La invasión china o cómo se jodió el turismo cultural

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El tipo lleva barba descuidada de tres días. Su camiseta de tirantes marida con las palmeritas de su bañador y las chanclas hawaianas. De repente, se detiene dándome la espalda. Algo parece haber llamado su atención. Bascula la cadera y eleva el talón del pie derecho. Por unas milésimas de segundo llego a pensar que se trata de un homenaje a la curva praxiteliana, cuando, de repente, todo se torna mucho más prosaico: el muchacho se rasca el culo como el que no quiere la cosa. Pero no un rascarse de forma disimulada y fugaz.  Más bien se diría que su mano ha ido al mismísimo fin del mundo a buscar el enajenado calzoncillo hasta conseguir traerlo a la superficie y colocarlo en su sitio. Una vez ejecutada la maniobra, y aliviadas las posaderas, prosigue la marcha con aire cansado y un tanto aburrido. ¿Qué no habrá conseguido captar su atención? ¿La carta del chiringuito? ¿Los niños haciendo castillos de arena en la orilla? No, lo que apenas ha conseguido retener la mirada de nuestro primer protagonista de hoy es la Gran Esfinge de Tanis, datada en torno al año 2600 a.C.

No, no estamos en la playa. Estamos en el Museo del Louvre de París y unos metros más allá, un adolescente ruso aprovecha que los restauradores se han llevado una estatua de la exposición para saltarse el cordón del perímetro y colocarse sobre el pedestal vacío para que sus padres, tan cafres como él, le hagan una foto. Todo esto mientras, no muy lejos de allí, una joven con acento porteño juega con el aire de uno de los conductos del aire (los franceses no se gastan mucho dinero en aire acondicionado) para que sus amigas la inmortalicen con sus móviles de última generación a lo Marilyn Monroe.

No seré yo quien caiga en posturas snobs o elitistas para negar el derecho de los analfabetos funcionales a entrar en un museo. Mejor allí que en otro sitio y, por lo menos, la visita daño no les hará. Sin embargo, la experiencia de visitar uno de los museos más importantes del mundo en plena temporada alta anima a reflexionar sobre qué es y hacia dónde va eso que llaman el turismo de masas. Cada vez cuesta más disfrutar de una visita satisfactoria ante el alud de personas que parecen estar allí simplemente porque “toca” visitar tal museo o tal monumento si te encuentras en tal ciudad. Cada vez son más los que fotografían todo los que les rodea de forma compulsiva sin pararse a pensar a qué le están haciendo una foto. Aunque lo que, posiblemente, más pena da es constatar que muchos no han sido todavía capaces de entender (y posiblemente ya nunca lo serán) que, una vez la vida te ha dado la oportunidad de pasar allí un día o una simple tarde, de lo que se trata es de disfrutar de esos segundos para maravillarte con lo que uno de tus congéneres fue capaz de hacer hace miles de años. Si uno no hace ese ejercicio intelectual, casi místico dirán algunos, no merece la pena darse semejante paliza.

¿No me creen? Si quieren ver algo cómico de verdad, les recomiendo que visiten la sala donde está expuesta la Gioconda de Leonardo da Vinci. Un cuadro pequeño, que reclama ser observado a dos metros de distancia, se convierte en campo de batalla para cientos de turistas que pelean por hacer una foto desde lejos. Lo más acojonante es comprobar cómo los pocos afortunados que consiguen llegar a primera línea se conforman con hacerse un selfie. Muy pocos consiguen pararse ante la obra maestra del genio renacentista para disfrutar de esa sonrisa ambigua.

En este contexto, me apuesto lo que quieran a que dentro de un tiempo se comenzará a hablar en los medios de comunicación de un problema creciente para el turismo cultural: la invasión de los chinos. Sí, invasión. No se  puede calificar de otra manera la irrupción de ciudadanos chinos de clase media a los circuitos turísticos que hasta ahora estaban reservados a europeos, americanos y japoneses. Llegan en masa y, por cuestiones culturales, se comportan como una masa uniforme. Ellos solos son capaces de llenar la sala de la Mona Lisa o el Salón de los Espejos de Versalles. A diferencia de los japoneses, tremendamente educados y alérgicos al contacto físico, los chinos practican el autismo turístico. Van a su bola y, si eres occidental, hacen como que no te ven. A ellos las apreturas no les molestan. Vienen del país más poblado del mundo y están acostumbrados. Te empujan y se te cuelan sin miramientos. Eso sí, hay que decir en su descargo que también saben recibir. Si les empujas y si te cuelas en su puñetera cara, tampoco se quejan.

El caso es que las críticas del resto de visitantes van en aumento y el fenómeno dará que hablar. No muy lejos del Louvre, al otro lado del Sena, presencio una escena curiosa en el Museo de Orsay. Un vigilante se desgañita en francés para recordar a los asiáticos que está prohibido hacer fotos. A pesar de las advertencias, un chino coloca su móvil a veinte centímetros (no exagero) de uno de los autorretratos de Van Gogh. En ésas, un francófono recrimina con gestos la actitud del chino, mientras un alemán se anima a pedirle que guarde la cámara. Ante el autismo del chino, un italiano le coloca la mano en el hombro y le invita a guardar la cámara. Finalmente, el chino sonríe y guarda el móvil. No es que no se enteren, es que no se quieren enterar…

La escena sirve para comprobar que los occidentales, por mucho que hablemos idiomas diferentes, tenemos unos valores en común. Valores que más vale potenciemos si no queremos que la invasión china nos coma la tostada más allá de la sala de una pinacoteca. El siglo XXI será el de las grandes regiones planetarias. Los estados no podrán competir por sí mismos y deberán aliarse por criterios económicos y culturales. Europa está llamada a unirse más que nunca, por mucho que países como Francia se refugien en el ultranacionalismo. De los movimientos nacionalistas que pretenden convencernos de que la solución a la globalización es crear un estado donde hasta ahora no lo había, mejor ni hablar porque simplemente provocan hilaridad.

El Barón Haussman cambió la cara de París en el siglo XIX para donar al mundo una ciudad que trasciende al propio ser humano. Un lugar idóneo, tanto para ponerse estupendo con reflexiones más o menos profundas, como para hacer turismo como un borrego más. Un lugar, en definitiva, para cargar pilas para lo que nos espere a partir de septiembre. A todos, hagan turismo o se queden en casa, feliz verano.

Aquellos tiempos en los que podías fiarte de la gente

A veces uno tiene la sensación de haber nacido demasiado tarde. Y me consta que no soy el único. Tengo un buen amigo que sufre de los mismos síntomas. Indicios que provocan verdadera angustia. A los que nos tensa retrasarnos con el pago del alquiler por lo que pueda pensar de nosotros el casero, a los que nos estresa llegar tarde a una cita porque hacemos esperar a quien prometimos estar en un lugar a una hora determinada… a veces, nos gustaría haber nacido en otra época. Posiblemente en aquel tiempo en el que la palabra de un hombre valía más que cualquier contrato firmado ante notario y diseñado por un batallón de abogados.

