Mi striptease tecnológico (y el tuyo también)

En la vida pocas cosas pasan por casualidad. ¿Por qué las aplicaciones de mi Smartphone insisten tanto en que les diga dónde estoy? ¿Por qué me aconsejan cada dos por tres que les facilite de forma permanente mi localización? “¡Para darte un mejor servicio, so cateto!”, dirán algunos. Y, en parte, no les falta razón.

Sin embargo siguen siendo muchos, tal vez demasiados, los que continúan sin ser plenamente conscientes del mundillo en el que nos hemos adentrado, a lo tonto a lo tonto, en apenas diez o quince años. A los que nacimos a finales de los 70 los ahora cincuentones todavía nos llaman “jovencitos”, aunque muchos ya estemos casados, con hijos, medio calvos o, en el mejor de los casos, peinando alguna que otra cana interesante. Es verdad que no somos unos abuelos, pero tampoco unos críos. Sin ir más lejos, no podemos presumir de ser “nativos digitales”. Los que comenzamos y terminamos con la EGB conocimos el mundo sin móviles y, peor aún… sin Internet!!!

Muchos no nos abrimos una cuenta de correo electrónico hasta que nos la ofrecieron en la universidad, donde también miramos con suspicacia y cierto cachondeo al primer compañero en posesión de un teléfono móvil. Luego llegó la conexión a Internet en casa tras convencer a tus viejos de que aquello era el futuro y no un simple gasto más para jugar a los marcianitos. El caso es que cuando nos hemos querido dar cuenta, no hay casa sin ADSL o superior; no hay bicho viviente sin al menos dos o tres direcciones electrónicas; ni amigo sin dos, tres o más perfiles abiertos en las distintas redes sociales que amenace con convertirse en Community Manager; y hasta tu madre, esa señora que se ha convertido en abuela, se lo pasa pipa mandando fotos de su nieto por el WhatsApp. Aunque lo más acojonante puede que sea ver al nieto, con poco más de un añito, deslizar el dedo por una revista de papel intentando que la foto o las letras respondan como la pantalla de una tableta.

Desde que el tren nos enseñó el concepto del minuto y los soldados británicos volvieron de la Primera Guerra Mundial con un reloj atado a la muñeca (de eso hace apenas un siglo) el ser humano no ha parado de correr a los Forrest Gump. Durante siglos los cambios tecnológicos y sociales fueron lentos y paulatinos. El hijo aprendía a trabajar y comportarse como lo había hecho su padre, y su abuelo y el padre del abuelo… Ahora no. Ahora lo que vivió tu padre no sirve de nada. Y lo que tú mismo viviste hace 15 años tampoco vale. El que no se sube al tren de la tecnología está listo de papeles: analfabetismo digital. Para no quedarnos out todos, con más o menos facilidad, con más o menos entusiasmo, hemos aprendido a manejar la tecnología que nos asalta por oleadas. El problema es que muchos, bien porque bastante han tenido con no ahogarse durante el cambio o bien porque ya han nacido dentro del cambio, no han interiorizado la tramoya del nuevo mundo en el que nos movemos. Nuevo paradigma, nuevas reglas.

Entre los castigos que Dios me ha impuesto en esta reencarnación de periodista radiofónico está el tenerme que leer toda la prensa todas las noches, a partir de las tres de la madrugada. Hay una perla que dejo siempre para el final: la contraportada de La Vanguardia.  Un lugar delicioso donde suelen aparecer personajes de lo más variopinto pero con un común denominador: una lucidez sobrecogedora que del detalle viaja a la categoría, ofreciéndonos las pistas para entender el mundo e intuir hacia dónde va. Este lunes 13 de enero los lectores nos hemos topado con José Luis Nueno, profesor del IESE e investigador de tendencias de consumo.

Pues dice el señor Nueno, entre otras muchas cosas, que las empresas bien asesoradas que deciden poner una tienda (de qué ponerla y dónde ponerla) se guían por el número de personas que pasan por una calle en concreto. ¿Y cómo lo averiguan?  ¿Se pone un tipo en una esquina a contar concienzudamente o a ojo de buen cubero?   No. Trabajan con un porcentaje de tráfico peatonal muy aproximado gracias a las señales que ofrecen los smartphones: “Nuestros big data de la señal de los móviles delatan nuestros trayectos”.

A eso hay que sumar que cada vez que pagamos con la tarjeta “confesamos” qué hemos comprado y dónde lo hemos comprado. Si en las redes sociales dejamos un rastro de “me gusta”, y por dónde quiera que vayamos cedemos con más o menos “confidencialidad” el trasiego de nuestros datos para usos comerciales,  los que manejan los hilos ya tienen suficientes mimbres como para conocernos casi como si nos hubiesen parido. Cada día regalamos una información ingente sobre nosotros mismos.  Pero todo se ha desarrollado tan deprisa, nos hemos adaptado a lo nuevo tan rápido, que casi no nos hemos dado cuenta.

Lo positivo es que, según el señor Nueno, la nueva era digital será buena para los jóvenes. A los ninis puede que les haya pillado el toro de la crisis, pero ese chiquitín en pañales que juguetea con el Smartphone de su padre “tendrá empleo y bien pagado. La demografía juega a su favor”.  Por cierto, según el profesor del IESE, el soporte papel desaparecerá y la prensa se leerá por completo a través de pantallas.  Ahora sólo falta que inventen algo para que, en caso de trabajar en un programa matinal de radio, no haya que madrugar tanto.

Mi carta a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos:

Supongo que os soprenderéis al leer esta carta. Y es que hacía siglos que no os escribía. Abandoné la costumbre bien pronto, siendo todavía un niño, porque, no os lo toméis a mal, pero siempre vi algo sórdido en vosotros. ¿Tres tipos que sólo trabajan un día al año? ¿Y el resto del tiempo qué se supone que hacéis?  Tampoco, la verdad, me entusiasma la dinámica en la que habéis entrado últimamente. Tengo que decir que me parece fatal que este año os hayáis atrevido a pedir a los niños, en un anuncio de televisión, que os dejen plátanos de Canarias. Que el gordo de Papa Noel se encamase con la Coca-Cola, vale. Los americanos ya sabemos cómo son… Pero, ¿vosotros? Hacer comprar a los niños unos plátanos de una marca concreta con la excusa de que vais a llegar a sus casas muy cansados roza el chantaje emocional. ¿Dónde ha quedado el espíritu pragmático del oro, el incienso y la mirra?

