Sin dientes y pagando la factura de la luz

El amor no tiene edad. Por no tener, no tiene ni miedo a un nuevo fracaso de esos que te dejan sin dientes y pagando la factura de la luz. Sin embargo, el enamoramiento tardío sí tiene memoria. Por eso los dos cincuentones que comen en un bar de menú a 9 euros trufan su agradable conversación con oportunas advertencias cifradas sobre sus manías irreconducibles (no me acuerdo nunca de bajar la tapa del váter) o sus cargas irrenunciables (tengo dos hijas que son lo primero para mí). Nunca es tarde para que dos almas solitarias sondeen la posibilidad de comenzar una nueva andadura, si la experiencia vivida y las cicatrices sufridas se ponen sobre la mesa de buenas a primeras.

Los dos tortolitos no tienen reparo en expresarse a viva voz, a pesar de los oídos indiscretos del resto de comensales. Claro que, para indiscreto, el dandi que comanda la conversación de la mesa contigua. Pelo cano y fuerte, de ese que te permite sortear la calvicie cruzada la madurez, y cuerpo razonablemente atlético. El reloj y la camisa denotan poderío y quienes se sientan a su mesa le escuchan embelesados. Todos menos la que debe ser su mujer. Ella asiste a la ceremonia pinchando el tenedor en el filete con la indiferencia de quien ya ha asistido muchas veces a la misma función.

El tipo pertenece a esa subespecie que alterna los bocinazos con repentinas bajadas de voz, como si de repente cayese en la cuenta que está siendo indiscreto, pero sin dejar de buscar fugazmente la mirada cómplice de los desconocidos que le rodean. No quiere que los demás cacen datos clave, pero se gusta siendo centro de atención y demostrando, aquí y allá, que sabe manejar la guita y que le va razonablemente bien.

Una amiga muy pija, que solía ir de compras a Londres como el que va a La Gavia del Ensanche de Vallecas, me comentó una vez que demostrar a todas horas que tienes mucho dinero es síntoma de mal gusto. “Falta de elegancia”, creo que fueron sus palabras. “Los ricos de toda la vida son muy discretos, a diferencia de los que se han enriquecido de la noche a la mañana”, me comentaba pensando con asco en los constructores que se hicieron de oro durante la burbuja inmobiliaria. Sin duda, mi amiga habría disfrutado con las confesiones de nuestro dandi.

Resulta que hace unos años se hizo con una opción de compra sobre unos terrenos para construir una serie de chalets. Antes de que el terreno fuera propiamente suyo decidió iniciar las obras con la ayuda de unos socios a los que ocultó que aquello todavía no le pertenecía realmente. La contrapartida era cederles algunas de las viviendas a un precio irrisorio sobre el papel. Bajo cuerda habían pactado un precio algo más alto que le darían en negro. Cuando llegó la hora de la verdad, los socios se negaron a pagarle ni un duro más de lo que ponía en los papeles y le denunciaron por el asunto de la titularidad de los terrenos. “Me tangaron y encima me llevaron a juicio y me condenaron”, concluye el dandi en un final apoteósico de su performance, mientras los comensales niegan con la cabeza acompañándole en la indignación.

Que un tipo que intentó tomar el pelo a unos socios y que pactó defraudar a Hacienda se ofenda porque los socios le acabasen tomando el pelo a él, y sobre todo que lo explique con ese desenfado, da una idea de cómo somos por estos lares. Ahora nos indignamos mucho con la corrupción. Nos damos golpes de pecho y exigimos castigo, sin querer reconocer que la mayoría de los que no sisaron no lo hicieron porque no tuvieron ocasión. No nos engañemos, aquí hay demasiados dandis dispuestos a hacer dinero fácil y demasiada gente que les ha visto siempre con sana envidia. Gente que no ha explotado hasta que les ha faltado para el potaje. Entonces sí, entonces pedimos castigo y justicia poética.

Pero la justicia poética la carga el diablo. La política es como el fútbol: un estado de ánimo. Y en el barrio de El Retiro alguien se ha animado a pintar la hoz y el martillo en un anuncio de marquesina donde reza: “creemos en la energía de este país”. No sé si servirá como lema, pero el CIS ha confirmado lo que muchos no han querido escuchar durante mucho tiempo: en este país hay demasiada gente demasiado cabreada y desesperada. Tanto como para amenazar con dar la llave de la gobernabilidad a un profesor universitario que se reconoce admirador de Robespierre y del uso de la guillotina en tiempos de revolución. Que esta opción aglutine el voto, o al menos la amenaza de voto a un año de las generales, de tantísimos ciudadanos demuestra lo mal que están las cosas y la desprotección intelectual con la que afrontamos este envite.

Precisamente, esta semana se celebran los 25 años de la caída del muro de Berlín. Tan sólo hemos necesitado un cuarto de siglo para comprobar que el capitalismo sin contrapesos lleva a una sociedad crecientemente injusta e inhumana. Tan sólo 25 años para que otros se hayan dejado, con descaro, la memoria en el cajón para recuperar del armario de la naftalina recetas colectivizantes que resultaron igualmente desastrosas, injustas e inhumanas. ¿Qué hacer? Entre el capitalismo salvaje y el comunismo casposo debe haber algo lo suficientemente decente como para que nos podamos gobernar con dignidad.

Son tiempos de cambios profundos y debemos estar atentos para desechar tanto a los adanistas que prometen el oro y el moro, como a quienes se creen que esto se arregla con una mano de pintura. El posmodernismo nihilista de los que han partido bacalao es tan pernicioso como la era del voluntarismo naif que ahora pregonan algunos.

