La importancia de la pausa

¿Vas todo el día de arriba abajo con prisas y sufriendo eso que llaman estrés? ¿Tienes un problema de esos de difícil solución que te aflige y te provoca lo que viene siendo ansiedad? ¿Eres un puñetero/a agonías con tendencia a agobiarse en un vaso de agua? Pues te voy a dar un consejo de amigo: tranquilízate y relativiza un poco tus problemas y ansiedades.

Si no me crees, hazte una pregunta: ¿tenías algún problema o alguna preocupación hace un año? ¿Y hace diez? ¿Y que ha sido hoy en día de ese problema? Si nos hacemos estas preguntas, en la mayoría de los casos, llegaremos a la conclusión de que muchos de nuestros problemas, esos que nos traían de cabeza, ya no lo son. Todo se arregla para bien o para mal. Y a lo que no tiene solución también se acaba haciendo el cuerpo.

¿Estoy diciendo con esto que lo más inteligente es caer en el nihilismo o vivir aplatanao’ como si la cosa no fuera contigo? Pues no. Lo que estoy diciendo es que mirar hacia atrás y comprobar que lo que era una montaña no hace mucho ahora es un simple recuerdo ayuda a encarar el presente de otra manera.  Eso sí, reconozco que no es fácil. Yo, sin ir más lejos, he tenido que ser padre para darme cuenta.

El que tenga un crío en casa sabrá perfectamente de lo que hablo. Lo que antes era marcarse un baile de San Vito buscando las llaves por toda la casa porque sólo faltaban diez minutos para estar en la parada del autobús, ahora es todo calma delante de un moisés. Tu chaval te sonríe y contesta con balbuceos a tus ruiditos de padre enchochado, mientras piensas: “todavía quedan diez minutos, en cinco me planto en la parada”.

Contemplar una vida que comienza te ayuda a verle las costuras a este mundo. A veces nos ensimismamos tanto en el papel que representamos, que se nos olvida que estamos metidos en un teatrillo, donde todo tiene un inicio, un nudo y un desenlace inexorable. Atisbar que antes fuimos niños y ahora somos padres, y que dentro de un tiempo seremos ancianos invita a disfrutar del camino y reírse un poco, aunque sólo sea un poco, de la intendencia del día a día.

¿Ha provocado mi hijo que ahora llegue tarde a los sitios? En absoluto. Lo que ha conseguido es introducir pausa en mi vida. ¡Y qué importante que es la pausa! Es la que te salva cuando estás a punto de comenzar un informativo y surge una última hora que revoluciona a la redacción y te hace surfear hacia el estudio entre gritos, llamadas y teléfonos sonando.  O es la que te hace mantener la calma en un estudio de grabación ante una cuadrilla de creativos y directivos que te miran fijamente tras haberte dado mil opiniones diferentes sobre cómo afrontar el texto de un spot publicitario. En realidad, todo lo bueno en esta vida se hace con pausa. Desde el cirujano que opera hasta el futbolista que pone en pie un estadio. Ahora que a Isco le aplauden donde quiera que vaya, hay que recordar la conclusión a la que llegaron Vicente Del Bosque, Fernando Hierro y Carlo Ancelotti en un encuentro que mantuvieron y en el que reflexionaron sobre el jugador de moda en España: Isco es un “falso lento”. Es decir, parece que hace las cosas despacio, pero en realidad corre que se las pela y es efectivo como ninguno.

Y es que nos tienen engañados con tanto estrés, tanta prisa y tanta tensión. No por mucho correr, se llega antes. Se trata de mirar las cosas con perspectiva y saber medir los tiempos. Definitivamente, menos es más.

El precio a pagar por vivir más tranquilos

Desde luego hay trabajos que no están pagados. Y no me refiero a la gente con dos carreras, un máster y cuatro idiomas que no cobran más de mil euros y que, cuando piden un aumento, sus superiores sonríen cínicamente antes de orinarles en la cara y decirles que está lloviendo. No, en esta ocasión me refiero, más bien, a esos trabajos que, por muy bien pagados que estén, nunca lo estarán lo suficiente, habida cuenta del esfuerzo que suponen.

Dice el dominical alemán Bild am Sonntag en su última edición que el FBI tendió una “trampa amorosa” a un yihadista alemán del Estado Islámico. Un tipo que, siguiendo el tópico, primero fue un rapero chungo que pasaba de todo para luego convertirse en un escrupuloso islamista dispuesto a ganarse el cielo a base de bombas. El caso es que la agente en cuestión no sólo tuvo los bemoles de introducirse en ese mundillo haciéndose pasar por uno de ellos, sino que también tuvo la habilidad de engatusar al rapero emérito al que los servicios de inteligencia habían puesto en su punto de mira.

Veamos: tienes que adquirir el aspecto, los conocimientos y las habilidades necesarios para parecer yihadista. Tienes que tener el valor de infiltrarte y la sangre fría para que no te traicionen los nervios en cualquier renuncio. Tienes que fingir que pasabas por allí y ganarte su confianza. Tienes que camelarte al objetivo hasta el punto de convencerle para casarte contigo. Y, no lo olvidemos, tienes que tener las tragaderas necesarias para hacer vida conyugal con él hasta sus últimas consecuencias, incluida la alcoba.

Al parecer, llegó un momento en el que la agente temió ser descubierta y huyó a Turquía, donde fue arrestada de tan yihadista que parecía. Hasta que Estados Unidos no medió en el asunto no consiguió recuperar su vida anterior. Por lo menos le quedó la satisfacción de comprobar cómo su “marido” acababa siendo detenido. Aún así, el esfuerzo el miedo y el asco que tuvo que pasar esa muchacha seguro que no tienen precio.

