Igualdad de género, manda huevos (nunca mejor dicho)

Lamentablemente, tenía que pasar y ha pasado. La estupidez social, que aquí en España se practica bajo una suerte de gilipollismo ilustrado, se contagia más rápido que cualquier virus o bacteria que uno pueda imaginar. ¿No me creen? Pues al loro, cantimploro: “Una oposición en Valencia da prioridad al varón si hay empate”…

Cuenta la prensa que el pasado 31 de marzo se celebró una oposición a técnico de tributos. Las bases de la convocatoria establecían que, en caso de que se produjeran empates en la puntuación, se debía escoger a los hombres porque, según los convocantes, en ese cuerpo técnico “el sexo masculino está infrarrepresentado”.

Habrá que investigar cómo procedieron técnicamente al desempate. Se supone que con enseñar el DNI debió ser suficiente, aunque no se puede descartar que los afortunados varones tuviesen que hacer gala de su gallardía anatómica para justificar su nuevo empleo. Algo así como el casting de Full Monty: “señores del tribunal, no tengo más idiomas que mi oponente, no saqué mejores notas ni en la carrera, ni en esta oposición… ¡¡pero tengo esto!!”.

Debe ser duro ir por la vida teniendo que explicar que la clave para conseguir tu puesto de trabajo residió en tu pene. De hecho, el asunto parece una broma, pero dicen los defensores de la medida que el problema está en la discriminación positiva a favor de la mujer: se han pasado tanto con la medida correctora en los últimos años, que ahora sólo hay mujeres.  Y es que una gilipollez ilustrada suele llevar a otra. ¿Alguien puede explicar que tienen que ver los pechos para ejercer como técnico de tributos? ¿Y el miembro viril?

Estamos ante puras aberraciones, fruto de una mentalidad buenista que, de tan simple, es ridícula y se vuelve contraproducente. La igualdad se consigue pagando a las mujeres igual que a los hombres y facilitándoles la maternidad sin que eso les corte o lastre la vida profesional. Todo lo demás son inventos de laboratorio que sólo pueden acabar mal.

Sin ir más lejos, el Consejo de Gobierno de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid acaba de anular el único grado de “Igualdad de Género” que había en España. 40 criaturitas, ignoramos la naturaleza de sus gónadas, se apuntaban al año. Los precursores de lo que llegó a ser una carrera universitaria (“soy licenciado en Igualdad”) asumen cabizbajos que el número es insuficiente para seguir adelante con la cosa.

Claro que cómo tomarse en serio a unos profesionales docentes que ni siquiera son capaces de emplear el lenguaje con corrección. “Igualdad de Género” repiten ufanos, sin percatarse de que género (masculino, femenino o neutro) tienen las palabras. Las personas tenemos sexo. De ahí, que cuando hablemos de la terrible violencia entre hombres y mujeres se le pueda llamar violencia sexista, machista, doméstica… pero no de género.

Cierto es, y hay que denunciarlo, que nuestro lenguaje es bastante machista. Lo bueno es “la polla” y lo aburrido es “un coñazo”. Un zorro es un tipo “astuto y solapado”, mientras que una zorra es una “prostituta”… Pero una cosa es que la RAE vaya a retirar algunas de esas acepciones en octubre de este año, y otra que nos hayamos entregado por completo a la moda de “los miembros y las miembras” y de la violencia de género, como si fuera posible que un artículo de género neutro agreda a un adjetivo declinado en femenino.

En fin, habrá que estar pendientes de la revisión que haga la RAE, así como de nuestros políticos y docentes para que modifiquen lo que haya que modificar en el lenguaje y la sociedad, pero sin caer en ridiculeces o barbaridades. Seguramente, en el equilibrio estará la clave. Mesura, compañer@s, mesura…

Lo que va de la violencia a la marca del café

Fue en una clase de alemán. El chaval apenas tendría 20 años. Era calladito. El más tímido de aquel curso dirigido por un alemán extrovertido, que sabía más que los ratones coloraos. Nos contaba el hombre, soltero y ya metido en los cincuenta, que vivía como un marajá. Cobraba un buen sueldo y sólo trabajaba de octubre a junio. Dedicaba sus largas vacaciones a viajar principalmente a Tailandia. Iba él sólo con su propio mecanismo. Decía que le gustaban mucho las playas de allí… Sospechoso, sospechoso… El caso es que presumía con tal obstinación de lo bien que se lo montaba, a diferencia de nosotros pobres mortales, que llegó a caerme mal.

Tal vez fue por eso que me reí tanto para mis adentros aquella noche que le vi al borde del colapso mental con sus ojitos azules abiertos como platos. Había llegado el momento de hablar de la división de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Tras poner a caldo el nazismo, como no puede ser de otro modo, nuestro extrovertido profesor procedió a poner a caldo, como tampoco puede ser de otro modo, el comunismo de la RDA.  ¡Pues ahí se obró el milagro! El chaval calladito, que no había dicho ni mu en cuatro meses de clase, abrió la boca para decir con una vocecilla acorde a su gran papo: “pero el comunismo es bueno”.

-¿Cómo?

-Que el comunismo es bueno… Hace que haya justicia. Mira por lo pobres…

-Mira chaval, yo voto al SPD, me considero progresista y te puedo asegurar que el comunismo no es bueno. Viví en el Berlín dividido por el muro y conozco a mucha gente a la que el comunismo le destrozó la vida…

Como el calladito parecía haber comido lengua aquella noche y no había manera de convencerle, nuestro querido profesor comenzó a flipar más y más hasta que nos recomendó ver la película Das Leben der Anderen, traducida en España como La vida de los otros. Se trata de un film que refleja hasta qué punto la Alemania Democrática se convirtió en una gran cárcel en la que todos los ciudadanos eran espiados y controlados por el gobierno marxista.

Otros jóvenes alumnos de aquella clase habían secundado con más o menos pasión al calladito, por lo que el profesor se fue a casa alucinado al ver la visión edulcorada que tenían muchos jóvenes españoles del comunismo y de otras fórmulas de izquierda radical como el anarquismo. ¿Por qué pasaba eso en España? Pues una respuesta bastante verosímil me la dio un checo de Brno con el que compartí piso en Madrid durante un tiempo. Decía el chico checo: “A vosotros os pasa al contrario que nosotros. En mi país, después de tantos años de dictadura comunista, los que son de izquierdas están como un poco acomplejados y a poco que defienden sus ideas siempre hay alguien que les acusa de ser comunistas. Y a lo mejor sólo son socialdemócratas o de centro izquierda…” El de Brno, que había venido a Madrid a trabajar como programador informático, proseguía: “Aquí en España son los de izquierdas los que van sacando pecho y se creen superiores, mientras los conservadores o liberales tienen que aguantar que les llamen fachas, cuando en realidad no lo son”.

