Londres, nuevo capítulo

 Las fuerzas de seguridad británicas, con ese Scotland Yard al que ayudaba Sherlock Holmes  y ese MI5 para el que trabajaba James Bond, han evitado en los últimos años medio centenar de atentados terroristas en el Reino Unido. Lo malo de la realidad es que, a la hora de la verdad, no puedes contar con la inteligencia y el arrojo de semejantes personajes de ficción para evitar el cien por cien de las desgracias. En el mundo real todo son conjeturas, mucho trabajo y, por qué no decirlo, algo de suerte. Los comentaristas de la BBC relatan que la propia policía reconocía que, tarde o temprano, por muy bien que lo hicieran, el zarpazo llegaría. El nuevo terrorismo sólo necesita un coche alquilado y un par de cuchillos de cocina para colarse en los telediarios de todo el planeta y dejar varias decenas de muertos y heridos.

Hay listas de sospechosos, pero no se puede actuar sobre ellos así, sin más. Sobre algunos individuos no hay indicios suficientes para detenerles o mantenerles retenidos. A otros es mejor “darles carrete”, mantenerles vigilados por si te llevan a nuevas pistas que destapen la preparación sigilosa de un ataque. El garantismo judicial forma parte de nuestra cultura, pero cuando sucede un ataque terrorista son muchos los que se indignan al enterarse de que los atacantes estaban en alguna lista negra policial. El terrorista de Londres había nacido en territorio británico y era un conocido de los servicios de inteligencia. Hace un año dejamos aquí escrito que el mayor problema al que se enfrentaba Occidente no era la crisis económica, sino el dilema entre seguridad y libertad que iba a plantear la amenaza yihadista. Bruselas, Niza, Berlín y ahora Londres, de nuevo, han confirmado las sospechas. El enemigo aprovecha nuestra libertad para destruir nuestro modo de vida, pero si renunciamos a esa libertad por anticipado, para ponérselo más complicado a los fanáticos, seremos nosotros mismos los que demos la puntilla a nuestra propia naturaleza. Tremenda encrucijada.

atentado_londresEl día siguiente a los atentados, los habitantes de Londres que conceden entrevistas a los medios de comunicación hablan de seguir adelante, de volver a abrir los negocios, de coger el metro, de acudir al aeropuerto… en definitiva, continuar haciendo nuestra vida como ciudadanos de la vieja Europa. Si Westminster, el parlamento más antiguo, y su icónico Big Ben siguen adelante con su cotidianidad los terroristas, en lo fundamental, habrán fracasado. Sin embargo, cabe preguntarse por el medio y largo plazo. ¿Cómo mantener segura a nuestra gente? El ataque de Londres vino precedido por el anuncio del Reino Unido de prohibir la presencia de determinados portátiles y aparatos electrónicos en los aviones que despeguen de una serie de países musulmanes. La medida había sido inaugurada por Estados Unidos, un país que ha emprendido con la presidencia de Donald Trump una nueva era en el enfoque de la seguridad.

Es más que probable que la nueva administración estadounidense esté planteando matar moscas a cañonazos en este mundo libre y globalizado que nos ha construido la democracia liberal.. Vetar la llegada de cualquier ciudadano de un país, por el hecho de ser musulmán, va contra el sentido común, como están dejando patente los propios tribunales de Estados Unidos. Sembrar la duda sobre todos los emigrantes, como potenciales terroristas o ladrones de empleo, es un ejercicio de xenofobia que no puede traer nada bueno. El miedo genera más miedo, y ese miedo retroalimentado acaba desembocando en intolerancia y violencia.

