Respeto

Ha dado la vuelta al mundo. Como dan la vuelta al mundo muchas cosas en estos tiempos de imágenes y memes de mirar y tirar. Lo nuevo ya es viejo, y lo viejo…¿alguna vez existió? Es verdad que algo, quedar, queda. En algún lugar de nuestra mente habita el niño tirado boca abajo en la arena, con su camiseta roja; aquel otro crío rebozado en sangre y escombros, mientras contempla en silencio el mundo de los adultos sentado en una silla de plástico; o los gemelos con rostro pálido y boca entreabierta, en brazos de su padre tras haber sido gaseados. Quedan en algún rincón de nosotros, pero los archivamos instintivamente para seguir con nuestras cuitas y nuestra intendencia. ¿Pero cómo hacer cuando el impacto te da de lleno? ¿Qué dice el manual de la vida que hay que hacer cuando la inmundicia no te llega en formato fotografía de Associated Press? ¿Cómo actuar cuando estás haciendo fotografías en el lugar más peligroso del mundo y una fuerte explosión siega las sonrisas de los niños que están a un segundo de ser, por fin, evacuados del infierno?

fotografo_sirio2Sí, ha dado la vuelta al mundo. El fotógrafo sirio, arrodillado en el suelo, barba profusa, llanto desgarrado, ha viajado a toda velocidad por las pantallas de nuestros dispositivos. Estaba fotografiando el convoy de refugiados cuando una bomba se llevó a más de cien personas, la mitad de ellos infantes como los que se tiran por los toboganes de nuestros parques, mientras reclaman la atención de sus padres. Algunos, por puro reflejo, habrían salido corriendo. Y no hubiera sido motivo de deshonra: donde hay una bomba puede haber más y el instinto de supervivencia es legítimo en pleno pánico. Sin embargo, él corrió hacia la explosión y se echó a los brazos a un muchacho moribundo. Cuando lo puso a buen recaudo se derrumbó y lloró como lo hace uno cuando la amargura le sale del alma. Como se llora dos o tres veces, a lo sumo, en la vida.

Jamás me cruzaré contigo, pero me gustaría que supieras que toparme con tu existencia me ha hecho experimentar un profundo sentimiento de pudor. Pudor por compartir tu profesión, por llamarme informador, por formar parte, ni siquiera nominalmente, de tu oficio. Tú si eres periodista, fotoperiodista o como le quieras llamar. Yo, como muchos otros en el mundo desarrollado, soy un simple juntaletras o, como nos definió el maestro Kapuscinski, media workers. Gente con un poco de gracia para respetar el sujeto-verbo-predicado y ordenar la información en un diario, radio o televisión, de manera que la gente lo entienda.

fotografo_sirioTal vez, como dice el personaje de Brad Pitt en La Sombra del Diablo, sólo seas una persona normal en una situación excepcional. Tal vez algunos de nosotros nos sorprenderíamos actuando igual que tú ante ese amasijo de carne, gritos y humo. Tal vez, aquí, tú serías un estupendo juntaletras de los que se sientan en el suelo del Congreso cuando se lo propone el mesías de turno del circo político; de los que se creen muy dignos porque abuchean al entrenador que llega una hora tarde, sólo cuando ya saben que deja el cargo en un par de meses, tras años de aguantar callados sus malos modos; de los que van a cubrir cualquier parida, haciendo el juego a quienes manejan los hilos para que se cuente lo que quieren y se silencie lo que no conviene.

Tal vez sea así. Pero tú ya has demostrado que eres un tipo digno. La vida te ha hecho una gran putada. Tú lo tendrás muy difícil para archivar a esos niños en un rincón de tu mente. Pero mientras haya gente como tú, habrá una profesión llamada periodismo.

Poner en valor en sede hostelera

Está en todas partes. Se cuela por las rendijas de nuestra vida como la peste más pertinaz. Si se tratara de un virus, podríamos decir que los ciudadanos somos sus víctimas y que los políticos son sus mayores portadores. ¡Y mira que los políticos están mal vistos hoy en día! Pues nada, chico. Esa manera barroca, estéril y estúpida que tienen de hablar los que se dedican a la cosa pública continúa haciendo estragos. Desgraciadamente, los periodistas nos hemos convertido en un estupendo reservorio, en una imprescindible cadena de transmisión, para homologar en nuestro día a día una manera de expresarnos que destroza el idioma y nos hace cada día un poco más necios. Porque el idioma amuebla la cabeza. Si la palabra claudica, la mente va detrás inexorablemente.

