Los jóvenes y la mala leche acumulada

La actitud vital de aquel profesor de instituto me pareció admirable. Aquel tipo, camino ya de los 50, jamás se hará viejo. Podrá cumplir años, pero no envejecerá porque ha decidido no acomodarse en su paradigma mental. Siempre estará dispuesto a asomar los bigotes más allá de su zona de confort y eso, a la larga, resulta clave. “Todo esto de Internet me asusta un poco, sobre todo los cambios de actitud y costumbres en los chavales de hoy. Pero me niego a demonizarlo. Simplemente, puede que yo, por edad, no lo entienda”, me comentaba al tiempo que detallaba fascinado el universo de posibilidades que acababa de descubrir en la red social interna que había puesto en marcha en colaboración con sus alumnos adolescentes.

Desde luego, descifrar lo que viene a lomos de los más jóvenes no es fácil. La industria del automóvil está que se tira de los pelos porque ha constatado que, por primera vez en la historia de la sociedad de consumo, los menores de 25 años no consideran como una de sus grandes prioridades tener vehículo propio. El mamón que atormentó a los Hombres G estaba en la cúspide del barrio porque, además de un jersey amarillo, tenía un Ford Fiesta blanco. Sin embargo, hoy en día los expertos en contratación de las empresas punteras van de culo porque no acaban de pillar el punto a los Millennials, como llaman los cursis a los nacidos a partir de 1980. Resulta que la última generación adulta asentada ya en el mundo laboral no lo fía todo únicamente a un buen sueldo ni al prestigio profesional. Los directores de recursos humanos están comprendiendo que para retener a los más talentosos tienen que ofrecerles otro tipo de incentivos intangibles. Los veinteañeros y los que comienzan a pisar la treintena (y tienen la suerte de trabajar) prefieren un sueldo más bajo si eso les deja tiempo libre, y valoran más que nunca que su empresa tenga buena reputación social, que respete el medioambiente… En definitiva, parecen un poco más honestos y llevan peor la hipocresía que la generación de sus padres. Algunos, incluso, llevan esa actitud al extremo y les da por hacerse hipsters. Se trata de esa moda que consiste en vestir vintage para entregarse a la nostalgia de un pasado más naif, más cándido. Los hipsters son unos tipos raros que optan por montar en bicicleta, tomar Prozac y hablar de forma irónica para combatir el cinismo que les rodea.

A otros, en cambio, les da por entregarse a un líder inspirador que les haga creer que “sí se puede”, ya sea un presidente negro, un entrenador aguerrido o un profesor universitario mediático y con coleta. “Podemos”, gritan todos. ¿Y qué le pasa al personal para que esté así de obsesionado con la utopía? Pues, posiblemente, estemos ante un choque entre lo nuevo y lo viejo, como no sucedía desde los años 60 del pasado siglo.

Los jóvenes de hoy en día llevan mal estar en el paro o tener un trabajo precario, a pesar de su formación y de hablar idiomas. Sobre todo porque viven en un sistema con demasiados gobernantes que no pasaron por la universidad, ni hablan idiomas, ni saben lo que es trabajar fuera del partido, ni fomentan, cuando no aniquilan directamente, la meritocracia. A los jóvenes de hoy, además, les revienta que esa clase dirigente les mire con displicencia y les diga que todavía son demasiado jóvenes para opinar o actuar, a pesar de que muchos han sobrepasado ya los 30.

“Todavía sois unos críos” dicen quienes con esa misma edad se embarcaron a hacer la Transición, no sin antes haber idealizado Mayo del 68, cuando se gritó “prohibido prohibir” y se arrancaron adoquines de las calles de París para montar jaleo. Los jóvenes de hoy en día, sencillamente, no entienden que esa misma generación critique ahora la utopía. Aunque lo que peor se entiende es que esa generación del Baby Boom siga todavía en el machito sin dejar sitio a nada más. Veamos: tontearon con la rebeldía y la violencia de Mayo del 68, hicieron la Transición en su juventud, fortalecieron la democracia, corrompieron la democracia y ahora todavía se ven con ánimos de regenerarla, mientras miran con recelo a los que vienen detrás.  En definitiva, lo viejo frente a lo nuevo en forma de generación tapón.