Ahora bien, llama la atención que España, fiel a su historia, vuelva a caminar en sentido contrario al resto de su entorno. Mientras Europa y Estados Unidos se enfrentan a una pulsión expeditiva, a la tentación de hacer frente al terrorismo con una respuesta policial de perfil militarista, aquí la oposición en bloque iniciaba, el día previo al atentado de Londres, el proceso para derogar la Ley de Seguridad Ciudadana. Algunos partidos ven intolerable que la policía tenga un registro de personas que hayan alterado el orden público, que los agentes puedan pedir a un ciudadano que se identifique en la calle, que faltar al respeto a esos agentes sea una falta leve, que sea una infracción grave interferir en el funcionamiento de las infraestructuras básicas o usar de forma no autorizada la imágenes de miembros de las fuerzas de seguridad que se juegan la vida por nosotros cada día…

Cuando un tipo acelera a traición un todocamino en un puente, llevándose por delante a todo ser vivo, niños incluidos; cuando asesina a un policía con una hoja de servicios intachable; cuando corremos sin saber qué está pasando… ahí agradecemos que haya listas de gente problemática, que los servicios secretos puedan interferir comunicaciones para establecer lazos entre asesinos potenciales, que los policías y militares arriesguen su pellejo para preservar el nuestro o que las cámaras de seguridad que nos roban privacidad en la calle sirvan para dar con los huidos lo antes posible.

Puede que entre el militarismo de Trump y la mentalidad libertaria de quienes sólo piensan en blindar el derecho a la protesta callejera, sin querer ver que el mundo es peligroso ni hacer ninguna concesión a la seguridad y el orden, esté el término medio por el que deberían transitar las sociedades avanzadas. Y aun dando una respuesta sensata, aun evitando los extremos, deberemos seguir encajando golpes como el de Londres. La guerra será larga y va a requerir de toda nuestra entereza y madurez.

Enemigo a las puertas

Otra vez la rutina de un día cualquiera, con su molicie y su dejarse llevar, salta por los aires. Otra vez los flashes de apenas una línea transmutan vertiginosamente en fotografías, vídeos y testimonios que confirman lo peor. De nuevo seres humanos corriendo como conejos indefensos. Una vez más, la sensación de que nuestro último día puede estar en una terraza o en el mostrador de un aeropuerto. Y todo, tal vez, sin haber dicho ese último te quiero o ese conveniente gracias a quien siempre se lo mereció. La sensación de vulnerabilidad de quienes viven en las grandes ciudades se está volviendo casi pornográfica.

El caso es que a veces el periodismo te permite ser testigo de la trastienda de las altas instancias de este teatrillo que es el mundo. Al ver la resignación con la que el ministro Margallo, presente en el estudio de Herrera en Cope la mañana de los atentados de Bruselas, recibe la noticia de las explosiones, a uno le impregna una sensación terrible: los que saben de esto, los que manejan información, dan por hecho que habrá más zarpazos y que no habrá lugar en Europa donde estar realmente seguros.

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El yihadismo llegó para quedarse y el reto que enfrentamos es colosal. Estamos ante una enmienda a la totalidad de todo lo que conocemos. No estamos hablando de una cuestión meramente religiosa, no se trata de si debemos dejar que alguien entre o no en un edificio público con el rostro completamente tapado, ni siquiera de si debemos cohabitar con una cultura que reserva un papel de comparsa a la mujer. El islamismo radical es el fascismo del siglo XXI y sólo podrá ser combatido con la determinación  con la que se encaró la lucha contra el nazismo o el estalinismo. Cuando las primeras bombas cayeron sobre Inglaterra, Churchill no pudo prometer a los británicos más que sangre, sudor y lágrimas. El mensaje fue claro: lo que esperaba a los suyos era terrible, pero no cabía pensar en otra cosa que no fuese la victoria previo sacrificio brutal, pues lo contrario suponía la aniquilación del Reino Unido tal y como se le conocía. Aquel discurso pronunciado en un estudio de la BBC para toda la nación todavía es estudiado como ejemplo de motivación colectiva.

