El penalti de los bancos

Ahora que en el circo del fútbol todo el mundo protesta contra los árbitros en función de cómo le va la feria, estaría curioso dictar una norma para que sólo se pitase un penalti si el equipo perjudicado, el que lo recibiese en contra, reconociera que efectivamente lo ha cometido. Lo mismo la FIFA o la UEFA algún día se animan, pero lo que está claro es que de la Real Federación Española de Fútbol jamás saldrá semejante idea, habida cuenta de que asumir la culpa en el país de los pícaros parece una tarea imposible.

Pues la fe que no tenemos en los futbolistas resulta que sí la tenemos en nuestros bancos. O, por lo menos, la tiene el gobierno que les ha puesto la devolución de las cláusulas suelo, como se suelde decir, a huevo… para sus intereses. El tribunal europeo de justicia dictaminó que ese tipo de cláusulas habían sido abusivas y que se debía devolver todo el dinero que se había cobrado de más a los hipotecados que no se beneficiaron de la bajada del euríbor, por la letra pequeña de los préstamos que firmaron. Sin embargo, los afectados ya saben que, en la mayoría de los casos, deberán pelear su dinero en la inhóspita jungla de los tribunales. La otra opción es esperar a que la entidad bancaria, la que ocultó las cláusulas de forma sibilina, asuma ahora que actuó de mala fe y ofrezca una cantidad compensatoria. Cantidad que amenaza con ser ridícula, si se tiene en cuenta que algunos bancos ya se reservan la opción de hacer una oferta inicial y luego una contraoferta, como dando a entender que, de buenas a primeras, van a soltar lo menos posible. Nuevamente, el ciudadano de la calle se siente desamparado ante los abusos de instituciones poderosas que marcan el paso de nuestras vidas, sin que la administración, da igual del color político que sea, haga nada al respecto a la hora de la verdad.

application-1756279__480Sucede ahora con las cláusulas suelo y sucedió con las preferentes. Los bancos que engañaron a sus clientes, que daban los papeles a firmar con las casillas de conocimientos financieros marcadas de antemano, tuvieron la opción de elegir la auditora (la que casualmente les llevaba las cuentas y no vio los desfalcos que se cometieron durante años) que debía decidir a qué cliente se le devolvía algo y a quién no. De nuevo, dime si has cometido penalti y sólo te lo pito en contra si eres heroicamente honesto…

Los bancos son un caso sangrante, pero no es el único. Las eléctricas deben tener agujetas de la risa al ver la cara de los consumidores que se creyeron aquello de que el nuevo sisteman para facturar la luz les iba a beneficiar. Y qué decir de los conductores a los que la administración incitó, incluso con ayudas económicas, a comprar un coche diésel y ahora van como puta por rastrojo para llegar al trabajo cada vez que a la boina de contaminación de su ciudad le da por ponerse torera.

A veces, demasiadas, los políticos generan el problema o dan pie a que se produzca,  a continuación constatan el abuso, pero, finalmente, no protegen a los perjudicados. La intervención del Estado en la vida de los ciudadanos no debe ser abusiva, como propugnan algunos trasnochados, pero tampoco tan inexistente o ridícula que acabe siendo un insulto a la inteligencia de los hombres y mujeres de este país. Eso sólo genera auténticos ejércitos de contribuyentes descreídos, que acaban interiorizando que la dimensión colectiva, eso que llaman la cosa pública, sólo sirve para perjudicarles, y nunca al contrario. Así, sin confianza en la justicia, a la larga, no hay sociedad que resista.

Un mundo sin dinero

Se está cociendo algo que nos cambiará la vida a todos. Nunca se sabe si va va primero el huevo o la gallina. Si fueron nuestros hábitos los que hicieron mover el culo a los bancos, o si los bancos están llevándonos por un nuevo redil. Lo más probable es que se trate de una mezcla de ambos factores. El caso es que, a la chita callando, estamos enfilando el camino hacia un mundo sin dinero en efectivo o, cuando menos, con una presencia testimonial de los billetes y las monedas. La profundidad del cambio y el tiempo que nos lleve es lo que está por determinar.