No hace mucho, con motivo de la venta de una modesta herencia, descubrimos sorprendidos que una parte de las tierras que había cultivado mi abuelo durante años “oficialmente” no le pertenecían. Lo que apareció en un cajón de la vieja casa familiar, hoy vacía, testigo mudo de otro tiempo, fueron unas escrituras en las que figuraba el nombre de otra persona. Tras una breve indagación, se descubrió que el abuelo había ido ampliando la parcela, poco a poco, comprando terrenos aledaños. En ocasiones, cuando se efectuaba la compra, el vendedor entregaba las escrituras y el nuevo propietario simplemente las guardaba, tal cual, convencido de que la mera posesión de aquel legajo acreditaría ante el mundo entero que el pedazo de tierra recién adquirido le pertenecía por derecho. Tal era la candidez de unos hombres que estrechaban sus manos recias mirándose a los ojos. Los callos que atesoraban aquellas manos eran una prueba fehaciente de que aquellas personas no tenían necesidad de ir a un notario a actualizar unos papeles, y mucho menos de pleitear con posterioridad sobre los detalles. Hubo un tiempo en el que si un hombre le decía a otro que allí había 45 fanegas, cuando años más tarde al comprador le daba por medir la extensión de su cortijo, lo que allí aparecían eran 45 fanegas. Ni una más ni una menos.

Naturalmente, no soy iluso. Sé que siempre hubo ladrones, desalmados y verdaderos hijos de puta. De hecho, nunca fui partidario de exclamar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, porque la vida es mucho más compleja que todo eso y es difícil condensarla en una sola frase. Pero es verdad que el descaro con el que se actúa ahora, la falta de vergüenza, la ausencia de remordimientos cuando se falta a la palabra dada sobrecoge. Hace poco, mi compañía telefónica me anunció que podría pasarme al 4G de forma gratuita. “¿No me cobrarán más? No. ¿No tendré permanencia? No. ¿No tendré que cambiar de terminal? No. ¿Seguro? Seguro, sólo tiene que acercarse a una de nuestras tiendas para hacer el cambio de SIM”. Al llegar a la tienda, una chica pizpireta me miró con cara de “pobre pringao, claro que tienes que cambiar de terminal para captar el 4G, y eso supone pagar el terminal y afrontar una nueva permanencia”. Resulta que te engañan vilmente para que acudas a la tienda con la esperanza de que, una vez allí y con el cuerpo hecho a tener 4-G, al final piques el anzuelo.

La manera en la que se encogió de hombros la dependienta, asumiendo con entusiasmo que su compañía mete trolas todos los días a todas horas, me recordó a la escena de Un día de Furia, en la que Michael Douglas saca una recortada y apunta al dependiente exigiéndole que le ponga “una hamburguesa como la de la foto”. Afortunadamente, uno está en contra de las armas y de montar un escándalo en público que sólo serviría para acabar en comisaría. Por eso uno se muerde la lengua y no manda a hacer puñetas a la gerente de la oficina bancaria que te vende ahora las bondades de un producto estructurado con la misma soltura con la que, no hace tantos meses, vendía preferentes a sus clientes. ¿Me estará intentando engañar otra vez? ¿Habrán quedado realmente escarmentados de su mala praxis? El problema de los sinvergüenzas es que acaban haciéndote dudar hasta de tu sombra. En suma, consiguen que este mundo sea menos habitable.

Estas últimas horas ha resultado penoso comprobar cómo algunos periodistas honestos y algunas personas de buena fe han dado la cara por el fundador de Gowex. El tal Jenaro García, modelo de emprendedor e icono de la marca España, nos ha fallado a todos. Durante cuatro años se ha inventado las cuentas de su empresa, a sabiendas de que miles de inversores metían sus ahorros porque confiaban en su palabra. Sólo ha confesado cuando una auditoría le ha destapado. Entonces, sí. Entonces ha pedido perdón por Twitter. Pero en esta vida no se trata de pedir disculpas; se trata de no hacer lo que no debes hacer.

¿Se imaginan a Jenaro, el de la “contabilidad creativa”, cerrando el traspaso de unas fanegas simplemente con un apretón de manos? ¿Se imaginan a Jenaro reconociendo que las escrituras de las tierras en las que aparece el nombre de su abuelo, en realidad, son del hombre que se las compró en su momento? Posiblemente, hubiese aprovechado la ocasión para sacar tajada. Muchos lo hubieran hecho porque aquí falta algo que no es ni de derechas ni de izquierdas. Algo que es de puro sentido común. Algo que te sale o no te sale. Algunos le llaman honor. Otros, simplemente, vergüenza. Afortunadamente, todavía todos no son así. Y es a esa gente a la que hay que agarrarse para levantarse cada mañana cuando sale el sol.

La esquina en la que el diablo hizo saltar la chispa

Érase una vez un imperio la mar de glamuroso. Su capital era una de las ciudades más bonitas del mundo. Sus calles rezumaban refinamiento, al igual que sus gentes. Por doquier se veían pasar elegantes carruajes y vehículos de época, ocupados por hombres y mujeres que solían destinar sus horas de ocio al disfrute de la música clásica y a la más exquisita ejecución del vals.

Sin embargo, no todo era color de rosa en aquel imperio. El heredero al trono se olía que otros reinos le estaban comiendo la tostada y que muchos de sus propios súbditos estaban deseando partir peras con el imperio por aquello del nacionalismo (¿les suena de algo?). El heredero, con título de archiduque y un enorme sombrero de plumas a juego, ya le había hecho saber a su tío, el viejo emperador, que la única manera de contentar al personal sería impulsando una reforma territorial (¿les suena?). El archiduque estaba decidido a emprender aquella reforma en cuanto llegase al trono, pero, en este caso, el destino no quiso darle tiempo.

Un día, para hacerse el dirigente guay que besa a niños en la calle (¿les suena?), visitó con su mujer Sarajevo, una ciudad remota del imperio de esas que dan mal rollo a los guardaespaldas. Estaba llena de bosnios que se habían convertido al Islam por la larga influencia de la dominación turca. Dominación que, a su vez, había inflamado el nacionalismo de otro tipo de bosnios: los ortodoxos de origen serbio que andaban muy mosqueados porque, tras librarse de los turcos, en lugar de unirse con los serbios de Serbia, habían caído en manos del imperio del archiduque. Entre esos fanáticos se encontraba un joven de 20 años, de nombre Gavrilo, tuberculoso y tan tirillas que sus propios amigos terroristas le habían descartado para la acción.  Sin embargo, Gavrilo llevaba tanta mala leche acumulada que se puso a practicar por su cuenta. Un día mató un halcón de un tiro y pensó: “si puedo matar un halcón, puedo matar a un archiduque”. Vamos, alguien tan gilipollas como peligroso (¿les suena?).

