Cuando el jefe se va contigo al chiringuito

Que somos un país de envidiosillos lo sabíamos desde hace tiempo. Ya sabes, eso de criticar al que se compra un coche caro o alegrarse cuando ese negocio que abrió el vecino tuvo que cerrar: “lo ves, cariño, como era una locura abrir una cafetería en esa esquina, lo mejor es no hacer nada como hacemos nosotros…”. Hay demasiada gente que necesita que a los demás no les vaya bien para sentirse conformes con su propia mediocridad. El problema es que las nuevas tecnologías han venido a ponérselo un poco más difícil a esos envidiosos.

playa_caribeUn estudio titulado “Envidia en Facebook: una amenaza escondida para los usuarios” asegura que la primera causa de envida entre los españoles que emplean las redes sociales son las vacaciones del prójimo. ¡Nos jode que los demás enseñen sus fotos en una playa del Caribe demostrando lo felices que son y lo bien que se lo montan! El problema, dicen los responsables del estudio, no es que no seamos felices; es que nos empeñamos en ser más felices que los demás. Y la cosa se complica cuando somos incapaces de entender que, en realidad, la gente que cuelga sus fotos en Facebook suele proyectar una imagen de felicidad superior a la que realmente disfruta. Vamos, que aquí todo el mundo exagera algo de cara a la galería, en una especie de competición freudiana, para sentirse bien consigo mismo. Algo así como los programas tipo Madrileños por el Mundo, donde sólo salen aquellos que están encantados de haber hecho la maleta, y nunca el que se caga en las muelas pardas de su país de acogida y en la mala hora en que dejó su casa.  A todo esto, los encargados de este peculiar estudio también alertan del pernicioso efecto que sufre la otra parte implicada en la ecuación. Las redes sociales se han convertido en un escaparate para potenciar el ego y el narcisismo de los que publican sin mesura hasta límites poco compatibles con el equilibrio mental.

Y es que esto de la era digital siempre tiene su parte buena y su parte mala. Sin ir más lejos, hablando de vacaciones, en Estados Unidos se está poniendo de moda una tendencia que aquí algunos han venido a traducir como “trabacaciones”. La cosa consiste en que la empresa te permite desplazarte a una zona de ocio con tu familia, sin que gastes días de vacaciones, a cambio de que realices allí tu trabajo, mientras los niños se bañan en la playa. No dejas de currar, pero lo haces en un entorno diferente. A muchos la idea les puede sonar a chino, pero lo cierto es que esa barrera entre la vida privada y la profesional se está difuminando cada vez más entre las profesiones que no requieren presencialismo en una oficina. Tanto, que ya se habla del “efecto Blurring” o “difuminado”.  El 41% de los españoles asegura sufrir el blurring entre su vida personal y laboral: no saben dónde empieza una y termina otra, con el consiguiente aumento del estrés y la ansiedad. Además, según el barómetro Bienestar y Motivación de los empleados en Europa 2015, el 65% de los españoles siente presión fuera de su horario laboral. En Francia se han tomado tan en serio el asunto que, hace apenas un año, los sindicatos forzaron un acuerdo para prohibir a determinados perfiles profesionales, muy vinculados con las nuevas tecnologías, a coger el móvil del trabajo durante sus horas libres.

Pocas aplicaciones representarán mejor los nuevos tiempos que se están imponiendo como el WhatsApp. La popular aplicación de mensajería móvil se ha convertido en un invento del diablo que lo mismo nos hace recibir un inesperado mensaje cariñoso de nuestra pareja, que una petición incómoda y urgente de nuestro jefe, justo cuando le estamos quitando la cabeza a un langostino en el chiringuito de la playa. Lo cierto es que habrá que estar al loro para que no nos la metan doblada con esto de las chucherías tecnológicas.  Los wearables, por ejemplo, tienen mucho peligro como potencial caballo de Troya. En empresas como Profusion ya han colocado un fitbit a sus empleados en la muñeca para medir sus parámetros fisiológicos. Con ese aparato se puede medir la frecuencia cardiaca o las horas de sueño de un trabajador. La compañía se pone simpática y te explica que así se preocupa por tu salud, aunque no te comenta que también recabará detalles íntimos, como si esa noche has trasnochado un poco porque te fuiste a cenar con los amigos. Claro que los empleados de Profusion siempre podrán decir que, al menos, ven la cara a su jefe. En Estocolmo los comerciales de Universal Avenue nunca han visto el careto a su jefe ni se lo verán porque se trata de una fría aplicación que se dedica a analizar su comportamiento para decidir a través de fríos mensajes qué encargos le hace, en qué momento y a qué clientes.

Vienen tiempos diferentes con sus cosas buenas y sus cosas malas, y a todas deberemos acostumbrarnos. Es verdad que, entre el narcisista que se empeña en recordarte por Facebook que es más feliz que tú y el jefe que te da la brasa por el Whatsapp , será complicado desconectar unos días antes de volver a la batalla, pero habrá que intentarlo, aunque sólo sea por salud mental y por dedicar un tiempo a los nuestros. Al fin y al cabo, eso es lo que nos llevaremos puesto de este mundo. Feliz verano a todos.

