Las bromas de los “anti” que sólo dan pena

Hay muchas maneras de matar a una persona indefensa. Pero algunas son especialmente crueles. Obligar a la víctima, arrodillada, sudorosa, aterrorizada, a coger el teléfono para llamar a sus padres es una de ellas. Forzarle a decir “voy a morir” y, a continuación, pegarle el tiro en la cabeza para que lo oiga su familia al otro lado del teléfono ya es para nota.

Ha sucedido en Kenia, donde los islamistas entraron en la universidad y obligaron a recitar el Corán a los alumnos. A los musulmanes los dejaron marchar. A los cristianos los masacraron. ¿Habrá una historia más potente que contar desde el punto de vista periodístico? Pues conozco a bastantes compañeros de profesión que no abrirían un informativo con esa noticia porque lo ven como algo “lejano” o porque reconocen que la muerte de cristianos no “vende” tanto como los atentados contra judíos o los hechos discriminatorios contra la comunidad negra o el colectivo gay. Ponerse a hacer campaña para denunciar que, ahora mismo, están masacrando a cristianos indefensos en muchos puntos del planeta “da pereza”. No vaya a ser que piensen que eres un “capillitas”.

Actualmente está en marcha una auténtica limpieza étnica contra las comunidades cristianas más antiguas del planeta, las primeras que recogieron las enseñanzas de aquel personaje extraordinario que fue Jesús de Nazaret, y el mundo mira hacia otro lado. Sólo hay que ver el lugar que ocupan esas noticias en la escaleta de los medios de comunicación y compararlo con las historias mucho más insustanciales con las que abren la mayor parte del tiempo. Aquí, sin embargo, lejos de sensibilizarnos por lo que está pasando, estamos a otra cosa.

Semana Santa en algún lugar de España. En un monitor de televisión rompe a sonar el himno nacional. La imagen muestra la salida de una talla de la Virgen a hombros de los esforzados costaleros. La gente que se ve alrededor del paso está emocionada y aplaude con devoción. En cambio, bajo techo, en el lugar de Madrid donde me encuentro, esa pasión y ese rugido del himno irrumpen sin pedir permiso, cogiendo con el pie cambiado a más de uno.

No obstante, los hay con cintura necesaria como para tirar de reacción prefabricada, con el automatismo propio del comercial que saca su tarjeta de visita del bolsillo interior de la chaqueta. No faltan bromas sobre el himno: “espérate, que me levanto y me llevo la mano al corazón”. Tampoco burlas o comentarios irónicos hacia los que se emocionan ante la imagen de la Virgen: “Mira como lloran los pobres, que alguien les dé un pañuelo…”.

El himno de España lo he escuchado muchas veces. Procesiones he visto unas cuantas. Y a los de las bromas también los tengo más vistos que los pianillos de la feria. Forman parte de la fauna hispana. Se movilizan porque van talar unos árboles aquí, recogen firmas porque un animal está en peligro de extinción allá o se concentran para impedir que cierren el casal cultural del barrio. Todo eso es loable y les honra, pero cuando detectan que algo toca de forma tangencial el cristianismo o la bandera de España se lavan las manos como Pilatos, por muy justa que sea la causa. Y no me refiero a quien no es religioso o pasa de banderas sin más, lo cual es totalmente respetable. Me refiero más bien a los que tienen que estar todo el día con sus sarcasmos, a los que necesitan demostrar continuamente que son “anti” para sentirse realizados. Lo hacen con ese barniz de supuesta superioridad moral del que pone la etiqueta de “casposo” a todo lo que no le gusta. De igual manera que José Arcadio Buendía cogió aquel hisopo entintado para llenar Macondo de etiquetas con el nombre de todos los objetos, estos supuestos guardianes de la progresía etiquetan mentalmente a todos los que son víctimas, a su juicio, de las tradiciones y corrientes más rancias.

En el pueblo donde transcurre Cien años de Soledad tuvieron la suerte de vencer la enfermedad del sueño, pero aquí vamos camino de sucumbir a la estulticia de otra enfermedad: la del laicismo más asilvestrado y cada vez menos armado intelectualmente, que no sabe hacia dónde va y, lo que es peor, tampoco le importa. Sólo alguien que viva en la indigencia intelectual puede pretender que un país o un continente entero renuncie a sus raíces culturales para embarcarse en no se sabe bien qué tipo de sociedad posmoderna, donde el relativismo y la indiferencia sean las únicas referencias, sin que eso tenga consecuencias.