Pues, curiosamente, el concepto del “precio a pagar” es lo que seguimos sin despejar cuando se habla de luchar contra el yihadismo o las nuevas amenazas de este mundo. ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar? Antes de contestar a esa pregunta, merece la pena hacer una reflexión sobre los últimos ataques en Copenhague: La policía abatió al agresor después de saber que había abandonado su coche a 3 kilómetros del primer tiroteo. Supo que había cogido un taxi y se había bajado en un barrio multiétnico de la capital danesa. Supo que estuvo allí por espacio de 20 minutos hasta que volvió a salir. Y sospechó que allí volvería, como finalmente hizo de madrugada para acabar siendo abatido. ¿De dónde sacó la policía toda esa información. Pues principalmente de las cámaras de seguridad.

Aquí en España también supimos que la madre de Asunta nos la estaba dando con queso porque su relato no coincidía con el lugar donde la mostraban las cámaras callejeras. A José Bretón también se le vino abajo la coartada cuando las cámaras demostraron que llegó al parque sin sus hijos en el coche. Y así muchos más casos en los que las cámaras y el rastro de los móviles han sido decisivos para sacar de circulación a gentuza a la que no querríamos tener entre nosotros.

Sin embargo, no son pocos los que se quejan, y con razón, de la falta de privacidad que está suponiendo la presencia omnipresente de las cámaras de seguridad en nuestras vidas o el manejo del Big Data. Lo cierto es que, nos guste o no, la relación entre la seguridad y la privacidad parece condenada a ser parecida a la de la manta que o te tapa la cabeza o te tapa los pies.

Es legítimo no querer renunciar a la privacidad, pero eso implicará estar un poco más a la intemperie en una sociedad donde, al mismo tiempo, se piden explicaciones a la policía por no haber detenido a tiempo a radicales que estaban fichados de antemano. Hay algo que no cuadra en esa ecuación. A algo deberemos renunciar en parte. Aunque ahora estemos muy entretenidos con Grecia y la crisis económica, el gran debate en Occidente en las próximas décadas girará en torno a ese dilema. Tiempo al tiempo.

Ante todo, coherencia

Qué pereza de país… Montamos una supergala del cine español para celebrar que por fin el personal se ha reconciliado con nuestros díscolos cineastas; nos ponemos exquisitos y ninguneamos a Ocho Apellidos Vascos porque, en el fondo, eso es no es cine, sino “enlazar un sketch con otro”, nos colocamos nuestras mejores galas; elegimos a toda una ex ministra de Cultura para que entregue un premio y… ¿qué hace la señora intelectual en los apenas 20 segundos que tiene para decir algo? ¿Lanza algún aldabonazo de lucidez que nos haga replantearnos la importancia del arte en nuestras vidas? ¿Nos explica por qué todo lo bueno es efímero y banal? ¿Se acuerda de los que lo están pasando mal? ¿Se limita a anunciar al premiado sin equivocarse? No, Ángeles González-Sinde decide ir directa al grano y suelta un comentario futbolero para recordar a los presentes que su equipo ha ganado esa tarde al eterno rival. Luego nos quejamos…

Yo digo que en la vida cada cosa tiene su momento y su lugar. Y que nos podemos equivocar las veces que haga falta, incluso hacer el ridículo de vez en cuando puede resultar saludable, pero lo jodido es no ser coherente. Decía Saramago, con la mala leche fina que se gastaba, que todo el mundo se había pasado la vida recordándole que debía hacer deporte porque era bueno para la salud, pero que nunca había escuchado a nadie decirle a un deportista que debía leer porque era bueno para el intelecto. Y es que, el ser humano está hecho de materia incongruente y, por mucho que nos aconsejen correctamente, tenemos querencia por lo fútil.

Ahora andamos alterados en las tertulias porque los chicos millonarios del Real Madrid, humillados por los chicos millonarios del Atleti, lejos de hacer un acto de contrición se fueron de fiesta después del partido. ¡Y hasta cantaron!

Asegura Jorge Mendes, el tipo que más dinero debe haber ganado moviendo jugadores de un lado a otro, que no sabemos bien el esfuerzo que tuvieron que hacer hasta que le colocaron el sombrero a Cristiano Ronaldo y consiguieron que se subiera al escenario a cantar. Que menudo disgusto tenía la criatura… Ante semejante espectáculo, en la directiva del Madrid andan indignados, pero les está bien empleado por su falta de coherencia. Si quieres jugadores que no se dejen meter un cuerno por salva sea la parte ante el odioso vecino, si aspiras a que, en caso de accidente, los tuyos se sientan mal y hagan propósito de enmienda en el mismo vestuario, ficha a jugadores que entiendan qué representa tu club y qué supone tener que aguantar la guasa de los rivales en la oficina o en el bar.

Claro que a los millonarios cantarines también les falta coherencia. Si quieres que te dejen tranquilo celebrar tu cumpleaños y que nadie juzgue si has cantando o dejado de cantar tras hacer el ridículo en tu quehacer profesional, no cuelgues el vídeo en las redes sociales. No llames la atención de la gente exhibiéndote con tus ropas y tus coches caros. No te metas en la vida de la gente vendiéndoles los producto y servicios que anuncias por tierra mar y aire. Si haces eso, lo cual no deja de ser legítimo, la gente también tiene legítimo derecho a juzgar lo que haces.

Y, ya que estamos, si te molesta que los ministros de Cultura se pongan a hablar de fútbol donde no toca, no escribas tú un entrada del blog sobre la fiesta de Cristiano, habiendo tantos otros temas sobre los que reflexionar. Coherencia, coño, coherencia.

