ese toma y daca cínico y cainita, a nadie le ha dado por escuchar a la Fundación Transforma España. Ese grupo de expertos españoles y extranjeros ha elaborado el Decálogo de un Programa Electoral. Entre otras cosas, proponen que España se sume a otros países de la OCDE como Holanda, donde un ente independiente fiscaliza los programas de todos los partidos para denunciar las propuestas que no tengan sentido o que sean inviables económicamente. Así se sabe quién miente o qué coste tiene tomar una medida determinada. Que la manta te destape los pies, si te tapa la cabeza, no es ningún drama, siempre que se sea consciente de ello.

Claro que para eso todos deberían crear y someterse a ese ente realmente independiente. Y la ciudadanía debería ser lo suficientemente madura como para darse cuenta de que se corre el peligro de que todo cambie para que todo siga igual. El tan cacareado cambio generacional debería servir para algo más que la renovación de caras y siglas. Debería darse un salto en la calidad democrática, sin revoluciones neobolchebiques pero sin cosmética para ilusos. Visto lo visto, puede que no caiga esa breva.

Réquiem futbolístico

A todos de alguna u otra manera nos persigue nuestra infancia. Yo fue un niño de los 80. Un niño de los 80 y catalán o, si se prefiere, de Barcelona. Este último dato no es baladí, porque implica tener un bagaje diferente (ni mejor ni peor) que el de otro niño ochentero, pongamos, de Zamora. De mi infancia barcelonesa recuerdo la omnipresencia de dos señores bajitos, tirando a calvos, que salían a todas horas en los medios de comunicación. Uno tenía muy mala leche cuando se enfadaba y se las daba de pope de la moralidad y el sentido de Estado. Se pasaba el día diciendo que éramos “sis milions”, que debíamos “fer país” y que “catalán era quien vivía y trabajaba en Cataluña”. El otro señor bajito onmipresente no tenía tanta mala baba, por lo menos, aparentemente. Mas al contrario, nos traumatizó a muchos párvulos al llorar como una nenaza en una mítica entrevista televisiva porque el F.C. Barcelona, su pobre Barça, se descosía a jirones. José Luis Núñez era un poco pusilánime y bastante victimista.

Eran los tiempos del motín del Hesperia, del “ay, que encara patirem” (ay, que todavía sufriremos) y de los traumas maradonianos por la lesión y posterior marcha al Nápoles del Pelusa. En aquellos años, los culés no levantaban cabeza. A este niño ochentero le fascinaban unas pegatinas que se veían de vez en cuando en los coches o en las carpetas de algunos compañeros con el escudo azulgrana y un lema: “aquest any, sí” (este año, sí). Era el grito de esperanza de una afición que, cada año, veía como el Real Madrid les mojaba la oreja y encadenaba liga tras liga. Si en el Barça todo eran desgracias, en el Madrid todo era armonía, con unos tipos ardorosos vestidos de blanco que protagonizaban remontadas imposibles en la UEFA y con un delantero que daba unas volteretas fascinantes cada vez que marcaba. Así era difícil ser del Barça. Ser culé significaba estar a la defensiva, ver conspiraciones arbitrales por doquier, creer que Dios estaba en tu contra y hacer un máster en frustración.

Si la historia de Pujol ha cambiado, la del Barça y el Madrid, ni te cuento. Me pregunto cuántos niños del Madrid estarán experimentando estos madrid_cadizaños las mismas sensaciones que los niños culés de los 80. Lo que está viviendo el club que hicieron grande Santiago Bernabéu y Alfredo Di Stéfano no tiene precedentes. Si prestas atención a las conversaciones de los bares, a los comentarios de la oficina y a los tics del madridismo mediático, descubres un aroma familiar que procede de la más remota infancia. Frustración, pesimismo, victimismo, manía persecutoria arbitral, falta de confianza en las propias fuerzas… todos los dejes que tenían los culés están ahora instalados en muchos madridistas de a pie. Sólo hay una cosa que les diferencia: los madridistas siguen aplaudiendo a los jugadores del Barça cuando dan un recital en el Bernabéu. Jamás se verá eso en el Camp Nou, por muy bien que juegue el Madrid.

