Mi carta a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos:

Supongo que os soprenderéis al leer esta carta. Y es que hacía siglos que no os escribía. Abandoné la costumbre bien pronto, siendo todavía un niño, porque, no os lo toméis a mal, pero siempre vi algo sórdido en vosotros. ¿Tres tipos que sólo trabajan un día al año? ¿Y el resto del tiempo qué se supone que hacéis?  Tampoco, la verdad, me entusiasma la dinámica en la que habéis entrado últimamente. Tengo que decir que me parece fatal que este año os hayáis atrevido a pedir a los niños, en un anuncio de televisión, que os dejen plátanos de Canarias. Que el gordo de Papa Noel se encamase con la Coca-Cola, vale. Los americanos ya sabemos cómo son… Pero, ¿vosotros? Hacer comprar a los niños unos plátanos de una marca concreta con la excusa de que vais a llegar a sus casas muy cansados roza el chantaje emocional. ¿Dónde ha quedado el espíritu pragmático del oro, el incienso y la mirra?

En fin, me sabe mal ser yo el que tenga que decíroslo, pero a lo tonto, a lo tonto, habéis caído en ese consumismo que lo devora todo.  Sólo hay que echar un vistazo a nuestro alrededor para comprobar que, definitivamente, hemos sucumbido a una búsqueda de la felicidad cada vez más individual y consumista. El problema es que cuando falla el dinero, no hay consumo; y si no hay consumo, no hay “felicidad”: primer drama. Pero es que, aún consumiendo, el placer suele ser efímero. El 40 por ciento de los españoles reconoce que compra cosas que no necesita y que las compra para “sentirse mejor”.  El placer del consumismo es efímero. Mala fórmula hemos encontrado para apaciguar nuestros demonios interiores.

Precisamente, por eso os escribo. No para pedir un cachivache electrónico o la última colonia de moda. Digo yo que si sois magos, podríais currároslo un poquito más. Me gustaría pediros algo más complicado. Algo que no se encuentran en el Corte Inglés, por mucho dinero que tengas.

Estoy pensando, por ejemplo, en el señor Manolo, al que esta mañana me he vuelto a encontrar en el ascensor. El hombre lleva muchos años jubilado y viudo. Nunca le falta una sonrisa ni unas ganas inmensas de exprimir cada conservación de ascensor hasta el último segundo.  Para él pido menos llamadas telefónicas y más visitas de verdad de los hijos que tiene dispersos en otras ciudades.

¿Sabéis una cosa? Este año me he animado a coger la bicicleta para ir a la radio de madrugada. Por el camino me he encontrado filas y filas de vagabundos durmiendo en las aceras de El Retiro. Cuando paso a toda velocidad escucho sus toses. Pido para ellos un hogar o un golpe de suerte que les ayude a salir de ahí. A mí tampoco me vendría mal un poco más de coraje para pararme una noche de estas a preguntarles si puedo ayudarles en algo.

Ni que decir tiene que pido trabajo para los que están en el paro. Trabajo para esos jóvenes que se están marchando y para esos padres que sufren al ver como sus hijos se van al colegio sin haber desayunado en condiciones.

Pido cariño y una paciencia infinita para las víctimas del terrorismo. Paciencia para Antonio Moreno, ese padre que tuvo que sacar a trozos el cadáver de su hijo de 3 años del coche donde Javier de Unsasolo puso una bomba lapa. Pido también un poco de vergüenza y de sentido del ridículo para Usansolo y para los otros 68 etarras que ayer se reunieron en el antiguo Matadero de Durango con la única intención de sacar pecho y demostrar que están encantados de haberse conocido. Vaya desde aquí mi admiración para el periodista que fue expulsado por atreverse a preguntarles si no les daba vergüenza. Majestades, más periodistas así tampoco nos vendrían mal.

Ya que estamos con la vergüenza, también pido un poquito de ella para los políticos que han renunciado definitivamente a reformar el sistema político con vistas a mejorar la calidad de nuestra democracia. Entre poltrona y patria, el oligopolio se ha quedado con lo primero.

Y es que el dinero manda, aunque siempre nos quedará la ilusión inmaculada de los niños en estas fechas. Para ellos es esta noche y para ellos pido muchos regalos. Aunque os ruego que, entre la PlayStation y el coche teledirigido, dejéis además un poquito de lucidez para sus padres. Lucidez para que no les dejen solos delante de la tele tantas horas y para que les dediquen más tiempo de calidad.

Queridas majestades, sé que no son regalos al uso, y sé que, como buen español, os escribo a última hora. Pero si podéis hacer algo, os lo agradecería de corazón y puede que hasta me anime a escribiros con más asiduidad.  Sea como sea, que se os dé bien la noche.

Atentamente,

Sergio

El talento, la experiencia y la fina línea que separa el éxito del fracaso

Se le espera para el día 31 de diciembre. Ni uno más ni uno menos. Luego pasará lo que tenga que pasar, pero los médicos ya han hecho su inquietante vaticinio. El caso es que al padre se le ve tranquilo y confiado.