Una de tipejos y primates bípedos

Un día cualquiera. El semáforo se pone en verde para los peatones y reanudas la marcha. Te diriges a uno de esos sitios que te obligan a madrugar, que te cuestan dinero, pero que te permiten crecer como profesional con un poco de suerte. En la radio están hablando de un tema que te interesa. Ves como un gitano rumano te ofrece un paquete de pañuelos y declinas su ofrecimiento con una sonrisa, sin que los auriculares te permitan escuchar sus palabras. Le sobrepasas y, de repente, notas el impacto en el pecho.

¿Qué ha pasado? Te llevas la mano al pecho y sientes dolor en el esternón. Después de un par de segundos, tu cerebro hace la moviola. Un abrigo gris que pasa a tu lado como una flecha y suelta un brazo de forma premeditada e innecesaria para impactar contra tu pecho. Te quitas el auricular de la oreja derecha y compruebas como todo el mundo que iba con prisa se ha detenido haciendo un corrillo. A tu derecha, una pareja joven con cara de estupefacción. Parecen tan sorprendidos como tú. Sea lo que sea lo que ha pasado, a ellos también les ha golpeado. Mientras algunos transeúntes retoman la marcha para evitar problemas se aclara el corrillo y se descubre el pastel. Abrigo gris, mochila de camuflaje militar, cabeza rapada y rostro adusto.

Un tipejo con cara de pocos amigos se ha plantado a un par de metros esperando que le mire para dar pleno sentido a su hazaña. “A ver si miras por dónde vas”, me suelta. Yo sé, como lo sabe la pareja que está a mi lado,  como lo sabe el propio tipejo, que había espacio más que suficiente para que pasáramos todos. Pero él es una especie de macho alfa que exige ir en línea recta por la calle y que la gente se aparte a su paso. “¡Qué coño miras! ¿Quieres que te parta la boca?”, insiste mientras el corrillo empieza a despejarse por prudencia. En una época de mi vida, más infantil, me hubiera asustado. En otra época, más impulsiva, me hubiera enzarzado a golpes en el momento que comienza a insultar a mis difuntos. Sin embargo, ahora simplemente me quedo mirándolo. Él se excita e incrementa sus gritos porque lo considera un desafío, pero yo no le miro desafiante. Más bien le miro curioso, intentado diseminar toda una vida en un par de segundos.

¿Falta de cariño materno o paterno? ¿Falta de recursos para estudiar? ¿Estrecheces económicas? ¿Problema con las drogas? El caso es que se trata de un auténtico animal, de alguien que, voluntaria o involuntariamente, ha abandonado su condición de ser humano. Me coloco el auricular, me doy media vuelta y retomo mi marcha sin acelerar el paso para no darle una satisfacción, mientras prosiguen sus improperios. La pareja hace lo mismo y el chico le dice a la chica “con esta gente lo mejor es pasar”.

Tal vez eso es lo que pensó también la joven de la Diagonal de Barcelona que tardó una semana en denunciar la patada que le dio por detrás un imbécil que estaba de bromas con los amigos. A este cabestro no le puede salvar la excusa de una infancia incompleta o una vida dura. Se trata de un niño de papá, natural de Talavera de la Reina, que quería hacerse popular en las redes sociales. Ahora asegura estar arrepentido, pero lo cierto es que intentó borrar el rastro de su vídeo en Internet y no se entregó hasta se supo identificado. Cobarde en atacar a una mujer por detrás, dejándole un esguince de tobillo y la humillación de verse tirada por el suelo y vejada en Internet, y cobarde a la hora de asumir las consecuencias de sus actos.

Cuando nos topamos con animales bípedos, solemos pasar de largo, bien sea por miedo o por sentido común. Sin embargo, eso fomenta la impunidad de los muchos primates que nos rodean. Y de los gilipollas que les ayudan a grabar sus payasadas, que les ríen las gracias y que las comparten en Internet en clave jocosa. Dice su padre que le están tratando como un asesino por haber hecho una tontería con dos copas de más.

Querido señor empresario de Talavera, con un hijo gilipollas y malcriado, cuando uno se toma dos copas de más se pone a contar unos chistes o se pone a dormir la mona, pero no humilla a otro ser humano a traición para hacerse el machote. Tal vez el juicio mediático sea tremendo para su hijo, pero no menos que la repercusión de lo que hizo. Son las reglas de este nuevo mundo 2.0. Así que cada palo aguante su vela y que los miserables se hundan en su miseria. Está claro que algunos primates no entienden otro lenguaje.