 

El miedo y la gran guardería que se avecina

Hace cosa de un año fue noticia en todos los telediarios la imagen desgarradora de una joven madre, apenas una cría, que irrumpió en el pleno del ayuntamiento de Cádiz con un niño de tres años ayuda a los políticos. La chica estaba en el paro y se había quedado sin ayudas económicas. Delante de las cámaras, y fuera de sí, llamó sinvergüenzas a los políticos y les acusó de estar matándola de hambre. También acusó a la alcaldesa de haberla metido en un cuchitril con su niño. Se refería a la pensión que le habían facilitado para que madre e hijo no estuvieran en la calle. Ella aseguraba tener derecho a un piso de protección oficial mejor equipado.

Al final, entre el escándalo y el estado de nervios de la joven madre, la policía optó por desalojarla del consistorio. Ver cómo esa madre era llevada en volandas mientras pataleaba y gritaba estar enferma por depresión resultó desgarrador. Yo me quedé tocado, pensando sobre todo en ese crío que no tenía culpa de nada y que, desde luego, no lo iba a tener fácil en la vida. Cuando asomamos la cabeza por encima de la cuna, no es lo mismo descubrir que estamos en casa de los Botín, que en una pensión pagada por los servicios sociales.

¿Y la madre? ¿Me dio pena la joven madre? Pues también, pero de una manera diferente. Me dio mucha pena que, siendo tan joven, se hubiese metido en semejante laberinto. Y creo que había que hacer lo posible por ayudarle a salir de ese pozo. Sin embargo, había algo que me chocaba. Decía que eran los políticos los que tenían toda la culpa de todo lo que le había pasado. Yo creo que los políticos han tenido mucho que ver en toda la porquería que hemos debido tragar durante los últimos cinco años. Aún así, hay actitudes que no me acaban de cuadrar. ¿Por qué esa chica no tenía estudios? Su época de formación académica coincidió con la época de vacas gordas, cuando nadie dudaba de que la educación pública era accesible a todos y de una calidad razonable. ¿Por qué tuvo un hijo tan joven? ¿Por qué no tenía pareja estable? ¿Por qué no intentó marcharse a otro lugar a iniciar una nueva vida cuando las cosas empezaron a torcerse en Cádiz? No hay duda de que el entorno nos marca y a veces nos pone una pierna encima, que diría aquel. Pero no es menos cierto que nosotros, como individuos, hacemos mucho cada día para marcar nuestro destino. Y eso es precisamente lo que eché en falta en ese caso y en otros tantos. Los bemoles para reconocer nuestros propios errores y miserias.

Siempre lo hemos sido, pero la crisis nos ha venido a confirmar que somos una sociedad con un puntito paternalista. Y para que algo sea paternalista, algo debe ser infantil. Cuando caemos en el convencimiento de que nuestra “suerte” o “mala suerte” es independiente de lo que nosotros hagamos o dejemos de hacer, y que son “otros” los que tienen que proveernos y sacarnos las castañas del fuego, entonces, nos estamos alejando del adulto que somos o deberíamos ser.

Estos días la gente, por aquello de si se les pega algo, anda como loca leyendo las biografías y los consejos de los hombres y mujeres que han sabido triunfar en la vida e incluso convertir la crisis en una oportunidad. Llama la atención que muchos de ellos no nacieron en familias ricas o si lo hicieron, los avatares de la vida les hicieron perder todo y tener que comenzar de cero. Me parece cuanto menos curioso que tipos tan diferentes, con edades tan distantes, que nacieron en puntos tan alejados y dedicados a actividades tan diversas como Leopoldo Fernández Pujals o Anxo Pérez coincidan en tantísimas cosas. Ambos hablan sin tapujos del enorme miedo que sintieron en sus comienzos. Los que triunfan no son supehéroes, son personas que reconocen haber sentido pavor antes de haberse lanzado a la aventura de intentar mejorar su vida. También hablan de cómo las personas que les rodean, aunque les quieran y lo hagan sin maldad, intentan desanimarles y hacerles desistir de sus ideas. Ese es otro esfuerzo que deben realizar. No sólo vencer su propio miedo, sino también al desánimo que les insufla esta sociedad que no entiende al que se sale del carril paternalista.

La conclusión que de todos ellos se puede extraer es que, si se sueña y se hace el esfuerzo de vivir ese sueño, se puede. Y que se puede, no sin antes sufrir muchos golpes y muchos fracasos por el camino que también sirven para aprender y mejorar. Y todo eso, sin esperar gran cosa del entorno. Más bien al contrario, dando por hecho que el entorno será como la corriente del río que hay que remontar. Ahora que tanto se piden soluciones paternalistas, imposibles de realizar o que implicarían convertir España en una gran guardería, conviene tenerlo en cuenta. Cuando aceptas vivir en una guardería, quedas a expensas de que alguien quiera o pueda pagarte la plaza.

Al perro de todos se lo comieron los piojos

Los traumas de cada uno son los traumas de cada uno. A mí me costó aprender a nadar. Y no aprendí hasta que me matricularon en un colegio en el que asistir a natación era obligatorio, porque la escuela tenía a gala ser un referente en ese deporte. Que tus compañeros ya tengan el caballito de mar naranja cosido en el bañador y tú empieces con el blanco y más miedo que vergüenza es un problema. Sobre todo cuando la solución es que tiren al agua como un saco de patatas y te digan aquello de “nada o ahógate”.

