Sólo nos quieren para el Orgasmus

Le gustaba el surf y se desilusionó un poco cuando le contaron que las olas de Barcelona eran como un pedo de vieja. De tiburones blancos, ni hablamos. Si acaso, alguna tintorera que, con un poco de suerte, te pueda agarrar un dedo del pie. Al estudiante de intercambio australiano que conocí/sufrí durante mis años universitarios se le notaba la cachaza en la cara. Hay guiris que miran el mundo como las vacas al tren, pero sólo porque no se enteran de lo que dice el personal en un idioma que no controlan. La cara de éste, en cambio, reflejaba que lo que pasara en las aulas le resbalaba. Se pasaba el día preguntando por los locales de moda o por la comida típica del lugar. Un día le gastamos una broma y le dijimos que le habían suspendido uno de esos trabajos colectivos en los que parasitaba el esfuerzo de sus compañeros. “Already?”, fue su respuesta lacónica, como el que da por hecho que va a catear y sólo se sorprende de la premura con la que los profesores han cumplido el trámite.

Mi querido aussie ha regresado a mi memoria al conocer los resultados de la “Comparación internacional del sistema universitario español”. Resulta que España es el país europeo que más solicitudes recibe para acoger estudiantes de Erasmus, pero el que menos extranjeros licencia. Es decir, los extranjeros parecen tener una idea muy clara: la universidad española está muy bien para entretenerme un añito, pero no para expedir el documento que me debe ayudar a ganarme la vida. Consecuencia: España sólo tiene un 2’8% de alumnos extranjeros en sus universidades. Hasta Grecia llega al 5, y el Reino Unido tiene más del 17%.

universidadEsto es demoledor, porque implica que no nos ven como una sociedad prestigiosa en el ámbito del conocimiento. Les caemos genial; les encanta nuestro clima, nuestra comida, nuestras mujeres y hombres para tener un amor de verano… pero no nos ven competitivos. Así las cosas, los vagos y los fiesteros vienen y van para dar color a Salamanca y Granada. Pero los que merecen la pena, los líderes del futuro, van a licenciarse a otro lado. Dicen los expertos que es una pena porque la vinculación emocional con el país en el que has estudiado es evidente. Un tipo importante, en una empresa o un gobierno importante, siempre mirará con complicidad la nación donde se formó. A nosotros de ese tipo de simpatía productiva nos cae poco.

Ahora bien, aquí viene la pregunta: ¿Qué nos vean así los estudiantes extranjeros es injusto o se ajusta a la realidad? Lo cierto es que los guiris nos tienen bastante calados. Critican la burocratización de nuestro sistema educativo, la falta de becas y las pocas licenciaturas en inglés. Salen mucho de fiesta, pero parece que el tiempo les alcanza para fijarse en las momias que ocupan nuestros decanatos y rectorías. Personajes más ocupados en hacer de la universidad un coto cerrado, donde blindar su sueldo y su manera de organizarse, aunque apenas dediquen tiempo a investigar en su materia y aunque la realidad del mercado laboral esté a años luz de lo que ellos ofrecen, que en construir una universidad de calidad. Tipos siniestros que imitan al Guadiana: aparecen en primero de carrera con una asignatura y desaparecen hasta dos o tres años más tarde para impartir una asignatura con nombre diferente, pero sospechosamente parecida a la que ya impartieron… Maestros del proselitismo, que se olvidan del programa, si es que existe, para impartir doctrina o secuestrar a los alumnos durante más de una hora en su particular diván…

La universidad española podría propulsarse en el valor del idioma castellano, hablado por más de 400 millones de personas en el mundo. Sin embargo, hay poquísima voluntad de promocionar nuestra universidad en el extranjero. Renunciamos a importar talento. Hay zonas del país en las que directamente casi se agradece que no venga nadie exigiendo que se dé la clase en castellano o en inglés, no vaya a ser que eso reste horas de clase en nuestro idioma autonómico. Y, en general, estamos más ocupados en mirarnos de puertas hacia dentro. En las últimas décadas, la casta universitaria, con la complicidad de los políticos, ha dedicado sus esfuerzos a blindar su propia autonomía de cualquier intento reformador y a colocar un campus en prácticamente cada capital de provincia. El resultado está a la vista de todos: uno se puede licenciar en Historia o Filología del Arameo al lado de casa, sin dejar el nido de los papis, a cambio de darse de bruces con el paro.