El checo era un tipo especialmente lúcido que disfrutaba observándonos en nuestra salsa. En alguna cena nos contó como mucha gente en la República Checa llegó a sufrir ataques de ansiedad al comprobar que, con la llegada de la economía de mercado, las estanterías de las tiendas estaban llenas. “La gente, por primera vez en su vida, tenía que elegir. Nunca habían sido lo suficientemente libres como para tomar una decisión. El comunismo les había tratado como a menores de edad y, de repente, el tener que elegir entre tres marcas de café les colapsaba mentalmente”.

En otra ocasión, un taxista cubano, que me recogió en Barajas para llevarme a la Gran Vía, me comentó que la dictadura de izquierdas tenía todo lo malo de la dictadura de derechas y algo más: “En Cuba usted no puede votar, no puede hablar, no puede quejarse si la policía abusa de usted… pero, además, resulta que no puede ni siquiera vender su casa o su coche para hacer con su dinero lo que le apetezca”.

Ni que decir tiene que los tres personajes, cuando veían una bandera soviética, sentían una profunda repulsión.  El problema es que para pensar como el profesor alemán, el programador checo o el taxista cubano tienes que haber sufrido o visto de cerca una dictadura de ultraizquierda.

Pues eso es lo que, afortunadamente, les falta a los jóvenes españoles que han salido a la calle estos días con banderas de la URSS, estrellas rojas y consignas anarquistas. Dicen que luchan contra el fascismo y contra todo aquello que no sea demócrata, pero ellos mismos practican la violencia y tienen poco o ningún respeto por los derechos ajenos. Han crecido en un país en el que supuestamente (eso les han contado) sólo hay fascistas. Nunca se han preguntado porque la mayoría de los grupos que han practicado la violencia con más o menos intensidad en los últimos treinta años (ETA, GRAPO, Terra Lliure, Resistencia Galega…) son de izquierdas. Deberían hacerse esa pregunta. Como deberían reflexionar los partidos que tardan varios días en condenar los disturbios y las brutales agresiones; o los medios de comunicación que, ante un tipo con pasamontaña que lanza una piedra contra un agente antidisturbios, apenas pueden disimular que simpatizan más con el primero que con el segundo; o los periódicos que ocultan en sus portadas los incidentes y abusos en la universidad. La socialdemocracia y la izquierda verdaderamente democrática, tan importante y necesaria para nuestra convivencia, debería dar un paso al frente. Algunos que ahora callan o hacen como si no fuera con ellos deberían reflexionar y no dar coba a los violentos porque, de hacerlo, puede que llegue el día en que no tengamos que preocuparnos por elegir la marca del café.

¡Qué «güenos» y qué falsos que podemos llegar a ser!

Hay que ver cómo somos. Nos gritamos, nos insultamos, nos sacamos los ojos, pero… es morirse alguien y ponerse todo el mundo a alabar al muerto. ¡Qué güeno era el pobre, oiga! A lo mejor nos hemos pasado la vida despreciándole o lanzándole puñales de todos los tamaños y colores, pero, oye, es morirse y como que da nosequé meterse con el finado. Es como una especie de yuyu que entronca directamente con nuestras supersticiones más tribales. De hecho, conozco a unos cuantos extranjeros, cada uno de su padre y de su madre, que me han hecho ver su estupor ante ese rasgo tan hispano que consiste en comportarse de una manera y decir lo contrario. Pues, definitivamente, señoras y señores, el ejemplo que nos brinda el anuncio de la inminente muerte de Adolfo Suárez se lleva la palma.

Da vergüencilla ajena ver con qué entusiasmo se apuntan a darle al Play del “Libertad, libertad” los mismos que, cuando nos estábamos jugando el futuro, acusaron a Suárez de ser un traidor. Entusiastas de lo decimonónico, partidarios de que no hubiese ningún cambio, ahora esgrimen la Constitución como si fueran las Tablas de Moisés y tampoco se cortan un pelo si se trata de hacerle un panegírico al ex presidente.

Claro que tampoco está mal la hipocresía y el cinismo de los que se han pasado décadas denostando la memoria de Suárez con el simple argumento de que, en el fondo, era un franquista. Según este subgrupo, lo que hizo el ex presidente no tiene ningún mérito. “Lo hizo todo obligado por las circunstancias”, llegan a decir los que se pasaron años y años con el culo apretado y ahora, ahora sí, van de contestatarios, valientes antisistema o esforzados antipatrias.

Eso sí, no todos los que se beneficiaron de la labor de Suárez para luego ponerle a caldo han acabado haciéndose anarquistas, separatistas o neojornaleros del siglo XXI. Algunos se han convertido en todo unos burgueses a los que les ha ido fenomenal en la España de las autonomías derrochadoras. Muchos de estos últimos también eran hijos de franquistas, pero no tuvieron ningún pudor en amargar la carrera política de Suárez hasta hacerle desistir. Con el cuento de que Suárez venía de dentro de la dictadura, le presentaron como un ser casposo y pasado de vueltas. El presente, decían, era para los jóvenes con chaqueta de pana. Más de treinta años después, la chaqueta de pana se la llevó el viento, pero sus portadores ahí siguen, yonquis de la poltrona, haciendo de tapón a la generación de sus hijos, y sin aplicarse el jarabe que hicieron tomar a Suárez.

Dicho esto, los que aprovechen los panegíricos para presentar a Adolfo Suárez como un santo varón o un ser incorrupto, posiblemente, también se equivoquen. Estamos hablando de un hombre que participó de errores como la amnistía que sacó a la calle a los etarras que luego siguieron matando o el “café para todos” que ahora, por ejemplo, provoca que cuando una niña necesita una ambulancia, primero se pregunte en qué territorio vive y quién la va a pagar.

Y es que, visto lo visto, puede que ahí radique precisamente el mérito de Adolfo Suárez: siendo un hombre de carne y hueso tuvo el arrojo de tomar el mando de la nave en el momento más peliagudo y la lucidez de girar hacia el lugar correcto. Aguantó las envestidas de unos y de otros. No le dio la gana de agacharse debajo del escaño cuando Tejero se puso a disparar. Y supo irse cuando entendió que ya no tenía más que aportar.