El madridista anda cabizbajo estos días, objeto de las burlas de numerosos enemigos que siempre le odiarán por tener más copas de Europa y más ligas que nadie. Situación inédita, mientras cada vez son más los que culpan a Florentino Pérez. Lo más preocupante para el famoso empresario debe ser que los importantes periodistas que habitualmente le defienden comienzan a balbucear ante la falta de argumentos y, sobre todo, que entre quienes más le defienden están los más viscerales antimadridistas. La chirigota copera de Cádiz demuestra que en ese club todo está centrado en la economía y el marketing, dejando la cuestión futbolística sin estructura ni fundamento, ni siquiera para la intendencia diaria. Desde que Florentino llegó a la vida de los madridistas, durante sus dos mandatos o el interregno caótico que dejó, se echó a Redondo, se echó a Del Bosque, se echó a Hierro, se despreció a Eto’o, se despreció a Milito, se despreció a Suárez, no se supo valorar a un niño brasileño que probó con el Madrid llamado Neymar, se trajo a inútiles e impostores como Faubert, se trajo a golfos como Cassano, se trajo a flipados como Luxemburgo y su pinganillo, se trajo a piadosos como López Caro, se trajo a entrenadores victimistas y conspiranoides con ADN Barça como Mourinho o Schuster… y, de repente un día, en el club que lidera la lista Forbes no hay nadie que sepa mandar un fax a tiempo o revisar una lista de sancionados.

Si Florentino Pérez tuviera que valorar la gestión de un directivo de ACS, teniendo en cuenta cómo estaban el Madrid y su competencia en el año 2000 y cómo están a noviembre de 2015, ese directivo acaba de patitas en la calle. En la España de Ciudadanos, Podemos, del cambio generacional y la regeneración democrática, Florentino se lleva el dedo a la boca para mandar callar a los que silban y se blinda con unos estatutos que sólo le dejan presentarse a él a las elecciones del Madrid. El club parece haber viajado en el tiempo para mimetizarse con el Barça de Núñez o el Atleti de Gil. La única esperanza para los blancos es que, como demuestra el ejemplo del Barça, todo puede cambiar a mejor. De ahí, que los culés no deberían confiarse demasiado, mientras disfrutan al máximo de este momento. Y es que, como ha señalado Sergio Ramos, nada es para siempre. Palabra de filósofo.

La pancarta desempolvada

Este sábado 28 de noviembre de 2015 hay convocadas manifestaciones del “No a la Guerra”. No es que hayamos invadido Irak, más bien al contrario. Periodistas que hace 11 años agarraron la pancarta con vehemencia y periódicos que se pusieron los primeros de la mani ahora están inquietos, paradójicamente, porque el gobierno se mueve menos que un gato de cerámica. No hay manera de que Mariano Rajoy se anime a meterse en jaleos militares. Y eso que muchos le están diciendo que estaría más que justificado. Las masacres que sufren países como Túnez o Egipto para que no se hagan demócratas, los ataques de París para forzar a los europeos a dejar nuestro libre y despreocupado modo de vida y las matanzas diarias en los territorios conquistados por los yihadistas de la bandera negra han hecho que mucho pacifista se replantee su postura.

No se trata de fiarlo todo a las bombas. Hará falta diálogo con determinados actores, integración de los musulmanes europeos y ayudas económicas para reconstruir Oriente Próximo y el Magreb. Pero, junto a eso, hay que bombardear las refinerías de las que sale el petróleo que financia el Estado Islámico, sus campos de entrenamiento y las infraestructuras que utilizan para “crear Estado” y cobrar impuestos a sus “súbditos”. Y sí,
eso se hace con bombas, explosiones y tiros. Lo ve cualquiera que tenga dos dedos de frente, incluso los que ahora, de forma indirecta, reconocen que su pacifismo radical de hace una década era impostado, un reflejo coyuntural para echar a un gobierno que nos le caía bien; y, una vez conseguido el objetivo, si te he visto, no me acuerdo.

