La lucha de la mujer

Año 2017. Su incorporación al mercado laboral prometía igualdad, pero la letanía de las mujeres actuales nos habla de desigualdades salariales, de techos de cristal y de madres cansadas… De esas que pasan ocho horas en el trabajo y luego se pasean por un parque con un plátano o un yogur en la mano, persiguiendo a un enano, con la sensación de llegar siempre tarde a todos sitios.

El cansancio y el compromiso familiar son difíciles de cuantificar, pero hay otros datos que sí pueden serlo… A día de hoy, el salario medio de las mujeres no llega a 20.000 euros anuales. El de los hombres supera los 26.000, lo que supone una diferencia del 23%. Las mujeres aportan el 45% del PIB español, de manera que, en un sólo día, generan 1.372 millones de euros. Además, suponen el 77% de los trabajadores de la sanidad y el 67 de la enseñanza.

¿Pero cómo se calcula el trabajo que sacan adelante las amas de casa a tiempo completo o las madres trabajadoras que también arriman el hombro decisivamente en el hogar? Sólo en el cuidado de los familiares, ahorran al Estado 40.000 millones.

mujer_ejecutivaAun así, la principal queja sigue siendo la diferencia de trato en el trabajo. Muchas denuncian que, nada más ser contratadas, ya les ofrecieron un sueldo menor a sus compañeros varones. Otras creen que la falta de ayudas a la maternidad es lo que les hace perder comba en el trabajo. Lo cierto es que el 84 por ciento de las excedencias son solicitadas por mujeres. Y, si son para cuidar a los hijos, el porcentaje supera el 93 por ciento.

Y aquí viene el gran debate… ¿Hay que seguir esperando a que las mujeres igualen a los hombres en salario y en puestos importantes de forma natural, como ya han copado la mayoría de matrículas en la universidad, o hay que “forzarlo” desde la política? En la Comunidad Valenciana han decidido algo muy polémico: que, en caso de empate a méritos entre un hombre y una mujer, algunos puestos de trabajo público sean para ella. Luchar contra el sexismo con una medida sexista, posiblemente recurrible en el Tribunal Constitucional.

Difícil encontrar una solución que no genere polémica o frustración. Más que exigir a los empresarios, debemos pedir a los políticos que pongan de su parte con ayudas en positivo. Y es fundamental un cambio de mentalidad en nuestra sociedad. Que los hombres entiendan que ayudar a las mujeres va en beneficio de todos. Y que muchas mujeres entiendan que no siempre se puede ganar la batalla de la perfección. Todavía hay demasiados padres que se dejan llevar en el hogar y demasiadas madres a las que, a la hora de la verdad, les cuesta delegar en el marido para cuestiones como llevar a los niños al pediatra o comprarles la ropa.

Es la lucha por estar en todos sitios, por no perderse nada y por dar la talla en todos los frentes. La lucha de nuestras madres, hermanas y mujeres. La lucha de la mujer, ciudadana y generadora de vida.

De vuelta

Nunca me tocó nada. Ni la lotería, ni los ciegos, ni el haba del roscón de Reyes. De hecho, ante mi persistente desencuentro con el azar, en vista de que nunca me tocaba nada, una vez un amigo me dio un descorazonador consejo onanista: “a este paso, mejor tócate a ti mismo…”. Así que tampoco podía esperar que me tocase el cheque bebé de aquel presidente leonés tan rumboso con el dinero del contribuyente, ni la reciente ampliación del permiso de paternidad. Doce días, tan sólo doce días. Eso es lo que se adelantó la pequeña María para que su padre no pueda estar otras dos semanas en casa a la salud de la Seguridad Social. Tampoco se lo voy a recriminar, porque a los hijos se les perdona todo.

Hay que decir que los hombres, aunque no lo quieran reconocer demasiado alto, agradecen hasta cierto punto volver a la “normalidad” del trabajo. Un hogar con un recién nacido, y ya no te digo nada si hay otros enanos rondando en el hogar, es lo más parecido a un manicomio. Los horarios, las rutinas, las certezas del día a día, que tanto amamos las mentes cartesianas, saltan por los aires continuamente. Así que, una mañana cualquiera, el puesto de trabajo adquiere una nueva dimensión, la oficina, la redacción o la fábrica se antojan un remanso de paz, inmune a los llantos, los cólicos, los pañales radioactivos, las vomitonas, las paredes pintadas o las cortinas manchadas de chocolate. Sin embargo, ese ligerio alivio personal es directamente proporcional al sentimiento de culpa que experimentamos cuando cogemos el petate para volver al tajo. Es en ese momento cuando las madres irrumpen como heroínas de lo cotidiano.

hands-918774__480Un consejo: no te quejes nunca delante de una mujer trabajadora que esté de baja por maternidad. Ella también ha dejado empantanada su carrera, y por más tiempo. Ella también está cansada, y además da el pecho. Ella también está nerviosa por momentos, pero con el añadido de que su cuerpo es un barril de hormonas. Piensa por un momento qué sería de tu vida si a ella le pasara algo. Te dan ganas de agarrarte a ella como un niño pequeño, tan pequeño como tus hijos, y darle las gracias por el simple hecho de existir.