Relativismo e indiferencia. Indiferencia e incongruencia. Que los estadounidenses arrestan a quien se mofe de su bandera, lo vemos normal porque “esos tíos si saben hacerse respetar”; que los franceses paran un partido porque se pite el himno, la mayoría entiende que hay que respetar La Marsella y los valores de Libertad, Igualdad y Fraternidad que representa. Ahora bien, aquí un club se niega a ceder su estadio porque no quiere que se pite el himno de su país en su propia casa, por la carga de oído que eso supone, y ponemos a caldo a ese club y a quienes sugieren que debería suspenderse la final de Copa. Los que dicen que pitar el himno de España es “libertad de expresión” son los mismos que se harían las víctimas indignadísimas si se procediese igualmente con sus símbolos.

Pues digo yo que entre el “Dios, patria y Rey” y esta sociedad nihilista y contradictoria en la que nos están metiendo los de las etiquetas y las gracietas pseudoprogres habrá algún término medio. Una sociedad en la que no hubiese que humillar ni reírse de nadie por sus creencias, en las abrazásemos las causas justas, sin distinciones, y en la que superásemos de una puñetera vez “la falta de autoestima” que nos carcome. Luis Goytisolo explica en El País (http://goo.gl/uLcoVg) como esa “falta de autoestima” hace que, como sociedad, nos metamos continuamente autogoles de lo más ridículos. Y es que, siempre hemos sido campeones del mundo en echar mierda sobre nosotros mismos, en bromear con lo que no toca y en presumir de ser “anti”. Pero lo “anti” sólo sirve para destruir, no para construir, que es de lo que verdaderamente se trata.

Los puñetazos y las patadas no son como en las películas

No le pude ver la cara. No sé si lloró, imploró o simplemente actuó. Sólo sé que apretó el culo con la misma determinación con la que pisó el acelerador para salir de allí. Seguramente reventó la llanta al subir aquel bordillo de mala manera. Me juego lo que sea a que ni siquiera llamó a la policía para denunciar que un tipo se había parado en seco, había bajado de su coche, había abierto el maletero y había sacado una barra de metal con la que amenazó con reventarle la cabeza. Nunca sabremos si habría cumplido su amenaza porque cuando el tipo de la barra le arrancó de cuajo el retrovisor, el otro salió zumbando. Y todo porque el de la barra se coló de mala manera en un ceda y el otro mostró su enojo dándole al claxon.

Yo, por eso, no suelo pitar demasiado. Nunca sabemos qué cabecita anda al volante de ese coche que te ha hecho la pirula. Tendemos a pensar que la mayoría de la gente es como nosotros y cuando, de repente, descubrimos que no es así, solemos entrar en pánico. Las discotecas y los campos de fútbol regional me enseñaron que cuando los puños salen a pasear hay unos que tienen todas las de ganar y otros que acaban con la cara fina. Por lo general, todo comienza de la manera más tonta, pero cuando ha prendido la mecha, ya no hay vuelta atrás. Los puñetazos no son como en las películas o los cómics. El golpe suena mucho más seco, amortiguado por el ojo o por la piel. Todo es mucho más sórdido, más tosco. Y en ese trance, salta a la vista quien está ducho en esas lides y quien pasaba por allí y se ha visto invitado a una fiesta que no tenía prevista. A estos últimos se les nota el desconcierto en la cara, una mezcla de dolor, rabia y miedo. A los profesionales de la bronca, en cambio, se les afila la mirada con la satisfacción de quien transita por caminos conocidos.

Es la misma mirada que observé durante mi paso por los deportes de TV3, cuando los Boixos Nois la emprendieron contra la directiva del Barça. El día que murió Urruti, mientras recabábamos el testimonio de los aficionados que se acercaban al estadio, tuvimos problemas con un cafre que se nos acercó para recriminarnos que éramos la voz de nuestro amo y que sólo sabíamos verter mierda sobre ellos. La intervención de los agentes de seguridad evitó que la cosa fuera a más. Sin embargo, aquel ambiente enrarecido, con los ultras cada vez más crecidos, acabó desembocando en una noche de cristales rotos (literalmente) en el antepalco del campo. Una noche de pañolada, tras un nuevo pinchazo en liga, convirtió el antepalco en una batalla contra los directivos del que el cámara y yo tuvimos que salir por partas. Y todo sin llamar mucho la atención de la jauría porque nosotros, en tanto periodistas, éramos también “sus enemigos”.

Con el trípode a cuestas avancé a través del tumulto hasta que me topé con uno de los radicales. Me sacaba una cabeza y cuando levanté la mirada resultó ser un antiguo compañero del instituto. Él sabía perfectamente que no simpatizo con el Barça, por lo que podría haberme delatado por mi doble condición de “converso” y periodista. En ese momento yo no sabía si salir corriendo o saludarle, y él no sabía si zurrarme o saludarme. Finalmente, optamos por lo segundo:

-¿Qué tal?

-Pues nada, cubriendo el partido. ¿Y tú?

-Pues nada, a ver si echamos a estos inútiles.

-Ala, pues que usted lo rompa todo bien.