monumento_atochaAun así, este sábado hay mani contra la guerra. Todavía los hay que creen en el buenismo posmoderno de “vive y deja vivir”, asentados en la esperanza de que si metemos la cabeza bajo tierra, nadie se meterá con nosotros. Son como esos niños pequeños que juegan al escondite simplemente tapándose los ojos, convencidos de que si ellos no ven, los demás tampoco les ven a ellos. Escuchar a los “alcaldes del cambio” decir eso de “la violencia sólo engendra violencia” o que “esto se arregla dialogando con los yihadistas” provoca una mezcla de ternura y vergüenza ajena. Uno intenta no hacer la caricatura fácil porque, a fin de cuentas, ser caustico con alguien que está radicalmente en contra de la violencia no es lo que más te pide el cuerpo. Hay suficientes hijos de puta en el mundo a los que criticar primero. Sin embargo, la superioridad moral, incluso el asco con el que siguen mirando a los que proponen una intervención militar como parte de una estrategia integral para hacer frente al Estado Islámico da coraje.

La historia da muchas vueltas. Si en 10 años el cuento ha cambiado radicalmente, imagínate si nos remontamos más atrás. Hace 80 años, los dirigentes de Francia y Reino Unido jugaron al “vive y deja vivir” con Hitler. Cualquier excusa era buena para no parar los pies a la maquinaria nazi que no dejaba de crecer y crecer. “La culpa es del Tratado de Versalles, que fue muy duro con los alemanes, les humilló demasiado”; “en el fondo tienen derecho a quedarse con los Sudetes porque allí viven alemanes”… La tendencia a creer que la culpa es nuestra, que en realidad los demás son hostiles porque nosotros nos hemos equivocado primero es muy peligrosa. Es un ejercicio muy humano de autoengaño en el que han caído y siguen cayendo desde muchas mujeres víctimas de la violencia machista, pasando por los líderes que no fueron capaces de parar a Hitler hasta llegar a los que, a día de hoy, consideran que nos tenemos bien merecida la amenaza yihadista.

Con esa curiosa regla de tres, puede que las cuentas saliesen claras hace 11 años: vamos a Irak, nos atacan; nos volvemos de Irak, jamás nos volverán a atacar. No se trata de justificar aquella invasión, y menos a estas alturas, porque fue una cagada colosal que abrió la caja de Pandora. Además, sus responsables ya han pagado política y socialmente por ello. Pero las cuentas ya no salen. Porque no estamos en Irak y seguimos estando amenazados. Porque los totalitarios siempre intentarán machacarte, si se les presenta la ocasión. Porque si eres progresista no puedes hacer el caldo gordo a una ideología que somete a la mujer y niega la diversidad. Porque el mundo no es lo que nos gustaría que fuera, sino lo que es. Porque la paz no se puede comprar a cualquier precio. Y porque es una indecencia que hace 11 años saliésemos a la calle a reclamar justicia para las víctimas del yihadismo en España y, ahora que no hay ningún gobierno que se deje derrocar con sus torpezas y mentiras, permitamos que el monumento a esas víctimas en Atocha esté tirado en el suelo, sin que nadie se acuerde de nuestros caídos. ¿Ese es el respeto y la justicia que pedíamos para ellos? Menos manifestación y más reflexión honesta.

Verdades incómodas sobre la amenaza yihadista

Una de las primeras cosas que me enseñaron de pequeño cuando empecé a jugar al fútbol es que en los balones divididos había que meter el pie con fuerza. Cuanto más miedo te da meter el pie, cuanto más corpulento es el jugador contrario, más contundencia debes emplear a la hora de colocar la pierna. No hacerlo te predispone a acabar con un esguince de tobillo, una distensión de los ligamentos de la rodilla o las magulladuras propias de salir disparado por los aires. El tiempo me ha demostrado que ese mismo dilema se plantea en muchos otros aspectos de la vida. La determinación es la clave. La decisión de quien no duda, de quien tiene claro qué es y a dónde va pasa como un tren de mercancías por encima de quien se muestra dubitativo.

El pasado sábado, cuando todo ya había sucedido, París emitía señales entre líneas. El trasiego de policías y periodistas estaba presidido por un cartel publicitario omnipresente en buena parte de la ciudad: “Beat the City” podía leerse en autobuses y anuncios estáticos. Era un eslogan publicitario asentado en los estímulos narcisistas de nuestra sociedad. Sin embargo, en aquel contexto, parecía haberse cobrado un significado macabro, escrito por los yihadistas: “golpea la ciudad”.