El cliente siempre tiene la razón, aunque a veces ni lo sepa

Cuenta la leyenda que Isidoro Álvarez, siendo ya de largo el gran Isidoro Álvarez, cogió un día el abrigo y cruzó la calle para visitar de incógnito una tienda de Zara. El presidente de El Corte Inglés, el hombre que había convertido el mítico almacén de Preciados en el imperio que hoy todos conocemos, se paseó por aquella tienda de Inditex observando el género, su disposición, la actitud de los dependientes, el hilo musical, los precios… Nada ni nadie quedó sin pasar por el ojo escrutador de don Isidoro. Tenía el mítico tendero un gran imperio, pero algo le tenía medio mosca. Había notado que, en los años de crisis, su sección de moda había encajado el golpe algo peor que Amancio Ortega.

¿Qué estaba haciendo aquel gallego que había comenzado vendiendo batas de boatiné en La Coruña para vender más que nadie en tiempos de crisis? ¿Por qué atraía con mayor facilidad a los más jóvenes? En esta España nuestra, cualquier presidente de más de 70 años, que ya lo hubiese demostrado todo, se habría acomodado, habría mirado la cuenta de resultados y hubiese pensado: “bueno, sigo teniendo beneficios a pesar de todo y mi negocio es tan grande que va a seguir rodando por pura inercia. Ya vendrán tiempos mejores”. Eso, o habría mandado ordenar una campaña agresiva de publicidad, o habría pedido consejo a unos consejeros de esos que, como no saben, contratan una auditora externa para que aconseje por ellos… Sin embargo, don Isidoro no se conformó y, aún siendo ya un anciano sin nada que demostrar, supo mantener la exigencia, reconocer el talento de la competencia y, sobre todo, reconocer que si bajaban las ventas era por algo. Algo que debía ser mejorado porque, como él siempre decía, “el cliente siempre tiene la razón”.

Es tan cierto ese lema que en los últimos días un listillo que se creía más listo que nadie ha tenido que agachar la cabeza y reconocer públicamente que, efectivamente, el cliente siempre tiene la razón. Michael O’Leary dueño de Ryanair, se ha visto obligado a pasar por el aro. El mismo que se descojonó en la cara de los trabajadores de Spanair que fueron despedidos cuando quebró la compañía española, porque así él se haría cargo de sus rutas; el mismo que nos cobró por no tener impresa la tarjeta de embarque; el mismo que nos hizo correr como putas por rastrojo por la pista del aeropuerto, cuales hámster con maleta, porque se negaba a asignar asiento, con tal de hacer del embarque un “mariquita el último”; el mismo que nos puso la cabeza loca con publicidad abordo y el mismo que llegó a pensar en hacernos viajar de pie, para meter más gente en el avión, ha tendido que reconocer sus errores y excesos. Ryanair ha aceptado asignar asientos, permitir que las agencias de viaje vendan sus billetes y potenciar el negocio clase business. ¿Por qué? Pues porque O’Leary, que llegó a estar convencido de que la gente aceptaría lo que fuera con tal de viajar barato, ha visto la cuenta de resultados y ha constatado que los viajeros estaban empezando a irse a otras compañías, donde se sentían tratados con más respeto. Y es que, al cliente siempre hay que darle lo que pide.

Claro que a veces el cliente no sabe lo que quiere. Por lo menos es lo que piensan en Apple, donde Steve Jobs llegó a dar un paso más allá al anunciar que no sólo iban a satisfacer las demandas de los clientes, sino que les iban a generar unas necesidades que ni siquiera sabían que tenían. Apple consiguió, entre otras cosas, revolucionar el mundo de la música con el Ipod y el servicio Itunes. La venta online de música cambió los hábitos de consumo de tal manera que la industria musical ha estado doce años sin levantar cabeza. Gracias a Internet, los usuarios descubrieron que podían bajarse (legal o ilegalmente) sólo la canción que les gustaba, y no el álbum entero. El sector primero clamó contra el cambio de modelo en sí y luego lloró por la piratería. Doce años perdidos hasta que, por fin, están volviendo los beneficios a través del streaming. Resulta que la solución estaba en aprovechar Internet, la misma herramienta que ha estado a punto de asfixiarlos.

La irrupción de Internet en los negocios supone dos cosas: piratería más o menos descarada (en el caso de España es escandaloso) y el resurgimiento de la economía colaborativa. Lo primero hay que combatirlo en la manera de lo posible, lo segundo ha llegado para quedarse, nos guste o no, en un momento de apreturas económicas y de necesidad de eficiencia y deconstrucción consumista. Y aquí hay dos opciones: o te pones a patalear porque no te gustan los cambios o te pones a pensar cómo adaptarte. El español Kike Sarasola, presidente y fundador de la cadena de hoteles Room Mate, es más partidario de lo segundo. Ante la competencia de los apartamentos turísticos ilegales anunciados en Internet ha decidido crear Be Mate. ¿En qué consiste? Pues Sarasola ha decidido investigar qué apartamentos turísticos hay a 300 metros a la redonda de su hotel y a los mejores les ha propuesto una alianza: “Te cobro un 10 por ciento de comisión a cambio de ofrecer a tu inquilino servicio de desayuno, de conserjería 24 horas, consigna y entrega de llaves”. Una fórmula con la que todos ganan. El hotel saca algo de esa competencia sobrevenida, el que pone el piso en alquiler lo tiene más fácil porque ofrece un valor añadido y el que lo alquila gana en comodidad y calidad. Puede que Be Mate no sea la solución definitiva y puede que haya que seguir dándole vueltas al asunto, pero es una primera aproximación muy inteligente que denota, ante todo, pragmatismo.