-Y usted, que lo edite bien.

-Gracias.

-Gracias. Hasta luego.

Aquella anécdota me ha hecho siempre reflexionar sobre la dicotomía del ser humano. Por separado somos capaces de empatizar con alguien al que, si nos ponemos en modo manada, podríamos partir la cara. Les pasaba a los nazis: cuando pensaban en los judíos como colectivo los despreciaban sin ambages, pero cuando les decían que habían matado al vecino de enfrente con nombres y apellidos, muchos se sentían incómodos y preferían cambiar de tema.

Por eso la manada es tan peligrosa. Por eso hay que huir de todo movimiento o colectivo que pretenda diluir nuestro yo en un “nosotros”. Pero es difícil hacerlo porque el yo puede identificarse con el egoísmo y el nosotros con la solidaridad. De ahí que el nacionalismo totalitario todavía tenga tanto predicamento o que las bandas ultras aglutinen a tantos jóvenes bajo lemas como “nunca te olvidaremos” o “la lucha continúa”. Pero ¿de qué lucha hablan? ¿De matar a alguien por ser de otro equipo, de destrozarle el local por pensar diferente? Los ultras de fútbol aúnan lo peor que hay en nosotros: violencia fácil y alienación del individuo.

Si eres mujer, honesta y trabajadora… lo llevas claro

La pusieron verde. Y no un día, ni dos. Durante todo un año tuvo que aguantar todo tipo de comentarios, superfluos unos, ofensivos y denigrantes la mayoría de ellos. A su lado, su compañero de sonrisa Profident pasaba completa y felizmente desapercibido. De hecho, “a nadie le importó una mierda” (palabras del propio protagonista) que durante un año entero no se cambiara de traje.

El experimento televisivo que han realizado dos presentadores de un exitoso programa en Australia está dando mucho que hablar estos días en el mundo anglosajón. Karl Stefanovic decidió ponerse un traje azul, imitación de Burberry, durante doce meses sin avisar a nadie. Tan sólo se cambiaba de corbata y se limitaba a lavar el traje de vez en cuando, para que aquello no oliese a choto. Mientras tanto, su compañera Lisa Wilkinson cambiaba cada día de vestido y peinado. Al cabo de un año, destaparon el experimento y, medio decepcionados, medio indignados, compartieron su estupor con la audiencia.

Mientras a Karl se le juzgó por sus comentarios, su peculiar sentido del humor o el estilo de sus preguntas, sin que nadie reparase que todos los días vestía igual, a Lisa no hubo un solo día en que los comentarios, a través de redes sociales, revistas o llamadas telefónicas, no la pusieran en el disparadero por el vestido que llevaba ese día o cómo se había peinado. Y eso que la muchacha tenía un estilo más o menos elegante, y para nada arriesgado o estrafalario. Vamos, que ni era mojigata ni tampoco Lady Gaga. Lo normal.

En medio de las reflexiones sobre la pulsión que tenemos los seres humanos por juzgar al prójimo por las meras apariencias, lo rápido que ponemos etiquetas y lo estúpidos que podemos llegar a ser en ocasiones, Karl Stefanovic soltó una última reflexión que dejó a todos en silencio: “¿Se puede decir que estamos ante un caso de machismo, cuando la inmensa mayoría de los comentarios ofensivos que ha sufrido Lisa han sido realizados por mujeres? ¿Hablamos de sexismo cuando son mujeres juzgando a mujeres?”

A mí, personalmente, este experimento me ha traído a la memoria aquella frase que pronunció Pío Cabanillas en los tiempos de la UCD: “Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros”. La verdad es que si uno hace memoria, son muchas las ocasiones en las que ha oído a mujeres quejarse de que, a veces, en la guerra de la igualdad es peor el fuego amigo que el enemigo. Y no estoy pensando en la querencia que tienen las mujeres a eliminarse entre ellas en los reality shows. Ni siquiera en ese comentario socarrón que a veces se escucha en boca de los hombres, según el cual si en el mundo sólo quedasen mujeres, se sacarían los ojos; mientras que si sólo quedasen hombres, la Humanidad se extinguiría igual, pero de forma más lenta porque los últimos especímenes acabarían “dándose cariño” los unos a los otros. Nunca lo sabremos…

Más bien estoy pensando en todas las mujeres de mi entorno que se han quejado de lo mismo: a la hora de pedir la baja por maternidad, te suelen poner más trabas y son mucho más bordes las mujeres que los hombres. La última que me lo ha comentado, cuyos desvelos siento como propios, tuvo la posibilidad de dejar de ir a trabajar desde el mismo momento que supo que estaba embarazada. El tipo de trabajo y el lugar donde lo desarrolla se lo permite por convenio y, además, cobrando el 100% del sueldo. Sin embargo, prefirió trabajar ocho meses, con sus madrugones y sus estreses, por profesionalidad y porque ella estaba “embarazada, no enferma”. Toda una declaración de feminidad.