Aprender, aprendí. Pero el trauma se quedó en mi subconsciente, agravado años más tarde por la práctica del waterpolo. De aquellos días aprendí que no me gusta el roce humano bajo el agua. Notar como el pie de tu rival, algunos con unas uñas de buitre leonado, se apoya en la cinta de tu bañador para dificultarte los movimientos me dejó otro trauma. Desde entonces no soporto que nadie desconocido me roce, ni que sea ligeramente, bajo el agua. De ahí que elegir bien el carril donde vas a nadar en la piscina de tu gimnasio sea una decisión crucial. Veamos: ¿El carril donde está el chaval de 21 años y ni una gota de grasa? Descartado porque te pasará como un avión y vas a nadar con la sensación de que molestas. ¿El carril donde hay tres personas compartiendo 25 metros? Demasiado saturado. Al final te resignas a compartir carril con una señora mayor de las que nadan de espaldas alargando los brazos y tocando corchera, mondongos ajenos y lo que se ponga por delante.

Lo bueno del gimnasio al que voy ahora es que, al rato de calvario, el monitor se acerca al borde de la piscina y nos pide a todos una reubicación de los carriles, de manera que nos pongamos mejor distribuidos y según nuestro nivel. Con mi trauma a cuestas, de la última piscina donde estuve me borré precisamente porque nadie se molestaba en hacer algo tan sencillo como eso. La piscina era pública y dejaban apuntarse a cualquiera que los solicitara, sin tener en cuenta si había saturación de espacio o no. Nadie se molestaba en pedir a los usuarios que se diesen una ducha antes de tirarse al agua y en más de una ocasión los usuarios se daban cabezazos o golpes involuntarios entre ellos en medio de la piscina, con el peligro que ello conlleva. ¿Qué hacían los monitores? Pues se limitaban a estar pendientes del carril de clases particulares y el resto que se apañara. En la sala de máquinas la cosa no estaba mejor. A nadie se le exigía el uso de toalla para no dejar el sudor impregnado en los aparatos, ni hacía nada para arreglar las goteras que estaban expandiendo un desagradable olor a humedad por la sala. Los monitores te atendían si ibas a buscarlos a su mesa. De lo contrario, se entretenían enseñándose vídeos de Internet en el ordenador que tenían allí instalado y quejándose de los recortes a los que les habían sometido.

El día que me borré, la chica de administración me preguntó el motivo y cuando le dije que notaba dejación en las instalaciones y en el personal puso cara resignación, dando a entender que muchos usuarios se estaban marchando por el mismo motivo. Pagar más por el nuevo gimnasio fue una jodienda, pero comprobar que ha merecido la pena también tiene algo de triste. Es la confirmación de que al perro de todos se lo comieron los piojos. Cuando detrás de un negocio hay alguien particular, alguien que ha invertido su dinero y el de sus hijos para que todo salga bien, ese alguien suele dejarse la piel para que la cosa salga adelante. Y cuando vienen mal dadas, no tiene tiempo para quejarse: o lo arregla o cierra. Lo público, por el contrario, y le pese a quien le pese, suele degradarse con más facilidad, tiende a crecer en estructura hasta convertirse en lento o ineficiente y el sentimiento de pertenencia se diluye en esa idea de “es de todos”, que, desgraciadamente, acaba degenerando en el convencimiento de que, en realidad, “es de nadie”.

Para que lo público funcione necesita de una cultura social que, desgraciadamente, en este país no tenemos. Por eso se roba tanto el dinero público, por eso se defrauda tanto, porque se tiende a pensar que lo de todos es de nadie. Y no estoy diciendo nada que los sociólogos, psicólogos y economistas no hayan descrito ya como “la tragedia del bien comunal”. Lo que me sorprende es que algunos sigan defendiendo con tanta vehemencia la nacionalización de todos los servicios y actividades posibles, como si eso fuera la panacea y la solución a todos los problemas. Salvo la educación y la sanidad, que sí necesitan ser cubiertas por la administración con la que nos hemos dotado los ciudadanos, el resto de actividades hay que dejarlas a la iniciativa privada. Es mejor confiar en la diligencia de quien sabe que se juega los cuartos que en la supuesta buena fe y responsabilidad de una sociedad donde cada uno va a lo suyo.

Sé que decir esto puede ser impopular para muchos en unos momentos en los que hablar de iniciativa privada suena a demonios capitalistas, y cuando ciertamente debemos buscar soluciones urgentes para los abusos a los que nos ha llevado el cambiazo de la economía real por el gran bingo financiero en el que se ha convertido todo. Pero los que se pongan de los nervios o tenga objeciones que me expliquen por qué en la URSS acabaron fabricando más zapatos de los que podía usar la población, mientras faltaban alimentos; por qué en Cuba los heterosexuales se prostituyen en el mercado gay del Malecón de la Habana para llegar a final de mes; por qué en Argentina faltan compresas en pleno verano austral o por qué en Venezuela, que nada en un mar de petróleo, las estanterías de los supermercados están vacías. Tal vez es porque olvidaron que la realidad es machacona y que al perro de todos se lo suelen comer los piojos. Y eso no es culpa ni de ideologías ni partidos políticos. Tiene que ver con nuestra propia naturaleza como individuos y como sociedad.

¿Qué hacemos con el Islam?

Dejas tu taza de café a un lado, enciendes el portátil y te pones a escribir lo que en ese momento se te pase por la cabeza. Así, sin más. La verdad es que a veces no somos conscientes de la suerte que tenemos de vivir por estas latitudes. Hace poco en Arabia Saudí a un colega bloguero le han castigado a recibir 50 latigazos cada viernes, durante varias semanas, por escribir algo que no le ha gustado al régimen. 50 latigazos. Y no se les está dando ni el Estado Islámico, ni Al Qaeda. Se los está dando el régimen saudí, aliado de Occidente en tantos asuntos y considerado ahora un bastión para “la estabilidad” en Oriente Medio.