-¿Tú eres consciente del dilema que se os plantea?

-Bueno, a nosotros los de las uvas este año, como que nos da igual… Lo importante es que venga sano y todo salga bien…

-No, macho, no… ¡Lo que está en juego no es que te comas las uvas tranquilo! Es algo mucho más trascendental…

-No jodas…

-A ver, que hay que explicártelo todo… Que nazca antes o después del fatídico 31 de diciembre marca la diferencia entre que sea un rutilante futbolista de primera o, qué te voy a decir yo: un triste periodista que sobreviva juntando letras en un periódico. O peor aún: ¡en una radio!

-¡Ah, no! ¡Por ahí sí que no!

El padre parece entrar en razón y comienza a escucharme atentamente, casi angustiado, al otro lado de la línea, mientras yo deambulo por mi casa con el móvil en la mano gesticulando como Antonio Resines cuando se enfadaba en Los Serrano. Así nos pasamos un buen rato mientras le explico la maldición futbolística del 31 de diciembre, que es lo mismo que hablar de la selección darwiniana que hace el deporte rey con aquellos que nacen unas horas más para allá o para acá.

Para el que no se lo crea, los datos son más que contundentes. En torno al 70 por ciento de los futbolistas de primera división nacieron en la primera mitad del año. Entre enero y junio. Ustedes dirán: ¿casualidad?  Pues echen un vistazo a las estadísticas de las ligas del resto de Europa. Pasa exactamente lo mismo. El primero al que escuché hablar de esta conjura para fastidiar la vida a los nacidos a finales de año fue al economista Xavier Sala i Martín, antiguo vicepresidente del Barça. El último en reflexionar sobre el asunto ha sido Jorge Valdano, que acaba de publicar un libro sobre cómo gestionar el talento.

Y es que, precisamente, de talento y fuerza bruta va la cosa. Resulta que los entrenadores de categorías inferiores tienden a poner de titulares a los más grandotes, mientras los más canijos se comen los mocos en el banquillo. Ahí comienza el problema para los nacidos de julio a diciembre porque, a edades tempranas, la diferencia física entre un crío nacido en enero y otro nacido en diciembre del mismo año es mucha. El fortote juega y juega, acierta, se equivoca, aprende y, en definitiva, adquiere experiencia.

Para cuando se ponen a la par en lo físico, y los ocho o nueve meses de diferencia se vuelven insignificantes, ya es demasiado tarde. El que tuvo la oportunidad de jugar desde el primer momento ha abierto una brecha, ha adquirido unas tablas, que, según las estadísticas, se antoja insalvable para el que comenzó chupando banquillo, por mucho que tenga talento.

La única liga europea donde sucede justo lo contrario es en Alemania. Allí la mayoría de los que llegan a triunfar como profesionales son los nacidos en la segunda mitad del año. El parón invernal les obliga a empezar la temporada de forma diferente a los países más meridionales. Acojona, ¿eh?

Pues en España el porcentaje se ha equilibrado gracias a esa especial sensibilidad que hemos cultivado últimamente para con los bajitos, de manera que procuramos no mandar a casa a un Iniesta para quedarnos con, qué sé yo, un Albelda. Aún con todo, la maldición del 31 de diciembre sigue imponiéndose.

Mientras me despido de mi amigo, conjurado ya para hacer entender a su mujer que debe retener al niño en su seno cómo sea hasta que lleguen a la tierra prometida del 2014, me quedo reflexionando sobre esto del talento. Porque lo que vale para el fútbol vale para la vida. La moraleja sería que todos nacemos bastante equilibrados. La falta de experiencia nos iguala. Luego el talento va marcando la diferencia, pero necesita de la experiencia. A veces un tipo con menos talento pero con muchas más oportunidades acaba imponiéndose.

La verdad es que la perspectiva pone los pelos de punta si tenemos en cuenta que vivimos en un país que no es precisamente el paraíso de la meritocracia. En la vida real, en las oficinas, en las redacciones o en las fábricas no hay niños grandotes que te sacan una cabeza, pero sí hay enchufados, medradores profesionales o maestros de la picardía que saben imponerse sobre los que tienen más talento puro.

A todos ellos: a los que encontraron un carguito con buen sueldecito porque su papá es amigo de nosequién, a los que siguen haciendo méritos, a los que participan de las conjuras de pasillo, a los que se limitan a trabajar y trabajar sin entender que en el pasillo a veces se parte el bacalao laboral, a los que siempre caen de pie hagan el destrozo que hagan, a los siempre pasan desapercibidos hagan el mérito que hagan, a los que tienen 800 presuntos amigos en Facebook, a los que son un desastre en la gestión de las relaciones sociales, a los que nazcan en diciembre, a los que nazcan en enero… a todos: felices fiestas y próspero año nuevo.