Érase una vez una película pirata de pateras y cinismo

Nunca conocí su apellido. Supongo que tampoco le convenía darlo con pelos y señales. El último día que le vi tan sólo me dijo que se llamaba Sekou (creo que se escribe así) y que venía de Mali. “Diarrá, Diarrá”, decía sonriendo para recordarme que, por aquel entonces, un compatriota suyo jugaba en el Real Madrid. Corría 2007 (o quizá 2008) y aquí nadie se olía todavía la crisis. Vivíamos felices especulando con el ladrillo y pidiendo crédito para irnos de vacaciones. Sekou no tenía pinta de haber pisado un resort en su vida, pero sonreía mucho y señalaba con la mano las películas pirata que había esparcido por la acera de una de las calles más discretas del barrio del Retiro de Madrid. Se apoyaba en un árbol y miraba de soslayo a un lado y a otro para detectar a posibles clientes pero, sobre todo, a la policía.

Yo nunca fui lo suficientemente buen cristiano. Cuando salía del supermercado cargado de bolsas me limitaba a corresponder su saludo. Otras veces, esquivaba su mirada y seguía mi camino. Incomoda salir de un sitio lleno de comida y toparte con alguien que apenas tiene nada.  Todo hasta que un día se me escapó el asa de una bolsa. Sekou se agachó rápidamente para ayudarme a recoger la carga. Le di las gracias y a partir de ahí me quedé cortado, sin saber cómo proceder. Improvisé. Busqué en el bolsillo y le ofrecí la calderilla del cambio, pero no la quiso. Se echó para atrás negando con la cabeza. Le volví a dar las gracias y él se quedó apoyado en aquel árbol, como si tal cosa. Me sobrecogió la honestidad de quien necesitaba esas monedas, pero se negaba a aceptarlas de cualquier manera. “A una persona con esa actitud jamás se le pasará por la cabeza robar o hacer daño a nadie”, pensé.

Una semana más tarde volví a hacer la compra. Otra vez la misma sonrisa a la entrada. Otra vez la misma mano ofreciendo las películas a la salida. Le digo que no quiero películas, pero esta vez le ofrezco la calderilla directamente. En esta ocasión sí la acepta, momento que aprovecho para preguntarle de dónde es. Me dice que de Mali y me hace el numerito de Diarrá para demostrarme su fervor madridista. En esto, una mujer con un carrito de la compra se le acerca, le da un par de monedas y le trata con llamativa confianza. “Es muy buen muchacho y no da ningún problema”, asegura la señora mientras me cuenta que el subsahariano, según le ha confesado él mismo en alguna ocasión, pasó las de Caín en una patera y luego por el desierto para llegar al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes desde donde dio el salto a la península. Sekou asiente satisfecho dando validez a lo que allí se está diciendo, mientras la mujer relata de carrerilla que nuestro protagonista dejó en su ciudad de origen a su madre y a una hermana pequeña. A su padre no le recuerda, un hermano murió de malaria y otro emigró a Europa sin que se volviese a saber de él. La señora se tiene bien aprendida la vida de Sekou, o al menos la parte que él está dispuesto a contar, porque se niega a confirmarme si rinde cuentas a alguna mafia por lo que saca de las copias pirata. Al relato de su odisea sólo añade que, cerca de Melilla, estuvo un tiempo durmiendo en una cueva.

Después de aquella conversación no volví a verle. Me marché de vacaciones de verano y a la vuelta ya no estaba. Ignoro qué rumbó tomó con su manta repleta de cintas ilegales, pero cada vez que veo a un subsahariano me acuerdo de él. Pienso en todos los Sekous que pagan 3.000 euros para subirse a una patera o para cruzar el desierto a pie, para que, tras cada intento infructuoso, la gendarmería marroquí les deje tirados en la frontera de Argelia, de nuevo en la casilla de salida, con una simple botella de agua. Pienso en los que siguen viviendo en cuevas o hacinados en el monte Gurugú esperando dejar la miseria de África para abrazar eufóricos la simple pobreza de Europa. La bendita pobreza de vender películas pirata apoyado en un árbol, con el recuerdo lejano de tu madre y tu hermana.

¿Cómo consiguen sonreír con esa mochila vital a cuestas? Sencillamente no lo sabemos porque es imposible meterse en su piel. Como también es imposible para la mayoría de nosotros meternos en la piel de los agentes de la Guardia Civil que, cumpliendo fielmente con su cometido, tienen que aguantar que estos días les acusen poco menos que de ser unos asesinos.  Cualquiera que conozca un poco a los que ingresan en la Benemérita sabe que esos hombres y mujeres han nacido para servir al prójimo y que serían sencillamente incapaces de hacer daño a nadie indefenso. Sólo hay que tener dos dedos de frente para entender que hay que estar ahí, intentado parar a un centenar de hombres legítimamente desesperados, para saber lo que es eso.

La muerte de 15 muchachos de piel oscura a pocos metros de nuestro territorio en circunstancias confusas ha encabronado el debate público hasta límites insoportables: valientes que ayudan a los sin papeles sobre el terreno de forma encomiable; supuestas buenas personas que evitan cruzar la mirada con esas almas en pena; demagogos que pretenden ahora abrir las fronteras sin restricciones con tal de desgastar al rival político, pero que jamás acogerían en su casa a un solo inmigrante; gentuza que reconoce con desvergonzado cinismo que esto es lo que hay y que nuestro bienestar se basa en que ellos sigan instalados en el infierno…

Cínico el que pretenda mirar para otro lado, como si el problema de la inmigración ilegal no existiera o se fuera a solucionar solo como por arte de magia. Y cínico el que pretenda vender la idea de que toda África puede instalarse de la noche a la mañana en el mundo desarrollado sin un mínimo control. Aquí cada cual con su empatía, su egoísmo, su demagogia o su ignorancia, mientras nadie atina a dar con una verdadera solución. Y es que posiblemente esa solución no exista porque, como bien sabe Sekou, donde quiera que se encuentre, este mundo a veces es jodidamente difícil.

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