Ante todo, coherencia

Qué pereza de país… Montamos una supergala del cine español para celebrar que por fin el personal se ha reconciliado con nuestros díscolos cineastas; nos ponemos exquisitos y ninguneamos a Ocho Apellidos Vascos porque, en el fondo, eso es no es cine, sino “enlazar un sketch con otro”, nos colocamos nuestras mejores galas; elegimos a toda una ex ministra de Cultura para que entregue un premio y… ¿qué hace la señora intelectual en los apenas 20 segundos que tiene para decir algo? ¿Lanza algún aldabonazo de lucidez que nos haga replantearnos la importancia del arte en nuestras vidas? ¿Nos explica por qué todo lo bueno es efímero y banal? ¿Se acuerda de los que lo están pasando mal? ¿Se limita a anunciar al premiado sin equivocarse? No, Ángeles González-Sinde decide ir directa al grano y suelta un comentario futbolero para recordar a los presentes que su equipo ha ganado esa tarde al eterno rival. Luego nos quejamos…

Yo digo que en la vida cada cosa tiene su momento y su lugar. Y que nos podemos equivocar las veces que haga falta, incluso hacer el ridículo de vez en cuando puede resultar saludable, pero lo jodido es no ser coherente. Decía Saramago, con la mala leche fina que se gastaba, que todo el mundo se había pasado la vida recordándole que debía hacer deporte porque era bueno para la salud, pero que nunca había escuchado a nadie decirle a un deportista que debía leer porque era bueno para el intelecto. Y es que, el ser humano está hecho de materia incongruente y, por mucho que nos aconsejen correctamente, tenemos querencia por lo fútil.

Ahora andamos alterados en las tertulias porque los chicos millonarios del Real Madrid, humillados por los chicos millonarios del Atleti, lejos de hacer un acto de contrición se fueron de fiesta después del partido. ¡Y hasta cantaron!

Asegura Jorge Mendes, el tipo que más dinero debe haber ganado moviendo jugadores de un lado a otro, que no sabemos bien el esfuerzo que tuvieron que hacer hasta que le colocaron el sombrero a Cristiano Ronaldo y consiguieron que se subiera al escenario a cantar. Que menudo disgusto tenía la criatura… Ante semejante espectáculo, en la directiva del Madrid andan indignados, pero les está bien empleado por su falta de coherencia. Si quieres jugadores que no se dejen meter un cuerno por salva sea la parte ante el odioso vecino, si aspiras a que, en caso de accidente, los tuyos se sientan mal y hagan propósito de enmienda en el mismo vestuario, ficha a jugadores que entiendan qué representa tu club y qué supone tener que aguantar la guasa de los rivales en la oficina o en el bar.

Claro que a los millonarios cantarines también les falta coherencia. Si quieres que te dejen tranquilo celebrar tu cumpleaños y que nadie juzgue si has cantando o dejado de cantar tras hacer el ridículo en tu quehacer profesional, no cuelgues el vídeo en las redes sociales. No llames la atención de la gente exhibiéndote con tus ropas y tus coches caros. No te metas en la vida de la gente vendiéndoles los producto y servicios que anuncias por tierra mar y aire. Si haces eso, lo cual no deja de ser legítimo, la gente también tiene legítimo derecho a juzgar lo que haces.

Y, ya que estamos, si te molesta que los ministros de Cultura se pongan a hablar de fútbol donde no toca, no escribas tú un entrada del blog sobre la fiesta de Cristiano, habiendo tantos otros temas sobre los que reflexionar. Coherencia, coño, coherencia.

 

La invasión china o cómo se jodió el turismo cultural

DSC03691

El tipo lleva barba descuidada de tres días. Su camiseta de tirantes marida con las palmeritas de su bañador y las chanclas hawaianas. De repente, se detiene dándome la espalda. Algo parece haber llamado su atención. Bascula la cadera y eleva el talón del pie derecho. Por unas milésimas de segundo llego a pensar que se trata de un homenaje a la curva praxiteliana, cuando, de repente, todo se torna mucho más prosaico: el muchacho se rasca el culo como el que no quiere la cosa. Pero no un rascarse de forma disimulada y fugaz.  Más bien se diría que su mano ha ido al mismísimo fin del mundo a buscar el enajenado calzoncillo hasta conseguir traerlo a la superficie y colocarlo en su sitio. Una vez ejecutada la maniobra, y aliviadas las posaderas, prosigue la marcha con aire cansado y un tanto aburrido. ¿Qué no habrá conseguido captar su atención? ¿La carta del chiringuito? ¿Los niños haciendo castillos de arena en la orilla? No, lo que apenas ha conseguido retener la mirada de nuestro primer protagonista de hoy es la Gran Esfinge de Tanis, datada en torno al año 2600 a.C.