Pero he aquí que, cuando ya no ha podido más, en lugar de agradecerle los ochos meses de sueldo que le ha ahorrado, la mutua le planta a una impresentable mascadora de chicle, que la trata poco menos que como una delincuente. Una maleducada que aprovechó que la mujer había sufrido la semana anterior una ciática para denegarle la baja “porque eso es una patología y te tiene que dar la baja la seguridad social”. Poco antes, otra impresentable de la Seguridad Social le había comentado que era la mutua la que debía darle baja, no sin antes rellenar mal un formulario. Error que aprovechó la lagarta de la mutua para intentar pasar el muerto de la baja a todos los contribuyentes. Dos impresentables, que con muy malas formas y mucha desidia, han tratado a una “compañera” como una pelota de ping pong, cuando honestamente ha comunicado que ya no puede más. Y luego hablan de la defensa de la maternidad…

De todo esto, yo saco una serie de conclusiones: no estaría mal un poco más de solidaridad entre las mujeres, dado que la vida ya se encarga de ponerles más piedras en el camino que a los hombres. La segunda conclusión es que la poca vergüenza de las mutuas laborales a la hora de pasar a las arcas del Estado el mochuelo que a ellas les corresponde se merece un buen reportaje y buena denuncia. Y la tercera, que en este país ser honrado y trabajar al máximo mientras uno buenamente puede hacerlo, en lugar de ser valorado, penaliza. Eso sí que es grave.

De donde no hay no se puede sacar

Hay cosas que no tienen arreglo. Hay hechos, señales, síntomas que confirman que hasta aquí hemos llegado. Definitivamente, de donde no hay no se puede sacar. Hay países serios y países que están hechos un cisco. Y nosotros, amigos, estamos hechos un cisco. Dicen que para llegar a la excelencia hay que buscarla cada día con ahínco. Jamás se podrá llegar a la perfección, pero si quieres acercarte a ella, aunque sólo sea un poco, tienes que pelear con el convencimiento de que la perfección es posible.

Nosotros, en cambio, hace tiempo que dejamos de buscar la excelencia. Se bajo el listón y nos conformamos con ir tirando. Nos dio pereza inventar y preferimos vivir de lo que nos daba el sol y playa. Nos dio la risa investigar y elegimos especular con el ladrillo. Nos dio vértigo ser grandes y nos quedamos enrocados en nuestro provincianismo decimonónico. Nos pareció inconcebible retener a los mejores y nos conformamos con dirigentes casposos que buscan el beneficio rápido, que mienten para conservar la poltrona y que priman al pelota sumiso por delante del profesional serio y con principios.

Cuando eso es así, de forma generalizada y durante mucho tiempo, al final los usos y costumbres se acaban modificando. Y lo hacen a la baja. Sólo en un país con un listón muy bajo podría haber sucedido lo que ha sucedido en el Hospital Carlos III de Madrid. Los ciudadanos de este país hemos visto a tres políticos comparecer ante la prensa para balbucear que una enfermera se había contagiado de ébola. Los tres ofreciendo los mismos datos básicos y sin saber dar las claves de lo ocurrido. Eso sí, insistieron en que no hay peligro de contagio. El problema es que, efectivamente, si se cumple con el protocolo, no debe haber contagio. Algo se ha hecho mal y, hablemos claro, no tienen ni puta idea de qué se ha hecho mal. Resulta patético ver como los supuestos responsables de nuestra sanidad reiteran, para infundir tranquilidad, que hace falta un contacto directo con las secreciones de un enfermo. Los especialistas en esta materia no se están tirando por un balcón, pero están francamente preocupados. Con tener 38 de fiebre, se suda. Si sudas y tocas la barra del metro, si estornudas sobre la mesa de la cafetería o si le das la mano a otra persona en esas condiciones se puede producir contagio.

Y lo malo es que esa enfermera gallega de 44 años alertó el pasado 30 de septiembre de que tenía fiebre, pero hasta el lunes 6 de octubre no se dignaron a hacerle las pruebas. Eso también es protocolo, y se lo han pasado por el arco del triunfo. Estuvo de vacaciones, haciendo vida normal y exponiéndose a su marido y cuantas personas se hayan topado en su camino durante esos largos días. Ahora sí, ahora corremos para controlar a esas personas, pero si lo hacemos con el mismo ahínco con el que se ha vigilado a la enfermera lo llevamos claro.