Como hay mucha demagogia, a los que piden menos campus pero de más calidad, se les acusa de elitistas. “Obligar a estudiar lejos de casa beneficia a los que tienen más recursos”, aseguran. Eso no debería ser así, si todo el dineral invertido en campus de baja calidad se destinase a becas realmente potentes para los mejores estudiantes. Subrayo lo de “mejores” porque muchos se ponen muy nerviosos cuando los expertos piden reservar las becas a los que saquen buenas notas. Las becas deben ser para todos al comienzo de los estudios, para garantizar la igualdad en el acceso a la formación, pero luego cada cual debería ganarse su mantenimiento a base de esfuerzo y talento. No tiene sentido dar becas (dinero público que alguien paga con su esfuerzo y que deja de invertirse en otra cosa positiva para la sociedad) a alguien que se pasa el día en la cafetería de la facultad o que sencillamente no vale para estudiar. Y es que, esa es otra, parece un deshonor no ir a la universidad, como si los que fueran a Formación Profesional fuesen unos parias. Eso sí que es elitista y alejado de la realidad. Sólo hay que ver el prestigio que tiene esa rama formativa en Alemania o Escandinavia.

Algunos repiten como mantra que la “titulitis” universitaria por lo menos tiene la ventaja de haber elevado el nivel cultural de los españoles. En realidad, el nivel cultural de una sociedad se juega en el sistema secundario. Un sistema público y de calidad. Ahí es donde hay que impartir filosofía a todos los alumnos, en lugar de garantizar que el ciclo superior vomite a centenares de licenciados en Filosofía cada año. Gastando menos en universidades de pacotilla, racionalizando el reparto de becas y a poco que aumentemos el penoso 0’11% del PIB que dedicamos a educación, nuestra universidad sería mejor. Y, posiblemente, quienes más lo notarían para bien serían los hijos de las familias menos pudientes, con talento y capacidad de esfuerzo. Hasta que no cambiemos nuestra mentalidad en el ámbito educativo no nos irá bien. Y los guiris, que son guiris pero no tontos, lo tendrán claro: España para la fiesta, pero no para lo serio.

Siete horas esperando a Daniel

El bocadillo de atún no es nada del otro mundo. De hecho, es bastante infame. Pero hay ocasiones en las que únicamente piensas en llenar el buche. Pura supervivencia antes de volver a subir a la habitación. Seis mesas más allá, en una esquina de la cafetería del hospital, reconoces al tipo que hoy ha tenido en sus manos la vida de las dos personas más importantes para ti. El doctor parece relajado y está tomando algo con unos compañeros como si tal cosa. Tú, en cambio, tienes el cuerpo molido y mañana padecerás agujetas en el culo de haber empujado de puro reflejo y por mera solidaridad durante siete horas.

Qué curiosa es esta vida. Venimos a este mundo sufriendo y haciendo sufrir a la mujer que más nos va a querer, hagamos lo que hagamos y pase lo que pase. Así llegaste tú, Daniel. Algún día te confesaré que antes de asomar la cabeza me enseñaste tu primera lección: que sabes que quieres a una mujer por encima de todo cuando sencillamente no soportas verla sufrir. Y sabes que eres padre cuando firmarías sin pensar un acuerdo que te quite la vida, si eso sirve para conservar la de tu hijo. Dos lecciones magistrales, y todavía no has abierto la boca como quien dice. Como sé que esto va a seguir así; como intuyo que no vas a dejar de enseñarme cosas en los años venideros; como bastante voy a tener con procesar todo lo que me vas a aportar con tu sola presencia, voy a aprovechar la ocasión para apuntar en este humilde blog, donde se desahoga tu viejo de vez en cuando, algunas pistas que te servirán para transitar mejor por este mundo al que tu madre y yo te hemos traído sin consultarte.