Mucho se ha hablado del fanatismo de los atacantes, de los motivos que les han podido llevar a convertirse en máquinas inmisericordes capaces de matar a gente inocente e indefensa a traición. Básicamente son unos fracasados, unos acomplejados que envidian la vida de sus conciudadanos. Si les hubiese llamado un equipo de fútbol de élite para pagarles 8 millones de euros al año, se hubieran entregado sin más a las mieles de la vida occidental. Otros muchos, sin habilidad para el fútbol o sin que les haya tocado la lotería, han sido capaces de estudiar y encontrar un trabajo con el que integrarse en sus países de acogida. Sólo son los más negados, los más obtusos o los más ignorantes los que se ven arrastrados a la marginalidad y al rencor fanático. Es ahí cuando el Islam rigorista les da la única oportunidad de ser “alguien”.

Por eso me llaman la atención los análisis que prácticamente nos culpan a los occidentales de que los “yihadistas europeos” sean como son: “es que
no les hemos integrado”
. ¿Qué significa integrar? Partiendo de la base de que siempre se puede mejorar y favorecer aún más la integración, pagarles una casa de protección social, darles una plaza en un colegio (algunos de ellos de los mejores de Bruselas) y permitirles rezar en centenares de mezquitas es muchísimo más de lo que los países de origen de los padres de esos jóvenes musulmanes les hubieran otorgado, por no hablar de lo que nos darían a los occidentales de cultura cristiana que allí nos fuéramos a vivir.

parisEntonces, ¿tenemos que pedir perdón? Yo creo que nuestro principal error ha sido la arrogancia de creer que podríamos trasplantar por narices la democracia en culturas diferentes a la nuestra. Pero de ahí a sentir una especie de síndrome de Estocolmo que lleva a algunos a, prácticamente, comprender la violencia yihadista contra Occidente es demasiado. La violencia contra civiles nunca está justificada y, en materia de terrorismo, el culpable siempre es el asesino, y no la víctima. Nuevamente nos perdemos en nuestra falta de determinación, algo que nos hace terriblemente vulnerables. Un día dejamos de creer en los valores que nos marcaban un rumbo, que nos convirtieron en la vanguardia de la humanidad para dormitar en nuestra particular Belle Époque. Nos creímos el cuento del Fin de la Historia. Ya nadie nos haría daño y la vida sería un continuo disfrutar del consumo y el ocio. Nos comenzó a sobrar el sentido del honor, la cultura del esfuerzo, el sacrificio, y hasta comenzamos a reírnos o a despreciar a los militares y a todos aquellos que estuviesen dispuestos a dar la vida por los demás. En definitiva, olvidamos que tomarnos una cerveza en una terraza no es algo ordinario, sino extraordinario. Que lo más habitual es lo que pasa en otros sitios, donde no se respetan los derechos humanos. Nos creímos que nuestros privilegios venían de serie y nos volvimos estúpidamente blanditos.

Pero entonces, ¿deberíamos volver a vivir en una sociedad fuertemente militarizada? En absoluto, sólo digo que deberíamos quitarnos muchos complejos buenistas de la cabeza, tener un poco más de respeto por quienes dedican su vida a defendernos, ser un poco menos arrogantes cuando opinamos sobre los motivos culturales que llevan a los estadounidenses a guardar un arma en casa o dejar de creer que todos los conflictos se ganan mandando flores y ONGs.

Hay guerras injustas, que sólo traen cosas malas. Por eso debemos evitar la pulsión guerrera que cohabita con el sentimiento de venganza. Una venganza que nos puede llevar al error de estigmatizar a todos los musulmanes o cerrar la puerta miserablemente a los refugiados que huyen de un Bataclan diario. Pero negarse a entender que la libertad a veces cuesta grandes sacrificios es un ejercicio de infantilismo suicida. Habrá que mandar nuestros ejércitos a Siria e Irak y habrá que cortar de raíz los circuitos de los que se nutre el radicalismo terrorista en nuestras sociedades. Más cámaras en las calles y mayor control de fronteras, por más que algunos hagan demagogia sobre la pérdida de privacidad o libertad de movimiento. Estos tipos han nacido en nuestra tierra, han crecido entre nosotros y nos conocen muy bien. Se alimentan de nuestra tolerancia, de nuestras grandezas, pero también de nuestra candidez, egoísmo y cobardía. Que sepamos conservar lo primero y erradicar lo último será la clave para ganar este partido. De momento, el balón está en medio y, por lo que se escucha por ahí, los malos se disponen a meter el pie con más determinación.

