El reto de ganarse a quienes no tienen el ánimo para farolillos

Naciste en los últimos coletazos de los 70. No conociste dictadura ni dictador. Fuiste hijo de unos padres que no tuvieron la oportunidad de cursar estudios superiores y que se deslomaron a trabajar para que tú sí pudieras hacerlo. Palabras como “esfuerzo” o “sacrificio” se grabaron en tu alma para siempre, mientras escuchabas a tus viejos levantarse al alba cada mañana para ir a pelear un sueldo. Ellos hicieron el trabajo sucio durante muchos años, mientras tú ibas tan ricamente al colegio. Estudiando, estudiando… aprendiste a apreciar la cultura y la educación en su sentido más amplio. Aprendiste a respetar a tu prójimo, pero también a competir con él para conquistar el futuro. Un hondo respeto por el concepto de meritocracia se instaló en ti, al tiempo que, viajando lo que no pudieron viajar tus padres o abuelos, descubriste que los de fuera no son tan diferentes. Aman, sueñan, temen y sufren como tú. No somos mejores, pero tampoco peores. Fuera complejos. Los fantasmas y obsesiones de tus mayores nunca fueron contigo. Tú naciste en democracia y todo lo demás te suena a la guerra de Cuba. Demasiado lejano como para poderte condicionar.

Por eso no entiendes el conformismo de los mayores. El pasteleo tan lamentable en el que se ha convertido este país. Políticos mediocres que nunca han trabajado fuera del partido, amigotes enchufados que desplazan a gente válida y honesta, una justicia que no es justicia, gente cínica y descreída, corrupción por todas partes… No, no estás contento con lo que ves y, en éstas, sin comerlo ni beberlo, te disparan a quemarropa con una pregunta: ¿monarquía o república?

Tú, que eres un tipo o una tipa racional, que te has dejado las cejas en aprobar esas oposiciones, en sacar adelante esa tesis doctoral, en abrir ese pequeño negocio o que estás injustamente pagado o incomprensiblemente en el paro… vamos a decir que, ahora mismo, no tienes la moral para farolillos. Así, a bote pronto, la idea de que la jefatura de un estado moderno dependa de los espermatozoides de un señor determinado se te antoja aberrante. ¿Y el mérito? ¿Y si los hijos o los nietos de ese señor no son diligentes, responsables o, simplemente, no valen para asumir esa labor? ¿Y su sueldo lo tenemos que pagar entre todos? ¿Y lo tenemos que pagar aunque su comportamiento en la vida privada no sea el más apropiado?

Andan los tiempos revueltos y este tipo de preguntas son legítimas y aguijonean tu mente cuando pones la tele para ver la famosa proclamación. Entonces aparece un señor que lleva más de 40 años preparándose para semejante sarao. Aunque la tradición le aconsejaba juntarse con alguien de su “nivel”, él fue el primero en negarse y hoy aparece acompañado de la mujer que eligió libremente, una periodista divorciada que le ha cambiado la forma de vestir y le ha llevado a los cines y a los conciertos donde suele ir eso que llaman la “gente normal”. Te preguntas curioso hasta qué punto habrá limado la ex presentadora al hombre de palacio que nos tenían preparado. Por lo pronto, se presenta en las Cortes con aire humilde. Habla de “mi generación” y de la “honestidad como forma de vida”. Si se cree lo que dice, parece consciente de que hay demasiada gente pasándolo mal y demasiada gente que no se conforma con lo que hay. Españoles que exigen un país más justo, honesto y moderno. Españoles que podrían identificarse con esa cita que el nuevo Rey extrae del Quijote: “No es un hombre más que otro, si no hace más que otro”… De momento, dicen que ha sido firme con su hermana y su cuñado a los que ha dejado fuera de la foto. Parece ser consciente de que no podrá ganarse el puesto si no es capaz de inspirar a toda una nueva generación de españoles. Ejemplaridad lo llaman. Y, de repente, suelta eso de “unidad no es uniformidad”, que más que un guiño a determinados territorios, suena a regañina para los que todavía no entienden que hay españoles que dicen “te quiero” a sus hijos en catalán, euskera o gallego, sin ánimo de molestar a nadie.

¿Quién sabe? Puede que este señor, a base de tanto prepararse, sea el Rey que más entienda lo que se cuece en la calle. Para averiguarlo habría que concederle el beneficio de la duda. De hecho, dudar es bueno porque implica raciocinio.  Tú, que no dejas de ser un mono venido a más, escuchas el himno de España, observas el brillo de las corazas de los alabarderos, el paso marcial de los que están dispuestos a dar su vida por su patria… y te vienes arriba. La liturgia te hace recordar que naciste en una vieja nación con una historia y unos héroes que ya quisieran tener otros. Y ahí, en pleno subidón patriótico, te acuerdas de los que quieren acabar con esto: esos profesores con coleta que hablan de “Estado español” para negar el alma a tu país, mientras pierden el culo por reír las gracias a los filoetarras; esos separatistas de la boina que pretenden afrontar la globalización atrincherados en el terruño… De repente, caes en la cuenta: “lo que estos odien, no debe ser tan malo”.

Vuelves a mascullar para tus adentros las palabras del nuevo Rey: “Una corona íntegra, honesta y transparente…” El ser racional, analítico e indignado pelea en tus adentros por asomar de nuevo la cabeza entre el ruido de los tambores, pero la última jugada no le sale del todo bien. Sustituyes mentalmente a este señor por uno de esos presidentes de república mujeriegos y ladronzuelos que tienen en países no muy lejanos. Comienzas a notar que las fuerzas te flaquean, mientras sigues hablando para tus adentros: “Cagüentó… No, si al final lo digo…” Y, efectivamente, al final, entre la mística de la Historia, el beneficio de la duda y ese pragmatismo que te dice que si aguanta en el cargo será buena señal para todos, lo sueltas entre resignado, esperanzado y provocador: ¡Viva el Rey y viva siempre España!” A ver qué pasa…

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