Lo malo es que el tapón no da más de sí, y a la mayoría de los que han llevado las riendas durante décadas el paradigma ya nos les sirve para entender lo que está pasando. De Gaulle no entendió que los medios de masas cambiaban las reglas de juego, y los que hoy todavía mandan se apuntan a Twitter si convicción para dejar la cuenta abandonada en cuanto termina la campaña electoral. Ahora están alucinando con que un partido salido de la nada con ideas y actitudes poco sensatas se haya colocado como cuarta fuerza nacional, aupada por los jóvenes con dos cañas y mucha campaña en las redes. En Izquierda Unida se preguntan por qué no les han votado a ellos si defienden lo mismo, en el PSOE no se preguntan nada porque hace tiempo se entregaron a la mediocridad y en el PP lo más que han sabido decir es que son todos unos frikis.

La mitad de los que han votado a Podemos tienen menos de 35 años y la mayoría poseen estudios universitarios. ¿Hay que hacerles mucho caso? Pues, por sentido común, no deberían tener demasiado recorrido, teniendo en cuenta que, a pesar de lo moderno de sus formas, se han presentado con una propuesta más vieja que los balcones de madera: el comunismo que ya fracasó donde quiera que fue implantado. Además, ahora deberán crear estructuras organizativas y no hay nadie en política que no haya perdido frescura y empatía en ese trámite. Posiblemente, los primeros que han conseguido capitalizar de verdad el malestar sean precisamente lo peor y más peligroso de los que tienen motivos para quejarse. De hecho, parecería el sector más cainita. Les delata su maximalismo y su lenguaje belicoso, casi militarizante, que entronca con toda la mala leche asquerosa que se vertió en las redes con motivo del asesinato de la presidenta de la Diputación de León. Cualquiera que tenga un poco de luces debería estar experimentando mucha inquietud ante las consecuencias que pueda tener la radicalización de la política. En todo caso, todo esto no deja de ser un síntoma de que el tapón por algún sitio tiene que saltar.

Bien harían los que llevan décadas mandando en tomar las medidas pertinentes para dejar que el agua salga poco a poco y no de golpe, una vez el tapón salte por los aires. Lo viejo debe ir dejando espacio a lo nuevo. A lo más valido y sensato de lo nuevo, porque, de lo contrario, será lo peor de lo nuevo lo que abra la brecha. En Francia lo hicieron en su momento y la V República sobrevivió a Mayo del 68. Cambiar todo para que todo siga igual, entendiendo «todo» como una sociedad avanzada y democrática en la que la inmensa mayoría vive razonablemente bien. De momento, los del machito ya le han visto la coleta al lobo.

Una escena en el metro que te reconcilia con el género humano

Levanto la vista al cambiar de página y a mi lado, un metro más abajo, me encuentro esa mirada con ese chupete. Me mira con gesto relajado, pero sin quitarme ojo de encima. Observa por un segundo la portada del periódico que sostengo y vuelve a mirarme a los ojos. Le sonrío, y mueve el chupete. Le vuelvo a sonreír, y vuelve a mover el chupete. Me río para mis adentros mientras regreso a la maraña de hedge funds, bonos convertibles y concursos de acreedores.

Leer la prensa económica en el metro tiene su aquel. Siempre he tenido la teoría de que los compañeros que hacen información económica escriben de forma premeditadamente enrevesada para que sólo les entiendan los lobos de Wall Street y los colegas del gremio. El asunto te obliga a cierto grado de concentración, con la dificultad añadida de no perder la cuenta de las paradas, para no pasarte de largo. Sin embargo, algo vuelve a captar mi atención y me obliga, de nuevo, a levantar la vista del papel salmón.

-“Mírala, angelito. No da ninguna guerra”, dice una mujer que observa con ternura a la cría del chupete.

-“¿Y del desgraciado del padre no se sabe nada?”, pregunta un hombre que viaja a su lado.

-“Qué va” -replica otro adulto- “Y mejor que no se sepa porque ya le dije que de mi nieta me encargaba yo”

-“Menudo sinvergüenza”, concluye el primer hombre, con pinta de ser un conocido que se ha topado por casualidad en el metro con los abuelos de la criatura. Les conoce pero no está al cabo de las últimas novedades.

Los tres, por la forma de vestir y la manera de hablar, parecen encuadrados en eso que se llama (o se llamaba) la clase media. Desde luego no encajan en el perfil de familia que, por razones socioculturales, pueda admitir con naturalidad que su hija pequeña se presente un día en casa con un bombo no previsto. Y mucho menos que el polinizador en cuestión se desentienda de la criatura.

