Si eres mujer, honesta y trabajadora… lo llevas claro

La pusieron verde. Y no un día, ni dos. Durante todo un año tuvo que aguantar todo tipo de comentarios, superfluos unos, ofensivos y denigrantes la mayoría de ellos. A su lado, su compañero de sonrisa Profident pasaba completa y felizmente desapercibido. De hecho, “a nadie le importó una mierda” (palabras del propio protagonista) que durante un año entero no se cambiara de traje.

El experimento televisivo que han realizado dos presentadores de un exitoso programa en Australia está dando mucho que hablar estos días en el mundo anglosajón. Karl Stefanovic decidió ponerse un traje azul, imitación de Burberry, durante doce meses sin avisar a nadie. Tan sólo se cambiaba de corbata y se limitaba a lavar el traje de vez en cuando, para que aquello no oliese a choto. Mientras tanto, su compañera Lisa Wilkinson cambiaba cada día de vestido y peinado. Al cabo de un año, destaparon el experimento y, medio decepcionados, medio indignados, compartieron su estupor con la audiencia.

Mientras a Karl se le juzgó por sus comentarios, su peculiar sentido del humor o el estilo de sus preguntas, sin que nadie reparase que todos los días vestía igual, a Lisa no hubo un solo día en que los comentarios, a través de redes sociales, revistas o llamadas telefónicas, no la pusieran en el disparadero por el vestido que llevaba ese día o cómo se había peinado. Y eso que la muchacha tenía un estilo más o menos elegante, y para nada arriesgado o estrafalario. Vamos, que ni era mojigata ni tampoco Lady Gaga. Lo normal.

En medio de las reflexiones sobre la pulsión que tenemos los seres humanos por juzgar al prójimo por las meras apariencias, lo rápido que ponemos etiquetas y lo estúpidos que podemos llegar a ser en ocasiones, Karl Stefanovic soltó una última reflexión que dejó a todos en silencio: “¿Se puede decir que estamos ante un caso de machismo, cuando la inmensa mayoría de los comentarios ofensivos que ha sufrido Lisa han sido realizados por mujeres? ¿Hablamos de sexismo cuando son mujeres juzgando a mujeres?”

A mí, personalmente, este experimento me ha traído a la memoria aquella frase que pronunció Pío Cabanillas en los tiempos de la UCD: “Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros”. La verdad es que si uno hace memoria, son muchas las ocasiones en las que ha oído a mujeres quejarse de que, a veces, en la guerra de la igualdad es peor el fuego amigo que el enemigo. Y no estoy pensando en la querencia que tienen las mujeres a eliminarse entre ellas en los reality shows. Ni siquiera en ese comentario socarrón que a veces se escucha en boca de los hombres, según el cual si en el mundo sólo quedasen mujeres, se sacarían los ojos; mientras que si sólo quedasen hombres, la Humanidad se extinguiría igual, pero de forma más lenta porque los últimos especímenes acabarían “dándose cariño” los unos a los otros. Nunca lo sabremos…

Más bien estoy pensando en todas las mujeres de mi entorno que se han quejado de lo mismo: a la hora de pedir la baja por maternidad, te suelen poner más trabas y son mucho más bordes las mujeres que los hombres. La última que me lo ha comentado, cuyos desvelos siento como propios, tuvo la posibilidad de dejar de ir a trabajar desde el mismo momento que supo que estaba embarazada. El tipo de trabajo y el lugar donde lo desarrolla se lo permite por convenio y, además, cobrando el 100% del sueldo. Sin embargo, prefirió trabajar ocho meses, con sus madrugones y sus estreses, por profesionalidad y porque ella estaba “embarazada, no enferma”. Toda una declaración de feminidad.

Pero he aquí que, cuando ya no ha podido más, en lugar de agradecerle los ochos meses de sueldo que le ha ahorrado, la mutua le planta a una impresentable mascadora de chicle, que la trata poco menos que como una delincuente. Una maleducada que aprovechó que la mujer había sufrido la semana anterior una ciática para denegarle la baja “porque eso es una patología y te tiene que dar la baja la seguridad social”. Poco antes, otra impresentable de la Seguridad Social le había comentado que era la mutua la que debía darle baja, no sin antes rellenar mal un formulario. Error que aprovechó la lagarta de la mutua para intentar pasar el muerto de la baja a todos los contribuyentes. Dos impresentables, que con muy malas formas y mucha desidia, han tratado a una “compañera” como una pelota de ping pong, cuando honestamente ha comunicado que ya no puede más. Y luego hablan de la defensa de la maternidad…

De todo esto, yo saco una serie de conclusiones: no estaría mal un poco más de solidaridad entre las mujeres, dado que la vida ya se encarga de ponerles más piedras en el camino que a los hombres. La segunda conclusión es que la poca vergüenza de las mutuas laborales a la hora de pasar a las arcas del Estado el mochuelo que a ellas les corresponde se merece un buen reportaje y buena denuncia. Y la tercera, que en este país ser honrado y trabajar al máximo mientras uno buenamente puede hacerlo, en lugar de ser valorado, penaliza. Eso sí que es grave.

Cataluña, año 2034

Año 2034. Los coches todavía no vuelan, ni el aumento del nivel del mar se ha tragado la península Ibérica. De hecho, las torres Mapfre siguen siendo testigo mudo del idilio de Barcelona con el mar Mediterráneo. Los bañistas disfrutan del buen tiempo, mientras la televisión pública catalana informa de la última comparecencia del presidente de la Generalitat, Jaume Fernández.

El presidente catalán anuncia un paquete de medidas para reactivar la economía catalana y fomentar la inversión internacional. En su discurso, Fernández hace suyo el argumentario del Partit Democràtic, la formación de izquierdas que surgió de la nada y llegó al poder tras el desencanto que provocó la gestión de Esquerra y Convergència durante los primeros años de independencia. En ese discurso se ataca a España y se achaca a Madrid una buena parte de los males que padece Cataluña.

“España sigue sin perdonarnos que quisiéramos ser libres” lamenta el president. Lo dice por las últimas maniobras del gobierno español en Bruselas para potenciar el puerto de Valencia y la conexión del gran centro logístico de Zaragoza con Francia. Esa maniobra perjudica a una Cataluña que, más de una década después, sigue intentando entrar en la Unión Europea, ante el veto liderado por España y Francia.

En estos últimos lustros la relación Madrid-Barcelona no ha sido fácil. A la negativa de Cataluña de pagar la parte de la deuda soberana que le correspondía cuando España dejó de mantenerla y le dejó caer a bono basura, llegó el reajuste de Madrid a la parte de las pensiones que debía pagar a los catalanes, el veto a su entrada en Europa y los aranceles a productos catalanes. El PIB de España cayó un 17% y el de Cataluña un 29%. Con todo, los patriotas catalanes sacan pecho y aseguran que, a pesar de todo, no son Chipre como vaticinaron algunos “unionistas del miedo”. Las pymes catalanes se las han apañado para seguir funcionando en mercados exteriores, aunque sea trabajando más por menos.

Ciertamente, hay lugares en la Tierra peores donde vivir y se mantiene la esperanza de que, tarde o temprano la Unión Europa accederá a su reingreso. Sin embargo, a nadie se le escapa que Cataluña no es, todavía a día de hoy, el lugar ideal que dibujaron los independentistas y que toda una generación ha pagado con una considerable merma de bienestar el proceso separatista. Por no haber, no hay ni siquiera la anhelada homegeneidad nacional y lingüística porque, hoy en día, Cataluña tiene un problema de tiranteces con la “minoría española” que vive en su territorio. Especialmente tensas fueron las manifestaciones de los jubilados que vieron perjudicadas sus pensiones y de los trabajadores que perdieron su empleo con la ruptura. La imposibilidad de financiarse dificultó enormemente la estrategia de la Generalitat de generar empleo público. Los primeros años fueron muy duros.