Ahora que la aplicación Uber ha aposentado sus reales en Madrid, tras hacerlo en Barcelona, los taxistas han vuelto con las protestas y las quejas. Las autoridades deberán protegerles de la piratería pura y dura, por respeto a quienes pagan sus licencias y seguros y por seguridad de los clientes. Sin embargo, mal harán los taxistas si deciden perder una década en llantos y pataleos, pretendiendo que todo siga igual, como hizo la industria musical, o si caen en la soberbia de O’Leary y piensan que su producto es perfecto y que el usuario no tiene ni voz ni voto. Lo mejor sería coger el abrigo de don Isidoro Álvarez y darse una vuelta mental por la nueva competencia. ¿Qué ofrecen las nuevas aplicaciones? ¿Por qué resulta atractivo? ¿Es sólo el precio más bajo? ¿Hay algo más?  Son preguntas que seguro tienen respuesta. Y cuando la tengan, se puede actuar como Kike Sarasola y hacer de la necesidad virtud porque siempre, siempre, hay algo que mejorar en tu producto o servicio. Cuando el cliente se va con otro es por algo. El que llega de la nada tiene el empuje de la novedad, pero el que lleva años tiene la experiencia y el prestigio. Esas son las herramientas, junto con la humildad y la inteligencia, para sobrevivir y volver a engatusar al cliente. Y es que al cliente siempre hay que darle lo que pide. Porque el cliente siempre tiene razón.

Aquellos tiempos en los que podías fiarte de la gente

A veces uno tiene la sensación de haber nacido demasiado tarde. Y me consta que no soy el único. Tengo un buen amigo que sufre de los mismos síntomas. Indicios que provocan verdadera angustia. A los que nos tensa retrasarnos con el pago del alquiler por lo que pueda pensar de nosotros el casero, a los que nos estresa llegar tarde a una cita porque hacemos esperar a quien prometimos estar en un lugar a una hora determinada… a veces, nos gustaría haber nacido en otra época. Posiblemente en aquel tiempo en el que la palabra de un hombre valía más que cualquier contrato firmado ante notario y diseñado por un batallón de abogados.

No hace mucho, con motivo de la venta de una modesta herencia, descubrimos sorprendidos que una parte de las tierras que había cultivado mi abuelo durante años “oficialmente” no le pertenecían. Lo que apareció en un cajón de la vieja casa familiar, hoy vacía, testigo mudo de otro tiempo, fueron unas escrituras en las que figuraba el nombre de otra persona. Tras una breve indagación, se descubrió que el abuelo había ido ampliando la parcela, poco a poco, comprando terrenos aledaños. En ocasiones, cuando se efectuaba la compra, el vendedor entregaba las escrituras y el nuevo propietario simplemente las guardaba, tal cual, convencido de que la mera posesión de aquel legajo acreditaría ante el mundo entero que el pedazo de tierra recién adquirido le pertenecía por derecho. Tal era la candidez de unos hombres que estrechaban sus manos recias mirándose a los ojos. Los callos que atesoraban aquellas manos eran una prueba fehaciente de que aquellas personas no tenían necesidad de ir a un notario a actualizar unos papeles, y mucho menos de pleitear con posterioridad sobre los detalles. Hubo un tiempo en el que si un hombre le decía a otro que allí había 45 fanegas, cuando años más tarde al comprador le daba por medir la extensión de su cortijo, lo que allí aparecían eran 45 fanegas. Ni una más ni una menos.

Naturalmente, no soy iluso. Sé que siempre hubo ladrones, desalmados y verdaderos hijos de puta. De hecho, nunca fui partidario de exclamar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, porque la vida es mucho más compleja que todo eso y es difícil condensarla en una sola frase. Pero es verdad que el descaro con el que se actúa ahora, la falta de vergüenza, la ausencia de remordimientos cuando se falta a la palabra dada sobrecoge. Hace poco, mi compañía telefónica me anunció que podría pasarme al 4G de forma gratuita. “¿No me cobrarán más? No. ¿No tendré permanencia? No. ¿No tendré que cambiar de terminal? No. ¿Seguro? Seguro, sólo tiene que acercarse a una de nuestras tiendas para hacer el cambio de SIM”. Al llegar a la tienda, una chica pizpireta me miró con cara de “pobre pringao, claro que tienes que cambiar de terminal para captar el 4G, y eso supone pagar el terminal y afrontar una nueva permanencia”. Resulta que te engañan vilmente para que acudas a la tienda con la esperanza de que, una vez allí y con el cuerpo hecho a tener 4-G, al final piques el anzuelo.