Ahora políticos y tertulianos de oficio pedirán tranquilidad para saber qué ha pasado, y lo siguiente será echar la culpa a la enfermera por haber roto el protocolo. Sin embargo, los que saben de esto aseguran que si el protocolo está bien diseñado, no se puede romper y no da pie a error humano posible. Se han hecho las cosas mal y se renunció a aislar el hospital para acoger al segundo misionero infectado. ¿Quién tomó esa decisión y por qué? ¿Quién formó parte del diseño del protocolo? ¿Había científicos en ese gabinete o predominaban los médicos? ¿Estaban las enfermeras correctamente instruidas para estas lides?

Quienes conocen realmente este mundillo saben que los laboratorios españoles son un ejemplo de excelencia, sin fugas como las sí se han producido en otros países desarrollados de nuestro entorno. Tenemos grandes científicos que, sin embargo, están cada vez más arrinconados en los hospitales, donde los médicos se endiosan y donde las auxiliares de enfermería a veces no reciben la instrucción necesaria para determinadas cosas.

Tuvimos un gesto de país grande cuando decidimos repatriar a los nuestros, a esos hombres valientes que habían dado su vida por los demás. Eso nos honra. Fue un gesto torero de una nación que un día fue grande y que, de vez en cuando, tiene fogonazos de su verdadero potencial. Sin embargo, el listón se ha bajado tanto que ya no nos entra la sexta marcha cuando la necesitamos. Entre los países serios que pueden repatriar sin peligro a sus enfermos y los que no son capaces, estamos más cerca de lo segundo.  No todo se explica por el fallo de una técnico sanitaria, por mucho que la mayoría intentará a buen seguro consolarse con esa explicación. Son demasiados fallos en cadena que demuestran que aquí algo falla a un nivel muy superior. Estos días se hablará mucho de los síntomas de la enfermera del Carlos III y de todos los que hayan podido resultar infectados, pero el peor síntoma, de largo, lo tiene este país.

Fatiguitas y esperanzas de volver al país de los posmodernistas

Ea, ya pasó, ya pasó… respira hondo… ¿Te das cuenta de que en realidad es peor pensarlo que pasarlo? Por fin es viernes. Para muchos, el primer viernes tras la dura vuelta de las vacaciones. La primera bocanada de fin de semana tras el fatídico momento de meterte en la cama sabiendo que al día siguiente volverás a perder la libertad. Se acabó disponer de tu tiempo y poder alejarte de ti mismo, de tu día a día, para –qué curioso- coger perspectiva y conocerte mejor.

Estos días muchos se habrán consolado pensando en todos aquellos que, por desgracia, o no han podido desconectar o, si lo han hecho, ahora regresan a su rutina del paro. La rutina del que tiene un despertador al que se la sopla que sea miércoles o domingo. Eso sí que es jodido, aunque, claro, tampoco es fácil para los que vuelven a ese clavo ardiendo en el que se ha convertido su puesto de trabajo. Demasiados quejidos estos dos últimos meses. Padres en la playa indignados al teléfono porque la empresa les llama para acortar sus vacaciones de la noche a la mañana, maridos a los que se les obliga a viajar al otro lado del mundo a pesar de que su mujer afronta un embarazo de riesgo, maestros a los que se despidió en agosto para repescarles en septiembre con nuevo y poco agradable destino, bajadas de sueldo directamente proporcionales al esfuerzo y dedicación de un montón de años…

El patio no está para farolillos. Está más bien para colas como la que ha conectado recientemente la Plaza de Callao de Madrid con la Puerta del Sol. Cientos y cientos de personas esperando bajo el calor de la capital a llenar una bolsa con las frutas y hortalizas que nuestros agricultores no pueden vender porque ese mono venido a más que es el ser humano sigue dándose de palos, esta vez, en Ucrania. El hombre del campo se desangra y clama contra los distribuidores que, en estas circunstancias, prefieren seguir bajando el margen del agricultor, antes que el suyo propio.

Esta semana has vuelto a ponerte unos pantalones largos y te has colocado tu reloj de pulsera, ese reloj que te quitaste al comienzo de las vacaciones, para sumergirte de nuevo con tu coraza mental en este caldo de cultivo tan propicio para los abusos y las tentaciones nihilistas. Al final parece que Nietzsche dio en la diana con su doble moral. El pensador alemán que abrió las puertas del posmodernismo sostenía que los poderosos no necesitaban moral, sino simplemente la manera de mantener y agrandar su poder. La moral era para los débiles, para los perdedores que, perdida toda esperanza, debían decidir si conservaban su moral o también se dejaban llevar. A esos sí se les planteaba un dilema.

Asegura un estudio reciente que en nuestra sociedad hay más psicópatas de lo que parece. No psicópatas de matar con una motosierra. Más bien, gente incapaz de empatizar y meterse en la piel del prójimo. Gente muy capaz de decir una cosa toda su vida y hacer la contraria. Jordi Pujol sería un ejemplo de ese tipo de poderoso, mientras que todos los pringaos que pagan impuestos y trabajan con tesón por una miseria representarían a la otra parte.

