Cataluña, año 2034

Año 2034. Los coches todavía no vuelan, ni el aumento del nivel del mar se ha tragado la península Ibérica. De hecho, las torres Mapfre siguen siendo testigo mudo del idilio de Barcelona con el mar Mediterráneo. Los bañistas disfrutan del buen tiempo, mientras la televisión pública catalana informa de la última comparecencia del presidente de la Generalitat, Jaume Fernández.

El presidente catalán anuncia un paquete de medidas para reactivar la economía catalana y fomentar la inversión internacional. En su discurso, Fernández hace suyo el argumentario del Partit Democràtic, la formación de izquierdas que surgió de la nada y llegó al poder tras el desencanto que provocó la gestión de Esquerra y Convergència durante los primeros años de independencia. En ese discurso se ataca a España y se achaca a Madrid una buena parte de los males que padece Cataluña.

“España sigue sin perdonarnos que quisiéramos ser libres” lamenta el president. Lo dice por las últimas maniobras del gobierno español en Bruselas para potenciar el puerto de Valencia y la conexión del gran centro logístico de Zaragoza con Francia. Esa maniobra perjudica a una Cataluña que, más de una década después, sigue intentando entrar en la Unión Europea, ante el veto liderado por España y Francia.

En estos últimos lustros la relación Madrid-Barcelona no ha sido fácil. A la negativa de Cataluña de pagar la parte de la deuda soberana que le correspondía cuando España dejó de mantenerla y le dejó caer a bono basura, llegó el reajuste de Madrid a la parte de las pensiones que debía pagar a los catalanes, el veto a su entrada en Europa y los aranceles a productos catalanes. El PIB de España cayó un 17% y el de Cataluña un 29%. Con todo, los patriotas catalanes sacan pecho y aseguran que, a pesar de todo, no son Chipre como vaticinaron algunos “unionistas del miedo”. Las pymes catalanes se las han apañado para seguir funcionando en mercados exteriores, aunque sea trabajando más por menos.

Ciertamente, hay lugares en la Tierra peores donde vivir y se mantiene la esperanza de que, tarde o temprano la Unión Europa accederá a su reingreso. Sin embargo, a nadie se le escapa que Cataluña no es, todavía a día de hoy, el lugar ideal que dibujaron los independentistas y que toda una generación ha pagado con una considerable merma de bienestar el proceso separatista. Por no haber, no hay ni siquiera la anhelada homegeneidad nacional y lingüística porque, hoy en día, Cataluña tiene un problema de tiranteces con la “minoría española” que vive en su territorio. Especialmente tensas fueron las manifestaciones de los jubilados que vieron perjudicadas sus pensiones y de los trabajadores que perdieron su empleo con la ruptura. La imposibilidad de financiarse dificultó enormemente la estrategia de la Generalitat de generar empleo público. Los primeros años fueron muy duros.

Como sucediera con Irlanda respecto al Reino Unido, los catalanes, sorprendentemente, siguen consumiendo mucha “cultura española” a través de la televisión, y la mayoría continúa tomando las uvas en Nochevieja, a pesar de alguna que otra campaña patriótica en pro de abandonar ese “vestigio de la dominación española”. El Barça sigue paseándose por la liga catalana, aunque no abandona las negociaciones con la federación francesa para jugar en el campeonato galo al estilo del Mónaco. El último año en la liga española fue desagradable. La propuesta de los blaugranas de cambiar el nombre de la liga española por “liga ibérica” se tradujo en continúas pitadas y recibimientos calientes en la mayoría de campos. La presión del Atlético de Madrid, Valencia y Sevilla, deseosos de escalar un peldaño en el escalafón del fútbol español, fue decisivo para su expulsión. El último Madrid-Barça se disputó hace ya 16 años.

A los que les va muy bien, por cierto, es a determinados periodistas y empresarios de la comunicación que, tras dominar el espacio comunicativo catalán en la época de autonomía dentro de España, cuando eran amos y señores de la propaganda proindependentista, supieron hacer valer su trayectoria para convertirse en los dueños del nuevo escenario audiovisual catalán. Tampoco se pueden quejar los políticos que arrastraban serios problemas judiciales con los tribunales españoles. Jordi Pujol murió tranquilo en Barcelona y la Generalitat le ofreció un funeral de Estado, rehabilitado ya como el “hombre que posibilitó la construcción nacional”.

