Siete horas esperando a Daniel

El bocadillo de atún no es nada del otro mundo. De hecho, es bastante infame. Pero hay ocasiones en las que únicamente piensas en llenar el buche. Pura supervivencia antes de volver a subir a la habitación. Seis mesas más allá, en una esquina de la cafetería del hospital, reconoces al tipo que hoy ha tenido en sus manos la vida de las dos personas más importantes para ti. El doctor parece relajado y está tomando algo con unos compañeros como si tal cosa. Tú, en cambio, tienes el cuerpo molido y mañana padecerás agujetas en el culo de haber empujado de puro reflejo y por mera solidaridad durante siete horas.

Qué curiosa es esta vida. Venimos a este mundo sufriendo y haciendo sufrir a la mujer que más nos va a querer, hagamos lo que hagamos y pase lo que pase. Así llegaste tú, Daniel. Algún día te confesaré que antes de asomar la cabeza me enseñaste tu primera lección: que sabes que quieres a una mujer por encima de todo cuando sencillamente no soportas verla sufrir. Y sabes que eres padre cuando firmarías sin pensar un acuerdo que te quite la vida, si eso sirve para conservar la de tu hijo. Dos lecciones magistrales, y todavía no has abierto la boca como quien dice. Como sé que esto va a seguir así; como intuyo que no vas a dejar de enseñarme cosas en los años venideros; como bastante voy a tener con procesar todo lo que me vas a aportar con tu sola presencia, voy a aprovechar la ocasión para apuntar en este humilde blog, donde se desahoga tu viejo de vez en cuando, algunas pistas que te servirán para transitar mejor por este mundo al que tu madre y yo te hemos traído sin consultarte.

No soy el tipo más sabio del mundo, ni tampoco el más experimentado, pero creo haber detectado una de las claves para aprovechar el puñado de décadas que nos regala la vida en este mundo. Mucho oirás hablar de la felicidad. Te dirán que el objetivo en este mundo es ser feliz a toda costa. Pues ya te avanzo que, por mucho que traten de confundirte con narcisismos y consumismos, la felicidad no es algo que venga de fuera. La verdadera dicha sale de dentro. ¿Te parece rebuscado? Pues me temo que hay mucho más. Aquí va otra paradoja que te será de gran utilidad: menos es más. No es más rico quien mucho tiene, sino quien poco necesita. La humildad y la confianza en uno mismo son la mejor receta para no perder el norte. Humildad para no creerte más que nadie, pero sin que eso te impida apuntar a las estrellas. Sí, sé que las estrellas están muy lejos, pero sólo si buscas un diez podrás aspirar a un nueve. Aquí llega otra paradoja: la búsqueda de la excelencia, las ganas de agradar, el rechazo a la mediocridad, el ansia por llegar a la meta, no deben impedirte disfrutar del camino. No te pierdas, jamás, bajo ningún concepto, la belleza de las pequeñas cosas.

Ahora te dará la risa porque eso te parecerá lo más normal, pero créeme, la gran desgracia del hombre es perder la curiosidad por lo insignificante. Por eso es importante que nunca permitas que maten al niño que hay en ti. Ten siempre más preguntas que respuestas. Es más inteligente escuchar que sentar cátedra. De lo cual se deriva otro consejo: aprende a valorar los silencios. El silencio engrandece las palabras, las hace atronadoras. Por cierto, si el oído es importante, la vista no lo es menos. Mira a los ojos, llama a la gente por su nombre, recuerda que todos somos hijos de Dios y que nadie se merece ser tratado como a ti no te gustaría que te trataran. No desprecies a nadie por su aspecto o sus creencias. Todo el mundo tiene razones para ser como es. Y si no las tiene, es su problema. Ampara al débil y evita al necio, pero sin amargarte la vida por su culpa. Y es que la vida son dos días y no merece la pena perder el tiempo con lo accesorio o lo mezquino.

El reloj hace tic tac y sólo tenemos unos años para ser eternos, para dejar huella en esta pelota que flota en el espacio y ser recordados por los nuestros como alguien honesto al que mereció la pena conocer. Qué curioso… Termino estas líneas con una nueva paradoja: el reloj ya ha empezado a contar para ti, como hace tiempo que lo hizo para mí. Pero incluso en esto me estás enseñando una lección: Contigo contra mi pecho, mirándome como diciendo “viejo, estoy en tus manos”, descubro al fin que el mundo puede esperar. Feliz Navidad.

2 comentarios en “Siete horas esperando a Daniel

  1. Qué bonito Sergio 🙂 Tu Daniel es un bebé afortunado, tiene a un papá que lo ama hasta los tuétanos y seguro que su preciosa madre mucho más! Felicidades a los tres, les auguro lo mejor en la aventura de tener a Daniel en sus vidas. Feliz Navidad y muy Feliz Año Nuevo 🙂

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