¿Qué hacemos con el Islam?

Dejas tu taza de café a un lado, enciendes el portátil y te pones a escribir lo que en ese momento se te pase por la cabeza. Así, sin más. La verdad es que a veces no somos conscientes de la suerte que tenemos de vivir por estas latitudes. Hace poco en Arabia Saudí a un colega bloguero le han castigado a recibir 50 latigazos cada viernes, durante varias semanas, por escribir algo que no le ha gustado al régimen. 50 latigazos. Y no se les está dando ni el Estado Islámico, ni Al Qaeda. Se los está dando el régimen saudí, aliado de Occidente en tantos asuntos y considerado ahora un bastión para “la estabilidad” en Oriente Medio.

Hablan de estabilidad, porque nadie se atreve a hablar de libertad. Es difícil hablar de libertad o democracia en una zona donde los países, los propios gobiernos, obligan a clubes como el Real Madrid a borrar la cruz de sus escudos para poder publicitarse. Aquí lo hemos aceptado sin más. “Normal que quitemos la cruz para no ofenderles”. Pero, ¿nos hemos parado a pensar qué significa ese gesto? Ese gesto implica que en Occidente hemos perdido la batalla del marco mental frente al islamismo. Damos por hecho que nuestros símbolos son ofensivos para ellos. No se trata de que les ofendamos caricaturizando sus símbolos religiosos, lo cual podría debatirse. Se trata de que nosotros, nuestra mera existencia, les parece insultante, algo a borrar con Photoshop. Y no para los fanáticos, sino para el propio establishment. Y nosotros lo aceptamos a cambio de ganar algunos petrodólares.

El problema no es que haya un sector fanatizado dentro del mundo musulmán dispuesto a hacer la yihad contra Occidente. El problema es que a los occidentales todo este envite nos pilla más perdidos que el barco del arroz. Occidente renunció a su identidad hace tiempo y se perdió en la maraña de lo políticamente correcto. Nosotros borramos nuestros símbolos para no ofender, pero nos cuesta prohibir el burka en nuestras calles o sancionar a quienes se bañan vestidos en las piscinas municipales, no vaya a ser que nos tilden de islamófobos. Sancionamos a un crío por decir en un programa televisivo que las niñas limpian mejor que los niños, pero permitimos que en las mezquitas de nuestro país se lancen comentarios machistas que denigran a la mujer. Hemos perdido el marco mental y eso nos debilita como sociedad.

Luego sucede lo que ha sucedido esta semana en Francia y todo se precipita. Los hijos de la rabia piden mano dura y comienzan a soltar comentarios que sí son realmente ofensivos contra la comunidad musulmana. Pues cuidado con creernos superiores a nadie. ¿Acaso no hemos sido nosotros violentos e intolerantes hasta antes de ayer? ¿Acaso nuestros abuelos y padres no han conocido genocidios, guerras y dictaduras? El camino a la democracia no es fácil y conservarla no es gratis. A nosotros nos ha costado siglos y al mundo musulmán se lo estamos pidiendo que lo haga en décadas. Nos guste o no, todas las culturas de la Tierra no han ido de la mano en el desarrollo científico, tecnológico y humanista de Occidente. Hay culturas que siguen ancladas en una especie de Edad Media mezclada con el secularismo que llegado de Occidente a lomos, primero de la colonización, y luego de la globalización. ¿Se imaginan que en siglo XVI cuando todavía íbamos a Flandes para evitar el avance del protestantismo se nos presentasen unos señores con Google, Facebook, la liberación de la mujer trabajadora, el matrimonio gay y la libertad de prensa? Pues en el mundo musulmán están un poco así. Los que tienen la mentalidad del siglo XVI conviven con los que abrazan el siglo XXI y en ese cacao adivinen quiénes tienden a la violencia para imponerse a los demás. Europa está impactada por el atentado del Charlie Hebdo y por la imagen de la ejecución de un policía indefenso en el suelo. No puede haber una metáfora más poderosa de lo complejo que resulta este asunto: el policía se llamaba Ahmed y era musulmán.

No hay que perder de vista que la inmensa mayoría de las víctimas del yihadismo son musulmanes que no se pliegan a las exigencias de los radicales. Tan equivocado es engañarse con que debemos dejar hacer a los islamistas en nuestro territorio en nombre de la multiculturalidad, como estigmatizar a todos los musulmanes o dejar a su suerte a las millones de personas que están luchando en sus países para que la primavera árabe no caiga en saco roto. Entre echar o marcar a todos los musulmanes de nuestra sociedad y dejarles vivir en nuestro territorio con una escala de valores radicalmente incompatible con la democracia debe haber un punto medio. Hacer valer nuestra identidad y nuestros valores sin caer en la intransigencia. Sacudirnos muchos complejos y hacer sacrificios en pos de la seguridad dentro y fuera de nuestra fronteras, pero controlado nuestras vísceras para no caer en un fanatismo contra el fanatismo. ¿Complicado encontrar ese punto medio? ¿Una quimera? ¡Ay, amigo! Nadie dijo que los retos civilizacionales del siglo XXI fueran a ser fáciles. Pero somos Occidente y ha llegado el momento de demostrar que somos la vanguardia de la humanidad. Ojalá tengamos suerte.