Esta misma semana la fundación Francisco Giner de los Ríos ha acogido un foro bajo el título “No Money: el fin del dinero en efectivo”.  Sólo hay que seguir un poco por encima las noticias de los periódicos o los telediarios para darse cuenta de que los bancos llevan tiempo con el trasero apretado. Sobre todo cuando se les nombra a las nuevas empresas tecnológicas. La posibilidad de que Google o Facebook decidan prestar dinero o facilitar que sus clientes transfieran dinero entre ellos les aterra. De momento, las tecnológicas se han conformado con manejar el big data: nos dejan ser sus usuarios gratuitamente a cambio de que les cedamos los datos de nuestra intimidad. Los publicistas y las compañías que producen todo lo que consumimos pagan lo que sea por esa información que les permite saber cómo vendernos la moto de manera efectiva. Pero la tentación de meter la cuchara en el negociado de la banca está ahí. Tienen la tecnología para hacerlo y las nuevas generaciones les veneran.

descargaEso es precisamente lo que más temen los bancos. Los chicos menores de 25 años sólo entran en una oficina bancaria una vez al año. No se fían de los bancos y, en cambio, no tienen miedo a realizar operaciones en la red. Caixabank ya se ha resignado y lo ha anunciado a los cuatro vientos con una gran campaña publicitaria para hacer saber a sus clientes que el nuevo &banco& es el banco del parque en el que te sientas a tomar el aire. El BBVA, cuyo presidente fue un visionario al anunciar la necesidad de digitalizar la banca, también saca pecho con sus aplicaciones móviles para pagar la botella de agua cuando sales a correr sin tener que llevar dinero encima. La puntilla para el &dinero de bolsillo& la pueden dar aplicaciones como Twyp, ideada por ING para que los amigos se transfieran a través de los móviles esos 7 eurillos que nos dejaron el otro día que estábamos sin blanca para hacer la compra en la panadería.

La depresión de las acciones de los bancos en bolsa demuestra que las cavilaciones de los banqueros no son infundadas; los inversores no tienen muy claro si eso de la banca tradicional es un negocio con el futuro necesario como para apostar por ella. Por tanto, algo algo hay que hacer. Y la consecuencia de la migración al mundo digital está clara: Santander ha anunciado en las últimas semanas una reducción de su plantilla y una reestructuración de sus oficinas. Sobran esas lugares físicos en los que se realizaban operaciones. Los expertos aseguran que no desaparecerán por completo porque el contacto físico será siempre necesario, aunque se orientarán hacia el concepto de &lugar de encuentro&.

Los más entusiastas miran con curiosidad lo que ya sucede en países como Dinamarca, donde el 75% de los usuarios usan formas de pago alternativas. ¿Por qué Dinamarca? Seguramente ese comportamiento de los daneses está ligado a que su país es el que menos dinero negro maneja de toda Europa. Si no hay nada que ocultar y hay confianza en el sistema bancario del país, la desaparición del dinero físico es más sencilla.

Esa reflexión nos lleva a pensar en el caso concreto de España. Será interesante descubrir cómo evoluciona la digitalización del dinero en el país de la Unión Europea en el que más billetes de 500 euros circulan y en el que, para estupefacción de varios premios Nobel de Economía, no hay ningún estallido anárquico (más allá del folclore podemita), a pesar de que sufrimos una tasa de paro superior al 20%. En España se comprobará si pueden más las costumbres arraigadas en la población, en este caso el uso sistemático de dinero negro, o la ingeniería social de las compañías que nos inducen a cambios de usos y mentalidad.

Algunos dirán que si la digitalización monetaria sirve para poner las cosas más difíciles a la economía sumergida, bienvenida sea. Aunque tampoco faltan los que señalan que mucha gente de bien pudo sobrevivir a los corralitos y desmanes provocados por los bancos gracias al dinero que guardaron a tiempo debajo del colchón. Dicen las malas lenguas que acabar con los billetes en casa sería el golpe definitivo para tener controlada (y atemorizada) a la sociedad. El dinero virtual no deja de ser un valor en una pantalla. Si la pantalla funde a negro, no tienes nada, por mucho que despotriques. De ahí las dudas sobre el bitcoin y los nuevos proyectos de moneda virtual. De ahí que todavía tengamos tantas dudas y tantas cosas de las que estar pendientes en los próximos años. El futuro está lleno de oportunidades, pero también de riesgos que nos podrían hacer más vulnerables. Ojo a lo que nos cuentan los medios de pasada en la sección económica, mientras nos marean con el último resultado de la Liga o las peleas infantiles de nuestros políticos costumbristas.

Aquellos tiempos en los que podías fiarte de la gente

A veces uno tiene la sensación de haber nacido demasiado tarde. Y me consta que no soy el único. Tengo un buen amigo que sufre de los mismos síntomas. Indicios que provocan verdadera angustia. A los que nos tensa retrasarnos con el pago del alquiler por lo que pueda pensar de nosotros el casero, a los que nos estresa llegar tarde a una cita porque hacemos esperar a quien prometimos estar en un lugar a una hora determinada… a veces, nos gustaría haber nacido en otra época. Posiblemente en aquel tiempo en el que la palabra de un hombre valía más que cualquier contrato firmado ante notario y diseñado por un batallón de abogados.