El problema del yihadismo es que la cadencia de sus ataques es menor al de las bombas de la Luftwaffe. Corremos el riesgo de pensar que Europa es muy grande y que, con un poco de suerte, a nosotros no nos tocará. No nos tocará en casa, ni tampoco en el extranjero cuando viajemos por trabajo o placer. Hasta que un día toca… El peligro sordo de esta amenaza es que nos coge con la guardia muy baja. La democracia liberal derrotó al fascismo, primero, y al comunismo, después, porque hizo un ejercicio de autoestima fundamental. La Europa ilustrada y humanista tuvo claro que representaba a los buenos y que la justicia estaba de su parte. Ahora, en cambio, el relativismo nos ha calado como un caballo de Troya. Abundan los políticos, tertulianos y ciudadanos de a pie que tratan de buscar una justificación a los ataques recibidos, pasando por el colonialismo y terminando por la falta de oportunidades de los musulmanes nacidos en Europa. Siendo ciertos nuestros defectos y pecados, seguimos siendo mejores que el modelo totalitario que se nos propone como alternativa. Los británicos salvaron el Reino Unido porque tenían claro que su patria y su cultura valían la pena. ¿Tenemos claro ahora que Europa es digna de ser defendida? ¿Tenemos claro que lo que somos y donde estamos es fruto de algo más que un consumismo y posmodernismo insustancial?  ¿Estamos dispuestos a sacrificarnos por nuestro modo de vida? ¿Tendremos la grandeza de luchar sin emponzoñar nuestra alma contra los musulmanes de buena fe que viven entre nosotros o que nos piden refugio desesperadamente? Estaría bien que fueramos respondiendo a esas preguntas porque los bárbaros ya están trepando la muralla, mientras intramuros seguimos con nuestra molicie y nuestras discusiones bizantinas.

Verdades incómodas sobre la amenaza yihadista

Una de las primeras cosas que me enseñaron de pequeño cuando empecé a jugar al fútbol es que en los balones divididos había que meter el pie con fuerza. Cuanto más miedo te da meter el pie, cuanto más corpulento es el jugador contrario, más contundencia debes emplear a la hora de colocar la pierna. No hacerlo te predispone a acabar con un esguince de tobillo, una distensión de los ligamentos de la rodilla o las magulladuras propias de salir disparado por los aires. El tiempo me ha demostrado que ese mismo dilema se plantea en muchos otros aspectos de la vida. La determinación es la clave. La decisión de quien no duda, de quien tiene claro qué es y a dónde va pasa como un tren de mercancías por encima de quien se muestra dubitativo.

El pasado sábado, cuando todo ya había sucedido, París emitía señales entre líneas. El trasiego de policías y periodistas estaba presidido por un cartel publicitario omnipresente en buena parte de la ciudad: “Beat the City” podía leerse en autobuses y anuncios estáticos. Era un eslogan publicitario asentado en los estímulos narcisistas de nuestra sociedad. Sin embargo, en aquel contexto, parecía haberse cobrado un significado macabro, escrito por los yihadistas: “golpea la ciudad”.

Mucho se ha hablado del fanatismo de los atacantes, de los motivos que les han podido llevar a convertirse en máquinas inmisericordes capaces de matar a gente inocente e indefensa a traición. Básicamente son unos fracasados, unos acomplejados que envidian la vida de sus conciudadanos. Si les hubiese llamado un equipo de fútbol de élite para pagarles 8 millones de euros al año, se hubieran entregado sin más a las mieles de la vida occidental. Otros muchos, sin habilidad para el fútbol o sin que les haya tocado la lotería, han sido capaces de estudiar y encontrar un trabajo con el que integrarse en sus países de acogida. Sólo son los más negados, los más obtusos o los más ignorantes los que se ven arrastrados a la marginalidad y al rencor fanático. Es ahí cuando el Islam rigorista les da la única oportunidad de ser “alguien”.

Por eso me llaman la atención los análisis que prácticamente nos culpan a los occidentales de que los “yihadistas europeos” sean como son: “es que
no les hemos integrado”
. ¿Qué significa integrar? Partiendo de la base de que siempre se puede mejorar y favorecer aún más la integración, pagarles una casa de protección social, darles una plaza en un colegio (algunos de ellos de los mejores de Bruselas) y permitirles rezar en centenares de mezquitas es muchísimo más de lo que los países de origen de los padres de esos jóvenes musulmanes les hubieran otorgado, por no hablar de lo que nos darían a los occidentales de cultura cristiana que allí nos fuéramos a vivir.