Sólo por eso, porque lo hizo lo mejor que pudo, porque recibió de todas partes, y porque muchos fueron ingratos con él, se merece un respeto.  Y ahora que los médicos rectifican y el triste desenlace podría alargarse más de lo previsto, los que se han apresurado a darle al Play, que se aguanten con el soniquete del “Libertad, libertad”. Porque Adolfo Suárez, aunque no se acuerde de nada de lo que hizo, se ganó el derecho a morirse cuando le dé la gana.

El día que me hice madrileño para siempre

Es curioso. Cuando se produce un acontecimiento colectivo de esos que quedan marcados en la epidermis de una sociedad, la gente suele recordar lo que estaba haciendo justo cuando todo sucedió. Yo, en cambio, si me preguntan por el 11-M, recuerdo la noche anterior.

Revivo como si fuera ayer aquella cena anodina en aquel piso compartido igualmente anodino, pendiente de la televisión porque el Real Madrid se estaba pegando con el Bayern de Munich por una plaza en los cuartos de final de la Champions. Desde aquel día, cada año, guardo una especie de vigilia interna, muy íntima, recordándome a mí mismo la belleza que reside en lo anodino, lo insustancial, en la pura rutina de lo cotidiano.

Mi imaginación sobrevuela las casas de las 191 personas que al día siguiente, sin saberlo, iban a coger un cercanías a ninguna parte. A algunos les encuentro en su salón, cenando como si tal cosa, posiblemente quejándose de su trabajo o de algún pequeño contratiempo sufrido a lo largo de la jornada. Otros están discutiendo con su pareja o sus hijos; las más de las veces por tonterías. Los hay que no están en casa porque han ido al Bernabéu a ver a su Madrid; un gol de Zidane tumba definitivamente a los alemanes, y ellos, ironías de la vida, lo celebran como si no hubiese mañana. Tampoco faltan los que esa noche se quedan en casa de un amigo; el cambio de rutina les obligará mañana a subir a un tren que no suelen coger…

Dicen que la palabra se nutre del silencio. Por esa regla de tres, podríamos afirmar que la tragedia lo es cuanto más contrasta con la calma que le precede. Estremece pensar qué fácil es pasar de un día cualquiera a un desastre de esos que detienen el reloj para siempre.   Stefan Zweig relató en su libro El mundo de ayer cómo la sinrazón de la Gran Guerra se llevó por delante todo lo que su generación había conocido hasta entonces. Casi un siglo después de que las trincheras del Somme obligasen al hombre a dejar de creer en el hombre, las bombas del 11-M nos volvieron a enseñar el lado más oscuro del ser humano.

Para las víctimas y sus familias siempre habrá “un mundo de ayer”, un mundo anterior a las 7 horas y 37 minutos del 11 de marzo de 2004.  El caso es que ya nos ha caído una década encima. A estas alturas, prefiero no recordar lo que vi aquel día en la calle Téllez.  Aquellas bolsas y aquellas cajas que se llenaban con lo que salía de los trenes… aquellos pasajeros caminando sin rumbo por las vías en silencio… El silencio… el silencio sólo roto por el tono de los móviles de los fallecidos… llamadas a ninguna parte…

No. A estas alturas, prefiero quedarme con el alivio de mi familia al saber que no había cogido el tren, con el paso decidido de los madrileños que bajaban por la calle de Alcalá comentando que iban a donar sangre, con los taxistas que se ofrecían a hacer carreras gratuitas para acercar a Atocha a parientes angustiados, con los conductores que convertían su coche en una improvisada ambulancia… Me quedo, en definitiva, con Madrid. La perra Madrid. La Madrid que te da y te quita. Esa ciudad que te recibe con dureza pero que acaba por acogerte en su seno sin preguntarte de dónde vienes o a dónde vas. Madrid te muerde y ya no vuelves a ser el mismo. Madrid es su gente y eso, amigo, ni se compra ni se vende.

Diez años después los madrileños siguen con su vida, su chulería y su tendencia a tocar el claxon a las primeras de cambio, ajenos a los dimes y diretes de políticos y periodistas. A algunos de estos últimos se les podría aplicar aquello de “Excusatio non petita, accusatio manifesta”. Llega el aniversario y se ven obligados a justificar sus excesos de hace una década. Tanto los que contaron un cuento durante las horas posteriores a la masacre, como los que utilizaron de forma rastrera la sangre de los muertos para cambiar su propio destino. Hablar de conspiraciones hollywoodienses es tan inútil como pretender negar que sigue habiendo lagunas que habrá que despejar, por respeto a lo que sufrimos aquel día. ¿Quién sabe? Tal vez necesitemos otros diez años.

¿Qué es más importante si te hacen elegir? ¿Libertad o igualdad?

¡Menudo dilema! Ese mono venido a más que es el ser humano lleva siglos debatiendo (y matando) sobre el asunto sin acabar de ponerse de acuerdo. ¿Qué es más importante? ¿La libertad o la igualdad? Así, a bote pronto, los dos conceptos son loables. ¿Quién va a decir que está en contra de la libertad? ¿Quién va a despreciar, así sin más, la igualdad entre seres humanos?

Pues el asunto se complica cuando intentas llevarlo a la práctica, porque resulta que, a partir de cierto punto, son conceptos incompatibles. Si aplicas la libertad al extremo, libertad para que el ser humano elija su destino sin que nadie se entrometa en sus decisiones, te conviertes en un liberal. Lo malo es que habrá quien te diga que en una sociedad en la que cada uno actúa con total libertad los más inteligentes, audaces o con más dinero progresan y amplían la brecha respecto a los demás, creando una “sociedad desigual”. ¿Solución?: imponer la igualdad.

¿Cuál es la pega de imponer la igualdad? Pues que aplicada al extremo te lleva a una dictadura comunista. Si decretas por ley la igualdad entre todos, si no permites que la gente decida sobre su vida, no vaya a ser que los más capaces o más trabajadores destaquen sobre la media, te cargas la libertad.  De manera que si eres un defensor de la libertad extrema, malo; si defiendes la igualdad hasta sus últimas consecuencias, peor todavía.