Lo que va de la violencia a la marca del café

Fue en una clase de alemán. El chaval apenas tendría 20 años. Era calladito. El más tímido de aquel curso dirigido por un alemán extrovertido, que sabía más que los ratones coloraos. Nos contaba el hombre, soltero y ya metido en los cincuenta, que vivía como un marajá. Cobraba un buen sueldo y sólo trabajaba de octubre a junio. Dedicaba sus largas vacaciones a viajar principalmente a Tailandia. Iba él sólo con su propio mecanismo. Decía que le gustaban mucho las playas de allí… Sospechoso, sospechoso… El caso es que presumía con tal obstinación de lo bien que se lo montaba, a diferencia de nosotros pobres mortales, que llegó a caerme mal.

Tal vez fue por eso que me reí tanto para mis adentros aquella noche que le vi al borde del colapso mental con sus ojitos azules abiertos como platos. Había llegado el momento de hablar de la división de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Tras poner a caldo el nazismo, como no puede ser de otro modo, nuestro extrovertido profesor procedió a poner a caldo, como tampoco puede ser de otro modo, el comunismo de la RDA.  ¡Pues ahí se obró el milagro! El chaval calladito, que no había dicho ni mu en cuatro meses de clase, abrió la boca para decir con una vocecilla acorde a su gran papo: “pero el comunismo es bueno”.

-¿Cómo?

-Que el comunismo es bueno… Hace que haya justicia. Mira por lo pobres…

-Mira chaval, yo voto al SPD, me considero progresista y te puedo asegurar que el comunismo no es bueno. Viví en el Berlín dividido por el muro y conozco a mucha gente a la que el comunismo le destrozó la vida…

Como el calladito parecía haber comido lengua aquella noche y no había manera de convencerle, nuestro querido profesor comenzó a flipar más y más hasta que nos recomendó ver la película Das Leben der Anderen, traducida en España como La vida de los otros. Se trata de un film que refleja hasta qué punto la Alemania Democrática se convirtió en una gran cárcel en la que todos los ciudadanos eran espiados y controlados por el gobierno marxista.

Otros jóvenes alumnos de aquella clase habían secundado con más o menos pasión al calladito, por lo que el profesor se fue a casa alucinado al ver la visión edulcorada que tenían muchos jóvenes españoles del comunismo y de otras fórmulas de izquierda radical como el anarquismo. ¿Por qué pasaba eso en España? Pues una respuesta bastante verosímil me la dio un checo de Brno con el que compartí piso en Madrid durante un tiempo. Decía el chico checo: “A vosotros os pasa al contrario que nosotros. En mi país, después de tantos años de dictadura comunista, los que son de izquierdas están como un poco acomplejados y a poco que defienden sus ideas siempre hay alguien que les acusa de ser comunistas. Y a lo mejor sólo son socialdemócratas o de centro izquierda…” El de Brno, que había venido a Madrid a trabajar como programador informático, proseguía: “Aquí en España son los de izquierdas los que van sacando pecho y se creen superiores, mientras los conservadores o liberales tienen que aguantar que les llamen fachas, cuando en realidad no lo son”.

El checo era un tipo especialmente lúcido que disfrutaba observándonos en nuestra salsa. En alguna cena nos contó como mucha gente en la República Checa llegó a sufrir ataques de ansiedad al comprobar que, con la llegada de la economía de mercado, las estanterías de las tiendas estaban llenas. “La gente, por primera vez en su vida, tenía que elegir. Nunca habían sido lo suficientemente libres como para tomar una decisión. El comunismo les había tratado como a menores de edad y, de repente, el tener que elegir entre tres marcas de café les colapsaba mentalmente”.

En otra ocasión, un taxista cubano, que me recogió en Barajas para llevarme a la Gran Vía, me comentó que la dictadura de izquierdas tenía todo lo malo de la dictadura de derechas y algo más: “En Cuba usted no puede votar, no puede hablar, no puede quejarse si la policía abusa de usted… pero, además, resulta que no puede ni siquiera vender su casa o su coche para hacer con su dinero lo que le apetezca”.