parisEntonces, ¿tenemos que pedir perdón? Yo creo que nuestro principal error ha sido la arrogancia de creer que podríamos trasplantar por narices la democracia en culturas diferentes a la nuestra. Pero de ahí a sentir una especie de síndrome de Estocolmo que lleva a algunos a, prácticamente, comprender la violencia yihadista contra Occidente es demasiado. La violencia contra civiles nunca está justificada y, en materia de terrorismo, el culpable siempre es el asesino, y no la víctima. Nuevamente nos perdemos en nuestra falta de determinación, algo que nos hace terriblemente vulnerables. Un día dejamos de creer en los valores que nos marcaban un rumbo, que nos convirtieron en la vanguardia de la humanidad para dormitar en nuestra particular Belle Époque. Nos creímos el cuento del Fin de la Historia. Ya nadie nos haría daño y la vida sería un continuo disfrutar del consumo y el ocio. Nos comenzó a sobrar el sentido del honor, la cultura del esfuerzo, el sacrificio, y hasta comenzamos a reírnos o a despreciar a los militares y a todos aquellos que estuviesen dispuestos a dar la vida por los demás. En definitiva, olvidamos que tomarnos una cerveza en una terraza no es algo ordinario, sino extraordinario. Que lo más habitual es lo que pasa en otros sitios, donde no se respetan los derechos humanos. Nos creímos que nuestros privilegios venían de serie y nos volvimos estúpidamente blanditos.

Pero entonces, ¿deberíamos volver a vivir en una sociedad fuertemente militarizada? En absoluto, sólo digo que deberíamos quitarnos muchos complejos buenistas de la cabeza, tener un poco más de respeto por quienes dedican su vida a defendernos, ser un poco menos arrogantes cuando opinamos sobre los motivos culturales que llevan a los estadounidenses a guardar un arma en casa o dejar de creer que todos los conflictos se ganan mandando flores y ONGs.

Hay guerras injustas, que sólo traen cosas malas. Por eso debemos evitar la pulsión guerrera que cohabita con el sentimiento de venganza. Una venganza que nos puede llevar al error de estigmatizar a todos los musulmanes o cerrar la puerta miserablemente a los refugiados que huyen de un Bataclan diario. Pero negarse a entender que la libertad a veces cuesta grandes sacrificios es un ejercicio de infantilismo suicida. Habrá que mandar nuestros ejércitos a Siria e Irak y habrá que cortar de raíz los circuitos de los que se nutre el radicalismo terrorista en nuestras sociedades. Más cámaras en las calles y mayor control de fronteras, por más que algunos hagan demagogia sobre la pérdida de privacidad o libertad de movimiento. Estos tipos han nacido en nuestra tierra, han crecido entre nosotros y nos conocen muy bien. Se alimentan de nuestra tolerancia, de nuestras grandezas, pero también de nuestra candidez, egoísmo y cobardía. Que sepamos conservar lo primero y erradicar lo último será la clave para ganar este partido. De momento, el balón está en medio y, por lo que se escucha por ahí, los malos se disponen a meter el pie con más determinación.

El precio a pagar por vivir más tranquilos

Desde luego hay trabajos que no están pagados. Y no me refiero a la gente con dos carreras, un máster y cuatro idiomas que no cobran más de mil euros y que, cuando piden un aumento, sus superiores sonríen cínicamente antes de orinarles en la cara y decirles que está lloviendo. No, en esta ocasión me refiero, más bien, a esos trabajos que, por muy bien pagados que estén, nunca lo estarán lo suficiente, habida cuenta del esfuerzo que suponen.

Dice el dominical alemán Bild am Sonntag en su última edición que el FBI tendió una “trampa amorosa” a un yihadista alemán del Estado Islámico. Un tipo que, siguiendo el tópico, primero fue un rapero chungo que pasaba de todo para luego convertirse en un escrupuloso islamista dispuesto a ganarse el cielo a base de bombas. El caso es que la agente en cuestión no sólo tuvo los bemoles de introducirse en ese mundillo haciéndose pasar por uno de ellos, sino que también tuvo la habilidad de engatusar al rapero emérito al que los servicios de inteligencia habían puesto en su punto de mira.

