Verdades incómodas sobre la amenaza yihadista

Una de las primeras cosas que me enseñaron de pequeño cuando empecé a jugar al fútbol es que en los balones divididos había que meter el pie con fuerza. Cuanto más miedo te da meter el pie, cuanto más corpulento es el jugador contrario, más contundencia debes emplear a la hora de colocar la pierna. No hacerlo te predispone a acabar con un esguince de tobillo, una distensión de los ligamentos de la rodilla o las magulladuras propias de salir disparado por los aires. El tiempo me ha demostrado que ese mismo dilema se plantea en muchos otros aspectos de la vida. La determinación es la clave. La decisión de quien no duda, de quien tiene claro qué es y a dónde va pasa como un tren de mercancías por encima de quien se muestra dubitativo.

El pasado sábado, cuando todo ya había sucedido, París emitía señales entre líneas. El trasiego de policías y periodistas estaba presidido por un cartel publicitario omnipresente en buena parte de la ciudad: “Beat the City” podía leerse en autobuses y anuncios estáticos. Era un eslogan publicitario asentado en los estímulos narcisistas de nuestra sociedad. Sin embargo, en aquel contexto, parecía haberse cobrado un significado macabro, escrito por los yihadistas: “golpea la ciudad”.

Mucho se ha hablado del fanatismo de los atacantes, de los motivos que les han podido llevar a convertirse en máquinas inmisericordes capaces de matar a gente inocente e indefensa a traición. Básicamente son unos fracasados, unos acomplejados que envidian la vida de sus conciudadanos. Si les hubiese llamado un equipo de fútbol de élite para pagarles 8 millones de euros al año, se hubieran entregado sin más a las mieles de la vida occidental. Otros muchos, sin habilidad para el fútbol o sin que les haya tocado la lotería, han sido capaces de estudiar y encontrar un trabajo con el que integrarse en sus países de acogida. Sólo son los más negados, los más obtusos o los más ignorantes los que se ven arrastrados a la marginalidad y al rencor fanático. Es ahí cuando el Islam rigorista les da la única oportunidad de ser “alguien”.

Por eso me llaman la atención los análisis que prácticamente nos culpan a los occidentales de que los “yihadistas europeos” sean como son: “es que
no les hemos integrado”
. ¿Qué significa integrar? Partiendo de la base de que siempre se puede mejorar y favorecer aún más la integración, pagarles una casa de protección social, darles una plaza en un colegio (algunos de ellos de los mejores de Bruselas) y permitirles rezar en centenares de mezquitas es muchísimo más de lo que los países de origen de los padres de esos jóvenes musulmanes les hubieran otorgado, por no hablar de lo que nos darían a los occidentales de cultura cristiana que allí nos fuéramos a vivir.

parisEntonces, ¿tenemos que pedir perdón? Yo creo que nuestro principal error ha sido la arrogancia de creer que podríamos trasplantar por narices la democracia en culturas diferentes a la nuestra. Pero de ahí a sentir una especie de síndrome de Estocolmo que lleva a algunos a, prácticamente, comprender la violencia yihadista contra Occidente es demasiado. La violencia contra civiles nunca está justificada y, en materia de terrorismo, el culpable siempre es el asesino, y no la víctima. Nuevamente nos perdemos en nuestra falta de determinación, algo que nos hace terriblemente vulnerables. Un día dejamos de creer en los valores que nos marcaban un rumbo, que nos convirtieron en la vanguardia de la humanidad para dormitar en nuestra particular Belle Époque. Nos creímos el cuento del Fin de la Historia. Ya nadie nos haría daño y la vida sería un continuo disfrutar del consumo y el ocio. Nos comenzó a sobrar el sentido del honor, la cultura del esfuerzo, el sacrificio, y hasta comenzamos a reírnos o a despreciar a los militares y a todos aquellos que estuviesen dispuestos a dar la vida por los demás. En definitiva, olvidamos que tomarnos una cerveza en una terraza no es algo ordinario, sino extraordinario. Que lo más habitual es lo que pasa en otros sitios, donde no se respetan los derechos humanos. Nos creímos que nuestros privilegios venían de serie y nos volvimos estúpidamente blanditos.