Ni que decir tiene que los tres personajes, cuando veían una bandera soviética, sentían una profunda repulsión.  El problema es que para pensar como el profesor alemán, el programador checo o el taxista cubano tienes que haber sufrido o visto de cerca una dictadura de ultraizquierda.

Pues eso es lo que, afortunadamente, les falta a los jóvenes españoles que han salido a la calle estos días con banderas de la URSS, estrellas rojas y consignas anarquistas. Dicen que luchan contra el fascismo y contra todo aquello que no sea demócrata, pero ellos mismos practican la violencia y tienen poco o ningún respeto por los derechos ajenos. Han crecido en un país en el que supuestamente (eso les han contado) sólo hay fascistas. Nunca se han preguntado porque la mayoría de los grupos que han practicado la violencia con más o menos intensidad en los últimos treinta años (ETA, GRAPO, Terra Lliure, Resistencia Galega…) son de izquierdas. Deberían hacerse esa pregunta. Como deberían reflexionar los partidos que tardan varios días en condenar los disturbios y las brutales agresiones; o los medios de comunicación que, ante un tipo con pasamontaña que lanza una piedra contra un agente antidisturbios, apenas pueden disimular que simpatizan más con el primero que con el segundo; o los periódicos que ocultan en sus portadas los incidentes y abusos en la universidad. La socialdemocracia y la izquierda verdaderamente democrática, tan importante y necesaria para nuestra convivencia, debería dar un paso al frente. Algunos que ahora callan o hacen como si no fuera con ellos deberían reflexionar y no dar coba a los violentos porque, de hacerlo, puede que llegue el día en que no tengamos que preocuparnos por elegir la marca del café.

¡Qué “güenos” y qué falsos que podemos llegar a ser!

Hay que ver cómo somos. Nos gritamos, nos insultamos, nos sacamos los ojos, pero… es morirse alguien y ponerse todo el mundo a alabar al muerto. ¡Qué güeno era el pobre, oiga! A lo mejor nos hemos pasado la vida despreciándole o lanzándole puñales de todos los tamaños y colores, pero, oye, es morirse y como que da nosequé meterse con el finado. Es como una especie de yuyu que entronca directamente con nuestras supersticiones más tribales. De hecho, conozco a unos cuantos extranjeros, cada uno de su padre y de su madre, que me han hecho ver su estupor ante ese rasgo tan hispano que consiste en comportarse de una manera y decir lo contrario. Pues, definitivamente, señoras y señores, el ejemplo que nos brinda el anuncio de la inminente muerte de Adolfo Suárez se lleva la palma.

Da vergüencilla ajena ver con qué entusiasmo se apuntan a darle al Play del “Libertad, libertad” los mismos que, cuando nos estábamos jugando el futuro, acusaron a Suárez de ser un traidor. Entusiastas de lo decimonónico, partidarios de que no hubiese ningún cambio, ahora esgrimen la Constitución como si fueran las Tablas de Moisés y tampoco se cortan un pelo si se trata de hacerle un panegírico al ex presidente.

Claro que tampoco está mal la hipocresía y el cinismo de los que se han pasado décadas denostando la memoria de Suárez con el simple argumento de que, en el fondo, era un franquista. Según este subgrupo, lo que hizo el ex presidente no tiene ningún mérito. “Lo hizo todo obligado por las circunstancias”, llegan a decir los que se pasaron años y años con el culo apretado y ahora, ahora sí, van de contestatarios, valientes antisistema o esforzados antipatrias.

Eso sí, no todos los que se beneficiaron de la labor de Suárez para luego ponerle a caldo han acabado haciéndose anarquistas, separatistas o neojornaleros del siglo XXI. Algunos se han convertido en todo unos burgueses a los que les ha ido fenomenal en la España de las autonomías derrochadoras. Muchos de estos últimos también eran hijos de franquistas, pero no tuvieron ningún pudor en amargar la carrera política de Suárez hasta hacerle desistir. Con el cuento de que Suárez venía de dentro de la dictadura, le presentaron como un ser casposo y pasado de vueltas. El presente, decían, era para los jóvenes con chaqueta de pana. Más de treinta años después, la chaqueta de pana se la llevó el viento, pero sus portadores ahí siguen, yonquis de la poltrona, haciendo de tapón a la generación de sus hijos, y sin aplicarse el jarabe que hicieron tomar a Suárez.

Dicho esto, los que aprovechen los panegíricos para presentar a Adolfo Suárez como un santo varón o un ser incorrupto, posiblemente, también se equivoquen. Estamos hablando de un hombre que participó de errores como la amnistía que sacó a la calle a los etarras que luego siguieron matando o el “café para todos” que ahora, por ejemplo, provoca que cuando una niña necesita una ambulancia, primero se pregunte en qué territorio vive y quién la va a pagar.