El caso es que cuando la visita a Sarajevo llegaba a su último día y los guardaespaldas comenzaban a relajarse, se lío parda, que dirían los eruditos. Hasta siete nacionalistas serbios esperaban al archiduque a lo largo de su trayecto en coche descapotable. Unos no supieron disparar. Otro lanzó una bomba y se intentó suicidar lanzándose a un río seco (al más puro estilo de la película Four Lions), sin comprobar que el archiduque conseguía esquivar in extremis el artefacto que sí dejó varios heridos en la comitiva. Con el susto todavía en el cuerpo, el archiduque llegó al ayuntamiento donde un cuarteto se puso a interpretar música ligera vienesa, como si tal cosa, hasta que el propio heredero les mandó callar. Le estaban poniendo la cabeza loca con tanta música y necesitaba pensar. Finalmente, decidió cambiar la agenda y visitar a los heridos. Pero, he aquí, el chófer (siempre hay un tonto necesario) no se enteró de los nuevos planes y se metió por la misma calle donde estaban esperando los terroristas de marras. Cuando el gobernador, que viajaba en el mismo coche, se dio cuenta, le ordenó recular.  Entre dimes y diretes, el vehículo se detuvo durante unos segundos en la esquina de una tienda de comestibles. ¿Quién quiso el destino que estuviese en esa misma esquina comprando algo de comer cuando ya pensaba que no podría cumplir su sueño de ser un magnicida? Efectivamente, Gavrilo el del halcón.

Este 28 de junio de 2014 se cumple un siglo de aquella mañana en la que Gavrilo Princip asesinó al heredero del Imperio Austro-húngaro, el archiduque Francisco Fernando, y a su esposa Sofía. Cuando le detuvieron se hizo el chulo y aseguró que, por él, como si le colgaban y le prendían fuego. “Mi cuerpo será la antorcha que ilumine a mi pueblo en el camino hacia la libertad”, llegó a afirmar. Sin embargo, dicen que cuatro años más tarde, poco antes de morir en la cárcel, reconoció que, de haber previsto las consecuencias, no habría cometido el magnicidio.

Lo que sucedió hoy hace cien años en una esquina de Sarajevo provocó el estallido de la Primera Guerra Mundial. Nueve millones de muertos, cuatro imperios desaparecidos y una Europa que nunca más volvió a ser la vanguardia mundial, tras un conflicto terrible en el que, por primera vez, se usaron armas químicas. El hombre descubrió que el desarrollo tecnológico se le había escapado definitivamente de las manos con un armamento aterradoramente mortífero. Los millones de tullidos y desfigurados que vagaban por las calles en la posguerra inspiraron corrientes artísticas como el cubismo. Una guerra que podría haberse evitado si la surrealista política de alianzas no hubiese arrastrado a las diferentes potencias.

Algunos analistas comentan preocupados que, un siglo después, los paralelismos son inquietantes. Dirigentes mediocres y alejados de la realidad (los monarcas de Inglaterra, Austria, Alemania y Rusia eran parientes pero no se soportaban), movimientos nacionalistas (¿les suena?), malestar social que se tradujo en el auge de soluciones colectivistas como el marxismo (¿les suena?), naciones emergentes que buscan su sitio en el mundo con una política agresiva…

Tal vez lo más inquietante sea comprobar que, como sucedía en 1914, Europa tiene una ciudadanía a veces demasiado pasota y confiada en que las soluciones violentas ya son imposibles. En ese contexto crecen y crecen los extremistas de banderas y modelos sociales. Lo bueno, en cambio, es que a estas alturas ya hemos recibido muchas lecciones. De nosotros depende tener en cuenta efemérides como ésta y recordar siempre que, para evitar que una opereta torne en desastre, lo mejor es no dar bola a quienes están dispuestos a hacer saltar la chispa de la discordia en cualquier esquina.

El reto de ganarse a quienes no tienen el ánimo para farolillos

Naciste en los últimos coletazos de los 70. No conociste dictadura ni dictador. Fuiste hijo de unos padres que no tuvieron la oportunidad de cursar estudios superiores y que se deslomaron a trabajar para que tú sí pudieras hacerlo. Palabras como “esfuerzo” o “sacrificio” se grabaron en tu alma para siempre, mientras escuchabas a tus viejos levantarse al alba cada mañana para ir a pelear un sueldo. Ellos hicieron el trabajo sucio durante muchos años, mientras tú ibas tan ricamente al colegio. Estudiando, estudiando… aprendiste a apreciar la cultura y la educación en su sentido más amplio. Aprendiste a respetar a tu prójimo, pero también a competir con él para conquistar el futuro. Un hondo respeto por el concepto de meritocracia se instaló en ti, al tiempo que, viajando lo que no pudieron viajar tus padres o abuelos, descubriste que los de fuera no son tan diferentes. Aman, sueñan, temen y sufren como tú. No somos mejores, pero tampoco peores. Fuera complejos. Los fantasmas y obsesiones de tus mayores nunca fueron contigo. Tú naciste en democracia y todo lo demás te suena a la guerra de Cuba. Demasiado lejano como para poderte condicionar.

Por eso no entiendes el conformismo de los mayores. El pasteleo tan lamentable en el que se ha convertido este país. Políticos mediocres que nunca han trabajado fuera del partido, amigotes enchufados que desplazan a gente válida y honesta, una justicia que no es justicia, gente cínica y descreída, corrupción por todas partes… No, no estás contento con lo que ves y, en éstas, sin comerlo ni beberlo, te disparan a quemarropa con una pregunta: ¿monarquía o república?

Tú, que eres un tipo o una tipa racional, que te has dejado las cejas en aprobar esas oposiciones, en sacar adelante esa tesis doctoral, en abrir ese pequeño negocio o que estás injustamente pagado o incomprensiblemente en el paro… vamos a decir que, ahora mismo, no tienes la moral para farolillos. Así, a bote pronto, la idea de que la jefatura de un estado moderno dependa de los espermatozoides de un señor determinado se te antoja aberrante. ¿Y el mérito? ¿Y si los hijos o los nietos de ese señor no son diligentes, responsables o, simplemente, no valen para asumir esa labor? ¿Y su sueldo lo tenemos que pagar entre todos? ¿Y lo tenemos que pagar aunque su comportamiento en la vida privada no sea el más apropiado?