Veamos: tienes que adquirir el aspecto, los conocimientos y las habilidades necesarios para parecer yihadista. Tienes que tener el valor de infiltrarte y la sangre fría para que no te traicionen los nervios en cualquier renuncio. Tienes que fingir que pasabas por allí y ganarte su confianza. Tienes que camelarte al objetivo hasta el punto de convencerle para casarte contigo. Y, no lo olvidemos, tienes que tener las tragaderas necesarias para hacer vida conyugal con él hasta sus últimas consecuencias, incluida la alcoba.

Al parecer, llegó un momento en el que la agente temió ser descubierta y huyó a Turquía, donde fue arrestada de tan yihadista que parecía. Hasta que Estados Unidos no medió en el asunto no consiguió recuperar su vida anterior. Por lo menos le quedó la satisfacción de comprobar cómo su “marido” acababa siendo detenido. Aún así, el esfuerzo el miedo y el asco que tuvo que pasar esa muchacha seguro que no tienen precio.

Pues, curiosamente, el concepto del “precio a pagar” es lo que seguimos sin despejar cuando se habla de luchar contra el yihadismo o las nuevas amenazas de este mundo. ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar? Antes de contestar a esa pregunta, merece la pena hacer una reflexión sobre los últimos ataques en Copenhague: La policía abatió al agresor después de saber que había abandonado su coche a 3 kilómetros del primer tiroteo. Supo que había cogido un taxi y se había bajado en un barrio multiétnico de la capital danesa. Supo que estuvo allí por espacio de 20 minutos hasta que volvió a salir. Y sospechó que allí volvería, como finalmente hizo de madrugada para acabar siendo abatido. ¿De dónde sacó la policía toda esa información. Pues principalmente de las cámaras de seguridad.

Aquí en España también supimos que la madre de Asunta nos la estaba dando con queso porque su relato no coincidía con el lugar donde la mostraban las cámaras callejeras. A José Bretón también se le vino abajo la coartada cuando las cámaras demostraron que llegó al parque sin sus hijos en el coche. Y así muchos más casos en los que las cámaras y el rastro de los móviles han sido decisivos para sacar de circulación a gentuza a la que no querríamos tener entre nosotros.

Sin embargo, no son pocos los que se quejan, y con razón, de la falta de privacidad que está suponiendo la presencia omnipresente de las cámaras de seguridad en nuestras vidas o el manejo del Big Data. Lo cierto es que, nos guste o no, la relación entre la seguridad y la privacidad parece condenada a ser parecida a la de la manta que o te tapa la cabeza o te tapa los pies.

Es legítimo no querer renunciar a la privacidad, pero eso implicará estar un poco más a la intemperie en una sociedad donde, al mismo tiempo, se piden explicaciones a la policía por no haber detenido a tiempo a radicales que estaban fichados de antemano. Hay algo que no cuadra en esa ecuación. A algo deberemos renunciar en parte. Aunque ahora estemos muy entretenidos con Grecia y la crisis económica, el gran debate en Occidente en las próximas décadas girará en torno a ese dilema. Tiempo al tiempo.

¿Qué hacemos con el Islam?

Dejas tu taza de café a un lado, enciendes el portátil y te pones a escribir lo que en ese momento se te pase por la cabeza. Así, sin más. La verdad es que a veces no somos conscientes de la suerte que tenemos de vivir por estas latitudes. Hace poco en Arabia Saudí a un colega bloguero le han castigado a recibir 50 latigazos cada viernes, durante varias semanas, por escribir algo que no le ha gustado al régimen. 50 latigazos. Y no se les está dando ni el Estado Islámico, ni Al Qaeda. Se los está dando el régimen saudí, aliado de Occidente en tantos asuntos y considerado ahora un bastión para “la estabilidad” en Oriente Medio.

Hablan de estabilidad, porque nadie se atreve a hablar de libertad. Es difícil hablar de libertad o democracia en una zona donde los países, los propios gobiernos, obligan a clubes como el Real Madrid a borrar la cruz de sus escudos para poder publicitarse. Aquí lo hemos aceptado sin más. “Normal que quitemos la cruz para no ofenderles”. Pero, ¿nos hemos parado a pensar qué significa ese gesto? Ese gesto implica que en Occidente hemos perdido la batalla del marco mental frente al islamismo. Damos por hecho que nuestros símbolos son ofensivos para ellos. No se trata de que les ofendamos caricaturizando sus símbolos religiosos, lo cual podría debatirse. Se trata de que nosotros, nuestra mera existencia, les parece insultante, algo a borrar con Photoshop. Y no para los fanáticos, sino para el propio establishment. Y nosotros lo aceptamos a cambio de ganar algunos petrodólares.