Por lo demás, la gente sigue viviendo, riendo, llorando, enamorándose y divorciándose como siempre. Si acaso, en estos últimos tiempos se nota cierto resquemor al comprobar que el conjunto de España sufrió un poco menos el impacto económico de la ruptura y, sobre todo, que se está recuperando más rápidamente. Una España, sin duda, muy cambiada. La pérdida de Cataluña fue una catarsis colectiva para empezar de cero. Se airearon las instituciones y se apostó por un nuevo modelo productivo con el que intentar desquitarse. Convertirse en un país moderno fue la manera que tuvieron algunos de darle en las narices a quienes no quisieron ser españoles. El experimento de Podemos duró poco. La contribución de Pablo Iglesias a la secesión fue castigada por un electorado que se ha vuelto claramente de centro derecha. Los socialistas españoles recuerdan con nostalgia el granero de votos que representaba Cataluña para auparles a La Moncloa. En esta nueva España, la derecha liberal gana tres de cada cuatro elecciones y muchos socialistas se preguntan si no se equivocaron en su gestión del nacionalismo. El País Vasco y Navarra, por cierto, continúan dentro de España con un estatus parecido al de Estado Asociado. El temor a perder las ventajas fiscales y el ilustrativo batacazo de la economía catalana hizo que los vascos no quisieran dar el paso decisivo.

Aún así, no hay español que no vea con nostalgia, aún hoy, el mapa del tiempo y las nuevas fronteras. No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, y muchos se han dado cuenta ahora de la enorme huella que dejo Cataluña en España. Hubo un tiempo en el que uno de cada seis españoles era catalán y, aunque algunos orgullosos no lo quieran reconocer, se les echa de menos. Han pasado casi 20 años de la ruptura y en la Franja los paisanos de Fraga y Alcarràs siguen cruzando la linde para tomar café o comer al otro lado. De vez en cuando sale el tema y no son pocos los que se preguntan si no hubiera sido mejor ser, entre todos, más razonables, pragmáticos y constructivos…

Como habrá podido comprobar el lector, algunos catalanes nos hemos atrevido a recrear un posible futuro distópico, animados, sin duda, por la borrachera imaginativa que sufre nuestra tierra estos días. Uno siente cierto respeto por aquellos que, aún asumiendo posturas radicales, demuestran ser consecuentes con su trayectoria y asumen que la independencia será costosa en muchos aspectos. Sin embargo, no se puede sentir más que pena y compasión por los que acudieron a votar el 9-N con la idea de “ya se verá si esto es mejor o no” o “nos pagarán mejores pensiones”.

Seguro que la distopía aquí recreada yerra en muchos aspectos, pero me juego lo que quieran a que se acerca más a la realidad que el posible mundo idílico de una Cataluña suiza o danesa. Que con un 30% de votos algunos se atrevan a llamarse “mayoría cualificada” demuestra hasta qué punto estamos en un momento grave. No se sabe qué pasará, pero lo que es seguro es que los selfies en las urnas corroboran aquello que advierte el maestro Claudio Magri: El nacionalismo es el fetichismo de la identidad.

De resacón y con el corazón anestesiado

Otra vez de resacón. Otra vez una parte de la pandi con esa sonrisilla traviesa e ilusionada, y la otra parte entre preocupada e indignada. Otra vez la gente preguntándome en Madrid que “cómo lo ves tú, que eres de allí y estuviste trabajando en pleno fregao’, cuando se gestó buena parte de este problema”. Pues yo lo veo todo como muy cansino, tanto que hace tiempo decidí anestesiarme el corazón y ver las cosas con la distancia del exiliado que bastante tiene con cortar a machetazos el follaje de la jungla por la que transita a diario en la gran Babilonia.

Llega un momento que te tienes que anestesiar la patata porque, de lo contrario, puedes acabar deprimiéndote al comprobar que el ser humano no tiene solución. Somos lo que somos y, por mucho que pase el tiempo, nos seguimos rigiendo por lo que los psicólogos llaman el “sesgo de autoconfirmación”. Nos creemos muy informados, muy ilustrados y muy sensatos, pero, a la hora de la verdad, nuestro cerebro se encarga de destacar todo aquello que nos refuerza en nuestras creencias o manías. ¿Y el resto? El resto acaba en la papelera de reciclaje. Cuando eso sucede es muy complicado, casi imposible, dialogar y llegar a soluciones constructivas en las que todas las partes ganen algo.