Andan los tiempos revueltos y este tipo de preguntas son legítimas y aguijonean tu mente cuando pones la tele para ver la famosa proclamación. Entonces aparece un señor que lleva más de 40 años preparándose para semejante sarao. Aunque la tradición le aconsejaba juntarse con alguien de su “nivel”, él fue el primero en negarse y hoy aparece acompañado de la mujer que eligió libremente, una periodista divorciada que le ha cambiado la forma de vestir y le ha llevado a los cines y a los conciertos donde suele ir eso que llaman la “gente normal”. Te preguntas curioso hasta qué punto habrá limado la ex presentadora al hombre de palacio que nos tenían preparado. Por lo pronto, se presenta en las Cortes con aire humilde. Habla de “mi generación” y de la “honestidad como forma de vida”. Si se cree lo que dice, parece consciente de que hay demasiada gente pasándolo mal y demasiada gente que no se conforma con lo que hay. Españoles que exigen un país más justo, honesto y moderno. Españoles que podrían identificarse con esa cita que el nuevo Rey extrae del Quijote: “No es un hombre más que otro, si no hace más que otro”… De momento, dicen que ha sido firme con su hermana y su cuñado a los que ha dejado fuera de la foto. Parece ser consciente de que no podrá ganarse el puesto si no es capaz de inspirar a toda una nueva generación de españoles. Ejemplaridad lo llaman. Y, de repente, suelta eso de “unidad no es uniformidad”, que más que un guiño a determinados territorios, suena a regañina para los que todavía no entienden que hay españoles que dicen “te quiero” a sus hijos en catalán, euskera o gallego, sin ánimo de molestar a nadie.

¿Quién sabe? Puede que este señor, a base de tanto prepararse, sea el Rey que más entienda lo que se cuece en la calle. Para averiguarlo habría que concederle el beneficio de la duda. De hecho, dudar es bueno porque implica raciocinio.  Tú, que no dejas de ser un mono venido a más, escuchas el himno de España, observas el brillo de las corazas de los alabarderos, el paso marcial de los que están dispuestos a dar su vida por su patria… y te vienes arriba. La liturgia te hace recordar que naciste en una vieja nación con una historia y unos héroes que ya quisieran tener otros. Y ahí, en pleno subidón patriótico, te acuerdas de los que quieren acabar con esto: esos profesores con coleta que hablan de “Estado español” para negar el alma a tu país, mientras pierden el culo por reír las gracias a los filoetarras; esos separatistas de la boina que pretenden afrontar la globalización atrincherados en el terruño… De repente, caes en la cuenta: “lo que estos odien, no debe ser tan malo”.

Vuelves a mascullar para tus adentros las palabras del nuevo Rey: “Una corona íntegra, honesta y transparente…” El ser racional, analítico e indignado pelea en tus adentros por asomar de nuevo la cabeza entre el ruido de los tambores, pero la última jugada no le sale del todo bien. Sustituyes mentalmente a este señor por uno de esos presidentes de república mujeriegos y ladronzuelos que tienen en países no muy lejanos. Comienzas a notar que las fuerzas te flaquean, mientras sigues hablando para tus adentros: “Cagüentó… No, si al final lo digo…” Y, efectivamente, al final, entre la mística de la Historia, el beneficio de la duda y ese pragmatismo que te dice que si aguanta en el cargo será buena señal para todos, lo sueltas entre resignado, esperanzado y provocador: ¡Viva el Rey y viva siempre España!” A ver qué pasa…

Los drones, un problema muy real del que se habla muy poco

Ser hijo de un físico y periodista científico es lo que tiene. Si no andas listo, comienzas a acumular papeletas y más papeletas hasta que, un buen día, te conviertes en una cobaya humana. Al hijo de Paul Wallich los 400 metros que separaban su casa del autobús escolar se le debieron hacer eternos durante una temporada. Su padre (un poco vago el hombre) no quería acompañarle todos los días, pero tampoco le gustaba perderle de vista cuando bajaba la colina situada entre su hogar y la parada del bus. Así que, ni corto ni perezoso, nuestro físico estadounidense construyó un pequeño aparato volador, controlado a distancia, con una cámara incorporada que enviaba imágenes en directo. Colocó una baliza en la mochila de su hijo y… ¡gualá! El drone seguía y filmaba al pequeño hasta la parada, mientras el científico lo supervisaba todo plácidamente a través de un monitor desde casa.

Bueno, tan plácidamente, tampoco. Wallich descubrió que en los días nublados el cacharro no volaba y, en las mañanas de viento, tenía muchas posibilidades de acabar estrellado. La idea de abrir la cabeza a su hijo con el invento le hizo finalmente desistir. En todo caso, dicen que este pudo ser el primer intento de dar un uso privado a una tecnología que, como casi todo, surgió del ámbito militar. Al margen de los aficionados al aeromodelismo, los últimos en tener sueños atrevidos con los drones fueron los responsables de Amazon. El famoso distribuidor comercial anunció el año pasado que, en cuanto la legislación lo permitiese, pensaba utilizar drones para entregar algunos pedidos puerta a puerta.

¿Se imaginan en las fechas navideñas un ejército de drones sobrevolando las ciudades, cada uno de ellos, de su padre y de su madre, buscando una dirección concreta para aterrizar en la mismísima puerta del cliente con la intención de depositar el libro, la tableta o el jersey encargado por Internet? ¿Se imaginan el uso poco comercial que podrían darle algunos terroristas? El pollo podría ser monumental. Tanto que algunos gobiernos han comenzado a ponerse las pilas para evitar problemas mayores.  Sin ir más lejos, el gobierno español confirmó el pasado viernes, en Consejo de Ministros, que piensa regular el uso comercial de los drones.  De momento sabemos que su utilización estará prohibida en los núcleos urbanos y que su regulación dependerá mucho de su peso y tamaño. Teniendo en cuenta que, el pasado mes de abril, la Agencia Estatal de Seguridad Aérea prohibió el uso de drones para aplicaciones civiles, tiene toda la pinta de que el sueño de Amazon no será posible. Por lo menos, en España.

Eso sí, las autoridades de nuestro país no es que pasen de los drones. Todo lo contrario. El pasado mes de octubre, la Junta de Andalucía aprobó el uso de un campo de pruebas para experimentar con aviones no tripulados de grandes dimensiones y tecnología avanzada. Un proyecto del que también participa el gobierno central con una inversión de 40 millones para albergar drones de 650 kilos, en una finca pública que se quemó hace 15 años. 75 hectáreas que bordean el Parque de Doñana y que han hecho a los ecologistas poner el grito en el cielo.