El peligro acecha en la cocina

Al animalico se le ven hasta los pelos del bigote. Algo que, bien pensado, tiene su mérito porque se supone que la carne de las hamburguesas pasa por unas potentes trituradoras que se lo ponen francamente difícil a los huesos y tendones. El caso es que una de las últimas noticias virales nos sitúa en México, donde han tenido que cerrar un McDonalds, después de que un cliente denunciara, con foto incluida, que en su hamburguesa iba de regalo una cabeza de rata. Así, tal cual.

rata_mcdonals_mexicoLa noticia, además de mucho asco, da que pensar. La primera reflexión tiene que ver con el poder de las redes sociales. Hoy en día, cualquier ciudadano tiene en su bolsillo una herramienta capaz de ensalzar o, sobre toto, hundir cualquier negocio. Una foto, un comentario de denuncia… y la conexión a Internet se encarga del resto. Eso tiene su parte buena y su parte mala ¿Y si al personaje en cuestión le dio por poner la cabeza del roedor en el plato? ¿Cómo se puede demostrar que no fue un intento de extorsión, como denuncia la cadena de comida rápida? El impacto de estas noticias es brutal, ya sea justa o injustamente.

La segunda reflexión tiene que ver con los comentarios que ha generado semejante historia ya en la misma redacción. Uno sabe que una historia es buena cuando los propios periodistas se ponen a debatir entre ellos acaloradamente antes incluso de llevar el asunto a antena. Posteriormente, la rata del McDonalds ha dado para una hora simpática en los Fosforos de Herrera en Cope (http://goo.gl/ALKfCO), donde algunos compañeros y oyentes se han enzarzado en una madeja de recuerdos asquerosos y vivencias traumáticas relacionadas con la comida. El ratoncito naranja en la bolsa de gusanitos igualmente naranja rivaliza con la cucaracha en el yogur natural.

El caso es que tanto entusiasmo por recordar y compartir experiencias asquerosas confirma otra teoría: a la audiencia lo que le gustan son las guarrerías. Pero las guarrerías de cualquier tipo. Te puedes rebanar los sesos para desarrollar los temas más trascendentes de la política y la economía, que al final lo que estará en lo alto de lo más visto de los digitales son las guarrerías del comer, del gozar o, en su defecto, las situaciones que ridiculizan al prójimo. En lo que escribo estas líneas veo cosas como “soy puta porque me encanta”, “Lluis Llach se equivoca a la hora de votar” o “No es porno, es la realidad”.

Con esas mentes calenturientas por el mundo, a uno lo que le pide el cuerpo es prudencia. Mi estancia en Dublín, trabajando como camarero en el típico lugar repleto de jóvenes sin vocación en el sector hostelero, con la única intención de aprender inglés y pasar la jornada laboral lo más rápido posible tras la resaca de la fiesta de la noche anterior, me enseñó que la guarrería acecha permanentemente. Es tan fácil que un camarero cabrón sople lo que se le ha caído al suelo y lo vuelva a colocar en el plato o que camufle convenientemente un salivazo en una hamburguesa, que lo mejor es no quejarse demasiado. Los hay que optan por la escuela siciliana: ponerse como un basilisco para que los camareros y cocineros sientan para el resto de su vida que te deben la vida. Sin embargo, algunos siempre optaremos por la opción asiática: sufrir en silencio el asco y cobrarnos venganza con no volver jamás. Por si acaso.

Poner en valor en sede hostelera

Está en todas partes. Se cuela por las rendijas de nuestra vida como la peste más pertinaz. Si se tratara de un virus, podríamos decir que los ciudadanos somos sus víctimas y que los políticos son sus mayores portadores. ¡Y mira que los políticos están mal vistos hoy en día! Pues nada, chico. Esa manera barroca, estéril y estúpida que tienen de hablar los que se dedican a la cosa pública continúa haciendo estragos. Desgraciadamente, los periodistas nos hemos convertido en un estupendo reservorio, en una imprescindible cadena de transmisión, para homologar en nuestro día a día una manera de expresarnos que destroza el idioma y nos hace cada día un poco más necios. Porque el idioma amuebla la cabeza. Si la palabra claudica, la mente va detrás inexorablemente.