Curiosamente, unos y otros desconfían de propuestas intermedias como las del economista Thomas Piketty, un capitalista del que discrepa la élite capitalista porque propone recetas para redistribuir la riqueza, y del que también desconfían los neocomunistas porque no deja de ser capitalista. No sé si las recetas de Piketty serán la panacea, pero yo iría abriendo el oído a todo tipo de propuestas sosegadas. Lo que sí sé es que a Churchill no le faltaba razón cuando decía que la democracia es el mejor sistema porque garantiza que no tengamos un gobierno mejor del que nos merecemos. Ahora que tanto nos indignamos, haríamos bien en mirarnos en el espejo para reconocer con humildad y autocrítica que somos lo que hemos votado, que hemos votado lo que somos y seremos lo que votemos. Que la solución no radica en los políticos, sino en la honestidad y el empuje de cada uno de nosotros como ciudadanos. Importante tenerlo en cuenta para no quedarnos definitivamente sin dientes y pagando la factura de la luz.

De resacón y con el corazón anestesiado

Otra vez de resacón. Otra vez una parte de la pandi con esa sonrisilla traviesa e ilusionada, y la otra parte entre preocupada e indignada. Otra vez la gente preguntándome en Madrid que “cómo lo ves tú, que eres de allí y estuviste trabajando en pleno fregao’, cuando se gestó buena parte de este problema”. Pues yo lo veo todo como muy cansino, tanto que hace tiempo decidí anestesiarme el corazón y ver las cosas con la distancia del exiliado que bastante tiene con cortar a machetazos el follaje de la jungla por la que transita a diario en la gran Babilonia.

Llega un momento que te tienes que anestesiar la patata porque, de lo contrario, puedes acabar deprimiéndote al comprobar que el ser humano no tiene solución. Somos lo que somos y, por mucho que pase el tiempo, nos seguimos rigiendo por lo que los psicólogos llaman el “sesgo de autoconfirmación”. Nos creemos muy informados, muy ilustrados y muy sensatos, pero, a la hora de la verdad, nuestro cerebro se encarga de destacar todo aquello que nos refuerza en nuestras creencias o manías. ¿Y el resto? El resto acaba en la papelera de reciclaje. Cuando eso sucede es muy complicado, casi imposible, dialogar y llegar a soluciones constructivas en las que todas las partes ganen algo.

Seguramente yo también soy víctima del sesgo de autoconfirmación, por mucho que haya intentado abstraerme y meterme en la piel de mis amigos y no tan amigos que están en mis antípodas ideológicas. Como diría Ortega y Gasset, yo soy yo y mi circunstancia. Y mis circunstancias fueron las de un catalán de primera generación, hijo de andaluces, que de muy pequeño fue a clases de catalán porque mi padre entendió, desde el primer momento, que él no podría enseñarme con corrección el idioma de la que estaba llamada a ser mi tierra, esa tierra que nos acogió y donde me hice hombre y ciudadano. Lo que yo vi en el cinturón metropolitano de Barcelona fue un montón de chavales en una situación parecida a la mía. El castellano era el idioma vehicular por la fuerza de nuestros orígenes, por mucho que la mayoría de las clases se dieran en catalán. Salvo para gente como Marta Ferrusola, que impedía a sus hijos jugar en el recreo con los castellanohablantes, aquello era lo normal entre nosotros, como lo era cambiar de idioma de forma automática en función de con quién hablaras. ¿Raro? Raro para los de fuera, para nosotros era nuestra manera de ser.

Nadie o casi nadie reparaba en determinados detalles. Como que la Historia de Cataluña estuviese enfocada como algo ajeno al conjunto de España, y que cuando ésta aparecía fuese para presentarla como una entelequia desagradable y entrometida que nos trajo la abolición de los fueros en 1714 o la dictadura franquista. Nos explicaban que los borbones se las apañaron para hacer del castellano el idioma culto y que el catalán, tanto en Cataluña como en Valencia, se despreció hasta identificarlo con algo propio de la gente sin formación. Poco a poco, aquello fue calando, de manera que nosotros, de manera sutil, fuimos entendiendo que las tornas habían cambiado y que, si tenías que hablar por primera vez con un profesor o con alguien que te pudiera dar trabajo, lo mejor, de entrada, era hacerlo en catalán. Había un tufillo a ingeniería social en todo aquello, pero pocos reparaban porque ¿quién se iba a negar a potenciar un idioma que también era nuestro? Lo sibilino de unos y la buena fe de otros fueron haciendo su trabajo.

Entonces, llegó la universidad y allí nos topamos con profesores que nos comentaban con incredulidad que en Ciutat Badía, un barrio popular de Sabadell, casi todo el mundo hablaba castellano. Lo explicaban como quien retrata la más horrorosa de las aberraciones. Los que éramos de Sant Boi o Cornellà nos mirábamos levantando las cejas, constatando que muchos tenían una visión unitaria de Cataluña que no encajaba con la realidad de la calle. Lo malo de los ingenieros sociales es que, al final, acaban encajando la realidad con su visión, aunque sea con calzador.

Hoy en día, las series de TV3 gustan de mostrar a magrebíes y subsaharianos hablando catalán con toda normalidad, pero hubo un tiempo en el que reflejaban a una maravillosa clase media con todas las virtudes del “buen catalán” (catalohablante, nacionalista y culé), mientras la gente de baja estofa o los delincuentes se expresaban en castellano. Claro que con eso no era suficiente. Dentro de TV3, un servidor fue aleccionado para decir “Estat Espanyol”, en lugar de España. También me explicaron que “Barcelona no tiene provincia” (concepto territorial impuesto por “los españoles” o que las banderas españolas debían ser obviadas en el montaje de los vídeos. Un día me hicieron prescindir de la única imagen que se tenía de un grupo de catalanes que había ganado una carrera internacional de campo a través, porque mostraba los metros finales, en los que recogían una bandera española para cruzar triunfales la meta. Se me dijo que obviara esa imagen y montamos el vídeo con imágenes de recurso que no correspondían a la prueba. Eso lo viví yo, con mi sesgo de autoconfirmación o sin él, como escuché a un profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, que acabaría trabajando en el tripartito, comentar a un grupo de alumnos “que en la clase había unos cuantos españolistas, pero que los tenía controlados”. Cuando tú vives ese tipo de cosas, o pasas o te rebelas. El problema de rebelarse es que te acabas convirtiendo en un “facha”. Y si encima, por aquellas cosas de la vida, acabas trabajando en la Cadena Cope, entonces ya ni te cuento…

Recuerdo un mitin de Convergència en el Palau Blaugrana. Artur Mas ya era el “elegido” y Jordi Pujol, ya en la retaguardia, veía las cosas desde las tablas. Tan relajado estaba el “Molt Honorable” que se acercó a los periodistas que recogían el tenderete tras el acto. Mientras guardaba la RDSI, se me acercó y me preguntó que qué tal. Todo muy simpático y agradable hasta que le dije dónde trabajaba. Le cambió la cara y se marchó a la chita callando. Fueron años en los que algunos denunciamos que el Estatut era una gran operación para hace reventar la Constitución en el medio plazo. Estaban pidiendo un marco legal de máximos para que, saliese lo que saliese, poder decir que no estaban satisfechos y que “España les había vuelto a fallar”.

