Si eres mujer, honesta y trabajadora… lo llevas claro

La pusieron verde. Y no un día, ni dos. Durante todo un año tuvo que aguantar todo tipo de comentarios, superfluos unos, ofensivos y denigrantes la mayoría de ellos. A su lado, su compañero de sonrisa Profident pasaba completa y felizmente desapercibido. De hecho, “a nadie le importó una mierda” (palabras del propio protagonista) que durante un año entero no se cambiara de traje.

El experimento televisivo que han realizado dos presentadores de un exitoso programa en Australia está dando mucho que hablar estos días en el mundo anglosajón. Karl Stefanovic decidió ponerse un traje azul, imitación de Burberry, durante doce meses sin avisar a nadie. Tan sólo se cambiaba de corbata y se limitaba a lavar el traje de vez en cuando, para que aquello no oliese a choto. Mientras tanto, su compañera Lisa Wilkinson cambiaba cada día de vestido y peinado. Al cabo de un año, destaparon el experimento y, medio decepcionados, medio indignados, compartieron su estupor con la audiencia.

Mientras a Karl se le juzgó por sus comentarios, su peculiar sentido del humor o el estilo de sus preguntas, sin que nadie reparase que todos los días vestía igual, a Lisa no hubo un solo día en que los comentarios, a través de redes sociales, revistas o llamadas telefónicas, no la pusieran en el disparadero por el vestido que llevaba ese día o cómo se había peinado. Y eso que la muchacha tenía un estilo más o menos elegante, y para nada arriesgado o estrafalario. Vamos, que ni era mojigata ni tampoco Lady Gaga. Lo normal.

En medio de las reflexiones sobre la pulsión que tenemos los seres humanos por juzgar al prójimo por las meras apariencias, lo rápido que ponemos etiquetas y lo estúpidos que podemos llegar a ser en ocasiones, Karl Stefanovic soltó una última reflexión que dejó a todos en silencio: “¿Se puede decir que estamos ante un caso de machismo, cuando la inmensa mayoría de los comentarios ofensivos que ha sufrido Lisa han sido realizados por mujeres? ¿Hablamos de sexismo cuando son mujeres juzgando a mujeres?”

A mí, personalmente, este experimento me ha traído a la memoria aquella frase que pronunció Pío Cabanillas en los tiempos de la UCD: “Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros”. La verdad es que si uno hace memoria, son muchas las ocasiones en las que ha oído a mujeres quejarse de que, a veces, en la guerra de la igualdad es peor el fuego amigo que el enemigo. Y no estoy pensando en la querencia que tienen las mujeres a eliminarse entre ellas en los reality shows. Ni siquiera en ese comentario socarrón que a veces se escucha en boca de los hombres, según el cual si en el mundo sólo quedasen mujeres, se sacarían los ojos; mientras que si sólo quedasen hombres, la Humanidad se extinguiría igual, pero de forma más lenta porque los últimos especímenes acabarían “dándose cariño” los unos a los otros. Nunca lo sabremos…

Más bien estoy pensando en todas las mujeres de mi entorno que se han quejado de lo mismo: a la hora de pedir la baja por maternidad, te suelen poner más trabas y son mucho más bordes las mujeres que los hombres. La última que me lo ha comentado, cuyos desvelos siento como propios, tuvo la posibilidad de dejar de ir a trabajar desde el mismo momento que supo que estaba embarazada. El tipo de trabajo y el lugar donde lo desarrolla se lo permite por convenio y, además, cobrando el 100% del sueldo. Sin embargo, prefirió trabajar ocho meses, con sus madrugones y sus estreses, por profesionalidad y porque ella estaba “embarazada, no enferma”. Toda una declaración de feminidad.

Pero he aquí que, cuando ya no ha podido más, en lugar de agradecerle los ochos meses de sueldo que le ha ahorrado, la mutua le planta a una impresentable mascadora de chicle, que la trata poco menos que como una delincuente. Una maleducada que aprovechó que la mujer había sufrido la semana anterior una ciática para denegarle la baja “porque eso es una patología y te tiene que dar la baja la seguridad social”. Poco antes, otra impresentable de la Seguridad Social le había comentado que era la mutua la que debía darle baja, no sin antes rellenar mal un formulario. Error que aprovechó la lagarta de la mutua para intentar pasar el muerto de la baja a todos los contribuyentes. Dos impresentables, que con muy malas formas y mucha desidia, han tratado a una “compañera” como una pelota de ping pong, cuando honestamente ha comunicado que ya no puede más. Y luego hablan de la defensa de la maternidad…

