El arte de improvisar

Nunca se puede generalizar, pero es cierto que a veces la mera observación empírica te ofrece pautas que tienden a repetirse. El latino suele improvisar, al anglosajón no le gusta y el alemán, directamente, no sabe hacerlo. Sólo hay que echar un vistazo al vodevil de Bruselas con los alemanes señalando lo firmado como si fueran las tablas de Moisés y los griegos moviendo deprisa los cubiletes exigiendo una “solución imaginativa”.

Claro que si hay un lugar latino por antonomasia ese es Nápoles. La última vez que estuve allí la mafia acababa de cargarse a un comerciante que se había negado a pagar el pizzo. Estuvo como una década con guardaespaldas, pero cuando creyó que ya se habían olvidado prescindió de sus servicios. A la semana le pegaron cuatro tiros. Los napolitanos tienen buena memoria, una facilidad innata para hacer pizzas y una devoción brutal por Maradona y San Jenaro.

El astro argentino anda estos días de capa caída después de que una operación estética le haya dejado unos labios similares a los de Carmen de Mairena. En cambio, el obispo martirizado en el año 305 ha vuelto a ser noticia para júbilo de los napolitanos. Estos tienen por probado que cuando la sangre de las reliquias del santo se licúan el primer domingo de mayo, el 19 de septiembre y el 16 de diciembre las cosas irán bien. En cambio, si en esas fechas la sangre se apelmaza, los napolitanos se hacen cruces, convencidos de que algo malo ha de suceder.

Con lo que no contaban los napolitanos es que, fuera de esas tres fechas señaladas, la sangre también se licuara con motivo de la visita del Papa. Según la interpretación napolitana, eso es una señal de buen augurio que no ocurría desde 1848. ¿Qué ha dicho el Papa Francisco ante semejante sorpresa? ¿Restarle importancia y defraudar el fervor napolitano? ¿Sobreactuar y mostrar un excesivo entusiasmo por un fenómeno que la Iglesia no califica de milagro, sino simplemente de “prodigio”? Pues el Santo Padre argentino y, por tanto, latino, ha aprovechado que sólo la mitad de la sangre se ha licuado para decir “Se ve que el santo nos quiere sólo a medias. Tenemos que convertirnos más”. Lo bueno de ser latino es que la naturaleza te predispone a tener la cintura idónea para salir de atolladeros con frases o gestos ingeniosos, de esos que inspiran cercanía y empatía. ¿Será ése, saber improvisar, uno de los secretos del actual Papa?

Curiosamente, en el primer capítulo de la serie El Ministerio del Tiempo, el director del fantasioso ministerio se encoje de hombros ante las dudas que genera en los protagonistas su primera misión: “Improvisen, para eso somos españoles”. No sabemos si ese será también el secreto de su éxito, pero lo cierto es que esta serie está arrasando en audiencia y en movimiento en las redes sociales. TVE reconoce que se ha generado un fenómeno fan como no se recordaba en mucho tiempo.

De repente, muchos españoles descubren que la ficción española puede ser ingeniosa y de calidad, y de paso descubren también que nuestra Historia está preñada de azañas, miserias, héroes y villanos como para hacer mil producciones de Hollywood. Ya quisieran semejante material los estadounidenses que llevan exprimiendo sus 200 añitos de historia para tirarse el pisto como los más guays del mundo mundial. De momento, los nacionalistas han comenzado a mostrar su descontento con la serie porque muestra a España como un país interesante y con un patrimonio común como proyecto histórico. Y eso que los responsables del proyecto se han cuidado mucho de que la serie no cojee de ninguna pata política. No es mala señal. Ya sólo falta que series como ésta sirvan para que nos conozcamos y nos queramos un poquito más, amén de aprender de los aciertos y errores de nuestro pasado. Eso sí sería un verdadero milagro a la altura del mismísimo San Jenaro.

Cuando la ficción no puede superar a la realidad

Está visto que una de las peores cosas que pueden afligirte en esta vida es la autocensura. Más de un colega de esos que se dedican a escribir guiones o novelas se queja a menudo de lo mismo. Presentas tu idea a una productora o una editorial y siempre te encuentras con algún cretino que te suelta frases del tipo: “éste relato no es creíble”.

Con esto de la crisis se ha acentuado la apuesta por las historias cercanas y los que gustan de fantasear lo tienen más complicado. Y tú, que quieres hacer las cosas bien, después de documentarte concienzudamente para construir tramas, personajes y ambientes, comienzas a comerte el tarro con si la historia estará lo bastante atornillada a la realidad como para, a partir de ahí, despegar hacia lo insólito, hacia un escenario kafkiano que golpee en lo más hondo al lector o telespectador, precisamente, porque parte de una cotidianidad que asusta de tan familiar que resulta. Y ahí es cuando algunos rebajan determinadas tramas del borrador, al temer que ciertos puntos del relato puedan resultar inverosímiles y provocar el rechazo de quien decide.