Aquello se cumplió punto por punto y el show ha seguido su curso. La cosa se ha puesto tan fea que “el Estado” se ha animado a destapar los chanchullos de la familia Pujol. Periodistas como Jaume Reixach hablan de un patrimonio familiar de más de mil millones de euros, con los que poder seguir influyendo de manera orweliana en la sociedad catalana. Esto a algunos les asusta, a otros les da igual y demasiados lo dan por bueno si les permite conseguir su objetivo romántico de ser independientes. Lo malo del romanticismo político es que tiene algo de naif, algo de adolescente, al proponer soluciones del siglo XIX a problemas del siglo XXI. El propio Goethe pasó de ser romántico en su juventud a neoclásico en su madurez. Una buena parte de Cataluña está en un momento adolescente y con tal de poder tener un pasaporte propio o ver jugar a su selección en un mundial es capaz de poner en peligro el patrimonio de todos, tanto social como económico. Es la rauxa, frente al seny de otros. Admiro a periodistas como Xavier Rius que, sin ser sospechoso de españolismo, denuncia la vergonzosa manipulación que están realizando los medios públicos catalanes. Admiro a Víctor Amela por poner en su sitio a los cenutrios que todavía creen que esto se arregla con tanques.

Entre los adolescentes de barretina, los ignorantes de “España es Castilla” y los tunantes que ayudaron a agrandar este problema y que ahora proponen la broma del Estado Federal estamos bien jodidos. No sé cómo acabará esto y no sé si Gerard Piqué podría explicar, con su respectivo sesgo de autoconfirmación, en qué le ha oprimido España. Si tu familia ha podido vivir muy bien, si has podido hablar tu idioma y tener una autonomía que ya quisiera Escocia, si con la fuerza conjunta de España has conseguido ser campeón del mundo ¿dónde está el horror de ser español?

Posiblemente sus respuestas y la de tantos otros sean tan respetables y válidas como las mías. Yo sólo puedo responder por mí y asegurar que me siento muy orgulloso de ser tan catalán como español, siempre lo seré y siempre me hará ilusión expresarme en la lengua del gran Josep Pla a la mínima que me tope con un paisano en la capital. Y sé que si la cosa termina mal, se me romperá el corazón. De momento, lo tengo anestesiado.

La esquina en la que el diablo hizo saltar la chispa

Érase una vez un imperio la mar de glamuroso. Su capital era una de las ciudades más bonitas del mundo. Sus calles rezumaban refinamiento, al igual que sus gentes. Por doquier se veían pasar elegantes carruajes y vehículos de época, ocupados por hombres y mujeres que solían destinar sus horas de ocio al disfrute de la música clásica y a la más exquisita ejecución del vals.

Sin embargo, no todo era color de rosa en aquel imperio. El heredero al trono se olía que otros reinos le estaban comiendo la tostada y que muchos de sus propios súbditos estaban deseando partir peras con el imperio por aquello del nacionalismo (¿les suena de algo?). El heredero, con título de archiduque y un enorme sombrero de plumas a juego, ya le había hecho saber a su tío, el viejo emperador, que la única manera de contentar al personal sería impulsando una reforma territorial (¿les suena?). El archiduque estaba decidido a emprender aquella reforma en cuanto llegase al trono, pero, en este caso, el destino no quiso darle tiempo.

Un día, para hacerse el dirigente guay que besa a niños en la calle (¿les suena?), visitó con su mujer Sarajevo, una ciudad remota del imperio de esas que dan mal rollo a los guardaespaldas. Estaba llena de bosnios que se habían convertido al Islam por la larga influencia de la dominación turca. Dominación que, a su vez, había inflamado el nacionalismo de otro tipo de bosnios: los ortodoxos de origen serbio que andaban muy mosqueados porque, tras librarse de los turcos, en lugar de unirse con los serbios de Serbia, habían caído en manos del imperio del archiduque. Entre esos fanáticos se encontraba un joven de 20 años, de nombre Gavrilo, tuberculoso y tan tirillas que sus propios amigos terroristas le habían descartado para la acción.  Sin embargo, Gavrilo llevaba tanta mala leche acumulada que se puso a practicar por su cuenta. Un día mató un halcón de un tiro y pensó: “si puedo matar un halcón, puedo matar a un archiduque”. Vamos, alguien tan gilipollas como peligroso (¿les suena?).

El caso es que cuando la visita a Sarajevo llegaba a su último día y los guardaespaldas comenzaban a relajarse, se lío parda, que dirían los eruditos. Hasta siete nacionalistas serbios esperaban al archiduque a lo largo de su trayecto en coche descapotable. Unos no supieron disparar. Otro lanzó una bomba y se intentó suicidar lanzándose a un río seco (al más puro estilo de la película Four Lions), sin comprobar que el archiduque conseguía esquivar in extremis el artefacto que sí dejó varios heridos en la comitiva. Con el susto todavía en el cuerpo, el archiduque llegó al ayuntamiento donde un cuarteto se puso a interpretar música ligera vienesa, como si tal cosa, hasta que el propio heredero les mandó callar. Le estaban poniendo la cabeza loca con tanta música y necesitaba pensar. Finalmente, decidió cambiar la agenda y visitar a los heridos. Pero, he aquí, el chófer (siempre hay un tonto necesario) no se enteró de los nuevos planes y se metió por la misma calle donde estaban esperando los terroristas de marras. Cuando el gobernador, que viajaba en el mismo coche, se dio cuenta, le ordenó recular.  Entre dimes y diretes, el vehículo se detuvo durante unos segundos en la esquina de una tienda de comestibles. ¿Quién quiso el destino que estuviese en esa misma esquina comprando algo de comer cuando ya pensaba que no podría cumplir su sueño de ser un magnicida? Efectivamente, Gavrilo el del halcón.

