Los puñetazos y las patadas no son como en las películas

No le pude ver la cara. No sé si lloró, imploró o simplemente actuó. Sólo sé que apretó el culo con la misma determinación con la que pisó el acelerador para salir de allí. Seguramente reventó la llanta al subir aquel bordillo de mala manera. Me juego lo que sea a que ni siquiera llamó a la policía para denunciar que un tipo se había parado en seco, había bajado de su coche, había abierto el maletero y había sacado una barra de metal con la que amenazó con reventarle la cabeza. Nunca sabremos si habría cumplido su amenaza porque cuando el tipo de la barra le arrancó de cuajo el retrovisor, el otro salió zumbando. Y todo porque el de la barra se coló de mala manera en un ceda y el otro mostró su enojo dándole al claxon.

Yo, por eso, no suelo pitar demasiado. Nunca sabemos qué cabecita anda al volante de ese coche que te ha hecho la pirula. Tendemos a pensar que la mayoría de la gente es como nosotros y cuando, de repente, descubrimos que no es así, solemos entrar en pánico. Las discotecas y los campos de fútbol regional me enseñaron que cuando los puños salen a pasear hay unos que tienen todas las de ganar y otros que acaban con la cara fina. Por lo general, todo comienza de la manera más tonta, pero cuando ha prendido la mecha, ya no hay vuelta atrás. Los puñetazos no son como en las películas o los cómics. El golpe suena mucho más seco, amortiguado por el ojo o por la piel. Todo es mucho más sórdido, más tosco. Y en ese trance, salta a la vista quien está ducho en esas lides y quien pasaba por allí y se ha visto invitado a una fiesta que no tenía prevista. A estos últimos se les nota el desconcierto en la cara, una mezcla de dolor, rabia y miedo. A los profesionales de la bronca, en cambio, se les afila la mirada con la satisfacción de quien transita por caminos conocidos.

Es la misma mirada que observé durante mi paso por los deportes de TV3, cuando los Boixos Nois la emprendieron contra la directiva del Barça. El día que murió Urruti, mientras recabábamos el testimonio de los aficionados que se acercaban al estadio, tuvimos problemas con un cafre que se nos acercó para recriminarnos que éramos la voz de nuestro amo y que sólo sabíamos verter mierda sobre ellos. La intervención de los agentes de seguridad evitó que la cosa fuera a más. Sin embargo, aquel ambiente enrarecido, con los ultras cada vez más crecidos, acabó desembocando en una noche de cristales rotos (literalmente) en el antepalco del campo. Una noche de pañolada, tras un nuevo pinchazo en liga, convirtió el antepalco en una batalla contra los directivos del que el cámara y yo tuvimos que salir por partas. Y todo sin llamar mucho la atención de la jauría porque nosotros, en tanto periodistas, éramos también “sus enemigos”.

Con el trípode a cuestas avancé a través del tumulto hasta que me topé con uno de los radicales. Me sacaba una cabeza y cuando levanté la mirada resultó ser un antiguo compañero del instituto. Él sabía perfectamente que no simpatizo con el Barça, por lo que podría haberme delatado por mi doble condición de “converso” y periodista. En ese momento yo no sabía si salir corriendo o saludarle, y él no sabía si zurrarme o saludarme. Finalmente, optamos por lo segundo:

-¿Qué tal?

-Pues nada, cubriendo el partido. ¿Y tú?

-Pues nada, a ver si echamos a estos inútiles.

-Ala, pues que usted lo rompa todo bien.

-Y usted, que lo edite bien.

-Gracias.

-Gracias. Hasta luego.

Aquella anécdota me ha hecho siempre reflexionar sobre la dicotomía del ser humano. Por separado somos capaces de empatizar con alguien al que, si nos ponemos en modo manada, podríamos partir la cara. Les pasaba a los nazis: cuando pensaban en los judíos como colectivo los despreciaban sin ambages, pero cuando les decían que habían matado al vecino de enfrente con nombres y apellidos, muchos se sentían incómodos y preferían cambiar de tema.

Por eso la manada es tan peligrosa. Por eso hay que huir de todo movimiento o colectivo que pretenda diluir nuestro yo en un “nosotros”. Pero es difícil hacerlo porque el yo puede identificarse con el egoísmo y el nosotros con la solidaridad. De ahí que el nacionalismo totalitario todavía tenga tanto predicamento o que las bandas ultras aglutinen a tantos jóvenes bajo lemas como “nunca te olvidaremos” o “la lucha continúa”. Pero ¿de qué lucha hablan? ¿De matar a alguien por ser de otro equipo, de destrozarle el local por pensar diferente? Los ultras de fútbol aúnan lo peor que hay en nosotros: violencia fácil y alienación del individuo.

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