No sé si será por eso, pero aquí lo que se lleva es presentar capítulos piloto de series sobre gente de barrio que trabaja en un karaoke, historias de amor y odio ambientadas en los años de la posguerra o retratos costumbristas de una escalera de vecinos en clave de humor canalla. El surrealismo y las cosas difíciles de digerir se dejan para los Reality de televisión. Pocos tienen bemoles para llegar a la reunión con el cretino de turno y decirle: “Pues tengo una historia de un pueblo al que, de repente, le cae una cúpula encima, trasparente pero que no hay quien la atraviese. Y a partir de ahí empiezan a pasar cosas chungas…” o “un tipo muy normal se entera de que tiene cáncer y decide ponerse a procesar drogas para garantizar el futuro de su familia, y así, a lo tonto, se convierte en un capo supermalote”. “No lo veo”, suele replicar el cretino. Y es curioso que algunos tengan tantas reticencias a las historias que parten de la realidad para acabar siendo surrealistas o rozando el realismo mágico de Gabo y compañía. Más raro es aún, si pensamos que estamos en España, un país donde la vida es un continuo despelote surrealista.

Sólo hay que echar un vistazo a los periódicos o los telediarios para comprobar que aquí la realidad supera la ficción, a una velocidad acongojante. Díganme ustedes, si no, quién tendría arrestos para plantear una historia de ficción pero no fantástica sobre un nota de 20 años, de origen humilde, al que cazan de repente por haberse hecho selfies con buena parte de la fauna y flora político-económica de este país. Imagínense la cara del señor de la productora, mientras le explicas que, en un primer momento, nuestro entrañable pillo parece el típico friki que acude a los saraos para hacerse fotos, pero no. Los puñeteros periodistas descubren que el chaval entraba en los saraos más elitistas porque estaba invitado y tenía contactos al más alto nivel. La policía llega a sospechar que se trata de un agente del CNI, y el CNI que es un comisionista de políticos o un conseguidor para empresarios turbios. Y en éstas, sale una amiga conocida como “La Pechotes” que le defiende en la prensa, pero que asegura no ser su novia… Toda historia que se precie debe tener su pizquita de tensión sexual no resuelta…

Definitivamente, en este país no nos aburrimos. Así no hay quién aspire a escribir una buena historia que supere a la realidad. Tradicionalmente, los periodistas han dado el salto a la literatura o el guión. Pero, visto lo visto, lo mejor será emprender el camino inverso y volver al periodismo puro y duro. Digo yo que alguien deberá ayudar a los jueces a contestar la tormenta de preguntas que flota estos días en el aire. A saber: ¿Quién es realmente el pequeño Nicolás? ¿Quién está detrás de él? ¿Se podrá destapar la verdad si ésta deja en mal lugar a políticos y empresarios de máxima relevancia y moral distraída?

Lo mismo se podría decir de mil escándalos de corrupción que nos asolan estos días y que podrían demostrar que, a la hora de repartirse el pastel, nacionalistas y no nacionalistas, ahora tan peleados por Cataluña, se han dado cremita y han modificado las leyes a la chita callando para que sus delitos fiscales prescriban muy rápido.

Imposible que los propios políticos se destapen a sí mismos, y difícil que los jueces, controlados por la partitocracia desde el mismísimo Consejo General del Poder Judicial, puedan hacer solos todo el trabajo. Hacen falta periodistas de verdad, periodistas que se arriesguen y que investiguen en el sentido estricto de la palabra. Y es que hoy en día se llama periodista a cualquiera. El maestro Kapuscinski, conocedor de este problema, diferenciaba entre “periodistas” de verdad y “media workers”, que traducido vendría a ser algo así como trabajadores de los medios de comunicación. Profesionales del lenguaje que se dedican a escribir noticias breves, normalmente refritos de los teletipos de agencia. Gente que habla de oídas.

En el mundo de los media workers, la precariedad de las redacciones y la falta de recursos y voluntad para investigar es palmaria. Cada vez es más difícil enfrentarse al poder político y ya no digamos al económico. Una situación completamente diferente a la que vivió el mítico Ben Bradlee. El que fuera director del Washington Post, fallecido recientemente, supo enfrentarse a las presiones políticas y económicas para destapar la trama de corrupción del Watergate que derribó a un presidente de Estados Unidos. Hoy en día, sin embargo, son más bien los gobiernos los que derriban a directores de periódicos.

No sé si llegaremos al punto de los cómics estadounidenses, en los que un periodista se transmutaba en Superman o un fotógrafo en Spiderman, pero hacen falta héroes que se enfrenten al poder. El viejo Bradlee decía que para dirigir un medio de comunicación había que tener la valentía de un militar. “Salgan hay fuera y consíganme la noticia”, solía ordenar a una redacción imbuida de su espíritu. El mítico director del Post nos ha dejado para siempre, pero las historias que superan a la ficción siguen ahí fuera esperando que alguien las cuente.