Seguramente yo también soy víctima del sesgo de autoconfirmación, por mucho que haya intentado abstraerme y meterme en la piel de mis amigos y no tan amigos que están en mis antípodas ideológicas. Como diría Ortega y Gasset, yo soy yo y mi circunstancia. Y mis circunstancias fueron las de un catalán de primera generación, hijo de andaluces, que de muy pequeño fue a clases de catalán porque mi padre entendió, desde el primer momento, que él no podría enseñarme con corrección el idioma de la que estaba llamada a ser mi tierra, esa tierra que nos acogió y donde me hice hombre y ciudadano. Lo que yo vi en el cinturón metropolitano de Barcelona fue un montón de chavales en una situación parecida a la mía. El castellano era el idioma vehicular por la fuerza de nuestros orígenes, por mucho que la mayoría de las clases se dieran en catalán. Salvo para gente como Marta Ferrusola, que impedía a sus hijos jugar en el recreo con los castellanohablantes, aquello era lo normal entre nosotros, como lo era cambiar de idioma de forma automática en función de con quién hablaras. ¿Raro? Raro para los de fuera, para nosotros era nuestra manera de ser.

Nadie o casi nadie reparaba en determinados detalles. Como que la Historia de Cataluña estuviese enfocada como algo ajeno al conjunto de España, y que cuando ésta aparecía fuese para presentarla como una entelequia desagradable y entrometida que nos trajo la abolición de los fueros en 1714 o la dictadura franquista. Nos explicaban que los borbones se las apañaron para hacer del castellano el idioma culto y que el catalán, tanto en Cataluña como en Valencia, se despreció hasta identificarlo con algo propio de la gente sin formación. Poco a poco, aquello fue calando, de manera que nosotros, de manera sutil, fuimos entendiendo que las tornas habían cambiado y que, si tenías que hablar por primera vez con un profesor o con alguien que te pudiera dar trabajo, lo mejor, de entrada, era hacerlo en catalán. Había un tufillo a ingeniería social en todo aquello, pero pocos reparaban porque ¿quién se iba a negar a potenciar un idioma que también era nuestro? Lo sibilino de unos y la buena fe de otros fueron haciendo su trabajo.

Entonces, llegó la universidad y allí nos topamos con profesores que nos comentaban con incredulidad que en Ciutat Badía, un barrio popular de Sabadell, casi todo el mundo hablaba castellano. Lo explicaban como quien retrata la más horrorosa de las aberraciones. Los que éramos de Sant Boi o Cornellà nos mirábamos levantando las cejas, constatando que muchos tenían una visión unitaria de Cataluña que no encajaba con la realidad de la calle. Lo malo de los ingenieros sociales es que, al final, acaban encajando la realidad con su visión, aunque sea con calzador.

Hoy en día, las series de TV3 gustan de mostrar a magrebíes y subsaharianos hablando catalán con toda normalidad, pero hubo un tiempo en el que reflejaban a una maravillosa clase media con todas las virtudes del “buen catalán” (catalohablante, nacionalista y culé), mientras la gente de baja estofa o los delincuentes se expresaban en castellano. Claro que con eso no era suficiente. Dentro de TV3, un servidor fue aleccionado para decir “Estat Espanyol”, en lugar de España. También me explicaron que “Barcelona no tiene provincia” (concepto territorial impuesto por “los españoles” o que las banderas españolas debían ser obviadas en el montaje de los vídeos. Un día me hicieron prescindir de la única imagen que se tenía de un grupo de catalanes que había ganado una carrera internacional de campo a través, porque mostraba los metros finales, en los que recogían una bandera española para cruzar triunfales la meta. Se me dijo que obviara esa imagen y montamos el vídeo con imágenes de recurso que no correspondían a la prueba. Eso lo viví yo, con mi sesgo de autoconfirmación o sin él, como escuché a un profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, que acabaría trabajando en el tripartito, comentar a un grupo de alumnos “que en la clase había unos cuantos españolistas, pero que los tenía controlados”. Cuando tú vives ese tipo de cosas, o pasas o te rebelas. El problema de rebelarse es que te acabas convirtiendo en un “facha”. Y si encima, por aquellas cosas de la vida, acabas trabajando en la Cadena Cope, entonces ya ni te cuento…

Recuerdo un mitin de Convergència en el Palau Blaugrana. Artur Mas ya era el “elegido” y Jordi Pujol, ya en la retaguardia, veía las cosas desde las tablas. Tan relajado estaba el “Molt Honorable” que se acercó a los periodistas que recogían el tenderete tras el acto. Mientras guardaba la RDSI, se me acercó y me preguntó que qué tal. Todo muy simpático y agradable hasta que le dije dónde trabajaba. Le cambió la cara y se marchó a la chita callando. Fueron años en los que algunos denunciamos que el Estatut era una gran operación para hace reventar la Constitución en el medio plazo. Estaban pidiendo un marco legal de máximos para que, saliese lo que saliese, poder decir que no estaban satisfechos y que “España les había vuelto a fallar”.