En fin, me sabe mal ser yo el que tenga que decíroslo, pero a lo tonto, a lo tonto, habéis caído en ese consumismo que lo devora todo.  Sólo hay que echar un vistazo a nuestro alrededor para comprobar que, definitivamente, hemos sucumbido a una búsqueda de la felicidad cada vez más individual y consumista. El problema es que cuando falla el dinero, no hay consumo; y si no hay consumo, no hay “felicidad”: primer drama. Pero es que, aún consumiendo, el placer suele ser efímero. El 40 por ciento de los españoles reconoce que compra cosas que no necesita y que las compra para “sentirse mejor”.  El placer del consumismo es efímero. Mala fórmula hemos encontrado para apaciguar nuestros demonios interiores.

Precisamente, por eso os escribo. No para pedir un cachivache electrónico o la última colonia de moda. Digo yo que si sois magos, podríais currároslo un poquito más. Me gustaría pediros algo más complicado. Algo que no se encuentran en el Corte Inglés, por mucho dinero que tengas.

Estoy pensando, por ejemplo, en el señor Manolo, al que esta mañana me he vuelto a encontrar en el ascensor. El hombre lleva muchos años jubilado y viudo. Nunca le falta una sonrisa ni unas ganas inmensas de exprimir cada conservación de ascensor hasta el último segundo.  Para él pido menos llamadas telefónicas y más visitas de verdad de los hijos que tiene dispersos en otras ciudades.

¿Sabéis una cosa? Este año me he animado a coger la bicicleta para ir a la radio de madrugada. Por el camino me he encontrado filas y filas de vagabundos durmiendo en las aceras de El Retiro. Cuando paso a toda velocidad escucho sus toses. Pido para ellos un hogar o un golpe de suerte que les ayude a salir de ahí. A mí tampoco me vendría mal un poco más de coraje para pararme una noche de estas a preguntarles si puedo ayudarles en algo.

Ni que decir tiene que pido trabajo para los que están en el paro. Trabajo para esos jóvenes que se están marchando y para esos padres que sufren al ver como sus hijos se van al colegio sin haber desayunado en condiciones.

Pido cariño y una paciencia infinita para las víctimas del terrorismo. Paciencia para Antonio Moreno, ese padre que tuvo que sacar a trozos el cadáver de su hijo de 3 años del coche donde Javier de Unsasolo puso una bomba lapa. Pido también un poco de vergüenza y de sentido del ridículo para Usansolo y para los otros 68 etarras que ayer se reunieron en el antiguo Matadero de Durango con la única intención de sacar pecho y demostrar que están encantados de haberse conocido. Vaya desde aquí mi admiración para el periodista que fue expulsado por atreverse a preguntarles si no les daba vergüenza. Majestades, más periodistas así tampoco nos vendrían mal.

Ya que estamos con la vergüenza, también pido un poquito de ella para los políticos que han renunciado definitivamente a reformar el sistema político con vistas a mejorar la calidad de nuestra democracia. Entre poltrona y patria, el oligopolio se ha quedado con lo primero.

Y es que el dinero manda, aunque siempre nos quedará la ilusión inmaculada de los niños en estas fechas. Para ellos es esta noche y para ellos pido muchos regalos. Aunque os ruego que, entre la PlayStation y el coche teledirigido, dejéis además un poquito de lucidez para sus padres. Lucidez para que no les dejen solos delante de la tele tantas horas y para que les dediquen más tiempo de calidad.

Queridas majestades, sé que no son regalos al uso, y sé que, como buen español, os escribo a última hora. Pero si podéis hacer algo, os lo agradecería de corazón y puede que hasta me anime a escribiros con más asiduidad.  Sea como sea, que se os dé bien la noche.

Atentamente,

Sergio

El talento, la experiencia y la fina línea que separa el éxito del fracaso

Se le espera para el día 31 de diciembre. Ni uno más ni uno menos. Luego pasará lo que tenga que pasar, pero los médicos ya han hecho su inquietante vaticinio. El caso es que al padre se le ve tranquilo y confiado.

-¿Tú eres consciente del dilema que se os plantea?

-Bueno, a nosotros los de las uvas este año, como que nos da igual… Lo importante es que venga sano y todo salga bien…

-No, macho, no… ¡Lo que está en juego no es que te comas las uvas tranquilo! Es algo mucho más trascendental…

-No jodas…

-A ver, que hay que explicártelo todo… Que nazca antes o después del fatídico 31 de diciembre marca la diferencia entre que sea un rutilante futbolista de primera o, qué te voy a decir yo: un triste periodista que sobreviva juntando letras en un periódico. O peor aún: ¡en una radio!

-¡Ah, no! ¡Por ahí sí que no!

El padre parece entrar en razón y comienza a escucharme atentamente, casi angustiado, al otro lado de la línea, mientras yo deambulo por mi casa con el móvil en la mano gesticulando como Antonio Resines cuando se enfadaba en Los Serrano. Así nos pasamos un buen rato mientras le explico la maldición futbolística del 31 de diciembre, que es lo mismo que hablar de la selección darwiniana que hace el deporte rey con aquellos que nacen unas horas más para allá o para acá.

Para el que no se lo crea, los datos son más que contundentes. En torno al 70 por ciento de los futbolistas de primera división nacieron en la primera mitad del año. Entre enero y junio. Ustedes dirán: ¿casualidad?  Pues echen un vistazo a las estadísticas de las ligas del resto de Europa. Pasa exactamente lo mismo. El primero al que escuché hablar de esta conjura para fastidiar la vida a los nacidos a finales de año fue al economista Xavier Sala i Martín, antiguo vicepresidente del Barça. El último en reflexionar sobre el asunto ha sido Jorge Valdano, que acaba de publicar un libro sobre cómo gestionar el talento.

Y es que, precisamente, de talento y fuerza bruta va la cosa. Resulta que los entrenadores de categorías inferiores tienden a poner de titulares a los más grandotes, mientras los más canijos se comen los mocos en el banquillo. Ahí comienza el problema para los nacidos de julio a diciembre porque, a edades tempranas, la diferencia física entre un crío nacido en enero y otro nacido en diciembre del mismo año es mucha. El fortote juega y juega, acierta, se equivoca, aprende y, en definitiva, adquiere experiencia.

Para cuando se ponen a la par en lo físico, y los ocho o nueve meses de diferencia se vuelven insignificantes, ya es demasiado tarde. El que tuvo la oportunidad de jugar desde el primer momento ha abierto una brecha, ha adquirido unas tablas, que, según las estadísticas, se antoja insalvable para el que comenzó chupando banquillo, por mucho que tenga talento.