Como sucediera con Irlanda respecto al Reino Unido, los catalanes, sorprendentemente, siguen consumiendo mucha “cultura española” a través de la televisión, y la mayoría continúa tomando las uvas en Nochevieja, a pesar de alguna que otra campaña patriótica en pro de abandonar ese “vestigio de la dominación española”. El Barça sigue paseándose por la liga catalana, aunque no abandona las negociaciones con la federación francesa para jugar en el campeonato galo al estilo del Mónaco. El último año en la liga española fue desagradable. La propuesta de los blaugranas de cambiar el nombre de la liga española por “liga ibérica” se tradujo en continúas pitadas y recibimientos calientes en la mayoría de campos. La presión del Atlético de Madrid, Valencia y Sevilla, deseosos de escalar un peldaño en el escalafón del fútbol español, fue decisivo para su expulsión. El último Madrid-Barça se disputó hace ya 16 años.

A los que les va muy bien, por cierto, es a determinados periodistas y empresarios de la comunicación que, tras dominar el espacio comunicativo catalán en la época de autonomía dentro de España, cuando eran amos y señores de la propaganda proindependentista, supieron hacer valer su trayectoria para convertirse en los dueños del nuevo escenario audiovisual catalán. Tampoco se pueden quejar los políticos que arrastraban serios problemas judiciales con los tribunales españoles. Jordi Pujol murió tranquilo en Barcelona y la Generalitat le ofreció un funeral de Estado, rehabilitado ya como el “hombre que posibilitó la construcción nacional”.

Por lo demás, la gente sigue viviendo, riendo, llorando, enamorándose y divorciándose como siempre. Si acaso, en estos últimos tiempos se nota cierto resquemor al comprobar que el conjunto de España sufrió un poco menos el impacto económico de la ruptura y, sobre todo, que se está recuperando más rápidamente. Una España, sin duda, muy cambiada. La pérdida de Cataluña fue una catarsis colectiva para empezar de cero. Se airearon las instituciones y se apostó por un nuevo modelo productivo con el que intentar desquitarse. Convertirse en un país moderno fue la manera que tuvieron algunos de darle en las narices a quienes no quisieron ser españoles. El experimento de Podemos duró poco. La contribución de Pablo Iglesias a la secesión fue castigada por un electorado que se ha vuelto claramente de centro derecha. Los socialistas españoles recuerdan con nostalgia el granero de votos que representaba Cataluña para auparles a La Moncloa. En esta nueva España, la derecha liberal gana tres de cada cuatro elecciones y muchos socialistas se preguntan si no se equivocaron en su gestión del nacionalismo. El País Vasco y Navarra, por cierto, continúan dentro de España con un estatus parecido al de Estado Asociado. El temor a perder las ventajas fiscales y el ilustrativo batacazo de la economía catalana hizo que los vascos no quisieran dar el paso decisivo.

Aún así, no hay español que no vea con nostalgia, aún hoy, el mapa del tiempo y las nuevas fronteras. No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, y muchos se han dado cuenta ahora de la enorme huella que dejo Cataluña en España. Hubo un tiempo en el que uno de cada seis españoles era catalán y, aunque algunos orgullosos no lo quieran reconocer, se les echa de menos. Han pasado casi 20 años de la ruptura y en la Franja los paisanos de Fraga y Alcarràs siguen cruzando la linde para tomar café o comer al otro lado. De vez en cuando sale el tema y no son pocos los que se preguntan si no hubiera sido mejor ser, entre todos, más razonables, pragmáticos y constructivos…

Como habrá podido comprobar el lector, algunos catalanes nos hemos atrevido a recrear un posible futuro distópico, animados, sin duda, por la borrachera imaginativa que sufre nuestra tierra estos días. Uno siente cierto respeto por aquellos que, aún asumiendo posturas radicales, demuestran ser consecuentes con su trayectoria y asumen que la independencia será costosa en muchos aspectos. Sin embargo, no se puede sentir más que pena y compasión por los que acudieron a votar el 9-N con la idea de “ya se verá si esto es mejor o no” o “nos pagarán mejores pensiones”.

Seguro que la distopía aquí recreada yerra en muchos aspectos, pero me juego lo que quieran a que se acerca más a la realidad que el posible mundo idílico de una Cataluña suiza o danesa. Que con un 30% de votos algunos se atrevan a llamarse “mayoría cualificada” demuestra hasta qué punto estamos en un momento grave. No se sabe qué pasará, pero lo que es seguro es que los selfies en las urnas corroboran aquello que advierte el maestro Claudio Magri: El nacionalismo es el fetichismo de la identidad.

Sin dientes y pagando la factura de la luz

El amor no tiene edad. Por no tener, no tiene ni miedo a un nuevo fracaso de esos que te dejan sin dientes y pagando la factura de la luz. Sin embargo, el enamoramiento tardío sí tiene memoria. Por eso los dos cincuentones que comen en un bar de menú a 9 euros trufan su agradable conversación con oportunas advertencias cifradas sobre sus manías irreconducibles (no me acuerdo nunca de bajar la tapa del váter) o sus cargas irrenunciables (tengo dos hijas que son lo primero para mí). Nunca es tarde para que dos almas solitarias sondeen la posibilidad de comenzar una nueva andadura, si la experiencia vivida y las cicatrices sufridas se ponen sobre la mesa de buenas a primeras.

Los dos tortolitos no tienen reparo en expresarse a viva voz, a pesar de los oídos indiscretos del resto de comensales. Claro que, para indiscreto, el dandi que comanda la conversación de la mesa contigua. Pelo cano y fuerte, de ese que te permite sortear la calvicie cruzada la madurez, y cuerpo razonablemente atlético. El reloj y la camisa denotan poderío y quienes se sientan a su mesa le escuchan embelesados. Todos menos la que debe ser su mujer. Ella asiste a la ceremonia pinchando el tenedor en el filete con la indiferencia de quien ya ha asistido muchas veces a la misma función.

El tipo pertenece a esa subespecie que alterna los bocinazos con repentinas bajadas de voz, como si de repente cayese en la cuenta que está siendo indiscreto, pero sin dejar de buscar fugazmente la mirada cómplice de los desconocidos que le rodean. No quiere que los demás cacen datos clave, pero se gusta siendo centro de atención y demostrando, aquí y allá, que sabe manejar la guita y que le va razonablemente bien.

Una amiga muy pija, que solía ir de compras a Londres como el que va a La Gavia del Ensanche de Vallecas, me comentó una vez que demostrar a todas horas que tienes mucho dinero es síntoma de mal gusto. “Falta de elegancia”, creo que fueron sus palabras. “Los ricos de toda la vida son muy discretos, a diferencia de los que se han enriquecido de la noche a la mañana”, me comentaba pensando con asco en los constructores que se hicieron de oro durante la burbuja inmobiliaria. Sin duda, mi amiga habría disfrutado con las confesiones de nuestro dandi.

Resulta que hace unos años se hizo con una opción de compra sobre unos terrenos para construir una serie de chalets. Antes de que el terreno fuera propiamente suyo decidió iniciar las obras con la ayuda de unos socios a los que ocultó que aquello todavía no le pertenecía realmente. La contrapartida era cederles algunas de las viviendas a un precio irrisorio sobre el papel. Bajo cuerda habían pactado un precio algo más alto que le darían en negro. Cuando llegó la hora de la verdad, los socios se negaron a pagarle ni un duro más de lo que ponía en los papeles y le denunciaron por el asunto de la titularidad de los terrenos. “Me tangaron y encima me llevaron a juicio y me condenaron”, concluye el dandi en un final apoteósico de su performance, mientras los comensales niegan con la cabeza acompañándole en la indignación.