Ser madre no está pagado, como no lo está el ser padres hoy en día. En la era de Internet y la comercialización de los sentimientos y las “experiencias”, el bombardeo de consejos e instrucciones de cómo criar a los hijos es abrumador. Es como adrentarse en un videojuego en el que, de repente, salta de detrás de un arbusto la matrona talibán de la lactancia que te amenaza con un látigo si en algún momento dejas de dar el pecho, aunque una mastitis pueda estar matando a la madre; pero es que, un poco más adelante, sin solución de continuidad, aparece la pediatra sabionda del hospital que te hace sentir como un hippy vegano (¡tú, que eres un señor de orden y de ley!) por haberos propuesto evitar, en la medida de lo posible, la leche artificial durante las primeras semanas. Sobrevivir a las dudas inducidas y seguir vuestro instinto, a veces, es una de las mayores victorias.

No me ha tocado disfrutar de la ampliación del permiso de paternidad, pero lo aplaudo porque toda ayuda es poca para los valientes que traen hijos al mundo, en un país en el que faltan niños. Niños que paguen nuestras pensiones del futuro, pero que también nos hagan crecer como personas en una sociedad tan individualista. Porque cuando eres padre experimentas el amor incondicional, el de “me lo quito yo, para dárselo a ellos”. El amor del bueno, del que te recuerda que la vida es una partida asombrosa que merece la pena ser jugada. Bienvenida, María.

La buena educación

Sí, María, has escuchado bien. La tipa ha arrancado de un tirón a tu madre la documentación de las manos, y le ha lanzado sobre la mesa un bolígrafo y un típex de muy malas maneras. Afortunadamente, al estar en el vientre de tu mamá, no la ves. Eso que te ahorras. La señora en cuestión está tan peleada con los cánones de belleza como con los buenos modales. Todavía no has nacido, pero no eres tonta. Sabes que algo pasa. La temperatura corporal de tu madre está subiendo. Es una mezcla de indignación, humillación y ansiedad.

Embarazada de siete meses. Tú has sido testigo de como tuvo que arrodillarse en el patio del colegio el otro día porque le bajó la tensión, de sus altos en el camino buscando un banco donde sentarse desesperadamente de puro agotamiento. Ya afinas el oído y has escuchado lo que dice el convenio. Por ley, con los reactivos químicos con los que trabaja, podría haberse dado de baja nada más conocer de tu existencia. Sin embargo, prefirió seguir trabajando todo lo posible. La mutua de riesgos laborales también ha corroborado algo fácilmente demostrable cada día: lo mismo se pasa cinco horas sentada sin moverse, que otras tres horas sentándose y levantándose en un frenesí físico y psicológico nada recomendable para alguien en su estado.

embarazadaDel esfuerzo que supone tener un terremoto de 20 meses en casa, ni hablamos ni hablaremos. Tu madre no es de las que quieren dar pena, ni de las que equiparan embarazo con enfermedad. Victimismo cero, sentido común todo. La idea es sencilla, sensata y comprensible: empezar a mover los papeles ahora para, entre pitos y flautas, tener la certeza de que vas a poder descansar las últimas semanas antes de recibirte. Algo que comprende cualquiera que sepa lo que es la maternidad. Pero eso esta señora no lo entiende. Te mira como a una delincuente, como alguien que pretende estafar a su mutua privada. Seguramente tendrá un incentivo por rechazar o retrasar bajas todo lo posible. Por eso, de entrada, ya te mira con asco. Eres alguien que viene a fastidiarle el incentivo del mes. Si por ella fuera, estarías trabajando hasta el mismo día de parir, aunque el médico te haya recomendado que vayas pensando en descansar, aunque prevención de riesgos haya corroborado que tu puesto de trabajo casa muy mal con tu estado actual y aunque en el trabajo lo hayan entendido perfectamente.

Con gentuza así hay poco que hacer. Con mujeres así, menos todavía. Si ese comportamiento lo hubiese tenido un hombre, la acusación de machismo sería inevitable. Pero el drama para las mujeres no es la incomprensión de los varones. La verdadera condena para la mujer trabajadora está en un sistema perverso que no sólo no protege ni fomenta la maternidad, sino que le pone trabas de todo tipo. Y en un feminismo que se empeña en fusionarse con el izquierdismo libertario y en ver machismo en el género neutro de las palabras, en lugar de defender lo verdaderamente importante. “Compañeros y compañeras feministas”, “miembros y miembras” o, mejor aún, “miembr@s”, que mola más…, mientras os perdáis en lo accesorio y no luchéis contra escenas cotidianas como la aquí descrita, por mí os podéis meter vuestras consignas y vuestras lecciones morales por donde no brilla el sol.

En fin, María, que no me quiero enfadar ni preocuparte antes de tiempo. Cuando vengas, lo que deberás hacer es jugar y ser feliz. Tiempo habrá para que entiendas la importancia del sentido común y el punto medio. Ni princesita ñoña, ni libertaria malcarada. Tu madre y yo haremos todo lo posible para que seas una leona trabajadora capaz de sobrevivir en este mundo de gentuza hipócrita y maleducada.