Hablan de estabilidad, porque nadie se atreve a hablar de libertad. Es difícil hablar de libertad o democracia en una zona donde los países, los propios gobiernos, obligan a clubes como el Real Madrid a borrar la cruz de sus escudos para poder publicitarse. Aquí lo hemos aceptado sin más. “Normal que quitemos la cruz para no ofenderles”. Pero, ¿nos hemos parado a pensar qué significa ese gesto? Ese gesto implica que en Occidente hemos perdido la batalla del marco mental frente al islamismo. Damos por hecho que nuestros símbolos son ofensivos para ellos. No se trata de que les ofendamos caricaturizando sus símbolos religiosos, lo cual podría debatirse. Se trata de que nosotros, nuestra mera existencia, les parece insultante, algo a borrar con Photoshop. Y no para los fanáticos, sino para el propio establishment. Y nosotros lo aceptamos a cambio de ganar algunos petrodólares.

El problema no es que haya un sector fanatizado dentro del mundo musulmán dispuesto a hacer la yihad contra Occidente. El problema es que a los occidentales todo este envite nos pilla más perdidos que el barco del arroz. Occidente renunció a su identidad hace tiempo y se perdió en la maraña de lo políticamente correcto. Nosotros borramos nuestros símbolos para no ofender, pero nos cuesta prohibir el burka en nuestras calles o sancionar a quienes se bañan vestidos en las piscinas municipales, no vaya a ser que nos tilden de islamófobos. Sancionamos a un crío por decir en un programa televisivo que las niñas limpian mejor que los niños, pero permitimos que en las mezquitas de nuestro país se lancen comentarios machistas que denigran a la mujer. Hemos perdido el marco mental y eso nos debilita como sociedad.

Luego sucede lo que ha sucedido esta semana en Francia y todo se precipita. Los hijos de la rabia piden mano dura y comienzan a soltar comentarios que sí son realmente ofensivos contra la comunidad musulmana. Pues cuidado con creernos superiores a nadie. ¿Acaso no hemos sido nosotros violentos e intolerantes hasta antes de ayer? ¿Acaso nuestros abuelos y padres no han conocido genocidios, guerras y dictaduras? El camino a la democracia no es fácil y conservarla no es gratis. A nosotros nos ha costado siglos y al mundo musulmán se lo estamos pidiendo que lo haga en décadas. Nos guste o no, todas las culturas de la Tierra no han ido de la mano en el desarrollo científico, tecnológico y humanista de Occidente. Hay culturas que siguen ancladas en una especie de Edad Media mezclada con el secularismo que llegado de Occidente a lomos, primero de la colonización, y luego de la globalización. ¿Se imaginan que en siglo XVI cuando todavía íbamos a Flandes para evitar el avance del protestantismo se nos presentasen unos señores con Google, Facebook, la liberación de la mujer trabajadora, el matrimonio gay y la libertad de prensa? Pues en el mundo musulmán están un poco así. Los que tienen la mentalidad del siglo XVI conviven con los que abrazan el siglo XXI y en ese cacao adivinen quiénes tienden a la violencia para imponerse a los demás. Europa está impactada por el atentado del Charlie Hebdo y por la imagen de la ejecución de un policía indefenso en el suelo. No puede haber una metáfora más poderosa de lo complejo que resulta este asunto: el policía se llamaba Ahmed y era musulmán.

No hay que perder de vista que la inmensa mayoría de las víctimas del yihadismo son musulmanes que no se pliegan a las exigencias de los radicales. Tan equivocado es engañarse con que debemos dejar hacer a los islamistas en nuestro territorio en nombre de la multiculturalidad, como estigmatizar a todos los musulmanes o dejar a su suerte a las millones de personas que están luchando en sus países para que la primavera árabe no caiga en saco roto. Entre echar o marcar a todos los musulmanes de nuestra sociedad y dejarles vivir en nuestro territorio con una escala de valores radicalmente incompatible con la democracia debe haber un punto medio. Hacer valer nuestra identidad y nuestros valores sin caer en la intransigencia. Sacudirnos muchos complejos y hacer sacrificios en pos de la seguridad dentro y fuera de nuestra fronteras, pero controlado nuestras vísceras para no caer en un fanatismo contra el fanatismo. ¿Complicado encontrar ese punto medio? ¿Una quimera? ¡Ay, amigo! Nadie dijo que los retos civilizacionales del siglo XXI fueran a ser fáciles. Pero somos Occidente y ha llegado el momento de demostrar que somos la vanguardia de la humanidad. Ojalá tengamos suerte.

Siete horas esperando a Daniel

El bocadillo de atún no es nada del otro mundo. De hecho, es bastante infame. Pero hay ocasiones en las que únicamente piensas en llenar el buche. Pura supervivencia antes de volver a subir a la habitación. Seis mesas más allá, en una esquina de la cafetería del hospital, reconoces al tipo que hoy ha tenido en sus manos la vida de las dos personas más importantes para ti. El doctor parece relajado y está tomando algo con unos compañeros como si tal cosa. Tú, en cambio, tienes el cuerpo molido y mañana padecerás agujetas en el culo de haber empujado de puro reflejo y por mera solidaridad durante siete horas.