Y es que, visto lo visto, puede que ahí radique precisamente el mérito de Adolfo Suárez: siendo un hombre de carne y hueso tuvo el arrojo de tomar el mando de la nave en el momento más peliagudo y la lucidez de girar hacia el lugar correcto. Aguantó las envestidas de unos y de otros. No le dio la gana de agacharse debajo del escaño cuando Tejero se puso a disparar. Y supo irse cuando entendió que ya no tenía más que aportar.

Sólo por eso, porque lo hizo lo mejor que pudo, porque recibió de todas partes, y porque muchos fueron ingratos con él, se merece un respeto.  Y ahora que los médicos rectifican y el triste desenlace podría alargarse más de lo previsto, los que se han apresurado a darle al Play, que se aguanten con el soniquete del “Libertad, libertad”. Porque Adolfo Suárez, aunque no se acuerde de nada de lo que hizo, se ganó el derecho a morirse cuando le dé la gana.

El puente de la Constitución y el adivino que predijo lo que pasaría

Ha vuelto a ser lunes. Lunes al sol para el que no tiene curro y lunes anodino para el que lo conserva a pesar de las rebajas de sueldo y las amenazas de despido. Lo bueno es que este lunes nos anticipa una semana más corta. El viernes es 6 de diciembre y habrá puente. Aprovechen, porque 2014 se presenta muy mal para los amantes del dominguerismo y el disfrute de acueductos.  El peaje a pagar: que nos volverán a dar la brasa con el aniversario de la Constitución. Nos volverán a hablar de la Transición, nos volverán a poner la música del “Libertad, libertad, duduá, duduá…”, y algunos nos volverán a contar lo excitante que era correr delante de los grises.

35 años tiene ya la carta magna, y, la verdad, no le pilla en el mejor momento. Me pregunto qué hubiesen pensado los impulsores de la Constitución del 78 si un adivino de estos que te leen el futuro a través de la llama de una vela les hubiese anticipado el panorama. ¿Se imaginan la escena?:

ADOLFO SUÁREZ: “Caballero, en este trascendental momento de la historia de España nos gustaría anticipar qué nos depara el futuro como nación. ¿Qué será de los españoles dentro de 35 años?”

ADIVINO: “Pues vamos a ver cómo se lo explico yo… ¿Seguro que quieren saber?”

MANUEL FRAGA: “Al grano, joven, al grano. ¡No me sea cretino!”

ADIVINO: “Pues nada… En España hay seis millones de parados. Así, como suena. Veo a un tío que le llaman Paco Telefunken que se niega a cerrar Canal 9. Pero, vamos, que al final la cierran…”

JORDI SOLÉ TURA “¡Un ataque a la libertad de expresión y a la lengua propia de las nacionalidades históricas!”

ADIVINO: “Qué va, más bien que no hay pasta porque los que mandan se la han fundido de mala manera”

SANTIAGO CARRILLO: “Me lo temía… 35 años después y las castas dirigentes siguen negando el pan a la clase trabajadora”

ADIVINO: “Bueno, dinero ha habido. Lo que pasa es que en 2013 la gente está pagando los excesos de años anteriores. Antes de 2008 veo a españoles enloquecidos que pagaban 50 millones de pesetas por un piso pestoso en un barrio pestoso. Veo a gente que pedía un préstamo para irse de vacaciones… Por alguna extraña razón los españoles llegaron al convencimiento de que un ladrillo era como un lingote de oro”

CARRILLO: “La banca y el capital seguro que incitarán a la cándida clase trabajadora a gastar y gastar para luego caigan en sus garras. Deberemos redoblar el esfuerzo de los sindicatos para defender al trabajador”

ADIVINO: “Uy, de sindicatos mejor no me hable. Les veo comiendo marisco y bebiendo fino en la feria de Sevilla con el dinero público. Sí, sí… veo mucha imaginación con las facturas falsas y el despilfarro del dinero destinado a los parados”

GREGORIO PECES BARBA: “En todo caso, seguro que la socialdemocracia que representa el PSOE habrá moldeado el país a mejor”

ADIVINO: “En general, parece que hemos avanzado. Ya no somos un país tan gris. A Felipe González y a Alfonso Guerra sí que les ha ido bien.  Les veo viviendo en barrios nobles de Madrid.  Felipe trabaja para un mexicano muy rico, de hecho, es el más rico del mundo.  Veo a otro futuro expresidente socialista tumbado en una hamaca…”

PECES BARBA: “¿Cómo se llama?”