Si eres mujer, honesta y trabajadora… lo llevas claro

La pusieron verde. Y no un día, ni dos. Durante todo un año tuvo que aguantar todo tipo de comentarios, superfluos unos, ofensivos y denigrantes la mayoría de ellos. A su lado, su compañero de sonrisa Profident pasaba completa y felizmente desapercibido. De hecho, “a nadie le importó una mierda” (palabras del propio protagonista) que durante un año entero no se cambiara de traje.

El experimento televisivo que han realizado dos presentadores de un exitoso programa en Australia está dando mucho que hablar estos días en el mundo anglosajón. Karl Stefanovic decidió ponerse un traje azul, imitación de Burberry, durante doce meses sin avisar a nadie. Tan sólo se cambiaba de corbata y se limitaba a lavar el traje de vez en cuando, para que aquello no oliese a choto. Mientras tanto, su compañera Lisa Wilkinson cambiaba cada día de vestido y peinado. Al cabo de un año, destaparon el experimento y, medio decepcionados, medio indignados, compartieron su estupor con la audiencia.

Mientras a Karl se le juzgó por sus comentarios, su peculiar sentido del humor o el estilo de sus preguntas, sin que nadie reparase que todos los días vestía igual, a Lisa no hubo un solo día en que los comentarios, a través de redes sociales, revistas o llamadas telefónicas, no la pusieran en el disparadero por el vestido que llevaba ese día o cómo se había peinado. Y eso que la muchacha tenía un estilo más o menos elegante, y para nada arriesgado o estrafalario. Vamos, que ni era mojigata ni tampoco Lady Gaga. Lo normal.

En medio de las reflexiones sobre la pulsión que tenemos los seres humanos por juzgar al prójimo por las meras apariencias, lo rápido que ponemos etiquetas y lo estúpidos que podemos llegar a ser en ocasiones, Karl Stefanovic soltó una última reflexión que dejó a todos en silencio: “¿Se puede decir que estamos ante un caso de machismo, cuando la inmensa mayoría de los comentarios ofensivos que ha sufrido Lisa han sido realizados por mujeres? ¿Hablamos de sexismo cuando son mujeres juzgando a mujeres?”

A mí, personalmente, este experimento me ha traído a la memoria aquella frase que pronunció Pío Cabanillas en los tiempos de la UCD: “Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros”. La verdad es que si uno hace memoria, son muchas las ocasiones en las que ha oído a mujeres quejarse de que, a veces, en la guerra de la igualdad es peor el fuego amigo que el enemigo. Y no estoy pensando en la querencia que tienen las mujeres a eliminarse entre ellas en los reality shows. Ni siquiera en ese comentario socarrón que a veces se escucha en boca de los hombres, según el cual si en el mundo sólo quedasen mujeres, se sacarían los ojos; mientras que si sólo quedasen hombres, la Humanidad se extinguiría igual, pero de forma más lenta porque los últimos especímenes acabarían “dándose cariño” los unos a los otros. Nunca lo sabremos…

Más bien estoy pensando en todas las mujeres de mi entorno que se han quejado de lo mismo: a la hora de pedir la baja por maternidad, te suelen poner más trabas y son mucho más bordes las mujeres que los hombres. La última que me lo ha comentado, cuyos desvelos siento como propios, tuvo la posibilidad de dejar de ir a trabajar desde el mismo momento que supo que estaba embarazada. El tipo de trabajo y el lugar donde lo desarrolla se lo permite por convenio y, además, cobrando el 100% del sueldo. Sin embargo, prefirió trabajar ocho meses, con sus madrugones y sus estreses, por profesionalidad y porque ella estaba “embarazada, no enferma”. Toda una declaración de feminidad.

Pero he aquí que, cuando ya no ha podido más, en lugar de agradecerle los ochos meses de sueldo que le ha ahorrado, la mutua le planta a una impresentable mascadora de chicle, que la trata poco menos que como una delincuente. Una maleducada que aprovechó que la mujer había sufrido la semana anterior una ciática para denegarle la baja “porque eso es una patología y te tiene que dar la baja la seguridad social”. Poco antes, otra impresentable de la Seguridad Social le había comentado que era la mutua la que debía darle baja, no sin antes rellenar mal un formulario. Error que aprovechó la lagarta de la mutua para intentar pasar el muerto de la baja a todos los contribuyentes. Dos impresentables, que con muy malas formas y mucha desidia, han tratado a una “compañera” como una pelota de ping pong, cuando honestamente ha comunicado que ya no puede más. Y luego hablan de la defensa de la maternidad…

De todo esto, yo saco una serie de conclusiones: no estaría mal un poco más de solidaridad entre las mujeres, dado que la vida ya se encarga de ponerles más piedras en el camino que a los hombres. La segunda conclusión es que la poca vergüenza de las mutuas laborales a la hora de pasar a las arcas del Estado el mochuelo que a ellas les corresponde se merece un buen reportaje y buena denuncia. Y la tercera, que en este país ser honrado y trabajar al máximo mientras uno buenamente puede hacerlo, en lugar de ser valorado, penaliza. Eso sí que es grave.