Qué curiosa es esta vida. Venimos a este mundo sufriendo y haciendo sufrir a la mujer que más nos va a querer, hagamos lo que hagamos y pase lo que pase. Así llegaste tú, Daniel. Algún día te confesaré que antes de asomar la cabeza me enseñaste tu primera lección: que sabes que quieres a una mujer por encima de todo cuando sencillamente no soportas verla sufrir. Y sabes que eres padre cuando firmarías sin pensar un acuerdo que te quite la vida, si eso sirve para conservar la de tu hijo. Dos lecciones magistrales, y todavía no has abierto la boca como quien dice. Como sé que esto va a seguir así; como intuyo que no vas a dejar de enseñarme cosas en los años venideros; como bastante voy a tener con procesar todo lo que me vas a aportar con tu sola presencia, voy a aprovechar la ocasión para apuntar en este humilde blog, donde se desahoga tu viejo de vez en cuando, algunas pistas que te servirán para transitar mejor por este mundo al que tu madre y yo te hemos traído sin consultarte.

No soy el tipo más sabio del mundo, ni tampoco el más experimentado, pero creo haber detectado una de las claves para aprovechar el puñado de décadas que nos regala la vida en este mundo. Mucho oirás hablar de la felicidad. Te dirán que el objetivo en este mundo es ser feliz a toda costa. Pues ya te avanzo que, por mucho que traten de confundirte con narcisismos y consumismos, la felicidad no es algo que venga de fuera. La verdadera dicha sale de dentro. ¿Te parece rebuscado? Pues me temo que hay mucho más. Aquí va otra paradoja que te será de gran utilidad: menos es más. No es más rico quien mucho tiene, sino quien poco necesita. La humildad y la confianza en uno mismo son la mejor receta para no perder el norte. Humildad para no creerte más que nadie, pero sin que eso te impida apuntar a las estrellas. Sí, sé que las estrellas están muy lejos, pero sólo si buscas un diez podrás aspirar a un nueve. Aquí llega otra paradoja: la búsqueda de la excelencia, las ganas de agradar, el rechazo a la mediocridad, el ansia por llegar a la meta, no deben impedirte disfrutar del camino. No te pierdas, jamás, bajo ningún concepto, la belleza de las pequeñas cosas.

Ahora te dará la risa porque eso te parecerá lo más normal, pero créeme, la gran desgracia del hombre es perder la curiosidad por lo insignificante. Por eso es importante que nunca permitas que maten al niño que hay en ti. Ten siempre más preguntas que respuestas. Es más inteligente escuchar que sentar cátedra. De lo cual se deriva otro consejo: aprende a valorar los silencios. El silencio engrandece las palabras, las hace atronadoras. Por cierto, si el oído es importante, la vista no lo es menos. Mira a los ojos, llama a la gente por su nombre, recuerda que todos somos hijos de Dios y que nadie se merece ser tratado como a ti no te gustaría que te trataran. No desprecies a nadie por su aspecto o sus creencias. Todo el mundo tiene razones para ser como es. Y si no las tiene, es su problema. Ampara al débil y evita al necio, pero sin amargarte la vida por su culpa. Y es que la vida son dos días y no merece la pena perder el tiempo con lo accesorio o lo mezquino.

El reloj hace tic tac y sólo tenemos unos años para ser eternos, para dejar huella en esta pelota que flota en el espacio y ser recordados por los nuestros como alguien honesto al que mereció la pena conocer. Qué curioso… Termino estas líneas con una nueva paradoja: el reloj ya ha empezado a contar para ti, como hace tiempo que lo hizo para mí. Pero incluso en esto me estás enseñando una lección: Contigo contra mi pecho, mirándome como diciendo “viejo, estoy en tus manos”, descubro al fin que el mundo puede esperar. Feliz Navidad.

En busca de la privacidad perdida

Al final va a tener razón el torero: Hay gente pa’ to. Resulta que eso de las agencias de citas para adúlteros está funcionando. Gente casada que se pone en contacto con otros casados para ser infieles a sus parejas. La gente, desde luego, se aburre mucho. Tanto que, después de haber cometido la infidelidad, incluso se entretiene respondiendo encuestas de lo más surrealistas.

El portal Victoria Milan se ha puesto a preguntar a sus clientes adúlteros cómo se lo montan para acudir a la cita en cuestión. La cosa tiene su miga porque el pendejo o pendeja con el que hayas quedado para cometer la tropelía puede que viva en un barrio céntrico o en una zona donde resida alguien que conoces. ¿Acudir con tu coche y que te reconozcan? “¿Oye, ese no es el Renault de Manolo?” ¿Coger el metro y que dé la puñetera casualidad de que te topas con un conocido, que luego saque a colación que te vio tal día en tal barrio? No, demasiadas explicaciones. Lo más claro, al parecer, es coger el taxi. Hasta un 40% de los infieles aseguran usar ese medio de transporte para perpetrar sus escaramuzas amatorias. Levantas la mano, te metes rápido, le dices en qué esquina discreta te tiene que dejar, le pagas en efectivo (¡importantísimo no dejar rastro con la tarjeta!) y sanseacabó. Y para la vuelta, lo mismo.

Ya hay que tener ganas de buscarte una amante. Además de los cambalaches que tienes que hacer para no dejar rastro en el ordenador de casa de tus visitas al portal, además de indagar (¡digo yo que lo harán!) que el pendejo/a con el que te vas a afrotinar no esté para encerrar en un psiquiátrico, y de trazar una ruta discreta de transporte… tienes que pagar un taxi a la ida y otro a la vuelta. Según la encuesta, los adúlteros se dejan unos 30 euros por trayecto, lo que al mes suele ascender a 105 euros. Definitivamente, ser adúltero cuesta un dinero. A lo mejor es por eso que un 32% reconoce coger el metro para ir a poner los cuernos a su pareja. Otro 28% opta por el autobús o el tranvía. Además de adúlteros, agarrados.