Tengo para mí que el día que aceptamos hablar de “violencia de género” cayó un dique de contención mental, que no podía traer nada bueno. A pocos les dio por pensar que quien puso nombre a la primera “Ley contra la Violencia de Género” era un analfabeto funcional que no alcanzaba a entender que “género” sólo tienen las palabras: masculino, femenino y neutro. Lo que tienen las personas es “sexo”. Y el hecho de que coincidamicrófonos en llamarse “masculino” y “femenino” no nos habilita para hablar de violencia de género. Si algún integrante de la Generación del 98 o de la del 27 resucitara y escuchase hablar de “un nuevo caso de violencia de género” seguramente creería que un adverbio ha agredido a un verbo, o que un sustantivo se ha entregado a la policía tras acosar a un artículo determinado. Se debería hablar de violencia sexista, machista, pasional, doméstica… hay mil posibilidades. Pero nunca la que finalmente ha hecho fortuna.

Mejor no hablar de la estulticia de las que confunden feminismo con gilipollez y hablan de “miembras” con el regodeo de quien se cree un rebelde con causa. La causa de suprimir el género neutro por confundirlo injustamente con el masculino. Pobre letra o, qué poco la comprenden… O de la desidia de quienes renuncian a buscar sinónimos en su vida y se conforman con llamar a todo “cosa” o encontrarlo todo “complicado”, como si en este mundo no hubiese nada arduo, difícil, complejo, enmarañado… Con este panorama, compramos cualquier mercancía, y ahí los políticos aparecen como unos vendedores de burras lingüísticas sin parangón.

Veamos: ¿a qué dedica la mayor parte del tiempo un político medio en España? A hablar mucho sin decir nada, intentando dar la sensación de que pilota mucho la materia que están tratando. ¿Cómo se consigue eso? Pues, por ejemplo, alargando mucho las frases. Cuando uno sabe para sus adentros que no está diciendo nada, siente horror vacui, miedo a parecer hueco. Mejor decir algo en tres palabras, en lugar de una. A falta de calidad lingüística, cantidad. Por eso no dicen “valorar”, mejor decir “poner en valor”. ¿Para qué vamos a decir “en el juzgado” o “en el parlamento”? Mucho mejor hablar de “sede judicial” o “sede parlamentaria”. Así, poquito a poquito, vas añadiendo palabrejas para sumar segundos y dar la sensación de haber expresado algo sesudo.

El problema de todo esto es que la gente de a pie acabe copiando a los políticos. Sería terrible. Si no, probad a hablar como un político profesional en vuestra vida cotidiana. Yo, sin ir más lejos, voy a invitar este fin de semana a mi mujer a una cena romántica en un buen restaurante. Le voy a comentar que “pretendo poner en valor nuestra relación sentimental en sede hostelera”. No sé, todo sea que amenace con darme una patada en el género neutro. Y es que un manierista del lenguaje debe correr ciertos riesgos cuando tiene por esposa a una miembra de armas tomar.

Un futuro de abuelos tatuados y solitarios

Va a ser verdad que comer pescado y arroz es bueno para la salud. Por primera vez en la historia, los ancianos japoneses de más de 80 años han superado la cifra de 10 millones de personas. Para que te hagas una idea, hay más japoneses octogenarios que gente de todas las edades viviendo en Andalucía, Cataluña o Madrid. Vale que los japos son siempre un caso extremo para todo, pero, en esta ocasión, nos están anunciando fielmente lo que se nos viene encima en las sociedades avanzadas.