Este 28 de junio de 2014 se cumple un siglo de aquella mañana en la que Gavrilo Princip asesinó al heredero del Imperio Austro-húngaro, el archiduque Francisco Fernando, y a su esposa Sofía. Cuando le detuvieron se hizo el chulo y aseguró que, por él, como si le colgaban y le prendían fuego. “Mi cuerpo será la antorcha que ilumine a mi pueblo en el camino hacia la libertad”, llegó a afirmar. Sin embargo, dicen que cuatro años más tarde, poco antes de morir en la cárcel, reconoció que, de haber previsto las consecuencias, no habría cometido el magnicidio.

Lo que sucedió hoy hace cien años en una esquina de Sarajevo provocó el estallido de la Primera Guerra Mundial. Nueve millones de muertos, cuatro imperios desaparecidos y una Europa que nunca más volvió a ser la vanguardia mundial, tras un conflicto terrible en el que, por primera vez, se usaron armas químicas. El hombre descubrió que el desarrollo tecnológico se le había escapado definitivamente de las manos con un armamento aterradoramente mortífero. Los millones de tullidos y desfigurados que vagaban por las calles en la posguerra inspiraron corrientes artísticas como el cubismo. Una guerra que podría haberse evitado si la surrealista política de alianzas no hubiese arrastrado a las diferentes potencias.

Algunos analistas comentan preocupados que, un siglo después, los paralelismos son inquietantes. Dirigentes mediocres y alejados de la realidad (los monarcas de Inglaterra, Austria, Alemania y Rusia eran parientes pero no se soportaban), movimientos nacionalistas (¿les suena?), malestar social que se tradujo en el auge de soluciones colectivistas como el marxismo (¿les suena?), naciones emergentes que buscan su sitio en el mundo con una política agresiva…

Tal vez lo más inquietante sea comprobar que, como sucedía en 1914, Europa tiene una ciudadanía a veces demasiado pasota y confiada en que las soluciones violentas ya son imposibles. En ese contexto crecen y crecen los extremistas de banderas y modelos sociales. Lo bueno, en cambio, es que a estas alturas ya hemos recibido muchas lecciones. De nosotros depende tener en cuenta efemérides como ésta y recordar siempre que, para evitar que una opereta torne en desastre, lo mejor es no dar bola a quienes están dispuestos a hacer saltar la chispa de la discordia en cualquier esquina.

Los jóvenes y la mala leche acumulada

La actitud vital de aquel profesor de instituto me pareció admirable. Aquel tipo, camino ya de los 50, jamás se hará viejo. Podrá cumplir años, pero no envejecerá porque ha decidido no acomodarse en su paradigma mental. Siempre estará dispuesto a asomar los bigotes más allá de su zona de confort y eso, a la larga, resulta clave. “Todo esto de Internet me asusta un poco, sobre todo los cambios de actitud y costumbres en los chavales de hoy. Pero me niego a demonizarlo. Simplemente, puede que yo, por edad, no lo entienda”, me comentaba al tiempo que detallaba fascinado el universo de posibilidades que acababa de descubrir en la red social interna que había puesto en marcha en colaboración con sus alumnos adolescentes.

Desde luego, descifrar lo que viene a lomos de los más jóvenes no es fácil. La industria del automóvil está que se tira de los pelos porque ha constatado que, por primera vez en la historia de la sociedad de consumo, los menores de 25 años no consideran como una de sus grandes prioridades tener vehículo propio. El mamón que atormentó a los Hombres G estaba en la cúspide del barrio porque, además de un jersey amarillo, tenía un Ford Fiesta blanco. Sin embargo, hoy en día los expertos en contratación de las empresas punteras van de culo porque no acaban de pillar el punto a los Millennials, como llaman los cursis a los nacidos a partir de 1980. Resulta que la última generación adulta asentada ya en el mundo laboral no lo fía todo únicamente a un buen sueldo ni al prestigio profesional. Los directores de recursos humanos están comprendiendo que para retener a los más talentosos tienen que ofrecerles otro tipo de incentivos intangibles. Los veinteañeros y los que comienzan a pisar la treintena (y tienen la suerte de trabajar) prefieren un sueldo más bajo si eso les deja tiempo libre, y valoran más que nunca que su empresa tenga buena reputación social, que respete el medioambiente… En definitiva, parecen un poco más honestos y llevan peor la hipocresía que la generación de sus padres. Algunos, incluso, llevan esa actitud al extremo y les da por hacerse hipsters. Se trata de esa moda que consiste en vestir vintage para entregarse a la nostalgia de un pasado más naif, más cándido. Los hipsters son unos tipos raros que optan por montar en bicicleta, tomar Prozac y hablar de forma irónica para combatir el cinismo que les rodea.

A otros, en cambio, les da por entregarse a un líder inspirador que les haga creer que “sí se puede”, ya sea un presidente negro, un entrenador aguerrido o un profesor universitario mediático y con coleta. “Podemos”, gritan todos. ¿Y qué le pasa al personal para que esté así de obsesionado con la utopía? Pues, posiblemente, estemos ante un choque entre lo nuevo y lo viejo, como no sucedía desde los años 60 del pasado siglo.

Los jóvenes de hoy en día llevan mal estar en el paro o tener un trabajo precario, a pesar de su formación y de hablar idiomas. Sobre todo porque viven en un sistema con demasiados gobernantes que no pasaron por la universidad, ni hablan idiomas, ni saben lo que es trabajar fuera del partido, ni fomentan, cuando no aniquilan directamente, la meritocracia. A los jóvenes de hoy, además, les revienta que esa clase dirigente les mire con displicencia y les diga que todavía son demasiado jóvenes para opinar o actuar, a pesar de que muchos han sobrepasado ya los 30.

