Gestionad la frustración, malditos

En estos tiempos de cinismo posmoderno, la verdad es que se agradece un poco de sinceridad. Aunque sea de esa sinceridad brutal que hace que a uno se le caigan los palos del sombrajo. Pero por lo menos uno sabe dónde está y con qué bueyes hay y habrá que arar en tiempos venideros. Después de años y años de una política educativa que, de forma encubierta, ha ido democratizando la mediocridad, igualando por abajo y no por arriba, por fin hemos puesto nombre a la cosa.

El famoso “progresa adecuadamente” ya nos hizo sospechar. Eso de no llamar a la excelencia por su nombre, ni al suspenso, suspenso… como que te dejaba algo inquieto. Pero ha tenido que venir la ministra Isabel Celaá para dejar las cosas claras, como el novio veterano que un día, al cabo de un par de años, le suelta a la novia que no le gustan los musicales, que, de hecho, los detesta, pero que no se atrevía a decirlo por aquello de no estropear la magia de los comienzos.  Pues ahí que ha salido Celaá para reconocer que lo de bajar el listón educativo, lo de ponerse de los nervios ante cualquier tentativa de potenciar la cultura del esfuerzo, tiene que ver con motivos psicológicos basados, cómo no, en una actitud propia de los buenos samaratinos.

Resulta que se está estudiando permitir a la muchachada sacarse el título de Bachillerato, aunque tenga una asignatura suspendida, por “no bajarles la autoestima”. La misma autoestima que podía verse comprometida si se visualiza de forma explícita quién saca notas altas y quién no da una, ya sea por falta de capacidad o actitud.

Lo malo es que cuando pones una linde, la tentación de ir moviendo la linde más y más es enorme. ¿Qué hacemos con el apesadumbrado estudiante que ha suspendido dos? ¿Deberá repetir tan sólo por haber suspendido una más del listón colocado por el gobierno? ¿No se le irá al tacho la autoestima igualmente?

board-3699978__480Todo esto tiene que ver con lo mismo de siempre: la incapacidad de hacer ver a los más jóvenes que la vida es difícil, que las cosas no se consiguen así como así, que la verdadera satisfacción llega después del esfuerzo… en definitiva, en saber gestionar la frustración. Porque la frustración de hoy puede ser el triunfo del mañana. De las derrotas se aprende más que de las victorias. Siguiendo con el símil futbolístico, es como si un equipo reclamase la Champions porque sólo le ha faltado un gol en la final.

Algunos le dan a este debate un cariz ideológico y creen que así protegen a los menos favorecidos social o económicamente, pero se equivocan. Dar el título a todo el mundo, devalúa el valor de ese título que algunos alumnos de familias modestas han conseguido a base de trabajar duro. El hijo del rico siempre podrá sacarse un buen máster con el que diferenciarse del resto. No se trata de dar el título a todos para que no se nos frustren los zagales, como no se trata de poner trabas a los colegios públicos de excelencia, donde los alumnos con poco poder adquisitivo, pero gran capacidad intelectual, pueden encontrar la manera de canalizar y aprovechar su talento. Pero, vaya por Dios, eso, para algunos, también bajaría la autoestima de los que no pueden ir por capacidad intelectual a esos centros. Y así, vamos bajando el nivel hasta volvernos todos irrelevantes. Una sociedad de tipos y tipas que sólo saben decir que tienen derechos, olvidando sistemáticamente que los derechos van acompañados de obligaciones. Somos cada vez más blanditos y acomodados. Lo malo es que la vida real no es la burbuja de la clase, la vida muerde de forma darwiniana. Unos viven en buenos chalets de Galapagar o Berango y otros en pequeños pisos de barrios modestos. ¿Cómo ocultarán eso a la juventud nuestros queridos políticos? Las frustraciones que nos eviten ahora nos atropellarán mañana.