Drauzio_Varella_fraseMientras nos enredamos con independizar pequeñas regiones para replicar en nuevos estados las mismas estructuras que no nos gustan de los actuales, mientras debatimos si cerrar o no las puertas a los refugiados que necesitan nuestra ayuda en un momento puntual, nos estamos olvidando de lo que realmente nos hará perder nuestro nivel de vida. Lo que de verdad nos va a hacer pupa a la vuelta de la esquina. Una sociedad de ancianos, a mantener por una minoría de jóvenes, es inviable. Los jóvenes quedarán asfixiados por los impuestos destinados a mantener las pensiones y servicios sociales requeridos por sus compatriotas de mayor edad. Y los ancianos, que obligarán a los jóvenes a seguir pagando a través de la fuerza tan demográfica como democrática de sus votos, comprobarán irremediablemente que esos impuestos nunca serán suficientes para cubrir de forma digna sus crecientes necesidades. Si ya no entendemos esto, que es la pura cuenta de la vieja, si no dedicamos tiempo en el Congreso de los Diputados o los medios de comunicación al fomento de la natalidad, difícilmente nos vamos a poner exquisitos para entender que la calidad de vida de los ancianos del futuro será igualmente un tema capital dentro de muy poco.

Sin ir más lejos, hoy es el día internacional contra el Alzheimer, una de esas pintiparadas ocasiones para que los periodistas nos pongamos estupendos. Hablamos, entrevistamos, ¿profundizamos? sobre una cuestión con la que nos podemos dramáticos para, al día siguiente, olvidarnos de ella. Parece una paradoja o un juego de palabras, pero es la realidad: nos olvidamos del Alzheimer. Cualquiera que tenga a una persona mayor a su cargo o en su entorno familiar sabe que los abuelos se vuelven inseguros y suelen refugiarse en la rutina para pasar el día. Pues, precisamente, los investigadores aseguran que una de las claves para mantener sana una mente y retrasar enfermedades neurodegenerativas consiste en fomentar una mente activa y cultivar una filosofía vital que nos lleve a salir continuamente de nuestra zona de confort. ¿Estamos trabajando lo suficiente en esa línea?

Desgraciadamente, por mucho que la gente haga más deporte que antes o esté más concienciada con la alimentación, seguimos sin estar mentalizados de cara a la sociedad que nos espera. Pero lo peor es que ni siquiera nos molestamos en invertir lo suficiente para paliar las enfermedades que, aunque sólo sea por el número de personas al que afectará, van a convertirse en cuestión de Estado. Nos espera un futuro nunca visto de abuelos tatuados, divorciados, criados plenamente en una sociedad consumista, donde la frustración aparejada a la senectud y la soledad será un problema de primer orden. El que mejor lo expresó fue el oncólogo brasileño y premio Nobel de Medicina Drauzio Varella: “En el mundo actual se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres que en la cura del Alzheimer. De aquí a algunos años, tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para que sirven”.

Sólo la mente privilegiada de un premio Nobel podría expresar algo tan serio de una forma tan llana. Desgraciadamente, tampoco somos de prestar demasiada atención a lo que dicen los premios Nobel. De vez en cuando un viral recupera sus frases míticas para que las leamos en el móvil y pasemos inmediatamente a otra cosa. Demasiadas prisas y demasiado olvido.

Trabajando con Herrera

Hay cosas que no se pueden explicar. Simplemente hay que vivirlas para saber lo que son. Y hay cosas que no se compran ni se venden. O las tienes o no las tienes. ¿Cómo explicar lo que siente uno la mañana que comienza a trabajar para el tipo al que lleva escuchando desde el instituto, casi a escondidas, mientras otros se dedicaban a jugar a fútbol? ¿Cómo explicar la perplejidad que te embarga cuando ves a alguien capaz de, a partir de un mismo texto escrito, improvisar cuatro arranques diferentes, cada uno con su toque y su temple.