Lo triste de esta encuesta, más allá de constatar lo incompleta e insustancial que es la vida de mucha gente, es comprobar lo ignorantes que somos en materia de privacidad. Todavía nos creemos que subiéndonos el cuello del abrigo para que nos tape la cara y cogiendo un taxi de forma discreta nadie va a saber hacia dónde nos dirigimos.

Desde que entramos en la era digital lo de esconderse y que “te trague la tierra” es cada vez más difícil. Seguramente, muchos de los que cogen un taxi y pagan en efectivo para pasar desapercibidos no caen en la cuenta de que el GPS del móvil y los Big Data que vamos desparramando por ahí nos tienen más que controlados. Llevamos un aparatito en el bolsillo que se chiva continuamente de nuestra posición. Cuando llamamos o mandamos un mensaje queda recogido el lugar en el que estamos. Pero es que, además de todos esos datos que ofrecemos casi sin darnos cuenta, nosotros mismos seguimos regalando detalles sobre nuestra vida con toda alegría. Y lo hacemos porque las estrategias para que piquemos son cada vez más tentadoras.

Lo último que se le ha ocurrido a Apple consiste en pedir a la gente que conecte el Bluetooth cuando entra en una de sus tiendas. A cambio de confesar que estás en una tienda en un momento determinado, te harán ofertas personalizadas sobre los productos allí presentes. Y así, tejiendo ese tipo de datos con precisión empírica, acaban diseñando un patrón de comportamiento capaz de prever, con una exactitud pasmosa, qué vas a hacer en tu día a día. Seven Eleven va más allá y, gracias a la geolocalización, calcula la distancia a la que están los clientes (los que previamente se han animado a regalar datos a cambio de una oferta) de su tienda más cercana para invitarles a entrar. Si el día se presenta frío, nos hace una oferta para un chocolate caliente o lo que solamos tomar los días fríos (lo saben porque estudian nuestros datos) y si hace calor, nos hacen un descuento en un helado. Obviamente, saben cuál es nuestro sabor favorito.

Curioso mundo éste, en el que, mientras nuestra pareja sigue ignorante de la cornamenta, alguien a quien no conocemos pueda soltar delante de un monitor:

-Coño, hoy Manolo no va al picadero.

-No, ha dedicado la mañana a visitar un concesionario de coches.

-Pues falta le hacía, porque el Renault se caía a trozos.

 Será el nuevo y moderno mundo que nos espera, lleno de comodidades. Pero a mí, personalmente, se me antoja inquietante.

Los puñetazos y las patadas no son como en las películas

No le pude ver la cara. No sé si lloró, imploró o simplemente actuó. Sólo sé que apretó el culo con la misma determinación con la que pisó el acelerador para salir de allí. Seguramente reventó la llanta al subir aquel bordillo de mala manera. Me juego lo que sea a que ni siquiera llamó a la policía para denunciar que un tipo se había parado en seco, había bajado de su coche, había abierto el maletero y había sacado una barra de metal con la que amenazó con reventarle la cabeza. Nunca sabremos si habría cumplido su amenaza porque cuando el tipo de la barra le arrancó de cuajo el retrovisor, el otro salió zumbando. Y todo porque el de la barra se coló de mala manera en un ceda y el otro mostró su enojo dándole al claxon.

Yo, por eso, no suelo pitar demasiado. Nunca sabemos qué cabecita anda al volante de ese coche que te ha hecho la pirula. Tendemos a pensar que la mayoría de la gente es como nosotros y cuando, de repente, descubrimos que no es así, solemos entrar en pánico. Las discotecas y los campos de fútbol regional me enseñaron que cuando los puños salen a pasear hay unos que tienen todas las de ganar y otros que acaban con la cara fina. Por lo general, todo comienza de la manera más tonta, pero cuando ha prendido la mecha, ya no hay vuelta atrás. Los puñetazos no son como en las películas o los cómics. El golpe suena mucho más seco, amortiguado por el ojo o por la piel. Todo es mucho más sórdido, más tosco. Y en ese trance, salta a la vista quien está ducho en esas lides y quien pasaba por allí y se ha visto invitado a una fiesta que no tenía prevista. A estos últimos se les nota el desconcierto en la cara, una mezcla de dolor, rabia y miedo. A los profesionales de la bronca, en cambio, se les afila la mirada con la satisfacción de quien transita por caminos conocidos.

Es la misma mirada que observé durante mi paso por los deportes de TV3, cuando los Boixos Nois la emprendieron contra la directiva del Barça. El día que murió Urruti, mientras recabábamos el testimonio de los aficionados que se acercaban al estadio, tuvimos problemas con un cafre que se nos acercó para recriminarnos que éramos la voz de nuestro amo y que sólo sabíamos verter mierda sobre ellos. La intervención de los agentes de seguridad evitó que la cosa fuera a más. Sin embargo, aquel ambiente enrarecido, con los ultras cada vez más crecidos, acabó desembocando en una noche de cristales rotos (literalmente) en el antepalco del campo. Una noche de pañolada, tras un nuevo pinchazo en liga, convirtió el antepalco en una batalla contra los directivos del que el cámara y yo tuvimos que salir por partas. Y todo sin llamar mucho la atención de la jauría porque nosotros, en tanto periodistas, éramos también “sus enemigos”.

Con el trípode a cuestas avancé a través del tumulto hasta que me topé con uno de los radicales. Me sacaba una cabeza y cuando levanté la mirada resultó ser un antiguo compañero del instituto. Él sabía perfectamente que no simpatizo con el Barça, por lo que podría haberme delatado por mi doble condición de “converso” y periodista. En ese momento yo no sabía si salir corriendo o saludarle, y él no sabía si zurrarme o saludarme. Finalmente, optamos por lo segundo:

-¿Qué tal?