Pero entonces, ¿deberíamos volver a vivir en una sociedad fuertemente militarizada? En absoluto, sólo digo que deberíamos quitarnos muchos complejos buenistas de la cabeza, tener un poco más de respeto por quienes dedican su vida a defendernos, ser un poco menos arrogantes cuando opinamos sobre los motivos culturales que llevan a los estadounidenses a guardar un arma en casa o dejar de creer que todos los conflictos se ganan mandando flores y ONGs.

Hay guerras injustas, que sólo traen cosas malas. Por eso debemos evitar la pulsión guerrera que cohabita con el sentimiento de venganza. Una venganza que nos puede llevar al error de estigmatizar a todos los musulmanes o cerrar la puerta miserablemente a los refugiados que huyen de un Bataclan diario. Pero negarse a entender que la libertad a veces cuesta grandes sacrificios es un ejercicio de infantilismo suicida. Habrá que mandar nuestros ejércitos a Siria e Irak y habrá que cortar de raíz los circuitos de los que se nutre el radicalismo terrorista en nuestras sociedades. Más cámaras en las calles y mayor control de fronteras, por más que algunos hagan demagogia sobre la pérdida de privacidad o libertad de movimiento. Estos tipos han nacido en nuestra tierra, han crecido entre nosotros y nos conocen muy bien. Se alimentan de nuestra tolerancia, de nuestras grandezas, pero también de nuestra candidez, egoísmo y cobardía. Que sepamos conservar lo primero y erradicar lo último será la clave para ganar este partido. De momento, el balón está en medio y, por lo que se escucha por ahí, los malos se disponen a meter el pie con más determinación.

La invasión china o cómo se jodió el turismo cultural

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El tipo lleva barba descuidada de tres días. Su camiseta de tirantes marida con las palmeritas de su bañador y las chanclas hawaianas. De repente, se detiene dándome la espalda. Algo parece haber llamado su atención. Bascula la cadera y eleva el talón del pie derecho. Por unas milésimas de segundo llego a pensar que se trata de un homenaje a la curva praxiteliana, cuando, de repente, todo se torna mucho más prosaico: el muchacho se rasca el culo como el que no quiere la cosa. Pero no un rascarse de forma disimulada y fugaz.  Más bien se diría que su mano ha ido al mismísimo fin del mundo a buscar el enajenado calzoncillo hasta conseguir traerlo a la superficie y colocarlo en su sitio. Una vez ejecutada la maniobra, y aliviadas las posaderas, prosigue la marcha con aire cansado y un tanto aburrido. ¿Qué no habrá conseguido captar su atención? ¿La carta del chiringuito? ¿Los niños haciendo castillos de arena en la orilla? No, lo que apenas ha conseguido retener la mirada de nuestro primer protagonista de hoy es la Gran Esfinge de Tanis, datada en torno al año 2600 a.C.

No, no estamos en la playa. Estamos en el Museo del Louvre de París y unos metros más allá, un adolescente ruso aprovecha que los restauradores se han llevado una estatua de la exposición para saltarse el cordón del perímetro y colocarse sobre el pedestal vacío para que sus padres, tan cafres como él, le hagan una foto. Todo esto mientras, no muy lejos de allí, una joven con acento porteño juega con el aire de uno de los conductos del aire (los franceses no se gastan mucho dinero en aire acondicionado) para que sus amigas la inmortalicen con sus móviles de última generación a lo Marilyn Monroe.

