La esquina en la que el diablo hizo saltar la chispa

Érase una vez un imperio la mar de glamuroso. Su capital era una de las ciudades más bonitas del mundo. Sus calles rezumaban refinamiento, al igual que sus gentes. Por doquier se veían pasar elegantes carruajes y vehículos de época, ocupados por hombres y mujeres que solían destinar sus horas de ocio al disfrute de la música clásica y a la más exquisita ejecución del vals.

Sin embargo, no todo era color de rosa en aquel imperio. El heredero al trono se olía que otros reinos le estaban comiendo la tostada y que muchos de sus propios súbditos estaban deseando partir peras con el imperio por aquello del nacionalismo (¿les suena de algo?). El heredero, con título de archiduque y un enorme sombrero de plumas a juego, ya le había hecho saber a su tío, el viejo emperador, que la única manera de contentar al personal sería impulsando una reforma territorial (¿les suena?). El archiduque estaba decidido a emprender aquella reforma en cuanto llegase al trono, pero, en este caso, el destino no quiso darle tiempo.

Un día, para hacerse el dirigente guay que besa a niños en la calle (¿les suena?), visitó con su mujer Sarajevo, una ciudad remota del imperio de esas que dan mal rollo a los guardaespaldas. Estaba llena de bosnios que se habían convertido al Islam por la larga influencia de la dominación turca. Dominación que, a su vez, había inflamado el nacionalismo de otro tipo de bosnios: los ortodoxos de origen serbio que andaban muy mosqueados porque, tras librarse de los turcos, en lugar de unirse con los serbios de Serbia, habían caído en manos del imperio del archiduque. Entre esos fanáticos se encontraba un joven de 20 años, de nombre Gavrilo, tuberculoso y tan tirillas que sus propios amigos terroristas le habían descartado para la acción.  Sin embargo, Gavrilo llevaba tanta mala leche acumulada que se puso a practicar por su cuenta. Un día mató un halcón de un tiro y pensó: “si puedo matar un halcón, puedo matar a un archiduque”. Vamos, alguien tan gilipollas como peligroso (¿les suena?).

El caso es que cuando la visita a Sarajevo llegaba a su último día y los guardaespaldas comenzaban a relajarse, se lío parda, que dirían los eruditos. Hasta siete nacionalistas serbios esperaban al archiduque a lo largo de su trayecto en coche descapotable. Unos no supieron disparar. Otro lanzó una bomba y se intentó suicidar lanzándose a un río seco (al más puro estilo de la película Four Lions), sin comprobar que el archiduque conseguía esquivar in extremis el artefacto que sí dejó varios heridos en la comitiva. Con el susto todavía en el cuerpo, el archiduque llegó al ayuntamiento donde un cuarteto se puso a interpretar música ligera vienesa, como si tal cosa, hasta que el propio heredero les mandó callar. Le estaban poniendo la cabeza loca con tanta música y necesitaba pensar. Finalmente, decidió cambiar la agenda y visitar a los heridos. Pero, he aquí, el chófer (siempre hay un tonto necesario) no se enteró de los nuevos planes y se metió por la misma calle donde estaban esperando los terroristas de marras. Cuando el gobernador, que viajaba en el mismo coche, se dio cuenta, le ordenó recular.  Entre dimes y diretes, el vehículo se detuvo durante unos segundos en la esquina de una tienda de comestibles. ¿Quién quiso el destino que estuviese en esa misma esquina comprando algo de comer cuando ya pensaba que no podría cumplir su sueño de ser un magnicida? Efectivamente, Gavrilo el del halcón.

Este 28 de junio de 2014 se cumple un siglo de aquella mañana en la que Gavrilo Princip asesinó al heredero del Imperio Austro-húngaro, el archiduque Francisco Fernando, y a su esposa Sofía. Cuando le detuvieron se hizo el chulo y aseguró que, por él, como si le colgaban y le prendían fuego. “Mi cuerpo será la antorcha que ilumine a mi pueblo en el camino hacia la libertad”, llegó a afirmar. Sin embargo, dicen que cuatro años más tarde, poco antes de morir en la cárcel, reconoció que, de haber previsto las consecuencias, no habría cometido el magnicidio.

Lo que sucedió hoy hace cien años en una esquina de Sarajevo provocó el estallido de la Primera Guerra Mundial. Nueve millones de muertos, cuatro imperios desaparecidos y una Europa que nunca más volvió a ser la vanguardia mundial, tras un conflicto terrible en el que, por primera vez, se usaron armas químicas. El hombre descubrió que el desarrollo tecnológico se le había escapado definitivamente de las manos con un armamento aterradoramente mortífero. Los millones de tullidos y desfigurados que vagaban por las calles en la posguerra inspiraron corrientes artísticas como el cubismo. Una guerra que podría haberse evitado si la surrealista política de alianzas no hubiese arrastrado a las diferentes potencias.

Algunos analistas comentan preocupados que, un siglo después, los paralelismos son inquietantes. Dirigentes mediocres y alejados de la realidad (los monarcas de Inglaterra, Austria, Alemania y Rusia eran parientes pero no se soportaban), movimientos nacionalistas (¿les suena?), malestar social que se tradujo en el auge de soluciones colectivistas como el marxismo (¿les suena?), naciones emergentes que buscan su sitio en el mundo con una política agresiva…

Tal vez lo más inquietante sea comprobar que, como sucedía en 1914, Europa tiene una ciudadanía a veces demasiado pasota y confiada en que las soluciones violentas ya son imposibles. En ese contexto crecen y crecen los extremistas de banderas y modelos sociales. Lo bueno, en cambio, es que a estas alturas ya hemos recibido muchas lecciones. De nosotros depende tener en cuenta efemérides como ésta y recordar siempre que, para evitar que una opereta torne en desastre, lo mejor es no dar bola a quienes están dispuestos a hacer saltar la chispa de la discordia en cualquier esquina.

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