-Pues nada, cubriendo el partido. ¿Y tú?

-Pues nada, a ver si echamos a estos inútiles.

-Ala, pues que usted lo rompa todo bien.

-Y usted, que lo edite bien.

-Gracias.

-Gracias. Hasta luego.

Aquella anécdota me ha hecho siempre reflexionar sobre la dicotomía del ser humano. Por separado somos capaces de empatizar con alguien al que, si nos ponemos en modo manada, podríamos partir la cara. Les pasaba a los nazis: cuando pensaban en los judíos como colectivo los despreciaban sin ambages, pero cuando les decían que habían matado al vecino de enfrente con nombres y apellidos, muchos se sentían incómodos y preferían cambiar de tema.

Por eso la manada es tan peligrosa. Por eso hay que huir de todo movimiento o colectivo que pretenda diluir nuestro yo en un “nosotros”. Pero es difícil hacerlo porque el yo puede identificarse con el egoísmo y el nosotros con la solidaridad. De ahí que el nacionalismo totalitario todavía tenga tanto predicamento o que las bandas ultras aglutinen a tantos jóvenes bajo lemas como “nunca te olvidaremos” o “la lucha continúa”. Pero ¿de qué lucha hablan? ¿De matar a alguien por ser de otro equipo, de destrozarle el local por pensar diferente? Los ultras de fútbol aúnan lo peor que hay en nosotros: violencia fácil y alienación del individuo.

De los cansinos del coaching y la maximización

Lo vengo diciendo desde hace tiempo y lo repito: esto del postureo se nos está yendo de las manos. El otro día me crucé con dos chavalitos que atravesaban el Parque de El Retiro con sus mochilas y sus carpetas. Carne de prácticas mal pagadas y ansia infinita por meter la cabeza en el mundo laboral. Uno fruncía el ceño, como tratando de asimilar una lección trascendental, mientras el otro hacía ademanes como quien acaba de descubrir el enigma del Santo Grial y necesita comunicarlo a sus semejantes: “La clave de esto no es saber hacerlo bien, sino que des la sensación de que controlas”. Tócate lo que no suena…

La pulsión por impostar ante los demás una actitud o una capacitación que realmente no tenemos se ha convertido en un virus. La gente se apunta a cursos, cursillos, diplomaturas y charlas profesionales, no tanto con la convicción de adquirir nuevos conocimientos que marquen un punto de inflexión en sus carreras, como con la determinación de poder sumar una nueva muesca a su currículum en Linkedin, nada más salir del curso. En una ocasión, un gran maestro de locución, de los que consiguen moldearte para siempre si les prestas un par de años de tu vida, me comentó asombrado cómo algunos alumnos acuden sólo a un par de sesiones simplemente para poder decir que han dado clase con él. La titulitis ha adquirido patente de corso.

Pero claro, no basta con hacer ver que sabes más de lo que sabes. También hay que “ir del palo”, otra expresión que me encanta y que se escucha muy a menudo últimamente. ¿En qué consiste este fenómeno? Pues en hacer ver que has inventado algo o has descubierto algo que nadie había visto antes, aunque no sea verdad. Cómo será la cosa, que hasta los reputados columnistas del Financial Times caen esta espiral. No hace mucho, una reconocida periodista filosofeaba sobre un mundo dividido entre “maximizadores” y “satisfactores”. Según esa perspicaz teoría, fruto de una observación a caballo entre la sociología y el empirismo, las personas maximizadoras son aquellas que se comen mucho la cabeza, son exigentes hasta rozar lo enfermizo, analizan todas las opciones antes de tomar una decisión y, aunque tomen la decisión acertada (cosa que logran la mayoría de las veces) siguen angustiadas. Por el contrario, los satisfactores son los que echan un vistazo a las diferentes opciones y, al momento, toman una decisión que dan por buena y de la que se olvidan tranquilamente. La conclusión del Financial Times era que los satisfactores son más felices que los maximizadores. Nos ha jodido… Todo ese rollo macabeo para acabar diciendo que a los inconformistas de toda la vida les cuesta más encontrar la paz interior que a los que tienen más pachorra o inteligencia emocional.

Definitivamente, nos entusiasma agarrar algo que ha existido toda la vida, que cae por su propio peso de puro lógico que es y ponerle unos nombres pedantes o rimbombantes para pretender pasarlo por nuevo. Y, claro, para conseguir un nombre rimbombante nada mejor que utilizar anglicismos. “¡Coaching, coaching!” dicen los modernos para referirse a esa nueva profesión consistente en guiar a la gente hacia sus metas personales y profesionales a través, no de consejos como haría un psicólogo, sino mediante la formulación de preguntas que el cliente/paciente debe responder para descubrirse a sí mismo. Aseguran que el invento nació en los años 70 en Estados Unidos y que ya se ha extendido por el mundo. Pocos reparan en que no estamos hablando de nada que no hiciera Sócrates allá por el el 470 a.C. en Grecia.

Lo malo es que para darte cuenta de eso tienes que haber estudiado Filosofía, Historia… o tienes que haber escuchado a tus mayores hablar de lo que ellos descubrieron a lo largo de su trayectoria vital o de aquello de lo que se percataron sus ancestros y les fueron transmitiendo generación tras generación. Todo eso se ha perdido en las últimas décadas con la brecha tecnológica. Así que, ante tanto flipao’ y motivao’ que te habla superconvencido de que ha inventado la pólvora, uno ya no sabe si es fruto de la arrogancia o de la pura ignorancia que cargamos a cuestas en esta sociedad a la que, cada vez más, le gusta ir del palo.