No seré yo quien caiga en posturas snobs o elitistas para negar el derecho de los analfabetos funcionales a entrar en un museo. Mejor allí que en otro sitio y, por lo menos, la visita daño no les hará. Sin embargo, la experiencia de visitar uno de los museos más importantes del mundo en plena temporada alta anima a reflexionar sobre qué es y hacia dónde va eso que llaman el turismo de masas. Cada vez cuesta más disfrutar de una visita satisfactoria ante el alud de personas que parecen estar allí simplemente porque “toca” visitar tal museo o tal monumento si te encuentras en tal ciudad. Cada vez son más los que fotografían todo los que les rodea de forma compulsiva sin pararse a pensar a qué le están haciendo una foto. Aunque lo que, posiblemente, más pena da es constatar que muchos no han sido todavía capaces de entender (y posiblemente ya nunca lo serán) que, una vez la vida te ha dado la oportunidad de pasar allí un día o una simple tarde, de lo que se trata es de disfrutar de esos segundos para maravillarte con lo que uno de tus congéneres fue capaz de hacer hace miles de años. Si uno no hace ese ejercicio intelectual, casi místico dirán algunos, no merece la pena darse semejante paliza.

¿No me creen? Si quieren ver algo cómico de verdad, les recomiendo que visiten la sala donde está expuesta la Gioconda de Leonardo da Vinci. Un cuadro pequeño, que reclama ser observado a dos metros de distancia, se convierte en campo de batalla para cientos de turistas que pelean por hacer una foto desde lejos. Lo más acojonante es comprobar cómo los pocos afortunados que consiguen llegar a primera línea se conforman con hacerse un selfie. Muy pocos consiguen pararse ante la obra maestra del genio renacentista para disfrutar de esa sonrisa ambigua.

En este contexto, me apuesto lo que quieran a que dentro de un tiempo se comenzará a hablar en los medios de comunicación de un problema creciente para el turismo cultural: la invasión de los chinos. Sí, invasión. No se  puede calificar de otra manera la irrupción de ciudadanos chinos de clase media a los circuitos turísticos que hasta ahora estaban reservados a europeos, americanos y japoneses. Llegan en masa y, por cuestiones culturales, se comportan como una masa uniforme. Ellos solos son capaces de llenar la sala de la Mona Lisa o el Salón de los Espejos de Versalles. A diferencia de los japoneses, tremendamente educados y alérgicos al contacto físico, los chinos practican el autismo turístico. Van a su bola y, si eres occidental, hacen como que no te ven. A ellos las apreturas no les molestan. Vienen del país más poblado del mundo y están acostumbrados. Te empujan y se te cuelan sin miramientos. Eso sí, hay que decir en su descargo que también saben recibir. Si les empujas y si te cuelas en su puñetera cara, tampoco se quejan.

El caso es que las críticas del resto de visitantes van en aumento y el fenómeno dará que hablar. No muy lejos del Louvre, al otro lado del Sena, presencio una escena curiosa en el Museo de Orsay. Un vigilante se desgañita en francés para recordar a los asiáticos que está prohibido hacer fotos. A pesar de las advertencias, un chino coloca su móvil a veinte centímetros (no exagero) de uno de los autorretratos de Van Gogh. En ésas, un francófono recrimina con gestos la actitud del chino, mientras un alemán se anima a pedirle que guarde la cámara. Ante el autismo del chino, un italiano le coloca la mano en el hombro y le invita a guardar la cámara. Finalmente, el chino sonríe y guarda el móvil. No es que no se enteren, es que no se quieren enterar…

La escena sirve para comprobar que los occidentales, por mucho que hablemos idiomas diferentes, tenemos unos valores en común. Valores que más vale potenciemos si no queremos que la invasión china nos coma la tostada más allá de la sala de una pinacoteca. El siglo XXI será el de las grandes regiones planetarias. Los estados no podrán competir por sí mismos y deberán aliarse por criterios económicos y culturales. Europa está llamada a unirse más que nunca, por mucho que países como Francia se refugien en el ultranacionalismo. De los movimientos nacionalistas que pretenden convencernos de que la solución a la globalización es crear un estado donde hasta ahora no lo había, mejor ni hablar porque simplemente provocan hilaridad.

El Barón Haussman cambió la cara de París en el siglo XIX para donar al mundo una ciudad que trasciende al propio ser humano. Un lugar idóneo, tanto para ponerse estupendo con reflexiones más o menos profundas, como para hacer turismo como un borrego más. Un lugar, en definitiva, para cargar pilas para lo que nos espere a partir de septiembre. A todos, hagan turismo o se queden en casa, feliz verano.