La única liga europea donde sucede justo lo contrario es en Alemania. Allí la mayoría de los que llegan a triunfar como profesionales son los nacidos en la segunda mitad del año. El parón invernal les obliga a empezar la temporada de forma diferente a los países más meridionales. Acojona, ¿eh?

Pues en España el porcentaje se ha equilibrado gracias a esa especial sensibilidad que hemos cultivado últimamente para con los bajitos, de manera que procuramos no mandar a casa a un Iniesta para quedarnos con, qué sé yo, un Albelda. Aún con todo, la maldición del 31 de diciembre sigue imponiéndose.

Mientras me despido de mi amigo, conjurado ya para hacer entender a su mujer que debe retener al niño en su seno cómo sea hasta que lleguen a la tierra prometida del 2014, me quedo reflexionando sobre esto del talento. Porque lo que vale para el fútbol vale para la vida. La moraleja sería que todos nacemos bastante equilibrados. La falta de experiencia nos iguala. Luego el talento va marcando la diferencia, pero necesita de la experiencia. A veces un tipo con menos talento pero con muchas más oportunidades acaba imponiéndose.

La verdad es que la perspectiva pone los pelos de punta si tenemos en cuenta que vivimos en un país que no es precisamente el paraíso de la meritocracia. En la vida real, en las oficinas, en las redacciones o en las fábricas no hay niños grandotes que te sacan una cabeza, pero sí hay enchufados, medradores profesionales o maestros de la picardía que saben imponerse sobre los que tienen más talento puro.

A todos ellos: a los que encontraron un carguito con buen sueldecito porque su papá es amigo de nosequién, a los que siguen haciendo méritos, a los que participan de las conjuras de pasillo, a los que se limitan a trabajar y trabajar sin entender que en el pasillo a veces se parte el bacalao laboral, a los que siempre caen de pie hagan el destrozo que hagan, a los siempre pasan desapercibidos hagan el mérito que hagan, a los que tienen 800 presuntos amigos en Facebook, a los que son un desastre en la gestión de las relaciones sociales, a los que nazcan en diciembre, a los que nazcan en enero… a todos: felices fiestas y próspero año nuevo.

El arte del “sí pero no” o cómo repetir el penalti hasta que lo metas

Parece que lo estoy viendo:

“Estoooo, que te iba a decir yo, guapetona… ¿Tú querrías esta noche ir al catre? Y… en caso afirmativo… ¿te gustaría ir al catre conmigo?”.

Artur Mas en su época moza tuvo que ser un espectáculo ligando en los guateques. La verdad es que a mí nunca se me ocurrió tirar los tejos con subpreguntas pero debo reconocer que lo de ir repreguntando por la vida tiene su aquel. Por lo pronto, la famosa pregunta del famoso referéndum me ha servido para echar unas risas con bastantes de los catalanes con los que me he topado esta última semana en Cataluña.

Y lo cierto es que se agradece. Se agradece volver durante unos días a tu tierra y bromear, poder frivolizar hasta cierto punto, sobre algo que podría llegar a ser un problemón social y económico durante bastantes años. No hace muchos meses, cuando el suflé estaba en todo lo alto, lo que escuchabas en Cataluña eran conversaciones como ésta:

-“Te digo yo, Manuel, que estamos haciendo el primo. Tanto darle a los andaluces y los extremeños, y aquí no tenemos ni para hospitales ni para colegios”.

-“Pero, Antonio, ¿tú no eres andaluz?”

-“Sí, pero llevo cuarenta años viviendo aquí, y si es verdad que con la independencia nos suben las pensiones y hay más trabajo le van a dar por el saco a Andalucía y a España entera”.

Esa conversación se producía en el vestuario de un gimnasio de un municipio del cinturón metropolitano de Barcelona. El mensaje de los Junqueras Boys estaba calando como nunca en sectores a los que nunca había podido seducir. Eran el momento de máxima conmoción social por los recortes draconianos de la Generalitat y el impacto mediático de la primera Diada abiertamente separatista.

“¡Tanto dar la matraca con el hecho identitario y resulta que la crisis es la clave!” gritaron al unísono todos los separatistas; los que nunca han engañado y los que siempre vivieron con la careta puesta.

El caso es que la economía les ha puesto cachondones y la economía, sin embargo, podría acabar poniendo las cosas en su sitio. Esta semana, nada más salir de la Estación de Sants, me topé con una valla que rezaba “Catalunya Lliure. Fora Espanyols”.  Mal asunto… Además, las banderas esteladas siguen estando muy presentes en muchos pueblos, mientras se anunciaba un simposio bajo el sugerente título de “España contra Cataluña”…

Pues, curiosamente, por lo que me han comentado unos, por lo que he escuchado aquí, por lo que he observado allá, no son pocos los que empiezan a caerse del guindo.  La sensación que se lleva uno, sin ninguna aspiración demoscópica, es que la gente empieza a ver las orejas al lobo, más que nada, y paradójicamente, por lo económico.

Y es que, los separatistas, en su afán de cargarse de argumentos contra España, han comenzado, sin darse cuenta, a quedar en evidencia.  El primer gol en propia puerta fue anunciar a los cuatro vientos que se habían puesto a contar, calculadora en mano, cuánto dinero les había robado España desde la noche de los tiempos.  Miraron, rebuscaron, sumaron, volvieron a sumar, mientras nos aseguraban que el resultado iba a ser lacerante. “¡Se va a cagar la perra!”, decían.   Pues al final llegó el día de conocer la supuesta deuda descomunal que los españoles tenían con Cataluña: unos 9.000 millones de euros.

Lo malo de pasar del lema (“España nos roba”) a lo concreto (“a todo meter, y contando a nuestra manera, nos deben 9.000 millones) es que la gente echa cuentas.  Si la Generalitat tiene una deuda de 60.000 millones y “Madrit” nos debe 9.000… ¿Quién carajo se ha fundido los 51 mil millones restantes? ¿Y en qué?

Luego los hay más agudos si cabe. Los hay que hacen preguntas incómodas de esas que no contestan ni Mas, ni Junqueras ni la “tele 3”, que diría aquel: “Si estamos en quiebra, ¿cómo nos vamos a financiar?”.  “Si la administración central nos ha dado esta semana más de 800 millones para el día a día… ahora mismo, ¿España nos roba o España nos mantiene? Si Van Rompuy, Barroso y todo quisqui en Bruselas han dicho que nos quedaremos fuera de la Unión Europa, ¿por qué nos siguen diciendo aquí que continuaríamos dentro? ¿Qué pasaría con mi pensión? ¿Y con la empresa española con sede en Barcelona para la que trabajo? ¿Y con mis ahorros en ese banco catalán que ya no contaría con el respaldo del BCE?