Aquello se cumplió punto por punto y el show ha seguido su curso. La cosa se ha puesto tan fea que “el Estado” se ha animado a destapar los chanchullos de la familia Pujol. Periodistas como Jaume Reixach hablan de un patrimonio familiar de más de mil millones de euros, con los que poder seguir influyendo de manera orweliana en la sociedad catalana. Esto a algunos les asusta, a otros les da igual y demasiados lo dan por bueno si les permite conseguir su objetivo romántico de ser independientes. Lo malo del romanticismo político es que tiene algo de naif, algo de adolescente, al proponer soluciones del siglo XIX a problemas del siglo XXI. El propio Goethe pasó de ser romántico en su juventud a neoclásico en su madurez. Una buena parte de Cataluña está en un momento adolescente y con tal de poder tener un pasaporte propio o ver jugar a su selección en un mundial es capaz de poner en peligro el patrimonio de todos, tanto social como económico. Es la rauxa, frente al seny de otros. Admiro a periodistas como Xavier Rius que, sin ser sospechoso de españolismo, denuncia la vergonzosa manipulación que están realizando los medios públicos catalanes. Admiro a Víctor Amela por poner en su sitio a los cenutrios que todavía creen que esto se arregla con tanques.

Entre los adolescentes de barretina, los ignorantes de “España es Castilla” y los tunantes que ayudaron a agrandar este problema y que ahora proponen la broma del Estado Federal estamos bien jodidos. No sé cómo acabará esto y no sé si Gerard Piqué podría explicar, con su respectivo sesgo de autoconfirmación, en qué le ha oprimido España. Si tu familia ha podido vivir muy bien, si has podido hablar tu idioma y tener una autonomía que ya quisiera Escocia, si con la fuerza conjunta de España has conseguido ser campeón del mundo ¿dónde está el horror de ser español?

Posiblemente sus respuestas y la de tantos otros sean tan respetables y válidas como las mías. Yo sólo puedo responder por mí y asegurar que me siento muy orgulloso de ser tan catalán como español, siempre lo seré y siempre me hará ilusión expresarme en la lengua del gran Josep Pla a la mínima que me tope con un paisano en la capital. Y sé que si la cosa termina mal, se me romperá el corazón. De momento, lo tengo anestesiado.

El arte del “sí pero no” o cómo repetir el penalti hasta que lo metas

Parece que lo estoy viendo:

“Estoooo, que te iba a decir yo, guapetona… ¿Tú querrías esta noche ir al catre? Y… en caso afirmativo… ¿te gustaría ir al catre conmigo?”.

Artur Mas en su época moza tuvo que ser un espectáculo ligando en los guateques. La verdad es que a mí nunca se me ocurrió tirar los tejos con subpreguntas pero debo reconocer que lo de ir repreguntando por la vida tiene su aquel. Por lo pronto, la famosa pregunta del famoso referéndum me ha servido para echar unas risas con bastantes de los catalanes con los que me he topado esta última semana en Cataluña.

Y lo cierto es que se agradece. Se agradece volver durante unos días a tu tierra y bromear, poder frivolizar hasta cierto punto, sobre algo que podría llegar a ser un problemón social y económico durante bastantes años. No hace muchos meses, cuando el suflé estaba en todo lo alto, lo que escuchabas en Cataluña eran conversaciones como ésta:

-“Te digo yo, Manuel, que estamos haciendo el primo. Tanto darle a los andaluces y los extremeños, y aquí no tenemos ni para hospitales ni para colegios”.

-“Pero, Antonio, ¿tú no eres andaluz?”

-“Sí, pero llevo cuarenta años viviendo aquí, y si es verdad que con la independencia nos suben las pensiones y hay más trabajo le van a dar por el saco a Andalucía y a España entera”.

Esa conversación se producía en el vestuario de un gimnasio de un municipio del cinturón metropolitano de Barcelona. El mensaje de los Junqueras Boys estaba calando como nunca en sectores a los que nunca había podido seducir. Eran el momento de máxima conmoción social por los recortes draconianos de la Generalitat y el impacto mediático de la primera Diada abiertamente separatista.

“¡Tanto dar la matraca con el hecho identitario y resulta que la crisis es la clave!” gritaron al unísono todos los separatistas; los que nunca han engañado y los que siempre vivieron con la careta puesta.