Te podrá gustar más o menos, te hará gracia su deje andaluz o estarás más hecho a la sobriedad norteña, coincidirás con su lectura de los asuntos políticos o estarás instalado en otros matices, pero lo que nadie puede negar es que ver trabajar a Carlos Herrera en directo es un espectáculo y una escuela de radio. Los hay que se ponen delante de un micrófono como algo excepcional, también los hay que se sientan delante con la frialdad del que está en una cadena de montaje, y luego los hay que llevan tantas horas de vuelo, que parecen relajarse y encontrar la cotidianidad cuando el piloto rojo se enciende. Es a partir de ese momento que empieza la magia.

herrera_primerprogramaTodo nace y se propaga desde la estudiada penumbra del estudio para empapar a los presentes de una atmósfera íntima, casi de mesa camilla. Afuera, en la redacción, donde la luz sí ilumina sin miramientos, un equipo de profesionales, curtidos en mil batallas, se pelea a machetazos con teletipos y titulares, con la ilusión del principiante y la tranquilidad de comprobar que el radiofonista relojero va gestionando y limando el carbón que le llega a la sala de máquinas sin que se atisbe ninguna hipotética contrariedad. Entre tanto, van llegando al estudio, medio tímidos, como pidiendo permiso, compañeros que ese día madrugan voluntariamente porque, pudiendo escuchar por la radio lo que va a suceder, prefieren verlo con sus propios ojos.

La mañana avanza y una productora nómada llora discretamente cuando escucha la sintonía original de la casa, recuperada tras muchos años de periplo por otras radios. El primer día siempre debe dejar huella y, de pronto, todo el equipo se queda con la boca abierta porque los que manejan la barca se han callado hasta el último segundo, traviesos, una entrevista pactada con el Rey Juan Carlos, en la que el monarca se relaja y habla como lo haría cualquiera de nosotros. Un Rey hablando prácticamente como un fósforo, legión de locos por la radio que revientan el streaming, mientras la agenda se llena de políticos y personajes de la vida pública que se ofrecen para entrar en ese pequeño universo radiofónico que ha echado a andar un primer día de septiembre tras una larga cuenta atrás. El año será largo, pero nos ofrecerá enseñanzas y experiencias como nunca. El que quiera apuntarse será bienvenido. Herrera ya está en COPE y algunos privilegiados vamos enrolados en el barco. Esto promete.

Leer entre líneas para vacunarse de cinismo

No hay asunto más complicado de entender que el que no quiere dejarse explicar. Alguien me dijo cuando empezaba en esto que lo más importante era leer entre líneas y saber deconstruir lo que se dice por ahí. ¿Tenemos que indignarnos o no con los futbolistas de élite, los que se pasean delante de nuestras narices con deportivos de 200.000 euros, por haber convocado una huelga para defender “sus derechos”?

Los estudiantes de periodismo y los ciudadanos que quieran entender qué hay detrás de lo que les cuentan tienen otro ejemplo de libro para atisbar lo complicado que es esto. Periodistas que atacan la huelga porque tienen cuentas pendientes con el presidente de la Federación Española de Fútbol, el oscuro Ángel María Villar; informadores que defienden la huelga y a los jugadores que la secundan porque viven de conocer y contar antes que nadie qué pasa en los vestuarios y para ello necesitan la colaboración de unos jugadores a los que no pueden enfadar con una crítica en público… a veces no es lo que se dice o defiende, sino el por qué se defiende.

Lo cierto es que, como en tantas otras cosas de la vida, aquí nadie tiene la razón absoluta. Y este tampoco es el caso más extremo de intoxicación informativa. La famosa guerra del fútbol, con clubes que no dejaban entrar las cámaras de determinados operadores a sus estadios, sólo era la punta del iceberg de la lucha intestina entre dos grupos mediáticos que pugnaban por ser el amigo más amigo del PSOE de Zapatero, sin que eso se llegara a explicar claramente para que lo entendieran la mayoría de los ciudadanos.

Que Villar es un tipo poco recomendable que lleva demasiado tiempo enredando con el dinero público que le llega al fútbol parece fuera de toda duda. Que al gobierno y la patronal de los clubes (la Liga Profesional) se les ha ido la mano en el ninguneo a la federación y al sindicato de los jugadores, con tal de comenzar a poner coto a determinadas prácticas, también parece obvio. Como lo es que los jugadores modestos tengan derecho a defender sus intereses y que los clubes digan, con razón, que el decreto que redistribuye los derechos televisivos es esencialmente razonable.  Otra cosa es la actuación de los futbolistas de élite en todo este sarao.