Luego están los fascistas, que no creen ni en la libertad, ni en la igualdad. Estos, por lo general, creen en la exaltación de la patria sustentada en miles de personas que, en realidad, no son personas. Son como hormiguitas que sólo tienen valor en tanto actúan como borregos que sostienen a un dictador. Paradójicamente, fascismo y comunismo se parecen mucho porque ambas opciones machacan sin contemplaciones al valiente que se le ocurra decir: “eh, que yo no soy una hormiga o un borrego… que yo pienso… que yo soy ‘ciudadano’”.

Cualquiera que tenga un poco de inquietudes intelectuales o ideológicas debería leer alguna vez en la vida “Cómo llegó la noche”. Es un libro escrito por Huber Matos, un cubano que, recién llegado a Sierra Maestra para unirse a la lucha revolucionaria de Fidel Castro, dejó para la posteridad una frase antológica: «Es difícil estar con uno mismo en medio de una revolución».

En realidad, Matos estaba haciendo algo tan prosaico como buscar agua para su cantimplora cuando se le pasó esa frase por la cabeza. Se había alejado un momento del bullicio del campamento guerrillero “una noche de palmas, río y luna”. Pero esa frase sería premonitoria de lo que estaba por venir. Y lo que estaba por venir era aquella celda pestilente en la Isla de Pinos, las moscas, la carne de perro que le harían comer mezclada con algo de arroz, los pocos paseos fuera de la celda… Paseos siempre de noche para que no le viesen los otros presos. Nadie debía verle porque durante 20 años Huber Matos fue para el régimen castrista “un muerto en vida”.

¿Qué pasó para que el hombre que entró triunfalmente en La Habana flanqueando al mismísimo Fidel Castro junto a Camilo Cienfuegos acabase ganándose el odio de Fidel? Pues la historia de Matos es la historia de alguien que experimentó en carne propia lo complicado que es esto de compaginar libertad e igualdad. Su amor por la igualdad le llevó a unirse a los hermanos Castro y al Che Guevara en la lucha contra el dictador Fulgencio Batista, ya saben, el típico cabroncete que se enriquecía mientras mucha de su gente pasaba necesidades.

Sin embargo, todavía en la jungla, antes de que consiguieran su objetivo, Matos comprobó de primera mano como Fidel humillaba a sus subordinados; el sectarismo del Che Guevara, ahora idolatrado por muchos jóvenes como sinónimo de libertad; la cobardía de algunos guerrilleros que han vivido el resto de su vida como héroes, gracias a la propaganda oficial.  Aquellos detalles no pasaron desapercibidos para Matos, pero lo que le martirizó fue comprobar que se había chupado cuatro años de guerra, de 1956 a 1959, para cambiar una dictadura por otra. Cuando comprobó que la cosa derivaba hacia el comunismo expresó sus dudas a Fidel. Y Fidel, lejos de hacerle caso, le metió en la cárcel. “Aquí, en la soledad de mi calabozo, quisiera demoler a golpes los muros y las rejas, para poder salir a la calle y alertar al pueblo cubano sobre la terrible noche que les acecha”.

La noche de Matos duró 20 años. El régimen comunista no le perdonó ni un solo día y cuando cumplió condena le expulsó de la isla. Matos ha muerto esta semana convertido en un símbolo de la oposición anticastrista. Se ha ido con la pena de no haber visto una Cuba libre y con el remordimiento de haber contribuido a instalar en el poder una dictadura que ha superado ya el medio siglo.

Él fue testimonio de lo peligroso que puede ser decirle a un superior, desde la honestidad y la lealtad, que se está equivocando. Lo difícil que es imponer la igualdad sin matar la libertad. Muchos deberían leer su libro. Tanto los “progres” a los que se les llena la boca con la igualdad, como los defensores del progreso que ni se inmutan cuando pasan al lado de un mendigo. ¿Libertad o igualdad? Matos tuvo el coraje de dudar y eso le hizo pagar un precio muy alto. ¡Menudo dilema!

Huber Matos

Érase una vez una película pirata de pateras y cinismo

Nunca conocí su apellido. Supongo que tampoco le convenía darlo con pelos y señales. El último día que le vi tan sólo me dijo que se llamaba Sekou (creo que se escribe así) y que venía de Mali. “Diarrá, Diarrá”, decía sonriendo para recordarme que, por aquel entonces, un compatriota suyo jugaba en el Real Madrid. Corría 2007 (o quizá 2008) y aquí nadie se olía todavía la crisis. Vivíamos felices especulando con el ladrillo y pidiendo crédito para irnos de vacaciones. Sekou no tenía pinta de haber pisado un resort en su vida, pero sonreía mucho y señalaba con la mano las películas pirata que había esparcido por la acera de una de las calles más discretas del barrio del Retiro de Madrid. Se apoyaba en un árbol y miraba de soslayo a un lado y a otro para detectar a posibles clientes pero, sobre todo, a la policía.

Yo nunca fui lo suficientemente buen cristiano. Cuando salía del supermercado cargado de bolsas me limitaba a corresponder su saludo. Otras veces, esquivaba su mirada y seguía mi camino. Incomoda salir de un sitio lleno de comida y toparte con alguien que apenas tiene nada.  Todo hasta que un día se me escapó el asa de una bolsa. Sekou se agachó rápidamente para ayudarme a recoger la carga. Le di las gracias y a partir de ahí me quedé cortado, sin saber cómo proceder. Improvisé. Busqué en el bolsillo y le ofrecí la calderilla del cambio, pero no la quiso. Se echó para atrás negando con la cabeza. Le volví a dar las gracias y él se quedó apoyado en aquel árbol, como si tal cosa. Me sobrecogió la honestidad de quien necesitaba esas monedas, pero se negaba a aceptarlas de cualquier manera. “A una persona con esa actitud jamás se le pasará por la cabeza robar o hacer daño a nadie”, pensé.

Una semana más tarde volví a hacer la compra. Otra vez la misma sonrisa a la entrada. Otra vez la misma mano ofreciendo las películas a la salida. Le digo que no quiero películas, pero esta vez le ofrezco la calderilla directamente. En esta ocasión sí la acepta, momento que aprovecho para preguntarle de dónde es. Me dice que de Mali y me hace el numerito de Diarrá para demostrarme su fervor madridista. En esto, una mujer con un carrito de la compra se le acerca, le da un par de monedas y le trata con llamativa confianza. “Es muy buen muchacho y no da ningún problema”, asegura la señora mientras me cuenta que el subsahariano, según le ha confesado él mismo en alguna ocasión, pasó las de Caín en una patera y luego por el desierto para llegar al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes desde donde dio el salto a la península. Sekou asiente satisfecho dando validez a lo que allí se está diciendo, mientras la mujer relata de carrerilla que nuestro protagonista dejó en su ciudad de origen a su madre y a una hermana pequeña. A su padre no le recuerda, un hermano murió de malaria y otro emigró a Europa sin que se volviese a saber de él. La señora se tiene bien aprendida la vida de Sekou, o al menos la parte que él está dispuesto a contar, porque se niega a confirmarme si rinde cuentas a alguna mafia por lo que saca de las copias pirata. Al relato de su odisea sólo añade que, cerca de Melilla, estuvo un tiempo durmiendo en una cueva.