La manera en la que se encogió de hombros la dependienta, asumiendo con entusiasmo que su compañía mete trolas todos los días a todas horas, me recordó a la escena de Un día de Furia, en la que Michael Douglas saca una recortada y apunta al dependiente exigiéndole que le ponga “una hamburguesa como la de la foto”. Afortunadamente, uno está en contra de las armas y de montar un escándalo en público que sólo serviría para acabar en comisaría. Por eso uno se muerde la lengua y no manda a hacer puñetas a la gerente de la oficina bancaria que te vende ahora las bondades de un producto estructurado con la misma soltura con la que, no hace tantos meses, vendía preferentes a sus clientes. ¿Me estará intentando engañar otra vez? ¿Habrán quedado realmente escarmentados de su mala praxis? El problema de los sinvergüenzas es que acaban haciéndote dudar hasta de tu sombra. En suma, consiguen que este mundo sea menos habitable.

Estas últimas horas ha resultado penoso comprobar cómo algunos periodistas honestos y algunas personas de buena fe han dado la cara por el fundador de Gowex. El tal Jenaro García, modelo de emprendedor e icono de la marca España, nos ha fallado a todos. Durante cuatro años se ha inventado las cuentas de su empresa, a sabiendas de que miles de inversores metían sus ahorros porque confiaban en su palabra. Sólo ha confesado cuando una auditoría le ha destapado. Entonces, sí. Entonces ha pedido perdón por Twitter. Pero en esta vida no se trata de pedir disculpas; se trata de no hacer lo que no debes hacer.

¿Se imaginan a Jenaro, el de la “contabilidad creativa”, cerrando el traspaso de unas fanegas simplemente con un apretón de manos? ¿Se imaginan a Jenaro reconociendo que las escrituras de las tierras en las que aparece el nombre de su abuelo, en realidad, son del hombre que se las compró en su momento? Posiblemente, hubiese aprovechado la ocasión para sacar tajada. Muchos lo hubieran hecho porque aquí falta algo que no es ni de derechas ni de izquierdas. Algo que es de puro sentido común. Algo que te sale o no te sale. Algunos le llaman honor. Otros, simplemente, vergüenza. Afortunadamente, todavía todos no son así. Y es a esa gente a la que hay que agarrarse para levantarse cada mañana cuando sale el sol.

Los jóvenes y la mala leche acumulada

La actitud vital de aquel profesor de instituto me pareció admirable. Aquel tipo, camino ya de los 50, jamás se hará viejo. Podrá cumplir años, pero no envejecerá porque ha decidido no acomodarse en su paradigma mental. Siempre estará dispuesto a asomar los bigotes más allá de su zona de confort y eso, a la larga, resulta clave. “Todo esto de Internet me asusta un poco, sobre todo los cambios de actitud y costumbres en los chavales de hoy. Pero me niego a demonizarlo. Simplemente, puede que yo, por edad, no lo entienda”, me comentaba al tiempo que detallaba fascinado el universo de posibilidades que acababa de descubrir en la red social interna que había puesto en marcha en colaboración con sus alumnos adolescentes.

Desde luego, descifrar lo que viene a lomos de los más jóvenes no es fácil. La industria del automóvil está que se tira de los pelos porque ha constatado que, por primera vez en la historia de la sociedad de consumo, los menores de 25 años no consideran como una de sus grandes prioridades tener vehículo propio. El mamón que atormentó a los Hombres G estaba en la cúspide del barrio porque, además de un jersey amarillo, tenía un Ford Fiesta blanco. Sin embargo, hoy en día los expertos en contratación de las empresas punteras van de culo porque no acaban de pillar el punto a los Millennials, como llaman los cursis a los nacidos a partir de 1980. Resulta que la última generación adulta asentada ya en el mundo laboral no lo fía todo únicamente a un buen sueldo ni al prestigio profesional. Los directores de recursos humanos están comprendiendo que para retener a los más talentosos tienen que ofrecerles otro tipo de incentivos intangibles. Los veinteañeros y los que comienzan a pisar la treintena (y tienen la suerte de trabajar) prefieren un sueldo más bajo si eso les deja tiempo libre, y valoran más que nunca que su empresa tenga buena reputación social, que respete el medioambiente… En definitiva, parecen un poco más honestos y llevan peor la hipocresía que la generación de sus padres. Algunos, incluso, llevan esa actitud al extremo y les da por hacerse hipsters. Se trata de esa moda que consiste en vestir vintage para entregarse a la nostalgia de un pasado más naif, más cándido. Los hipsters son unos tipos raros que optan por montar en bicicleta, tomar Prozac y hablar de forma irónica para combatir el cinismo que les rodea.

A otros, en cambio, les da por entregarse a un líder inspirador que les haga creer que “sí se puede”, ya sea un presidente negro, un entrenador aguerrido o un profesor universitario mediático y con coleta. “Podemos”, gritan todos. ¿Y qué le pasa al personal para que esté así de obsesionado con la utopía? Pues, posiblemente, estemos ante un choque entre lo nuevo y lo viejo, como no sucedía desde los años 60 del pasado siglo.