“Todavía sois unos críos” dicen quienes con esa misma edad se embarcaron a hacer la Transición, no sin antes haber idealizado Mayo del 68, cuando se gritó “prohibido prohibir” y se arrancaron adoquines de las calles de París para montar jaleo. Los jóvenes de hoy en día, sencillamente, no entienden que esa misma generación critique ahora la utopía. Aunque lo que peor se entiende es que esa generación del Baby Boom siga todavía en el machito sin dejar sitio a nada más. Veamos: tontearon con la rebeldía y la violencia de Mayo del 68, hicieron la Transición en su juventud, fortalecieron la democracia, corrompieron la democracia y ahora todavía se ven con ánimos de regenerarla, mientras miran con recelo a los que vienen detrás.  En definitiva, lo viejo frente a lo nuevo en forma de generación tapón.

Lo malo es que el tapón no da más de sí, y a la mayoría de los que han llevado las riendas durante décadas el paradigma ya nos les sirve para entender lo que está pasando. De Gaulle no entendió que los medios de masas cambiaban las reglas de juego, y los que hoy todavía mandan se apuntan a Twitter si convicción para dejar la cuenta abandonada en cuanto termina la campaña electoral. Ahora están alucinando con que un partido salido de la nada con ideas y actitudes poco sensatas se haya colocado como cuarta fuerza nacional, aupada por los jóvenes con dos cañas y mucha campaña en las redes. En Izquierda Unida se preguntan por qué no les han votado a ellos si defienden lo mismo, en el PSOE no se preguntan nada porque hace tiempo se entregaron a la mediocridad y en el PP lo más que han sabido decir es que son todos unos frikis.

La mitad de los que han votado a Podemos tienen menos de 35 años y la mayoría poseen estudios universitarios. ¿Hay que hacerles mucho caso? Pues, por sentido común, no deberían tener demasiado recorrido, teniendo en cuenta que, a pesar de lo moderno de sus formas, se han presentado con una propuesta más vieja que los balcones de madera: el comunismo que ya fracasó donde quiera que fue implantado. Además, ahora deberán crear estructuras organizativas y no hay nadie en política que no haya perdido frescura y empatía en ese trámite. Posiblemente, los primeros que han conseguido capitalizar de verdad el malestar sean precisamente lo peor y más peligroso de los que tienen motivos para quejarse. De hecho, parecería el sector más cainita. Les delata su maximalismo y su lenguaje belicoso, casi militarizante, que entronca con toda la mala leche asquerosa que se vertió en las redes con motivo del asesinato de la presidenta de la Diputación de León. Cualquiera que tenga un poco de luces debería estar experimentando mucha inquietud ante las consecuencias que pueda tener la radicalización de la política. En todo caso, todo esto no deja de ser un síntoma de que el tapón por algún sitio tiene que saltar.

Bien harían los que llevan décadas mandando en tomar las medidas pertinentes para dejar que el agua salga poco a poco y no de golpe, una vez el tapón salte por los aires. Lo viejo debe ir dejando espacio a lo nuevo. A lo más valido y sensato de lo nuevo, porque, de lo contrario, será lo peor de lo nuevo lo que abra la brecha. En Francia lo hicieron en su momento y la V República sobrevivió a Mayo del 68. Cambiar todo para que todo siga igual, entendiendo «todo» como una sociedad avanzada y democrática en la que la inmensa mayoría vive razonablemente bien. De momento, los del machito ya le han visto la coleta al lobo.

¡Qué «güenos» y qué falsos que podemos llegar a ser!

Hay que ver cómo somos. Nos gritamos, nos insultamos, nos sacamos los ojos, pero… es morirse alguien y ponerse todo el mundo a alabar al muerto. ¡Qué güeno era el pobre, oiga! A lo mejor nos hemos pasado la vida despreciándole o lanzándole puñales de todos los tamaños y colores, pero, oye, es morirse y como que da nosequé meterse con el finado. Es como una especie de yuyu que entronca directamente con nuestras supersticiones más tribales. De hecho, conozco a unos cuantos extranjeros, cada uno de su padre y de su madre, que me han hecho ver su estupor ante ese rasgo tan hispano que consiste en comportarse de una manera y decir lo contrario. Pues, definitivamente, señoras y señores, el ejemplo que nos brinda el anuncio de la inminente muerte de Adolfo Suárez se lleva la palma.

Da vergüencilla ajena ver con qué entusiasmo se apuntan a darle al Play del “Libertad, libertad” los mismos que, cuando nos estábamos jugando el futuro, acusaron a Suárez de ser un traidor. Entusiastas de lo decimonónico, partidarios de que no hubiese ningún cambio, ahora esgrimen la Constitución como si fueran las Tablas de Moisés y tampoco se cortan un pelo si se trata de hacerle un panegírico al ex presidente.

Claro que tampoco está mal la hipocresía y el cinismo de los que se han pasado décadas denostando la memoria de Suárez con el simple argumento de que, en el fondo, era un franquista. Según este subgrupo, lo que hizo el ex presidente no tiene ningún mérito. “Lo hizo todo obligado por las circunstancias”, llegan a decir los que se pasaron años y años con el culo apretado y ahora, ahora sí, van de contestatarios, valientes antisistema o esforzados antipatrias.

Eso sí, no todos los que se beneficiaron de la labor de Suárez para luego ponerle a caldo han acabado haciéndose anarquistas, separatistas o neojornaleros del siglo XXI. Algunos se han convertido en todo unos burgueses a los que les ha ido fenomenal en la España de las autonomías derrochadoras. Muchos de estos últimos también eran hijos de franquistas, pero no tuvieron ningún pudor en amargar la carrera política de Suárez hasta hacerle desistir. Con el cuento de que Suárez venía de dentro de la dictadura, le presentaron como un ser casposo y pasado de vueltas. El presente, decían, era para los jóvenes con chaqueta de pana. Más de treinta años después, la chaqueta de pana se la llevó el viento, pero sus portadores ahí siguen, yonquis de la poltrona, haciendo de tapón a la generación de sus hijos, y sin aplicarse el jarabe que hicieron tomar a Suárez.