Después de aquella conversación no volví a verle. Me marché de vacaciones de verano y a la vuelta ya no estaba. Ignoro qué rumbó tomó con su manta repleta de cintas ilegales, pero cada vez que veo a un subsahariano me acuerdo de él. Pienso en todos los Sekous que pagan 3.000 euros para subirse a una patera o para cruzar el desierto a pie, para que, tras cada intento infructuoso, la gendarmería marroquí les deje tirados en la frontera de Argelia, de nuevo en la casilla de salida, con una simple botella de agua. Pienso en los que siguen viviendo en cuevas o hacinados en el monte Gurugú esperando dejar la miseria de África para abrazar eufóricos la simple pobreza de Europa. La bendita pobreza de vender películas pirata apoyado en un árbol, con el recuerdo lejano de tu madre y tu hermana.

¿Cómo consiguen sonreír con esa mochila vital a cuestas? Sencillamente no lo sabemos porque es imposible meterse en su piel. Como también es imposible para la mayoría de nosotros meternos en la piel de los agentes de la Guardia Civil que, cumpliendo fielmente con su cometido, tienen que aguantar que estos días les acusen poco menos que de ser unos asesinos.  Cualquiera que conozca un poco a los que ingresan en la Benemérita sabe que esos hombres y mujeres han nacido para servir al prójimo y que serían sencillamente incapaces de hacer daño a nadie indefenso. Sólo hay que tener dos dedos de frente para entender que hay que estar ahí, intentado parar a un centenar de hombres legítimamente desesperados, para saber lo que es eso.

La muerte de 15 muchachos de piel oscura a pocos metros de nuestro territorio en circunstancias confusas ha encabronado el debate público hasta límites insoportables: valientes que ayudan a los sin papeles sobre el terreno de forma encomiable; supuestas buenas personas que evitan cruzar la mirada con esas almas en pena; demagogos que pretenden ahora abrir las fronteras sin restricciones con tal de desgastar al rival político, pero que jamás acogerían en su casa a un solo inmigrante; gentuza que reconoce con desvergonzado cinismo que esto es lo que hay y que nuestro bienestar se basa en que ellos sigan instalados en el infierno…

Cínico el que pretenda mirar para otro lado, como si el problema de la inmigración ilegal no existiera o se fuera a solucionar solo como por arte de magia. Y cínico el que pretenda vender la idea de que toda África puede instalarse de la noche a la mañana en el mundo desarrollado sin un mínimo control. Aquí cada cual con su empatía, su egoísmo, su demagogia o su ignorancia, mientras nadie atina a dar con una verdadera solución. Y es que posiblemente esa solución no exista porque, como bien sabe Sekou, donde quiera que se encuentre, este mundo a veces es jodidamente difícil.

De los antiguos tenderos a las nuevas cadenas comerciales que nos toman por tontos… del culo

Seamos sinceros… Que levanten la mano los que alguna vez han dicho “qué pena” o “qué injusto” cuando han descubierto que un cine de toda la vida, ése que llevaba allí casi, casi desde los tiempos de los balcones de madera, ha cerrado las puertas por falta de público. Y, ahora, que levanten la mano los que, después de despotricar sobre los cines comerciales y defender a ultranza las salas con sabor genuino, se han visto obligados a reconocer que no se acuerdan de la última vez que se dignaron a entrar en ese cine tan especial que ahora cierra. ¿A que muchos habéis levantado la mano las dos veces?

Pues en Barcelona, y en bastantes otras ciudades, está pasando algo parecido con los comercios de toda la vida. Hay barrios históricos que hace tiempo comenzaron a morir de éxito. Local que cerraba, local que se agenciaba una multinacional para montar el típico negocio de comida rápida, ropa o complementos que no se diferencia en nada de sus clones en otras ciudades del mundo. El primero que pierde es el vecino de toda la vida que un día descubre cómo su barrio se ha convertido en un parque temático para turistas, mientras él se ha quedado sin una puñetera tienda donde comprar una barra de pan o donde remendar un zapato.

Y, a la larga, la que pierde es la propia ciudad, que va perdiendo su identidad para parecerse cada vez más al resto de urbes. Una paradoja acongojante, puesto que, se supone, el turista viaja para encontrar lo exótico o lo peculiar de cada lugar. Pues bien, si nos llevasen de viaje con los ojos cerrados y nos soltasen en medio del destino, cada vez nos costaría más saber si estamos en el Portal de l’Àngel de Barcelona, la calle Preciados de Madrid, la calle Ermou de Atenas o la Neuhauser Strasse de Munich. Las mismas marcas, los mismos uniformes para los dependientes, el mismo hilo musical y ¡hasta los mismos olores!

Como digo, en Barcelona parece que han dicho basta con la última pérdida: el cierre del Colmado Quílez.  Era la típica tienda antigua, con los estantes repletos de mercancías, donde últimamente la gente entraba más a hacer fotos que a comprar. Son muchos, entre ellos el cocinero Sergi Arola, los que han exigido al ayuntamiento una ley que impida poner una franquicia de tres al cuarto donde hubo un local histórico.

Algunos se encogerán de hombros y dirán que eso es la Ley de Darwin. Lo que no funciona da paso a lo que sí lo hace, por mucho que el romanticismo se vaya al carajo. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la globalización del comercio lleva aparejada otra consecuencia inquietante. Antes, el señor del local de toda la vida sabía que a él no le venían a comprar de la otra punta del mundo, ni siquiera de un pueblo que estuviese a 50 kilómetros. Le compraba la gente del barrio, gente a la que veía cada día y cuya confianza debía ganarse para establecer un vínculo comercial a lo largo de los años. El dependiente del Colmado Quílez no le daba gato por liebre al cliente porque sabía que, si lo hacía, no volvería y le perdería para toda la vida, amén del perjuicio del boca a boca.