Tengo para mí que el día que aceptamos hablar de “violencia de género” cayó un dique de contención mental, que no podía traer nada bueno. A pocos les dio por pensar que quien puso nombre a la primera “Ley contra la Violencia de Género” era un analfabeto funcional que no alcanzaba a entender que “género” sólo tienen las palabras: masculino, femenino y neutro. Lo que tienen las personas es “sexo”. Y el hecho de que coincidamicrófonos en llamarse “masculino” y “femenino” no nos habilita para hablar de violencia de género. Si algún integrante de la Generación del 98 o de la del 27 resucitara y escuchase hablar de “un nuevo caso de violencia de género” seguramente creería que un adverbio ha agredido a un verbo, o que un sustantivo se ha entregado a la policía tras acosar a un artículo determinado. Se debería hablar de violencia sexista, machista, pasional, doméstica… hay mil posibilidades. Pero nunca la que finalmente ha hecho fortuna.

Mejor no hablar de la estulticia de las que confunden feminismo con gilipollez y hablan de “miembras” con el regodeo de quien se cree un rebelde con causa. La causa de suprimir el género neutro por confundirlo injustamente con el masculino. Pobre letra o, qué poco la comprenden… O de la desidia de quienes renuncian a buscar sinónimos en su vida y se conforman con llamar a todo “cosa” o encontrarlo todo “complicado”, como si en este mundo no hubiese nada arduo, difícil, complejo, enmarañado… Con este panorama, compramos cualquier mercancía, y ahí los políticos aparecen como unos vendedores de burras lingüísticas sin parangón.

Veamos: ¿a qué dedica la mayor parte del tiempo un político medio en España? A hablar mucho sin decir nada, intentando dar la sensación de que pilota mucho la materia que están tratando. ¿Cómo se consigue eso? Pues, por ejemplo, alargando mucho las frases. Cuando uno sabe para sus adentros que no está diciendo nada, siente horror vacui, miedo a parecer hueco. Mejor decir algo en tres palabras, en lugar de una. A falta de calidad lingüística, cantidad. Por eso no dicen “valorar”, mejor decir “poner en valor”. ¿Para qué vamos a decir “en el juzgado” o “en el parlamento”? Mucho mejor hablar de “sede judicial” o “sede parlamentaria”. Así, poquito a poquito, vas añadiendo palabrejas para sumar segundos y dar la sensación de haber expresado algo sesudo.

El problema de todo esto es que la gente de a pie acabe copiando a los políticos. Sería terrible. Si no, probad a hablar como un político profesional en vuestra vida cotidiana. Yo, sin ir más lejos, voy a invitar este fin de semana a mi mujer a una cena romántica en un buen restaurante. Le voy a comentar que “pretendo poner en valor nuestra relación sentimental en sede hostelera”. No sé, todo sea que amenace con darme una patada en el género neutro. Y es que un manierista del lenguaje debe correr ciertos riesgos cuando tiene por esposa a una miembra de armas tomar.

Lecciones que no aprendemos de la Historia

Uno de los problemas de tener un sistema educativo tirando a flojo es que, a la mínima que te descuidas, te pierdes episodios de la Historia que son, sin duda, apasionantes. Si en el colegio apenas nos explicaron la historia de España y el siglo XIX era ese que nunca daba tiempo de explicar (“en arte, romanticismo y neoclasicismo.. y en política… eh, muchos golpes de estado… Ya si eso, os lo miráis en el libro de texto por vuestra cuenta”), no podíamos esperar que nos explicaran la Stunde Null.