ADIVINO: “Zapatero… Rodríguez Zapatero”

PECES BARBA: “No me suena”

ADIVINO: “Pues le sonará porque precisamente él será el primero en cuestionar la Transición. Hablará mucho de su abuelo republicano y vendrá a decir que lo que habéis pactado aquí es una caca y que hay que ir más allá”

CARRILLO: “¡Como debe ser!”

ADIVINO: “Desde luego, el Zapatero éste tiene tela… En 2004 recibe un país con superávit y en 2010 lo deja hecho unos zorros. Veo un cheque bebé que aparece para ganar las elecciones y que a los pocos meses desaparece. Veo un libro. Un libro en el que reconoce que no se atrevió a pinchar la burbuja, que no supo ver la crisis…”

FRAGA: “¡Qué descaro, joven!”

ADIVINO: “Bueno, don Manuel, la derecha también tiene lo suyo. Veo a un extesorero en la cárcel. Veo a un presidente de barba, paisano suyo, de aparente pachorra pero que las mata callando. Promete que bajará los impuestos pero luego hace lo contrario. Se justifica diciendo que no tiene más remedio, pero tiene un ministro de Hacienda…”

FRAGA: “¿Qué le pasa al ministro ese?”

ADIVINO: “Pues que, con el 80 por ciento del país pasándolas canutas, coge y dice públicamente y sin pestañear que los sueldos están subiendo.  Y el tío se descojona…”

MIQUEL ROCA: “Una pregunta: ¿qué pasará con Cataluña?”

ADIVINO: “La familia Pujol sale en la prensa por presuntos casos de corrupción. Cuentas en Suiza, comisiones, tratos de favor. Cuando se ven acorralados, desprecian a la justicia española e impulsan un proceso independentista. Estos no cierran su tele autonómica. Prefieren cerrar hospitales y colegios…”

SUÁREZ: “Oiga, y con ETA… ¿qué pasará?”

ADIVINO: “Al final, los asesinos desisten, pero se niegan a aceptar la derrota. El Estado les dará una salida honrosa. Veo partidos proetarras en las instituciones. Veo etarras que ríen al salir de la cárcel”.

GABRIEL CISNEROS: “¿Pero eso cómo puede ser?”

ADIVINO: “Todos ustedes cometerán un error: suprimirán la pena de muerte pero sin modificar el resto del código penal hasta dentro de muchos años. Eso beneficiará a terroristas, violadores y asesinos que estarán en la cárcel mucho menos de lo que debieran”.

MIGUEL HERRERO Y RODRÍGUEZ DE MIÑÓN: “Qué desastre…”

ADIVINO: “Veo a un violador y asesino en un hotel de Madrid. Es coautor de un crimen horrendo. Le protege una productora y se especula con que le van a entrevistar en la televisión a cambio de dinero. Dentro de 35 años, algunos programas de televisión dejarán mucho que desear…”

SUÁREZ: “¿Sabe qué le digo?  Creo que ya no quiero seguir escuchando. Muchas gracias por sus servicios”.

ADIVINO: “No hay de qué. Por cierto, harían bien en consensuar un buen modelo de educación. Muchos de los problemas serán consecuencia de la falta de consenso en esa materia. En fin, señores, que pasen un buen día”.

No sabemos qué habrían hecho los padres de la Constitución de escuchar a un adivino certero hace 35 años. Seguramente habrían aprobado igualmente la Constitución y, seguramente, habría valido la pena. Pero no cabe duda de que seguimos teniendo muchísimo que mejorar para tener una democracia con lustre. Feliz día de la Constitución.

Cuando la maldad golpea y las leyes no ayudan

Durante dos años de mi vida estuve viviendo en la calle Antonio Arias de Madrid. Ya hacía tiempo que residía en el barrio, pero buscaba un lugar que me liberase de esa tortura que pueden llegar a ser los pisos compartidos. Demasiado harto de aquella compañera reñida con la higiene o con el trasiego de invitados de unos y otros que hacía imposible que uno disfrutase de la intimidad que necesitamos los que somos patológicamente tímidos.

En aquel pequeño piso gané tranquilidad. La calle Antonio Arias es perpendicular a los bulevares de Ibiza y Alcalde Sainz de Baranda. Es una calle corta y sin salida porque en uno de sus extremos se topa con una Iglesia que obliga a los coches a girar a la derecha rumbo a Doctor Esquerdo.  Dos años saliendo de madrugada de aquel portal y recorriendo aquella acera, sin barruntar la terrible historia que allí sucedió una mañana de junio de 1994.