Hubo un tiempo en el que pude haberme dedicado al periodismo deportivo y acabé desechando la idea porque, cuando conoces de cerca la vida de los futbolistas, te das cuenta del poco nivel intelectual que tienen, de la banalidad que rodea a ese mundo, de lo ridículamente pretenciosa que es la importancia que, entre todos, le damos a ese circo de la pelota. Luego me dediqué al periodismo parlamentario y comprobé que conocer de cerca a los políticos tampoco es edificante. Sin embargo, ya se me hacía más tarde para cambiar de rumbo… El caso es que el instinto primario nos lleva a indignarnos con unos tipos que cobran un pastizal y que normalmente no han movido un dedo por los compañeros modestos que se quedaban sin cobrar en sus clubes igualmente modestos.

Las “estrellas” se mueven ahora y sólo ahora porque Hacienda se ha puesto seria con las empresas que utilizan para pagar menos por sus derechos de imagen o el pago que hacen a sus representantes. Estaban acostumbrados a que eso formara parte “del acuerdo”, pero las cosas están cambiando para todos. Los políticos están que no les llega la camisa al cuerpo, los pequeños empresarios que tienen una pyme, los autónomos y los trabajadores por cuenta ajena hace tiempo que saben que no se les puede escapar una coma porque les crujen. ¿Entonces por qué ellos pretenden tener el privilegio de que no se les atosigue?

En este país hay una ley vergonzosa que permite a las estrellas del fútbol pagar menos, con la excusa de “atraer el talento de fuera”. Que los investigadores y los profesionales con talento en otros campos verdaderamente importantes para la sociedad tengan que coger la maleta sin que se les haga a ellos una ley así, que a los autónomos se les obligue a pagar la cuota por una actividad que no saben si funcionará, mientras aquí llegan los Messis y Cristianos a cobrar barbaridades de clubes que no están al día con Hacienda, como sí tenemos que estar el resto de mortales, es una jodida vergüenza. Aquí y en Pernambuco. Las estrellas que ayer se sentaron detrás de Rubiales, otro personaje oscuro del fútbol, de los que van vociferando con el móvil por los aeropuertos dándose importancia, nos dirán que eso no es así y que sólo miran por el interés de sus “colegas más modestos”. Como frase está muy bien, pero en esto, como en todo, hay que saber leer entre líneas.

Saturados de muerte e indiferencia

Una amiga me comentó, en una ocasión, que no podía soportar las conversaciones de sus padres a la hora de la cena. Los dos eran médicos y ambos se contaban las cosas más desagradables que habían visto ese día o las desgracias que habían tenido que contemplar en el hospital. Lo peor, decía, no era el contenido de esas charlas, sino el tono. Tanto el padre como la madre se lo tomaban con un sentido del humor bastante negro, entre irónico y caustico. El día que ya no pudo más y les recriminó su comportamiento, los dos se la quedaron mirando con cara de perplejidad. Luego se miraron entre ellos y cambiaron a un registro más pedagógico para explicar a su hija que aquello era un mecanismo de autodefensa psicológica. Si no ponían cierta distancia de por medio, no podrían volver al día siguiente a su trabajo sin derrumbarse o cogerle asco.

Parece una paradoja, pero es así. Cuanto más sensible eres, más riesgo corres de volverte un mojón de la carretera, que ni siente ni padece. De ahí que profesiones como médicos, enfermeros, abogados o periodistas estén plagadas de psicópatas. Afortunadamente, psicópata no tiene por qué ser sinónimo de asesino en serie, como se imagina mucha gente cuando escucha esa palabra. Un psicópata puede ser alguien que haga una vida normal, pero que tenga la incapacidad, entrenada o innata, de empatizar con el prójimo o sufrir con el mal ajeno.

Sin ir más lejos, los periodistas llevamos unos días que estamos saturados de muertos. Todavía no has dejado de informar sobre los 900 ahogados en Sicilia y ya te metes de lleno a contar cadáveres entre los cascotes del Nepal. Cuando el micrófono, la cámara o la imprenta te meten prisa no hay tiempo para reparar en esa niña con su camiseta rosa flotando inerte en el agua. Pocas cosas pueden helar más la sangre que ver a un crío, llamado a estar lleno de vida, inmóvil y a merced del vaivén del mar. ¿Qué hacemos los que tenemos por profesión contar estas penas un día sí y otro también?  Pues, quieras o no, te acaba saliendo callo. La clave está en no perder la perspectiva cuando sales de la redacción.