No soy el tipo más sabio del mundo, ni tampoco el más experimentado, pero creo haber detectado una de las claves para aprovechar el puñado de décadas que nos regala la vida en este mundo. Mucho oirás hablar de la felicidad. Te dirán que el objetivo en este mundo es ser feliz a toda costa. Pues ya te avanzo que, por mucho que traten de confundirte con narcisismos y consumismos, la felicidad no es algo que venga de fuera. La verdadera dicha sale de dentro. ¿Te parece rebuscado? Pues me temo que hay mucho más. Aquí va otra paradoja que te será de gran utilidad: menos es más. No es más rico quien mucho tiene, sino quien poco necesita. La humildad y la confianza en uno mismo son la mejor receta para no perder el norte. Humildad para no creerte más que nadie, pero sin que eso te impida apuntar a las estrellas. Sí, sé que las estrellas están muy lejos, pero sólo si buscas un diez podrás aspirar a un nueve. Aquí llega otra paradoja: la búsqueda de la excelencia, las ganas de agradar, el rechazo a la mediocridad, el ansia por llegar a la meta, no deben impedirte disfrutar del camino. No te pierdas, jamás, bajo ningún concepto, la belleza de las pequeñas cosas.

Ahora te dará la risa porque eso te parecerá lo más normal, pero créeme, la gran desgracia del hombre es perder la curiosidad por lo insignificante. Por eso es importante que nunca permitas que maten al niño que hay en ti. Ten siempre más preguntas que respuestas. Es más inteligente escuchar que sentar cátedra. De lo cual se deriva otro consejo: aprende a valorar los silencios. El silencio engrandece las palabras, las hace atronadoras. Por cierto, si el oído es importante, la vista no lo es menos. Mira a los ojos, llama a la gente por su nombre, recuerda que todos somos hijos de Dios y que nadie se merece ser tratado como a ti no te gustaría que te trataran. No desprecies a nadie por su aspecto o sus creencias. Todo el mundo tiene razones para ser como es. Y si no las tiene, es su problema. Ampara al débil y evita al necio, pero sin amargarte la vida por su culpa. Y es que la vida son dos días y no merece la pena perder el tiempo con lo accesorio o lo mezquino.

El reloj hace tic tac y sólo tenemos unos años para ser eternos, para dejar huella en esta pelota que flota en el espacio y ser recordados por los nuestros como alguien honesto al que mereció la pena conocer. Qué curioso… Termino estas líneas con una nueva paradoja: el reloj ya ha empezado a contar para ti, como hace tiempo que lo hizo para mí. Pero incluso en esto me estás enseñando una lección: Contigo contra mi pecho, mirándome como diciendo “viejo, estoy en tus manos”, descubro al fin que el mundo puede esperar. Feliz Navidad.

Miedos y esperanzas ante la perspectiva de un supositorio

Así a bote pronto, levantar los piececillos a un bebé y ponerle un supositorio suena más a ciencias que a letras… Miro de soslayo a mi mujer con la esperanza de que mi frágil argumentación funcione, pero, por sus ojos escépticos de científica embarazada, parece que no ha colado. Cuando llegue el chaval habrá que pringar a partes iguales, compartiendo miedos y esperanzas.

Estas últimas semanas ha triunfado en Youtube el vídeo de un crío afroamericano sentado en el asiento trasero de un coche. Su madre aprovecha para comunicarle que va a tener un nuevo hermano. El tercero, puesto que el crío en cuestión ya comparte asiento en el vehículo con su hermana pequeña. Pues bien, lo que ha causado furor en la red ha sido la reacción indignada del chaval al conocer la buena nueva. “¿Otro hermano? ¿En qué estabais pensando? ¡Es exasperante!” El niño se lleva las manos a la cara y gesticula tal cual lo haría cualquier adulto, si su pareja le dijese que ha vendido la casa y todo su patrimonio para comprar una batamanta de la teletienda. Cuando la madre le insiste en que será muy bonito y que deberá cuidar de él, el guaje suelta al cielo un desesperado “¿Por qué?”, como diciendo “¿Qué necesidad hay de complicarse la vida, con lo bien que estamos o, mejor aún, con los problemas que ya tenemos?”