Que un tipo que intentó tomar el pelo a unos socios y que pactó defraudar a Hacienda se ofenda porque los socios le acabasen tomando el pelo a él, y sobre todo que lo explique con ese desenfado, da una idea de cómo somos por estos lares. Ahora nos indignamos mucho con la corrupción. Nos damos golpes de pecho y exigimos castigo, sin querer reconocer que la mayoría de los que no sisaron no lo hicieron porque no tuvieron ocasión. No nos engañemos, aquí hay demasiados dandis dispuestos a hacer dinero fácil y demasiada gente que les ha visto siempre con sana envidia. Gente que no ha explotado hasta que les ha faltado para el potaje. Entonces sí, entonces pedimos castigo y justicia poética.

Pero la justicia poética la carga el diablo. La política es como el fútbol: un estado de ánimo. Y en el barrio de El Retiro alguien se ha animado a pintar la hoz y el martillo en un anuncio de marquesina donde reza: “creemos en la energía de este país”. No sé si servirá como lema, pero el CIS ha confirmado lo que muchos no han querido escuchar durante mucho tiempo: en este país hay demasiada gente demasiado cabreada y desesperada. Tanto como para amenazar con dar la llave de la gobernabilidad a un profesor universitario que se reconoce admirador de Robespierre y del uso de la guillotina en tiempos de revolución. Que esta opción aglutine el voto, o al menos la amenaza de voto a un año de las generales, de tantísimos ciudadanos demuestra lo mal que están las cosas y la desprotección intelectual con la que afrontamos este envite.

Precisamente, esta semana se celebran los 25 años de la caída del muro de Berlín. Tan sólo hemos necesitado un cuarto de siglo para comprobar que el capitalismo sin contrapesos lleva a una sociedad crecientemente injusta e inhumana. Tan sólo 25 años para que otros se hayan dejado, con descaro, la memoria en el cajón para recuperar del armario de la naftalina recetas colectivizantes que resultaron igualmente desastrosas, injustas e inhumanas. ¿Qué hacer? Entre el capitalismo salvaje y el comunismo casposo debe haber algo lo suficientemente decente como para que nos podamos gobernar con dignidad.

Son tiempos de cambios profundos y debemos estar atentos para desechar tanto a los adanistas que prometen el oro y el moro, como a quienes se creen que esto se arregla con una mano de pintura. El posmodernismo nihilista de los que han partido bacalao es tan pernicioso como la era del voluntarismo naif que ahora pregonan algunos.

Curiosamente, unos y otros desconfían de propuestas intermedias como las del economista Thomas Piketty, un capitalista del que discrepa la élite capitalista porque propone recetas para redistribuir la riqueza, y del que también desconfían los neocomunistas porque no deja de ser capitalista. No sé si las recetas de Piketty serán la panacea, pero yo iría abriendo el oído a todo tipo de propuestas sosegadas. Lo que sí sé es que a Churchill no le faltaba razón cuando decía que la democracia es el mejor sistema porque garantiza que no tengamos un gobierno mejor del que nos merecemos. Ahora que tanto nos indignamos, haríamos bien en mirarnos en el espejo para reconocer con humildad y autocrítica que somos lo que hemos votado, que hemos votado lo que somos y seremos lo que votemos. Que la solución no radica en los políticos, sino en la honestidad y el empuje de cada uno de nosotros como ciudadanos. Importante tenerlo en cuenta para no quedarnos definitivamente sin dientes y pagando la factura de la luz.

Cuando la ficción no puede superar a la realidad

Está visto que una de las peores cosas que pueden afligirte en esta vida es la autocensura. Más de un colega de esos que se dedican a escribir guiones o novelas se queja a menudo de lo mismo. Presentas tu idea a una productora o una editorial y siempre te encuentras con algún cretino que te suelta frases del tipo: “éste relato no es creíble”.

Con esto de la crisis se ha acentuado la apuesta por las historias cercanas y los que gustan de fantasear lo tienen más complicado. Y tú, que quieres hacer las cosas bien, después de documentarte concienzudamente para construir tramas, personajes y ambientes, comienzas a comerte el tarro con si la historia estará lo bastante atornillada a la realidad como para, a partir de ahí, despegar hacia lo insólito, hacia un escenario kafkiano que golpee en lo más hondo al lector o telespectador, precisamente, porque parte de una cotidianidad que asusta de tan familiar que resulta. Y ahí es cuando algunos rebajan determinadas tramas del borrador, al temer que ciertos puntos del relato puedan resultar inverosímiles y provocar el rechazo de quien decide.

No sé si será por eso, pero aquí lo que se lleva es presentar capítulos piloto de series sobre gente de barrio que trabaja en un karaoke, historias de amor y odio ambientadas en los años de la posguerra o retratos costumbristas de una escalera de vecinos en clave de humor canalla. El surrealismo y las cosas difíciles de digerir se dejan para los Reality de televisión. Pocos tienen bemoles para llegar a la reunión con el cretino de turno y decirle: “Pues tengo una historia de un pueblo al que, de repente, le cae una cúpula encima, trasparente pero que no hay quien la atraviese. Y a partir de ahí empiezan a pasar cosas chungas…” o “un tipo muy normal se entera de que tiene cáncer y decide ponerse a procesar drogas para garantizar el futuro de su familia, y así, a lo tonto, se convierte en un capo supermalote”. “No lo veo”, suele replicar el cretino. Y es curioso que algunos tengan tantas reticencias a las historias que parten de la realidad para acabar siendo surrealistas o rozando el realismo mágico de Gabo y compañía. Más raro es aún, si pensamos que estamos en España, un país donde la vida es un continuo despelote surrealista.

Sólo hay que echar un vistazo a los periódicos o los telediarios para comprobar que aquí la realidad supera la ficción, a una velocidad acongojante. Díganme ustedes, si no, quién tendría arrestos para plantear una historia de ficción pero no fantástica sobre un nota de 20 años, de origen humilde, al que cazan de repente por haberse hecho selfies con buena parte de la fauna y flora político-económica de este país. Imagínense la cara del señor de la productora, mientras le explicas que, en un primer momento, nuestro entrañable pillo parece el típico friki que acude a los saraos para hacerse fotos, pero no. Los puñeteros periodistas descubren que el chaval entraba en los saraos más elitistas porque estaba invitado y tenía contactos al más alto nivel. La policía llega a sospechar que se trata de un agente del CNI, y el CNI que es un comisionista de políticos o un conseguidor para empresarios turbios. Y en éstas, sale una amiga conocida como “La Pechotes” que le defiende en la prensa, pero que asegura no ser su novia… Toda historia que se precie debe tener su pizquita de tensión sexual no resuelta…

Definitivamente, en este país no nos aburrimos. Así no hay quién aspire a escribir una buena historia que supere a la realidad. Tradicionalmente, los periodistas han dado el salto a la literatura o el guión. Pero, visto lo visto, lo mejor será emprender el camino inverso y volver al periodismo puro y duro. Digo yo que alguien deberá ayudar a los jueces a contestar la tormenta de preguntas que flota estos días en el aire. A saber: ¿Quién es realmente el pequeño Nicolás? ¿Quién está detrás de él? ¿Se podrá destapar la verdad si ésta deja en mal lugar a políticos y empresarios de máxima relevancia y moral distraída?

Lo mismo se podría decir de mil escándalos de corrupción que nos asolan estos días y que podrían demostrar que, a la hora de repartirse el pastel, nacionalistas y no nacionalistas, ahora tan peleados por Cataluña, se han dado cremita y han modificado las leyes a la chita callando para que sus delitos fiscales prescriban muy rápido.