El problema es que todos, tengamos o no una profesión que incite a la psicopatía, estamos cultivando demasiado el callo de la indiferencia. Hasta el punto que estamos dando por buenos planteamientos que son una miseria desde el simple punto de vista conceptual. Que la Unión Europea se plantea una operación militar para destruir los barcos de las mafias que trafican con los inmigrantes en Libia, nos parece perfecto. Así los pobrecitos no serán enviados al mar a jugarse la vida. Sorprende la poca gente que se plantea que eso es cinismo en estado puro. Nos molesta que se haya abierto una brecha en Libia que nos traiga a los africanos a nuestras costas y procuramos poner un tapón. Lo que suceda de la costa africana para abajo nos da igual, con tal de no verlo.

Ahora también nos hemos enzarzado con lo de si hay que obligar a los vagabundos a dormir en un albergue o no. Los que defienden la medida argumentan que eso perjudica al turismo y a la imagen de la ciudad. Pero es que los hay que se conforman con dejarles dormir donde quieran, que para eso somos muy guays y respetamos sus derechos. Si quieres respetar sus derechos o si te molesta la imagen que puedan dar, hay que solucionar el problema de raíz y reconocer que la simple existencia de vagabundos es un fracaso de todos como sociedad.

Cada vez que pasamos por delante de ellos como si no existieran, fracasamos como individuos. Cada vez que orillamos los problemas que claman al cielo con simples medidas estéticas para no verles, aunque existan, fracasamos. El problema es que cada vez nos parecen más acertadas esas soluciones de cartón piedra. Cada día nos reconfortamos con menos. Cada día somos, tal vez, una sociedad más psicópata. Y lo peor es que ni nos damos cuenta.

Cuando la ficción no puede superar a la realidad

Está visto que una de las peores cosas que pueden afligirte en esta vida es la autocensura. Más de un colega de esos que se dedican a escribir guiones o novelas se queja a menudo de lo mismo. Presentas tu idea a una productora o una editorial y siempre te encuentras con algún cretino que te suelta frases del tipo: “éste relato no es creíble”.

Con esto de la crisis se ha acentuado la apuesta por las historias cercanas y los que gustan de fantasear lo tienen más complicado. Y tú, que quieres hacer las cosas bien, después de documentarte concienzudamente para construir tramas, personajes y ambientes, comienzas a comerte el tarro con si la historia estará lo bastante atornillada a la realidad como para, a partir de ahí, despegar hacia lo insólito, hacia un escenario kafkiano que golpee en lo más hondo al lector o telespectador, precisamente, porque parte de una cotidianidad que asusta de tan familiar que resulta. Y ahí es cuando algunos rebajan determinadas tramas del borrador, al temer que ciertos puntos del relato puedan resultar inverosímiles y provocar el rechazo de quien decide.

No sé si será por eso, pero aquí lo que se lleva es presentar capítulos piloto de series sobre gente de barrio que trabaja en un karaoke, historias de amor y odio ambientadas en los años de la posguerra o retratos costumbristas de una escalera de vecinos en clave de humor canalla. El surrealismo y las cosas difíciles de digerir se dejan para los Reality de televisión. Pocos tienen bemoles para llegar a la reunión con el cretino de turno y decirle: “Pues tengo una historia de un pueblo al que, de repente, le cae una cúpula encima, trasparente pero que no hay quien la atraviese. Y a partir de ahí empiezan a pasar cosas chungas…” o “un tipo muy normal se entera de que tiene cáncer y decide ponerse a procesar drogas para garantizar el futuro de su familia, y así, a lo tonto, se convierte en un capo supermalote”. “No lo veo”, suele replicar el cretino. Y es curioso que algunos tengan tantas reticencias a las historias que parten de la realidad para acabar siendo surrealistas o rozando el realismo mágico de Gabo y compañía. Más raro es aún, si pensamos que estamos en España, un país donde la vida es un continuo despelote surrealista.