Claro que para pregunta incómoda la que se ha formulado esta semana todo el mundo, independentistas, federalistas y constitucionalistas, tras conocer la famosa pregunta con subpregunta. ¿Si estamos tan seguros de que la inmensa mayoría de la gente quiere la independencia por qué no se formula de forma directa y clara, y nos dejamos de gilipolleces?

Pues la realidad es tozuda y la gente no es tonta. O por lo menos, no tan tonta ni manipulable como algunos pensaban.  Los que se han metido en este follón del “desafío soberanista” no están para independizar ningún territorio. Ni siquiera tendrían mayoría parlamentaria para reformar el estatuto…

Por eso han tenido que hacer otra trampa: preguntas al personal si quiere un “Estado” sin especificar, y te sale una mayoría favorable. Luego preguntas si ese Estado debe ser independiente, y te sale una mayoría en contra.  ¿Y cómo gestionas ese “SÍ-NO”? Pues vendiendo la moto de que el pueblo catalán ha hablado y que, de momento, no quiere independencia pero sí más autogobierno tipo Estado asociado. Y, entre tanto, nosotros seguimos viviendo del cuento nacionalista.

Las encuestas de este fin de semana aseguran que los SÍ-SÍ sólo serían el 35 por ciento de los catalanes. La pena es que no pueda haber un grupo que sea el de los NO-NO. A los que rechacen la idea del Estado catalán, ya no les repreguntan nada más.  Ya puestos, les podrían preguntar: “visto lo visto, estaría a favor de que el presidente Mas se tiña el pelo de azul? O ¿apoyaría que Oriol Junqueras participe en Tu cara me suena?  O, mejor aún, ¿está harto de que los políticos intenten manipular sus sentimientos y jugar con las cosas de comer?  Me juego lo que quieran a que una de las opciones más votada el 9 de noviembre de 2014 sería la del NO-SÍ.

Reflexiones sobre el preso 46664 de Robben Island

Imaginen a un niño de papá. Al hijo de unos potentados rurales, con un nivel económico, un acceso a la educación y unas prebendas superiores a la de los críos de su  entorno más inmediato. Imaginen a un adolescente seguro de sí mismo, tan seguro que roza la arrogancia. Imaginen a un joven impulsivo, partidario de la lucha armada y que se pavonea con su traje militar, mientras recuerda a camaradas y amigos su profunda admiración por figuras como el Che Guevara o Fidel Castro. Imaginen a ese chaval engreído recién llegado a la ciudad. Su aire campesino no le acompleja ante los urbanitas. Más bien al contrario. Convencido de que él es especial, acostumbrado a sus ínfulas de príncipe rural, se deja caer por las tiendas de lujo. Viste como un dandi y disfruta causando furor entre el género femenino. De hecho, imaginen a un mujeriego que es capaz de abandonar a su esposa e hijas por otra mujer a la que conoce en la ciudad… ¿Tienen ya un retrato robot? Pues, aunque a algunos les sorprenda, ese perfil responde al de Nelson Mandela.

Me refiero al Nelson Mandela de antes de 1962, el año en el que fue detenido, entre otras cosas, porque su afán de protagonismo, con un punto narcisista, le puso las cosas demasiado fáciles al aparato represor del Apartheid. El Mandela lleno de odio, el Mandela impulsivo que coqueteó con el terrorismo, fue confinado en una celda minúscula de Robben Island.

Ahora que todos los telediarios abren con el funeral del hombre que acabó con el racismo en Sudáfrica, llama la atención como algunos le elevan prácticamente a la categoría de santo.   Pero lo grande de ese personaje, lo que le hace irrepetible, es que no fue ningún ser celestial. Fue tan humano como usted o como yo. Y partiendo de esa condición humana, partiendo de sus propias miserias, supo transformarse en un gigante. En un sabio de dimensiones gigantescas.

Y no debió ser fácil. Mandela estuvo encerrado 27 años en aquella celda de cuatro metros cuadrados. Muchos etarras han pasado menos tiempo entre rejas por delitos muchísimo más graves que los actos de sabotaje imputados a Mandela y han salido a la calle con la misma sonrisa cínica y el mismo sectarismo con el que entraron.  Mandela no. Mandela supo transformar su odio en sabiduría. Se atrevió a aprender el afrikaans, el idioma de la minoría blanca que humillaba sistemáticamente a los negros. Leyó su literatura y consiguió trazar una relación de camaradería con sus captores blancos. Los otros presos políticos negros se lo reprochaban. Le acusaban de congeniar con el enemigo. Pero por aquel entonces Mandela ya había entendido que, si alguna vez salía de aquella isla infame, la opción no serían ni el odio ni la violencia.  Debía entender a su enemigo. Pero no para vencerle, sino para convencerle.

No debió ser fácil dialogar ni empatizar con aquellos blancos racistas hasta la nausea, con aquellos descendientes de los colonos que tomaron el sur de África y que, hasta finales del siglo XX, trataron a los negros como a animales, como simples objetos que se podían comprar, vender, pisotear sin ningún escrúpulo…

La grandeza de Mandela reside en que supo desprenderse del odio en beneficio del bien común. Al salir de prisión lo tenía todo en su mano para lanzar a la mayoría negra a la caza de la minoría blanca. Sudáfrica pudo haber sido otro Zimbabue. Hubiese bastado con un discurso incendiario  aquel 13 de febrero de 1990, cuando se dirigió a las masas por primera vez tras recuperar la libertad. Sin embargo, Mandela supo liberar a los negros del odio y a los blancos del miedo. Sedujo a los afrikaners y les convenció de que no tenían nada que perder por convivir de tú a tú con los negros. Al mismo tiempo, ilusionó a los negros con un país de justicia y libertad, y frenó sus impulsos vengativos tras tantos años de vejaciones.

El viejo Madiba, atormentado por no haber sido un buen padre, paradójicamente sí encontró la fórmula para ser un líder global. Utilizó el factor emocional del deporte para unir a un país dramáticamente dividido, trató con el mismo respeto y ternura a una reina que a un mayordomo y no cayó en la tentación de eternizarse en el poder después de tantos años privado de protagonismo.

Hoy Sudáfrica sigue siendo un país con muchas cosas que mejorar, pero nadie puede negar que se ha convertido en un lugar mucho más habitable. Y lo es porque el preso 46664 de Robben Island fue una de esas pocas personas capaces de inspirar a toda la humanidad. Esperemos que su ejemplo perdure en nuestra memoria durante muchos años. Todos los años que serán necesarios para que pueda surgir alguien con la grandeza y la altura de miras del viejo Madiba. Descanse en paz.