-“En diciembre ya no me pagó la pensión y este mes tampoco creo que lo haga”.

La que habla ahora es una cría que no pasa de los 18 años. Está escorada a mi izquierda sujetando el carrito de la niña y me obliga a girarme con cierto disimulo para observarla. Es una joven con la mirada triste pero la voz firme. Viste y habla en línea con sus padres, de manera que se aleja del prototipo de princesa de barrio.

-“Yo ya le dije que asumo mi error y que, para estar a malas, ya me encargo yo. Pero qué menos que contribuya económicamente…”

-¿Tú trabajas?, pregunta el amigo de los padres.

-“Esa es la suerte que tengo: que estoy trabajando, a pesar de cómo está todo”.

Me quedo con la duda de saber en qué trabaja una cría que no tiene edad para haber terminado la universidad. Ignoro también si su maternidad accidental le habrá obligado a abandonar los estudios. Lo que sí sé es que hay algo en la manera de hablar de esa chica y de sus padres que me conmueve. ¿Compasión? ¿Lástima? No, todo lo contrario. Proyectan una seguridad y una alegría que llaman poderosamente la atención. Sobre todo, cuando el abuelo añade irónico:

-“Nos llegó el regalo en el mejor momento. Justo cuando mi mujer se quedó en el paro y a mí me redujeron el sueldo”.

-“De todo se sale”, apunta la abuela mientras no deja hacerle muecas a la nieta.

No hay miedo ni rencor en las palabras o miradas de esta familia que, a buen seguro, hace apenas dos o tres años no se hubiese creído capaz de protagonizar semejante escena en el suburbano de Madrid.  Entre los cinco han conseguido que no me acabe de leer el periódico, pero ha merecido la pena. Me bajo en mi parada reconciliado con el género humano.

Para cualquier familia de clase media ver como se pierden dos sueldos en cuestión de meses sin un horizonte claro de recuperación es un mazazo. Y la familia del metro parece que lo ha asumido con entereza. Que tu hija pequeña, que todavía no ha empezado a vivir ni a trabajar, se quede embarazada de un jeta seguro que tampoco entraba ni por asomo en la hoja de ruta. Y esta familia también lo ha asumido, de tal manera que no parecen dispuestos a tirar la toalla, ni a amargarse la existencia. Dicen los datos que en España hay casi dos millones de familias con todos los miembros en el paro, que los abuelos están dando sus pensiones para mantener a hijos y nietos,  y que, en definitiva, la familia está siendo clave para que esto no arda por los cuatro costados.

Dicen también, no ya los datos, sino el refranero, que no hay mal que por bien no venga. Esta crisis nos está ayudando a recordar lo importante que son la familia y los valores asociados a ella. Valores que hacen que abuelos, padres, hijos y nietos junten hombro con hombro y avancen despacito pero sin pausa, con una filosofía que recuerda a los tercios españoles del siglo XVI.  Todos somos uno y aquí no se deja atrás a nadie. Estar unidos y mantener la calma es lo que nos sacará de esta.

Eso incluye a la madre que ha perdido el empleo, al padre que ya no gana lo que ganaba, a la hija que tuvo la mala cabeza de complicarse la vida antes de tiempo y a la cría que no tiene culpa de nada y que, hoy por hoy, no tiene miedo al futuro. Tan sólo masca su chupete con ojos curiosos, sin saber que, a pesar de los pesares y gracias a su familia, el mañana será suyo.

España: paro, corrupción y jamones que van y vienen

Cualquiera que tenga un espíritu observador y que lleve el tiempo suficiente en el mundo laboral se habrá percatado que por estas latitudes el cargo de “ayudante”, “segundo”, “persona de confianza” o como se le quiera llamar suele ser ocupado con excesiva frecuencia por gente que destaca más por su fidelidad inquebrantable que por su talento.

De hecho, muchos “jefes”, los que mandan en algún estamento de una empresa u organización, suelen tener miedo a que el segundo sea más listo o talentoso que ellos, así que tienden a buscarse como muleta a alguien cuya cabeza no tenga más prestaciones de las imprescindibles. El problema es tan acuciante que, ahora que se ha puesto de moda lo de emprender, los expertos (los coaches, que dicen los modernos) no se cansan de aconsejar a los que cortan el bacalao que no tengan miedo de rodearse de gente con talento y coeficiente intelectual. Sin embargo, la tendencia (a excepción de los jefes que abusan de lo contrario, los que se buscan a una persona solvente para delegar en ella todas sus funciones y así poder ellos tirarse a la bartola) sigue siendo la contraria en la mayoría de sectores. El fenómeno, cómo no, es especialmente sangrante en ese mundo tan endogámico que es la política… El problema de esa manera de funcionar es que tarde o temprano el que manda se ve condenado a mirar a su colaborador con una gota de sudor cayéndole por la frente mientras le pregunta: “pero tú, macho, ¿hacia qué portería disparas?”.