Sólo hay que echar un vistazo a los periódicos o los telediarios para comprobar que aquí la realidad supera la ficción, a una velocidad acongojante. Díganme ustedes, si no, quién tendría arrestos para plantear una historia de ficción pero no fantástica sobre un nota de 20 años, de origen humilde, al que cazan de repente por haberse hecho selfies con buena parte de la fauna y flora político-económica de este país. Imagínense la cara del señor de la productora, mientras le explicas que, en un primer momento, nuestro entrañable pillo parece el típico friki que acude a los saraos para hacerse fotos, pero no. Los puñeteros periodistas descubren que el chaval entraba en los saraos más elitistas porque estaba invitado y tenía contactos al más alto nivel. La policía llega a sospechar que se trata de un agente del CNI, y el CNI que es un comisionista de políticos o un conseguidor para empresarios turbios. Y en éstas, sale una amiga conocida como “La Pechotes” que le defiende en la prensa, pero que asegura no ser su novia… Toda historia que se precie debe tener su pizquita de tensión sexual no resuelta…

Definitivamente, en este país no nos aburrimos. Así no hay quién aspire a escribir una buena historia que supere a la realidad. Tradicionalmente, los periodistas han dado el salto a la literatura o el guión. Pero, visto lo visto, lo mejor será emprender el camino inverso y volver al periodismo puro y duro. Digo yo que alguien deberá ayudar a los jueces a contestar la tormenta de preguntas que flota estos días en el aire. A saber: ¿Quién es realmente el pequeño Nicolás? ¿Quién está detrás de él? ¿Se podrá destapar la verdad si ésta deja en mal lugar a políticos y empresarios de máxima relevancia y moral distraída?

Lo mismo se podría decir de mil escándalos de corrupción que nos asolan estos días y que podrían demostrar que, a la hora de repartirse el pastel, nacionalistas y no nacionalistas, ahora tan peleados por Cataluña, se han dado cremita y han modificado las leyes a la chita callando para que sus delitos fiscales prescriban muy rápido.

Imposible que los propios políticos se destapen a sí mismos, y difícil que los jueces, controlados por la partitocracia desde el mismísimo Consejo General del Poder Judicial, puedan hacer solos todo el trabajo. Hacen falta periodistas de verdad, periodistas que se arriesguen y que investiguen en el sentido estricto de la palabra. Y es que hoy en día se llama periodista a cualquiera. El maestro Kapuscinski, conocedor de este problema, diferenciaba entre “periodistas” de verdad y “media workers”, que traducido vendría a ser algo así como trabajadores de los medios de comunicación. Profesionales del lenguaje que se dedican a escribir noticias breves, normalmente refritos de los teletipos de agencia. Gente que habla de oídas.

En el mundo de los media workers, la precariedad de las redacciones y la falta de recursos y voluntad para investigar es palmaria. Cada vez es más difícil enfrentarse al poder político y ya no digamos al económico. Una situación completamente diferente a la que vivió el mítico Ben Bradlee. El que fuera director del Washington Post, fallecido recientemente, supo enfrentarse a las presiones políticas y económicas para destapar la trama de corrupción del Watergate que derribó a un presidente de Estados Unidos. Hoy en día, sin embargo, son más bien los gobiernos los que derriban a directores de periódicos.

No sé si llegaremos al punto de los cómics estadounidenses, en los que un periodista se transmutaba en Superman o un fotógrafo en Spiderman, pero hacen falta héroes que se enfrenten al poder. El viejo Bradlee decía que para dirigir un medio de comunicación había que tener la valentía de un militar. “Salgan hay fuera y consíganme la noticia”, solía ordenar a una redacción imbuida de su espíritu. El mítico director del Post nos ha dejado para siempre, pero las historias que superan a la ficción siguen ahí fuera esperando que alguien las cuente.

La vida que pasa y el futuro del periodismo

Cuando te despides de Ángela caes es la cuenta de que tienes un paseo hasta el coche. Es la primera vez que visitas la sede del Centro Universitario Villanueva en Mirasierra y no quisiste arriesgar. En cuanto el GPS te dijo que más o menos habías llegado al destino aparcaste en el primer hueco libre.  Demasiado coche por todas partes. Los alumnos ya se conocen el percal y algunos estacionan incluso a pocos metros del ceda que te mete de lleno en la autovía de Colmenar.