Dicho esto, los que aprovechen los panegíricos para presentar a Adolfo Suárez como un santo varón o un ser incorrupto, posiblemente, también se equivoquen. Estamos hablando de un hombre que participó de errores como la amnistía que sacó a la calle a los etarras que luego siguieron matando o el “café para todos” que ahora, por ejemplo, provoca que cuando una niña necesita una ambulancia, primero se pregunte en qué territorio vive y quién la va a pagar.

Y es que, visto lo visto, puede que ahí radique precisamente el mérito de Adolfo Suárez: siendo un hombre de carne y hueso tuvo el arrojo de tomar el mando de la nave en el momento más peliagudo y la lucidez de girar hacia el lugar correcto. Aguantó las envestidas de unos y de otros. No le dio la gana de agacharse debajo del escaño cuando Tejero se puso a disparar. Y supo irse cuando entendió que ya no tenía más que aportar.

Sólo por eso, porque lo hizo lo mejor que pudo, porque recibió de todas partes, y porque muchos fueron ingratos con él, se merece un respeto.  Y ahora que los médicos rectifican y el triste desenlace podría alargarse más de lo previsto, los que se han apresurado a darle al Play, que se aguanten con el soniquete del “Libertad, libertad”. Porque Adolfo Suárez, aunque no se acuerde de nada de lo que hizo, se ganó el derecho a morirse cuando le dé la gana.

¿Qué es más importante si te hacen elegir? ¿Libertad o igualdad?

¡Menudo dilema! Ese mono venido a más que es el ser humano lleva siglos debatiendo (y matando) sobre el asunto sin acabar de ponerse de acuerdo. ¿Qué es más importante? ¿La libertad o la igualdad? Así, a bote pronto, los dos conceptos son loables. ¿Quién va a decir que está en contra de la libertad? ¿Quién va a despreciar, así sin más, la igualdad entre seres humanos?

Pues el asunto se complica cuando intentas llevarlo a la práctica, porque resulta que, a partir de cierto punto, son conceptos incompatibles. Si aplicas la libertad al extremo, libertad para que el ser humano elija su destino sin que nadie se entrometa en sus decisiones, te conviertes en un liberal. Lo malo es que habrá quien te diga que en una sociedad en la que cada uno actúa con total libertad los más inteligentes, audaces o con más dinero progresan y amplían la brecha respecto a los demás, creando una “sociedad desigual”. ¿Solución?: imponer la igualdad.

¿Cuál es la pega de imponer la igualdad? Pues que aplicada al extremo te lleva a una dictadura comunista. Si decretas por ley la igualdad entre todos, si no permites que la gente decida sobre su vida, no vaya a ser que los más capaces o más trabajadores destaquen sobre la media, te cargas la libertad.  De manera que si eres un defensor de la libertad extrema, malo; si defiendes la igualdad hasta sus últimas consecuencias, peor todavía.

Luego están los fascistas, que no creen ni en la libertad, ni en la igualdad. Estos, por lo general, creen en la exaltación de la patria sustentada en miles de personas que, en realidad, no son personas. Son como hormiguitas que sólo tienen valor en tanto actúan como borregos que sostienen a un dictador. Paradójicamente, fascismo y comunismo se parecen mucho porque ambas opciones machacan sin contemplaciones al valiente que se le ocurra decir: “eh, que yo no soy una hormiga o un borrego… que yo pienso… que yo soy ‘ciudadano’”.

Cualquiera que tenga un poco de inquietudes intelectuales o ideológicas debería leer alguna vez en la vida “Cómo llegó la noche”. Es un libro escrito por Huber Matos, un cubano que, recién llegado a Sierra Maestra para unirse a la lucha revolucionaria de Fidel Castro, dejó para la posteridad una frase antológica: «Es difícil estar con uno mismo en medio de una revolución».

En realidad, Matos estaba haciendo algo tan prosaico como buscar agua para su cantimplora cuando se le pasó esa frase por la cabeza. Se había alejado un momento del bullicio del campamento guerrillero “una noche de palmas, río y luna”. Pero esa frase sería premonitoria de lo que estaba por venir. Y lo que estaba por venir era aquella celda pestilente en la Isla de Pinos, las moscas, la carne de perro que le harían comer mezclada con algo de arroz, los pocos paseos fuera de la celda… Paseos siempre de noche para que no le viesen los otros presos. Nadie debía verle porque durante 20 años Huber Matos fue para el régimen castrista “un muerto en vida”.

¿Qué pasó para que el hombre que entró triunfalmente en La Habana flanqueando al mismísimo Fidel Castro junto a Camilo Cienfuegos acabase ganándose el odio de Fidel? Pues la historia de Matos es la historia de alguien que experimentó en carne propia lo complicado que es esto de compaginar libertad e igualdad. Su amor por la igualdad le llevó a unirse a los hermanos Castro y al Che Guevara en la lucha contra el dictador Fulgencio Batista, ya saben, el típico cabroncete que se enriquecía mientras mucha de su gente pasaba necesidades.

Sin embargo, todavía en la jungla, antes de que consiguieran su objetivo, Matos comprobó de primera mano como Fidel humillaba a sus subordinados; el sectarismo del Che Guevara, ahora idolatrado por muchos jóvenes como sinónimo de libertad; la cobardía de algunos guerrilleros que han vivido el resto de su vida como héroes, gracias a la propaganda oficial.  Aquellos detalles no pasaron desapercibidos para Matos, pero lo que le martirizó fue comprobar que se había chupado cuatro años de guerra, de 1956 a 1959, para cambiar una dictadura por otra. Cuando comprobó que la cosa derivaba hacia el comunismo expresó sus dudas a Fidel. Y Fidel, lejos de hacerle caso, le metió en la cárcel. “Aquí, en la soledad de mi calabozo, quisiera demoler a golpes los muros y las rejas, para poder salir a la calle y alertar al pueblo cubano sobre la terrible noche que les acecha”.