¿Cómo seguir siendo honesto? ¿Cómo seguir haciendo las cosas correctamente? ¿Cómo no perder el amor por el trabajo bien hecho? ¿Cómo?, si el posmodernismo te enseña una y otra vez que los atajos funcionan, que la meritocracia es un cuento, que el más poderoso tiene ventaja, que los escrúpulos son un lastre, que el bueno es tonto… Nos han enseñado a conseguir las cosas rápido, a ser materialistas, narcisistas, a pisar al otro para no perder comba, a negar lo que es justo, a ponernos en la piel de los malos con series como Los Soprano o Breaking Bad. Todo es relativo en estos días.

Afortunadamente, la crisis parece traer algo positivo. Una encuesta del Centro Reina Sofía asegura que los jóvenes están abandonando los intereses hedonistas y personalistas, a favor del compromiso colectivo, la lealtad o la confianza. Para alguien que va a ser padre próximamente, es un alivio pensar que el mundo todavía tiene solución. Eso y que todavía hay vendedores que se tiran una hora y cuarenta minutos para informarte con todo lujo de detalles sobre todos los tipos de carritos, capazos, maxi cosis y sillitas de bebé. El vendedor trabaja en un gran centro comercial y sospecha que sólo vas a informarte para comprar luego en otro lugar. Aún así tiene paciencia y se le nota que se esfuerza para estar a la última y dar el mejor servicio. Además, es sincero y te hace ver que lo mejor no es lo más caro. Al día siguiente compruebas que hace lo mismo con todos los clientes. Y una vez que ya le has comprado, te avisa de que habrá una rebaja dentro de un mes y que puede hacer un cambio para que te beneficies…

Con gente así da menos pereza volver a sumergirse en este mundo. Lo mismo hasta escribo una carta a sus superiores simplemente para que sepan la joya que tienen. ¿Perder tu tiempo libre escribiendo una carta para favorecer a alguien que apenas conoces simplemente porque ha hecho bien su trabajo? Puede que eso ya no se lleve, pero ya ves… que se joda el posmodernismo.

Los jóvenes y la mala leche acumulada

La actitud vital de aquel profesor de instituto me pareció admirable. Aquel tipo, camino ya de los 50, jamás se hará viejo. Podrá cumplir años, pero no envejecerá porque ha decidido no acomodarse en su paradigma mental. Siempre estará dispuesto a asomar los bigotes más allá de su zona de confort y eso, a la larga, resulta clave. “Todo esto de Internet me asusta un poco, sobre todo los cambios de actitud y costumbres en los chavales de hoy. Pero me niego a demonizarlo. Simplemente, puede que yo, por edad, no lo entienda”, me comentaba al tiempo que detallaba fascinado el universo de posibilidades que acababa de descubrir en la red social interna que había puesto en marcha en colaboración con sus alumnos adolescentes.

Desde luego, descifrar lo que viene a lomos de los más jóvenes no es fácil. La industria del automóvil está que se tira de los pelos porque ha constatado que, por primera vez en la historia de la sociedad de consumo, los menores de 25 años no consideran como una de sus grandes prioridades tener vehículo propio. El mamón que atormentó a los Hombres G estaba en la cúspide del barrio porque, además de un jersey amarillo, tenía un Ford Fiesta blanco. Sin embargo, hoy en día los expertos en contratación de las empresas punteras van de culo porque no acaban de pillar el punto a los Millennials, como llaman los cursis a los nacidos a partir de 1980. Resulta que la última generación adulta asentada ya en el mundo laboral no lo fía todo únicamente a un buen sueldo ni al prestigio profesional. Los directores de recursos humanos están comprendiendo que para retener a los más talentosos tienen que ofrecerles otro tipo de incentivos intangibles. Los veinteañeros y los que comienzan a pisar la treintena (y tienen la suerte de trabajar) prefieren un sueldo más bajo si eso les deja tiempo libre, y valoran más que nunca que su empresa tenga buena reputación social, que respete el medioambiente… En definitiva, parecen un poco más honestos y llevan peor la hipocresía que la generación de sus padres. Algunos, incluso, llevan esa actitud al extremo y les da por hacerse hipsters. Se trata de esa moda que consiste en vestir vintage para entregarse a la nostalgia de un pasado más naif, más cándido. Los hipsters son unos tipos raros que optan por montar en bicicleta, tomar Prozac y hablar de forma irónica para combatir el cinismo que les rodea.

A otros, en cambio, les da por entregarse a un líder inspirador que les haga creer que “sí se puede”, ya sea un presidente negro, un entrenador aguerrido o un profesor universitario mediático y con coleta. “Podemos”, gritan todos. ¿Y qué le pasa al personal para que esté así de obsesionado con la utopía? Pues, posiblemente, estemos ante un choque entre lo nuevo y lo viejo, como no sucedía desde los años 60 del pasado siglo.

