De los cansinos del coaching y la maximización

Lo vengo diciendo desde hace tiempo y lo repito: esto del postureo se nos está yendo de las manos. El otro día me crucé con dos chavalitos que atravesaban el Parque de El Retiro con sus mochilas y sus carpetas. Carne de prácticas mal pagadas y ansia infinita por meter la cabeza en el mundo laboral. Uno fruncía el ceño, como tratando de asimilar una lección trascendental, mientras el otro hacía ademanes como quien acaba de descubrir el enigma del Santo Grial y necesita comunicarlo a sus semejantes: “La clave de esto no es saber hacerlo bien, sino que des la sensación de que controlas”. Tócate lo que no suena…

La pulsión por impostar ante los demás una actitud o una capacitación que realmente no tenemos se ha convertido en un virus. La gente se apunta a cursos, cursillos, diplomaturas y charlas profesionales, no tanto con la convicción de adquirir nuevos conocimientos que marquen un punto de inflexión en sus carreras, como con la determinación de poder sumar una nueva muesca a su currículum en Linkedin, nada más salir del curso. En una ocasión, un gran maestro de locución, de los que consiguen moldearte para siempre si les prestas un par de años de tu vida, me comentó asombrado cómo algunos alumnos acuden sólo a un par de sesiones simplemente para poder decir que han dado clase con él. La titulitis ha adquirido patente de corso.

Pero claro, no basta con hacer ver que sabes más de lo que sabes. También hay que “ir del palo”, otra expresión que me encanta y que se escucha muy a menudo últimamente. ¿En qué consiste este fenómeno? Pues en hacer ver que has inventado algo o has descubierto algo que nadie había visto antes, aunque no sea verdad. Cómo será la cosa, que hasta los reputados columnistas del Financial Times caen esta espiral. No hace mucho, una reconocida periodista filosofeaba sobre un mundo dividido entre “maximizadores” y “satisfactores”. Según esa perspicaz teoría, fruto de una observación a caballo entre la sociología y el empirismo, las personas maximizadoras son aquellas que se comen mucho la cabeza, son exigentes hasta rozar lo enfermizo, analizan todas las opciones antes de tomar una decisión y, aunque tomen la decisión acertada (cosa que logran la mayoría de las veces) siguen angustiadas. Por el contrario, los satisfactores son los que echan un vistazo a las diferentes opciones y, al momento, toman una decisión que dan por buena y de la que se olvidan tranquilamente. La conclusión del Financial Times era que los satisfactores son más felices que los maximizadores. Nos ha jodido… Todo ese rollo macabeo para acabar diciendo que a los inconformistas de toda la vida les cuesta más encontrar la paz interior que a los que tienen más pachorra o inteligencia emocional.

Definitivamente, nos entusiasma agarrar algo que ha existido toda la vida, que cae por su propio peso de puro lógico que es y ponerle unos nombres pedantes o rimbombantes para pretender pasarlo por nuevo. Y, claro, para conseguir un nombre rimbombante nada mejor que utilizar anglicismos. “¡Coaching, coaching!” dicen los modernos para referirse a esa nueva profesión consistente en guiar a la gente hacia sus metas personales y profesionales a través, no de consejos como haría un psicólogo, sino mediante la formulación de preguntas que el cliente/paciente debe responder para descubrirse a sí mismo. Aseguran que el invento nació en los años 70 en Estados Unidos y que ya se ha extendido por el mundo. Pocos reparan en que no estamos hablando de nada que no hiciera Sócrates allá por el el 470 a.C. en Grecia.

Lo malo es que para darte cuenta de eso tienes que haber estudiado Filosofía, Historia… o tienes que haber escuchado a tus mayores hablar de lo que ellos descubrieron a lo largo de su trayectoria vital o de aquello de lo que se percataron sus ancestros y les fueron transmitiendo generación tras generación. Todo eso se ha perdido en las últimas décadas con la brecha tecnológica. Así que, ante tanto flipao’ y motivao’ que te habla superconvencido de que ha inventado la pólvora, uno ya no sabe si es fruto de la arrogancia o de la pura ignorancia que cargamos a cuestas en esta sociedad a la que, cada vez más, le gusta ir del palo.

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