La noche de Matos duró 20 años. El régimen comunista no le perdonó ni un solo día y cuando cumplió condena le expulsó de la isla. Matos ha muerto esta semana convertido en un símbolo de la oposición anticastrista. Se ha ido con la pena de no haber visto una Cuba libre y con el remordimiento de haber contribuido a instalar en el poder una dictadura que ha superado ya el medio siglo.

Él fue testimonio de lo peligroso que puede ser decirle a un superior, desde la honestidad y la lealtad, que se está equivocando. Lo difícil que es imponer la igualdad sin matar la libertad. Muchos deberían leer su libro. Tanto los “progres” a los que se les llena la boca con la igualdad, como los defensores del progreso que ni se inmutan cuando pasan al lado de un mendigo. ¿Libertad o igualdad? Matos tuvo el coraje de dudar y eso le hizo pagar un precio muy alto. ¡Menudo dilema!

Huber Matos

El puente de la Constitución y el adivino que predijo lo que pasaría

Ha vuelto a ser lunes. Lunes al sol para el que no tiene curro y lunes anodino para el que lo conserva a pesar de las rebajas de sueldo y las amenazas de despido. Lo bueno es que este lunes nos anticipa una semana más corta. El viernes es 6 de diciembre y habrá puente. Aprovechen, porque 2014 se presenta muy mal para los amantes del dominguerismo y el disfrute de acueductos.  El peaje a pagar: que nos volverán a dar la brasa con el aniversario de la Constitución. Nos volverán a hablar de la Transición, nos volverán a poner la música del “Libertad, libertad, duduá, duduá…”, y algunos nos volverán a contar lo excitante que era correr delante de los grises.

35 años tiene ya la carta magna, y, la verdad, no le pilla en el mejor momento. Me pregunto qué hubiesen pensado los impulsores de la Constitución del 78 si un adivino de estos que te leen el futuro a través de la llama de una vela les hubiese anticipado el panorama. ¿Se imaginan la escena?:

ADOLFO SUÁREZ: “Caballero, en este trascendental momento de la historia de España nos gustaría anticipar qué nos depara el futuro como nación. ¿Qué será de los españoles dentro de 35 años?”

ADIVINO: “Pues vamos a ver cómo se lo explico yo… ¿Seguro que quieren saber?”

MANUEL FRAGA: “Al grano, joven, al grano. ¡No me sea cretino!”

ADIVINO: “Pues nada… En España hay seis millones de parados. Así, como suena. Veo a un tío que le llaman Paco Telefunken que se niega a cerrar Canal 9. Pero, vamos, que al final la cierran…”

JORDI SOLÉ TURA “¡Un ataque a la libertad de expresión y a la lengua propia de las nacionalidades históricas!”

ADIVINO: “Qué va, más bien que no hay pasta porque los que mandan se la han fundido de mala manera”

SANTIAGO CARRILLO: “Me lo temía… 35 años después y las castas dirigentes siguen negando el pan a la clase trabajadora”

ADIVINO: “Bueno, dinero ha habido. Lo que pasa es que en 2013 la gente está pagando los excesos de años anteriores. Antes de 2008 veo a españoles enloquecidos que pagaban 50 millones de pesetas por un piso pestoso en un barrio pestoso. Veo a gente que pedía un préstamo para irse de vacaciones… Por alguna extraña razón los españoles llegaron al convencimiento de que un ladrillo era como un lingote de oro”

CARRILLO: “La banca y el capital seguro que incitarán a la cándida clase trabajadora a gastar y gastar para luego caigan en sus garras. Deberemos redoblar el esfuerzo de los sindicatos para defender al trabajador”

ADIVINO: “Uy, de sindicatos mejor no me hable. Les veo comiendo marisco y bebiendo fino en la feria de Sevilla con el dinero público. Sí, sí… veo mucha imaginación con las facturas falsas y el despilfarro del dinero destinado a los parados”

GREGORIO PECES BARBA: “En todo caso, seguro que la socialdemocracia que representa el PSOE habrá moldeado el país a mejor”

ADIVINO: “En general, parece que hemos avanzado. Ya no somos un país tan gris. A Felipe González y a Alfonso Guerra sí que les ha ido bien.  Les veo viviendo en barrios nobles de Madrid.  Felipe trabaja para un mexicano muy rico, de hecho, es el más rico del mundo.  Veo a otro futuro expresidente socialista tumbado en una hamaca…”

PECES BARBA: “¿Cómo se llama?”

ADIVINO: “Zapatero… Rodríguez Zapatero”

PECES BARBA: “No me suena”

ADIVINO: “Pues le sonará porque precisamente él será el primero en cuestionar la Transición. Hablará mucho de su abuelo republicano y vendrá a decir que lo que habéis pactado aquí es una caca y que hay que ir más allá”

CARRILLO: “¡Como debe ser!”

ADIVINO: “Desde luego, el Zapatero éste tiene tela… En 2004 recibe un país con superávit y en 2010 lo deja hecho unos zorros. Veo un cheque bebé que aparece para ganar las elecciones y que a los pocos meses desaparece. Veo un libro. Un libro en el que reconoce que no se atrevió a pinchar la burbuja, que no supo ver la crisis…”

FRAGA: “¡Qué descaro, joven!”

ADIVINO: “Bueno, don Manuel, la derecha también tiene lo suyo. Veo a un extesorero en la cárcel. Veo a un presidente de barba, paisano suyo, de aparente pachorra pero que las mata callando. Promete que bajará los impuestos pero luego hace lo contrario. Se justifica diciendo que no tiene más remedio, pero tiene un ministro de Hacienda…”

FRAGA: “¿Qué le pasa al ministro ese?”

ADIVINO: “Pues que, con el 80 por ciento del país pasándolas canutas, coge y dice públicamente y sin pestañear que los sueldos están subiendo.  Y el tío se descojona…”

MIQUEL ROCA: “Una pregunta: ¿qué pasará con Cataluña?”