Y es que, los gobiernos parecen interesados en controlar, de forma discreta, las posibilidades que puedan brindar los artefactos aéreos no tripulados. Algunos biólogos ya han comprobado que se les puede dar un gran uso para observar las poblaciones de animales en campo abierto. También servirían para vigilar los montes y ahuyentar a los pirómanos. Sin embargo, todo indica que el mayor potencial de los drones será puesto a disposición de la guerra. De hecho, el ejército de Estados Unidos ya entrena a más operadores de drones que a pilotos de guerra convencionales. Las asociaciones de periodistas norteamericanas calculan que el ejército de la primera potencia mundial ha abatido a más de 2.000 personas enviando drones a Yemen, Afganistán o Pakistán. Lo hacen para no poner en peligro la vida de un piloto y para no ser detectados por los radares. Los habitantes de algunas zonas de esos países aseguran que el zumbido de drones es constante.

Para saber quién los pilota, recomiendo ver el documental de la directora Tonje Hessen titulado Drone. En él se relata la paranoia de unos controladores que hacen vida normal en sus hogares, pero que en su jornada de trabajo se ponen frente a unas pantallas en las que vigilan durante días y meses a un posible objetivo situado a 12.000 kilómetros de distancia. Le ven en su día a día, cómo se relaciona con su mujer, con sus hijos, con sus amistades… hasta que reciben la orden de disparar. Un piloto explica en Drone que se hizo disidente porque no podía volver a su casa a hacer una barbacoa, como si tal cosa, después de haber visto cómo se desangraba el objetivo durante horas. De hecho, los más críticos con el uso de los drones señalan que estamos hablando de miles de ojos en el cielo que no parpadean durante horas y que nos pueden vigilar sin que ni siquiera lo sospechemos. Algo así como el helicóptero Pegasus de la DGT, pero a lo bestia y para algo más que poner multas.

Los más reacios a perder su intimidad miran a los drones con suspicacia y los más apocalípticos recuerdan que, según la mayoría de los expertos, en el futuro esos aparatos volarán de manera prácticamente independiente lo que puede multiplicar su uso de forma exponencial. Para evitar que haya muchos disidentes como el que sale en el documental, los nuevos controladores son reclutados entre los jóvenes expertos en videojuegos, que tienden a cosificar o deshumanizar los objetivos a abatir. Sea como sea, estamos ante otro ejemplo de que la tecnología puede ser maravillosa o perversa en función del uso que se le quiera dar. De momento, llama la atención lo poco que se habla del asunto en los foros públicos y en los medios de comunicación. Tal vez porque, hasta ahora, el uso que se está dando a los drones no es demasiado edificante.

Los jóvenes y la mala leche acumulada

La actitud vital de aquel profesor de instituto me pareció admirable. Aquel tipo, camino ya de los 50, jamás se hará viejo. Podrá cumplir años, pero no envejecerá porque ha decidido no acomodarse en su paradigma mental. Siempre estará dispuesto a asomar los bigotes más allá de su zona de confort y eso, a la larga, resulta clave. “Todo esto de Internet me asusta un poco, sobre todo los cambios de actitud y costumbres en los chavales de hoy. Pero me niego a demonizarlo. Simplemente, puede que yo, por edad, no lo entienda”, me comentaba al tiempo que detallaba fascinado el universo de posibilidades que acababa de descubrir en la red social interna que había puesto en marcha en colaboración con sus alumnos adolescentes.

Desde luego, descifrar lo que viene a lomos de los más jóvenes no es fácil. La industria del automóvil está que se tira de los pelos porque ha constatado que, por primera vez en la historia de la sociedad de consumo, los menores de 25 años no consideran como una de sus grandes prioridades tener vehículo propio. El mamón que atormentó a los Hombres G estaba en la cúspide del barrio porque, además de un jersey amarillo, tenía un Ford Fiesta blanco. Sin embargo, hoy en día los expertos en contratación de las empresas punteras van de culo porque no acaban de pillar el punto a los Millennials, como llaman los cursis a los nacidos a partir de 1980. Resulta que la última generación adulta asentada ya en el mundo laboral no lo fía todo únicamente a un buen sueldo ni al prestigio profesional. Los directores de recursos humanos están comprendiendo que para retener a los más talentosos tienen que ofrecerles otro tipo de incentivos intangibles. Los veinteañeros y los que comienzan a pisar la treintena (y tienen la suerte de trabajar) prefieren un sueldo más bajo si eso les deja tiempo libre, y valoran más que nunca que su empresa tenga buena reputación social, que respete el medioambiente… En definitiva, parecen un poco más honestos y llevan peor la hipocresía que la generación de sus padres. Algunos, incluso, llevan esa actitud al extremo y les da por hacerse hipsters. Se trata de esa moda que consiste en vestir vintage para entregarse a la nostalgia de un pasado más naif, más cándido. Los hipsters son unos tipos raros que optan por montar en bicicleta, tomar Prozac y hablar de forma irónica para combatir el cinismo que les rodea.

A otros, en cambio, les da por entregarse a un líder inspirador que les haga creer que “sí se puede”, ya sea un presidente negro, un entrenador aguerrido o un profesor universitario mediático y con coleta. “Podemos”, gritan todos. ¿Y qué le pasa al personal para que esté así de obsesionado con la utopía? Pues, posiblemente, estemos ante un choque entre lo nuevo y lo viejo, como no sucedía desde los años 60 del pasado siglo.

Los jóvenes de hoy en día llevan mal estar en el paro o tener un trabajo precario, a pesar de su formación y de hablar idiomas. Sobre todo porque viven en un sistema con demasiados gobernantes que no pasaron por la universidad, ni hablan idiomas, ni saben lo que es trabajar fuera del partido, ni fomentan, cuando no aniquilan directamente, la meritocracia. A los jóvenes de hoy, además, les revienta que esa clase dirigente les mire con displicencia y les diga que todavía son demasiado jóvenes para opinar o actuar, a pesar de que muchos han sobrepasado ya los 30.

“Todavía sois unos críos” dicen quienes con esa misma edad se embarcaron a hacer la Transición, no sin antes haber idealizado Mayo del 68, cuando se gritó “prohibido prohibir” y se arrancaron adoquines de las calles de París para montar jaleo. Los jóvenes de hoy en día, sencillamente, no entienden que esa misma generación critique ahora la utopía. Aunque lo que peor se entiende es que esa generación del Baby Boom siga todavía en el machito sin dejar sitio a nada más. Veamos: tontearon con la rebeldía y la violencia de Mayo del 68, hicieron la Transición en su juventud, fortalecieron la democracia, corrompieron la democracia y ahora todavía se ven con ánimos de regenerarla, mientras miran con recelo a los que vienen detrás.  En definitiva, lo viejo frente a lo nuevo en forma de generación tapón.