No, no estamos en la playa. Estamos en el Museo del Louvre de París y unos metros más allá, un adolescente ruso aprovecha que los restauradores se han llevado una estatua de la exposición para saltarse el cordón del perímetro y colocarse sobre el pedestal vacío para que sus padres, tan cafres como él, le hagan una foto. Todo esto mientras, no muy lejos de allí, una joven con acento porteño juega con el aire de uno de los conductos del aire (los franceses no se gastan mucho dinero en aire acondicionado) para que sus amigas la inmortalicen con sus móviles de última generación a lo Marilyn Monroe.

No seré yo quien caiga en posturas snobs o elitistas para negar el derecho de los analfabetos funcionales a entrar en un museo. Mejor allí que en otro sitio y, por lo menos, la visita daño no les hará. Sin embargo, la experiencia de visitar uno de los museos más importantes del mundo en plena temporada alta anima a reflexionar sobre qué es y hacia dónde va eso que llaman el turismo de masas. Cada vez cuesta más disfrutar de una visita satisfactoria ante el alud de personas que parecen estar allí simplemente porque “toca” visitar tal museo o tal monumento si te encuentras en tal ciudad. Cada vez son más los que fotografían todo los que les rodea de forma compulsiva sin pararse a pensar a qué le están haciendo una foto. Aunque lo que, posiblemente, más pena da es constatar que muchos no han sido todavía capaces de entender (y posiblemente ya nunca lo serán) que, una vez la vida te ha dado la oportunidad de pasar allí un día o una simple tarde, de lo que se trata es de disfrutar de esos segundos para maravillarte con lo que uno de tus congéneres fue capaz de hacer hace miles de años. Si uno no hace ese ejercicio intelectual, casi místico dirán algunos, no merece la pena darse semejante paliza.

¿No me creen? Si quieren ver algo cómico de verdad, les recomiendo que visiten la sala donde está expuesta la Gioconda de Leonardo da Vinci. Un cuadro pequeño, que reclama ser observado a dos metros de distancia, se convierte en campo de batalla para cientos de turistas que pelean por hacer una foto desde lejos. Lo más acojonante es comprobar cómo los pocos afortunados que consiguen llegar a primera línea se conforman con hacerse un selfie. Muy pocos consiguen pararse ante la obra maestra del genio renacentista para disfrutar de esa sonrisa ambigua.

En este contexto, me apuesto lo que quieran a que dentro de un tiempo se comenzará a hablar en los medios de comunicación de un problema creciente para el turismo cultural: la invasión de los chinos. Sí, invasión. No se  puede calificar de otra manera la irrupción de ciudadanos chinos de clase media a los circuitos turísticos que hasta ahora estaban reservados a europeos, americanos y japoneses. Llegan en masa y, por cuestiones culturales, se comportan como una masa uniforme. Ellos solos son capaces de llenar la sala de la Mona Lisa o el Salón de los Espejos de Versalles. A diferencia de los japoneses, tremendamente educados y alérgicos al contacto físico, los chinos practican el autismo turístico. Van a su bola y, si eres occidental, hacen como que no te ven. A ellos las apreturas no les molestan. Vienen del país más poblado del mundo y están acostumbrados. Te empujan y se te cuelan sin miramientos. Eso sí, hay que decir en su descargo que también saben recibir. Si les empujas y si te cuelas en su puñetera cara, tampoco se quejan.

El caso es que las críticas del resto de visitantes van en aumento y el fenómeno dará que hablar. No muy lejos del Louvre, al otro lado del Sena, presencio una escena curiosa en el Museo de Orsay. Un vigilante se desgañita en francés para recordar a los asiáticos que está prohibido hacer fotos. A pesar de las advertencias, un chino coloca su móvil a veinte centímetros (no exagero) de uno de los autorretratos de Van Gogh. En ésas, un francófono recrimina con gestos la actitud del chino, mientras un alemán se anima a pedirle que guarde la cámara. Ante el autismo del chino, un italiano le coloca la mano en el hombro y le invita a guardar la cámara. Finalmente, el chino sonríe y guarda el móvil. No es que no se enteren, es que no se quieren enterar…

La escena sirve para comprobar que los occidentales, por mucho que hablemos idiomas diferentes, tenemos unos valores en común. Valores que más vale potenciemos si no queremos que la invasión china nos coma la tostada más allá de la sala de una pinacoteca. El siglo XXI será el de las grandes regiones planetarias. Los estados no podrán competir por sí mismos y deberán aliarse por criterios económicos y culturales. Europa está llamada a unirse más que nunca, por mucho que países como Francia se refugien en el ultranacionalismo. De los movimientos nacionalistas que pretenden convencernos de que la solución a la globalización es crear un estado donde hasta ahora no lo había, mejor ni hablar porque simplemente provocan hilaridad.