Imposible que los propios políticos se destapen a sí mismos, y difícil que los jueces, controlados por la partitocracia desde el mismísimo Consejo General del Poder Judicial, puedan hacer solos todo el trabajo. Hacen falta periodistas de verdad, periodistas que se arriesguen y que investiguen en el sentido estricto de la palabra. Y es que hoy en día se llama periodista a cualquiera. El maestro Kapuscinski, conocedor de este problema, diferenciaba entre “periodistas” de verdad y “media workers”, que traducido vendría a ser algo así como trabajadores de los medios de comunicación. Profesionales del lenguaje que se dedican a escribir noticias breves, normalmente refritos de los teletipos de agencia. Gente que habla de oídas.

En el mundo de los media workers, la precariedad de las redacciones y la falta de recursos y voluntad para investigar es palmaria. Cada vez es más difícil enfrentarse al poder político y ya no digamos al económico. Una situación completamente diferente a la que vivió el mítico Ben Bradlee. El que fuera director del Washington Post, fallecido recientemente, supo enfrentarse a las presiones políticas y económicas para destapar la trama de corrupción del Watergate que derribó a un presidente de Estados Unidos. Hoy en día, sin embargo, son más bien los gobiernos los que derriban a directores de periódicos.

No sé si llegaremos al punto de los cómics estadounidenses, en los que un periodista se transmutaba en Superman o un fotógrafo en Spiderman, pero hacen falta héroes que se enfrenten al poder. El viejo Bradlee decía que para dirigir un medio de comunicación había que tener la valentía de un militar. “Salgan hay fuera y consíganme la noticia”, solía ordenar a una redacción imbuida de su espíritu. El mítico director del Post nos ha dejado para siempre, pero las historias que superan a la ficción siguen ahí fuera esperando que alguien las cuente.

El efecto Potemkin y los verbos copulativos

Cuando éramos pequeños, cuando el mundo de los adultos todavía era algo lejano y la ventana de clase era una rendija abierta al escapismo mental a la espera de que el timbre del recreo nos liberase, alguien, quizá aquella profesora de lengua, baijta y risueña, nos habló de los verbos copulativos.

Ser, estar y parecer. Nos explicaron que no era lo mismo ser que estar. Si malo es decirle a una mujer “estás fea”, mayores pueden ser las represalias si le sueltas un “eres fea”. Lo primero puede ser culpa del vestido o el maquillaje, lo segundo ya convierte el problema en algo estructural de difícil solución. Lo mismo sucede si la víctima contraataca legítimamente con un “eres gilipollas”. Simplemente con que nos regalase un “estás gilipollas”, podríamos lamernos las heridas de vuelta a casa en el consuelo de haber tenido un día espeso. A todo esto, ni que decir tiene que no es lo mismo “ser bueno” que “estar bueno”. Los guiris son especialmente propensos a estos equívocos…

El problema viene cuando se aborda el tercer verbo en discordia: parecer. O no nos lo supieron explicar bien, o quizá nosotros estábamos demasiado distraídos mirando por la ventana. El caso es que, visto lo visto, se diría que los españoles somos dados a entender el verbo parecer como sinónimo de ser o estar.

Para algunos será un error semántico o gramatical sin mayor importancia, pero a lo largo de la Historia son muchos los que han demostrado las inquietantes consecuencias que puede tener, voluntaria o involuntariamente, confundir ser o estar con parecer. Que se lo digan a Catalina la Grande, emperatriz de Rusia a la que el mariscal Potemkin dio gato por liebre cuando visitó Crimea. El astuto de Potemkin sabía que la región que gobernaba dejaba mucho que desear, así que construyó una serie de decorados que simulaban ser suntuosos edificios. Cuando el carruaje de Catalina avanzó por los decorados, la zarina se convenció de que Crimea era un lugar próspero y muy bien administrado. Detrás de esas fantásticas fachadas no había nada, tan sólo unas vigas que sostenían el cartón piedra, pero a Potemkin le bastó para colgarse unas cuantas medallas.

Desgraciadamente, los Potemkin también abundan por la península Ibérica hasta tal punto que se han convertido en un mal endémico. La crisis del ébola ha demostrado que el hospital Carlos III de Madrid era un gran decorado que simulaba ser un centro de referencia capaz de albergar un P4 de bioseguridad. El paso de los días ha confirmado que ni los trajes eran los adecuados, ni el personal había sido correctamente entrenado, ni se había instruido a todos los profesionales que podían verse implicados en una crisis sanitaria, ni los protocolos estaban bien diseñados.

Muchos fallos y muchas rectificaciones sobre la marcha que dejan en evidencia a los que aseguraron que “no había riesgo” o que “estábamos preparados”. El problema vuelve a ser el de siempre. Aquí hace mucho tiempo que se perdió el amor por el trabajo bien hecho, hace mucho tiempo que se bajó tanto el nivel de exigencia que nos hemos acabado conformando con que algo “parezca” estar bien hecho. La cultura de salir del paso y de aparentar nos hace mucho daño y acaba por desmotivar a toda la gente buena a la que, si le diesen los mimbres necesarios, harían un monumento al “ser” eficaces y al “estar” preparados.

De momento, se ha cumplido el pronóstico que lanzábamos aquí hace una semana. Los Potemkin decidieron negar su responsabilidad y comenzaron una campaña de descrédito de la enfermera. Posteriormente, han aflojado en sus críticas, pero siguen sin asumir las consecuencias de los fallos cometidos, mientras entre todos nos hemos enzarzado en discusiones lamentables, desde los necios que critican la repatriación de los misioneros enfermos a los lumbreras que sacrificaron al perro sin entender que ese animal podía ser una mina para la ciencia. Todo entre tardogoyesco y berlanguiano.

No sabemos si habrá dimisiones o algunos se aferrarán al cargo con tal de no perder los privilegios, no sabemos si las pautas sanitarias y de seguridad que se están siguiendo ahora se mantendrán cuando haya pasado la marea y no sabemos si Teresa, en caso de que sobreviva, podrá explicar por qué no se identificó en el ambulatorio o por qué se fue a depilar mientras mandaba a su marido a la otra punta del piso por si acaso. Esos son retales de esta crisis que todavía colearán en los próximos días, pero si hay una conclusión que podemos sacar de todo esto es que las trampas al solitario se pagan caras.

Y hacerse trampas al solitario no sólo es engañarse y hacer pasar un “parecer” por un “ser”. Hacerse trampas al solitario también es pretender que la financiación de nuestros centros sanitarios y de investigación siga siendo lamentable. Aquí hemos pasado de traer a dos enfermos de ébola sin tener un centro verdaderamente preparado para ello a no tener narices de mantener a un perro en cuarentena. Demasiado patético todo para el alto nivel de nuestros científicos, de todos esos biólogos o veterinarios que se marchan fuera para no volver, y de los que se quedan en casa aguantando quina y agudizando el ingenio.

Estos días, sin ir más lejos, se está hablando mucho de un vídeo que a mí, personalmente, me despierta tanta admiración como melancolía. Los trabajadores del centro de investigación biomédica IRB de Barcelona han lanzado un video musical para conseguir donaciones. No son profesionales del bailoteo, pero como son gente seria se han dejado asesorar por realizadores y coreógrafos, porque las cosas o se hacen bien o no se hacen.

Y la verdad es que el vídeo está muy currado y muy bien editado. Cada vez que alguien pulse el play recibirán un donativo para seguir investigando. Yo voy a visionar el vídeo para poner mi granito de arena, pero no pierdo la esperanza de que, algún día, los que se rebanan los sesos para encontrar la fórmula que nos podría salvar la vida en el futuro no tengan que montar semejante sarao para evitar que el parecer se siga imponiendo al ser.