candy_bombersEn los libros de Historia nos cuentan la segunda Guerra Mundial hasta Yalta y Potsdam. A partir de ahí, Alemania deja de tener interés y no vuelve a aparecer el resurgir de las dos Alemanias de la Guerra Fría. Pero lo que pasó en territorio alemán el día después de la derrota de Hitler, la Hora Cero, siempre me ha parecido tremebundo. Un país arrasado por completo ve como su mitad oriental es tomada por Rusia y Polonia, de manera que su población, millones de personas, se ve obligada a dejar sus casas con lo puesto. ¿Adónde van? Pues a lo que queda de Alemania, un lugar arrasado por las bombas, con gente vagando por las calles, recelosos de los compatriotas que vienen del este a competir por la poca comida que se encuentra y con la moral destruida por la derrota militar, el despertar al horror de los campos de exterminio y con millones de mujeres violadas por los soldados soviéticos. Más allá de que hicieran todo lo posible para merecerse muchos de esos males, cuesta creer que los alemanes pudieran levantarse de esa cornada de la Historia. Pero lo hicieron y les ha salido un país bastante apañado, donde continúan cortando de raíz cualquier guiño pseudonazi y donde la autocrítica por lo ocurrido en el pasado sigue grabada a fuego.

Una vez, hablando con un viejo profesor de alemán ya retirado, le pregunté qué recuerdos de la infancia conservaba. Yo supuse que su infancia en aquella Alemania de posguerra debió ser horrible. Sin embargo, él lo condensó todo en un recuerdo agradable: amerikanische Schokolade. Los críos, con esa tendencia a convertirlo todo en un juego, tienen una capacidad especial para olvidar lo malo y quedarse con lo bueno. Miles de niños alemanes prefirieron olvidar la miseria que les rodeaba y quedarse con las chocolatinas y los chicles que los estadounidenses lanzaron desde sus aviones. De manera subliminal, Estados Unidos consiguió presentarse ante millones de futuros adultos alemanes como algo simpático, amigable, como los tipos que les lanzaban chocolate del cielo. El Plan Marshall hizo el resto y no hace falta contar que los yankees se convirtieron en los amos del mundo.

Me viene esta reflexión a la mente cuando veo la manifestación de Pegida en Dresde contra la llegada de refugiados sirios. Hay un tufo neonazi en esas concentraciones que viene a demostrar que el monstruo duerme dentro de nosotros, nunca acaba de morir, siempre esperando a que se den las circunstancias necesarias para salir a flote. El miedo a tener que compartir lo poco que se tiene con mucha gente, mucho más necesitada que tú, es legítimo. El miedo a todo lo relacionado con el Islam es comprensible tras lo vivido en los últimos 15 años. Pero hay vicisitudes en la vida que te marcan para siempre. A mí la paternidad me hace ver a mi hijo en cada crío con el que me cruzo por la calle o que veo en televisión. Hay algo que me quema por dentro cuando pienso en mis desvelos por que Daniel no coja frío en El Retiro, mientras esos críos de la misma edad, o más pequeñitos aún, tiritan y lloran en brazos de unos padres desesperados.

Tal vez sea demasiado ingenuo, tal vez ser padre me haya vuelto menos sensato, pero yodibujo_niño_sirio me imagino una Europa fuerte, segura de si misma, cogiendo el toro por los cuernos. Una Europa que se pregunte «¿cuánto hay que poner»?, «¿a cuánta gente hay que acoger?». Una Europa que reciba temporalmente a esos desplazados, que no vienen a nuestra casa por gusto ni pretenden quedarse en la mayoría de los casos, mientras aprovechamos nuestra tecnología militar para borrar del mapa al DAESH cueste lo que cueste, incluidas las bajas humanas de unos soldados que tengan todo nuestro reconocimiento público. Una vieja Europa que confíe en sus servicios secretos y fuerzas de seguridad para controlar a los posibles lobos que se hayan colado entre las ovejas. Una Europa que ponga en marcha un plan Marshall en la nueva Siria a reconstruir y que gane influencia política y económica en esa zona, antes de que lo hagan Rusia o China. Y me imagino a esos niños sirios, a esos futuros adultos musulmanes, de vuelta en Siria para levantar su patria, sin olvidar a la vieja Europa que un día les acogió. A los americanos les salió bien con los europeos que sobrevivieron a Hitler. Claro que Estados Unidos decidió que iba a ser clave en la política internacional y combinó humanidad con inteligencia en beneficio propio. Dos cualidades de las que no vamos sobrados últimamente en el viejo continente. Aquí somos más de mirar para otro lado y esperar siempre que sean otros los que pongan el dinero, las vidas y las chocolatinas. Así nos va.