Una mañana cualquiera, el general de Infantería Juan José Hernández Rovira, de 58 años, fue asesinado de cinco disparos cuando salía de su domicilio en Antonio Arias. Un etarra, alto y vestido de azul, le esperaba para acribillarle antes de que el militar de carrera se metiese en el coche blindado que le conducía habitualmente al trabajo.  Era viudo y tenía siete hijos. El pistolero y los otros terroristas que le esperaban en un coche robado giraron a la derecha, bajaron Doctor Esquerdo y abandonaron el vehículo en una colonia llena de guarderías y colegios. Hicieron explotar el coche desde la distancia, sin ningún miramiento por los críos que había en la zona, aunque afortunadamente no hubo que lamentar más muertes aquel día. Dice la hemeroteca que, a las pocas horas de aquello, una administrativa del hospital Gregorio Marañón habló para El País. “Vi cómo disparaban al general y después huían. Me acerqué a él y le acaricié la cara. Todavía se movía”.

En el 94 yo era todavía un adolescente despreocupado que vivía en Barcelona y cuyo gran dilema era decidir si quería ser periodista o profesor de historia.  Aquella mañana de junio en la calle Antonio Arias de Madrid me cayó demasiado lejana como para retenerla en la retina. Conocí los pormenores del asesinato muchos años después, cuando ya ni siquiera vivía en aquella calle. Una extraña sensación me invadió cuando cerré los ojos e imaginé el charco de sangre en el que debió agonizar Juan José.  A buen seguro yo había caminado sobre ese mismo punto, ajeno a la tragedia de aquel buen hombre al que sus vecinos ya le habían advertido en alguna ocasión de la presencia de gente sospechosa que merodeaba por la calle. Ninguna placa, ninguna señal… Ese rincón de Madrid no muestra ningún síntoma de lo que allí ocurrió. Me pareció terrible. Sentí una pena, una desazón difícil de explicar. Una especie de sentimiento de culpa por haber pisado aquellos adoquines sin ningún miramiento.

Por aquel entonces yo ya vivía en otro piso. Otro salto a mejor. Ya estaba en la fase de preparar mi vida de casado. Lo malo de los pisos nuevos es que te cuesta cogerles la medida. Un día se me escurrió una toalla que acabó posándose en el tendedero de dos pisos más abajo. Fue también un comentario casual el que me puso en la pista de que en aquella vivienda de más abajo vivía otro hombre con una cicatriz oculta. Unos años atrás, un atentado de ETA se llevó por delante la vida de su hermano. Desde aquel día, ese hombre discreto, con el que me topaba muchas mañanas en la escalera, se juró a si mismo cuidar de sus sobrinas como si fuesen sus hijas.

Todavía con la toalla recién recuperada en la mano, me quedé pensando en lo cerca, lo terriblemente cerca, que están las víctimas del terrorismo.  Si agudizamos un poco los sentidos descubriremos que viven entre nosotros y que muchas, a simple vista, pueden pasar desapercibidas.  Sin embargo hace tiempo que viven a otra velocidad; sus vidas quedaron ancladas a aquel día en el que su padre salió de casa para no volver, aquel día en el que fueron a comprarse unos pantalones y, de repente, se escuchó una explosión y todo en el centro comercial fueron gritos de dolor y sangre…

Hace unos meses conté la anécdota de la toalla en La Mañana de COPE, ante la presencia de María San Gil y los amigos de la Fundación Villacisneros que presentaban el libro “Cuando la maldad golpea”, el relato más íntimo que jamás hayan escrito las víctimas del terrorismo. En ese libro muestran con una sinceridad desgarradora esa cicatriz que todos llevan encima. Unos en forma de mutilación; otros de forma oculta en el alma. Eso mismo le sucede también a Teresa Jiménez Becerril, otra valiente con la que también he tenido la suerte de coincidir y que ha velado por sus sobrinos todos estos años, después de que los terroristas matasen a su hermano y su cuñada por el simple hecho de estar vinculados a un partido político que no es del agrado de los pistoleros.  Hasta Sevilla se desplazaron para matar al matrimonio. De Juana Chaos llegó a escribir una carta en la que se reía del llanto de los pequeños huérfanos.

Por eso la risa de Inés del Río al salir de la cárcel esta semana abre las carnes de cualquiera que tenga un poco de dignidad y sentido de la justicia. Inés del Río participó en el asesinato de 24 personas. Ha estado en la cárcel 26 años y tres meses.  11 meses por cada asesinato. El Reino Unido ya ha decretado la libertad de Antón Troitiño, también implicado en 22 asesinatos a sangre fría. El viernes podrían salir dos etarras más, entre ellos, Josefa Mercedes Ernaga, condenada por el atentado de Hipercor…

Son las consecuencias de esas siete páginas que se han cargado todo.  Las siete páginas del escrito del Tribunal de Estrasburgo que ha tumbado la doctrina Parot. No podemos culpar a los jueces de la Audiencia Nacional porque se limitan a cumplir lo que dice Estrasburgo. Y puede incluso que ni siquiera podamos criticar a la Corte de Estrasburgo porque está visto que las togas europeas no entienden de dignidad, sólo entienden de leyes.  Puede que la doctrina Parot sólo fuera un remiendo desesperado con el que tratar de solucionar el verdadero problema: un código penal demasiado benevolente en su momento con los asesinos, con los fanáticos capaces de matar por una puta bandera o una patria imaginaria.

