Adiós al hombre que nos enseñó a mirar a los ojitos

Hace tiempo que no es lo mismo. Los que vivimos de nuestro sueldo menguado y los que directamente no tienen sueldo no estamos para determinadas gilipolleces. Ves a Messi con su traje rojo de Dolce & Gabbana dando la nota en una gala en Suiza, rodeado de lujo, y te toca las narices. Ves a los jugadores de determinado equipo aparcando sus cochazos de lujo para comer en un restaurante de postín y te toca la moral. Ves lo que cuesta la entrada para ver algunos partidos, la deuda de los clubes con la seguridad social y la banalización de la información deportiva y te convences de que el fútbol son veintidós veinteañeros demasiado ricos demasiado pronto. Cuesta creer, cuesta emocionarse con el fútbol como lo hacíamos antes.

Sin embargo, hay algo por lo que el deporte rey sigue mereciendo la pena. Y es que, si apartas todo lo superfluo, si te olvidas de que el último peinado de la estrella de turno ocupa más espacio que cualquier hallazgo científico, el fútbol continúa siendo una escuela de vida.  El fútbol es el teatrillo que nos cuenta cómo es el mundo en el que vivimos. Las grandezas y las miserias del ser humano aparecen reflejadas en el vodevil del balompié. El arrogante y el vago acaban pagando las consecuencias. El humilde y el esforzado suelen alcanzar la gloria o, en su defecto, el reconocimiento y el cariño de la gente.

Hoy se ha muerto Luis Aragonés, como se muere mucha gente cada día. Luis no inventó ninguna vacuna que curase alguna vida. Tampoco fundó ninguna empresa que diese trabajo a miles de personas. Pero a mí me jode.  Me apena profundamente que se haya muerto porque el Sabio de Hortaleza fue uno de los actores de ese teatrillo futbolero que nos dejan como legado innumerables moralejas.  Nos enseñó que la vida es esforzarse y buscar la excelencia. La vida es ganar, ganar y ganar. Nos enseñó que los hombres, si se visten por los pies, se miran a los ojitos. Que al tunante y al gilipollas hay que cogerle por la pechera y cantarle las cuarenta. Que el más tonto hace relojes y, además, funcionan. Que no es aconsejable regalar flores a quien no le cabe en el culo ni el pelo de una gamba. Que cuando los ingleses nos acusan de racismo hay que recordarles el apartheid y las colonias. Que suerte no hay ni buena ni mala. Que el presente le gana al futuro y al pasado. Y, sobre todo, que hay que tener fe y amor propio.

Esa fe que le hizo convencerse de que en España había una generación de bajitos jugones que se merecían una oportunidad. El Zapatones hizo una de sus famosas peinetas a los fantasmas y a los complejos de inferioridad. Miró a los ojitos a sus muchachos y les dijo que iban a ser campeones. Que este país se lo merecía. Que este país era mejor de lo que decían y que lo íbamos a conseguir porque del segundo no se acuerda nadie.

Y no sacó los tanques a la calle ni se dio mil golpes en el pecho. Simplemente hizo creer a los jugadores, nos hizo creer a todos, hablándoles como habla la gente de la calle. Como te habla un abuelo que lo ha visto todo y te invita a conquistar el futuro. Con verdades como puños, sencillas como el mecanismo de un chupete, y con sentido del humor. Mucho sentido del humor del que acaba con los miedos y las presiones que atenazan. “El fútbol es una cosa de listos. Si vamos a protestarle al línea, le llamamos por el hombre. Oye, Joseph. Y Joseph se queda acojonao’ porque se cree que te conoce de algo”. Aunque si algo recuerdan con cariño los campeones de la Euro 2008 es  aquel túnel de vestuario, a punto de comenzar la gran final. Aragonés se acercó a Michael Ballack, la estrella de Alemania, y en perfecto español le dijo: “Suerte, Wallace”. El alemán le miró asombrado sin saber qué había querido decir, pero Luis había conseguido su objetivo. Llevaba toda la semana confundiendo aposta el apellido del capitán alemán con el libertador escocés durante las charlas técnicas. Los jugadores se partían con aquella ocurrencia y, al decírselo a la cara al propio Ballack, los once españoles, que estaban a punto de comenzar el partido de su vida, saltaron al campo con una sonrisa en la cara.

Genio y figura,  Luis cambió la historia de nuestro fútbol y le dio una alegría a toda la gente de este país. Y eso tiene mérito en una España tan maniquea y cainita.  Fue forofo del Atleti y entrenó al Barça en su momento, pero yo me niego a no considerarle uno de los míos. Me niego porque, ante todo, fue un tipo sencillo, un hombre que siempre iba de frente y que nos enseñó a creer. “Eh, escúchenme. Nos ha llegado el momento. Nos han pegado hostias de todos los colores, pero ahora vamos a salir ahí a demostrar lo que somos”. Esa frase vale más que cualquier traje caro o cualquier peinado a la última moda. Gracias por la lección, don Luis. Descanse en paz.

http://www.marca.com/2014/02/01/futbol/seleccion/1391247101.html

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