El futuro que nos espera

Me lo comentó un profesor de una de las escuelas de negocios más prestigiosas de España y Europa. Uno de esos tipos que han llegado a asesorar al mismísimo presidente del gobierno de turno. Pero como es muy de moverse en bici por la ciudad (los tipos que vamos en bici a trabajar no somos de fiar), estábamos de copas y acabó derramando sobre mi camisa un vaso de agua, mientras hacía aspavientos para quejarse de que en pocos minutos debía ponerse una corbata para ir a dar clase, un poquito cocido, a niños de papá obsesionados con ganar dinero, no le tomé muy en serio.

Entre copas, cervezas y cafés me aseguró que en el futuro se acabarán los atascos y los problemas para aparcar. “Claro, porque los coches volarán”, le dijo yo, que tampoco iba muy fino. “Nooooo”, contestó golpeando suavemente su vaso de chupito contra la mesa, con el gesto de satisfacción de quien ha conseguido llevar la conversación donde quería: “Se acabaron los problemas de aparcar porque nadie tendrá coche”. Según mi ilustre interlocutor lo que están haciendo empresas como Google, Apple o Tesla va muy en serio. El futuro del coche pasa por el vehículo autónomo que conduce solo. Todo son ventajas. No hay accidentes porque ellos mismos calculan la distancia con el resto del tráfico, no pierden el tiempo porque nadie se queda empanado en los primeros segundos del semáforo en verde, no contaminan porque son eléctricos y no hay que aparcarlos.

“¿No hay que aparcarlos?”, repliqué yo escéptico. “Una cosa es que no haya que conducirlos, y otra que se evaporen al llegar a casa”, añadí. Pues según el profesor ciclista los coches dormirán en grandes cocheras a las afuera de la ciudad y no serán de nuestra propiedad. Serán más bien como los taxis que acuden a nuestro punto de recogida y nos llevan a nuestro destino para luego irse con la música a otra parte. En esas cocheras, cuando estén estacionados, aprovecharán para cargar sus baterías. La idea me pareció plausible hasta que pensé en toda la industria del automóvil y, sobre todo, en toda la industria de la publicidad. Hay demasiada gente viviendo de vender coches a través de los sentimientos y las pasiones, potenciando la irracionalidad, el placer que provoca llevar un BMW, como para que ahora todos aceptemos llevar un huevo impersonal, igual a todos los demás. Uno de los éxitos de la industria automovilística ha sido inculcarnos que el coche es una extensión de nuestro espacio privado, una prolongación de nuestra casa.

Aquella charla quedó en el baúl de los recuerdos hasta que me he topado con una entrevista a Ryan chin, director del ‘City Science Initiative’ del MIT, en la que dice, un poco más sobrio pero igual de convencido, lo mismo que el prestigioso profesor con el que tuve la suerte de tomarme unas copas de manera distendida. Si las mentes brillantes comienza a dibujar ese escenario, puede que sea verdad que estemos a la puertas de una nueva era en la que nos volvamos mucho más racionales y dejemos de gastarnos 27.000 en una cosa que, se devalúa a la velocidad de la luz, que muchos sólo usan los fines de semana y que cuesta una ruina en mantenimiento, seguros, permisos y combustible.

Entre tanto, los europeos deberemos asistir abochornados a nuestra mediocridad. Cuando los asiáticos y norteamericanos comenzaron a experimentar con los motores limpios del futuro, nosotros decimos apostar por lo fácil: intentar que el diésel, el motor más sucio y ruidoso, contamine un poquito menos. Como eso cuesta mucho esfuerzo en tiempo, ingenio y dinero, Volkswagen decidió hacer trampas. La mediocridad lleva a la miseria. Esa es otra de las cosas que me dijo el profesor aquella tarde de copas: “los europeos estamos listos de papeles, nos hemos acostumbrado a no ser la vanguardia del mundo; los chinos nos van a comer por los pies”. ¿Acabaré dándole la razón? Yo, por si acaso, si vuelvo a coincidir con él en una sobremesa, le escucharé con igual o mayor atención.