Aquellos tiempos en los que podías fiarte de la gente

A veces uno tiene la sensación de haber nacido demasiado tarde. Y me consta que no soy el único. Tengo un buen amigo que sufre de los mismos síntomas. Indicios que provocan verdadera angustia. A los que nos tensa retrasarnos con el pago del alquiler por lo que pueda pensar de nosotros el casero, a los que nos estresa llegar tarde a una cita porque hacemos esperar a quien prometimos estar en un lugar a una hora determinada… a veces, nos gustaría haber nacido en otra época. Posiblemente en aquel tiempo en el que la palabra de un hombre valía más que cualquier contrato firmado ante notario y diseñado por un batallón de abogados.

No hace mucho, con motivo de la venta de una modesta herencia, descubrimos sorprendidos que una parte de las tierras que había cultivado mi abuelo durante años “oficialmente” no le pertenecían. Lo que apareció en un cajón de la vieja casa familiar, hoy vacía, testigo mudo de otro tiempo, fueron unas escrituras en las que figuraba el nombre de otra persona. Tras una breve indagación, se descubrió que el abuelo había ido ampliando la parcela, poco a poco, comprando terrenos aledaños. En ocasiones, cuando se efectuaba la compra, el vendedor entregaba las escrituras y el nuevo propietario simplemente las guardaba, tal cual, convencido de que la mera posesión de aquel legajo acreditaría ante el mundo entero que el pedazo de tierra recién adquirido le pertenecía por derecho. Tal era la candidez de unos hombres que estrechaban sus manos recias mirándose a los ojos. Los callos que atesoraban aquellas manos eran una prueba fehaciente de que aquellas personas no tenían necesidad de ir a un notario a actualizar unos papeles, y mucho menos de pleitear con posterioridad sobre los detalles. Hubo un tiempo en el que si un hombre le decía a otro que allí había 45 fanegas, cuando años más tarde al comprador le daba por medir la extensión de su cortijo, lo que allí aparecían eran 45 fanegas. Ni una más ni una menos.

Naturalmente, no soy iluso. Sé que siempre hubo ladrones, desalmados y verdaderos hijos de puta. De hecho, nunca fui partidario de exclamar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, porque la vida es mucho más compleja que todo eso y es difícil condensarla en una sola frase. Pero es verdad que el descaro con el que se actúa ahora, la falta de vergüenza, la ausencia de remordimientos cuando se falta a la palabra dada sobrecoge. Hace poco, mi compañía telefónica me anunció que podría pasarme al 4G de forma gratuita. “¿No me cobrarán más? No. ¿No tendré permanencia? No. ¿No tendré que cambiar de terminal? No. ¿Seguro? Seguro, sólo tiene que acercarse a una de nuestras tiendas para hacer el cambio de SIM”. Al llegar a la tienda, una chica pizpireta me miró con cara de “pobre pringao, claro que tienes que cambiar de terminal para captar el 4G, y eso supone pagar el terminal y afrontar una nueva permanencia”. Resulta que te engañan vilmente para que acudas a la tienda con la esperanza de que, una vez allí y con el cuerpo hecho a tener 4-G, al final piques el anzuelo.

La manera en la que se encogió de hombros la dependienta, asumiendo con entusiasmo que su compañía mete trolas todos los días a todas horas, me recordó a la escena de Un día de Furia, en la que Michael Douglas saca una recortada y apunta al dependiente exigiéndole que le ponga “una hamburguesa como la de la foto”. Afortunadamente, uno está en contra de las armas y de montar un escándalo en público que sólo serviría para acabar en comisaría. Por eso uno se muerde la lengua y no manda a hacer puñetas a la gerente de la oficina bancaria que te vende ahora las bondades de un producto estructurado con la misma soltura con la que, no hace tantos meses, vendía preferentes a sus clientes. ¿Me estará intentando engañar otra vez? ¿Habrán quedado realmente escarmentados de su mala praxis? El problema de los sinvergüenzas es que acaban haciéndote dudar hasta de tu sombra. En suma, consiguen que este mundo sea menos habitable.

Estas últimas horas ha resultado penoso comprobar cómo algunos periodistas honestos y algunas personas de buena fe han dado la cara por el fundador de Gowex. El tal Jenaro García, modelo de emprendedor e icono de la marca España, nos ha fallado a todos. Durante cuatro años se ha inventado las cuentas de su empresa, a sabiendas de que miles de inversores metían sus ahorros porque confiaban en su palabra. Sólo ha confesado cuando una auditoría le ha destapado. Entonces, sí. Entonces ha pedido perdón por Twitter. Pero en esta vida no se trata de pedir disculpas; se trata de no hacer lo que no debes hacer.

¿Se imaginan a Jenaro, el de la “contabilidad creativa”, cerrando el traspaso de unas fanegas simplemente con un apretón de manos? ¿Se imaginan a Jenaro reconociendo que las escrituras de las tierras en las que aparece el nombre de su abuelo, en realidad, son del hombre que se las compró en su momento? Posiblemente, hubiese aprovechado la ocasión para sacar tajada. Muchos lo hubieran hecho porque aquí falta algo que no es ni de derechas ni de izquierdas. Algo que es de puro sentido común. Algo que te sale o no te sale. Algunos le llaman honor. Otros, simplemente, vergüenza. Afortunadamente, todavía todos no son así. Y es a esa gente a la que hay que agarrarse para levantarse cada mañana cuando sale el sol.

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