El talento, la experiencia y la fina línea que separa el éxito del fracaso

Se le espera para el día 31 de diciembre. Ni uno más ni uno menos. Luego pasará lo que tenga que pasar, pero los médicos ya han hecho su inquietante vaticinio. El caso es que al padre se le ve tranquilo y confiado.

-¿Tú eres consciente del dilema que se os plantea?

-Bueno, a nosotros los de las uvas este año, como que nos da igual… Lo importante es que venga sano y todo salga bien…

-No, macho, no… ¡Lo que está en juego no es que te comas las uvas tranquilo! Es algo mucho más trascendental…

-No jodas…

-A ver, que hay que explicártelo todo… Que nazca antes o después del fatídico 31 de diciembre marca la diferencia entre que sea un rutilante futbolista de primera o, qué te voy a decir yo: un triste periodista que sobreviva juntando letras en un periódico. O peor aún: ¡en una radio!

-¡Ah, no! ¡Por ahí sí que no!

El padre parece entrar en razón y comienza a escucharme atentamente, casi angustiado, al otro lado de la línea, mientras yo deambulo por mi casa con el móvil en la mano gesticulando como Antonio Resines cuando se enfadaba en Los Serrano. Así nos pasamos un buen rato mientras le explico la maldición futbolística del 31 de diciembre, que es lo mismo que hablar de la selección darwiniana que hace el deporte rey con aquellos que nacen unas horas más para allá o para acá.

Para el que no se lo crea, los datos son más que contundentes. En torno al 70 por ciento de los futbolistas de primera división nacieron en la primera mitad del año. Entre enero y junio. Ustedes dirán: ¿casualidad?  Pues echen un vistazo a las estadísticas de las ligas del resto de Europa. Pasa exactamente lo mismo. El primero al que escuché hablar de esta conjura para fastidiar la vida a los nacidos a finales de año fue al economista Xavier Sala i Martín, antiguo vicepresidente del Barça. El último en reflexionar sobre el asunto ha sido Jorge Valdano, que acaba de publicar un libro sobre cómo gestionar el talento.

Y es que, precisamente, de talento y fuerza bruta va la cosa. Resulta que los entrenadores de categorías inferiores tienden a poner de titulares a los más grandotes, mientras los más canijos se comen los mocos en el banquillo. Ahí comienza el problema para los nacidos de julio a diciembre porque, a edades tempranas, la diferencia física entre un crío nacido en enero y otro nacido en diciembre del mismo año es mucha. El fortote juega y juega, acierta, se equivoca, aprende y, en definitiva, adquiere experiencia.

Para cuando se ponen a la par en lo físico, y los ocho o nueve meses de diferencia se vuelven insignificantes, ya es demasiado tarde. El que tuvo la oportunidad de jugar desde el primer momento ha abierto una brecha, ha adquirido unas tablas, que, según las estadísticas, se antoja insalvable para el que comenzó chupando banquillo, por mucho que tenga talento.

La única liga europea donde sucede justo lo contrario es en Alemania. Allí la mayoría de los que llegan a triunfar como profesionales son los nacidos en la segunda mitad del año. El parón invernal les obliga a empezar la temporada de forma diferente a los países más meridionales. Acojona, ¿eh?

Pues en España el porcentaje se ha equilibrado gracias a esa especial sensibilidad que hemos cultivado últimamente para con los bajitos, de manera que procuramos no mandar a casa a un Iniesta para quedarnos con, qué sé yo, un Albelda. Aún con todo, la maldición del 31 de diciembre sigue imponiéndose.

Mientras me despido de mi amigo, conjurado ya para hacer entender a su mujer que debe retener al niño en su seno cómo sea hasta que lleguen a la tierra prometida del 2014, me quedo reflexionando sobre esto del talento. Porque lo que vale para el fútbol vale para la vida. La moraleja sería que todos nacemos bastante equilibrados. La falta de experiencia nos iguala. Luego el talento va marcando la diferencia, pero necesita de la experiencia. A veces un tipo con menos talento pero con muchas más oportunidades acaba imponiéndose.

La verdad es que la perspectiva pone los pelos de punta si tenemos en cuenta que vivimos en un país que no es precisamente el paraíso de la meritocracia. En la vida real, en las oficinas, en las redacciones o en las fábricas no hay niños grandotes que te sacan una cabeza, pero sí hay enchufados, medradores profesionales o maestros de la picardía que saben imponerse sobre los que tienen más talento puro.

A todos ellos: a los que encontraron un carguito con buen sueldecito porque su papá es amigo de nosequién, a los que siguen haciendo méritos, a los que participan de las conjuras de pasillo, a los que se limitan a trabajar y trabajar sin entender que en el pasillo a veces se parte el bacalao laboral, a los que siempre caen de pie hagan el destrozo que hagan, a los siempre pasan desapercibidos hagan el mérito que hagan, a los que tienen 800 presuntos amigos en Facebook, a los que son un desastre en la gestión de las relaciones sociales, a los que nazcan en diciembre, a los que nazcan en enero… a todos: felices fiestas y próspero año nuevo.

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