Los jóvenes de hoy en día llevan mal estar en el paro o tener un trabajo precario, a pesar de su formación y de hablar idiomas. Sobre todo porque viven en un sistema con demasiados gobernantes que no pasaron por la universidad, ni hablan idiomas, ni saben lo que es trabajar fuera del partido, ni fomentan, cuando no aniquilan directamente, la meritocracia. A los jóvenes de hoy, además, les revienta que esa clase dirigente les mire con displicencia y les diga que todavía son demasiado jóvenes para opinar o actuar, a pesar de que muchos han sobrepasado ya los 30.

“Todavía sois unos críos” dicen quienes con esa misma edad se embarcaron a hacer la Transición, no sin antes haber idealizado Mayo del 68, cuando se gritó “prohibido prohibir” y se arrancaron adoquines de las calles de París para montar jaleo. Los jóvenes de hoy en día, sencillamente, no entienden que esa misma generación critique ahora la utopía. Aunque lo que peor se entiende es que esa generación del Baby Boom siga todavía en el machito sin dejar sitio a nada más. Veamos: tontearon con la rebeldía y la violencia de Mayo del 68, hicieron la Transición en su juventud, fortalecieron la democracia, corrompieron la democracia y ahora todavía se ven con ánimos de regenerarla, mientras miran con recelo a los que vienen detrás.  En definitiva, lo viejo frente a lo nuevo en forma de generación tapón.

Lo malo es que el tapón no da más de sí, y a la mayoría de los que han llevado las riendas durante décadas el paradigma ya nos les sirve para entender lo que está pasando. De Gaulle no entendió que los medios de masas cambiaban las reglas de juego, y los que hoy todavía mandan se apuntan a Twitter si convicción para dejar la cuenta abandonada en cuanto termina la campaña electoral. Ahora están alucinando con que un partido salido de la nada con ideas y actitudes poco sensatas se haya colocado como cuarta fuerza nacional, aupada por los jóvenes con dos cañas y mucha campaña en las redes. En Izquierda Unida se preguntan por qué no les han votado a ellos si defienden lo mismo, en el PSOE no se preguntan nada porque hace tiempo se entregaron a la mediocridad y en el PP lo más que han sabido decir es que son todos unos frikis.

La mitad de los que han votado a Podemos tienen menos de 35 años y la mayoría poseen estudios universitarios. ¿Hay que hacerles mucho caso? Pues, por sentido común, no deberían tener demasiado recorrido, teniendo en cuenta que, a pesar de lo moderno de sus formas, se han presentado con una propuesta más vieja que los balcones de madera: el comunismo que ya fracasó donde quiera que fue implantado. Además, ahora deberán crear estructuras organizativas y no hay nadie en política que no haya perdido frescura y empatía en ese trámite. Posiblemente, los primeros que han conseguido capitalizar de verdad el malestar sean precisamente lo peor y más peligroso de los que tienen motivos para quejarse. De hecho, parecería el sector más cainita. Les delata su maximalismo y su lenguaje belicoso, casi militarizante, que entronca con toda la mala leche asquerosa que se vertió en las redes con motivo del asesinato de la presidenta de la Diputación de León. Cualquiera que tenga un poco de luces debería estar experimentando mucha inquietud ante las consecuencias que pueda tener la radicalización de la política. En todo caso, todo esto no deja de ser un síntoma de que el tapón por algún sitio tiene que saltar.

Bien harían los que llevan décadas mandando en tomar las medidas pertinentes para dejar que el agua salga poco a poco y no de golpe, una vez el tapón salte por los aires. Lo viejo debe ir dejando espacio a lo nuevo. A lo más valido y sensato de lo nuevo, porque, de lo contrario, será lo peor de lo nuevo lo que abra la brecha. En Francia lo hicieron en su momento y la V República sobrevivió a Mayo del 68. Cambiar todo para que todo siga igual, entendiendo «todo» como una sociedad avanzada y democrática en la que la inmensa mayoría vive razonablemente bien. De momento, los del machito ya le han visto la coleta al lobo.

El peligro del postureo y la marca personal

Tengo un amigo que está alucinado con eso de Linkedin. Y es que, a pesar de la crisis, no son pocos los que han encontrado trabajo o han ampliado su red de contactos gracias a esa famosa red social. Los early adopters (que dirían los modernos), es decir, aquellos que se apuntan a un bombardeo y adoptan una tecnología o una aplicación nada más salir, hace tiempo que la usan. En cambio, los que nos cuesta más desenroscarnos la boina nos hemos ido sumando poco a poco a unas redes que, al margen de su utilidad profesional, te ayudan a hacerte una idea de cómo están las cabezas y por dónde van los tiros en este mundo.