Los jóvenes de hoy en día llevan mal estar en el paro o tener un trabajo precario, a pesar de su formación y de hablar idiomas. Sobre todo porque viven en un sistema con demasiados gobernantes que no pasaron por la universidad, ni hablan idiomas, ni saben lo que es trabajar fuera del partido, ni fomentan, cuando no aniquilan directamente, la meritocracia. A los jóvenes de hoy, además, les revienta que esa clase dirigente les mire con displicencia y les diga que todavía son demasiado jóvenes para opinar o actuar, a pesar de que muchos han sobrepasado ya los 30.

“Todavía sois unos críos” dicen quienes con esa misma edad se embarcaron a hacer la Transición, no sin antes haber idealizado Mayo del 68, cuando se gritó “prohibido prohibir” y se arrancaron adoquines de las calles de París para montar jaleo. Los jóvenes de hoy en día, sencillamente, no entienden que esa misma generación critique ahora la utopía. Aunque lo que peor se entiende es que esa generación del Baby Boom siga todavía en el machito sin dejar sitio a nada más. Veamos: tontearon con la rebeldía y la violencia de Mayo del 68, hicieron la Transición en su juventud, fortalecieron la democracia, corrompieron la democracia y ahora todavía se ven con ánimos de regenerarla, mientras miran con recelo a los que vienen detrás.  En definitiva, lo viejo frente a lo nuevo en forma de generación tapón.

Lo malo es que el tapón no da más de sí, y a la mayoría de los que han llevado las riendas durante décadas el paradigma ya nos les sirve para entender lo que está pasando. De Gaulle no entendió que los medios de masas cambiaban las reglas de juego, y los que hoy todavía mandan se apuntan a Twitter si convicción para dejar la cuenta abandonada en cuanto termina la campaña electoral. Ahora están alucinando con que un partido salido de la nada con ideas y actitudes poco sensatas se haya colocado como cuarta fuerza nacional, aupada por los jóvenes con dos cañas y mucha campaña en las redes. En Izquierda Unida se preguntan por qué no les han votado a ellos si defienden lo mismo, en el PSOE no se preguntan nada porque hace tiempo se entregaron a la mediocridad y en el PP lo más que han sabido decir es que son todos unos frikis.

La mitad de los que han votado a Podemos tienen menos de 35 años y la mayoría poseen estudios universitarios. ¿Hay que hacerles mucho caso? Pues, por sentido común, no deberían tener demasiado recorrido, teniendo en cuenta que, a pesar de lo moderno de sus formas, se han presentado con una propuesta más vieja que los balcones de madera: el comunismo que ya fracasó donde quiera que fue implantado. Además, ahora deberán crear estructuras organizativas y no hay nadie en política que no haya perdido frescura y empatía en ese trámite. Posiblemente, los primeros que han conseguido capitalizar de verdad el malestar sean precisamente lo peor y más peligroso de los que tienen motivos para quejarse. De hecho, parecería el sector más cainita. Les delata su maximalismo y su lenguaje belicoso, casi militarizante, que entronca con toda la mala leche asquerosa que se vertió en las redes con motivo del asesinato de la presidenta de la Diputación de León. Cualquiera que tenga un poco de luces debería estar experimentando mucha inquietud ante las consecuencias que pueda tener la radicalización de la política. En todo caso, todo esto no deja de ser un síntoma de que el tapón por algún sitio tiene que saltar.

Bien harían los que llevan décadas mandando en tomar las medidas pertinentes para dejar que el agua salga poco a poco y no de golpe, una vez el tapón salte por los aires. Lo viejo debe ir dejando espacio a lo nuevo. A lo más valido y sensato de lo nuevo, porque, de lo contrario, será lo peor de lo nuevo lo que abra la brecha. En Francia lo hicieron en su momento y la V República sobrevivió a Mayo del 68. Cambiar todo para que todo siga igual, entendiendo «todo» como una sociedad avanzada y democrática en la que la inmensa mayoría vive razonablemente bien. De momento, los del machito ya le han visto la coleta al lobo.

Mi striptease tecnológico (y el tuyo también)

En la vida pocas cosas pasan por casualidad. ¿Por qué las aplicaciones de mi Smartphone insisten tanto en que les diga dónde estoy? ¿Por qué me aconsejan cada dos por tres que les facilite de forma permanente mi localización? “¡Para darte un mejor servicio, so cateto!”, dirán algunos. Y, en parte, no les falta razón.