De donde no hay no se puede sacar

Hay cosas que no tienen arreglo. Hay hechos, señales, síntomas que confirman que hasta aquí hemos llegado. Definitivamente, de donde no hay no se puede sacar. Hay países serios y países que están hechos un cisco. Y nosotros, amigos, estamos hechos un cisco. Dicen que para llegar a la excelencia hay que buscarla cada día con ahínco. Jamás se podrá llegar a la perfección, pero si quieres acercarte a ella, aunque sólo sea un poco, tienes que pelear con el convencimiento de que la perfección es posible.

Nosotros, en cambio, hace tiempo que dejamos de buscar la excelencia. Se bajo el listón y nos conformamos con ir tirando. Nos dio pereza inventar y preferimos vivir de lo que nos daba el sol y playa. Nos dio la risa investigar y elegimos especular con el ladrillo. Nos dio vértigo ser grandes y nos quedamos enrocados en nuestro provincianismo decimonónico. Nos pareció inconcebible retener a los mejores y nos conformamos con dirigentes casposos que buscan el beneficio rápido, que mienten para conservar la poltrona y que priman al pelota sumiso por delante del profesional serio y con principios.

Cuando eso es así, de forma generalizada y durante mucho tiempo, al final los usos y costumbres se acaban modificando. Y lo hacen a la baja. Sólo en un país con un listón muy bajo podría haber sucedido lo que ha sucedido en el Hospital Carlos III de Madrid. Los ciudadanos de este país hemos visto a tres políticos comparecer ante la prensa para balbucear que una enfermera se había contagiado de ébola. Los tres ofreciendo los mismos datos básicos y sin saber dar las claves de lo ocurrido. Eso sí, insistieron en que no hay peligro de contagio. El problema es que, efectivamente, si se cumple con el protocolo, no debe haber contagio. Algo se ha hecho mal y, hablemos claro, no tienen ni puta idea de qué se ha hecho mal. Resulta patético ver como los supuestos responsables de nuestra sanidad reiteran, para infundir tranquilidad, que hace falta un contacto directo con las secreciones de un enfermo. Los especialistas en esta materia no se están tirando por un balcón, pero están francamente preocupados. Con tener 38 de fiebre, se suda. Si sudas y tocas la barra del metro, si estornudas sobre la mesa de la cafetería o si le das la mano a otra persona en esas condiciones se puede producir contagio.

Y lo malo es que esa enfermera gallega de 44 años alertó el pasado 30 de septiembre de que tenía fiebre, pero hasta el lunes 6 de octubre no se dignaron a hacerle las pruebas. Eso también es protocolo, y se lo han pasado por el arco del triunfo. Estuvo de vacaciones, haciendo vida normal y exponiéndose a su marido y cuantas personas se hayan topado en su camino durante esos largos días. Ahora sí, ahora corremos para controlar a esas personas, pero si lo hacemos con el mismo ahínco con el que se ha vigilado a la enfermera lo llevamos claro.

Ahora políticos y tertulianos de oficio pedirán tranquilidad para saber qué ha pasado, y lo siguiente será echar la culpa a la enfermera por haber roto el protocolo. Sin embargo, los que saben de esto aseguran que si el protocolo está bien diseñado, no se puede romper y no da pie a error humano posible. Se han hecho las cosas mal y se renunció a aislar el hospital para acoger al segundo misionero infectado. ¿Quién tomó esa decisión y por qué? ¿Quién formó parte del diseño del protocolo? ¿Había científicos en ese gabinete o predominaban los médicos? ¿Estaban las enfermeras correctamente instruidas para estas lides?

Quienes conocen realmente este mundillo saben que los laboratorios españoles son un ejemplo de excelencia, sin fugas como las sí se han producido en otros países desarrollados de nuestro entorno. Tenemos grandes científicos que, sin embargo, están cada vez más arrinconados en los hospitales, donde los médicos se endiosan y donde las auxiliares de enfermería a veces no reciben la instrucción necesaria para determinadas cosas.

Tuvimos un gesto de país grande cuando decidimos repatriar a los nuestros, a esos hombres valientes que habían dado su vida por los demás. Eso nos honra. Fue un gesto torero de una nación que un día fue grande y que, de vez en cuando, tiene fogonazos de su verdadero potencial. Sin embargo, el listón se ha bajado tanto que ya no nos entra la sexta marcha cuando la necesitamos. Entre los países serios que pueden repatriar sin peligro a sus enfermos y los que no son capaces, estamos más cerca de lo segundo.  No todo se explica por el fallo de una técnico sanitaria, por mucho que la mayoría intentará a buen seguro consolarse con esa explicación. Son demasiados fallos en cadena que demuestran que aquí algo falla a un nivel muy superior. Estos días se hablará mucho de los síntomas de la enfermera del Carlos III y de todos los que hayan podido resultar infectados, pero el peor síntoma, de largo, lo tiene este país.

El cliente siempre tiene la razón, aunque a veces ni lo sepa

Cuenta la leyenda que Isidoro Álvarez, siendo ya de largo el gran Isidoro Álvarez, cogió un día el abrigo y cruzó la calle para visitar de incógnito una tienda de Zara. El presidente de El Corte Inglés, el hombre que había convertido el mítico almacén de Preciados en el imperio que hoy todos conocemos, se paseó por aquella tienda de Inditex observando el género, su disposición, la actitud de los dependientes, el hilo musical, los precios… Nada ni nadie quedó sin pasar por el ojo escrutador de don Isidoro. Tenía el mítico tendero un gran imperio, pero algo le tenía medio mosca. Había notado que, en los años de crisis, su sección de moda había encajado el golpe algo peor que Amancio Ortega.

¿Qué estaba haciendo aquel gallego que había comenzado vendiendo batas de boatiné en La Coruña para vender más que nadie en tiempos de crisis? ¿Por qué atraía con mayor facilidad a los más jóvenes? En esta España nuestra, cualquier presidente de más de 70 años, que ya lo hubiese demostrado todo, se habría acomodado, habría mirado la cuenta de resultados y hubiese pensado: “bueno, sigo teniendo beneficios a pesar de todo y mi negocio es tan grande que va a seguir rodando por pura inercia. Ya vendrán tiempos mejores”. Eso, o habría mandado ordenar una campaña agresiva de publicidad, o habría pedido consejo a unos consejeros de esos que, como no saben, contratan una auditora externa para que aconseje por ellos… Sin embargo, don Isidoro no se conformó y, aún siendo ya un anciano sin nada que demostrar, supo mantener la exigencia, reconocer el talento de la competencia y, sobre todo, reconocer que si bajaban las ventas era por algo. Algo que debía ser mejorado porque, como él siempre decía, “el cliente siempre tiene la razón”.

Es tan cierto ese lema que en los últimos días un listillo que se creía más listo que nadie ha tenido que agachar la cabeza y reconocer públicamente que, efectivamente, el cliente siempre tiene la razón. Michael O’Leary dueño de Ryanair, se ha visto obligado a pasar por el aro. El mismo que se descojonó en la cara de los trabajadores de Spanair que fueron despedidos cuando quebró la compañía española, porque así él se haría cargo de sus rutas; el mismo que nos cobró por no tener impresa la tarjeta de embarque; el mismo que nos hizo correr como putas por rastrojo por la pista del aeropuerto, cuales hámster con maleta, porque se negaba a asignar asiento, con tal de hacer del embarque un “mariquita el último”; el mismo que nos puso la cabeza loca con publicidad abordo y el mismo que llegó a pensar en hacernos viajar de pie, para meter más gente en el avión, ha tendido que reconocer sus errores y excesos. Ryanair ha aceptado asignar asientos, permitir que las agencias de viaje vendan sus billetes y potenciar el negocio clase business. ¿Por qué? Pues porque O’Leary, que llegó a estar convencido de que la gente aceptaría lo que fuera con tal de viajar barato, ha visto la cuenta de resultados y ha constatado que los viajeros estaban empezando a irse a otras compañías, donde se sentían tratados con más respeto. Y es que, al cliente siempre hay que darle lo que pide.