Cuenta mi amigo que, después de tanto software, tanto hardware y tanta estrategia de posicionamiento SEO, lo que sigue mandando en Internet, en gran medida, es lo que ha funcionado de toda la vida de Dios: el postureo. Y no me refiero a que en nuestra foto de perfil de Facebook pongamos una imagen en la que nos damos un cierto aire a George Clooney, cuando en realidad, la mayor parte del día somos más bien como Woody Allen. Me refiero a la sublimación del arte de vendernos a nosotros mismos.  Contaba Leo Harlem en uno de sus monólogos que no entendía esa manía de la gente de mentir y exagerar en Linkedin: “Coño, miente para vivir bien sin pegar ni chapa, no para trabajar!!!

El caso es que son muchos los expertos que nos bombardean en estos tiempos de zozobra económica y social con la necesidad de cultivar nuestra “marca personal”. Básicamente, la cosa consiste en vendernos como si fuéramos una marca más para posicionarnos en el mercado, de manera que nos elijan a nosotros en lugar de a otro que, por currículum y experiencia, podría pasar por nuestro hermano gemelo. Pero cuando todos tenemos una licenciatura, un máster y dos o tres idiomas ¿cómo nos diferenciamos del resto? Pues aquí entra la magia del “personal branding” como, efectivamente, dirían los modernos.

Los gurús de estas materias, lógicamente, no te recomiendan ni te animan a que mientas, pero es verdad que se dan fenómenos curiosos. Si tú te presentas a ti mismo sólo con tu mecanismo, la cosa, así de entrada, funciona más bien poco. Eres uno más de los muchos que buscan trabajo. Pero si te creas una pequeña empresa, aunque al principio haya poco más que el nombre y el logo, y pruebas a poner que eres “director general de nosequé”, ahí la película cambia. Se te comienzan a agregar contactos y la gente muestra más interés. ¿Qué ha cambiado? Básicamente eres el mismo, pero la imagen que proyectas a los demás es diferente.

No digo que esto no pueda estar bien, porque echas a rodar una bola que, al final, puede desembocar en una dinámica positiva asentada a la larga en tu talento y esfuerzo.  Pero, ¿no corremos también más que nunca el peligro de caer en la trampa de las apariencias?  Todo el mundo, en mayor o menor medida, ha conocido alguna vez a alguien exitoso que, así de lejos, parecía un torbellino. Alguien que, sin embargo, analizado de cerca, no tenía ni tanto talento ni era tan trabajador: simplemente, sabía venderse muy bien.

Dentro de un mes, España acudirá al Mundial de Brasil dirigida por Vicente del Bosque. Un entrenador exitoso y respetado al que en su día echaron del Real Madrid porque no hacía personal branding. “Su librillo está anticuado” llegaron a decir las altas instancias madridistas que se obsesionaron con eso de “proyectar imagen”. El propio Florentino Pérez, harto también de malgastar dinero con entrenadores de baloncesto de mucho prestigio y palique, acabó buscando al más barato de los preparadores, pensando posiblemente en, puestos a no ganar títulos, gastar lo mínimo en la sección. El elegido fue Pablo Laso. No tenía currículum en la élite ni un discurso rimbombante. Paradójicamente, el Madrid de baloncesto ha vuelto con él a la élite y, a pesar de haber perdido por segunda vez la final de la Copa de Europa, muchos madridistas le creen cuando asegura: “que nadie lo dude. Volveremos a jugar una final de Euroliga y la ganaremos”.

Laso representa la sencillez, la sensatez y la fe en el trabajo bien hecho. Con eso ha llegado muy lejos, casi tanto como el Cholo Simeone al que, visto como le trata la prensa, posiblemente ahora mismo ganaría las próximas elecciones europeas, si fuese candidato. El Cholo comenzó dejando eso de la marca y la proyección de imagen a los demás. Lo suyo era reconocer su inferioridad y trabajar con humildad para hacerlo lo mejor posible. Lo ha hecho tan bien que, al final, se ha llevado por delante a infinidad de equipos convencidos de que “su marca” sería suficiente para ganar a un equipo, a priori, más débil.

Estos días, atléticos y no atléticos andan seducidos por una idea tan sencilla como revolucionaria: “si se cree y se trabaja, se puede”. No dudo de que la marca sea importante y que sea necesario trabajarla con mimo. Pero el que se obsesione hasta el punto de dedicarse en exclusiva a esos menesteres se estará equivocando.  No habrá éxito, si en todo lo que hacemos no hay una base de trabajo, esfuerzo y honestidad.

Mi striptease tecnológico (y el tuyo también)

En la vida pocas cosas pasan por casualidad. ¿Por qué las aplicaciones de mi Smartphone insisten tanto en que les diga dónde estoy? ¿Por qué me aconsejan cada dos por tres que les facilite de forma permanente mi localización? “¡Para darte un mejor servicio, so cateto!”, dirán algunos. Y, en parte, no les falta razón.