Queda la duda de si el Estado podría haber hecho más;  si había margen para la ingeniería jurídica, para presionar en Estrasburgo… pero el caso es que las alimañas suelen tener suerte. 11 meses de cárcel por un asesinato es poco, como también son ridículas las condenas por corrupción en este país. El Estado de Derecho debe aprender la lección y endurecer las penas hasta que la ciudadanía perciba que realmente el que la hace, la paga. De cara al presente, el único consuelo que nos queda es batallar para minimizar al máximo el número de beneficiados por el fallo de Estrasburgo y garantizar que los asesinos que ahora se ríen no vean ni un duro en concepto de indemnizaciones cuando todavía no han abonado lo que deben a sus víctimas.

Víctimas que, ahora más que nunca, necesitan nuestro apoyo y nuestro cariño.  Porque es muy duro llevar esa cicatriz oculta encima y observar la risa de Inés del Río, mientras tu padre sigue sin volver a casa, mientras tus sobrinas se hacen mujeres.  Nos queda el consuelo de que, en el fondo, las alimañas no se salieron con la suya. Lo vestirán como quieran, pero tuvieron que aflojar el pistón porque no pudieron con nosotros. La democracia sigue en pie y ahora lo que tenemos que garantizar es que nuestras víctimas ocupen el lugar que se merecen. Para que no haya cicatrices ocultas, para que nadie se olvide de los lugares donde muchos dieron la vida por la libertad, para que la risa de los terroristas no se escuche por encima de nosotros. Honor y memoria para nuestras víctimas.

El Rey y el Príncipe, cuestión de miedos y confianzas

Pues sí, al Rey le van a operar otra vez. Ni siquiera cuando eres el Jefe de Estado, te traen a los mejores médicos y reservan para ti toda una planta de un hospital te libras de que algo salga mal.

El caso es que volvemos a estar metidos en esa polémica, cada vez más recurrente, de si Juan Carlos I debe abdicar a favor del Príncipe o aguantar al pie del cañón hasta el final de sus días.

Tremendo dilema del que, en los últimos tiempos, recuerden, no se libró ni el Vaticano.  La Iglesia nos mostró hace unos años la determinación de Juan Pablo II de ejercer el ministerio de Pedro hasta el último momento. Lo hizo alegando, entre otras cosas, que era una manera de dignificar a los ancianos en esta sociedad del usar y tirar, en la que a los viejecitos y los enfermos se les esconde en un rincón como si ya no fueran agradables a la vista. A muchos católicos y ciudadanos del mundo aquella reflexión del Papa polaco nos pareció tremendamente enriquecedora.  Sin embargo, luego llegó Benedicto XIV y, con argumentos igualmente sólidos y respetables, decidió renunciar en un gesto casi sin precedentes.  Esgrimió el Papa alemán que su avanzada edad le impedía ejercer su ministerio con la intensidad que requería y que, tras mucho pensarlo y consultarlo con Dios, había decidido hacer un ejercicio de honestidad.

¿Quién tenía la razón?  Pues posiblemente los dos a su manera, sobre todo, porque la Silla de Pedro es un cargo muy especial rodeado de una espiritualidad que no tiene ninguna jefatura de Estado al uso.  Pero, entonces… ¿qué pasa con el Rey de España? ¿Debe Juan Carlos apuntarse al estilo Wojtyla o al estilo Ratzinger?

El Rey no es ni polaco, ni alemán y tampoco es el líder de una comunidad de creyentes.  Lo suyo es ejercer como Jefe de Estado de una monarquía parlamentaria. Una monarquía curiosamente como Holanda, donde la Reina Beatriz no ha tenido ningún problema en decir algo así como “yo ya estoy mayor, me merezco descansar un poco y mi hijo, que se ha estado preparando desde que nació y que ya no es ningún chaval, se merece un poco de confianza”. Paradójicamente, los dos monarcas, el holandés joven y el español veterano, coincidieron la semana pasada en La Zarzuela.