El problema no es que haya un sector fanatizado dentro del mundo musulmán dispuesto a hacer la yihad contra Occidente. El problema es que a los occidentales todo este envite nos pilla más perdidos que el barco del arroz. Occidente renunció a su identidad hace tiempo y se perdió en la maraña de lo políticamente correcto. Nosotros borramos nuestros símbolos para no ofender, pero nos cuesta prohibir el burka en nuestras calles o sancionar a quienes se bañan vestidos en las piscinas municipales, no vaya a ser que nos tilden de islamófobos. Sancionamos a un crío por decir en un programa televisivo que las niñas limpian mejor que los niños, pero permitimos que en las mezquitas de nuestro país se lancen comentarios machistas que denigran a la mujer. Hemos perdido el marco mental y eso nos debilita como sociedad.

Luego sucede lo que ha sucedido esta semana en Francia y todo se precipita. Los hijos de la rabia piden mano dura y comienzan a soltar comentarios que sí son realmente ofensivos contra la comunidad musulmana. Pues cuidado con creernos superiores a nadie. ¿Acaso no hemos sido nosotros violentos e intolerantes hasta antes de ayer? ¿Acaso nuestros abuelos y padres no han conocido genocidios, guerras y dictaduras? El camino a la democracia no es fácil y conservarla no es gratis. A nosotros nos ha costado siglos y al mundo musulmán se lo estamos pidiendo que lo haga en décadas. Nos guste o no, todas las culturas de la Tierra no han ido de la mano en el desarrollo científico, tecnológico y humanista de Occidente. Hay culturas que siguen ancladas en una especie de Edad Media mezclada con el secularismo que llegado de Occidente a lomos, primero de la colonización, y luego de la globalización. ¿Se imaginan que en siglo XVI cuando todavía íbamos a Flandes para evitar el avance del protestantismo se nos presentasen unos señores con Google, Facebook, la liberación de la mujer trabajadora, el matrimonio gay y la libertad de prensa? Pues en el mundo musulmán están un poco así. Los que tienen la mentalidad del siglo XVI conviven con los que abrazan el siglo XXI y en ese cacao adivinen quiénes tienden a la violencia para imponerse a los demás. Europa está impactada por el atentado del Charlie Hebdo y por la imagen de la ejecución de un policía indefenso en el suelo. No puede haber una metáfora más poderosa de lo complejo que resulta este asunto: el policía se llamaba Ahmed y era musulmán.

No hay que perder de vista que la inmensa mayoría de las víctimas del yihadismo son musulmanes que no se pliegan a las exigencias de los radicales. Tan equivocado es engañarse con que debemos dejar hacer a los islamistas en nuestro territorio en nombre de la multiculturalidad, como estigmatizar a todos los musulmanes o dejar a su suerte a las millones de personas que están luchando en sus países para que la primavera árabe no caiga en saco roto. Entre echar o marcar a todos los musulmanes de nuestra sociedad y dejarles vivir en nuestro territorio con una escala de valores radicalmente incompatible con la democracia debe haber un punto medio. Hacer valer nuestra identidad y nuestros valores sin caer en la intransigencia. Sacudirnos muchos complejos y hacer sacrificios en pos de la seguridad dentro y fuera de nuestra fronteras, pero controlado nuestras vísceras para no caer en un fanatismo contra el fanatismo. ¿Complicado encontrar ese punto medio? ¿Una quimera? ¡Ay, amigo! Nadie dijo que los retos civilizacionales del siglo XXI fueran a ser fáciles. Pero somos Occidente y ha llegado el momento de demostrar que somos la vanguardia de la humanidad. Ojalá tengamos suerte.