Lo cierto es que son muchos los que piensan, si no igual, parecido. En un mundo creciente de singles voluntarios o accidentales, cada vez son más los que subrayan que traer un hijo al mundo es una decisión absolutamente irracional. Irracional porque las economías personales no están para muchas tonterías. Si no sobra parné, y encima nos han enseñado desde pequeños que “para ser feliz” hay que consumir, hay que viajar cuanto más lejos mejor o hay que tener la libertad y la despreocupación de la chavalería que bailotea en los videoclips de One Direction, lo de tener un crío tiene mal encaje. “Si te lo piensas fríamente, no lo tienes”, concluye un amigo mío medio hipster que presume de soltería, mientras elige con aire despreocupado la funda para su nuevo Iphone 6.

Pero más allá del mero egoísmo que te pueda echar para atrás por el miedo a perder algunas de tus comodidades, está el miedo puro y duro. El miedo, vamos a decirlo claramente, a cagarla de todas todas. El miedo a fastidiar la vida a alguien que no pidió venir a este mundo y que te necesita. Este fin de semana, sin ir más lejos, he asistido a una interesante discusión, al calor de unas cervezas. Dos jóvenes metidos ya en el mercado laboral conversaban sobre cómo les marcó el colegio que sus padres eligieron por y para ellos. Uno acabó bastante quemado por haber ido a internados donde nunca encajó y donde le hicieron sentir mal “por no dar la talla”, no tanto en las notas, sino en “el modelo a seguir”. El otro, en cambio, lo que lamentaba es que sus padres no le hubiesen llevado a un colegio de mayor rigor para, a día de hoy, poder codearse con las élites. Vamos, que lo mismo te pasas, que te quedas corto. Les observo atentamente, mientras me imagino al del supositorio, treinta años después, con una cerveza delante y acordándose de mí y mis decisiones que le puedan haber marcado de forma crucial. Uf, menuda responsabilidad…

Claro que lo más acojonante puede que sea ese amigo, con la camiseta vomitada a la altura del hombro y la casa empantanada de juguetes y tiestos varios, que mientras sostiene a su retoño para que eche el aire te suelta “es muy bonito, tío, es muy bonito, pero tú no tengas prisa”… Tócatelos, Mariloles… Así las cosas, los que somos creyentes buscamos consuelo en el concepto de la vida, como una rueda que no debe dejar de girar mientras todos vamos apareciendo, transitando y despidiéndonos de escena. Lo malo es que, en éstas, aparece Stephen Hawking con su pedazo de cerebro y todos sus conocimientos para insistir en que Dios no existe, que el universo está ahí haciendo sus cosas y ya está; que con el tiempo sabremos encontrarle explicación a esto…

Y yo que soy de letras digo: a mí esto del infinito se me hace muy grande, me da como angustia sólo de pensarlo. Que digo yo que en algún lugar estará la linde del universo, por muy grande que sea. Y detrás de esa linde estará alguien pilotando el asunto. Vamos, puestos a ponernos trascendentes, yo prefiero pensar que hay alguien llevando los mandos de esto. Y que ese alguien, si hemos llegado hasta aquí, lo que quiere es que sigamos dando cuerda a la cometa, en lugar de ensimismarnos mirándonos el ombligo y creyéndonos más de lo que realmente somos.

Seguro que muchos no piensan como yo, y otros simplemente no se comerán la olla ni la mitad que un servidor. Pero, pensándolo bien, el simple hecho de transitar mentalmente de un supositorio a la infinidad del universo, pasando por el porqué de las cosas, ya te demuestra que la paternidad supone tal sacudida vital dentro de ti, que perdérsela sería una verdadera pena.

¿No es acaso vivir tener emociones fuertes? Que vengan los aciertos, que vengan las equivocaciones, que vengan las risas y que vengan las lágrimas. Aquí estaremos para abrirles la puerta con coraje y esperanza. Bienvenida sea la vida.