Pues dicen desde la Casa del Rey que don Juan Carlos es de los que piensan ejercer hasta el último día. Los que defienden esta opción utilizan varios argumentos. El más convincente es que justo ahora, precisamente ahora, no es el mejor momento para que un país con una crisis económica, territorial e institucional como sufre España se meta en el jaleo de cambiar de Jefe de Estado. El otro argumento da por hecho que los sectores republicanos/antimonárquicos/separatistas aprovecharían el relevo para intentar desestabilizar el edificio constitucional para acabar desembocando en una idea: Felipe de Borbón todavía no está preparado para ese envite. O como dicen algunos: “Todavía no es su momento”. Pues eso es harto discutible. Más que nada porque cuesta creer que un señor que tiene 45 años, que se ha pasado la vida formándose para ser Rey, que colecciona idiomas y licenciaturas, y que, por saber, hasta pilota aviones de combate no esté preparado para ejercer el oficio.

En el fondo, tanto miedo al cambio sólo sirve para dañar la imagen de España como país y de la Monarquía como institución. Hace daño porque denota miedo y falta de confianza, cuando lo que se necesita ahora mismo es confianza. Confianza y compromiso con el futuro. En el fondo, uno de los factores que subyacen aquí tiene que ver con la manía de todas las generaciones de creerse indispensables. Y, precisamente, si hay una generación a la que le está costando horrores pasar el testigo, aunque sea de forma gradual, esa es la generación del Rey. Los que nacieron en la dictadura, protagonizaron la Transición y diseñaron la España del café para todos, que disfrutamos/padecemos hoy en día, no acaban de confiar en sus hijos.

“Vosotros no sabéis de dónde veníamos y lo que costó conseguir lo que tenemos”. Con esa frase lapidaria muchos padres han querido zanjar más de una discusión con sus hijos nacidos y criados en Democracia. La generación nacida en los 70 y comienzos de los 80, a lo tonto a lo tonto, se ha plantado en la edad adulta, tiene hijos y lleva años ocupando cargos de responsabilidad en el mundo laboral.  Esa generación, a diferencia de sus padres, no entiende que el sistema judicial de este país esté controlado de facto por el poder legislativo, que la Democracia en mayúsculas haya degenerado en una partitocracia donde destacan los enchufados y mediocres o que aquí nadie dimita por corrupto. No lo entiende porque ha nacido en democracia y no arrastra ningún complejo de la dictadura. Ha viajado al extranjero con y sin becas Erasmus, ha convivido, competido y ganado a sus colegas de otros países y de tonta no tiene un pelo porque ha recibido una formación académica como no ha habido otra.

El abismo generacional que empieza a percibirse ha vivido un episodio curioso con el reciente debate de las pensiones.  La generación del Baby Boom, instalada en una cierta autocomplacencia autista, permitió hace años que sus hijos cobraran menos que ellos. Pero no contenta con eso, pretendió que ese ejército condenado al mileurismo les pagase durante las próximas décadas sus pensiones de 2.000 euros. La reforma de la jubilación ha empezado a despertarles de su Arcadia feliz…

La cuestión es que hay conocidos monárquicos como Luis María Ansón (nada sospechoso de querer cargarse la Corona) que en los últimos tiempos han hablado de la necesidad de un cambio generacional; la necesidad de que los jóvenes hablen y participen de cualquier reforma constitucional que pueda vivir este país y de cualquier debate que pueda surgir en torno a la Monarquía.  Ambas, si realmente quieren tener futuro, deberán tenerlo de la mano de esa primera generación que ha parido la democracia.

La España de las Autonomías fue un gran logro y ha tenido más cosas buenas que malas. Pero nadie puede negar que le han salido grietas. Y esas grietas no las pueden tapar (por lo menos, no en solitario) los que sienten que el simple hecho de hablar de grietas supone cuestionar todo su esfuerzo vital por construir el edificio.

Posiblemente, el relevo entre el Rey y el Príncipe simbolizará el abrazo entre dos generaciones: la que inició algo grande y la que está llamada a completar la obra y llevarla a su plenitud.

Los que no tuvimos que sufrir la dictadura no debemos olvidar el 23F ni la lección que nos dio Wojtyla. No debemos caer en el error de denigrar a Juan Carlos I y tirarle a la basura simplemente porque tenga problemas de salud.  El sentido común dice que,  hasta que no se aclare el caso Noos y el problema catalán, lo mejor es que pase otra vez por el taller y aguante el tirón.  Pero si de momento no se produce su relevo, que sea, efectivamente, porque justo ahora no está el horno para bollos. Pero, por favor, que nadie diga que el Príncipe no está preparado.

Y si en este país no hay cambios para mejorar, que sea porque hay una generación que, habiendo tenido muchos aciertos, sigue sin querer reconocer sus errores. Pero, por favor, que no digan que no hay una generación de españoles ahí fuera preparada y dispuesta a tirar del carro y mejorar lo que tenemos.  En definitiva, tanto en Zarzuela como el conjunto de España, hace falta menos miedo y más confianza.