Ahora, en cambio, nos hemos acostumbrado a entrar en grandes negocios donde, lo primero, nos suele atender gente que, en demasiados casos, no controla la materia. Gente que trabaja para la campaña de Navidad o que está a prueba y que se limita a sacarte del almacén lo que está en el escaparate. Luego están los que trabajan a comisión y en cuanto te ven piensan: “a éste le voy a colar tal producto de tal marca, que es el que me conviene vender a mí”. En definitiva, las grandes marcas nos ven como números de esos que cuadran los balances más que como “el cliente”.

De tal manera, corremos el riesgo de olvidarnos cómo eran los comercios de antes. Corremos el riesgo de creernos que lo normal es que nos pase lo que aconteció a este servidor de ustedes la última vez que, para renovar su móvil, acudió al grito de “porque yo no soy tonto” a una mediática cadena alemana de electrónica. La cosa sucedió tal que así:

Campaña de “te quitamos el IVA” por tierra, mar y aire. Echas tus cuentas. Si quiero tal móvil y cuesta tanto… le quito el IVA al 21 por ciento… coño, me ahorro un pico… Allá que vamos…  Cuando llegas, aquello es la jodida tercera guerra mundial. No cabe ni una aguja más, y los dependientes, roncos ya de hablar por encima del bullicio, te sueltan el móvil, casi sin mediar palabra contigo. Ya en la cola, viene lo mejor. Echas un vistazo al albarán de prepago y descubres que el ahorro es mucho menor de lo anunciado. La gente cuchichea hasta que un rumano indignado explota: “esto no es lo que desía anunsio! No quitan IVA del precio total del producto, sólo quitan el 21 por ciento de la base imponible del producto!” Efectivamente, un claro caso de publicidad engañosa. No te mienten, pero tampoco te cuentan toda la verdad.

El caso es que, debido a este panorama, uno sale encantado y profundamente agradecido de la consulta del podólogo cuando éste se niega a recetarte unas carísimas plantillas deportivas, que tú dabas ya por inevitables, y se limita a aconsejarte unas baratas taloneras que, según su experiencia, solucionan los problemas a la mayoría de los pacientes. Y más contento te pones todavía cuando, a continuación, decides entrar en un negocio como The Running Company para renovar sus zapatillas deportivas.

¿Me intentarán colar las de una marca concreta? ¿Me sacarán sólo las más caras?  ¿Les importará un pimiento que el modelo perjudique mi lesión crónica?  Pues nada más lejos de la realidad. Un grupo de chavales jóvenes, amantes del atletismo que trabajan con buen humor y sin estresarse a pesar del gentío que les entra en el pequeño local, cercano a la Estación de Atocha de Madrid. El dependiente te sonríe, te escucha, te explica  y te promete que te va a localizar las mejores y más baratas zapatillas para que, cuando se te estropeen, vuelvas a pasarte por ahí. Al final, salgo de la tienda con las zapatillas más cómodas que me he calzado nunca, a la mitad de precio que pensaba gastarme y convencido de que volveré.

Esta semana los muchachos de The Running Company se han ganado un cliente para siempre, simplemente, por ser honestos. Por practicar la honestidad de los antiguos tenderos, los que amaban su trabajo y miraban al cliente a los ojos.  Por eso tenemos que ayudar a todos los que son como ellos, y amonestar, cuando sea necesario, a los que se pasan de listos y nos toman por tontos.

PD: Entre las cosas raras que se encuentra por el mundo mi amigo Juan Solo (@juansolocómico en Twitter) está este curioso cartel de rebajas…

Adiós al hombre que nos enseñó a mirar a los ojitos

Hace tiempo que no es lo mismo. Los que vivimos de nuestro sueldo menguado y los que directamente no tienen sueldo no estamos para determinadas gilipolleces. Ves a Messi con su traje rojo de Dolce & Gabbana dando la nota en una gala en Suiza, rodeado de lujo, y te toca las narices. Ves a los jugadores de determinado equipo aparcando sus cochazos de lujo para comer en un restaurante de postín y te toca la moral. Ves lo que cuesta la entrada para ver algunos partidos, la deuda de los clubes con la seguridad social y la banalización de la información deportiva y te convences de que el fútbol son veintidós veinteañeros demasiado ricos demasiado pronto. Cuesta creer, cuesta emocionarse con el fútbol como lo hacíamos antes.

Sin embargo, hay algo por lo que el deporte rey sigue mereciendo la pena. Y es que, si apartas todo lo superfluo, si te olvidas de que el último peinado de la estrella de turno ocupa más espacio que cualquier hallazgo científico, el fútbol continúa siendo una escuela de vida.  El fútbol es el teatrillo que nos cuenta cómo es el mundo en el que vivimos. Las grandezas y las miserias del ser humano aparecen reflejadas en el vodevil del balompié. El arrogante y el vago acaban pagando las consecuencias. El humilde y el esforzado suelen alcanzar la gloria o, en su defecto, el reconocimiento y el cariño de la gente.

Hoy se ha muerto Luis Aragonés, como se muere mucha gente cada día. Luis no inventó ninguna vacuna que curase alguna vida. Tampoco fundó ninguna empresa que diese trabajo a miles de personas. Pero a mí me jode.  Me apena profundamente que se haya muerto porque el Sabio de Hortaleza fue uno de los actores de ese teatrillo futbolero que nos dejan como legado innumerables moralejas.  Nos enseñó que la vida es esforzarse y buscar la excelencia. La vida es ganar, ganar y ganar. Nos enseñó que los hombres, si se visten por los pies, se miran a los ojitos. Que al tunante y al gilipollas hay que cogerle por la pechera y cantarle las cuarenta. Que el más tonto hace relojes y, además, funcionan. Que no es aconsejable regalar flores a quien no le cabe en el culo ni el pelo de una gamba. Que cuando los ingleses nos acusan de racismo hay que recordarles el apartheid y las colonias. Que suerte no hay ni buena ni mala. Que el presente le gana al futuro y al pasado. Y, sobre todo, que hay que tener fe y amor propio.

Esa fe que le hizo convencerse de que en España había una generación de bajitos jugones que se merecían una oportunidad. El Zapatones hizo una de sus famosas peinetas a los fantasmas y a los complejos de inferioridad. Miró a los ojitos a sus muchachos y les dijo que iban a ser campeones. Que este país se lo merecía. Que este país era mejor de lo que decían y que lo íbamos a conseguir porque del segundo no se acuerda nadie.