El puente de la Constitución y el adivino que predijo lo que pasaría

Ha vuelto a ser lunes. Lunes al sol para el que no tiene curro y lunes anodino para el que lo conserva a pesar de las rebajas de sueldo y las amenazas de despido. Lo bueno es que este lunes nos anticipa una semana más corta. El viernes es 6 de diciembre y habrá puente. Aprovechen, porque 2014 se presenta muy mal para los amantes del dominguerismo y el disfrute de acueductos.  El peaje a pagar: que nos volverán a dar la brasa con el aniversario de la Constitución. Nos volverán a hablar de la Transición, nos volverán a poner la música del “Libertad, libertad, duduá, duduá…”, y algunos nos volverán a contar lo excitante que era correr delante de los grises.

35 años tiene ya la carta magna, y, la verdad, no le pilla en el mejor momento. Me pregunto qué hubiesen pensado los impulsores de la Constitución del 78 si un adivino de estos que te leen el futuro a través de la llama de una vela les hubiese anticipado el panorama. ¿Se imaginan la escena?:

ADOLFO SUÁREZ: “Caballero, en este trascendental momento de la historia de España nos gustaría anticipar qué nos depara el futuro como nación. ¿Qué será de los españoles dentro de 35 años?”

ADIVINO: “Pues vamos a ver cómo se lo explico yo… ¿Seguro que quieren saber?”

MANUEL FRAGA: “Al grano, joven, al grano. ¡No me sea cretino!”

ADIVINO: “Pues nada… En España hay seis millones de parados. Así, como suena. Veo a un tío que le llaman Paco Telefunken que se niega a cerrar Canal 9. Pero, vamos, que al final la cierran…”

JORDI SOLÉ TURA “¡Un ataque a la libertad de expresión y a la lengua propia de las nacionalidades históricas!”

ADIVINO: “Qué va, más bien que no hay pasta porque los que mandan se la han fundido de mala manera”

SANTIAGO CARRILLO: “Me lo temía… 35 años después y las castas dirigentes siguen negando el pan a la clase trabajadora”

ADIVINO: “Bueno, dinero ha habido. Lo que pasa es que en 2013 la gente está pagando los excesos de años anteriores. Antes de 2008 veo a españoles enloquecidos que pagaban 50 millones de pesetas por un piso pestoso en un barrio pestoso. Veo a gente que pedía un préstamo para irse de vacaciones… Por alguna extraña razón los españoles llegaron al convencimiento de que un ladrillo era como un lingote de oro”

CARRILLO: “La banca y el capital seguro que incitarán a la cándida clase trabajadora a gastar y gastar para luego caigan en sus garras. Deberemos redoblar el esfuerzo de los sindicatos para defender al trabajador”

ADIVINO: “Uy, de sindicatos mejor no me hable. Les veo comiendo marisco y bebiendo fino en la feria de Sevilla con el dinero público. Sí, sí… veo mucha imaginación con las facturas falsas y el despilfarro del dinero destinado a los parados”

GREGORIO PECES BARBA: “En todo caso, seguro que la socialdemocracia que representa el PSOE habrá moldeado el país a mejor”

ADIVINO: “En general, parece que hemos avanzado. Ya no somos un país tan gris. A Felipe González y a Alfonso Guerra sí que les ha ido bien.  Les veo viviendo en barrios nobles de Madrid.  Felipe trabaja para un mexicano muy rico, de hecho, es el más rico del mundo.  Veo a otro futuro expresidente socialista tumbado en una hamaca…”

PECES BARBA: “¿Cómo se llama?”

ADIVINO: “Zapatero… Rodríguez Zapatero”

PECES BARBA: “No me suena”

ADIVINO: “Pues le sonará porque precisamente él será el primero en cuestionar la Transición. Hablará mucho de su abuelo republicano y vendrá a decir que lo que habéis pactado aquí es una caca y que hay que ir más allá”

CARRILLO: “¡Como debe ser!”

ADIVINO: “Desde luego, el Zapatero éste tiene tela… En 2004 recibe un país con superávit y en 2010 lo deja hecho unos zorros. Veo un cheque bebé que aparece para ganar las elecciones y que a los pocos meses desaparece. Veo un libro. Un libro en el que reconoce que no se atrevió a pinchar la burbuja, que no supo ver la crisis…”

FRAGA: “¡Qué descaro, joven!”

ADIVINO: “Bueno, don Manuel, la derecha también tiene lo suyo. Veo a un extesorero en la cárcel. Veo a un presidente de barba, paisano suyo, de aparente pachorra pero que las mata callando. Promete que bajará los impuestos pero luego hace lo contrario. Se justifica diciendo que no tiene más remedio, pero tiene un ministro de Hacienda…”

FRAGA: “¿Qué le pasa al ministro ese?”

ADIVINO: “Pues que, con el 80 por ciento del país pasándolas canutas, coge y dice públicamente y sin pestañear que los sueldos están subiendo.  Y el tío se descojona…”

MIQUEL ROCA: “Una pregunta: ¿qué pasará con Cataluña?”

ADIVINO: “La familia Pujol sale en la prensa por presuntos casos de corrupción. Cuentas en Suiza, comisiones, tratos de favor. Cuando se ven acorralados, desprecian a la justicia española e impulsan un proceso independentista. Estos no cierran su tele autonómica. Prefieren cerrar hospitales y colegios…”

SUÁREZ: “Oiga, y con ETA… ¿qué pasará?”

ADIVINO: “Al final, los asesinos desisten, pero se niegan a aceptar la derrota. El Estado les dará una salida honrosa. Veo partidos proetarras en las instituciones. Veo etarras que ríen al salir de la cárcel”.

GABRIEL CISNEROS: “¿Pero eso cómo puede ser?”

ADIVINO: “Todos ustedes cometerán un error: suprimirán la pena de muerte pero sin modificar el resto del código penal hasta dentro de muchos años. Eso beneficiará a terroristas, violadores y asesinos que estarán en la cárcel mucho menos de lo que debieran”.

MIGUEL HERRERO Y RODRÍGUEZ DE MIÑÓN: “Qué desastre…”

ADIVINO: “Veo a un violador y asesino en un hotel de Madrid. Es coautor de un crimen horrendo. Le protege una productora y se especula con que le van a entrevistar en la televisión a cambio de dinero. Dentro de 35 años, algunos programas de televisión dejarán mucho que desear…”

SUÁREZ: “¿Sabe qué le digo?  Creo que ya no quiero seguir escuchando. Muchas gracias por sus servicios”.