Claro que a veces el cliente no sabe lo que quiere. Por lo menos es lo que piensan en Apple, donde Steve Jobs llegó a dar un paso más allá al anunciar que no sólo iban a satisfacer las demandas de los clientes, sino que les iban a generar unas necesidades que ni siquiera sabían que tenían. Apple consiguió, entre otras cosas, revolucionar el mundo de la música con el Ipod y el servicio Itunes. La venta online de música cambió los hábitos de consumo de tal manera que la industria musical ha estado doce años sin levantar cabeza. Gracias a Internet, los usuarios descubrieron que podían bajarse (legal o ilegalmente) sólo la canción que les gustaba, y no el álbum entero. El sector primero clamó contra el cambio de modelo en sí y luego lloró por la piratería. Doce años perdidos hasta que, por fin, están volviendo los beneficios a través del streaming. Resulta que la solución estaba en aprovechar Internet, la misma herramienta que ha estado a punto de asfixiarlos.

La irrupción de Internet en los negocios supone dos cosas: piratería más o menos descarada (en el caso de España es escandaloso) y el resurgimiento de la economía colaborativa. Lo primero hay que combatirlo en la manera de lo posible, lo segundo ha llegado para quedarse, nos guste o no, en un momento de apreturas económicas y de necesidad de eficiencia y deconstrucción consumista. Y aquí hay dos opciones: o te pones a patalear porque no te gustan los cambios o te pones a pensar cómo adaptarte. El español Kike Sarasola, presidente y fundador de la cadena de hoteles Room Mate, es más partidario de lo segundo. Ante la competencia de los apartamentos turísticos ilegales anunciados en Internet ha decidido crear Be Mate. ¿En qué consiste? Pues Sarasola ha decidido investigar qué apartamentos turísticos hay a 300 metros a la redonda de su hotel y a los mejores les ha propuesto una alianza: “Te cobro un 10 por ciento de comisión a cambio de ofrecer a tu inquilino servicio de desayuno, de conserjería 24 horas, consigna y entrega de llaves”. Una fórmula con la que todos ganan. El hotel saca algo de esa competencia sobrevenida, el que pone el piso en alquiler lo tiene más fácil porque ofrece un valor añadido y el que lo alquila gana en comodidad y calidad. Puede que Be Mate no sea la solución definitiva y puede que haya que seguir dándole vueltas al asunto, pero es una primera aproximación muy inteligente que denota, ante todo, pragmatismo.

Ahora que la aplicación Uber ha aposentado sus reales en Madrid, tras hacerlo en Barcelona, los taxistas han vuelto con las protestas y las quejas. Las autoridades deberán protegerles de la piratería pura y dura, por respeto a quienes pagan sus licencias y seguros y por seguridad de los clientes. Sin embargo, mal harán los taxistas si deciden perder una década en llantos y pataleos, pretendiendo que todo siga igual, como hizo la industria musical, o si caen en la soberbia de O’Leary y piensan que su producto es perfecto y que el usuario no tiene ni voz ni voto. Lo mejor sería coger el abrigo de don Isidoro Álvarez y darse una vuelta mental por la nueva competencia. ¿Qué ofrecen las nuevas aplicaciones? ¿Por qué resulta atractivo? ¿Es sólo el precio más bajo? ¿Hay algo más?  Son preguntas que seguro tienen respuesta. Y cuando la tengan, se puede actuar como Kike Sarasola y hacer de la necesidad virtud porque siempre, siempre, hay algo que mejorar en tu producto o servicio. Cuando el cliente se va con otro es por algo. El que llega de la nada tiene el empuje de la novedad, pero el que lleva años tiene la experiencia y el prestigio. Esas son las herramientas, junto con la humildad y la inteligencia, para sobrevivir y volver a engatusar al cliente. Y es que al cliente siempre hay que darle lo que pide. Porque el cliente siempre tiene razón.

Miedos y esperanzas ante la perspectiva de un supositorio

Así a bote pronto, levantar los piececillos a un bebé y ponerle un supositorio suena más a ciencias que a letras… Miro de soslayo a mi mujer con la esperanza de que mi frágil argumentación funcione, pero, por sus ojos escépticos de científica embarazada, parece que no ha colado. Cuando llegue el chaval habrá que pringar a partes iguales, compartiendo miedos y esperanzas.

Estas últimas semanas ha triunfado en Youtube el vídeo de un crío afroamericano sentado en el asiento trasero de un coche. Su madre aprovecha para comunicarle que va a tener un nuevo hermano. El tercero, puesto que el crío en cuestión ya comparte asiento en el vehículo con su hermana pequeña. Pues bien, lo que ha causado furor en la red ha sido la reacción indignada del chaval al conocer la buena nueva. “¿Otro hermano? ¿En qué estabais pensando? ¡Es exasperante!” El niño se lleva las manos a la cara y gesticula tal cual lo haría cualquier adulto, si su pareja le dijese que ha vendido la casa y todo su patrimonio para comprar una batamanta de la teletienda. Cuando la madre le insiste en que será muy bonito y que deberá cuidar de él, el guaje suelta al cielo un desesperado “¿Por qué?”, como diciendo “¿Qué necesidad hay de complicarse la vida, con lo bien que estamos o, mejor aún, con los problemas que ya tenemos?”

Lo cierto es que son muchos los que piensan, si no igual, parecido. En un mundo creciente de singles voluntarios o accidentales, cada vez son más los que subrayan que traer un hijo al mundo es una decisión absolutamente irracional. Irracional porque las economías personales no están para muchas tonterías. Si no sobra parné, y encima nos han enseñado desde pequeños que “para ser feliz” hay que consumir, hay que viajar cuanto más lejos mejor o hay que tener la libertad y la despreocupación de la chavalería que bailotea en los videoclips de One Direction, lo de tener un crío tiene mal encaje. “Si te lo piensas fríamente, no lo tienes”, concluye un amigo mío medio hipster que presume de soltería, mientras elige con aire despreocupado la funda para su nuevo Iphone 6.

Pero más allá del mero egoísmo que te pueda echar para atrás por el miedo a perder algunas de tus comodidades, está el miedo puro y duro. El miedo, vamos a decirlo claramente, a cagarla de todas todas. El miedo a fastidiar la vida a alguien que no pidió venir a este mundo y que te necesita. Este fin de semana, sin ir más lejos, he asistido a una interesante discusión, al calor de unas cervezas. Dos jóvenes metidos ya en el mercado laboral conversaban sobre cómo les marcó el colegio que sus padres eligieron por y para ellos. Uno acabó bastante quemado por haber ido a internados donde nunca encajó y donde le hicieron sentir mal “por no dar la talla”, no tanto en las notas, sino en “el modelo a seguir”. El otro, en cambio, lo que lamentaba es que sus padres no le hubiesen llevado a un colegio de mayor rigor para, a día de hoy, poder codearse con las élites. Vamos, que lo mismo te pasas, que te quedas corto. Les observo atentamente, mientras me imagino al del supositorio, treinta años después, con una cerveza delante y acordándose de mí y mis decisiones que le puedan haber marcado de forma crucial. Uf, menuda responsabilidad…

Claro que lo más acojonante puede que sea ese amigo, con la camiseta vomitada a la altura del hombro y la casa empantanada de juguetes y tiestos varios, que mientras sostiene a su retoño para que eche el aire te suelta “es muy bonito, tío, es muy bonito, pero tú no tengas prisa”… Tócatelos, Mariloles… Así las cosas, los que somos creyentes buscamos consuelo en el concepto de la vida, como una rueda que no debe dejar de girar mientras todos vamos apareciendo, transitando y despidiéndonos de escena. Lo malo es que, en éstas, aparece Stephen Hawking con su pedazo de cerebro y todos sus conocimientos para insistir en que Dios no existe, que el universo está ahí haciendo sus cosas y ya está; que con el tiempo sabremos encontrarle explicación a esto…

Y yo que soy de letras digo: a mí esto del infinito se me hace muy grande, me da como angustia sólo de pensarlo. Que digo yo que en algún lugar estará la linde del universo, por muy grande que sea. Y detrás de esa linde estará alguien pilotando el asunto. Vamos, puestos a ponernos trascendentes, yo prefiero pensar que hay alguien llevando los mandos de esto. Y que ese alguien, si hemos llegado hasta aquí, lo que quiere es que sigamos dando cuerda a la cometa, en lugar de ensimismarnos mirándonos el ombligo y creyéndonos más de lo que realmente somos.

