En busca de la privacidad perdida

Al final va a tener razón el torero: Hay gente pa’ to. Resulta que eso de las agencias de citas para adúlteros está funcionando. Gente casada que se pone en contacto con otros casados para ser infieles a sus parejas. La gente, desde luego, se aburre mucho. Tanto que, después de haber cometido la infidelidad, incluso se entretiene respondiendo encuestas de lo más surrealistas.

El portal Victoria Milan se ha puesto a preguntar a sus clientes adúlteros cómo se lo montan para acudir a la cita en cuestión. La cosa tiene su miga porque el pendejo o pendeja con el que hayas quedado para cometer la tropelía puede que viva en un barrio céntrico o en una zona donde resida alguien que conoces. ¿Acudir con tu coche y que te reconozcan? “¿Oye, ese no es el Renault de Manolo?” ¿Coger el metro y que dé la puñetera casualidad de que te topas con un conocido, que luego saque a colación que te vio tal día en tal barrio? No, demasiadas explicaciones. Lo más claro, al parecer, es coger el taxi. Hasta un 40% de los infieles aseguran usar ese medio de transporte para perpetrar sus escaramuzas amatorias. Levantas la mano, te metes rápido, le dices en qué esquina discreta te tiene que dejar, le pagas en efectivo (¡importantísimo no dejar rastro con la tarjeta!) y sanseacabó. Y para la vuelta, lo mismo.

Ya hay que tener ganas de buscarte una amante. Además de los cambalaches que tienes que hacer para no dejar rastro en el ordenador de casa de tus visitas al portal, además de indagar (¡digo yo que lo harán!) que el pendejo/a con el que te vas a afrotinar no esté para encerrar en un psiquiátrico, y de trazar una ruta discreta de transporte… tienes que pagar un taxi a la ida y otro a la vuelta. Según la encuesta, los adúlteros se dejan unos 30 euros por trayecto, lo que al mes suele ascender a 105 euros. Definitivamente, ser adúltero cuesta un dinero. A lo mejor es por eso que un 32% reconoce coger el metro para ir a poner los cuernos a su pareja. Otro 28% opta por el autobús o el tranvía. Además de adúlteros, agarrados.

Lo triste de esta encuesta, más allá de constatar lo incompleta e insustancial que es la vida de mucha gente, es comprobar lo ignorantes que somos en materia de privacidad. Todavía nos creemos que subiéndonos el cuello del abrigo para que nos tape la cara y cogiendo un taxi de forma discreta nadie va a saber hacia dónde nos dirigimos.

Desde que entramos en la era digital lo de esconderse y que “te trague la tierra” es cada vez más difícil. Seguramente, muchos de los que cogen un taxi y pagan en efectivo para pasar desapercibidos no caen en la cuenta de que el GPS del móvil y los Big Data que vamos desparramando por ahí nos tienen más que controlados. Llevamos un aparatito en el bolsillo que se chiva continuamente de nuestra posición. Cuando llamamos o mandamos un mensaje queda recogido el lugar en el que estamos. Pero es que, además de todos esos datos que ofrecemos casi sin darnos cuenta, nosotros mismos seguimos regalando detalles sobre nuestra vida con toda alegría. Y lo hacemos porque las estrategias para que piquemos son cada vez más tentadoras.

Lo último que se le ha ocurrido a Apple consiste en pedir a la gente que conecte el Bluetooth cuando entra en una de sus tiendas. A cambio de confesar que estás en una tienda en un momento determinado, te harán ofertas personalizadas sobre los productos allí presentes. Y así, tejiendo ese tipo de datos con precisión empírica, acaban diseñando un patrón de comportamiento capaz de prever, con una exactitud pasmosa, qué vas a hacer en tu día a día. Seven Eleven va más allá y, gracias a la geolocalización, calcula la distancia a la que están los clientes (los que previamente se han animado a regalar datos a cambio de una oferta) de su tienda más cercana para invitarles a entrar. Si el día se presenta frío, nos hace una oferta para un chocolate caliente o lo que solamos tomar los días fríos (lo saben porque estudian nuestros datos) y si hace calor, nos hacen un descuento en un helado. Obviamente, saben cuál es nuestro sabor favorito.

Curioso mundo éste, en el que, mientras nuestra pareja sigue ignorante de la cornamenta, alguien a quien no conocemos pueda soltar delante de un monitor:

-Coño, hoy Manolo no va al picadero.

-No, ha dedicado la mañana a visitar un concesionario de coches.

-Pues falta le hacía, porque el Renault se caía a trozos.

 Será el nuevo y moderno mundo que nos espera, lleno de comodidades. Pero a mí, personalmente, se me antoja inquietante.