ADIVINO: “No hay de qué. Por cierto, harían bien en consensuar un buen modelo de educación. Muchos de los problemas serán consecuencia de la falta de consenso en esa materia. En fin, señores, que pasen un buen día”.

No sabemos qué habrían hecho los padres de la Constitución de escuchar a un adivino certero hace 35 años. Seguramente habrían aprobado igualmente la Constitución y, seguramente, habría valido la pena. Pero no cabe duda de que seguimos teniendo muchísimo que mejorar para tener una democracia con lustre. Feliz día de la Constitución.

Las trolas de verdad y el peligro sordo de las medias verdades

Sus hijos eran feos. Feos de cojones. Demasiado feos para un tipo con semejante planta de playboy y con una esposa tan atractiva.  Tanto el padre como la madre eran más que resultones para lo que se estila en China. Los dos pertenecían a la casta de los nuevos ricos del gigante asiático. Lo tenían todo para triunfar y ser felices. Sin embargo, vaya por Dios, los tres hijos les habían salido horrorosos: nariz extremadamente respingona, ojos minúsculos y labios morcillones… un poema.

El padre de familia empezó a sospechar:  

-“¿No me la habrá pegado mi mujer con otro?” Me parece poco probable, pero es que ya no sé”…

 -“¿Los tres hijos engendrados con el mismo amante generador de niños feos? No creo, Jian”, le decía su mejor amigo y paño de lágrimas.  “Piensa que, a veces, de padres guapos, hijos poco agraciados”. 

-“¡Pues yo no puedo seguir así! Mi hija me horroriza y Jian junior… ¡Jian junior parece un vampiro mellao! ¿Cómo voy a medrar en las reuniones del Politburó? ¿Cómo voy a lucir en los photocalls de las revistas con semejante prole a mi lado?”

Tales fueron los lamentos y gritos del protagonista de nuestra pequeña historia que, al final, la mujer acabó confesando. Aquella belleza oriental con carita de porcelana no siempre había sido tan guapa. Antes de casarse se gastó cien mil dólares en cirugía estética. Antes de conocer a su marido, ella también se paseaba por este mundo con una nariz extremadamente respingona, unos ojos minúsculos y unos labios morcillones…

La genética no entiende de nuevos ricos y, descubierto el pastel, Jian Feng se sintió ultrajado. De hecho, pidió el divorcio y denunció a su esposa por engaño. Ahora la justicia china le ha dado la razón y ha condenado a la neoguapa a indemnizarle con cien mil dólares. Los mismos que se gastó para dejar de ser un cardo borriquero.

 Estarán conmigo en que parece poco probable que la justicia española pueda tomar una decisión parecida. Lo primero que dirían los magistrados, y con razón, es que ser feo es una putada pero no un delito. Además, analizado el caso con ojos hispanos, tampoco faltaría quien dijese que, hombre, engaño, engaño… tampoco fue.  Simplemente, no dijo la verdad.

Lo de las verdades a medias y los silencios cómplices es muy español. Aquí se escribió El Lazarillo de Tormes. Aquí a nadie se le ocurre dejar la bicicleta sin atar a una farola. Aquí ningún periódico coloca en la calle esos dispensadores anglosajones que te permiten, si quieres, llevarte todos los ejemplares habiendo pagado sólo uno. Aquí se da por hecho que la mayoría, si sabe que no le pillan, roba y miente.

Está tan asumido, que la condescendencia para con quien mete una trola es acojonante.  Sin ir más lejos, el exministro de Economía, Pedro Solbes, no ha tenido ningún problema en reconocer que ocultó la gravedad de la crisis que se nos venía encima para poder ganar las elecciones de 2008. Sabían que iba a temblar el suelo, pero Zapatero y sus mariachis mandaron a Solbes a la tele con la misión de mentir. Se rió de Manuel Pizarro en aquel debate, le dijo que exageraba cuando decía que el paro iba a crecer de forma dramática. No hizo lo que debía hacer para paliar la crisis. Lo importante era que la gente les votase, y luego ya se vería…

Ahora dice Solbes que se siente mal porque considera que España podría estar un poco mejor si hubiesen actuado con más honestidad.  El otro día le vi en la puerta de COPE, tras la entrevista que concedió a La Mañana de Buruaga.  La verdad es que se le veía tranquilo. En el fondo sabe que nadie le condenará por haber ocultado la verdad. A los que destrozaron las cajas de ahorro con mentiras y medias verdades también se les ve bastante tranquilos. Entre tanto, la gente de la calle sigue peleando por salir a flote con resignación cristiana.  Aquí la justicia no es tan dura como en China. Tampoco tenemos hijos tan feos. Los más feos suelen ser los que mandan.

Aguantando perogrulladas por encima de nuestras posibilidades

Vivimos en un mundo cuando menos curioso. Cada año, allá por el mes de julio, el que quiera puede plantarse en Pamplona y ponerse delante de una manada de toros. Sólo te piden que seas mayor de edad y que, si les ha dado un poquito a la sangría, que no se te note a simple vista. La experiencia se recomienda pero no es obligatoria. Luego llegan las caídas, los puntazos, el parte médico y los ingresos en el hospital.   En San Fermín se entiende que el que se pone delante los toros sabe a qué se expone.  Eso incluye a toda la tropa de guiris y tolais que no ha visto un morlaco en su vida y que en sólo un día, por el mismo precio, descubre lo buena que está la paella y lo que duele una cornada en la ingle. ¿Por qué se les deja correr? “Coño, porque ya son mayorcitos”.  “¡Ahí va la hostia!”, añaden los oriundos…

Parece de una lógica aplastante, ¿verdad?  Pues si las fiestas de San Fermín corriesen a cargo de la DGT el asunto perdería todo su encanto. No sabemos qué tiene el cargo de director de la Dirección General de Tráfico pero al que se pone el gorro de director le entra un no se qué paternalista que tira para atrás.

Hace poco, los valientes que se mueven en bicicleta por la ciudad se libraron por los pelos de que les colocasen un casco en la cabeza por ley y “por su propio bien”.  Al final, ante la avalancha de críticas, la cosa se ha quedado en una simple recomendación. Los mayores de edad podrán elegir si lo llevan o no en unas ciudades españolas donde ya da bastante pereza coger la bicicleta. Apenas hay carriles y muchos de los que existen se acaban de forma abrupta, invitando al ciclista a evaporarse o a volver por el mismo camino.  Pues en lugar de fomentar unas ciudades más racionales, la DGT aspira continuamente a exigir más requisitos, a poner más trabas, a los que quieren hacer menos uso del CO2. ¿No hemos quedado en que hay que ser más ecologistas?

