La invasión china o cómo se jodió el turismo cultural

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El tipo lleva barba descuidada de tres días. Su camiseta de tirantes marida con las palmeritas de su bañador y las chanclas hawaianas. De repente, se detiene dándome la espalda. Algo parece haber llamado su atención. Bascula la cadera y eleva el talón del pie derecho. Por unas milésimas de segundo llego a pensar que se trata de un homenaje a la curva praxiteliana, cuando, de repente, todo se torna mucho más prosaico: el muchacho se rasca el culo como el que no quiere la cosa. Pero no un rascarse de forma disimulada y fugaz.  Más bien se diría que su mano ha ido al mismísimo fin del mundo a buscar el enajenado calzoncillo hasta conseguir traerlo a la superficie y colocarlo en su sitio. Una vez ejecutada la maniobra, y aliviadas las posaderas, prosigue la marcha con aire cansado y un tanto aburrido. ¿Qué no habrá conseguido captar su atención? ¿La carta del chiringuito? ¿Los niños haciendo castillos de arena en la orilla? No, lo que apenas ha conseguido retener la mirada de nuestro primer protagonista de hoy es la Gran Esfinge de Tanis, datada en torno al año 2600 a.C.

No, no estamos en la playa. Estamos en el Museo del Louvre de París y unos metros más allá, un adolescente ruso aprovecha que los restauradores se han llevado una estatua de la exposición para saltarse el cordón del perímetro y colocarse sobre el pedestal vacío para que sus padres, tan cafres como él, le hagan una foto. Todo esto mientras, no muy lejos de allí, una joven con acento porteño juega con el aire de uno de los conductos del aire (los franceses no se gastan mucho dinero en aire acondicionado) para que sus amigas la inmortalicen con sus móviles de última generación a lo Marilyn Monroe.

No seré yo quien caiga en posturas snobs o elitistas para negar el derecho de los analfabetos funcionales a entrar en un museo. Mejor allí que en otro sitio y, por lo menos, la visita daño no les hará. Sin embargo, la experiencia de visitar uno de los museos más importantes del mundo en plena temporada alta anima a reflexionar sobre qué es y hacia dónde va eso que llaman el turismo de masas. Cada vez cuesta más disfrutar de una visita satisfactoria ante el alud de personas que parecen estar allí simplemente porque “toca” visitar tal museo o tal monumento si te encuentras en tal ciudad. Cada vez son más los que fotografían todo los que les rodea de forma compulsiva sin pararse a pensar a qué le están haciendo una foto. Aunque lo que, posiblemente, más pena da es constatar que muchos no han sido todavía capaces de entender (y posiblemente ya nunca lo serán) que, una vez la vida te ha dado la oportunidad de pasar allí un día o una simple tarde, de lo que se trata es de disfrutar de esos segundos para maravillarte con lo que uno de tus congéneres fue capaz de hacer hace miles de años. Si uno no hace ese ejercicio intelectual, casi místico dirán algunos, no merece la pena darse semejante paliza.

¿No me creen? Si quieren ver algo cómico de verdad, les recomiendo que visiten la sala donde está expuesta la Gioconda de Leonardo da Vinci. Un cuadro pequeño, que reclama ser observado a dos metros de distancia, se convierte en campo de batalla para cientos de turistas que pelean por hacer una foto desde lejos. Lo más acojonante es comprobar cómo los pocos afortunados que consiguen llegar a primera línea se conforman con hacerse un selfie. Muy pocos consiguen pararse ante la obra maestra del genio renacentista para disfrutar de esa sonrisa ambigua.

En este contexto, me apuesto lo que quieran a que dentro de un tiempo se comenzará a hablar en los medios de comunicación de un problema creciente para el turismo cultural: la invasión de los chinos. Sí, invasión. No se  puede calificar de otra manera la irrupción de ciudadanos chinos de clase media a los circuitos turísticos que hasta ahora estaban reservados a europeos, americanos y japoneses. Llegan en masa y, por cuestiones culturales, se comportan como una masa uniforme. Ellos solos son capaces de llenar la sala de la Mona Lisa o el Salón de los Espejos de Versalles. A diferencia de los japoneses, tremendamente educados y alérgicos al contacto físico, los chinos practican el autismo turístico. Van a su bola y, si eres occidental, hacen como que no te ven. A ellos las apreturas no les molestan. Vienen del país más poblado del mundo y están acostumbrados. Te empujan y se te cuelan sin miramientos. Eso sí, hay que decir en su descargo que también saben recibir. Si les empujas y si te cuelas en su puñetera cara, tampoco se quejan.

El caso es que las críticas del resto de visitantes van en aumento y el fenómeno dará que hablar. No muy lejos del Louvre, al otro lado del Sena, presencio una escena curiosa en el Museo de Orsay. Un vigilante se desgañita en francés para recordar a los asiáticos que está prohibido hacer fotos. A pesar de las advertencias, un chino coloca su móvil a veinte centímetros (no exagero) de uno de los autorretratos de Van Gogh. En ésas, un francófono recrimina con gestos la actitud del chino, mientras un alemán se anima a pedirle que guarde la cámara. Ante el autismo del chino, un italiano le coloca la mano en el hombro y le invita a guardar la cámara. Finalmente, el chino sonríe y guarda el móvil. No es que no se enteren, es que no se quieren enterar…

La escena sirve para comprobar que los occidentales, por mucho que hablemos idiomas diferentes, tenemos unos valores en común. Valores que más vale potenciemos si no queremos que la invasión china nos coma la tostada más allá de la sala de una pinacoteca. El siglo XXI será el de las grandes regiones planetarias. Los estados no podrán competir por sí mismos y deberán aliarse por criterios económicos y culturales. Europa está llamada a unirse más que nunca, por mucho que países como Francia se refugien en el ultranacionalismo. De los movimientos nacionalistas que pretenden convencernos de que la solución a la globalización es crear un estado donde hasta ahora no lo había, mejor ni hablar porque simplemente provocan hilaridad.

El Barón Haussman cambió la cara de París en el siglo XIX para donar al mundo una ciudad que trasciende al propio ser humano. Un lugar idóneo, tanto para ponerse estupendo con reflexiones más o menos profundas, como para hacer turismo como un borrego más. Un lugar, en definitiva, para cargar pilas para lo que nos espere a partir de septiembre. A todos, hagan turismo o se queden en casa, feliz verano.