Lo malo es que el tapón no da más de sí, y a la mayoría de los que han llevado las riendas durante décadas el paradigma ya nos les sirve para entender lo que está pasando. De Gaulle no entendió que los medios de masas cambiaban las reglas de juego, y los que hoy todavía mandan se apuntan a Twitter si convicción para dejar la cuenta abandonada en cuanto termina la campaña electoral. Ahora están alucinando con que un partido salido de la nada con ideas y actitudes poco sensatas se haya colocado como cuarta fuerza nacional, aupada por los jóvenes con dos cañas y mucha campaña en las redes. En Izquierda Unida se preguntan por qué no les han votado a ellos si defienden lo mismo, en el PSOE no se preguntan nada porque hace tiempo se entregaron a la mediocridad y en el PP lo más que han sabido decir es que son todos unos frikis.

La mitad de los que han votado a Podemos tienen menos de 35 años y la mayoría poseen estudios universitarios. ¿Hay que hacerles mucho caso? Pues, por sentido común, no deberían tener demasiado recorrido, teniendo en cuenta que, a pesar de lo moderno de sus formas, se han presentado con una propuesta más vieja que los balcones de madera: el comunismo que ya fracasó donde quiera que fue implantado. Además, ahora deberán crear estructuras organizativas y no hay nadie en política que no haya perdido frescura y empatía en ese trámite. Posiblemente, los primeros que han conseguido capitalizar de verdad el malestar sean precisamente lo peor y más peligroso de los que tienen motivos para quejarse. De hecho, parecería el sector más cainita. Les delata su maximalismo y su lenguaje belicoso, casi militarizante, que entronca con toda la mala leche asquerosa que se vertió en las redes con motivo del asesinato de la presidenta de la Diputación de León. Cualquiera que tenga un poco de luces debería estar experimentando mucha inquietud ante las consecuencias que pueda tener la radicalización de la política. En todo caso, todo esto no deja de ser un síntoma de que el tapón por algún sitio tiene que saltar.

Bien harían los que llevan décadas mandando en tomar las medidas pertinentes para dejar que el agua salga poco a poco y no de golpe, una vez el tapón salte por los aires. Lo viejo debe ir dejando espacio a lo nuevo. A lo más valido y sensato de lo nuevo, porque, de lo contrario, será lo peor de lo nuevo lo que abra la brecha. En Francia lo hicieron en su momento y la V República sobrevivió a Mayo del 68. Cambiar todo para que todo siga igual, entendiendo «todo» como una sociedad avanzada y democrática en la que la inmensa mayoría vive razonablemente bien. De momento, los del machito ya le han visto la coleta al lobo.

El peligro del postureo y la marca personal

Tengo un amigo que está alucinado con eso de Linkedin. Y es que, a pesar de la crisis, no son pocos los que han encontrado trabajo o han ampliado su red de contactos gracias a esa famosa red social. Los early adopters (que dirían los modernos), es decir, aquellos que se apuntan a un bombardeo y adoptan una tecnología o una aplicación nada más salir, hace tiempo que la usan. En cambio, los que nos cuesta más desenroscarnos la boina nos hemos ido sumando poco a poco a unas redes que, al margen de su utilidad profesional, te ayudan a hacerte una idea de cómo están las cabezas y por dónde van los tiros en este mundo.

Cuenta mi amigo que, después de tanto software, tanto hardware y tanta estrategia de posicionamiento SEO, lo que sigue mandando en Internet, en gran medida, es lo que ha funcionado de toda la vida de Dios: el postureo. Y no me refiero a que en nuestra foto de perfil de Facebook pongamos una imagen en la que nos damos un cierto aire a George Clooney, cuando en realidad, la mayor parte del día somos más bien como Woody Allen. Me refiero a la sublimación del arte de vendernos a nosotros mismos.  Contaba Leo Harlem en uno de sus monólogos que no entendía esa manía de la gente de mentir y exagerar en Linkedin: “Coño, miente para vivir bien sin pegar ni chapa, no para trabajar!!!

El caso es que son muchos los expertos que nos bombardean en estos tiempos de zozobra económica y social con la necesidad de cultivar nuestra “marca personal”. Básicamente, la cosa consiste en vendernos como si fuéramos una marca más para posicionarnos en el mercado, de manera que nos elijan a nosotros en lugar de a otro que, por currículum y experiencia, podría pasar por nuestro hermano gemelo. Pero cuando todos tenemos una licenciatura, un máster y dos o tres idiomas ¿cómo nos diferenciamos del resto? Pues aquí entra la magia del “personal branding” como, efectivamente, dirían los modernos.

Los gurús de estas materias, lógicamente, no te recomiendan ni te animan a que mientas, pero es verdad que se dan fenómenos curiosos. Si tú te presentas a ti mismo sólo con tu mecanismo, la cosa, así de entrada, funciona más bien poco. Eres uno más de los muchos que buscan trabajo. Pero si te creas una pequeña empresa, aunque al principio haya poco más que el nombre y el logo, y pruebas a poner que eres “director general de nosequé”, ahí la película cambia. Se te comienzan a agregar contactos y la gente muestra más interés. ¿Qué ha cambiado? Básicamente eres el mismo, pero la imagen que proyectas a los demás es diferente.

No digo que esto no pueda estar bien, porque echas a rodar una bola que, al final, puede desembocar en una dinámica positiva asentada a la larga en tu talento y esfuerzo.  Pero, ¿no corremos también más que nunca el peligro de caer en la trampa de las apariencias?  Todo el mundo, en mayor o menor medida, ha conocido alguna vez a alguien exitoso que, así de lejos, parecía un torbellino. Alguien que, sin embargo, analizado de cerca, no tenía ni tanto talento ni era tan trabajador: simplemente, sabía venderse muy bien.

Dentro de un mes, España acudirá al Mundial de Brasil dirigida por Vicente del Bosque. Un entrenador exitoso y respetado al que en su día echaron del Real Madrid porque no hacía personal branding. “Su librillo está anticuado” llegaron a decir las altas instancias madridistas que se obsesionaron con eso de “proyectar imagen”. El propio Florentino Pérez, harto también de malgastar dinero con entrenadores de baloncesto de mucho prestigio y palique, acabó buscando al más barato de los preparadores, pensando posiblemente en, puestos a no ganar títulos, gastar lo mínimo en la sección. El elegido fue Pablo Laso. No tenía currículum en la élite ni un discurso rimbombante. Paradójicamente, el Madrid de baloncesto ha vuelto con él a la élite y, a pesar de haber perdido por segunda vez la final de la Copa de Europa, muchos madridistas le creen cuando asegura: “que nadie lo dude. Volveremos a jugar una final de Euroliga y la ganaremos”.