El día que me hice madrileño para siempre

Es curioso. Cuando se produce un acontecimiento colectivo de esos que quedan marcados en la epidermis de una sociedad, la gente suele recordar lo que estaba haciendo justo cuando todo sucedió. Yo, en cambio, si me preguntan por el 11-M, recuerdo la noche anterior.

Revivo como si fuera ayer aquella cena anodina en aquel piso compartido igualmente anodino, pendiente de la televisión porque el Real Madrid se estaba pegando con el Bayern de Munich por una plaza en los cuartos de final de la Champions. Desde aquel día, cada año, guardo una especie de vigilia interna, muy íntima, recordándome a mí mismo la belleza que reside en lo anodino, lo insustancial, en la pura rutina de lo cotidiano.

Mi imaginación sobrevuela las casas de las 191 personas que al día siguiente, sin saberlo, iban a coger un cercanías a ninguna parte. A algunos les encuentro en su salón, cenando como si tal cosa, posiblemente quejándose de su trabajo o de algún pequeño contratiempo sufrido a lo largo de la jornada. Otros están discutiendo con su pareja o sus hijos; las más de las veces por tonterías. Los hay que no están en casa porque han ido al Bernabéu a ver a su Madrid; un gol de Zidane tumba definitivamente a los alemanes, y ellos, ironías de la vida, lo celebran como si no hubiese mañana. Tampoco faltan los que esa noche se quedan en casa de un amigo; el cambio de rutina les obligará mañana a subir a un tren que no suelen coger…

Dicen que la palabra se nutre del silencio. Por esa regla de tres, podríamos afirmar que la tragedia lo es cuanto más contrasta con la calma que le precede. Estremece pensar qué fácil es pasar de un día cualquiera a un desastre de esos que detienen el reloj para siempre.   Stefan Zweig relató en su libro El mundo de ayer cómo la sinrazón de la Gran Guerra se llevó por delante todo lo que su generación había conocido hasta entonces. Casi un siglo después de que las trincheras del Somme obligasen al hombre a dejar de creer en el hombre, las bombas del 11-M nos volvieron a enseñar el lado más oscuro del ser humano.

Para las víctimas y sus familias siempre habrá “un mundo de ayer”, un mundo anterior a las 7 horas y 37 minutos del 11 de marzo de 2004.  El caso es que ya nos ha caído una década encima. A estas alturas, prefiero no recordar lo que vi aquel día en la calle Téllez.  Aquellas bolsas y aquellas cajas que se llenaban con lo que salía de los trenes… aquellos pasajeros caminando sin rumbo por las vías en silencio… El silencio… el silencio sólo roto por el tono de los móviles de los fallecidos… llamadas a ninguna parte…

No. A estas alturas, prefiero quedarme con el alivio de mi familia al saber que no había cogido el tren, con el paso decidido de los madrileños que bajaban por la calle de Alcalá comentando que iban a donar sangre, con los taxistas que se ofrecían a hacer carreras gratuitas para acercar a Atocha a parientes angustiados, con los conductores que convertían su coche en una improvisada ambulancia… Me quedo, en definitiva, con Madrid. La perra Madrid. La Madrid que te da y te quita. Esa ciudad que te recibe con dureza pero que acaba por acogerte en su seno sin preguntarte de dónde vienes o a dónde vas. Madrid te muerde y ya no vuelves a ser el mismo. Madrid es su gente y eso, amigo, ni se compra ni se vende.

Diez años después los madrileños siguen con su vida, su chulería y su tendencia a tocar el claxon a las primeras de cambio, ajenos a los dimes y diretes de políticos y periodistas. A algunos de estos últimos se les podría aplicar aquello de “Excusatio non petita, accusatio manifesta”. Llega el aniversario y se ven obligados a justificar sus excesos de hace una década. Tanto los que contaron un cuento durante las horas posteriores a la masacre, como los que utilizaron de forma rastrera la sangre de los muertos para cambiar su propio destino. Hablar de conspiraciones hollywoodienses es tan inútil como pretender negar que sigue habiendo lagunas que habrá que despejar, por respeto a lo que sufrimos aquel día. ¿Quién sabe? Tal vez necesitemos otros diez años.