Y no sacó los tanques a la calle ni se dio mil golpes en el pecho. Simplemente hizo creer a los jugadores, nos hizo creer a todos, hablándoles como habla la gente de la calle. Como te habla un abuelo que lo ha visto todo y te invita a conquistar el futuro. Con verdades como puños, sencillas como el mecanismo de un chupete, y con sentido del humor. Mucho sentido del humor del que acaba con los miedos y las presiones que atenazan. “El fútbol es una cosa de listos. Si vamos a protestarle al línea, le llamamos por el hombre. Oye, Joseph. Y Joseph se queda acojonao’ porque se cree que te conoce de algo”. Aunque si algo recuerdan con cariño los campeones de la Euro 2008 es  aquel túnel de vestuario, a punto de comenzar la gran final. Aragonés se acercó a Michael Ballack, la estrella de Alemania, y en perfecto español le dijo: “Suerte, Wallace”. El alemán le miró asombrado sin saber qué había querido decir, pero Luis había conseguido su objetivo. Llevaba toda la semana confundiendo aposta el apellido del capitán alemán con el libertador escocés durante las charlas técnicas. Los jugadores se partían con aquella ocurrencia y, al decírselo a la cara al propio Ballack, los once españoles, que estaban a punto de comenzar el partido de su vida, saltaron al campo con una sonrisa en la cara.

Genio y figura,  Luis cambió la historia de nuestro fútbol y le dio una alegría a toda la gente de este país. Y eso tiene mérito en una España tan maniquea y cainita.  Fue forofo del Atleti y entrenó al Barça en su momento, pero yo me niego a no considerarle uno de los míos. Me niego porque, ante todo, fue un tipo sencillo, un hombre que siempre iba de frente y que nos enseñó a creer. “Eh, escúchenme. Nos ha llegado el momento. Nos han pegado hostias de todos los colores, pero ahora vamos a salir ahí a demostrar lo que somos”. Esa frase vale más que cualquier traje caro o cualquier peinado a la última moda. Gracias por la lección, don Luis. Descanse en paz.

http://www.marca.com/2014/02/01/futbol/seleccion/1391247101.html

Una escena en el metro que te reconcilia con el género humano

Levanto la vista al cambiar de página y a mi lado, un metro más abajo, me encuentro esa mirada con ese chupete. Me mira con gesto relajado, pero sin quitarme ojo de encima. Observa por un segundo la portada del periódico que sostengo y vuelve a mirarme a los ojos. Le sonrío, y mueve el chupete. Le vuelvo a sonreír, y vuelve a mover el chupete. Me río para mis adentros mientras regreso a la maraña de hedge funds, bonos convertibles y concursos de acreedores.

Leer la prensa económica en el metro tiene su aquel. Siempre he tenido la teoría de que los compañeros que hacen información económica escriben de forma premeditadamente enrevesada para que sólo les entiendan los lobos de Wall Street y los colegas del gremio. El asunto te obliga a cierto grado de concentración, con la dificultad añadida de no perder la cuenta de las paradas, para no pasarte de largo. Sin embargo, algo vuelve a captar mi atención y me obliga, de nuevo, a levantar la vista del papel salmón.

-“Mírala, angelito. No da ninguna guerra”, dice una mujer que observa con ternura a la cría del chupete.

-“¿Y del desgraciado del padre no se sabe nada?”, pregunta un hombre que viaja a su lado.

-“Qué va” -replica otro adulto- “Y mejor que no se sepa porque ya le dije que de mi nieta me encargaba yo”

-“Menudo sinvergüenza”, concluye el primer hombre, con pinta de ser un conocido que se ha topado por casualidad en el metro con los abuelos de la criatura. Les conoce pero no está al cabo de las últimas novedades.

Los tres, por la forma de vestir y la manera de hablar, parecen encuadrados en eso que se llama (o se llamaba) la clase media. Desde luego no encajan en el perfil de familia que, por razones socioculturales, pueda admitir con naturalidad que su hija pequeña se presente un día en casa con un bombo no previsto. Y mucho menos que el polinizador en cuestión se desentienda de la criatura.

-“En diciembre ya no me pagó la pensión y este mes tampoco creo que lo haga”.

La que habla ahora es una cría que no pasa de los 18 años. Está escorada a mi izquierda sujetando el carrito de la niña y me obliga a girarme con cierto disimulo para observarla. Es una joven con la mirada triste pero la voz firme. Viste y habla en línea con sus padres, de manera que se aleja del prototipo de princesa de barrio.

-“Yo ya le dije que asumo mi error y que, para estar a malas, ya me encargo yo. Pero qué menos que contribuya económicamente…”

-¿Tú trabajas?, pregunta el amigo de los padres.

-“Esa es la suerte que tengo: que estoy trabajando, a pesar de cómo está todo”.

Me quedo con la duda de saber en qué trabaja una cría que no tiene edad para haber terminado la universidad. Ignoro también si su maternidad accidental le habrá obligado a abandonar los estudios. Lo que sí sé es que hay algo en la manera de hablar de esa chica y de sus padres que me conmueve. ¿Compasión? ¿Lástima? No, todo lo contrario. Proyectan una seguridad y una alegría que llaman poderosamente la atención. Sobre todo, cuando el abuelo añade irónico:

-“Nos llegó el regalo en el mejor momento. Justo cuando mi mujer se quedó en el paro y a mí me redujeron el sueldo”.

-“De todo se sale”, apunta la abuela mientras no deja hacerle muecas a la nieta.

No hay miedo ni rencor en las palabras o miradas de esta familia que, a buen seguro, hace apenas dos o tres años no se hubiese creído capaz de protagonizar semejante escena en el suburbano de Madrid.  Entre los cinco han conseguido que no me acabe de leer el periódico, pero ha merecido la pena. Me bajo en mi parada reconciliado con el género humano.

Para cualquier familia de clase media ver como se pierden dos sueldos en cuestión de meses sin un horizonte claro de recuperación es un mazazo. Y la familia del metro parece que lo ha asumido con entereza. Que tu hija pequeña, que todavía no ha empezado a vivir ni a trabajar, se quede embarazada de un jeta seguro que tampoco entraba ni por asomo en la hoja de ruta. Y esta familia también lo ha asumido, de tal manera que no parecen dispuestos a tirar la toalla, ni a amargarse la existencia. Dicen los datos que en España hay casi dos millones de familias con todos los miembros en el paro, que los abuelos están dando sus pensiones para mantener a hijos y nietos,  y que, en definitiva, la familia está siendo clave para que esto no arda por los cuatro costados.