Laso representa la sencillez, la sensatez y la fe en el trabajo bien hecho. Con eso ha llegado muy lejos, casi tanto como el Cholo Simeone al que, visto como le trata la prensa, posiblemente ahora mismo ganaría las próximas elecciones europeas, si fuese candidato. El Cholo comenzó dejando eso de la marca y la proyección de imagen a los demás. Lo suyo era reconocer su inferioridad y trabajar con humildad para hacerlo lo mejor posible. Lo ha hecho tan bien que, al final, se ha llevado por delante a infinidad de equipos convencidos de que “su marca” sería suficiente para ganar a un equipo, a priori, más débil.

Estos días, atléticos y no atléticos andan seducidos por una idea tan sencilla como revolucionaria: “si se cree y se trabaja, se puede”. No dudo de que la marca sea importante y que sea necesario trabajarla con mimo. Pero el que se obsesione hasta el punto de dedicarse en exclusiva a esos menesteres se estará equivocando.  No habrá éxito, si en todo lo que hacemos no hay una base de trabajo, esfuerzo y honestidad.

Una raya trazada en la arena

Tenía sólo ocho años. A esa edad todavía crees en los regalos que llegan de Oriente y tu padre todavía es un superhéroe que todo lo sabe y todo lo alcanza. Sin embargo, aquel día iba a ser el padre el que se quedara tan boquiabierto como estupefacto. Una raya trazada en la arena. Una simple raya cambió sus vidas para siempre. Yago saltó todo lo lejos que pudo y su progenitor entendió, en aquella playa asturiana, que el guaje tenía futuro.

No era negro, no era alto y su carácter enfermizamente tímido le situaba en las antípodas de quienes amenazan sin remilgos con comerse el mundo. Pero Yago Yamela tenía un don. Cuando cogía carrerilla y medía mentalmente sus pasos para impulsarse justo antes del punto indicado el tiempo se detenía. El chaval que volaba llegó a clavar los 8’56 metros de longitud en Maebashi. Tenía sólo 22 años y había cambiado aquella playa de Xagó por un estadio japonés situado en las antípodas donde habitan los grandes.

Años más tarde se arrepentiría de no haber sabido sonreír, de no tener a nadie que le enseñase a desenvolverse entre las cámaras y los aplausos. Le atormentaba que pensaran de él que era un engreído por hablar poco, cuando lo cierto es que simplemente le podía la timidez. Encerrado en sí mismo, pocos llegaron a conocer de verdad a aquel muchacho que, atropellado por el tren de vida que otorgan varios subcampeonatos del mundo, en un solo día llegó a regalar dos coches. Uno a su padre y otro a su novia.

Yago era generoso con los suyos, pero el podio olímpico no lo fue con él. Aquella lesión en el talón de Aquiles fue el comienzo de su descenso a los infiernos. El crío que un día saltó con inocencia la raya que trazó su padre en la arena acudió medio cojo a los Juegos de Atenas 2004. Infiltrado para soportar el dolor, consiguió meterse en la final, pero aquel despliegue de pundonor no tuvo recompensa. Se volvió a romper los dos tendones, se operó, volvió a recuperarse y cuando soñaba con regresar fue un gemelo el que le dijo basta.

Las lesiones no le dejaron volar sobre la arena y Yago pensó que entonces volaría más alto. Se matriculó en aquella escuela para pilotos de aviación, pero el centro quebró. Viajó a Estados Unidos, estudió informática, se refugió en la música, pero no lo pudo evitar. Yago se asomó al abismo de las almas compungidas que no hayan el norte en este mundo. Tras la salida de los centros sanitarios siempre restó importancia a su mal: “Perdí el ánimo de una manera preocupante, pero ya estoy mejor”. Pocas palabras. Siempre pocas palabras hasta que un amigo le encontró sin vida en el domicilio de su familia.

Se apunta a un infarto, aunque lo que está claro es que la segunda parte de su vida fue un suplicio. Yago Lamela se nos ha ido, como se nos fueron Jesús Rollán o Teófilo Benito. Algunos dieron la voz de alarma y las autoridades deportivas intentaron ayudarle siguiendo los protocolos de actuación para aquellos que pasan fulminantemente del todo a la nada, de la fama al anonimato, de la entrega absoluta al devenir anodino de los días. Pero la mente humana sigue siendo un misterio que para algunos espíritus atormentados transmuta en calvario.

Yo pienso en todos los tímidos involuntarios, en todos los falsos extrovertidos que nos rodean y que nos pueden estar suplicando ayuda a gritos, sin que ni siquiera lo sospechemos. Tan sólo la ignorancia de quienes nunca les llegaron a conocer de verdad, el desprecio de quienes no comprenden los procesos depresivos y la impotencia de quienes realmente les conocen y les quieren. Ojalá algún día encontremos la fórmula para hacerles más fuertes. Ojalá encontremos el camino para ser más sabios y hacerles entender que, a pesar de todo, la vida puede ser maravillosa.

Levantarte una mañana sin saber que vas a salvar una vida

Todo aquel que no pueda dormir por motivos ajenos a su voluntad sabrá perfectamente de qué estoy hablando. Puedes ser un tipo entrañable, un buen amigo, un esposo ejemplar, un hijo modélico, un trabajador profesional como pocos, un ciudadano comprometido, un contribuyente honradísimo y puede que hasta experimentes un demoledor remordimiento cuando, por despiste, eches un envase al cubo de la basura orgánica…, pero como algo o alguien no te deje dormir de forma sistemática, créeme, acabarás sintiendo un deseo irrefrenable de invadir Polonia. Por algo, una de las torturas más efectivas en la base de Guantánamo consiste en la privación del sueño…

El pequeño desquiciado que llevo dentro cuando no duermo lo suficiente se ha imaginado a sí mismo, en infinidad de ocasiones, subiendo al piso superior para hacer pagar, con todo tipo de venganzas, las horas de sueño que me ha robado mi vecina. Tiquitiquití, tiquitiquití… El bastón, el andador o lo que sea que utiliza para desplazarse por el piso es como un martillo pilón que no te deja conciliar el sueño por muchos tapones que te pongas. Cómo una mujer de movilidad reducida puede tener semejante hiperactividad a lo largo y ancho de los 70 metros cuadrados de su vivienda es un misterio insondable.

El caso es que llega el fin de semana y por fin crees que vas a dormir una noche como las “personas humanas”, que diría aquel. Pero he aquí que, cuando todavía no han marcado ni las siete de la mañana, tu mujer te rescata de lo más profundo de tu dulce sueño para ponerte en alerta:

-Sergio, despierta. A la vecina de arriba le pasa algo.