El Barón Haussman cambió la cara de París en el siglo XIX para donar al mundo una ciudad que trasciende al propio ser humano. Un lugar idóneo, tanto para ponerse estupendo con reflexiones más o menos profundas, como para hacer turismo como un borrego más. Un lugar, en definitiva, para cargar pilas para lo que nos espere a partir de septiembre. A todos, hagan turismo o se queden en casa, feliz verano.

Una leve sonrisa en un día de radio

Esta semana volvió a suceder. Se volvió a encender el piloto rojo. La sintonía del programa comenzó a sonar y, de repente, nos pusimos en marcha. El ritual de siempre, pero con esa sensación de novedad que impregna el estudio. La sensación de que justo en ese preciso instante está naciendo un nuevo curso radiofónico.

Esa otra familia que tenemos los que trabajamos en La Mañana de COPE, la familia de la noche, con la que debates qué es noticia y qué no, qué tema se destaca, qué breve se redacta, la familia con la que compartes un café de máquina a las tres de la madrugada, mientras te pones al día de las penas y alegrías de cada uno, vuelve a estar ahí.

A los oyentes no les puedes ver, pero también notas su presencia. Es imposible pergeñar un programa o una simple sección sin pensar en ellos. Sin pensar en ese paisano o paisana que decidirá sintonizar el programa en las horas que están por llegar. ¿Qué le lleva a compartir un momento de su día con nosotros? ¿Cuánto tiempo está al otro lado? ¿Qué le gustará más? ¿Qué le gustará menos? Las redes sociales nos dan muchas pistas para contestar esas preguntas, pero lo cierto es que esto de la radio sigue siendo un misterio insondable con una pizca de magia.

No me hagan mucho caso pero uno siempre ha tenido la sospecha de que, más allá de los grandes temas, más allá de Bárcenas, de Siria, de los dimes y diretes de nuestros políticos, el paisano o la paisana se queda con los pequeños detalles y las historias del día a día. Historias como que la gente lee en España más de lo que muchos se piensan. Otra cosa es que anden flojos de memoria, porque el personal sigue dejándose olvidados miles de libros cada año en los hoteles de nuestro país. Y resulta que el libro más olvidado es el best seller de E. L. James Cincuenta Sombras de Grey. Un libro erótico/picarón que está haciendo furor, sobre todo, entre las mujeres. La que se lo deja olvidado, normalmente, no suele volver preguntando por él…

Nunca sabremos, por cierto, si el gran Salvador Dalí hubiese disfrutado leyendo Cincuenta Sombras de Grey. Desde luego mente calenturienta no le faltaba. Ni eso, ni confianza en su propio talento. El genio de Cadaqués se dio pisto en vida cuando pronosticó aquello de “seré un genio y el mundo me admirará”, y la verdad es que no andaba muy desencaminado. 730.000 personas han pasado por el Museo Reina Sofía de Madrid durante los últimos cuatro meses para ver la exposición retrospectiva de su obra. Eso vienen a ser unas 7.000 personas cada día. Miles de españolitos haciendo cola, no para ver a Justin Bieber o a los famosillos nacidos del último reality de turno, sino para disfrutar de la pintura surrealista. La cultura sobrevive como puede en España, a pesar de la subida del IVA, a pesar de la ESO y a pesar de esta sociedad tan canalla que sigue empeñada en dividir y etiquetar a su gente en función de ideologías y proselitismos.

Curiosamente, al mismo tiempo que el Reina Sofía apuraba sus últimas horas con Dalí, el Bernabéu reunía a 30.000 forofos para dar la bienvenida a Gareth Bale. Lo hemos intentado durante el Tema del Día, pero esta mañana no ha habido forma humana de que Buruaga, Lama, Alcalá, del Val y compañía se pusiesen de acuerdo sobre si es ético o rentable pagar 100 millones de euros por un futbolista.

Probablemente, si un club tiene la guita, está en paz con Hacienda y se las apaña para rentabilizar la inversión, esté en su derecho de gastárselo. Otra cosa es que a los humanos que vivimos a la caza del cupón descuento para ir al supermercado nos choque que un chaval que da patadas a un balón anime a nadie a desembolsar lo que serviría para financiar 33 kilómetros de AVE o 1.600 comedores sociales. Hay comparaciones que duelen…

Por lo menos nos queda el consuelo de que a lo largo de agosto 31 personas han encontrado trabajo. Sí, 31. La cifra puede parecer ridícula, pero es la primera vez desde 2000 que no se destruye empleo a finales de verano. Agosto se venía cobrando en los últimos años una media de 50.000 despidos. Si uno piensa en esas 50.000 personas que han esquivado la guadaña, sumado a las 31 que han visto el cielo abierto tras muchos lunes al sol… multiplicado por la alegría exponencial de sus 31 familias…. en la calculadora de las noticias te sale como resultado un leve sonrisa de esperanza.

Acaba de empezar un nuevo curso radiofónico. Ojalá podamos contar en las noches y mañanas venideras historias de esas que, por pequeñas o cotidianas que sean, invitan a sonreír.