Dicen también, no ya los datos, sino el refranero, que no hay mal que por bien no venga. Esta crisis nos está ayudando a recordar lo importante que son la familia y los valores asociados a ella. Valores que hacen que abuelos, padres, hijos y nietos junten hombro con hombro y avancen despacito pero sin pausa, con una filosofía que recuerda a los tercios españoles del siglo XVI.  Todos somos uno y aquí no se deja atrás a nadie. Estar unidos y mantener la calma es lo que nos sacará de esta.

Eso incluye a la madre que ha perdido el empleo, al padre que ya no gana lo que ganaba, a la hija que tuvo la mala cabeza de complicarse la vida antes de tiempo y a la cría que no tiene culpa de nada y que, hoy por hoy, no tiene miedo al futuro. Tan sólo masca su chupete con ojos curiosos, sin saber que, a pesar de los pesares y gracias a su familia, el mañana será suyo.

Buscando un vestido de novia con esta barba que Dios me ha dado

No cabe duda. Juan es un profesional de lo suyo. Te mira, te remira y te pregunta. Te pregunta siempre donde duele. O mejor dicho: donde alivia. Porque una novia que busca su vestido es un manojo de ansiedades que no sabe si encontrará lo que busca; que a veces, ni siquiera sabe exactamente lo que está buscando. Para ser modisto en estos lances hay que tener alma de psicólogo y Juan la tiene. Su instinto le lleva a formular preguntas clave con las que seleccionar no más de cinco vestidos de un mar de posibilidades entre los que la futura novia encontrará lo que quiere e incluso lo que no sabía que quería.

“Este te sienta muy bien, pero este otro es un diez”,  “Para que quedarse con un nueve si puedes tener un diez”, “Es una vez en la vida”, “Con este eres muy tú”…  comentarios y observaciones zalameras que, tras varias visitas a esa y otras cuantas tiendas, concluyen con una sonrisa de la novia, subida a una tarima, anunciando que ya ha elegido el vestido del llamado a ser el día más feliz de su vida. Brindamos con cava, para no ser menos que los de Divinity, y todos tan contentos. Eso incluye a la dependienta que pasa la tarjeta para cobrarse la paga y señal…

Debo reconocer que acompañar a tu hermana pequeña en la búsqueda de su vestido de novia es una experiencia enriquecedora. Supongo que de haber seguido viviendo en Barcelona continuaría siendo aquel hermano mayor que no se metía en determinados asuntos. Pero Madrid me cambió. 600 kilómetros de distancia me hicieron jurar que aprovecharía cualquier posibilidad para estar con los míos, para beberme hasta el último segundo de un fin de semana de puente aéreo.

Lo cierto es que, a pesar de estar rodeado mayoritariamente de mujeres y hombres que no trabajan la heterosexualidad, te sientes cómodo y hasta útil. “Ah, el punto de vista masculino… ¡Eso está muy bien!”, te sueltan los dependientes de cualquier establecimiento donde entras.

Luego, cuando te fijas mejor, te das cuenta de que no eres el único. Padres y hermanos en tu mismo rol con los que te cruzas sin decir nada. Simplemente levantas ligeramente las cejas como diciendo: “Aquí estamos, acompañándolas. Ni con ellas, ni sin ellas…”.

Entre prueba y prueba te fijas en el trasiego de mujeres en busca del vestido soñado. Se dejarán una pasta gansa por un trozo de tela que sólo lucirán durante unas horas. Pensado con la cabeza, pocas cosas que se hacen y compran de cara a una boda resisten un análisis racional o económico. Pero ellas siempre fueron especialmente emocionales. La tienda rezuma ilusión y esperanzas en el futuro, mientras tú, algo meditabundo por no entender exactamente qué es el shantung de seda del que habla un catálogo, recuerdas que, según las estadísticas, dentro de unos años el 85 por ciento de ellas confesará que le gustaría haber tenido más hijos de los que finalmente tenga.

Son malos tiempos para la lírica y los datos aseguran que el 48 por ciento de las españolas que está en el mercado laboral no tiene ningún hijo. Y el 27 por ciento sólo tiene uno. ¿Motivos? Diversos, pero sobretodo económicos y laborales. Las mujeres han copado la universidad y llevan décadas demostrando su valía. De hecho, un reciente estudio de Credit Suisse asegura que los consejos de administración con más presencia femenina aumentan su rentabilidad bursátil. Donde hay mujeres se toman decisiones más meditadas y a la larga resulta mejor. Son más emocionales y a la vez más racionales. Seres fascinantes.

Sin embargo, hay un hecho que les sigue lastrando: la maternidad les hace perder comba en el trabajo. Trunca su progresión profesional. Tras los hijos, algunas no vuelven a trabajar y muchas otras cuando lo hacen ya no son las mismas en términos profesionales. El 23 por ciento acaba trabajando con jornada reducida.

Los hombres, se involucren más o menos en la crianza de los hijos, no se ausentan del trabajo y siguen moldeando su carrera profesional. Eso, al final, marca la diferencia. Si eres mujer y tienes un hijo, puede que tengas que olvidarte de un buen puesto y un buen sueldo que te permita tener paradójicamente más hijos. Y si te centras en tu carrera, para cuando obtienes el reconocimiento, ya no tienes edad de ser madre. El dilema de nunca acabar.

Eso sólo se arregla con un sistema laboral y de protección social que entienda que necesitamos de las mujeres para sacar esto adelante. No podemos desaprovechar su talento en los diversos ámbitos profesionales por el simple hecho de que hayan sido madres. Y no podemos obligarlas a no tener hijos si quieren dedicarse con plenitud a aquello para lo que se formaron. Obligarlas a elegir es un desgarro para cualquier sociedad avanzada que, como la nuestra, necesita niños como el comer.

Si no queremos implicarnos más en la conciliación, si no queremos darles más flexibilidad para la baja maternal o para reengancharse con garantías al trabajo por simple generosidad, hagámoslo por egoísmo. Pero hagámoslo.

Nos va el futuro en ello. El económico y el social. Ese futuro que las novias miran con ilusión mientras se prueban un vestido detrás de otro. El próximo verano tendremos boda en mi familia y brindaremos por el futuro. A la espera de ese momento, yo ya aprovecho desde aquí para brindar por todas la mujeres. Se lo merecen.