El caso es que la economía les ha puesto cachondones y la economía, sin embargo, podría acabar poniendo las cosas en su sitio. Esta semana, nada más salir de la Estación de Sants, me topé con una valla que rezaba “Catalunya Lliure. Fora Espanyols”.  Mal asunto… Además, las banderas esteladas siguen estando muy presentes en muchos pueblos, mientras se anunciaba un simposio bajo el sugerente título de “España contra Cataluña”…

Pues, curiosamente, por lo que me han comentado unos, por lo que he escuchado aquí, por lo que he observado allá, no son pocos los que empiezan a caerse del guindo.  La sensación que se lleva uno, sin ninguna aspiración demoscópica, es que la gente empieza a ver las orejas al lobo, más que nada, y paradójicamente, por lo económico.

Y es que, los separatistas, en su afán de cargarse de argumentos contra España, han comenzado, sin darse cuenta, a quedar en evidencia.  El primer gol en propia puerta fue anunciar a los cuatro vientos que se habían puesto a contar, calculadora en mano, cuánto dinero les había robado España desde la noche de los tiempos.  Miraron, rebuscaron, sumaron, volvieron a sumar, mientras nos aseguraban que el resultado iba a ser lacerante. “¡Se va a cagar la perra!”, decían.   Pues al final llegó el día de conocer la supuesta deuda descomunal que los españoles tenían con Cataluña: unos 9.000 millones de euros.

Lo malo de pasar del lema (“España nos roba”) a lo concreto (“a todo meter, y contando a nuestra manera, nos deben 9.000 millones) es que la gente echa cuentas.  Si la Generalitat tiene una deuda de 60.000 millones y “Madrit” nos debe 9.000… ¿Quién carajo se ha fundido los 51 mil millones restantes? ¿Y en qué?

Luego los hay más agudos si cabe. Los hay que hacen preguntas incómodas de esas que no contestan ni Mas, ni Junqueras ni la “tele 3”, que diría aquel: “Si estamos en quiebra, ¿cómo nos vamos a financiar?”.  “Si la administración central nos ha dado esta semana más de 800 millones para el día a día… ahora mismo, ¿España nos roba o España nos mantiene? Si Van Rompuy, Barroso y todo quisqui en Bruselas han dicho que nos quedaremos fuera de la Unión Europa, ¿por qué nos siguen diciendo aquí que continuaríamos dentro? ¿Qué pasaría con mi pensión? ¿Y con la empresa española con sede en Barcelona para la que trabajo? ¿Y con mis ahorros en ese banco catalán que ya no contaría con el respaldo del BCE?

Claro que para pregunta incómoda la que se ha formulado esta semana todo el mundo, independentistas, federalistas y constitucionalistas, tras conocer la famosa pregunta con subpregunta. ¿Si estamos tan seguros de que la inmensa mayoría de la gente quiere la independencia por qué no se formula de forma directa y clara, y nos dejamos de gilipolleces?

Pues la realidad es tozuda y la gente no es tonta. O por lo menos, no tan tonta ni manipulable como algunos pensaban.  Los que se han metido en este follón del “desafío soberanista” no están para independizar ningún territorio. Ni siquiera tendrían mayoría parlamentaria para reformar el estatuto…

Por eso han tenido que hacer otra trampa: preguntas al personal si quiere un “Estado” sin especificar, y te sale una mayoría favorable. Luego preguntas si ese Estado debe ser independiente, y te sale una mayoría en contra.  ¿Y cómo gestionas ese “SÍ-NO”? Pues vendiendo la moto de que el pueblo catalán ha hablado y que, de momento, no quiere independencia pero sí más autogobierno tipo Estado asociado. Y, entre tanto, nosotros seguimos viviendo del cuento nacionalista.

Las encuestas de este fin de semana aseguran que los SÍ-SÍ sólo serían el 35 por ciento de los catalanes. La pena es que no pueda haber un grupo que sea el de los NO-NO. A los que rechacen la idea del Estado catalán, ya no les repreguntan nada más.  Ya puestos, les podrían preguntar: “visto lo visto, estaría a favor de que el presidente Mas se tiña el pelo de azul? O ¿apoyaría que Oriol Junqueras participe en Tu cara me suena?  O, mejor aún, ¿está harto de que los políticos intenten manipular sus sentimientos y jugar con las cosas de comer?  Me juego lo que quieran a que una de las opciones más votada el 9 de noviembre de 2014 sería la del NO-SÍ.