Sin embargo siguen siendo muchos, tal vez demasiados, los que continúan sin ser plenamente conscientes del mundillo en el que nos hemos adentrado, a lo tonto a lo tonto, en apenas diez o quince años. A los que nacimos a finales de los 70 los ahora cincuentones todavía nos llaman “jovencitos”, aunque muchos ya estemos casados, con hijos, medio calvos o, en el mejor de los casos, peinando alguna que otra cana interesante. Es verdad que no somos unos abuelos, pero tampoco unos críos. Sin ir más lejos, no podemos presumir de ser “nativos digitales”. Los que comenzamos y terminamos con la EGB conocimos el mundo sin móviles y, peor aún… sin Internet!!!

Muchos no nos abrimos una cuenta de correo electrónico hasta que nos la ofrecieron en la universidad, donde también miramos con suspicacia y cierto cachondeo al primer compañero en posesión de un teléfono móvil. Luego llegó la conexión a Internet en casa tras convencer a tus viejos de que aquello era el futuro y no un simple gasto más para jugar a los marcianitos. El caso es que cuando nos hemos querido dar cuenta, no hay casa sin ADSL o superior; no hay bicho viviente sin al menos dos o tres direcciones electrónicas; ni amigo sin dos, tres o más perfiles abiertos en las distintas redes sociales que amenace con convertirse en Community Manager; y hasta tu madre, esa señora que se ha convertido en abuela, se lo pasa pipa mandando fotos de su nieto por el WhatsApp. Aunque lo más acojonante puede que sea ver al nieto, con poco más de un añito, deslizar el dedo por una revista de papel intentando que la foto o las letras respondan como la pantalla de una tableta.

Desde que el tren nos enseñó el concepto del minuto y los soldados británicos volvieron de la Primera Guerra Mundial con un reloj atado a la muñeca (de eso hace apenas un siglo) el ser humano no ha parado de correr a los Forrest Gump. Durante siglos los cambios tecnológicos y sociales fueron lentos y paulatinos. El hijo aprendía a trabajar y comportarse como lo había hecho su padre, y su abuelo y el padre del abuelo… Ahora no. Ahora lo que vivió tu padre no sirve de nada. Y lo que tú mismo viviste hace 15 años tampoco vale. El que no se sube al tren de la tecnología está listo de papeles: analfabetismo digital. Para no quedarnos out todos, con más o menos facilidad, con más o menos entusiasmo, hemos aprendido a manejar la tecnología que nos asalta por oleadas. El problema es que muchos, bien porque bastante han tenido con no ahogarse durante el cambio o bien porque ya han nacido dentro del cambio, no han interiorizado la tramoya del nuevo mundo en el que nos movemos. Nuevo paradigma, nuevas reglas.

Entre los castigos que Dios me ha impuesto en esta reencarnación de periodista radiofónico está el tenerme que leer toda la prensa todas las noches, a partir de las tres de la madrugada. Hay una perla que dejo siempre para el final: la contraportada de La Vanguardia.  Un lugar delicioso donde suelen aparecer personajes de lo más variopinto pero con un común denominador: una lucidez sobrecogedora que del detalle viaja a la categoría, ofreciéndonos las pistas para entender el mundo e intuir hacia dónde va. Este lunes 13 de enero los lectores nos hemos topado con José Luis Nueno, profesor del IESE e investigador de tendencias de consumo.

Pues dice el señor Nueno, entre otras muchas cosas, que las empresas bien asesoradas que deciden poner una tienda (de qué ponerla y dónde ponerla) se guían por el número de personas que pasan por una calle en concreto. ¿Y cómo lo averiguan?  ¿Se pone un tipo en una esquina a contar concienzudamente o a ojo de buen cubero?   No. Trabajan con un porcentaje de tráfico peatonal muy aproximado gracias a las señales que ofrecen los smartphones: “Nuestros big data de la señal de los móviles delatan nuestros trayectos”.

A eso hay que sumar que cada vez que pagamos con la tarjeta “confesamos” qué hemos comprado y dónde lo hemos comprado. Si en las redes sociales dejamos un rastro de “me gusta”, y por dónde quiera que vayamos cedemos con más o menos “confidencialidad” el trasiego de nuestros datos para usos comerciales,  los que manejan los hilos ya tienen suficientes mimbres como para conocernos casi como si nos hubiesen parido. Cada día regalamos una información ingente sobre nosotros mismos.  Pero todo se ha desarrollado tan deprisa, nos hemos adaptado a lo nuevo tan rápido, que casi no nos hemos dado cuenta.

Lo positivo es que, según el señor Nueno, la nueva era digital será buena para los jóvenes. A los ninis puede que les haya pillado el toro de la crisis, pero ese chiquitín en pañales que juguetea con el Smartphone de su padre “tendrá empleo y bien pagado. La demografía juega a su favor”.  Por cierto, según el profesor del IESE, el soporte papel desaparecerá y la prensa se leerá por completo a través de pantallas.  Ahora sólo falta que inventen algo para que, en caso de trabajar en un programa matinal de radio, no haya que madrugar tanto.