No hace mucho, con motivo de la venta de una modesta herencia, descubrimos sorprendidos que una parte de las tierras que había cultivado mi abuelo durante años “oficialmente” no le pertenecían. Lo que apareció en un cajón de la vieja casa familiar, hoy vacía, testigo mudo de otro tiempo, fueron unas escrituras en las que figuraba el nombre de otra persona. Tras una breve indagación, se descubrió que el abuelo había ido ampliando la parcela, poco a poco, comprando terrenos aledaños. En ocasiones, cuando se efectuaba la compra, el vendedor entregaba las escrituras y el nuevo propietario simplemente las guardaba, tal cual, convencido de que la mera posesión de aquel legajo acreditaría ante el mundo entero que el pedazo de tierra recién adquirido le pertenecía por derecho. Tal era la candidez de unos hombres que estrechaban sus manos recias mirándose a los ojos. Los callos que atesoraban aquellas manos eran una prueba fehaciente de que aquellas personas no tenían necesidad de ir a un notario a actualizar unos papeles, y mucho menos de pleitear con posterioridad sobre los detalles. Hubo un tiempo en el que si un hombre le decía a otro que allí había 45 fanegas, cuando años más tarde al comprador le daba por medir la extensión de su cortijo, lo que allí aparecían eran 45 fanegas. Ni una más ni una menos.

Naturalmente, no soy iluso. Sé que siempre hubo ladrones, desalmados y verdaderos hijos de puta. De hecho, nunca fui partidario de exclamar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, porque la vida es mucho más compleja que todo eso y es difícil condensarla en una sola frase. Pero es verdad que el descaro con el que se actúa ahora, la falta de vergüenza, la ausencia de remordimientos cuando se falta a la palabra dada sobrecoge. Hace poco, mi compañía telefónica me anunció que podría pasarme al 4G de forma gratuita. “¿No me cobrarán más? No. ¿No tendré permanencia? No. ¿No tendré que cambiar de terminal? No. ¿Seguro? Seguro, sólo tiene que acercarse a una de nuestras tiendas para hacer el cambio de SIM”. Al llegar a la tienda, una chica pizpireta me miró con cara de “pobre pringao, claro que tienes que cambiar de terminal para captar el 4G, y eso supone pagar el terminal y afrontar una nueva permanencia”. Resulta que te engañan vilmente para que acudas a la tienda con la esperanza de que, una vez allí y con el cuerpo hecho a tener 4-G, al final piques el anzuelo.

La manera en la que se encogió de hombros la dependienta, asumiendo con entusiasmo que su compañía mete trolas todos los días a todas horas, me recordó a la escena de Un día de Furia, en la que Michael Douglas saca una recortada y apunta al dependiente exigiéndole que le ponga “una hamburguesa como la de la foto”. Afortunadamente, uno está en contra de las armas y de montar un escándalo en público que sólo serviría para acabar en comisaría. Por eso uno se muerde la lengua y no manda a hacer puñetas a la gerente de la oficina bancaria que te vende ahora las bondades de un producto estructurado con la misma soltura con la que, no hace tantos meses, vendía preferentes a sus clientes. ¿Me estará intentando engañar otra vez? ¿Habrán quedado realmente escarmentados de su mala praxis? El problema de los sinvergüenzas es que acaban haciéndote dudar hasta de tu sombra. En suma, consiguen que este mundo sea menos habitable.

Estas últimas horas ha resultado penoso comprobar cómo algunos periodistas honestos y algunas personas de buena fe han dado la cara por el fundador de Gowex. El tal Jenaro García, modelo de emprendedor e icono de la marca España, nos ha fallado a todos. Durante cuatro años se ha inventado las cuentas de su empresa, a sabiendas de que miles de inversores metían sus ahorros porque confiaban en su palabra. Sólo ha confesado cuando una auditoría le ha destapado. Entonces, sí. Entonces ha pedido perdón por Twitter. Pero en esta vida no se trata de pedir disculpas; se trata de no hacer lo que no debes hacer.

¿Se imaginan a Jenaro, el de la “contabilidad creativa”, cerrando el traspaso de unas fanegas simplemente con un apretón de manos? ¿Se imaginan a Jenaro reconociendo que las escrituras de las tierras en las que aparece el nombre de su abuelo, en realidad, son del hombre que se las compró en su momento? Posiblemente, hubiese aprovechado la ocasión para sacar tajada. Muchos lo hubieran hecho porque aquí falta algo que no es ni de derechas ni de izquierdas. Algo que es de puro sentido común. Algo que te sale o no te sale. Algunos le llaman honor. Otros, simplemente, vergüenza. Afortunadamente, todavía todos no son así. Y es a esa gente a la que hay que agarrarse para levantarse cada mañana cuando sale el sol.