Pues eso mismo le ha sucedido al líder de Izquierda Unida en Andalucía y vicepresidente de la Junta.  Diego Valderas tiene un jefe de prensa al que no se le ha ocurrido otra cosa que decir en un pleno que sí, que a su jefe se le conoce en Bollullos del Condado como el Emperador, que mucha gente le ha rendido pleitesía cuando era alcalde de ese municipio y, ¡atención, no se lo pierdan!,  que recibía jamones a cambio de colocar a gente…

La criatura autora de este desliz/confesión se llama Juan Félix Camacho, es concejal de Izquierda Unida en el ayuntamiento de Bollullos y se le calentó la boca en un pleno celebrado a finales de septiembre.  Se le calentó el hocico porque otro concejal de una formación que partió peras con Izquierda Unida le acusó de estar ahí simplemente por ser leal a su jefe.

Ahí fue cuando al bueno de José Félix, llevado por su fidelidad a Valderas, se le ocurrió contraatacar asegurando que el concejal criticón tenía mucho que ocultar en cuestiones de pleitesía porque sus padres, cuando todavía formaba parte de Izquierda Unida, bien que habían regalado jamones al propio Valderas para que colocara a su hermano en la Mancomunidad.  ¿Problema?   Pues que, efectivamente, el concejal en cuestión tiene un hermano trabajando en la Mancomunidad, lo cual vendría a demostrar que regalar jamones a Valderas tiene o tenía premio. Ahora José Félix se ha retractado de sus palabras y ha pedido perdón a su jefe, pero lo cierto es que le ha acusado de cohecho tan ricamente.

La anécdota de Bollullos casi daría la risa, si no fuera porque el CIS nos recuerda que la corrupción sigue siendo la segunda gran preocupación de los españoles. Y el panorama es desolador porque el macroproceso del caso Malaya ha terminado con microcondenas ridículas.  El testaferro de Marbella, Juan Antonio Roca, el que tenía tanto dinero que hasta se puso un Miró delante de la trona para deleitarse mientras se aliviaba, ha sido condenado a once años de cárcel.

Así las cosas, el millón de euros estafado sale en España a 20 días de cárcel. Lo que consiguen ocultar, aún ingresando en la cárcel, continúa siendo demasiado goloso. Piénsenlo: tres meses de tu vida en una celda, a cambio de encontrarte cinco millones de euros debajo del colchón al salir de la trena. ¿Cuántos no estarían dispuestos?

La corrupción sale muy barata y encontrar trabajo sigue estando demasiado caro. Si hacemos caso al CIS, el 77’3% de la tropa piensa que la falta de empleo es su principal dolor de cabeza.  Lo es para los que ya están en el paro y para los que pueden estarlo próximamente.  En ese grupo están los trabajadores de la limpieza de Madrid a los que ya les han dicho que o se bajan el sueldo o 1.400 de ellos no tendrán que volver a coger la escoba.  También lo tienen feo los 28 empleados fijos y los 36 temporales del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas a los que van a echar para ahorrarse en nóminas dos millones y medio de euros…    Escatimamos 2’5 millones de euros en el sueldo de los que investigan contra el cáncer, mientras nos seguimos gastando cada año 53 millones en mantener un Senado que, en la práctica, no sirve para nada.

Afortunadamente, nos queda el consuelo de saber que ya han ofrecido trabajo a la chica que colgó en Internet el baile con el que se despidió de ese jefe que no valoraba su trabajo. A los demás, les aconsejo que regalen un jamón al vicepresidente de la Junta de Andalucía. ¿Quién sabe? Si cuela, cuela…

Una leve sonrisa en un día de radio

Esta semana volvió a suceder. Se volvió a encender el piloto rojo. La sintonía del programa comenzó a sonar y, de repente, nos pusimos en marcha. El ritual de siempre, pero con esa sensación de novedad que impregna el estudio. La sensación de que justo en ese preciso instante está naciendo un nuevo curso radiofónico.