Seguro que muchos no piensan como yo, y otros simplemente no se comerán la olla ni la mitad que un servidor. Pero, pensándolo bien, el simple hecho de transitar mentalmente de un supositorio a la infinidad del universo, pasando por el porqué de las cosas, ya te demuestra que la paternidad supone tal sacudida vital dentro de ti, que perdérsela sería una verdadera pena.

¿No es acaso vivir tener emociones fuertes? Que vengan los aciertos, que vengan las equivocaciones, que vengan las risas y que vengan las lágrimas. Aquí estaremos para abrirles la puerta con coraje y esperanza. Bienvenida sea la vida.

De resacón y con el corazón anestesiado

Otra vez de resacón. Otra vez una parte de la pandi con esa sonrisilla traviesa e ilusionada, y la otra parte entre preocupada e indignada. Otra vez la gente preguntándome en Madrid que “cómo lo ves tú, que eres de allí y estuviste trabajando en pleno fregao’, cuando se gestó buena parte de este problema”. Pues yo lo veo todo como muy cansino, tanto que hace tiempo decidí anestesiarme el corazón y ver las cosas con la distancia del exiliado que bastante tiene con cortar a machetazos el follaje de la jungla por la que transita a diario en la gran Babilonia.

Llega un momento que te tienes que anestesiar la patata porque, de lo contrario, puedes acabar deprimiéndote al comprobar que el ser humano no tiene solución. Somos lo que somos y, por mucho que pase el tiempo, nos seguimos rigiendo por lo que los psicólogos llaman el “sesgo de autoconfirmación”. Nos creemos muy informados, muy ilustrados y muy sensatos, pero, a la hora de la verdad, nuestro cerebro se encarga de destacar todo aquello que nos refuerza en nuestras creencias o manías. ¿Y el resto? El resto acaba en la papelera de reciclaje. Cuando eso sucede es muy complicado, casi imposible, dialogar y llegar a soluciones constructivas en las que todas las partes ganen algo.

Seguramente yo también soy víctima del sesgo de autoconfirmación, por mucho que haya intentado abstraerme y meterme en la piel de mis amigos y no tan amigos que están en mis antípodas ideológicas. Como diría Ortega y Gasset, yo soy yo y mi circunstancia. Y mis circunstancias fueron las de un catalán de primera generación, hijo de andaluces, que de muy pequeño fue a clases de catalán porque mi padre entendió, desde el primer momento, que él no podría enseñarme con corrección el idioma de la que estaba llamada a ser mi tierra, esa tierra que nos acogió y donde me hice hombre y ciudadano. Lo que yo vi en el cinturón metropolitano de Barcelona fue un montón de chavales en una situación parecida a la mía. El castellano era el idioma vehicular por la fuerza de nuestros orígenes, por mucho que la mayoría de las clases se dieran en catalán. Salvo para gente como Marta Ferrusola, que impedía a sus hijos jugar en el recreo con los castellanohablantes, aquello era lo normal entre nosotros, como lo era cambiar de idioma de forma automática en función de con quién hablaras. ¿Raro? Raro para los de fuera, para nosotros era nuestra manera de ser.

Nadie o casi nadie reparaba en determinados detalles. Como que la Historia de Cataluña estuviese enfocada como algo ajeno al conjunto de España, y que cuando ésta aparecía fuese para presentarla como una entelequia desagradable y entrometida que nos trajo la abolición de los fueros en 1714 o la dictadura franquista. Nos explicaban que los borbones se las apañaron para hacer del castellano el idioma culto y que el catalán, tanto en Cataluña como en Valencia, se despreció hasta identificarlo con algo propio de la gente sin formación. Poco a poco, aquello fue calando, de manera que nosotros, de manera sutil, fuimos entendiendo que las tornas habían cambiado y que, si tenías que hablar por primera vez con un profesor o con alguien que te pudiera dar trabajo, lo mejor, de entrada, era hacerlo en catalán. Había un tufillo a ingeniería social en todo aquello, pero pocos reparaban porque ¿quién se iba a negar a potenciar un idioma que también era nuestro? Lo sibilino de unos y la buena fe de otros fueron haciendo su trabajo.

Entonces, llegó la universidad y allí nos topamos con profesores que nos comentaban con incredulidad que en Ciutat Badía, un barrio popular de Sabadell, casi todo el mundo hablaba castellano. Lo explicaban como quien retrata la más horrorosa de las aberraciones. Los que éramos de Sant Boi o Cornellà nos mirábamos levantando las cejas, constatando que muchos tenían una visión unitaria de Cataluña que no encajaba con la realidad de la calle. Lo malo de los ingenieros sociales es que, al final, acaban encajando la realidad con su visión, aunque sea con calzador.

Hoy en día, las series de TV3 gustan de mostrar a magrebíes y subsaharianos hablando catalán con toda normalidad, pero hubo un tiempo en el que reflejaban a una maravillosa clase media con todas las virtudes del “buen catalán” (catalohablante, nacionalista y culé), mientras la gente de baja estofa o los delincuentes se expresaban en castellano. Claro que con eso no era suficiente. Dentro de TV3, un servidor fue aleccionado para decir “Estat Espanyol”, en lugar de España. También me explicaron que “Barcelona no tiene provincia” (concepto territorial impuesto por “los españoles” o que las banderas españolas debían ser obviadas en el montaje de los vídeos. Un día me hicieron prescindir de la única imagen que se tenía de un grupo de catalanes que había ganado una carrera internacional de campo a través, porque mostraba los metros finales, en los que recogían una bandera española para cruzar triunfales la meta. Se me dijo que obviara esa imagen y montamos el vídeo con imágenes de recurso que no correspondían a la prueba. Eso lo viví yo, con mi sesgo de autoconfirmación o sin él, como escuché a un profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, que acabaría trabajando en el tripartito, comentar a un grupo de alumnos “que en la clase había unos cuantos españolistas, pero que los tenía controlados”. Cuando tú vives ese tipo de cosas, o pasas o te rebelas. El problema de rebelarse es que te acabas convirtiendo en un “facha”. Y si encima, por aquellas cosas de la vida, acabas trabajando en la Cadena Cope, entonces ya ni te cuento…

Recuerdo un mitin de Convergència en el Palau Blaugrana. Artur Mas ya era el “elegido” y Jordi Pujol, ya en la retaguardia, veía las cosas desde las tablas. Tan relajado estaba el “Molt Honorable” que se acercó a los periodistas que recogían el tenderete tras el acto. Mientras guardaba la RDSI, se me acercó y me preguntó que qué tal. Todo muy simpático y agradable hasta que le dije dónde trabajaba. Le cambió la cara y se marchó a la chita callando. Fueron años en los que algunos denunciamos que el Estatut era una gran operación para hace reventar la Constitución en el medio plazo. Estaban pidiendo un marco legal de máximos para que, saliese lo que saliese, poder decir que no estaban satisfechos y que “España les había vuelto a fallar”.