Sin embargo siguen siendo muchos, tal vez demasiados, los que continúan sin ser plenamente conscientes del mundillo en el que nos hemos adentrado, a lo tonto a lo tonto, en apenas diez o quince años. A los que nacimos a finales de los 70 los ahora cincuentones todavía nos llaman “jovencitos”, aunque muchos ya estemos casados, con hijos, medio calvos o, en el mejor de los casos, peinando alguna que otra cana interesante. Es verdad que no somos unos abuelos, pero tampoco unos críos. Sin ir más lejos, no podemos presumir de ser “nativos digitales”. Los que comenzamos y terminamos con la EGB conocimos el mundo sin móviles y, peor aún… sin Internet!!!

Muchos no nos abrimos una cuenta de correo electrónico hasta que nos la ofrecieron en la universidad, donde también miramos con suspicacia y cierto cachondeo al primer compañero en posesión de un teléfono móvil. Luego llegó la conexión a Internet en casa tras convencer a tus viejos de que aquello era el futuro y no un simple gasto más para jugar a los marcianitos. El caso es que cuando nos hemos querido dar cuenta, no hay casa sin ADSL o superior; no hay bicho viviente sin al menos dos o tres direcciones electrónicas; ni amigo sin dos, tres o más perfiles abiertos en las distintas redes sociales que amenace con convertirse en Community Manager; y hasta tu madre, esa señora que se ha convertido en abuela, se lo pasa pipa mandando fotos de su nieto por el WhatsApp. Aunque lo más acojonante puede que sea ver al nieto, con poco más de un añito, deslizar el dedo por una revista de papel intentando que la foto o las letras respondan como la pantalla de una tableta.

Desde que el tren nos enseñó el concepto del minuto y los soldados británicos volvieron de la Primera Guerra Mundial con un reloj atado a la muñeca (de eso hace apenas un siglo) el ser humano no ha parado de correr a los Forrest Gump. Durante siglos los cambios tecnológicos y sociales fueron lentos y paulatinos. El hijo aprendía a trabajar y comportarse como lo había hecho su padre, y su abuelo y el padre del abuelo… Ahora no. Ahora lo que vivió tu padre no sirve de nada. Y lo que tú mismo viviste hace 15 años tampoco vale. El que no se sube al tren de la tecnología está listo de papeles: analfabetismo digital. Para no quedarnos out todos, con más o menos facilidad, con más o menos entusiasmo, hemos aprendido a manejar la tecnología que nos asalta por oleadas. El problema es que muchos, bien porque bastante han tenido con no ahogarse durante el cambio o bien porque ya han nacido dentro del cambio, no han interiorizado la tramoya del nuevo mundo en el que nos movemos. Nuevo paradigma, nuevas reglas.

Entre los castigos que Dios me ha impuesto en esta reencarnación de periodista radiofónico está el tenerme que leer toda la prensa todas las noches, a partir de las tres de la madrugada. Hay una perla que dejo siempre para el final: la contraportada de La Vanguardia.  Un lugar delicioso donde suelen aparecer personajes de lo más variopinto pero con un común denominador: una lucidez sobrecogedora que del detalle viaja a la categoría, ofreciéndonos las pistas para entender el mundo e intuir hacia dónde va. Este lunes 13 de enero los lectores nos hemos topado con José Luis Nueno, profesor del IESE e investigador de tendencias de consumo.

Pues dice el señor Nueno, entre otras muchas cosas, que las empresas bien asesoradas que deciden poner una tienda (de qué ponerla y dónde ponerla) se guían por el número de personas que pasan por una calle en concreto. ¿Y cómo lo averiguan?  ¿Se pone un tipo en una esquina a contar concienzudamente o a ojo de buen cubero?   No. Trabajan con un porcentaje de tráfico peatonal muy aproximado gracias a las señales que ofrecen los smartphones: “Nuestros big data de la señal de los móviles delatan nuestros trayectos”.

A eso hay que sumar que cada vez que pagamos con la tarjeta “confesamos” qué hemos comprado y dónde lo hemos comprado. Si en las redes sociales dejamos un rastro de “me gusta”, y por dónde quiera que vayamos cedemos con más o menos “confidencialidad” el trasiego de nuestros datos para usos comerciales,  los que manejan los hilos ya tienen suficientes mimbres como para conocernos casi como si nos hubiesen parido. Cada día regalamos una información ingente sobre nosotros mismos.  Pero todo se ha desarrollado tan deprisa, nos hemos adaptado a lo nuevo tan rápido, que casi no nos hemos dado cuenta.

Lo positivo es que, según el señor Nueno, la nueva era digital será buena para los jóvenes. A los ninis puede que les haya pillado el toro de la crisis, pero ese chiquitín en pañales que juguetea con el Smartphone de su padre “tendrá empleo y bien pagado. La demografía juega a su favor”.  Por cierto, según el profesor del IESE, el soporte papel desaparecerá y la prensa se leerá por completo a través de pantallas.  Ahora sólo falta que inventen algo para que, en caso de trabajar en un programa matinal de radio, no haya que madrugar tanto.