-La madle que la palió…

Te incorporas como puedes, mientras te quitas los tapones de los oídos y la férula de la boca (no, no puedo ser un atractivo metrosexual las 24 horas del día, también yo merezco un respiro) y pones en guardia el oído. Efectivamente, se escucha un leve quejido: “Ay, qué dolor; ay, qué dolor…”

Rápidamente subimos a la planta superior y escuchamos el llanto de la vecina al otro lado de la puerta. Le preguntamos si está bien y nos ruega que abramos, sin acertar a explicar qué le sucede. Lógicamente, no tenemos llave y la puerta blindada está cerrada a cal y canto. Llamamos al 112. En tres minutos de reloj un policía local está ante la puerta del piso. El municipal llama a los bomberos y éstos se presentan cinco minutos más tarde. Cuando nos queremos dar cuenta tenemos a tres bomberos dentro de nuestro piso para estudiar la estructura de la planta y hacerse una idea de cuál es la mejor manera de acceder al piso de arriba. Finalmente, deciden extender una escalera por la fachada para entrar por la ventana. Mientras el camión se aproxima, llega una ambulancia. Cuatro trabajadores del SAMUR aguardan en el descansillo de la escalera cruzando apuestas sobres si se tratará o no de una rotura de cadera. Finalmente, los bomberos abren desde dentro y los sanitarios se movilizan.

Un bombero se asoma y nos cuenta que la mujer estaba en el baño cuando se ha caído hacia delante dando con la cabeza en el suelo. “No podía moverse, estaba aturdida y la postura le dificultaba la respiración. De no haber llamado vosotros, en una hora habría muerto”, nos felicita.

Primera reflexión: hasta diez profesionales y dos vehículos se movilizan en menos de media hora para salvar una vida humana. Reconforta la idea y te reafirma en el convencimiento de que hay determinados gastos presupuestarios que siguen mereciendo la pena, por mucha crisis que haya. Que los políticos recorten de gastos superfluos y duplicidades administrativas, pero no de esto.

Segunda reflexión: una mujer mayor no debería vivir sola en su piso, mientras sus hijos residen en la otra punta del país. Por muchos sanitarios, policías y bomberos que tengamos, nunca habrá mejor inversión social que la cultura de familia y el compromiso con los tuyos.

A mi vecina no se le ha roto ningún hueso, pero continúa ingresada porque le han detectado una neumonía con la que convivía sin saberlo. La soledad de esa mujer me apena. Me ha robado muchas horas de sueño, pero deseo que vuelva pronto a casa. Al final va a tener razón mi mujer: a pesar de lo que refunfuño cuando no duermo, va a resultar que soy un tipo entrañable. Hay que joderse…

Una cuestión de honor

Paco es tu tío jovial. Un cachondo, que se suele decir. Cuando queda con sus amigos le gusta hacer el ganso para que el tendido se ría a gusto. Esa sonrisa pícara y esa mirada apuntando al suelo después de cada chanza recuerdan al niño travieso que algún día fue. Entonces la vida era diferente. Aquel crío pasaba la mayor parte del tiempo en su ciudad, una bulliciosa capital de provincia, donde las horas con la cuadrilla de amigos constituían el entretenimiento principal.

Hoy en día las cosas han cambiado. Paco pasa largas temporadas fuera de casa y las risas de los amigos están muy caras porque en ocasiones se encuentran a miles y miles de kilómetros. Paco es militar y cuando le conocí las risas de la cuadrilla ya sólo llegaban a sus oídos de vez en cuando. Pura física. Las carcajadas de una capital de provincia española, por muy fuerte que se proyecten, no pueden llegar a un campamento militar en Afganistán. Allí lo que se oye es el silbido del viento. Eso en un día tranquilo. Cuando los talibán querían jarana, lo que se escuchaba en aquella base era el ruido de los morteros y los disparos de kalashnikov.

Con Paquito coincidí una noche de fiesta en su ciudad, en su ambiente, con su gente. Las bromas de siempre y su público entregado, como siempre. Sin embargo, pasadas las chanzas, con la cuadrilla distraída en todo tipo de conversaciones, descubrí a un Paco meditabundo, apartado de los demás. Con la copa en la mano, observaba la pista de baile y el deambular de jóvenes ociosos en una noche de marcha. Le pregunté en qué pensaba y se encogió de hombros: “Estaba pensando en lo tranquila que vive toda esta gente, mientras a mí me pegan morterazos un día sí y otro también”. En ese momento sentí una extraña sensación de culpabilidad. Yo pertenecía al grupo de los despreocupados que no saben lo que es un mortero y que jamás arriesgaríamos la vida por lo que pagan a militares como Paco. En el Ejército nadie se hace rico y pocos son los que te dan las gracias. A diferencia de países como Estados Unidos, aquí los soldados tienen que aguantar todo tipo de improperios sobre su capacidad intelectual o el dinero público que se destina al material que utilizan. Así las cosas, la pregunta parecía obvia: “¿Te arrepientes de tu profesión? Paco tardó un par de segundos en contestar, pero esta vez no se encogió de hombros. Simplemente me miró a los ojos y me dijo: “No, no me arrepiento. Es un mi obligación. Es mi vocación”.

Hay gente que está hecha de una pasta especial y, no nos engañemos, hay trabajos que deben realizarse y que requieren de gente especial. Los militares lo son. Quien conozca bien ese mundo sabe que no son unos pirados a los que les gusten las armas, sino hombres y mujeres con una vocación de servicio a los demás que se sale de lo común. En las últimas décadas nuestros militares se han dedicado principalmente a salvar y proteger vidas, y lo han hecho en precario, soportando los mismos o más recortes que nadie. Sólo que un recorte para ellos no es trabajar con un ordenador lento o tener que reutilizar el papel por la otra cara, sino jugarse el pellejo.

Es por eso que me alegro profundamente de que Josefina Valiño se haya llevado una alegría en las últimas horas. Josefina es la madre del capitán Daniel Pena Valiño y hace unas semanas nos escribió una carta desgarradora en la que pedía ayuda a los periodistas para que no se dejase de buscar a su hijo y a los otros tres militares que se hundieron en aguas de Fuerteventura con su helicóptero el pasado 19 de marzo. Ironías de la vida: dedicaron su existencia a rescatar a los demás y, durante unos días, se pensó en abandonar el rescate de sus cuerpos porque la operación era demasiado complicada y costosa.

“Cuando pasen tres meses se les dará por fallecidos… Una medalla y supere usted la vida como pueda”, lamentaba Josefina sin alcanzar a entender por qué la vida de un militar debe tener menos importancia en los medios de comunicación que la de un marinero o un bañista. No sabemos si esa carta habrá tenido algo que ver o no, pero el ministerio de Defensa  ha puesto finalmente lo que había que poner para sacar ese helicóptero a flote y poder enterrar como se merecen a Daniel, Carmen, Sebastián y Carlos. Por sus vidas ya no se puede hacer nada, pero la nave ya ha sido localizada. Y han hecho lo correcto porque en esta vida hay cosas que no se hacen por dinero. Hay cosas que son, pura y llanamente, una cuestión de honor.