Nos encontramos ante una gran paradoja porque, mientras en la Seguridad Social están haciendo vudú para que la gente no viva demasiado (“con la manía que le ha entrado al personal de vivir muchos años, ¡no habrá pensiones para todos!”), en la DGT nos niegan el derecho a abrirnos nuestra propia cabeza contra una farola.  Nos miman, nos cuidan, nos regañan y, sobre todo,… nos multan.

Volviendo de Pamplona en coche, tras habernos colocado delante de unos cuantos miuras, se puede dar el caso de que nos pare un agente y nos ponga una buena multa. No por correr demasiado o adelantar incorrectamente (lo cual está plenamente justificado, ya que hay que aplicar tolerancia cero con los energúmenos que ponen en peligro la vida de los demás), sino por no llevar el cinturón correctamente abrochado y poner en peligro nuestra propia vida…  la misma que acabamos de arriesgar alegremente delante de los toros.

Es tal el mimo y el paternalismo ilustrado con el que nos cuidan que la DGT acaba de rizar el rizo con una carta antológica.  Todos aquellos que tengan un coche de más de diez años de antigüedad van a recibir una misiva en los próximos días.  En total, trece millones de cartas donde se le recuerda, amigo conductor, que su coche es antiguo (por si no te habías dado cuenta, Manolo) y que los coches nuevos son más guays y más seguros.

Sólo conozco a dos personas que conduzcan un coche viejo por gusto. Uno es mi amigo Héctor, enamorado de su Golf de comienzos de los 80, convertido ya en un clásico revalorizado. Y el otro es mi vecino de 77 años, que se agarra al volante de su Renault 11 como si de un koala se tratase. El resto, me huele a mí, si no se cambian de coche es porque no pueden. Y es que si algo hemos demostrado los españoles es que si tenemos dinero, nos lo fundimos. De hecho, de aquellas fundiciones vinieron estos lodos que padecemos…

Da la sensación de que la DGT parte de la base de que los españoles somos todos menores de edad.   De nuevo, como con el casco de la bici, deberían preocuparse más del buen estado de las carreteras, de que a nadie se le ocurra privatizar y cobrar un peaje en todas las autovías o en que el transporte público no sea tan caro. Sin embargo, prefieren ir a lo fácil: fomentar el miedo e incitar al gasto. 

El problema es que la gente no tiene ni tiempo para cartas que sólo dicen perogrulladas ni dinero para cambiarse de coche.  Una vez, el jornalero le dijo al cacique: “en mi hambre mando yo”.  Ahora muchos que las están pasando canutas para llegar a fin de mes podrían decir algo así como: “gracias por el consejo, pero teniendo la ITV en regla y respetando las normas de circulación, en mi coche de diez años, mando yo”. 

La vida que pasa y el futuro del periodismo

Cuando te despides de Ángela caes es la cuenta de que tienes un paseo hasta el coche. Es la primera vez que visitas la sede del Centro Universitario Villanueva en Mirasierra y no quisiste arriesgar. En cuanto el GPS te dijo que más o menos habías llegado al destino aparcaste en el primer hueco libre.  Demasiado coche por todas partes. Los alumnos ya se conocen el percal y algunos estacionan incluso a pocos metros del ceda que te mete de lleno en la autovía de Colmenar.

De repente te acuerdas de aquel Opel Vectra de segunda mano que tu padre te dejaba para ir a la facultad. Le fallaba el carburador y un día te dejó tirado en medio de Barcelona cuando ibas a entrevistar a un doctor con una cámara Betacam que te habían prestado en la asignatura de televisión. Tuviste que llamar a la grúa para que recogiese el Vectra y al doctor para decirle que ese día no ibas a poder hacerle la entrevista de mentira que jamás se emitiría en una tele de verdad…

Todavía no has llegado al coche y la sonrisa socarrona se te borra de golpe cuando te viene otro recuerdo muchísimo más inmediato: “Joder, me han llamado de usted”. No hay nada como ponerte delante de un grupo de estudiantes de tercero de Periodismo para darte cuenta de que la vida pasa. Te acuerdas de aquel chaval que iba al campus de Bellaterra en el Vectra y no puedes evitar sentir empatía por los muchachos a los que has dado la matraca durante media hora larga. ¿O ha sido más? La verdad es que has perdido un poco la noción del tiempo. Era mucho lo que les querías contar para que no caigan en los errores en los que tú caíste y en los que siguen cayendo muchos becarios recién aterrizados en las redacciones.

Está el espabilao’ que se cree que ya lo ha aprendido todo antes de empezar a vivir; está la pavita que se queda a cuadros cuando le dicen que las “prácticas de verano” implican, efectivamente, que va a trabajar todo el verano; está el empollón que se sabe de pe a pa la vida de Adorno y Horkheimer, pero al que le falta sangre en las venas para colocarse el primero en los canutazos del Congreso (ponerle la grabadora en los morros al político de turno para que se oiga bien pero sin romperle un diente es toda una ciencia); está la tímida que, siendo superválida, pasa desapercibida porque no es capaz de exigir que le den trabajo y la formen (que para eso están las prácticas)…

Les explicas que deben evitar todo eso, que tienen que ser humildes pero confiando al cien por cien en ellos mismos; que huyan de los pesimistas profesionales que les recordarán machaconamente que el periodismo está muy mal. A mí y a muchos de mi quinta ya nos dijeron que no seríamos periodistas, y aquí estamos. En esta vida, si deseas algo con todas tus fuerzas y te dedicas a ella con verdadera pasión, muy mal se tienen que dar las cosas para que no te salgas con la tuya.

Superado el debate sobre si lo que están estudiando les dará de comer o no, surge el espinoso asunto de la manipulación.  “¿Qué le parece a usted (y dale con el usted) el caso de Canal 9 y la polémica sobre la manipulación en las televisiones autonómicas?”.

Buena pregunta, chaval. A estas alturas de la película, a estos jóvenes ya les ha quedado claro que vivimos en un país cainita. Ya nadie se extraña de que haya tertulias donde el moderador coloca a tres señores a un lado y a otros tres al otro, dando por sentado que responden a una ideología determinada y que se van a gritar los unos a los otros.  Y puede que, quitando los gritos y el agit prop al que se llega en ocasiones, tenga que ser así.  Los medios privados pueden tener una ideología siempre que no la pretendan ocultar de forma hipócrita y que no comentan un pecado mortal: faltar a la verdad.