Aquello se cumplió punto por punto y el show ha seguido su curso. La cosa se ha puesto tan fea que “el Estado” se ha animado a destapar los chanchullos de la familia Pujol. Periodistas como Jaume Reixach hablan de un patrimonio familiar de más de mil millones de euros, con los que poder seguir influyendo de manera orweliana en la sociedad catalana. Esto a algunos les asusta, a otros les da igual y demasiados lo dan por bueno si les permite conseguir su objetivo romántico de ser independientes. Lo malo del romanticismo político es que tiene algo de naif, algo de adolescente, al proponer soluciones del siglo XIX a problemas del siglo XXI. El propio Goethe pasó de ser romántico en su juventud a neoclásico en su madurez. Una buena parte de Cataluña está en un momento adolescente y con tal de poder tener un pasaporte propio o ver jugar a su selección en un mundial es capaz de poner en peligro el patrimonio de todos, tanto social como económico. Es la rauxa, frente al seny de otros. Admiro a periodistas como Xavier Rius que, sin ser sospechoso de españolismo, denuncia la vergonzosa manipulación que están realizando los medios públicos catalanes. Admiro a Víctor Amela por poner en su sitio a los cenutrios que todavía creen que esto se arregla con tanques.

Entre los adolescentes de barretina, los ignorantes de “España es Castilla” y los tunantes que ayudaron a agrandar este problema y que ahora proponen la broma del Estado Federal estamos bien jodidos. No sé cómo acabará esto y no sé si Gerard Piqué podría explicar, con su respectivo sesgo de autoconfirmación, en qué le ha oprimido España. Si tu familia ha podido vivir muy bien, si has podido hablar tu idioma y tener una autonomía que ya quisiera Escocia, si con la fuerza conjunta de España has conseguido ser campeón del mundo ¿dónde está el horror de ser español?

Posiblemente sus respuestas y la de tantos otros sean tan respetables y válidas como las mías. Yo sólo puedo responder por mí y asegurar que me siento muy orgulloso de ser tan catalán como español, siempre lo seré y siempre me hará ilusión expresarme en la lengua del gran Josep Pla a la mínima que me tope con un paisano en la capital. Y sé que si la cosa termina mal, se me romperá el corazón. De momento, lo tengo anestesiado.

Fatiguitas y esperanzas de volver al país de los posmodernistas

Ea, ya pasó, ya pasó… respira hondo… ¿Te das cuenta de que en realidad es peor pensarlo que pasarlo? Por fin es viernes. Para muchos, el primer viernes tras la dura vuelta de las vacaciones. La primera bocanada de fin de semana tras el fatídico momento de meterte en la cama sabiendo que al día siguiente volverás a perder la libertad. Se acabó disponer de tu tiempo y poder alejarte de ti mismo, de tu día a día, para –qué curioso- coger perspectiva y conocerte mejor.

Estos días muchos se habrán consolado pensando en todos aquellos que, por desgracia, o no han podido desconectar o, si lo han hecho, ahora regresan a su rutina del paro. La rutina del que tiene un despertador al que se la sopla que sea miércoles o domingo. Eso sí que es jodido, aunque, claro, tampoco es fácil para los que vuelven a ese clavo ardiendo en el que se ha convertido su puesto de trabajo. Demasiados quejidos estos dos últimos meses. Padres en la playa indignados al teléfono porque la empresa les llama para acortar sus vacaciones de la noche a la mañana, maridos a los que se les obliga a viajar al otro lado del mundo a pesar de que su mujer afronta un embarazo de riesgo, maestros a los que se despidió en agosto para repescarles en septiembre con nuevo y poco agradable destino, bajadas de sueldo directamente proporcionales al esfuerzo y dedicación de un montón de años…

El patio no está para farolillos. Está más bien para colas como la que ha conectado recientemente la Plaza de Callao de Madrid con la Puerta del Sol. Cientos y cientos de personas esperando bajo el calor de la capital a llenar una bolsa con las frutas y hortalizas que nuestros agricultores no pueden vender porque ese mono venido a más que es el ser humano sigue dándose de palos, esta vez, en Ucrania. El hombre del campo se desangra y clama contra los distribuidores que, en estas circunstancias, prefieren seguir bajando el margen del agricultor, antes que el suyo propio.

Esta semana has vuelto a ponerte unos pantalones largos y te has colocado tu reloj de pulsera, ese reloj que te quitaste al comienzo de las vacaciones, para sumergirte de nuevo con tu coraza mental en este caldo de cultivo tan propicio para los abusos y las tentaciones nihilistas. Al final parece que Nietzsche dio en la diana con su doble moral. El pensador alemán que abrió las puertas del posmodernismo sostenía que los poderosos no necesitaban moral, sino simplemente la manera de mantener y agrandar su poder. La moral era para los débiles, para los perdedores que, perdida toda esperanza, debían decidir si conservaban su moral o también se dejaban llevar. A esos sí se les planteaba un dilema.

Asegura un estudio reciente que en nuestra sociedad hay más psicópatas de lo que parece. No psicópatas de matar con una motosierra. Más bien, gente incapaz de empatizar y meterse en la piel del prójimo. Gente muy capaz de decir una cosa toda su vida y hacer la contraria. Jordi Pujol sería un ejemplo de ese tipo de poderoso, mientras que todos los pringaos que pagan impuestos y trabajan con tesón por una miseria representarían a la otra parte.

¿Cómo seguir siendo honesto? ¿Cómo seguir haciendo las cosas correctamente? ¿Cómo no perder el amor por el trabajo bien hecho? ¿Cómo?, si el posmodernismo te enseña una y otra vez que los atajos funcionan, que la meritocracia es un cuento, que el más poderoso tiene ventaja, que los escrúpulos son un lastre, que el bueno es tonto… Nos han enseñado a conseguir las cosas rápido, a ser materialistas, narcisistas, a pisar al otro para no perder comba, a negar lo que es justo, a ponernos en la piel de los malos con series como Los Soprano o Breaking Bad. Todo es relativo en estos días.

Afortunadamente, la crisis parece traer algo positivo. Una encuesta del Centro Reina Sofía asegura que los jóvenes están abandonando los intereses hedonistas y personalistas, a favor del compromiso colectivo, la lealtad o la confianza. Para alguien que va a ser padre próximamente, es un alivio pensar que el mundo todavía tiene solución. Eso y que todavía hay vendedores que se tiran una hora y cuarenta minutos para informarte con todo lujo de detalles sobre todos los tipos de carritos, capazos, maxi cosis y sillitas de bebé. El vendedor trabaja en un gran centro comercial y sospecha que sólo vas a informarte para comprar luego en otro lugar. Aún así tiene paciencia y se le nota que se esfuerza para estar a la última y dar el mejor servicio. Además, es sincero y te hace ver que lo mejor no es lo más caro. Al día siguiente compruebas que hace lo mismo con todos los clientes. Y una vez que ya le has comprado, te avisa de que habrá una rebaja dentro de un mes y que puede hacer un cambio para que te beneficies…

Con gente así da menos pereza volver a sumergirse en este mundo. Lo mismo hasta escribo una carta a sus superiores simplemente para que sepan la joya que tienen. ¿Perder tu tiempo libre escribiendo una carta para favorecer a alguien que apenas conoces simplemente porque ha hecho bien su trabajo? Puede que eso ya no se lleve, pero ya ves… que se joda el posmodernismo.