ADIVINO: “La familia Pujol sale en la prensa por presuntos casos de corrupción. Cuentas en Suiza, comisiones, tratos de favor. Cuando se ven acorralados, desprecian a la justicia española e impulsan un proceso independentista. Estos no cierran su tele autonómica. Prefieren cerrar hospitales y colegios…”

SUÁREZ: “Oiga, y con ETA… ¿qué pasará?”

ADIVINO: “Al final, los asesinos desisten, pero se niegan a aceptar la derrota. El Estado les dará una salida honrosa. Veo partidos proetarras en las instituciones. Veo etarras que ríen al salir de la cárcel”.

GABRIEL CISNEROS: “¿Pero eso cómo puede ser?”

ADIVINO: “Todos ustedes cometerán un error: suprimirán la pena de muerte pero sin modificar el resto del código penal hasta dentro de muchos años. Eso beneficiará a terroristas, violadores y asesinos que estarán en la cárcel mucho menos de lo que debieran”.

MIGUEL HERRERO Y RODRÍGUEZ DE MIÑÓN: “Qué desastre…”

ADIVINO: “Veo a un violador y asesino en un hotel de Madrid. Es coautor de un crimen horrendo. Le protege una productora y se especula con que le van a entrevistar en la televisión a cambio de dinero. Dentro de 35 años, algunos programas de televisión dejarán mucho que desear…”

SUÁREZ: “¿Sabe qué le digo?  Creo que ya no quiero seguir escuchando. Muchas gracias por sus servicios”.

ADIVINO: “No hay de qué. Por cierto, harían bien en consensuar un buen modelo de educación. Muchos de los problemas serán consecuencia de la falta de consenso en esa materia. En fin, señores, que pasen un buen día”.

No sabemos qué habrían hecho los padres de la Constitución de escuchar a un adivino certero hace 35 años. Seguramente habrían aprobado igualmente la Constitución y, seguramente, habría valido la pena. Pero no cabe duda de que seguimos teniendo muchísimo que mejorar para tener una democracia con lustre. Feliz día de la Constitución.

Las trolas de verdad y el peligro sordo de las medias verdades

Sus hijos eran feos. Feos de cojones. Demasiado feos para un tipo con semejante planta de playboy y con una esposa tan atractiva.  Tanto el padre como la madre eran más que resultones para lo que se estila en China. Los dos pertenecían a la casta de los nuevos ricos del gigante asiático. Lo tenían todo para triunfar y ser felices. Sin embargo, vaya por Dios, los tres hijos les habían salido horrorosos: nariz extremadamente respingona, ojos minúsculos y labios morcillones… un poema.

El padre de familia empezó a sospechar:  

-“¿No me la habrá pegado mi mujer con otro?” Me parece poco probable, pero es que ya no sé”…

 -“¿Los tres hijos engendrados con el mismo amante generador de niños feos? No creo, Jian”, le decía su mejor amigo y paño de lágrimas.  “Piensa que, a veces, de padres guapos, hijos poco agraciados”. 

-“¡Pues yo no puedo seguir así! Mi hija me horroriza y Jian junior… ¡Jian junior parece un vampiro mellao! ¿Cómo voy a medrar en las reuniones del Politburó? ¿Cómo voy a lucir en los photocalls de las revistas con semejante prole a mi lado?”

Tales fueron los lamentos y gritos del protagonista de nuestra pequeña historia que, al final, la mujer acabó confesando. Aquella belleza oriental con carita de porcelana no siempre había sido tan guapa. Antes de casarse se gastó cien mil dólares en cirugía estética. Antes de conocer a su marido, ella también se paseaba por este mundo con una nariz extremadamente respingona, unos ojos minúsculos y unos labios morcillones…

La genética no entiende de nuevos ricos y, descubierto el pastel, Jian Feng se sintió ultrajado. De hecho, pidió el divorcio y denunció a su esposa por engaño. Ahora la justicia china le ha dado la razón y ha condenado a la neoguapa a indemnizarle con cien mil dólares. Los mismos que se gastó para dejar de ser un cardo borriquero.

 Estarán conmigo en que parece poco probable que la justicia española pueda tomar una decisión parecida. Lo primero que dirían los magistrados, y con razón, es que ser feo es una putada pero no un delito. Además, analizado el caso con ojos hispanos, tampoco faltaría quien dijese que, hombre, engaño, engaño… tampoco fue.  Simplemente, no dijo la verdad.

Lo de las verdades a medias y los silencios cómplices es muy español. Aquí se escribió El Lazarillo de Tormes. Aquí a nadie se le ocurre dejar la bicicleta sin atar a una farola. Aquí ningún periódico coloca en la calle esos dispensadores anglosajones que te permiten, si quieres, llevarte todos los ejemplares habiendo pagado sólo uno. Aquí se da por hecho que la mayoría, si sabe que no le pillan, roba y miente.

Está tan asumido, que la condescendencia para con quien mete una trola es acojonante.  Sin ir más lejos, el exministro de Economía, Pedro Solbes, no ha tenido ningún problema en reconocer que ocultó la gravedad de la crisis que se nos venía encima para poder ganar las elecciones de 2008. Sabían que iba a temblar el suelo, pero Zapatero y sus mariachis mandaron a Solbes a la tele con la misión de mentir. Se rió de Manuel Pizarro en aquel debate, le dijo que exageraba cuando decía que el paro iba a crecer de forma dramática. No hizo lo que debía hacer para paliar la crisis. Lo importante era que la gente les votase, y luego ya se vería…

Ahora dice Solbes que se siente mal porque considera que España podría estar un poco mejor si hubiesen actuado con más honestidad.  El otro día le vi en la puerta de COPE, tras la entrevista que concedió a La Mañana de Buruaga.  La verdad es que se le veía tranquilo. En el fondo sabe que nadie le condenará por haber ocultado la verdad. A los que destrozaron las cajas de ahorro con mentiras y medias verdades también se les ve bastante tranquilos. Entre tanto, la gente de la calle sigue peleando por salir a flote con resignación cristiana.  Aquí la justicia no es tan dura como en China. Tampoco tenemos hijos tan feos. Los más feos suelen ser los que mandan.