De todo esto, yo saco una serie de conclusiones: no estaría mal un poco más de solidaridad entre las mujeres, dado que la vida ya se encarga de ponerles más piedras en el camino que a los hombres. La segunda conclusión es que la poca vergüenza de las mutuas laborales a la hora de pasar a las arcas del Estado el mochuelo que a ellas les corresponde se merece un buen reportaje y buena denuncia. Y la tercera, que en este país ser honrado y trabajar al máximo mientras uno buenamente puede hacerlo, en lugar de ser valorado, penaliza. Eso sí que es grave.

Igualdad de género, manda huevos (nunca mejor dicho)

Lamentablemente, tenía que pasar y ha pasado. La estupidez social, que aquí en España se practica bajo una suerte de gilipollismo ilustrado, se contagia más rápido que cualquier virus o bacteria que uno pueda imaginar. ¿No me creen? Pues al loro, cantimploro: “Una oposición en Valencia da prioridad al varón si hay empate”…

Cuenta la prensa que el pasado 31 de marzo se celebró una oposición a técnico de tributos. Las bases de la convocatoria establecían que, en caso de que se produjeran empates en la puntuación, se debía escoger a los hombres porque, según los convocantes, en ese cuerpo técnico “el sexo masculino está infrarrepresentado”.

Habrá que investigar cómo procedieron técnicamente al desempate. Se supone que con enseñar el DNI debió ser suficiente, aunque no se puede descartar que los afortunados varones tuviesen que hacer gala de su gallardía anatómica para justificar su nuevo empleo. Algo así como el casting de Full Monty: “señores del tribunal, no tengo más idiomas que mi oponente, no saqué mejores notas ni en la carrera, ni en esta oposición… ¡¡pero tengo esto!!”.

Debe ser duro ir por la vida teniendo que explicar que la clave para conseguir tu puesto de trabajo residió en tu pene. De hecho, el asunto parece una broma, pero dicen los defensores de la medida que el problema está en la discriminación positiva a favor de la mujer: se han pasado tanto con la medida correctora en los últimos años, que ahora sólo hay mujeres.  Y es que una gilipollez ilustrada suele llevar a otra. ¿Alguien puede explicar que tienen que ver los pechos para ejercer como técnico de tributos? ¿Y el miembro viril?

Estamos ante puras aberraciones, fruto de una mentalidad buenista que, de tan simple, es ridícula y se vuelve contraproducente. La igualdad se consigue pagando a las mujeres igual que a los hombres y facilitándoles la maternidad sin que eso les corte o lastre la vida profesional. Todo lo demás son inventos de laboratorio que sólo pueden acabar mal.

Sin ir más lejos, el Consejo de Gobierno de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid acaba de anular el único grado de “Igualdad de Género” que había en España. 40 criaturitas, ignoramos la naturaleza de sus gónadas, se apuntaban al año. Los precursores de lo que llegó a ser una carrera universitaria (“soy licenciado en Igualdad”) asumen cabizbajos que el número es insuficiente para seguir adelante con la cosa.

Claro que cómo tomarse en serio a unos profesionales docentes que ni siquiera son capaces de emplear el lenguaje con corrección. “Igualdad de Género” repiten ufanos, sin percatarse de que género (masculino, femenino o neutro) tienen las palabras. Las personas tenemos sexo. De ahí, que cuando hablemos de la terrible violencia entre hombres y mujeres se le pueda llamar violencia sexista, machista, doméstica… pero no de género.

Cierto es, y hay que denunciarlo, que nuestro lenguaje es bastante machista. Lo bueno es “la polla” y lo aburrido es “un coñazo”. Un zorro es un tipo “astuto y solapado”, mientras que una zorra es una “prostituta”… Pero una cosa es que la RAE vaya a retirar algunas de esas acepciones en octubre de este año, y otra que nos hayamos entregado por completo a la moda de “los miembros y las miembras” y de la violencia de género, como si fuera posible que un artículo de género neutro agreda a un adjetivo declinado en femenino.

En fin, habrá que estar pendientes de la revisión que haga la RAE, así como de nuestros políticos y docentes para que modifiquen lo que haya que modificar en el lenguaje y la sociedad, pero sin caer en ridiculeces o barbaridades. Seguramente, en el equilibrio estará la clave. Mesura, compañer@s, mesura…