De repente te acuerdas de aquel Opel Vectra de segunda mano que tu padre te dejaba para ir a la facultad. Le fallaba el carburador y un día te dejó tirado en medio de Barcelona cuando ibas a entrevistar a un doctor con una cámara Betacam que te habían prestado en la asignatura de televisión. Tuviste que llamar a la grúa para que recogiese el Vectra y al doctor para decirle que ese día no ibas a poder hacerle la entrevista de mentira que jamás se emitiría en una tele de verdad…

Todavía no has llegado al coche y la sonrisa socarrona se te borra de golpe cuando te viene otro recuerdo muchísimo más inmediato: “Joder, me han llamado de usted”. No hay nada como ponerte delante de un grupo de estudiantes de tercero de Periodismo para darte cuenta de que la vida pasa. Te acuerdas de aquel chaval que iba al campus de Bellaterra en el Vectra y no puedes evitar sentir empatía por los muchachos a los que has dado la matraca durante media hora larga. ¿O ha sido más? La verdad es que has perdido un poco la noción del tiempo. Era mucho lo que les querías contar para que no caigan en los errores en los que tú caíste y en los que siguen cayendo muchos becarios recién aterrizados en las redacciones.

Está el espabilao’ que se cree que ya lo ha aprendido todo antes de empezar a vivir; está la pavita que se queda a cuadros cuando le dicen que las “prácticas de verano” implican, efectivamente, que va a trabajar todo el verano; está el empollón que se sabe de pe a pa la vida de Adorno y Horkheimer, pero al que le falta sangre en las venas para colocarse el primero en los canutazos del Congreso (ponerle la grabadora en los morros al político de turno para que se oiga bien pero sin romperle un diente es toda una ciencia); está la tímida que, siendo superválida, pasa desapercibida porque no es capaz de exigir que le den trabajo y la formen (que para eso están las prácticas)…

Les explicas que deben evitar todo eso, que tienen que ser humildes pero confiando al cien por cien en ellos mismos; que huyan de los pesimistas profesionales que les recordarán machaconamente que el periodismo está muy mal. A mí y a muchos de mi quinta ya nos dijeron que no seríamos periodistas, y aquí estamos. En esta vida, si deseas algo con todas tus fuerzas y te dedicas a ella con verdadera pasión, muy mal se tienen que dar las cosas para que no te salgas con la tuya.

Superado el debate sobre si lo que están estudiando les dará de comer o no, surge el espinoso asunto de la manipulación.  “¿Qué le parece a usted (y dale con el usted) el caso de Canal 9 y la polémica sobre la manipulación en las televisiones autonómicas?”.

Buena pregunta, chaval. A estas alturas de la película, a estos jóvenes ya les ha quedado claro que vivimos en un país cainita. Ya nadie se extraña de que haya tertulias donde el moderador coloca a tres señores a un lado y a otros tres al otro, dando por sentado que responden a una ideología determinada y que se van a gritar los unos a los otros.  Y puede que, quitando los gritos y el agit prop al que se llega en ocasiones, tenga que ser así.  Los medios privados pueden tener una ideología siempre que no la pretendan ocultar de forma hipócrita y que no comentan un pecado mortal: faltar a la verdad.

¿Pero y los medios públicos que pagan los contribuyentes?  Ahí el proselitismo debería estar prohibido. Esos medios deberían nutrirse de esos tertulianos a los que cuesta ubicar a un lado u a otro de la mesa, no por melifluos o bienquedas, sino porque no tienen miedo a dudar. Y deberían asentarse en periodistas que no se callen la manipulación durante años y sólo la denuncien cuando se quedan sin trabajo, como han hecho algunos en Canal 9.  A los alumnos que hoy han tenido la bondad de escucharme les he puesto como deberes que piensen que harían ellos en ese caso.  ¿Valentía? ¿Prudencia en pos del sueldo que da de comer a tu familia? ¿Oportunismo a toro pasado?

Arrancas el coche para volver a casa. De la respuesta que encuentren esos chicos dentro de ellos mismos dependerá el periodismo que ha de venir.  Seguro que serán periodistas. Y puede que lo hagan bien. Ojalá.