Esa otra familia que tenemos los que trabajamos en La Mañana de COPE, la familia de la noche, con la que debates qué es noticia y qué no, qué tema se destaca, qué breve se redacta, la familia con la que compartes un café de máquina a las tres de la madrugada, mientras te pones al día de las penas y alegrías de cada uno, vuelve a estar ahí.

A los oyentes no les puedes ver, pero también notas su presencia. Es imposible pergeñar un programa o una simple sección sin pensar en ellos. Sin pensar en ese paisano o paisana que decidirá sintonizar el programa en las horas que están por llegar. ¿Qué le lleva a compartir un momento de su día con nosotros? ¿Cuánto tiempo está al otro lado? ¿Qué le gustará más? ¿Qué le gustará menos? Las redes sociales nos dan muchas pistas para contestar esas preguntas, pero lo cierto es que esto de la radio sigue siendo un misterio insondable con una pizca de magia.

No me hagan mucho caso pero uno siempre ha tenido la sospecha de que, más allá de los grandes temas, más allá de Bárcenas, de Siria, de los dimes y diretes de nuestros políticos, el paisano o la paisana se queda con los pequeños detalles y las historias del día a día. Historias como que la gente lee en España más de lo que muchos se piensan. Otra cosa es que anden flojos de memoria, porque el personal sigue dejándose olvidados miles de libros cada año en los hoteles de nuestro país. Y resulta que el libro más olvidado es el best seller de E. L. James Cincuenta Sombras de Grey. Un libro erótico/picarón que está haciendo furor, sobre todo, entre las mujeres. La que se lo deja olvidado, normalmente, no suele volver preguntando por él…

Nunca sabremos, por cierto, si el gran Salvador Dalí hubiese disfrutado leyendo Cincuenta Sombras de Grey. Desde luego mente calenturienta no le faltaba. Ni eso, ni confianza en su propio talento. El genio de Cadaqués se dio pisto en vida cuando pronosticó aquello de “seré un genio y el mundo me admirará”, y la verdad es que no andaba muy desencaminado. 730.000 personas han pasado por el Museo Reina Sofía de Madrid durante los últimos cuatro meses para ver la exposición retrospectiva de su obra. Eso vienen a ser unas 7.000 personas cada día. Miles de españolitos haciendo cola, no para ver a Justin Bieber o a los famosillos nacidos del último reality de turno, sino para disfrutar de la pintura surrealista. La cultura sobrevive como puede en España, a pesar de la subida del IVA, a pesar de la ESO y a pesar de esta sociedad tan canalla que sigue empeñada en dividir y etiquetar a su gente en función de ideologías y proselitismos.

Curiosamente, al mismo tiempo que el Reina Sofía apuraba sus últimas horas con Dalí, el Bernabéu reunía a 30.000 forofos para dar la bienvenida a Gareth Bale. Lo hemos intentado durante el Tema del Día, pero esta mañana no ha habido forma humana de que Buruaga, Lama, Alcalá, del Val y compañía se pusiesen de acuerdo sobre si es ético o rentable pagar 100 millones de euros por un futbolista.

Probablemente, si un club tiene la guita, está en paz con Hacienda y se las apaña para rentabilizar la inversión, esté en su derecho de gastárselo. Otra cosa es que a los humanos que vivimos a la caza del cupón descuento para ir al supermercado nos choque que un chaval que da patadas a un balón anime a nadie a desembolsar lo que serviría para financiar 33 kilómetros de AVE o 1.600 comedores sociales. Hay comparaciones que duelen…

Por lo menos nos queda el consuelo de que a lo largo de agosto 31 personas han encontrado trabajo. Sí, 31. La cifra puede parecer ridícula, pero es la primera vez desde 2000 que no se destruye empleo a finales de verano. Agosto se venía cobrando en los últimos años una media de 50.000 despidos. Si uno piensa en esas 50.000 personas que han esquivado la guadaña, sumado a las 31 que han visto el cielo abierto tras muchos lunes al sol… multiplicado por la alegría exponencial de sus 31 familias…. en la calculadora de las noticias te sale como resultado un leve sonrisa de esperanza.

Acaba de empezar un nuevo curso radiofónico. Ojalá podamos contar en las noches y mañanas venideras historias de esas que, por pequeñas o cotidianas que sean, invitan a sonreír.