¿Pero y los medios públicos que pagan los contribuyentes?  Ahí el proselitismo debería estar prohibido. Esos medios deberían nutrirse de esos tertulianos a los que cuesta ubicar a un lado u a otro de la mesa, no por melifluos o bienquedas, sino porque no tienen miedo a dudar. Y deberían asentarse en periodistas que no se callen la manipulación durante años y sólo la denuncien cuando se quedan sin trabajo, como han hecho algunos en Canal 9.  A los alumnos que hoy han tenido la bondad de escucharme les he puesto como deberes que piensen que harían ellos en ese caso.  ¿Valentía? ¿Prudencia en pos del sueldo que da de comer a tu familia? ¿Oportunismo a toro pasado?

Arrancas el coche para volver a casa. De la respuesta que encuentren esos chicos dentro de ellos mismos dependerá el periodismo que ha de venir.  Seguro que serán periodistas. Y puede que lo hagan bien. Ojalá.

A veces menos es más

Algo bueno tenía que tener vivir en Madrid. De los atascos no nos libra nadie. Y de tener la playa donde Calisto perdió el mechero tampoco. Pero, por lo menos, a los “madrileños” que todavía tenemos la suerte de tener un puesto de trabajo nos han dicho que, a partir de enero, nos van a bajar el IRPF.

Algo es algo dijo el calvo y, aunque no nos vaya a sacar de pobres, reconforta comprobar que cada vez son más los políticos que han captado el mensaje. Tampoco hay que ser ilusos. Puede que todo se deba a que las elecciones cada vez están más cerca y que algunos están, como diría Sergio Ramos en el Camp Nou, “cagaos y con el culo cerrao”. En todo caso, Madrid se suma a ese pelotón de comunidades autónomas que le han dicho al ministro Montoro que ahí se queda con su subida de impuestos; que ellos van a bajarlos porque el dinero donde mejor está es en el bolsillo del contribuyente para gastárselo en lo que crea conveniente.  Aunque todavía haya sectores a los que les cueste entenderlo, subir impuestos cuando la gente anda canina es contraproducente. Al final, se recauda menos.

Curiosa paradoja con la que también se han topado de bruces otros colectivos que nada tienen que ver con los políticos. Los que se dedican al cine todavía andan con la calculadora en la mano y la boca abierta tras el éxito que tuvo hace un par de semanas “la Fiesta del Cine”.  Después de años llorando como Calimero porque cada vez recaudan menos, parece que también empiezan a captar el mensaje. El sector está debatiendo en estos momentos si baja el precio de las entradas tras las conclusiones que ha extraído últimamente. Si ponemos las entradas a 2’90 euros un lunes, la afluencia de espectadores aumenta un 663% respecto al lunes anterior.  De repente, las salas se llenan de personas, sobre todo jóvenes, que normalmente no suelen dejarse caer por el cine.  Hace unos meses, en el Tema del Día de La Mañana de COPE hablamos de los problemas del cine en España y un servidor de ustedes, modestamente, expuso que a mucha gente le echaba para atrás pagar unos 8 euros por una entrada más el precio abusivo que te piden por las palomitas y el refresco, todo por una hora y pico de entretenimiento. Yo era el más joven de la mesa y a los participantes en la tertulia no pareció convencerles demasiado el argumento. “En el fondo la subida de IVA supone menos de un euro; eso no hará que el que iba al cine deje de hacerlo”, me dijeron. El director José Luis Garci, invitado aquel día, concluyó que, en el fondo, todo se debía a que la gente había perdido el hábito de ir al cine. Cuestiones culturales…

Sin embargo, muchos seguimos pensando que, en realidad, el chavalito de 15 años que se quiere ligar a una compañera del insti iría encantado al cine para echar el rato y progresar en su cortejo amoroso. Eso no es incompatible ni con la videoconsola ni con cierto grado de la maldita piratería digital. El problema es que al adolescente de hoy en día el cine le sale el doble de caro que a su padre cuando tenía su edad y pagaba la entrada en pesetas. A los padres con más de un crío pequeño en casa también se les podría aplicar un análisis parecido.

Pero es que hay más… La ministra de Fomento, Ana Pastor, también va presumiendo, y con razón, de haber triunfado como la Coca-Cola cuando decidió bajar el precio del AVE. Como el que no quiere la cosa, una infraestructura que había costado un dineral ha empezado a mejorar su rendimiento económico.  Los AVE, que amenazaban con convertirse en coto cerrado de directivos y gente de alto poder adquisitivo, se han llenado de gente más “normal”.  Los que solemos viajar de Madrid a Barcelona lo hemos notado.  Los trenes de alta velocidad van más llenos gracias a pasajeros que antes preferían volar por 90 euros que ir a ras de suelo por 200. ¿Resultado? El AVE le está comiendo la tostada al puente aéreo. Entre enero y agosto, el tren ha aumentado su ventaja sobre el avión en ocho puntos porcentuales.  Curiosamente, el aeropuerto de Barajas, que había subido las tasas aeroportuarias, ya se ha convencido de que lo mejor para paliar la pérdida de viajeros es volverlas a bajar…

¿A qué se debe todo esto? Pues algunos dirán que todo se debe a la crisis y que cuando escampe todo volverá a la normalidad.  Sin embargo, el tiempo demostrará que el paradigma ha cambiado.  La sociedad del low cost ha llegado para quedarse. Las marcas blancas en los supermercados no son flor de un día. Tampoco lo son los armarios baratos que montas en tu casa como buenamente puedes. Ni los cubos con cinco botellines de cerveza a tres euros en el bar de la esquina.

Algunos, mayormente la clase dirigente ensimismada en su mundo de buenos sueldos y alto poder adquisitivo, todavía se resisten a entender que España se ha convertido en un país de mileuristas (los que tienen la suerte). Y deberían entenderlo porque ellos son los que han llevado a cabo la devaluación interna de este país; pero una devaluación desigual porque los sueldos han bajado sin que bajaran los precios. En todo caso, la realidad es tozuda y el tiempo está demostrando que, si en el bolsillo de la gente entra menos dinero, o bajan los precios o la rueda deja de girar.

Que somos más pobres no lo duda nadie. Habrá que resignarse a tener menos dinero en el bolsillo, pero no sólo los ciudadanos. También los que ponen los precios y los impuestos en este país. La devaluación o redimensión de nuestra economía deberá ser más equitativa.  Poco a poco parece que diversos sectores se están dando cuenta de la paradoja. Y es que, aunque parezca mentira, a veces menos es más.